Sakura se metió en la cama temblando. Sasuke se deslizó al otro lado, encendiendo la luz de la mesilla antes de tumbarse boca arriba y tirar de las mantas para taparlos a ambos. Por un momento se hizo el silencio. Un silencio incómodo. Sakura esperaba que él la abrazara, la atrajese a sus brazos y la hiciera olvidar las razones por las cuales estaba a punto de llorar. Pero no lo hizo.

Tras un largo silencio, Sasuke se aclaró la garganta y dijo: —Ojalá todo fuera diferente. Ojalá pudiera amar a tu hijo, pero cuando llora… todo lo que veo son los recuerdos… —su voz, rota, se desvaneció—… Sencillamente no puedo soportarlo.

—Shhhh… Sakura alzó instintivamente una mano, conmovida por la profundidad de la pena que delataba su tono de voz. Tomó su mano bajo las sábanas y la acarició, tratando de evitar las lágrimas cuando él se aferró a ella. —Tranquilo —Sakura respiró hondo, rodando en la cama para colocarse de cara a él y apoyar un brazo en su pecho, sobre su corazón—. Sasuke, yo no quiero causarte dolor. Por favor, créeme. De haberlo sabido, jamás me habría casado contigo…

—Eso es lo que me da miedo —contestó él. De nuevo ambos permanecieron en silencio, reflexionando sobre cosas que ninguno de los dos se atrevía a decir en voz alta.

—Tendré que marcharme, no queda otra salida —dijo por fin ella. Aquellas palabras se interpusieron mortalmente entre ambos, silenciosas y pesadas. Solo de pensar en no volver a verlo, en no volver a acariciar sus cabellos, en no volver a sentir el esplendor de su forma de hacerle el amor, se le rompía el corazón.

—No —dijo él resuelto—. Quiero que te quedes. Sarada te necesita — continuó. No había dicho que él la necesitara, observó Sakura—. Si pudieras mantenerlo lejos de mí —añadió Sasuke—. Mientras no tenga que verlo, que oírlo…

Pero Sakura sabía que era imposible. Ridículo. No dijo nada, sin embargo. Quizá pudiera funcionar mientras Sanosuke fuera un bebé, pero crecería rápidamente, estaría cada vez más tiempo despierto, hablaría, gatearía. ¿Se daba cuenta Sasuke de lo que estaba diciendo? Debía darse cuenta. Al fin y al cabo había visto crecer a Sarada. Era imposible esconder a un niño. ¿Y qué ocurriría si tenían más? Quizá para entonces el dolor y la pena que parecían devorar a Sasuke hubieran cesado.

Quizá para entonces él la amara como ella lo amaba a él. Quizá la respuesta estuviera en el tiempo. Si se conformaba con lo que él le ofrecía de momento, si esperaba a que sus heridas cicatrizaran, quizá Sasuke pudiera un día llegar a ser el padre de todos aquellos niños: de los hijos de él, de los de ella, de los de los dos.

—Por favor —continuó él en tono de ruego. Sakura comprendió entonces que había permanecido demasiado tiempo en silencio, sin darle una respuesta—. Por favor, no me abandones, ángel mío —Sasuke tiró de ella y la estrechó en sus brazos, contra su enorme cuerpo—. Acabo de encontrarte, y no quiero perder lo que tenemos.

Aquellas palabras acabaron con todas sus reservas. No eran palabras de amor, pero se parecían lo bastante como para disipar sus dudas, como para hacer aflorar el amor que sentía por él ahuyentando el miedo. —No te dejaré —susurró Sakura alzando la cabeza para besarlo.

Sasuke rodó por la cama colocándose encima de ella. Sakura gimió de placer al sentirlo introducirse entre sus piernas. —Quiero hacerle el amor a mi mujer —dijo él con voz profunda, ronca.

Las semanas siguientes fueron ajetreadas. Sakura trató por todos los medios de cambiar los horarios de Sanosuke de modo que estuviera durmiendo durante las escasas horas que Sasuke pasaba en casa, y enseguida comprendió que él también hacía más rígido su horario con tal de evitarlo. Probablemente trabajara más de lo habitual. Aquello parecía funcionar, y Sakura se animó. El tiempo lo curaría todo, se repetía una y otra vez. Las condiciones meteorológicas empeoraron, y nevó fuertemente en unas cuantas ocasiones. Las carreteras permanecieron cortadas, manteniéndola encerrada en casa. Sin embargo Sakura hablaba por teléfono con Izumi y con Hinata, y apenas lamentaba estar sola.

Pronto comenzó a enseñarle a Sarada el alfabeto y a escribir su nombre. Durante las siestas de los niños se dedicaba a navegar por Internet buscando información sobre educación primaria. Incluso llegó a encargar varios libros. Sasuke se burlaba de ella cuando llegaba a casa, pero comenzó a leerlos por las noches. Sarada se mostraba rebelde de vez en cuando, pero Sakura reemplazó a Sasuke y comenzó a mandarla castigada a su habitación.

Las rabietas de Sarada fascinaban a Sanosuke. Abría inmensamente los ojos, en una permanente sorpresa que hacía reír mucho a Sakura. Cada día se sentía más cómoda en la casa. Cambió de sitio los muebles, organizó los armarios, hizo una lista de las transformaciones que deseaba hacer y las discutió con Sasuke. Él apenas ponía objeciones. Se proponía pintar los muebles de la cocina en cuanto hiciera mejor tiempo.

Un día algo más cálido, a finales de enero, Sakura se llevó a los niños a visitar a Izumi. Hinata también acudió con un montón de catálogos sobre plantas y semillas, adelantándose a la primavera. Izumi estaba a punto de dar a luz, e Itachi le había prohibido salir de casa por miedo a que resbalara sobre la nieve.

—¿Qué tal va todo? —preguntó Hinata mirando preocupada a Sakura, que vaciló en contestar.

—Bueno, eso depende de la hora del día en que me lo preguntes —respondió suspirando y mirando a sus nuevas amigas—. Sasuke sigue ignorando a Sano. Una vez hablamos de ello, pero fue tan duro para él que… —la voz de Sakura se desvaneció mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Oh, cariño, dale tiempo —aconsejó Izumi.

—Eso es lo que me digo siempre, pero no sé si alguna vez llegará a acostumbrarse. Le dije que me marcharía si… —Sakura echó a llorar.

—Tú lo quieres, ¿verdad? —preguntó Hinata buscando un pañuelo.

Sakura se limpió la nariz y sonrió temblorosa. —¿Tan evidente resulta?

—Solo para nosotras, dos fervientes esposas de testarudos rancheros —contestó Izumi—. ¿Lo sabe él?

—Hicimos un trato —negó Sakura con la cabeza—, pero no hablamos de amor.

—Espera un momento, yo vi cómo te besaba —comentó Hinata—. No puedes negarme que siente algo por ti.

—Sólo de cintura para abajo —respondió Sakura con una mueca. Las tres mujeres se echaron a reír, y cuando sus carcajadas dejaron de resonar en la habitación

Izumi comentó: —¿Qué te dijo cuando le sugeriste que te marcharías?

—Dijo que no quería que me fuera —respondió Sakura sintiendo el consuelo de aquellas palabras—. Dijo que… que no quería perder lo que acabábamos de encontrar.

—Hmm —asintió Izumi lanzándole a Hinata una mirada significativa—. Dale tiempo —repitió.

Sakura volvió a casa con los catálogos de Hinata y una receta para hacer empanadas. Le encantaba cocinar, era una habilidad que había dejado de lado al ponerse a trabajar, pero prepararle la comida a Sasuke merecía el esfuerzo. La semana anterior lo había sorprendido comentándole a Itachi lo bien que lo hacía. Había dicho incluso que tendría que comenzar a vigilar su peso.

Sasuke y Sakura hacían el amor casi cada noche después de irse los niños a la cama. Ella se preguntaba si sería capaz algún día de decirle cuánto disfrutaba. Después, una vez saciada la pasión, Sakura se dormía acurrucada en sus brazos, contra su enorme cuerpo. Pero Sasuke no solo demostraba que la necesitaba durante las oscuras horas de la noche. A veces, por las tardes, cuando suponía que los niños estaban durmiendo, se acercaba a casa. La arrastraba hasta el baño de la planta inferior y allí tomaban una ducha memorable.

Una tarde, incluso, hicieron el amor en la despensa, tras sorprenderla Sasuke allí, organizándola. Sasuke cerró la puerta firmemente y la poseyó allí mismo, de espaldas, mientras su aliento le rozaba el oído y ella se aferraba a las estanterías. Él la tomó de la barbilla y volvió su rostro hacia él, reclamando su boca con un beso apasionado. Sakura se dio la vuelta, acarició con las manos su trasero, duro y suave, y lo animó a penetrarla más profundamente. Sasuke gimió y la abrazó por la cintura para estrecharla con fuerza. Entonces deslizó un dedo por sus pliegues buscando satisfacer su deseo, acariciándola rítmicamente arriba y abajo con el dedo hasta llegar al clímax. Sakura se convulsionó acelerando los estremecimientos, el palpitante final de él. Cuando terminaron ella sintió que a Sasuke le temblaban las piernas, y ambos se echaron a reír.

—Itachi dice que me estoy volviendo flojo —comentó Sasuke riendo y tratando de recuperar el aliento.

—¡Ja! ¡Se da cuenta perfectamente de qué has estado haciendo! Creo que jamás me atreveré a volver a mirarlo a la cara.

Horas más tarde Sakura se dio cuenta de que aquella vez no habían usado protección alguna, y se preguntó si Sasuke comprendería el riesgo que corrían. De entre todas las cosas que habían ido mal desde el principio, durante los primeros días, lo que Sakura echaba más de menos era la sonrisa de Sasuke. Siempre le había parecido un hombre feliz: silbaba, gastaba bromas. De nuevo, a primeros de febrero, Marty comenzó a silbar. El hombre al que había conocido en Rapid City parecía haber vuelto. Cantaba en la ducha, sonreía cada vez con más frecuencia, y sus ojos negros brillaban traviesos, como si tramara algo.

Sakura se sintió cada vez más enamorada de él. Solo dos cosas alimentaban su creciente preocupación. La primera era su suegra. Anko la llamaba al rancho al menos dos veces por semana, exigiendo que volviera a California con Sanosuke o que mandara al niño para cuidarlo adecuadamente. Solo Dios sabía qué podía aprender en un rancho de cowboys, repetía con insistencia. O, en todo caso, exigía que Sakura le preparara una habitación en su casa y le señalara una fecha para visitarla.

Una noche, durante la segunda semana de febrero, Sasuke llegó tarde a casa debido a un mal parto de una vaca, que se había desgarrado el estómago. El ternero sobrevivió, pero la vaca murió una hora más tarde. Tuvieron que mandar al ternero al rancho de Naruto, que tenía una vaca que acababa de perder a su cría. La buena noticia, le contó Sasuke a Sakura, era que la vaca había aceptado al ternerillo.

Sakura ayudó a Sasuke a quitarse la ropa mojada y llena de sangre. La metió en la lavadora sin examinarla detenidamente y, al darse la vuelta, vio que Sasuke se lo había quitado todo. Estaba completamente desnudo. Su cuerpo parecía esculpido, músculo sobre músculo. Al contemplar sus anchos hombros, el firme contorno de su pecho y la forma en que su vello iba estrechándose al pasar del ombligo para volver a crecer en forma de triángulo entre las piernas, Sakura sintió que la respiración se le entrecortaba.

Tenía las piernas tan sólidas como el tronco de un roble. Y no era eso lo único sólido, reflexionó volviendo la vista hacia su rostro. Los ojos de Sasuke ardían de excitación, sus pupilas negras brillaban. Sakura conocía esa mirada. Cada vez que Sasuke la miraba de ese modo, los huesos se le derretían como gelatina y sentía un cosquilleo bajo el vientre.

Sasuke acortó la distancia que los separaba, quedándose de pie tan cerca de ella que su cuerpo excitado le rozó el vientre. —¿Están los niños en la cama? —Sakura asintió y tragó, negándose a confiar en su propia voz—. Bien, entonces bésame —murmuró él estrechándola.

Sakura lo hizo, levantando la cara y deslizando los brazos por su nuca mientras él luchaba por desabrocharle los botones de la camisa. Su lengua invadió la boca de Sakura con una dulzura que le era ya familiar, y no pudo evitar responder al encuentro. El cuerpo de Sakura cantaba mientras él le desabrochaba la camisa y cubría con las manos sus pechos, acariciando los pezones tensos bajo el sujetador. Entonces él deslizó las manos hacia abajo, acariciando su torso hasta el cinturón y los vaqueros, desabrochándose los y bajándoselos sin darle tiempo siquiera a sentir el frío en la piel.

—Brrr… hace frío aquí —comentó ella entre besos.

—Yo no tengo frío —respondió Sasuke levantando la cabeza con orgullo masculino.

Sakura rio. Sasuke la tomó en brazos para llevársela, deteniéndose un momento para sacar una caja del bolsillo de los vaqueras. —¿Qué es eso? —bromeó ella—. ¿Una pata de conejo de la suerte?

Sasuke sonrió, inclinó la cabeza y mordisqueó suavemente su cuello. —He aprendido a estar preparado cuando estoy cerca de ti —afirmó él abandonando la ropa de Sakura en el suelo, en el cuarto de la lavadora, para llevarla a la cocina, donde hacía más calor.

Al sentir el cuerpo de Sakura deslizándose contra el suyo, sin embargo, su risa se desvaneció. Sasuke se inclinó sobre ella una vez más y murmuró acariciando su cuello con los labios: —Jamás me saciaré de ti. Me resulta terriblemente violento. Itachi me ha pillado ya una docena de veces soñando despierto —continuó sin dejar de besarla en el cuello, bajando hasta un pecho y apartando el sujetador. Entonces tomó su pezón con la boca y comenzó a succionarlo. Sakura gritó mientras las olas de placer la invadían clavándosele en el vientre como flechas. Luego atrajo las caderas de Sasuke hacia sí rogándole en silencio que la poseyera. Sasuke levantó la cabeza y contempló su cuerpo, marcando una senda de fuego con los ojos. —Me paso el día preguntándome qué ropa interior llevarás hoy.

Aquel día llevaba un sujetador negro de encaje, uno de esos que levantan los pechos, y unas braguitas altas, de estilo francés. Se alegraba de haber trabajado en una lencería. Sasuke adoraba su ropa interior. Incluso le había comprado un camisón, la semana anterior. Sakura se lo había puesto aquella misma noche, pero sólo había durado unos segundos.

Sakura se desabrochó el sujetador y lo dejó a un lado mientras Sasuke se colocaba la protección. El levantó la vista y sonrió al verla observándolo, la tomó de las caderas y la atrajo hacia sí, quemándole la piel con el calor que lo consumía, guiándola adelante y atrás en un movimiento frenético en el cual sus pezones le rozaban constantemente el estómago. El era tan grande en comparación con ella que a veces Sakura se sentía como una muñeca en sus brazos.

Sasuke se inclinó sobre ella obligándole a echar la cabeza hacia atrás. Y mientras la devoraba, Sakura sintió que ponía la mano sobre su vientre, deslizándola por dentro de sus braguitas y acariciando el rizado vello entre sus piernas para seguir hasta el centro mismo de su pulso caliente y lleno de deseo.

—¡Ah! —exclamó él contra su boca—. Estás siempre tan húmeda para mí. Tan húmeda…

Sakura sintió que Sasuke tiraba de la prenda íntima para echarla a un lado mientras la levantaba con el otro brazo. Luego se presionó contra ella y, sin quitarle las braguitas siquiera, introdujo su excitada carne viril por el abrigado canal de su cuerpo. Ambos gimieron. Ella levantó las piernas para envolver sus caderas, y él cerró los ojos un segundo mientras gemía: —Me encanta cuando haces eso.

Sakura se abrazó a su cuello, colgándose de él mientras Sasuke comenzaba a embestirla. Su cuerpo temblaba ante las fuertes sacudidas. Olas de deseo la embargaban, cada vez con más fuerza, hasta que quedó suspendida en la cumbre, sin aliento, por un instante. Entonces su cuerpo comenzó a convulsionarse, a tensarse en repetidos espasmos en brazos de Sasuke, y él gimió profundamente, manteniéndose inmóvil mientras ella le apretaba la carne íntimamente. Cuando por fin Sakura se relajó, Sasuked comenzó de nuevo a moverse, embistiéndola una y otra vez, agarrando sus caderas y guiándola arriba y abajo, lanzándola a un segundo climax al tiempo que llegaba él. Sasuke apretó los dientes, los músculos de su cuello estaban rígidos. Luego la envolvió con brazos de acero hasta que ambos se serenaron.

Entonces se hizo un largo silencio en la cocina. Sakura esperaba que la soltara y la dejara en el suelo, pero quedó sorprendida al ver que la llevaba en brazos, escaleras arriba. —¡Sasuke! —comenzó a exclamar. Pero Sasuke aplacó sus protestas con un apasionado beso. Cuando levantó la cabeza, Sakura sólo pudo sonreír con una expresión ensoñadora. —Lo que tú digas, señor.

—Yo digo que vamos a la cama —sonrió él.

Sasuke estrechó sus caderas una vez más contra las de ella. Su cuerpo, aún tenso y excitado, la sorprendió de nuevo, arrancándole una respuesta. Sin embargo, al llegar al último escalón, el teléfono sonó. Sasuke se detuvo. Juró. Volvió sobre sus pasos hacia la cocina, llevándola en brazos, y dijo, antes de contestar:

—Será mejor que se trate de algo importante —tomó el auricular y añadió—: Si no, voy a asesinar a quien quiera que sea… ¿Sí? Aquí Sasuke Uchiha.

Sakura no podía oír a quien llamaba, pero observó el rostro de Sasuke ponerse serio. —Ahora no puede ponerse. ¿Quiere que le dé algún mensaje? Según parecía, quien llamaba tenía muchas cosas que decir, porque Sakura observó a Sasuke escuchar durante un largo, tenso rato. Finalmente Sasuke contestó: —Escuche, señora, Sakura jamás cederá ante sus amenazas. Ella y Sanosuke pertenecen ahora a esta familia. Si quiere invitarla a visitarnos, eso es decisión de ella. Le daremos la bienvenida. Pero como vuelva a llamar con esa actitud una sola vez más yo mismo me encargaré de ponerle tantos pleitos que no podrá siquiera volver a llamar. ¿Queda claro?

Sakura escuchó en silencio, atónita, comprendiendo que se trataba de Anko. Al escuchar a Sasuke defenderla a ella y a Sano sintió un vuelco en el corazón. Era la primera vez que… Sí, era la primera vez que Sasuke lo llamaba Sanosuke, y no simplemente «el bebé». Su corazón se conmovió, pero no podía dejar de preguntarse si Anko se dejaría amilanar.

Sakura seguía reflexionando cuando Sasuke colgó el teléfono. El actuó como si no hubiera pasado nada. —Y ahora, creo que nos dirigíamos al dormitorio, ¿no?

El otro problema preocupante en la vida de Sakura era la forma en que Sasuke se comportaba con respecto a su hijo. Durante las primeras semanas de enero, de recién casados, Sasuke había evitado cuidadosamente cualquier encuentro, pero tras defender a su hijo ante Anko, Sakura esperaba que cambiara de actitud.

Sin embargo Sasuke se mantuvo exactamente igual que el primer día. Una noche de finales de febrero, no obstante, ocurrió algo que volvió a darle esperanzas. Sakura estaba bañando a Sarada cuando llegó Sasuke. Ella lo oyó y lo llamó: —¡Hola, estamos aquí! Casi hemos terminado. Tienes la cena en el horno.

Sakura se apresuró a terminar de bañar a Sarada, ansiosa, igual que la niña, por ver a Sasuke, pero mientras le secaba el pelo escuchó sus pisadas en la escalera. Antes de que pudiera darse cuenta, Sasuke había llegado al baño. Se inclinó para besar a su hija y se quedó helado. Sanosuke estaba en el baño, en su sillita, como siempre que bañaba a Sarada. Había comido y estaba seco, feliz, como un corderito gordo y satisfecho, dando patadas con los pies y sacudiendo las manos sin coordinación alguna en un esfuerzo por alcanzar uno de los juguetes que colgaban de lo alto de la sillita.

Sasuke estaba casi frente a él. No podía evitar mirarlo. Sakura se quedó helada también. Esperaba que Sasuke saliera disparado del baño, pero no fue así. Sarada rio y señaló a su hermanastro. —Mira, papá, Sano quiere agarrar eso.

Sasuke asintió lentamente. Miró al bebé. —Ya veo —contestó Sasuke. Entonces alargó una mano y tocó el pie de Sanosuke—. Me cuesta creer que un día fuiste tan pequeña como él —añadió dirigiéndose a su hija. El corazón de Sakura se detuvo un instante. Tuvo que esforzarse por no lanzarse sobre su marido y abrazarlo.

En lugar de ello, se puso en pie con naturalidad, como si no hubiera ocurrido nada. Levantó a Sano y se lo llevó. Le preparó el biberón y se lo dio, dejándolo en la cuna para dormir. Su corazón, sin embargo, cantaba de felicidad. Durante la última semana de aquel mes la tensión comenzó a ceder cada vez más. Un día Sasuke, mientras atravesaba la cocina, agarró la sillita del niño y la volvió hacia la mesa, en lugar de contra la pared. —Debe estar harto de ver siempre el mismo papel pintado —comentó, como si fuera lo más natural. Sakura comprendió que ya no le molestaba ni hería tanto verlo, y su corazón se llenó de esperanza.

Una mañana Sasuke llevó a casa a un ternerito cubierto de nieve que había encontrado temblando junto a su madre. La vaca lo había parido en la montaña. Apenas se movía. Aquella mañana el frío había sido intenso, y era probable que el ternero llevara horas a la intemperie. Sasuke lo dejó en el cuarto de la lavadora y le preparó un cubo de agua caliente a modo de bañera. El ternero se recuperó pronto. Sakura y Sarada lo secaron, pero acabaron empapadas. Sasuke volvió para comprobar cómo estaba el animal, que corría por la habitación balando y buscando a su mamá.

Sakura se partía de la risa mientras Sarada trataba de calmarlo. Entonces sonó el teléfono, y Sakura fue a contestar. —¿Sí?

—He roto aguas. Vamos de camino al hospital. Era Izumi. Había pasado el día en que supuestamente debía dar a luz, pero el niño no había nacido.

—¡Oh, buena suerte! ¡Vas a necesitarla!

—Gracias —contestó Izumi—, Tengo pocas contracciones, y no son fuertes, pero Itachi no quiere arriesgarse. Supongo que llegaré a tiempo de pasear arriba y abajo hasta que nazca el niño.

Sakura colgó el teléfono y se volvió hacia Sasuke, excitada y nerviosa. —Izumi está de parto. Con un poco de suerte, si todo va bien, serás tío esta misma noche —sonrió mirando a Sasuke.

La expresión del rostro de Sasuke, sin embargo, consiguió desvanecer bien pronto aquella sonrisa. Él se dio la vuelta y salió de la casa sin decir palabra. Sakura lo observó por la ventana. Sasuke desapareció en el granero.

Sakura sentía como si su corazón, siempre atento, tierno y vulnerable en lo que a él se refería, fuera a estallarle en el pecho. Sasuke seguía evitando a Sano, pero no lo ignoraba por completo. Y, últimamente, no había vuelto a estar tan tenso y malhumorado. Una frágil esperanza había comenzado a echar raíces en su pecho, la esperanza de que un día Sasuke aceptara a su hijo. Pero al ver su reacción ante el inminente nacimiento de su sobrino, Sakura se vio forzada a reconocer que se había precipitado, que había echado las campanas al vuelo demasiado pronto.

Se había negado a reconocer la realidad, la había mirado a través de cristales de color rosa. Sasuke era incapaz de abrirse a sí mismo ante un bebé. Pero el asunto resultaba doblemente preocupante. Sakura llevaba casi dos semanas sin apartar la vista del calendario. Hacia mediados de febrero había echado de menos su menstruación, pero se había repetido una y otra vez que se trataba solo de una falta debido al estrés. Bien, quizá tuviera relación con el estrés de su nueva vida, pero Sakura se temía que no se trataba sólo de eso.

La causa, más bien, era un hombre muy viril: Sasuke Uchiha. Y sabía cuándo había sucedido. Cada vez que entraba en la despensa temblaba al recordar el placer de aquel acto apasionado de amor. Recordaba las imágenes de aquellos instantes una y otra vez. Solo más tarde aquel recuerdo había comenzado a teñirse de preocupación. Si se había quedado embarazada, Sasuke no podría soportarlo. ¿Qué hacer?

Sasuke no pudo evitar que el miedo se apoderara de él durante horas. Eran las cuatro, y Izumi llevaba casi medio día de parto. Por lo general nunca rezaba, pero en aquel momento lo hizo. Rezó para que nada le ocurriera a Izumi, para que consiguiera sobrevivir. Itachi la necesitaba tanto como respirar. Durante horas, Sasuke luchó contra las imágenes que se le presentaban involuntariamente en la mente, imágenes de Shion en la camioneta, desangrándose, mientras conducía frenético hacia Rapid City.

Sabía que debía volver a la casa, sabía que su actitud no era justa, que Sakura estaría tremendamente preocupada por él. Pero era incapaz de moverse. Finalmente, cuando la luz se desvaneció en el cielo invernal, Sasuke hizo un esfuerzo por abandonar el granero, su santuario. Abrió la puerta tenso como el acero, impotente ante la sensación de miedo que lo embargaba. Shion había necesitado su ayuda, pero él no había sabido cómo prestársela. Y ella había muerto. Tener un niño era algo sumamente arriesgado, lo sabía, lo veía a diario.

Si algo le ocurría a Izumi su hermano quizá jamás sobreviviera. Sakura estaba en la cocina. Al llegar él no levantó la vista ni dijo nada. Sasuke sintió que se le agarrotaba el corazón de puro miedo. —¿Has… has sabido algo nuevo?

Sakura miró para arriba. Y sonrió. —Tienes una sobrina. Ha nacido a las dos y veinte de esta tarde.

Sasuke apenas era capaz de formular la pregunta que lo corroía:

—¿E Izumi?

—No hace más que presumir —rio Sakura—. Dice que el parto ha sido tan fácil que estaría dispuesta a repetirlo mañana mismo —añadió girando los ojos en su órbitas—. Mi parto con Sanosuke fue corto, pero lo recuerdo perfectamente. Y te aseguro que no estaría dispuesta a repetir… —Sakura se interrumpió súbitamente—. Esta noche voy a ir al hospital. Hinata va a venir a casa a cuidar a los niños.

El alivio de Sasuke fue tan grande que casi sintió dolor. Se sentó en la mesa de la cocina y estiró las piernas. —¡Gracias a Dios! —musitó. Luego, como si comenzara a darse cuenta de lo que significaba la noticia, sonrió—: Creo que iré contigo.

Tras una rápida cena, Sasuke y Sakura dejaron a los niños en manos de Hinata y se apresuraron al hospital. Aparcaron el coche, y los recuerdos volvieron a surgir en la mente de Sasuke nada más vislumbrar el edificio. Sin embargo se esforzó por reprimirlos. Por una vez, todo había salido bien. No iba a arruinar la feliz visita. Tomaron el ascensor hasta la unidad de maternidad y buscaron la habitación de Izumi.

Sasuke respiró hondo. Podía hacerlo. Podía. Vislumbró de lejos el borde de las cortinas que separaban el cubículo en el que estaba situada la cama de Izumi. Entonces sintió que Sakura lo agarraba de la mano y le apretaba. Volvió la cabeza hacia ella y contempló sus enormes ojos verdes. Había en ellos compasión.

Saasuke alzó la mano de Sakura hasta sus labios y la besó. —Gracias. Entonces alguien echó parcialmente a un lado las cortinas y apareció Itachi sonriente.

—¡Eh, hola! ¡Venid a conocer al nuevo miembro de la familia! Los ojos de Itachi estaban ligeramente sombríos de preocupación, una preocupación que desentonaba con la alegría de sus palabras.

Sasuke sonrió y la tensión de Itachi se desvaneció. —¿Dónde está esa preciosidad? —preguntó Sasuke.

Entonces se escuchó la voz de Izumi, desde detrás de las cortinas. —Estoy aquí —rio—. Bueno, ya sé que no te refieres a mí.

Sasuke y Sakura entraron en el pequeño cubículo y Itachi dio un paso hacia su mujer, inclinándose sobre ella y besándola en los labios. Sasuke habría silbado ante aquel beso, de no haber sido un hombre tan duro. Era agradable ver a Itachi sonreír, contemplar el júbilo que había sustituido a su expresión oscura, ver cómo la pena que se había reflejado también en los ojos de Sasuke durante muchos años, tras la muerte de su gemela, se había desvanecido.

Itachi se enderezó mirando aún a su mujer. —Tú siempre serás perfecta para mí.

Aquella expresión abierta de amor puso algo incómodo a Sasuke. Le hizo recordar de nuevo cómo había cambiado su vida desde el nacimiento de Sarada, cuando estuvo en aquel mismo hospital, junto a la mujer a la que amaba. En aquel momento estaba en el mismo lugar, pero con otra mujer a su lado. Una mujer con la que se había casado por razones mucho prácticas que el amor, una mujer a la que deseaba tanto que era incapaz de imaginar su vida sin ella.

—Y esta —dijo Itachi indicando un pequeño bulto acunado en brazos de Izumi—, es la otra belleza de la familia. Yasuki Izumi Uchiha, te presento a tu tío y a tu tía.

Sakura dio un paso adelante bloqueándole la vista del bebé a Sasuke. Izumi apartó la sábana. —Hola, muñequita —la saludó observándola. Al enderezarse las lágrimas corrían por sus mejillas—. Es perfecta —añadió Sakura—. Perfecta.

Sasuke, guiado por la curiosidad, se acercó por un lado para ver mejor a la niña. Era un bebé diminuto. Yasuki hacía parecer a Sanosuk un bebé enorme, aunque en realidad sólo se llevaran seis meses. Llevaba un gorrito que ocultaba sus rizos morenos. Abrió los ojos y miró a su alrededor con esa mirada miope tan típica de los recién nacidos. Tenía las pupilas negras y, rodeándolas, un aro plateado.

—Vas a ser tan guapa como tu mamá —dijo Sasuke contemplando a su sobrina—. Y es lo mejor, porque tu padre es más feo que una vaca —Sasuke acarició con un dedo la sonrosada mejilla de su sobrina y rio al ver cómo el bebé, automáticamente, comenzaba a abrir la boca girando la cabeza en busca de comida— . Eres lista, chiquilla. Sasuke se enderezó sonriendo aún. Itachi y Sakura lo miraban con idéntica expresión de incredulidad.

—¿Qué? —preguntó él.

—Ah, nada —contestó Itachi—. Nada.

Pero él sabía qué ocurría. Todos estaban esperando ver su reacción. De pronto Sasuke comprendió la razón por la que Sakura se había interpuesto entre él y el bebé: para ahorrarle el sufrimiento de tener que mirarlo. Sasuke alargó un brazo para ponerlo sobre los hombros de su mujer y le acarició la nuca, tratando de demostrarle en silencio cuánto apreciaba su actitud.

—Supongo que ahora querréis hablar de los detalles —comentó mirándolas a ambas.

—Puedes apostar a que sí —contestó Sakura alargando un brazo hacia Izumi—. Y además quiero tomar en brazos a ese bebé.

Itachi y Sasuke dejaron solas a las mujeres para que hablaran de bebés y pasearon por el pasillo. Sasuke le dio a su hermano un puñetazo en el hombro exclamando: —¡Buen trabajo, hermano!

Las miradas de ambos se encontraron. —Aún me pone triste —confesó Itachi—, pero creo que por fin lo he superado.

¿Y tú? Sasuke sabía que no se refería a la muerte de su hermana, sino a la de Shion y su hijo. Y sabía que era incapaz de soportar las imágenes y los recuerdos que albergaba en su corazón. Había progresado mucho, pero… Se encogió de hombros y contestó: —Más o menos.

—Más bien menos —respondió Itachi alargando un brazo para ponerlo sobre los hombros de su hermano mientras volvían hacia donde estaba Izumi—. Si me necesitas, aquí estoy.

Aquellas sencillas palabras parecieron agarrotarse en el corazón de Sasuke, que tardó un momento en responder: —Gracias, pero estoy bien.