El día 1 de marzo hubo una tormenta de nieve. Las carreteras estaban cortadas y los comercios cerrados, pero Sasuke e Itachi tuvieron que salir a dar de comer a las vacas que habían encerrado en el corral el día anterior. Los hombres sacaron la alfalfa y las vacas se apresuraron a comer, y con el tumulto varios terneros se separaron de sus madres.

Sakura había sacado a Sarada a hacer un muñeco de nieve mientras Sano dormía la siesta, y ambas observaron de lejos a Sasuke y a Itachi perseguir a los terneros que escapaban hacia las montañas. Uno de ellos, solo y atemorizado, corrió en sentido contrario a los demás. Sakura gritó para alertarlos, pero enseguida se dio cuenta de no la oían, y menos aún podían abandonar al resto de terneros que iban atrapando para llevarlos de vuelta a casa. Sakura miró a Sarada.

—Tengo que ir a por ese ternero, cariño. ¿Podrías entrar en casa y quitarte tú sola la ropa mojada? Estaré de vuelta en cuanto lo atrape.

Por una vez Sarada no discutió. Sin embargo, mientras ella se alejaba, le gritó: —¡Llévate una cuerda del granero! Sakura se detuvo, giró y corrió al granero a recoger una cuerda. Luego siguió las huellas del ternero hacia la montaña sacudiendo la cabeza. Hasta una niña de cuatro años sabía más que ella sobre cómo manejar a los animales. Era una lástima. Ni siquiera sabía montar a caballo. Antes jamás, en toda su vida, había visto de cerca caballos ni vacas. Eran tan grandes que la ponían nerviosa.

Le había pedido a Sasuke que le enseñara a montar en verano, cuando las tareas del rancho hubiera terminado. Si su destino era vivir allí, tendría que aprender a manejarse con los animales. Sasuke no parecía esperar que ella lo ayudara en el rancho. Le hablaba con frecuencia de su trabajo diario, pero jamás le había pedido que lo acompañara. Quizá creyera que a ella no le gustaba. Al llegar a lo alto de la colina, tras atravesar prados nevados, Sakura respiraba con dificultad. No hacía demasiado frío, y estaba sudando con el ejercicio y tanta ropa.

La ternera estaba entre los árboles, mirando con incertidumbre a su alrededor. Al acercarse Sakura dio un par de pasos atrás. ¡Cuánto le habría gustado saber echarle el lazo! Y montar a caballo. La ternera parecía más grande de lo que había creído al principio. Si le daba problemas, quizá no tuviera fuerza suficiente como para arrastrarla. ¡Todo parecía tan sencillo cuando era Sasuke quien lo hacía! Quizá no hubiera sido una buena idea ir en busca del animal. Quizá hubiera debido observar por dónde se marchaba y, sencillamente, decírselo a Sasuke.

—Eh, pequeña, ¿quieres venir a casa conmigo? —preguntó con voz suave—. Solo quiero llevarte a casa, con mamá.

Sakura hizo una lazada con la cuerda y se aproximó, pero la ternera se echó atrás. Entonces se detuvo y esperó. Volvió a intentarlo. Volvió a esperar. Había dejado de moverse, así que comenzó a sentir frío. Mucho frío. Apretó los dientes. El tiempo pasaba rápidamente, y había dejado sola a Sarada, con Sano dormido. No temía que le hiciera daño a propósito, pero sabía que era demasiado pequeña como para cuidar de él.

Por mucho que Sarada se empeñara en lo contrario. Lo que más temía era que Sanosuke se despertara y comenzara a llorar, porque entonces Sarada trataría de sacarlo de la cuna. Sakura comenzó a temblar de frío. Llevaba ropa de abrigo, pero no lo suficiente como para estar fuera de casa tanto tiempo.

—Bien, ya basta —dijo en voz alta—. Voy a llevarte a casa, amiga.

Sakura se acercó a la ternera, que volvió a echarse atrás. Pero en esa ocasión ella no se detuvo. Se acercó, deslizó el lazo por su cuello y tiró de ella para volver por el mismo camino.

Sasuke no se dio cuenta de que Sakura había desaparecido hasta que no volvió a casa a la hora de comer. Sarada estaba en la cocina, coloreando una hoja de papel. Y la comida no estaba lista. Estaba muerto de hambre.

—Eh, cariño —llamó Sasuke a Sarada, levantándola de la silla y haciéndola reír. Luego volvió a sentarla y preguntó—: ¿Dónde está Sakura? Creía que estaría ocupándose de Sanosuke, que se había despistado y que había olvidado la hora.

—Se fue a buscar una ternera —contestó la niña sin dejar de dibujar.

—¿Qué…? Cuéntamelo otra vez.

—Se fue a buscar una ternera. Ya sabes, una que se escapó del corral.

—¿Quieres decir, mientras Itachi y yo les dábamos de comer? Aquello había sucedido hacía más de una hora, recapacitó.

—Mmm —asintió Sarada—. Me dijo que entrara en casa y la esperara. Lo mejor será que vayas a buscarla, papi.

—Buena idea —contestó Sasuke, de camino a la puerta. De pronto se detuvo, lleno de pánico—. ¿Se ha llevado a Sanosuke?

—Claro que no, Sano está echando la siesta. He estado escuchando, pero aún no se ha despertado.

Sasuke sintió un alivio tan tremendo que las rodillas le flaquearon. —Muy bien. Si se despierta, háblale, pero no lo saques de la cuna. Sasuke esperó hasta ver a su hija asentir, y luego salió. Itachi se había marchado a su casa a comer, de modo que estaba solo.

Tendría que buscar él solo a Sakura, a menos que no la encontrara de inmediato. Solo de pensarlo se asustaba. Sasuke encendió el motor de la camioneta y rodeó el corral hasta llegar a la puerta por la que se habían escapado los terneros. Y rezó. «Por favor, Dios, no dejes que le suceda nada a Sakura. La necesito tanto…». Sakura era frágil y suave, y siempre lo recibía con una bienvenida. Y ella lo necesitaba también. Lo necesitaba de un modo especial, un modo en que Shion jamás lo había necesitado.

Shion había sido su compañera de fatigas, su igual, su confidente. Una mujer capaz, fuerte, segura. Pero… Sakura también era todas esas cosas, aunque en menor medida. Sasuke había llegado a comprender que con ella se había vuelto más primitivo, más protector. Le gustaba la forma en que Sakura se volvía hacia él aceptando su protección y su ayuda. Le gustaba su forma de ser cuando estaba con él, femenina, pequeña, y tan, tan preciosa.

Sakura era única, especial. A veces se preguntaba cómo era posible que hubiera tenido tanta suerte. Pero de nuevo el miedo volvió a embargarlo. «Mantenía a salvo, por favor. Mantenía a salvo». Había cerrado los ojos, los tenía apretados. De pronto se dio cuenta y los abrió. No podía perder ni un segundo. Sobre la nieve había una fina hilera de huellas de ternero que se dirigían en dirección opuesta a la que él e Itachi habían seguido. ¿Cómo podía habérseles escapado? Junto a las huellas de la ternera, huellas de bota, casi de niña. Y todas en la misma dirección: alejándose de casa.

El corazón de Sasuke se paralizó. «Dios, por favor, no dejes que le pase nada malo». Durante la búsqueda, Sasuke juró entre dientes y suplicó alternativamente para que Sakura estuviera a salvo. Subió la colina a toda velocidad. Hacía frío, pero no viento, de modo que las huellas se mantenían visibles sobre la nieve. Sasuke subió hasta la cima y miró para abajo. Por fin, en la distancia, divisó una figura diminuta. Se movía en su dirección, tirando de una ternera con una cuerda.

Sasuke cerró los ojos un segundo y aceleró. La emoción y el alivio eran tan fuertes que sus ojos se llenaron de lágrimas. Se acercó a toda velocidad y salió de la camioneta. —¿Qué diablos crees que estás haciendo? —le gritó a su mujer.

La ternera se asustó, plantó las pezuñas en la nieve y se negó a moverse. Sakura se detuvo. Sasuke ni siquiera se dio cuenta. Se acercó a ella y la abrazó—. ¡No vuelvas a asustarme así jamás! Sasuke bajó la cabeza buscando sus labios, besandola apasionada, frenéticamente, jadeando aliviado al ver que ella se ponía de puntillas para llegar hasta él. Entonces ladeó la cabeza y comenzó a besar su cuello, sus mejillas, su barbilla. —Estoy tan contento de volver a verte, ángel mío —murmuró.

La ternera tiraba de la cuerda arrastrando a Sakura, casi se le escapaba de las manos. Sasuke la agarró, sin soltar a Sakura, sintiendo el calor de su aliento en la nuca.

—Lo… lo siento… —dijo ella—. Pensé que… tenía miedo de que la ternera muriera, así que decidí ir en su busca.

Entonces Sasuke se dio cuenta de que Sakura estaba temblando, de que tenía la nariz y el rostro helados. Y volvió a asustarse. —Tienes que calentarte —dijo arrastrándolos a ambos, a su mujer y a la ternera, hasta la camioneta—. Sujétala —ordenó dejando el ternero sobre su regazo, Se sentó al volante y encendió la calefacción.

Al llegar al corral se detuvo y guardó al ternero. Una vaca parecía esperarla junto a la puerta, y se encargó de ella de inmediato mientras Sasuke volvía a la camioneta y se llevaba a casa a Sakura. Sasuke abrió la puerta con el hombro y dejó a Sakura en el suelo, volviendo a cerrarla de una patada. Se quitó los guantes, los dejó caer y comenzó a desabrocharle el abrigo, a quitarle la bufanda y la ropa arrojándola al suelo. Los dedos de Sasuke temblaban, pero no de frío. Respiró hondo varias veces, tratando de calmar su pulso acelerado.

Sakura estaba en casa. A salvo. Entonces llegó corriendo Sarada. —¡Por fin habéis vuelto! ¿Encontraste al ternero?

—Sakura lo encontró. Y ahora va a tomar una ducha bien caliente.

—¿Se ha despertado Sano? —preguntó Sakura abriendo la boca por primera vez desde el momento de llegar a casa.

—Sí —asintió Sarada—. Ya le he dicho que te habías perdido.

Sasuke empujó a Sakura hacia la ducha, pero ella se negó a obedecer: —Espera, tengo que ir a ver a Sano.

Pero Sasuke, muy serio, la agarró de una muñeca y abrió el grifo de la ducha, ajustándola a la temperatura adecuada. —Primero tienes que calentarte —dijo comenzando a desabrocharle los botones de la camisa.

—Pero…

—Yo iré a ver al niño, ¿de acuerdo?

Sakura dejó de luchar. Buscó el rostro de Sasuke con sus enormes ojos Verdes. El sonido del agua cayendo era el único ruido que podía escucharse en aquel tenso silencio. Finalmente ella asintió.

—Bien, procuraré darme prisa.

Sasuke estaba tan agradecido de que no le hubiera pasado nada, tan terriblemente agradecido que… Alargó una mano y la atrajo hacia sí, abrazándola estrechamente contra su cuerpo.

—Dios, me has asustado de verdad —murmuró en sus cabellos.

—Yo también me he asustado —confesó Sakura abrazándolo a su vez—. Ha sido una estupidez. Lo siento.

Sasuke se apartó un momento. Su mirada viajó por el cuerpo de Sakura. Tenía la camisa desabrochada, a medio abrir. El bulto de sus pechos era visible bajo el sujetador de encaje rojo. Sasuke deslizó un dedo por su cuello hacia abajo, hacia el valle entre sus pechos. —Hazme un favor. Cuando termines de ducharte, ponte otra vez eso.

Sakura sonrió, se puso de puntillas y lo besó en el lóbulo de la oreja. Sasuke sintió la caricia de su lengua en la piel.

—Haría cualquier cosa por ti.

—¡Dios!, espera hasta esta noche.

—Será un placer —sonrió ella mientras él la soltaba, comenzando de nuevo a estremecerse de frío.

—¡A la ducha, y quédate ahí hasta que yo vuelva! —ordenó entonces Sasuke. Y, sin decir palabra, cerró la puerta. Nada le hubiera gustado más que meterse en la ducha con ella, envolverse en su abrazo allí mismo, mientras el agua caía, y calentarla.

Pero tenía cosas que hacer. Tenía que enfrentarse a un bebé. Sasuke entró en la cocina. Sarada no estaba. Tampoco estaba en el salón. Entonces, al oír a Sanosuke llorar, comenzó a preocuparse. Si Sarada le había desobedecido y había sacado al bebé de la cuna se la ganaría. Solo de pensarlo se asustó, precipitándose por las escaleras. Siempre vacilaba antes al entrar en el cuarto en el que dormía el bebé, pero la ansiedad pudo con él esa ocasión. Antes de que pudiera pararse a pensarlo, estaba junto a la cuna.

Sarada estaba de pie, agitando un animal de peluche colgado de la cuna y hablando con el niño. Sasuke se inclinó sobre la cuna y miró al bebé, diminuto y colorado.

—Eh, pequeñín, ¿qué ocurre?

Entonces Sanosuke dejó de llorar y abrió enormemente los ojos. Sasuke no supo adivinar si era porque le resultaba desconocido o porque lo asustaba su voz profunda, pero de pronto Sanosuke sonrió. Y no con una sonrisa débil y vacilante, sino con una verdadera sonrisa. Sacudió las manos y dio patadas con los pies. Abrió la boca y rio contento.

—¡Le gustas, papá! —exclamó Sarada.

—Eso parece —susurró Sasuke.

Sasuke sintió que se le hacía un nudo en el estómago. Una vieja pena invadió su corazón. Sin embargo trató de reprimirla y de alargar los brazos para tomar al bebé contra su pecho. El cuerpo del pequeño era firme, cálido, mimoso. Sanosuke arqueó la cabeza para mirar a Sasuke y volvió a hundirla en su pecho como si aquel fuera su hogar. Quizá fuera su hogar. Sasuke parpadeó, tratando de ver con claridad a través de sus ojos, sospechosamente nublados. Aquel niño era un miembro de su familia, era su hijo. Y lo necesitaba.

—Bebé quiere que le cambien de pañal —aseguró Sarada como si conociera el ritual de toda la vida.

Sasuke asintió. Llevó al bebé hasta el cambiador y lo tumbó, observándolo de cerca por primera vez. Sus cabellos eran negros, sus ojos verdes como los de su madre, y tenía un hoyuelo en la mejilla… era un bebé precioso. Sasuke le susurró que era un bebé precioso, y Sanosuke rio y pataleó aún más. Enseguida, antes de lo que hubiera esperado, comenzó a recordar los viejos hábitos repetidos mil veces con Sarada. En cuestión de minutos tenía a Sanosuke limpio y seco. —Vamos abajo, a buscar a mamá —dijo tomándolo en brazos.

Sano debía tener unos cinco meses, y aunque no sabía quedarse solo sentado, sí sabía sostener la cabeza, agarrarse a Sasuke y mirar a su alrededor con interés. No dejaba de observara a Sarada, que bajaba bailando por las escaleras, delante de ellos. A pesar de su promesa, Sakura se apresuró a ducharse. Acababa de secarse y envolverse en una toalla grande cuando la puerta del baño se abrió y entró Sasuke. Llevaba a Sano en brazos.

Sakura se le quedó mirando, incapaz de articular palabra. Sano giraba la cabeza satisfecho, contento de ocupar aquella nueva y elevada posición desde la que observar. Cuando la vio se agitó contento.

—Le he cambiado el pañal —comentó Sasuke como si fuera algo que hiciera a diario—. Sarada está preparando tostadas de pavo para comer.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Bueno, le he dicho que vaya untando la mantequilla, que yo iría enseguida. ¿Por qué no subes a ponerte algo?

Sakura asintió y continuó observando la estampa. —¿Quieres… quieres que me lo lleve?

—¡Nah!, lo sentaré en su sillita hasta que vengas —contestó Sasuke sin hacer ademán alguno de soltar al bebé.

Sakura se sintió extrañamente reacia a dejar al niño con Sasuke. En realidad, en el fondo, a Sasuke no le gustaba, se sentía incómoda pidiéndole que lo cuidara. Sasuke debió notar algo en su expresión, porque sonrió con ojos negros tiernos y casi amorosos, y dijo: —Tranquila, ve a vestirte.

Así lo hizo. Pero no pudo olvidar la mirada de Sasuke mientras subía las escaleras y se vestía. El jamás la había mirado así antes, de esa forma tan especial. De lo contrario, lo habría recordado. ¿Sería posible que él comenzara a amarla? Casi le daba miedo concebir esperanzas. La vida la había traicionado ya una vez, cuando murió su primer marido, sin tiempo siquiera de conocer a su hijo. Sakura sabía que Sasuke seguía amando a su primera mujer, y se había resignado.

Pero aquella mirada… Más tarde, aquel mismo día, Sakura leyó un cuento a Sarada y la llevó a echarse la siesta. Sanosuke estaba tumbado boca arriba en el salón, sobre una manta, en el mismo sitio en el que habían estado jugando. Inky estaba tumbado a su lado. Sakura subió las escaleras con Sarada y la arropó. Volvió a bajarlas con una cesta de toallas para la lavadora. Echó un vistazo a Sanosuke, en el salón, y se quedó atónita. Sasuke estaba tumbado en el suelo a su lado. Se apoyaba en un codo, y tenía la otra mano extendida hacia él, acariciándolo. Sano levantaba la cabeza y miraba al hombre que lo cuidaba. Las lágrimas resbalaban por las mejillas de Sasuke.

El corazón de Sakura comenzó a latir tan aprisa que tuvo miedo de desmayarse. Lentamente, dejó la cesta en el suelo y se acercó para arrodillarse junto a ambos. Al sentir que le tocaba la mano Sasuke se volvió hacia ella, se sentó y la atrajo a sus brazos. Ella lo abrazó y lo sintió estremecerse. Los minutos parecieron transcurrir eternos durante aquel fuerte y silencioso abrazo.

—Lo… lo siento tanto… —dijo él con voz ronca.

—Yo también lo siento —respondió ella acariciando su espalda y sus cabellos.

Sasuke se apartó para mirarla. —Debí haber estado a tu lado desde el principio.

—Y yo debí decirte que tenía un hijo —replicó ella—. Pero todo saldrá bien, todo saldrá bien.

—Sí, será maravilloso —convino Sasuke volviéndose de nuevo hacia Sano—. ¿Cuánto tiempo falta para que aprenda a estar sentado?

—Los libros dicen aprenden a los seis meses, lo cual significa que le faltan aún dos o tres semanas —se encogió de hombros Sakura—. ¿Por qué?

Sasuke sonrió, y sus mejillas dibujaron dos hoyuelos. Sus ojos negros brillaban de felicidad. —Porque en cuanto aprenda a sentarse, lo pondré sobre un caballo.

—¡Ni lo sueñes! —rio ella—. Pero supongo que podrá aprender a montar al mismo tiempo que su madre.

—Prométeme que jamás volverás a alejarte de casa a pie —pidió Sasuke tomándole la palabra.

—Lo prometo —asintió ella viendo las sombras que acechaban sus ojos—. Fue un… un impulso. Tenía miedo de que el ternero se perdiera y se helara de frío.

—Probablemente se habría helado —contestó Sasuke abrazándola un rato más, mientras ambos observaban a Sano patalear sobre la manta. Luego se aclaró la garganta—. Si trasladas a Sano al cuartito del bebé, podremos disponer de una habitación de invitados.

Sakura contuvo el aliento. No había vuelto a entrar en esa habitación desde el día en que llegó a la casa. —¿Estás seguro?

Sasuke asintió. Su sonrisa era dulce, suave y triste. —Sí, estaré bien. Así podrás invitar a casa al dragón.

—¿El dragón? ¡Te refieres a Anko! —rio Sakura sofocadamente—. No sé, puede que resulte insoportable.

—Yo también puedo resultar insoportable —alegó Sasuke acariciando su mejilla—. Pero tú quieres que Sano conozca a su abuela, ¿no? —Sakura asintió—. Entonces deja que venga. Confía en mí, ángel. No le permitiré que te amenace.

—Está bien —asintió Sakura apretando la mejilla contra su mano.

—Eh, amigo —continuó Sasuke volviéndose de nuevo hacia Sano—, ¿quieres jugar conmigo?

Sakura rio ante la incongruencia de ver a un hombre enorme jugando a juegos de bebé, pero en el fondo su corazón cantaba de alegría. Si Sasuke conseguía superar el dolor y amar a su hijo, entonces estaría preparado para recibir al niño concebido entre ellos dos. Porque por fin estaba segura de que estaba embarazada. Llevaba un mes entero de retraso, y sus pechos se habían puesto increíblemente blandos, igual que al principio del primer embarazo. Aún pasaría tiempo antes de que se le notara, así que esperaría otro poco para decírselo a Sasuke.

El resto del mes de marzo fue tranquilo. Dos ventiscas mantuvieron cerradas las carreteras. A Sasuke le gustaba aquel tiempo, excepto por el peligro que suponía para los terneros recién nacidos. A primeros de abril, época en la que las vacas comenzaban a parir, él e Itachi las trasladaron a los pastos más cercanos para no perderlas de vista. Sasuke ayudó a nacer a los terneros que se presentaban de patas y a los que se quedaban atorados a medio camino. A las vacas exhaustas les tiraba del rabo, dejándolas paralizadas hasta que pudieran ponerse en pie tras dar a luz.

Sakura, al principio, lo observó horrorizada, pero Sasuke le explicó que era necesario. Un par de vaquillas habían sido cubiertas por el toro de un vecino que vagaba por los pastos. Sasuke e Itachi juraron mientras las ayudaban a dar a luz dos enormes terneros. Aquel mes tuvieron que llamar al veterinario dos veces. La primera para sacar a un ternero que nació muerto, y la segunda para coserle el útero a una vaca.

Sasuke enseñó a Sakura a caminar por entre la manada buscando vacas con ubres más grandes de lo normal. Eso significaba que el ternero no succionaba leche. Ella desarrolló enseguida un talento especial para saber qué terneros iban a ponerse enfermos, cosa de la que Sasuke no se daba cuenta hasta que no los veía derrumbarse sobre la hierba. De ese modo podían tomar las medicinas antes, y morían menos. Durante aquel mes Sasuke estaba tan ocupado que no tenía tiempo ni para pensar. Se levantaba antes del amanecer, medicaba y ayudaba a nacer a los terneros, y caía rendido en la cama para levantarse al día siguiente y seguir con la misma rutina.

Él y Sakura hacían el amor por las mañanas, tras haber descansado lo suficiente como para que renaciera en él el deseo. Sakura gobernaba la casa tan bien que la temporada de nacimiento de los terneros se le hizo más llevadera que nunca, desde la muerte de Shion. A pesar de todo, Sasuke se sentía como si le hubieran dado una paliza. Metafóricamente hablando, si no de un modo literal. No se había sentido tan… vulnerable, emocionalmente, desde la muerte de Shion y de su hijo.

Estaba confuso, lleno de amor y de felicidad en una extraña mezcla. El viejo dolor parecía ir cediendo a cada día que pasaba, cada nuevo recuerdo feliz aliviaba el dolor de los viejos. A veces se sentía culpable, tenía miedo de olvidar. Luego reflexionaba y se daba cuenta de que la vida tenía que continuar. Shion habría deseado que fuera feliz. A pesar del trabajo agotador los días de Sasuke transcurrían felices, llenos de momentos especiales como solo los conocen los padres cuando ven a su hijo hacer algo nuevo por primera vez.

El día quince de abril Sanosuke se sentó y se mantuvo derecho solo por primera vez. Sakura pasó por el salón y sus miradas se cruzaron, sonrientes, tras contemplar la sonrisa orgullosa del niño. Entonces Sasuke sintió como si algo que había perdido hacía mucho tiempo volviera a encajar en su corazón. O quizá, si tenía que ser sincero consigo mismo, jamás había sentido algo así. Amaba a Sakura. Sí, la amaba de verdad. Sakura había llegado a su casa para quedarse a pesar de las difíciles circunstancias, cuando cualquier otra mujer se habría rendido y lo habría abandonado.

Había hecho de su casa un hogar, y había cuidado de su hija como si fuera suya. Y jamás había esperado que participara en las tareas del rancho, pero sin embargo lo hacía. Sakura era tan frágil, tan atractiva y tan dulce, y sus ojos eran tan verdes, que Sasuke la deseaba más de lo que hubiera querido. Y eso no podía ser bueno para ninguno de los dos. Era una bendición que hubiera tanto que hacer y tanto niño al que cuidar, porque de no ser así, probablemente, habrían acabado ya con un par de colchones.

Sasuke ni siquiera recordaba haber sentido nunca por Shion un deseo tan desesperado. Sí, la había deseado. Cuando se conocieron y comenzaron a salir eran jóvenes, y muy jóvenes cuando se casaron. Pero… lo importante era que había sobrevivido a la muerte de Shion, que había conseguido salir adelante. Y había encontrado a una mujer a la que, por fin, podía confesarse que amaba. En el fondo de su corazón Sasuke sabía que ella lo amaba con la misma intensidad.

Jamás la había animado a decir aquellas palabras, pero sus actos, su forma de mirarlo con aquellos ojos verdes, la pasión con que lo correspondía y su perfecto, esbelto cuerpo, se lo decían continuamente. Pero Sasuke sabía que si algo le sucedía a Sakura nunca jamás tendría ya nada importancia para él en este mundo. Algún día se lo diría, se prometió en silencio, en cuanto acabara la época de nacimiento de los terneros y pudiera tomarse medio día libre.

Itachi le debía un favor desde el verano en que había comenzado a cortejar a Izumi, y había pensado preparar una sencilla excursión por el río para decirle a Sakura lo que sentía por ella… para hacerle el amor hasta quedar ambos sin aliento. Aquella idea lo llenaba de satisfacción, lo entusiasmaba. Durante los últimos días de abril, de camino al trabajo, Sasuke no dejó de silbar. Para el día 1 de mayo quedaban pocas vacas por parir. Sasuke le dijo a Sakura que lo peor había pasado.

Aún faltaba marcar las terneras, pero los días comenzaban a ser más largos y las temperaturas a subir. Por las noches helaba de vez en cuando, y todo el mundo estaba deseando que acabara el invierno. Sakura llamó a Anko tal y como Sasuke le había sugerido. La mujer aceptó de inmediato la invitación. Se mostraba menos autoritaria después de la conversación telefónica con Sasuke, y comenzaba incluso a hacer preguntas acerca de Sarada.

Le preguntó a Sakura cuántos años tenía, qué cosas le gustaban y si conocía a su verdadera abuela. Anko estaba dispuesta a plantarse ante su puerta con los suficientes juguetes como para ganarse a todos los niños. Y Sakura se alegraba del cambio. Sakura había comenzado también a ocuparse del jardín y de la huerta. Aquella sería la primera vez que plantara algo distinto de flores. Hinata le había dado consejos. Ambas mujeres habían trasplantado espárragos, y en cuanto comenzó el deshielo surgieron las primeras lechugas y los primeros rábanos. Un día de más calor, Sakura plantó cebollas y patatas.

Sarada fue a casa de Izumi a pasar el día y a «ayudarla» con su prima Yasuki, y Sano se echó la siesta, que por lo general duraba dos horas. Sakura entró en casa cubierta de barro y con los brazos llenos de verduras a rebosar. Sasuke la vio cruzar el jardín hasta la puerta de la cocina. Sonrío y la saludó con la mano desde el tractor. Ella le mandó un beso poniendo cara de asco al notar que tenía barro en los labios. Aún podía oír la risa de Sasuke, mientras entraba en casa.

Sakura se quitó la ropa en el cuarto de la lavadora. Era curioso que hubiera logrado acostumbrarse tan rápidamente a la soledad del rancho. Antes, jamás se le habría ocurrido ir desnuda por la casa, por miedo a que alguien la viera por la ventana. Arrojó la ropa cubierta de barro al fregadero y lo demás a la lavadora. Cuando volviera Sasuke la pondría en marcha. Entonces entró en el baño de la planta inferior, lista para la ducha. Estaba acalorada debido al ejercicio, pero sabía por experiencia que pronto se quedaría helada.

El agua cayendo le hacía sentirse como en el cielo. Se quitó el barro, se echó champú en el pelo y permaneció bajo el agua, enjabonándose. De pronto la cortina de la ducha se abrió. Estuvo a punto de gritar. Sasuke rio a carcajadas. Entró en la ducha y la hizo prisionera contra la pared. Estaba completamente desnudo, y muy excitado. Era evidente que había estado pensando en aquel encuentro. Agarró el jabón y se frotó las manos, enjabonándole luego a ella la espalda. —Hola.

Sakura posó las manos sobre su musculoso pecho y suspiró. —Hola. Me has asustado, tonto.

—Lo siento —se disculpó él con ojos brillantes. Jamás nadie había lamentado menos sus actos, pensó ella. Sakura deslizó las manos por su cuello y se aproximó a él.

—Te he echado de menos.

—Yo también —confesó él con la respiración cada vez más agitada. Sasuke la hizo volverse de espaldas y presionó todo su cuerpo contra ella para que notara su excitación—. Por fin ha acabado la época de los partos, así que tendremos tiempo…

Sasuke le enjabonó los pechos acariciándole los pezones y haciendo círculos. Sakura no pudo evitar gemir. Ella era tan pequeña en comparación con él que Sasuke podía verla por encima de su hombro. Sakura ladeó la cabeza y apoyó la nuca contra su pecho para permitirle verla por entero. Hacía tanto que no tenían tiempo más que de mantener una relación rápida, aunque satisfactoria, antes de marcharse él a trabajar por las mañanas… Sasuke movió las manos por su cuerpo modelando sus caderas, deslizando los dedos hasta el interior de sus muslos y abriéndola suavemente.

Entonces ella gimió, se abandonó y movió las caderas al ritmo mientras él la acariciaba haciendo círculos. Un sentimiento creciente de excitación la inundó. Él introdujo entonces un dedo en su interior profundamente, y ella reaccionó de inmediato con una convulsión. Sakura se volvió hacia él. Sasuke jadeaba. Él sacó con manos temblorosas una caja de preservativos de un estante junto a la ducha y ella se lo quitó, poniéndole uno suavemente y haciéndolo gemir. Sasuke la agarró de las caderas y la levantó.

Sakura estaba prisionera entre su cuerpo y la pared. Gritó al sentir el frío de los baldosines, jadeó, y se olvidó de todo mientras él la penetraba íntimamente. La carne de Sasuke era cálida, la llenaba por completo. Inmediatamente envolvió su torso con las piernas y se colgó de sus hombros mientras él comenzaba a embestirla lentamente, con la cabeza hacia atrás y las manos sobre sus caderas. La alzaba y la bajaba. El mundo se redujo entonces a ese punto de contacto, a esa sensación. Sakura sintió que se tensaba, que explotaba incluso antes de que él incrementara el ritmo de las embestidas hasta llegar a un punto en el que se vació profundamente, dentro de ella.

Sasuke la sostuvo contra la pared durante un largo rato hasta que sus respiraciones se serenaron. Finalmente la levantó e hizo una mueca al sentir el agua deslizarse por su piel. Cerró el grifo y alcanzó dos toallas, envolviéndola a ella en una como si fuera una niña. Luego se quitó el preservativo y se enrolló la toalla a la cintura. Sakura se sintió de pronto culpable. Tenía que decirle que estaba embarazada. Había estado aplazándolo durante demasiado tiempo. Quizá aquella noche…

Sasuke la tomó en brazos y la levantó, abrió la puerta del baño y la subió por las escaleras hasta el dormitorio. —¿De cuánto tiempo disponemos? —preguntó señalando el dormitorio de Sano.

—Una hora, quizá —contestó ella besándolo en el cuello.

—No es suficiente, pero tendremos que conformarnos —contestó él con sus ojos negros brillantes llenos de ternura, mirándola. Sakura sintió que se le cortaba la respiración. Veía en él cada día con más frecuencia esa mirada. No quería hacerse ilusiones, pero no podía evitar pensar que Sasuke le estaba abriendo al fin su corazón. Sasuke la dejó de pie, junto a la cama, a la luz de la tarde que entraba por las ventanas. Luego le quitó la toalla.

—Quiero verte. Hace tanto tiempo…

Sirenas de alarma estallaron de pronto en la mente de Sakura. Estaba embarazada de casi cuatro meses, y por fin comenzaba a notársele. Estaba segura de que Sasuke aún no se había dado cuenta. Se aferró a la toalla, y él se la quitó riendo. De pronto la risa de Sasuke se interrumpió bruscamente. Frunció el ceño y abrió los ojos incrédulo. Se había dado cuenta. Y no parecía muy feliz.