Epilogio
Aquella era la celebración del bautizo.
—Mirad, el invitado de honor está limpio, seco, y bien alimentado —comentó Sakura llevando a Natsumi, su bebé de tres meses, junto al grupo de personas reunidas a la sombra de los árboles.
—Así me gusta —dijo Itachi, poniéndose en pie—. Será mejor que vaya a ayudar a Sasuke y a Naruto con las lecciones de montar a caballo. Creo que están demasiado ocupados —añadió haciendo un gesto hacia el establo, donde los dos hombres enseñaban a un grupo de niños a montar a dos caballos.
—Toma —intervino Izumi levantándose y dejando a su hija Kaori en sus brazos—. Sujétala y ve a ver qué hace Yasuki mientras yo limpio las mesas.
Hinata levantó la vista. Le estaba dando el biberón a su tercer hijo, Kawaki, de seis meses: —Espera a que termine este, y te ayudaré.
—Eh, eso suena bien —comentó Izumi riendo y volviendo a sentarse—. ¿Cómo nos las arreglábamos antes, sin niños?
Las tres mujeres se echaron a reír. —Yo no recuerdo cómo era la vida sin ellos —comentó Sakura mirando hacia el pasto en que Sarada, a sus ocho años y más encantadora que nunca, llevaba de la mano a la hija mediana de Hinata, Hiamawari. Era fácil distinguir a los hijos de Naruto y Hinata: todos tenían ojos azules.
—En realidad, Sasuke y tú jamás habéis tenido tiempo de estar juntos, solos, sin ningún niño —señaló Izumi—. No vais a saber qué hacer cuando crezcan y se os vayan los cinco.
—Bueno, ya encontraremos algo que hacer —contestó Sakura sonriendo.
Hinata echó a reír y despertó a Kawaki, que sacó una manita. —¡Vosotros dos sois unos indecentes! —exclamó Hinata—. ¿Es que nadie os ha dicho que los mayores no deben hacerlo en el coche, a plena luz del día?
—Hmm… mira quién fue a hablar —comentó Izumi echándose a reír, sin poder parar—. ¿No eres tú la que tiene tres hijos menores de tres años? Creo que quitaré los platos antes de que me meta en más problemas.
—Te ayudaré. Espera un momento a que lleve a Natsumi con Sasuke —dijo Sakura levantándose y echando a caminar hacia el establo.
En el establo, Sasuke y Naruto sostenían cada uno a una dócil yegua. Yasuki montaba la yegua de su padre. Naruto sostenía a su hijo, Boruto, de solo nueve meses menos.
Sasuke sujetaba la de Sanosuke que, con cuatro años y medio, era un verdadero torbellino. Detrás de él, los gemelos Daisuke y Ryusuke.
Sakura no habría apostado a que alguno de sus revoltosos hijos no echara a galopar, escapando del establo sin avisar. Todos eran pelinegros como el pero con los ojos verdes de ella, aunque los gemelos habían heredado el impresionante tamaño de su padre y eran casi tan grandes como Sanosuke. La gente, por lo general, creían que eran trillizos.
Sakura entró en el corral y cerró la puerta. Se acercó a Sasuke y este le pasó las riendas del caballo a Itachi.
—Hola, vaquero. ¿Quieres una cita para esta noche?
Sasuke deslizó sus poderosos brazos alrededor de su cuerpo y ella se relajó en aquel abrazo, ladeando a la pequeña hacia un costado. —Eso suena bien —contestó él deslizando la mirada por su cuerpo y deteniéndola unos instantes en el escote—. ¿Y qué tal si me dieras algo de adelanto?
Sakura inclinó la cabeza hacia él, deslizó una mano por su nuca y acarició sus cabellos. —Muy bien, pero no quisiera que agotaras todas tus energías.
Mientras los labios de Sasuke descendían sobre los suyos, Sakura cerró los ojos y se dejó embargar por la emoción del beso. De pronto recordó el día en que escribió la primera carta contestando a su anuncio. Sasuke la soltó, y entonces ella dijo: —¿Sabes? Cuando contesté a tu anuncio la primera vez estuve a punto de meter la mano en el buzón para rescatar la carta. Pensaba que había cometido un grave error.
—Ese sí que habría sido un grave error. No puedo imaginar la vida sin ti, mi ángel —contestó él sacudiendo la cabeza.
Sakura sonrió, se puso de puntillas y acarició su nuca. Sasuke ladeó la cabeza y buscó de nuevo sus labios para susurrar—: Te quiero.
—¡Vaya! —dijo una voz infantil desde el caballo—. ¡Ya está papá besando otra vez a mamá!
El aire zumbó con los silbidos y los ruidos exagerados de los niños. Sasuke alzó la cabeza y miró a sus hijos mientras Sakura trataba de reprimir la risa.
—Espero el día en que os enamoréis como locos de cualquier chica.
—Yo no pienso hacerlo —soltó Sanosuke serio—. ¡Jamás me casaré!
—Ni yo —convino Daisuke.
—Ni yo tampoco —dijo Ryusuke.
Sus padres, sin embargo, no respondieron. Seguían besándose.
Fin.
