Disclaimer: Todos los personajes, lugares o escenas que reconozcan pertenecen a J.K. Rowling, yo sólo las uso para divertirme sin ánimos de lucho.

Avisos: Se viene fic largo; sí, eso amerita un aviso en sí mismo. Relaciones homosexuales, aunque en este primer capítulo sólo son pinceladas, quedan advertidos para más adelante.

N. de A.: Esta idea lleva dando vueltas por mi cabeza desde hace bastante tiempo, así que pensé "¿Por qué no?" y aquí esta: un fic, que seguramente será largo y se extenderá en el tiempo, de la vida en común entre James Sirius Potter y Lorcan Scamander, sin duda mi pareja favorita con mucha diferencia; la historia desde que se conocieron, siendo apenas unos niños inocentes y cómo fueron afrontando su paso por la adolescencia y por Hogwarts. No soy demasiado bueno con los long fics, pero tratándose de este, intentaré actualizar lo más que pueda, sobre todo más como una catarsis interna que como algo externo, pero bueno. Espero que disfruten de este, espero, primer capítulo de muchos y que amen tanto como yo a los pequeños James y Lorcan :D


Fulgor amarillo y marrón.


1. Prólogo. Edades: cinco (5) años.

La suave, cálida y anaranjada luz se colaba de manera casi perezosa por la ventana, iluminando y decorando la cocina de la casa Potter de una manera tranquila, hogareña, casi otoñal. Harry se encontraba en ese momento sentado a la larga mesa que presidía la estancia, con un mantel de plástico que protegía la superficie de posibles accidentes con comidas y bebidas que se consumiesen sobre la misma. Tomó con su mano derecha la taza, color blanco sin ningún tipo de decoración ni dibujo, simple y minimalista a más no poder; la llevó a su boca, dando un largo trago con el que finalizaba el poco café que quedaba. Lanzó un largo suspiro de satisfacción y se puso en pie, tomando la taza que dejaría en el fregadero antes de dirigirse a la ventana y observar por ella.

La escena era de lo más tranquila, cosa que alegraba y calmaba de sobremanera al Potter; la ventana daba al jardín trasero de la casa, una amplia explanada de césped natural, de un verde casi brillante, manchado en diversas ocasiones de tintes marrones a causa de las hojas de los escasos árboles que residían dispersos. En una parte, se encontraba Ginny, su esposa, sujetando en brazos al que era su segundo hijo, Albus Severus, de apenas un año de edad; el joven niño descansaba sobre los brazos de su madre y, aunque Harry apenas podía verlo desde la posición a la que se encontraba, estaba seguro de que su pequeño hijo estaba teniendo la cara más calmada y tierna que había tenido adornando su rostro en toda su vida. Harry volvió a suspirar, de una manera que sólo un padre puede hacer, al ver a su pequeño hijo dormir tranquilo en los brazos de su esposa, sabiendo que todo era demasiado tranquilo y perfecto y que nada ni nadie iba a poder estropear eso.

Harry avanzó la mirada un par de metros, posando sus ojos sobre un par de pequeños niños que estaban en ese momento jugando; un chico de pelo revuelto, ni demasiado largo ni demasiado corto, de un color prácticamente indescriptible, ajeno a toda normalidad o lógica, como si el rojo, el marrón y el negro luchasen a diario por imponerse como color predominante de aquella mata incontrolable de pelo, haciendo que el niño tuviese un color de pelo ligeramente claro, con reflejos azabaches, pelirrojos e incluso en ocasiones pudiendo llegar a verse más claro, casi como si de un rubio se tratase, dependiendo de cómo le diese la luz. Sonrió con satisfacción al ver a su pequeño hijo; estaba allí, tranquilo, sonriendo, como si nada pasase, como si nada malo pudiese ocurrir. Harry rara vez presumía o hablaba con nadie sobre su papel decisivo y casi protagónico en la guerra contra Voldemort, pero cuando veía la tranquilidad que reinaba en aquel lugar, cuando veía a sus hijos, sus sobrinos, su ahijado, conocidos, sin más preocupación que las normales en un preadolescente o adolescente normal del mundo mágico, sabía que todo el sufrimiento y todo el peso que había tenido que soportar a sus espaldas en sus años de colegio habían merecido completamente la pena. Junto a su hijo, un par de centímetros a su derecha, se encontraba un chico, un poco más pequeño que James, bastante delgado, de piel más pálida y con un pelo completamente rubio; no se trataba de un rubio ceniza o rubio grisáceo como el que portaban los Malfoy, qué va, se trataba sin embargo de un rubio en el más estricto sentido de la palabra, un rubio que sólo podía definirse como un amarillo casi perfecto, que llegaba por debajo de sus orejas, lo que hacía que el pequeño chico tuviese que estar apartándose finos mechones del rostro en todo momento.

Harry conocía a Luna Lovegood, ahora Scamander, madre de Lorcan, desde su quinto año; siempre le había parecido una chica de lo más curiosa, rozando en demasiadas ocasiones la rareza más extrema, aunque esto no la hacía precisamente mala compañera, ni mucho menos. Luna, como Harry había podido comprobar con el paso del tiempo, tanto dentro como fuera del colegio, era una persona en la que claramente se podía confiar, sin lugar a dudas; puede que tuviese la cabeza en las nubes o se pasase el día hablando de narggles, torposoplos y demás criaturas que sólo ella y su padre creían que existían y que seguramente no eran reales, pero cuando había que contar con ella, se podía hacer sin ningún tipo de duda. Harry siempre había visto a Luna como una chica inocente y tierna, en todos los sentidos de la palabra, por lo que nunca esperaría de ella algo así como un mínimo romance o algún tipo de acercamiento hacia alguna persona fuera del ámbito cercano que habían creado con el Ejercito de Dumbledore. Todas sus dudas y prejuicios fueron destruidos el día que Luna apareció de la mano Rolf, presentándolo como su novio, como su futuro marido y como el futuro padre de sus hijos. Harry se alegró mucho por ella, por supuesto, especialmente por el hecho de que esa persona de la que no paraba de hablarle fuese realmente una persona real que todos podían ver y no algún tipo de animal místico que sólo ella conocía.

Harry avanzó un par de pasos, tomando la taza que acababa de limpiar, sirviéndose un poco más de café y dando otro amargo trago antes de volver a asomarse por la ventana a seguir viendo la familiar escena. Aunque Lorcan no era parte de la familia per se, el joven no dejaba de ser su ahijado e, igual que Teddy, le quería y consentía como si cualquiera de los otros tantos Weasleys que iban naciendo se tratase. Este sentimiento de acercamiento se intensificó en el momento en el que Harry se percató de la buena influencia que ejercía el pequeño rubio sobre su primogénito: normalmente, James era el típico chico revoltoso, tirando a travieso y rebelde sin causa, que no dejaba de meterse en líos y de hacer travesuras en todo momento y lugar, queriendo llamar la atención de la gente a su alrededor, para que todas las miradas se posasen en él y poder ser el centro de atención; cuando Lorcan estaba cerca, sin embargo, el joven se comportaba de la forma más tranquila posible, como si la atención que le prestaba Lorcan fuese suficiente para saciar todo su ego y su sed de protagonismo, por lo que podía comportarse como un chico más normal, casi tranquilo.

James y Lorcan se conocieron por primera vez no hace mucho, quizá un par de meses pero, claro, para niños de 5 años de edad, que no recuerdan ser conscientes de su propia existencia más de un año, es normal que sientan como si eso fuese todo un mundo, como si se conociesen de toda la vida y fuesen tan cercanos como lo eran. Fue en una fiesta que se celebró por el nacimiento de Albus, el menor de sus hijos. Harry, con el permiso de su suegra y medio madre, Molly, preparó una pequeña fiesta privada e íntima, muy privada e íntima, en la propia Madriguera, a la que invitó, por supuesto, a todos los Weasleys habidos y por haber, que no eran pocos precisamente, a Luna, su marido y sus gemelos, Neville Lombottom y su esposa y, para sorpresa de muchos y disgusto de alguno que otro, a Draco Malfoy, su esposa Astoria y su pequeño retoño de pocos meses Scorpius. La idea era celebrar el nacimiento del segundo hijo Potter y reunir a parientes y conocidos del colegio para recuperar viejas amistades del pasado, así como conseguir mejorar la idea de muchos de ellos sobre Draco, alejando esa idea del pasado de que era un sucio y cruel mortífago al servicio de Voldemort. La fiesta salió adelante de la mejor manera posible, no sin necesitar la ayuda de Hermione para poder controlar los comentarios e indirectas de Ron, que se había puesto tan rojo como su cabello en el momento en el que vio entrar al Malfoy y señora.

Desde ese momento, su primogénito y el Scamander se habían hecho amigos inseparables, queriendo en todo momento estar el uno junto al otro; James incluso se pasaba los "largos" días sin verle tratando de convencer a sus padres para que le pidiesen a tía Luna que dejase venir a Lorcan, aunque fuese por unas horas, para poder pasar el rato con él, jugar y, por qué no, quedarse a dormir para al día siguiente poder seguir jugando con él. Harry se sintió aliviado cuando Luna le comentó que Lorcan estaba teniendo los mismos comportamientos para con ellos, sabiendo que su hijo no era un acosador que obligaba a su pequeño nuevo amigo a venir a jugar con él contra su voluntad: ambos estaban igual de locos y obsesionados, con las mismas ganas de pasar todo el tiempo posible con el otro. Era extraño pero, a fin de cuentas, era mutuo, así que supuso que era normal. A fin de cuentas, para un niño, cuya mayor preocupación en la vida era la de divertirse y pasarlo bien, siempre sería mejor pasar las horas con su mejor amigo que con sus padres o solo.

Harry consultó su reloj de muñeca, percatándose de que comenzaba a hacerse tarde; el cielo estaba comenzando a oscurecerse y, el suave tono anaranjado estaba dando lugar a un lúgubre tono negro que comenzaba a devorar toda la luz a su paso. Se acercó a los fogones, no sin antes rellenar un poco más nuevamente su taza con más café, comprobando que la comida que tenía al fuego se acababa de hacer. Tomó un cuchara de madera y giró con cuidado el contenido, despegando del fondo las partes ligeramente pegadas; aspiró con parsimonia, embelesándose ligeramente con el aroma de lo que él mismo estaba preparando. Sonrió para sí antes de volver a tapar la olla frente a él, dejando la cuchara de madera sobre un paño para no manchar ninguna superficie; la cena ya casi estaba lista, justo a tiempo, ahora que comenzaba a anochecer.

–La cena ya casi está lista –informó, asomándose por la ventana por la que había estado mirando hasta hace un momento–. Id subiendo a lavaos las manos.

James protestó en voz alta, de una manera ligeramente escandalosa, pero Harry le ignoró. Sabía perfectamente que su hijo prefería seguir jugando afuera antes que subir, pero, conociéndole como le conocía, sabía que la oscuridad del patio no le gustaba nada y que en cuanto comenzase a notarla rodeando el lugar, iba a ser el primero en ponerse en pie con la excusa del hambre y correr casi desconcertado a dentro de la casa. Harry sonrió burlonamente para sí cuando el ruido de la puerta abriéndose y cerrándose le dio la razón, viendo unos segundos después a James, seguido de cerca por Lorcan como si de su sombra se tratase, entrando en la estancia para posteriormente dirigirse hacia el cuarto de baño, cumpliendo con la orden de su padre de limpiarse las manos antes de cenar. Al parecer, la sonrisa de Harry no fue tan para sus adentros como pensó, pues cuando James pasó a su lado y le vio sonreír, le sacó la lengua, sabiendo perfectamente lo que su padre estaba pensando y la razón por la que le miraba de forma burlesca; Harry, en toda respuesta, respondió al infantil gesto de su hijo de la misma manera, sacando la lengua de vuelta de forma burlesca antes de verle desaparecer con su amigo por la puerta.

–Harry.

La voz de su esposa hizo que desviase la mirada de la puerta por la que acababan de desaparecer los don niños y la fijase en la pelirroja que había entrado en ese mismo instante por la puerta. La mujer, de poco más de veinte años, sostenía entre sus brazos una mancha de color azabache que se retorcía entre unas sábanas blancas de lana que le había tejido la señora Weasley hacía algunos meses. Harry se quedó un momento observando la escena frente a sus ojos, sin ser capaz de decir nada, teniendo que contener una lágrima que luchaba por escapar de su ojo; ver frente a sí a su joven esposa y a su segundo hijo, escuchar a su primogénito divertido en el baño con su amigo, saber que todo estaba bien, era más de lo que el Potter podía soportar. Tantos años de abusos por parte de sus tíos y primo, tantos años en el colegio, siendo el objeto de miradas, burlas y esperanzas sobre sus hombros, la carga de tener que salvar una y otra vez el mundo, las pérdidas que había sufrido; todo aquello merecía la pena, todo aquello no era nada si, como premio, había conseguido llegar a ese momento de paz total, con un par de hijos sanos y una esposa feliz que le recibían cada día con los brazos abiertos dispuestos a darle todo el amor sin esperar nada a cambio. Era feliz. Aunque tampoco iba a quejarse si el mundo le mandaba a una pequeña niña para completar la colección de hijos.

–Harry –repitió la pelirroja, acercándose un poco a él–. Estás poniendo otra vez esa cara de "por favor, si esto es un sueño y estoy desmayado en Hogwarts a punto de enfrentarme a Voldemort, déjame dormir un poco más" –Ginny le dedicó una sonrisa antes de posar una de sus manos en la mejilla del hombre, sosteniendo con la otra aún al pequeño Albus en brazos.

–Perdón –respondió–, es que a veces...

–Lo sé.

Ginny se acercó un poco a su esposo y posó sus labios sobre los opuestos, dejando un suave y cariñoso beso antes de separarse nuevamente y mostrarle una amable sonrisa. Harry asintió agradecido, cerrando los ojos y colocando su frente contra la de su esposa, colocando sus brazos bajo el liviano peso de Albus, acariciando con cuidado la espalda del menor, intentando no despertarle; sentía contra las palmas de su mano el suave latido de su corazón, lo que hizo que finalmente dejase escapar alguna que otra lágrima furtiva que Ginny se encargó de limpiar de su rostro con pequeños besos en las mejillas de su esposo. Harry estaba feliz por tener algo a lo que llamar familia, alguien a quien proteger y amar y Ginny, por su lado, estaba feliz de ver a Harry feliz, aumentando la propia felicidad que tenía por lo mismo.

Ginny se apartó al fin, después de unos minutos, dejando un nuevo beso casto sobre los labios de su joven esposo, antes de marcharse por la misma puerta por la que se había ido su hijo minutos antes, camino a dejar en la cuna a Albus para que pudiese descansar o, al menos, seguir durmiendo como un lirón. Harry se recompuso, haciendo acopio de todas sus fuerzas; retiró la olla del fuego y comenzó a poner la mesa para los cuatro: sirvió la sopa en los platos, colocó el pan en el centro de la mesa y a uno de sus lados una botella de agua natural para poder ir echándose según les entrase sed mientras comían; finalmente, colocó los cubiertos a los lados de los platos. Sonrió con cierta satisfacción al tiempo que James y Lorcan entraban en la estancia y se sentaban a la mesa, uno junto al otro, por supuesto. Harry les hizo una señal para que esperasen a Ginny y, cuando ésta regreso pocos segundos después, los cuatro se pusieron manos a la obra.

La cena transcurrió con normalidad, como solía suceder cuando Lorcan se encontraba cerca; su hijo parecía estar más centrado en comportarse para que su invitado no se llevase una mala impresión de él que en realmente disfrutar la comida que se encontraba en su plato. No es que sus padres de quejasen, en lo absoluto, un James tranquilo bajo la presencia de Lorcan siempre es preferible a un James revoltoso que hace berrinches en todo momento para llamar la atención y que sus padres recordasen que tenían un hijo antes de que Albus naciese; típico síndrome del hermano mayor, queriendo llamar la atención por sobre su hermano, sin importar si la atención que llamaba era buena o desastrosa, como solía suceder.

Cuando terminaron de comer y la conversación superflua de turno se dio por terminada, Harry mandó a ambos chicos a tomar un baño antes de irse a dormir; por suerte, el la presencia del joven Lorcan era tan recurrente en la casa, que incluso tenían alguna toalla, un cepillo de dientes y algo de ropa del Scamander en el armario de James, por lo que no tenían que preocuparse de dejarle algún pijama o que compartiese algo de James. No, los Potter ya no eran una pareja de enamorados primerizos y jóvenes a los que la vida les daba en la cara con esa clase de problemas que tenían que solucionar a última hora sin saber cómo; estaban preparados para cualquier cosa que la vida les lanzase, como un buen matrimonio adulto de dos hijos que se preciase. O, al menos, eso era lo que ellos creían.

Cerca de media hora después, un agotado Harry Potter, se encontraba sentado en uno de los sillones que decoraban el salón principal de la casa de los Potter, que solían usar para recibir visitar o, simplemente, para pasar un tiempo tranquilo en familia. Se estiró sobre dicho sillón, bostezando, más cansado de lo normal, seguramente a causa del exceso de café que había consumido esa tarde sin ninguna razón aparente. Frente a él se encontraba su esposa, sentada de manera elegante en el sillón que hacía juego con el primero, con un libro sobre sus rodillas, que leía de manera tranquila. Harry alargó su mano para tomar algún libro que tenía en la estantería a su lado y así poder acompañar a su esposa con la lectura antes de dormirse, pero no le dio tiempo ni a tomarlo.

La puerta del comedor se abrió y un par de pequeños pasos avanzaron hacia ellos, amortiguados suavemente por la alfombra que decoraba el suelo de la estancia. Harry se recolocó en el sillón, observando a su hijo y a su pequeño amigo, acercándose a ellos. Ambos estaban ahora con un pijama, Lorcan tenía su pelo lacio y ligeramente mojado, a causa del baño que se acaba de dar mientras que James lo tenía aún completamente desordenado, incontrolable; no importa cuánto o de qué forma te esfuerces, jamás podrás domar el pelo de un Potter. Muchos antes lo habían intentado, ninguno hasta ahora lo ha conseguido. Alzó entonces el patriarca Potter una ceja, observando frente a él al par de chicos, esperando una razón por la que no se encontraban en la cama durmiendo, sino allí, frente a ellos.

–Papá –comenzó James, tomando con cuidado la mano la mano de Lorcan y apretándola suavemente, intentando no dañarle–, mamá... Lorcan es mi novio.

–Y James es mi novio –acabó entonces Lorcan, devolviendo el apretón al primogénito Potter.

Harry enarcó ambas cejas, mirando frente a él, aquella extraña escena que se acababa de montar en un momento; toda esa calma y tranquilidad que se había formado y de la que estaba disfrutando Harry se esfumó sin más. Harry dio un largo suspiro, recolocándose en el sillón. Alzó su dedo índice, abriendo la boca para decir algo, seguramente algo demasiado mordaz e irónico a causa del exceso de café, pero su esposa le detuvo a tiempo, tomándole de la mano y tirando de él hacia afuera de la estancia, disculpándose con los jóvenes mientras llevaba a rastras a Harry.

–¿Qué pensabas responder, Harry? –cuestionó Ginny, sentándose en las escaleras del descansillo y observando a su esposo.

–Es obvio, ¿no? –respondió el susodicho, suspirando y caminando hacia ella–. Es una tontería de niños.

–¿Acaso tienes algún problema con que tu hijo esté con otro niño, Potter? –preguntó, casi siseante, observando a su esposo.

–¿Qué? ¡No! Por supuesto que no –respondió, quizá más ofendido de lo necesario, lanzando un fuerte suspiro–. Si algún día alguno de mis hijos viene y me dice "papá, tengo novio" yo estaré tan feliz y conforme con él como si tuviese novia.

–Eso acaba de hacer, ¿no? ¿Entonces?

–Pero –aclaró Harry–, claro, eso siempre que tenga una edad en la que es consciente de lo que tener una pareja significa. ¡Por Merlín, Ginny! Tiene cinco años. Hace dos días estábamos cambiándole el pañal. Es un niño que ha escuchado de los adultos la palabra "amor" y ahora piensa que es lo que él siente por su amigo. Es como cualquier niño que conoce una chica que le cae bien y al rato dicen que son novios, no es como que haya que darle demasiada importancia. ¿No crees?

–Eso mismo pensaba yo.

–Pues eso mismo decía yo –sonrió Harry, para posteriormente enarcar una ceja, mirando a su esposa–. Entonces, si piensas como yo, ¿cuál es el problema?

–El problema, Harry –respondió, poniéndose en pie–, es que si le sueltas algo así a tu hijo, seguramente pensará que se debe a que no le quieres ver cerca de otro niño, por lo que te tomará como el enemigo, que no le deja ser feliz con su "novio", un tonto y un caraculo –Harry le miró incrédulo ante sus últimas palabras, por lo que Ginny añadió–. Palabras textuales, estaban hablando de ello mientras jugaban en el parque.

–¿Entonces? ¿Qué se supone que debo hacer?

–¿Qué tal si simplemente dejas que las cosas fluyan? –su esposa se encogió de hombros–. Si tienes razón y es solo una amistad mal entendida por un niño, en dos días se habrán olvidado del tema, si tienen razón y son algo más, lo seguirán siendo con o sin tu consentimiento. Harry, digas lo que digas, no vas a cambiar nada de lo que pase a partir de hoy, mejor simplemente dales la razón.

Harry suspiró ante la lógica que acababa de usar su esposa, asintiendo un par de veces, dándole la razón completamente en todo. Su hijo era un niño, no entendía nada del amor ni de la amistad ni de lo que eso implicaba, pero, por otro lado, que él intentase decirle algo en ese momento tan complejo ante los ojos de su pequeño hijo sólo se vería como un intento de cortar sus alas, de parar su libertad, de imponerse en su relación y eso seguro que incluso la pequeña cabeza de James lo entendería. Harry suspiró, por primera vez en la tarde con hastío. Toda la tranquilidad se había esfumado tan de repente que le resultaba molesto.

Siguió a su esposa nuevamente hacia el salón donde habían dejado a los niños, que ahora hablaban entre ellos, seguramente diciendo algo malo de Harry como que era un caraculo, pero a él no podía importarle menos, porque James era un tonto come mocos; Harry sonrió para sí mismo ante sus propias ocurrencias infantiles, que usaba en esos momentos a modo de katarsis momentánea para intentar quitar un poco de hierro al asunto que tenían entre manos. Se colocó frente al par de chicos que le miraban con curiosidad; suspiró.

–James, Lorcan –comenzó, pensando y sopesando muy bien las palabras que iba a decir a continuación para no meter la pata–. Ginny y yo hemos estado hablando y... estamos muy felices por vosotros.

Ginny soltó un suspiro de alivio al ver que su esposo había seguido con el plan, apretando con cariño su mano, como frente a ellos lo estaban haciendo los niños, asintiendo a las palabras de Harry y mirando a ambos niños con dulzura. Sabía que todo estaba bien cuando James les dedicó una tierna sonrisa, acompasada por la de Lorcan; estaba segura de que era algún tipo de fase por la que estaban pasando, una amistad llevada más allá entre ellos mismos al no tener a ninguna niña cerca, aunque de no ser así, tampoco le preocupaba demasiado. En el peor de los casos, ellos simplemente se darán cuenta que son amigos y seguirán haciendo su vida; en el mejor, quizá es una de esas extrañas parejas que llevan juntos desde siempre, inseparables. Aunque claro, eso ya era demasiado suponer, eso era pensar demasiado.


Continuará.