N. de A.: me ha salido un poco, un poco solo, largo el capítulo, pero weno, qué le vamos a hacer. Me apetecia escribir un poco, continuar la historia, me puse a ello y cuando me quise dar cuenta ¡poom! 7k de palabras. Casi el doble del primer capítulo.
Escribiéndolo también me he dado cuenta que mis headcanons de James y Albus parecen intercambiados según el canon de la mayoría, pero al final, es mi forma de ver a los personajes y, por ahora, de la 3ª Generación hay poco escrito, o sea que, jugaré con ellos como prefiera.


2. Prefectos

Edad: 16 años (5º curso)

La luz del mediodía se colaba por entre los ventanales que adornaban el vagón, lo suficientemente amplios como para no necesitar prender luces hasta bien entrada la tarde. El débil y monótono sonido del paso del antiguo tren por sobre las vías, era aplacado por los débiles susurros de los 24 adolescentes que se encontraban dentro, sentados en diferentes hileras de 4 asientos que se extendían por todo el vagón. Algunos nerviosos, otros emocionados y unos pocos, visiblemente mayores que el resto, simplemente hacían tiempo antes del discurso inaugural, charlando calmadamente con sus compañeros sobre las vacaciones de verano, sus pensamientos para el futuro o lo que esperaban de ese curso.

La distribución del vagón se basaba en los cursos de los estudiantes: en la parte más al fondo, como vigilando al resto de cursos, se encontraban los citados alumnos de séptimo curso, 6 alumnos y alumnas, ya vestidos con su uniforme reglamentario, sus corbatas, mostrando orgullosos la casa a la que pertenecían, con una insignia del color característico de su casa, adornada en todos los casos con una P que ocupaba casi toda la superficie, justo sobre el escudo de su casa. Miraban con cierto hastío el vagón, dando poca importancia a lo que sucedía o estaba por suceder, no en balde esa misma escena se la conocían ya se sobra, puesto que la habían vivido ya en dos ocasiones, los dos años anteriores.

Las dos hileras justo delante se encontraban ocupados por alumnos de sexto curso, 8 en total, igualmente uniformados y con la chapa de Prefectos colgada sobre el escudo de sus respectivas casas. En su mayoría, las conversaciones giraban alrededor de los T.I.M.O.S., exámenes realizados el año anterior y cuyo resultado proporcionaba a los jóvenes una idea más clara de hacia dónde podían o debían dirigir sus estudios para poder asegurarse un buen futuro.

En las primeras dos filas se encontraban los alumnos de quinto curso. Chicos jóvenes, de quince o dieciséis años que se habían convertido en aquel mismo momento en un saco de nervios y miedos, que contemplaban todo a su alrededor como si fuese la primera vez en su vida que tomaban ese tren camino a Hogwarts o, incluso, la primera vez en su vida que montaban en uno, como asombrados y asustados, incapaces de comprender cómo es posible que semejante máquina pudiese avanzar a tal velocidad o siquiera mantenerse en pie. Se trataban de ocho alumnos, dos por casa, un chico y una chica en cada uno de los casos, elegidos personalmente por la directora McGongall, con el consentimiento de cada uno de los Jefes de las respectivas Casas, de entre todos los alumnos del ahora quinto curso, por sobresalir de alguna u otra forma por entre el resto de los alumnos de sus casas. Normalmente era un honor reservado a las personas con mejores calificaciones, aunque desde luego no era la única forma.

—¿Nervioso, Potter?

James dio un respingo sobre su asiento, saliendo de su ensimismamiento, sintiendo que el corazón se iba a salir de su pecho. Giró su cabeza hacia su izquierda contemplando ante él a un joven rubio, con el pelo largo y tan brillante que casi parecía que era capaz de reflectar la luz del Sol con él; ojos grises, con ciertos toques soñadores, una nariz pequeña y unos labios rojizos y gruesos que en ese momento se curvaron hacia arriba, mostrando una divertida sonrisa, ligeramente burlona, aunque con ciertos ticks nerviosos, que hacían que temblaran sutilmente, mostrando que estaba tan o más nervioso que el resto de sus compañeros; su tez era blanca, ligeramente bronceada por el sol, ligeramente musculoso, aunque no lo suficiente como para que los músculos se marcasen sobre la camisa de su uniforme, perfectamente planchado y liso, con un águila adornando el lado izquierdo de su capa, a juego con la corbata azul y bronce que adornaba su cuello.

—Ya te gustaría, Scamander.

Lorcan alzó una ceja; en el tono de voz se notaba claramente el nerviosismo que tenía el joven, aunque no le culpó por ello, a fin de cuentas, quién no lo estaría en esa situación.

James suspiró una vez más, como una manera de intentar calmarse un poco, de sacar de dentro todo ese aire que le presiona el pecho. Moreno, con ciertos reflejos de color rojo, impidiendo a nadie olvidar que se trataba de un orgulloso Weasley, ojos marrones avellana ocultos detrás de un par de gafas finas, piel blanca, casi tan pálida como si de un Malfoy se tratase y de complexión delgada, aunque a diferencia de su padre y de su abuelo, de quién heredó su nombre, no destacaba especialmente por la altura, midiendo apenas metro setenta y siendo superado en altura por un par de centímetros por Lorcan, con un metro setenta y cinco.

El Potter llevó su mano derecha a la montura de sus gafas, volviendo a colocarlas correctamente, que se habían resbalado por su nariz a causa del sudor; la bajó entonces hasta su corbata, coloreada con toques esmeralda y plateados y comenzó a moverla a los lados, suspirando una vez más. El calor veraniego aún golpeaba con fuerza, especialmente contra aquel vagón angosto y tan iluminado, haciendo que los últimos y fugaces rastros del verano, del agosto que apenas terminaba, se colase por la ventana.

—Tienes que estarte quieto, ¿sabes? —susurró el rubio, llevando ambas manos a la corbata del Slytherin y volviendo a colocarla como debía estar, ajustándola en su cuello—. Todos tenemos calor, estamos nerviosos, pero tienes que dar una buena impresión... al menos hasta que acabe la reunión.

—Bueno, Lorc —James bajó un poco la cabeza, siguiendo el tono de susurro, con intención de no molestar a nadie y, más importante aún, que ninguno se enterase de qué estaban hablando—, es difícil no ponerse nervioso y sentir calor cuando estás a mi lado.

James guiñó un ojo con cierto toque de picardía, haciendo que las mejillas de Lorcan se tiñeran de un sutil tono rojizo, a la vez que tuvo que desviar la mirada. Abrió la boca para replicar, pero sus palabras murieron al final de su garganta, pues justo en ese momento la puerta del camarote se abrió, cosa que agradecieron bastante las nuevas Perfectas de Ravenclaw y Slytherin, sentadas una a cada lado de los chicos y que estaban lo suficientemente cerca de ellos como para escuchar toda la conversación que estaban teniendo, aún sin ningún tipo de interés en ello.

Por la puerta entraron dos personas, ambos de séptimo curso, altos, con la cara llena de orgullo y una sonrisa de oreja a oreja, mirando con satisfacción a todo el vagón. Los Premios Anuales, Teddy Lupin y Victoire Weasley acababan de llegar, por lo que la reunión podía dar por empezada. El chico, de pelo y ojos de un azul eléctrico casi hipnótico, dio un paso al frente, haciendo que se ondease de manera involuntaria su larga capa en la que lucía con orgullo la inscripción «Premio Anual» de color dorado sobre los cuatro colores de las distintas casas, verde, azul, rojo y amarillo, justo sobre el escudo de su casa, a juego con la corbata amarilla y negra que decoraba su cuello.

—¡Prefectos! —llamó a los 22 alumnos que ocupaban aquel vagón; su voz sonaba amplia, llegando a todos los rincones, posiblemente a causa de algún hechizo—. Habéis sido elegidos de entre los cientos de alumnos, personalmente por la directora, Madamme McGongall, como los alumnos más sobresalientes de cada una de vuestras casas, como los representantes más propicios para este curso. Sobre vosotros está ahora el deber de devolver ésto, comportándoos como se espera de vosotros, ayudando a los alumnos de menor curso a que su estancia en el Colegio sea lo más idílica posible, igual que los anteriores Prefectos hicieron con vosotros en su momento.

»En vuestras espaldas está el deber de cumplir a rajatabla todas y cada una de las reglas del colegio, así como la de ayudar al profesorado a que el resto de alumnos las cumpla.

—No será fácil —continuó entonces Victoire.

La chica se colocó al lado de Teddy, compitiendo casi en altura con el metamorfomago, rubia, ojos azules como el cielo en calma y una corbata azul decorando su cuello. Tenía una belleza que casi hacía daño a los ojos y que dejó embelesado a prácticamente todo el vagón, causa de su parte Veela. James suspiró, aunque seguro que mucha gente pensaba que aquello era un don, él sabía perfectamente que era algo que Vic odiaba. Ser guapa estaba bien, la chica lo era, pero ser (cursiva) tan (cursiva) guapa, provocar esas continuas reacciones a la gente era algo que odiaba realmente. Por suerte para ella, esos poderes no parecían funcionar en sus familiares, por razones que James entendía a medias, algo de la sangre, ni en Teddy, cuyo "amor verdadero e incondicional" parecía imponerse sobre la condición de su novia.

—A los deberes y exámenes constantes se sumará la responsabilidad que ahora cargáis sobre vuestros hombros —la rubia hablaba con un inglés perfecto, aunque en sus palabras se notan las trazas de un acento francés que se fue perdiendo con los años, aunque se marcaba de cierta forma a la hora de enfatizar las palabras—: ahora mismo, prácticamente todos los alumnos están bajo vuestro cuidado. Debéis ser responsables en la forma en la que usáis vuestro poder o incluso cómo os comportais en público. Sois la cara visible de cada una de vuestras casas; especialmente en los alumnos de primero y segundo, que os verán como protectores, gente en quien confiar incluso a veces por encima de los profesores o Jefes de la Casa. No les decepcioneis.

» Vuestras responsabilidades, como ya sabréis, se basan en proteger, guiar y ayudar a los alumnos; pero también el de hacer que cumplan las reglas —Victoire se detuvo un momento para tomar un poco de aire; relamió con cuidado sus labios, que se empezaban a quedar secos, antes de continuar—. Tendréis el poder para castigar a los alumnos infractores de vuestra propia casa de cursos inferiores, quitando entre cinco y veinte puntos, llevándolo ante la presencia de algún Premio Anual, profesor, Jefe de casa o subdirector del colegio, en ese orden según la importancia de los actos y, en algunos casos, poner castigos menores como limpiar un aula, pasillos o el estropicio ocasionado.

» De manera excepcional, un Prefecto puede castigar a alguien de otra casa o de un curso similar o superior si la infracción en concreto si la situación así lo amerita...

—Aun así —intervino Teddy, dando nuevamente un paso al frente, permitiendo que Victoire volviese a tomar aire—, es recomendable, en especial a los Prefectos más "novatos" que llevéis al alumno o alumnos ante algún profesor o Prefecto de dicha antes de tomar acciones.

—Exacto —asintió Victoire—. En cualquier caso, una decisión de un Prefecto puede ser anulada por nosotros, los Premios Anuales, o por alguno de los profesores si se considera que fue innecesario; o de ajustará el castigo, devolviendo los puntos necesarios, si se considera que fue excesivo.

—Si se descubre que fue malintencionado el castigo, ya sea que no hubo infracción o que fue sancionado de manera excesiva por algún rencor personal, el Prefecto en cuestión recibirá una falta leve.

—Por eso decimos que no toméis decisiones precipitadas contra alumnos de otros cursos —intervino en esta ocasión Victoire, aclarándose la garganta—. El alumno puede alegar que fue acusado injustamente por la competitividad entre casas o...

—Sin duda, la actividad favorita de los leones.

El silencio reinó cuando la oración hubo acabado, aunque seguía retumbando por todo el vagón. El monótono movimiento del tren sobre los raíles fue lo único que se escuchó durante unos segundos simplemente roto por un largo suspiro que lanzó al aire Teddy, mirando con cierto desprecio al Prefecto de séptimo curso de Slytherin, el que acababa de hablar.

—Nott... —dijo lentamente Teddy, mientras su azul pelo comenzaba a tomar colores cálidos, anaranjados, casi rojizos—. No era necesario...

—Oh, vamos, Lupin —Theodore Nott Jr, hijo de Theodore Nott y Daphne Greengrass, moreno, de pelo corto y ojos oscuros, se puso en pie, mirando fijamente a Ted—. ¿Cuántas veces un león se ha ido limpio después de que un Prefecto le quitase menos puntos de los que merecía y con pruebas más que de sobra? Porque, si mal no recuerdo, la excusa de "la serpiente me odia por ser león" solo la usan cuando es Slytherin.

—¿Serpientes? —habló en esta ocasión el Prefecto de Ravenclaw de séptimo curso, llamada Jack White, hijo de muggles, poniéndose en pie—. Vaya, yo pensaba que eran las águilas las que éramos enemigos naturales de los leones; o eso lloriqueaban los gemelos Smith el año pasado a la directora las diez veces que le quite cinco puntos a su casa por las peleas en la Biblioteca... —miró fijamente a Teddy, justo a los ojos, desafiante—. Ni siquiera el testimonio de Madame Pince consiguió que el castigo fuese mucho mayor.

—Nott... Jack... —suspiró en esta ocasión Victoire, colocándose ante Teddy, que parecía a punto de estallar. Miró un momento a Teddy, pero ninguno de los dos quiso contradecir nada de lo dicho por los Prefectos, pues tampoco pensaron que fuese mentira.

—Victoire.

En esta ocasión fue turno de la Prefecta de Hufflpuff que, lejos de intentar echarle una mano a Teddy, parecía dispuesto a hundirle más en el fango. Roxanne Weasley, se puso entonces en pie, cosa que sorprendió bastante al resto del vagón, pues no esperaban que ella fuese a tomar parte en el asunto, casi poniéndose directamente contra una de sus primas. Sus rizos pelirrojos rebotaron suavemente cuando se acabó de erguir.

—Teddy... ¿Por qué negáis lo evidente? ¿Por qué...?

—Tú deberías saberlo mejor que nadie Weasley —siseó ligeramente cortante Nott, haciendo que la chica se girase a verle, consiguiendo que Ted y Vic dejasen de ser momentáneamente el centro de atención—. A fin de cuentas, tu hermanito es uno de los principales expertos en la frase "me odian por ser león".

—Fred —puso los ojos en blanco Roxanne, como dándole la razón a Nott, pero sin querer admitirlo con palabras—. Pensé que esto iba de culpar a una casa, no a una familia.

—¡Así que lo admitís!

Fue el turno de Gryffindor en este caso, que harto de contenerse, acabó poniéndose en pie, señalando con un dedo a Nott, de manera acusadora.

—No te confundas, Longbottom; esto va de decirle a los nuevos futuros "patrulleros" que se anden con cuidado con tus chicos.

—Mis chicos —Frank Longbottom se llevó la mano al pecho—, no son mejores ni peores que cualquiera de los vuestros, ni tienen favoritismo ni nada parecido.

En ese momento, los Prefectos de séptimo curso soltaron un bufido al aire; incluso a Ted se le escapó uno, mientras que Victoire no pudo evitar poner los ojos en blanco. El intento de seriedad por parte de los Premios Anuales se esfumó al momento en que Frank dijo una estupidez de tal magnitud, pues todos en esa sala sabían que no tenía ni pies ni cabeza: era más que obvio que en demasiadas ocasiones los leones eran perdonados y condonados sin más razón que un apellido o un color de casa.

—Mira, Longbie, si seguir los pasos de tu padre como herbolarista no te sirve de nada, piensa en dedicarte a la comedia —comentó Nott a risotadas, sin dejar que su mirada fría desapareciese del todo.

—Yo al menos puedo seguir los pasos del mío sin acabar en una presa de Azkaban, Nott —contestó simplemente el Gryffindor, encongiéndose de hombros como quitándole importancia, aunque sin poder evitar haber pronunciado con asco eso último.

—Oh... —dijo Nott, que lejos de ofenderse, amplió su sonrisa, aunque sin poder evitar sentirse lleno de rabia—. Así que quieres jugar a eso... al juego del pasado —Nott se encogió también de hombros—. Muy bien, mi padre posiblemente fue Mortífago.

La palabra había salido de su boca con tanta naturalidad que había helado la sangre de todos, incluido Frank, a quién hablaba, haciendo que sus piernas se tambaleasen un poco. Nott suspiró antes de hablar.

—Un Mortífago, seguro que hizo cosas malas, seguro que incluso torturó, golpeó o agredió a alguno de vuestros familiares. Un Slytherin de cuándo ser Slytherin implicaba ser cruel y jugar a ser un Mago Oscuro —según iba hablando, el tono de su voz jugaba a cambiar entre rabia y miedo, como si en cualquier momento fuese a ser atacado, pero no se detuvo—. Un cabrón. Y mi abuelo... ¡Oh, mi abuelo! —soltó una carcajada seca—. A ese cabrón le deben de estar metiendo tantos tridentes por el culo en el infierno como al Señor Tenebroso... ¿Sabes? —la sonrisa de Nott se ensanchó, de una manera casi malvada—, seguro que la única razón por la que mi abuelo no estaba delante cuando torturaban a los tuyos fue porque estaba ocupado matando muggles.

Silencio.

Un silencio tan pesado que dolía en el pecho de cada uno de los presentes, como cuchillos. Frank y su hermana melliza, Alice, Prefecta de séptimo de Gryffindor que había permanecido en silencio hasta ese momento, sin ganas de participar, estaban rojos, entre el dolor, la rabia y el odio más absoluto. Mencionar a sus abuelos, de quién ambos tomaban su nombre, en un contexto así, había sido un golpe bastante bajo. Ninguno de los presentes, ni siquiera los mismos Longbottom, entendían cómo ninguno de los dos se había lanzado contra Nott.

—¿Y qué vas a hacer, Longbottom? —comenzó a hablar con sorna—. ¿Vas a lanzarme un maleficio? ¿Me vas a partir la cara? ¿Lanzarme del tren? ¿Vas a encerrarme en Azkaban? —se encogió una vez más de hombros—. Adelante, hazlo. Coge a todos y cada uno de los aquí presentes, en este maldito tren, que tengan un pasado oscuro y mandalos a Azkaban. No, mejor —alzó la mano, fingiendo diversión—. Cierra Slytherin, coge este símbolo —se quitó la corbata verde y plata y mostró el final, con el logo de Slytherin—, coge a todas las serpientes del tren, de segundo a séptimo, nos encierras en la Cámara Secreta, donde sacrificamos a leones por el poder oscuro, y nos lanzas fuego hasta que todos ardamos, empezando por el profesor Slughorn. ¡Seguro que así —alzó la voz, casi a gritos— alguno de los buenos magos, brujas y muggles que murieron por sus familiares hace décadas resucitan! ¡Seguro que si coges al malvado Tommy Connor, de segundo año, hijo de muggles, que lo peor que ha hecho en su vida ha sido sentarse sobre una hormiga sin querer, todos los muggles muertos en La Guerra reviven!

»¡Seguro que si torturas a Scorpius Malfoy, que no pasa un maldito día en que tus queridos leones no le llamen hijo de Vol... —palideció un momento— de Voldemort, Mortífago o asesino, todas las víctimas de la familia Malfoy y Black mágicamente volverán a la vida! ¡Mátanos a todos, Longbottom! —gritó, abriendo ambos brazos y dejando descubierto su pecho, como esperando un balazo—. ¡Este mundo necesita que su salvador mate a los descendientes de los peores seres sobre la faz de la tierra, sin importar su inocencia, que naciese décadas después o que repudie su pasado y apellido con toda su alma!

»¿Sabes, Longbottom? —su voz se calmó, dejó de hablar a gritos para comenzar a hablar de una manera casi susurrante, siseando, casi como una serpiente—. Yo repudio mi pasado, a mi abuelo y en parte a mi padre. Yo, al igual que el resto de Slytherin, intentamos seguir adelante, construir nuestro propio futuro y demostrar que somos algo más que una familia importante manchada de sangre inocente. Y eso, podrías verlo —les señaló directamente—, si dejaseis de vanagloriaros de lo que vuestros padres hicieron. Saca la cabeza del culo de tu padre y mira al presente, Longbottom, o no serás más que la sombra de tu familia.

Nott se llevó la mano a la frente, apartándose el pelo que se comenzaba a pegar a causa del sudor. Suspiró por un momento, ligeramente acalorado, antes de colocarse nuevamente la corbata en su sitio y ajustarse el uniforme. Alzó entonces la mirada, cuando escuchó unos lentos y sarcásticos aplausos provenientes de la parte de más alante del vagón, viendo a un Ted Lupin completamente rojo, ojos y pelo incluido, aplaudiendo, cubierto de ira.

—Bonito discurso, Nott, deberías darlo esta noche en la Sala Común cuando los nuevos cuatro alumnos de Slytherin llegan a tu casa. Ahora, ¿qué tal si cerráis la puta boca y os sentáis de una vez?

Ted apretó los dientes, hacía rato se estaba quedando sin paciencia; no le importan las peleas por casas, peleas de Prefectos, que se destruyan como deseen los alumnos de séptimo, ya eran más que adultos. Pero la forma en la que las caras de los alumnos de sexto y, especialmente, los de quinto se fueron poniendo lívidas, era inaceptable. Los alumnos menores, que habían permanecido callados hasta ese momento, estaban incómodos, algunos incluso apenados por los temas tocados, y los ocho Gryffindor estaban rojos por la rabia, en especial los Longbottom. Todos los Prefectos se sentaron en ese momento, a excepción por supuesto de Nott, que se cruzó de brazos, mirando desafiante de Ted.

—Una última cosa, Lupin, para terminar el tema. Luego si quieres me pones una falta grave —se apoyó sobre el respaldo del asiento que tenía justo delante, ocupado por el Prefecto de Slytherin de sexto curso, mirando fijamente a una cabellera negra revuelta que se encogía en su asiento y que había intentado pasar desapercibido toda la discusión—. Poootter... Ooooh, Potter —llamó Nott, divertido—. Te aconsejo, como superior de Slytherin, que lleves cuidado cuando le vayas a quitar algún punto a alguno de tus queridos primitos o hermanos, no sea que comiencen a odiarte por el animal que tienes dibujado en el pecho.

Nott sonrió con satisfacción, dejándose caer de manera pesada finalmente en su sillón, sin apartar la vista de Teddy, que parecía dispuesto en cualquier momento a destituir del puesto de Prefecto a Nott, pero que se contenía cómo podía sujetando la mano de Victoire.

Todas las miradas se pusieron entonces en James. James Sirius Potter, hijo primogénito de Harry Potter, el Héroe de la Guerra, de Ginny Weasley, heroína, familiar directo de los Weasleys; era descendiente directo de gran parte de los miembros de Gryffindor que había ganado la guerra, salvando al mundo del Señor Tenebroso. Su cara estaba más blanca, más pálida que nunca y en su caso, ni siquiera sujetar con fuerza la mano de Lorcan le estaba ayudando demasiado. Odiaba ser el centro de atención, más cuando se trataba de un tema así.

James se puso en pie y salió del vagón por la puerta por la que habían entrado, seguido de Victoire y de Lorcan, mandado por Teddy para tranquilizarle. En el vagón, con el resto de estudiantes, pareció recobrar el color de su rostro, comenzando a respirar con más tranquilidad. Victoire se colocó a su lado y comenzó a pasar su mano por sobre la cabeza del chico, que pareció calmarse un poco bajo su tacto; Lorcan permanecía a su otro lado, sin saber bien qué hacer.

—¿Mejor, Jams? —preguntó Victoire, de una manera materialista, sin cesar las caricias.

—Un poco, Vic —suspiró, cerrando los ojos y colocando las manos sobre sus brazos.

—Nervios del principio, es normal.

La chica no dejaba de sonreír de manera calmada; aunque James no la veía, Lorcan sí, cosa que pareció apreciar. La sonrisa de la chica parecía transmitirle cierta confianza, cierta calma, condicionar sus sentimientos de una manera casi mágica, cosa que sinceramente Lorcan no dudaba para nada, teniendo en cuenta su ascendencia.

—Chicos —susurró con calma—. Id a patrullar un poco el tren, ved a los chicos, calmaos... y en un rato volved. La reunión ya casi ha terminado.

Vic dio un suave apretón cariñoso en el hombro de Potter antes de dar media vuelta y volver al vagón.

Lorcan se acercó entonces a James, continuando el trabajo que había dejado Victoire, acariciando con cuidado la espalda, en largas y lentas pasadas, intentando transmitirle algo de tranquilidad, aunque sabía de sobra que no tenía ni de lejos la misma capacidad relajante que la rubia. James suspiró con suavidad, alejándose un poco de la barandilla de la ventana y volviendo la mirada a Lorcan. Los tonos ligeramente rojizos y vivos del chico estaban volviendo a su rostro. Respiraba lentamente, de manera profunda.

—Parece que tenías razón después de todo —James se esforzó en esbozar una sonrisa—. Estaba un poco nervioso.

—Y quién no lo estaba —respondió en un ligero susurro, pasando ahora las caricias a su cabeza.

James asintió un poco, apartándose de Lorcan y volviendo a desajustarse la corbata, dejándola por debajo del segundo botón de su blanca camisa, impoluta aunque ligeramente arrugada por el sudor. En esta ocasión, Lorcan no dijo.

Decidieron hacer caso a Victoire y, en lugar de volver directamente al vagón de Prefectos, caminar un poco por el tren; la velocidad era alta, pero podían estabilizarse y caminar sin mayor problema. Encontraron a un par de chicos en el pasillo, a los que mandaron volver a su respectivo compartimento; aceptaron sin rechistar, lo que les confirmó que se trataban de alumnos de primer curso.

Llegaron al último vagón, el más alejado del vagón de los Prefectos y de la locomotora. Comenzaron a escuchar entonces gritos y conversaciones en tonos demasiados altos; ambos conocían demasiado bien ese vagón, el "vagón perdido". Se miraron un momento, suspirando; entraron al último compartimento, situado a la derecha, de donde provenían la mayor parte de los gritos.

—¡Los señores Prefectos en persona!

La voz retumbó en los odios de James antes incluso de haber entrado, haciendo que en su boca se formase una mueca de manera casi involuntaria, mueca que no trató de disimular ni reducir.

—Cuánto honor, Señores.

Albus Potter —pelo negro azabache, ojos verdes, estatura media, cuerpo poco musculoso y piel ligeramente bronceada— y Fred Weasley —moreno, ojos castaños, alto y fornido y piel negra—, ambos aún con ropa informal y con la corbata Gryffindor anudada sobre el brazo, se pusieron en pie, haciendo una estúpida reverencia. Se sentaron riendo a carcajadas, acompasadas con la suave risa de Lily Potter —pelirroja, ojos verdes, algo pequeña incluso para una chica, piel pálida, como si la luz del sol no le hubiese dado en todo el verano—, que jugueteaba entre sus manos con la corbata de Hufflpuff, y el bufido exasperado de Rose Weasley —pelirroja, ojos azules, piel lechosa, pecas esparcidas por el rostro y una complexión delgada—, completamente uniformada, con una perfección y presteza que parecía hecho con magia, sin una sola arruga en su uniforme de Ravenclaw. El único que permanecía completamente quieto y callado, como con miedo a abrir la boca y meterse en un lío era Scorpius Malfoy, que se encontraba en una de las esquinas del vagón, mirando por la ventana, como si el resto del mundo no fuese con él. Rubio, de ese rubio platino, que casi era castaño, ojos azules, piel blanca, casi pálida, cuerpo pequeño y complexión delgada.

—Severus... —suspiró James, frotándose el puente de la nariz por debajo de las gafas.

Lorcan pareció ignorar por completo el comportamiento y comentario de los chicos; se quitó su chaqueta, el jersey y se subió las mangas de la camisa hasta los codos. Se sentó junto a Scorpius, abriéndose los primeros botones de la camisa y bajando la corbata, permitiéndole respirar. James hizo lo propio antes de sentarse a su lado, alzando la mano para saludar a Scorpius, que le dedicó una tenue sonrisa antes de seguir en su misión de contar los árboles.

—Este es el momento en el que empezáis con vuestros rollitos de pareja que se quiere, supongo.

Fred alzó ambas manos, formando un corazón con ellas, dejando dentro a Lorcan y James. El Potter alzó entonces una ceja, mirando a los chicos.

—Sí, la verdad es que estuvimos ayer hablándolo. Uno de nuestros fetiches siempre fue el de hacerlo con mis hermanos y primos mirando en un tren.

—Uuuuuuh, Sirius, por fin vas a romper las reglas —silbó con cierta diversión Albus—. Que Scorp grabe la escena y nosotros miramos y ponemos de vez en cuando caras asqueadas.

Fred y Albus se miraron por un momento y comenzaron a practicar, poniendo caras de asco y llevándose las manos a la cara, apartando la mirada, como si tuviesen ante ellos la escena más repulsiva que habían tenido que ver nunca.

Scorpius, por su parte, simplemente puso los ojos en blanco; apoyó el codo en el marco de la ventana, dejando caer el peso de su cabeza en la palma de su mano, y continuó contemplando el horizonte.

—Ahora que ya habéis practicado...

Lorcan sonrió con cierta malicia al ver que los chicos volvieron a posar la mirada sobre ellos. Se puso en pie y se sentó a horcajadas de James, que en ese momento sintió como todo el calor del tren se había centrado en él, en especial en su rostro, que se había puesto completamente rojo. Lorcan, que conocía a James mejor que nadie, se acercó a su oreja y susurró.

—Tranquilo, sígueme el juego.

James asintió con suavidad ante sus palabras, colocando ambas manos en la cintura de Lorcan e inclinándose un poco hacia adelante, haciendo que sus labios y los del Ravenclaw estuviesen tan cerca que casi se rozasen, consiguiendo que ahora fuese Lorcan el que se sintió sonrojar.

—Ja-James... —palideció Albus.

—Dime, Lorc, ¿cómo lo prefieres? —susurró, lo suficientemente fuerte como para que todo el vagón pudiese escucharlos perfectamente.

—¿Recuerdas aquella vez en la cama de Albus? —se acercó de nuevo a su oreja, fingiendo que la mordía—. Pues algo así.

James pudo comprobar con satisfacción como ambos chicos comenzaban a ponerse completamente rojos, en especial el mencionado Albus, que había perdido completamente el color en su rostro y los miraba con los ojos casi desorbitados. Incluso Lily y Rose, que habían comenzado ambas a leer un libro de sus respectivos cursos, se intuían sonrojadas y algo afectadas. El único que no parecía afectado era Scorpius.

—Pero Lorc, no tenemos a mano ninguna falda de Lilu —respondió el Potter, viendo como su hermana apretaba entre sus dedos el libro.

—¿Y si le pedimos una a Rose?

—No creo que te quede bien —respondió como si nada la mencionada, intentando sonar lo más seria posible—. Lorcan tiene demasiado culo, no creo que le entre.

—¿Quién dijo que la falda fuese para él, Rosie?

—¡Vale, vale, suficiente!

Albus se puso en pie, completamente rojo, moviendo las manos ante él como queriendo quitarse muchas imágenes mentales de la cabeza. Lorcan chasqueó la lengua al ver que la diversión había terminado y se levantó de sobre James para sentarse nuevamente a su lado, apoyando la cabeza en el hombro del chico y sonriendo con diversión. James comenzó a acariciar con cuidado la cabeza de Lorcan, que cerró los ojos bajo su tarco, sin quitar la sonrisa de su rostro. Al menos, las tonterías de los Weasleys habían conseguido que el Potter se colmase y olvidase el incidente con los Prefectos.

—Eso ya me gusta más.

Albus sonrió con satisfacción al ver la bonita escena que estaban teniendo; su rostro comenzó a perder esos tonos rojizos que habían subido, devolviendo la palidez característica de los londinenses. Se sentó nuevamente en su asiento y miró a su hermano.

—Pero nada de hacerlo en mi cuarto, ¿entendido?

—Lo intentaremos —dijeron ambos a la vez, compartiendo una sonrisa confidente. Si supiesen que ambos seguían siendo vírgenes y que la escena les había puesto más nerviosos a ellos mismos que al resto.

Pasó una media hora con cierta tranquilidad dentro del vagón, alguna que otra broma o comentario, incluso un par de partidas al los Naipes Explosivos; James y Lorcan finalmente tuvieron que marcharse. Se pusieron en pie, se colocaron el uniforme una vez más. Cuando ya habían salido, James se giró un momento, mirando a la pelirroja del fondo del vagón, justo frente a Scorpius.

—Oye, Rose. Este es el primer año de Hugo.

La mencionada alzó la cabeza de su libro de Historia sobre Hogwarts, que había estado devorando hasta ese mismo momento. Asintió con cuidado y pasimonia al comentario de su primo.

—¿Sabe en qué casa quiere terminar?

—Pues la verdad es que no, aunque supongo que Gryffindor —Rose esbozó una sonrisa divertida—. ¿Por qué, Potter, lo quieres para ti?

—Bueno, siempre es divertido tener familiares en tu misma casa —se encogió de hombros el moreno—. Además, no quiero que corrompan a mi pobre Hugo —añadió, señalando a Fred, Lily y Albus.

—Ya... —Rose asintió, ignorando las quejas de sus tres primos—. La verdad es que no me gustaría ver a Hugo como ellos... está en el quinto vagón, si quieres hablar con él...

James asintió mientras Rose volvía la mirada y la atención a su libro y cerró la puerta, apagando las protestas de sus hermanos, molestos por el comentario que había soltado. Se colocó bien su chapa de Prefecto y caminó junto con Lorcan por los pasillos.

—¿Vas a hablar con Hugo entonces?

—¿Convencer a mi pequeño y maleable primito de que Gryffindor es una mala opción, que debería ser un Slytherin y que no haga caso a su padre, haciendo que Ronnie me odie aún más? —James se giró un momento, dedicando una sonrisa divertida.

—Eso me suena a sí.

James golpeó con suavidad uno de los compartimentos del quinto vagón. Las sutiles voces que habían dentro se apagaron, sustituidas por unas pisadas. La puerta se abrió, mostrando a un chico pelirrojo, de ojos azules y pecas repartidas por todo su rostro; aún pequeño debido a su edad y de piel lechosa. Era un calco casi perfecto de su hermana.

—¡James!

Hugo pareció alegrarse de verle, saliendo al pasillo y cerrando la puerta tras de sí. James alzó una mano y revolvió la rojiza cabellera del Weasley, dedicándole una sonrisa divertida.

—Hola, Hugo —saludó Lorcan por detrás, alzando una mano y sonriendo también.

—Hola, Lorcan —Hugo sonrió en respuesta; volvió la mirada a James y su sonrisa se amplió bastante.

Entraron en un camarote vacío que había en el mismo vagón y se sentaron los tres, James y Lorcan frente a Hugo. El chico llevaba el uniforme base para los alumnos de primer año, con el escudo de Hogwarts en la capa, esperando ser reemplazado por una de las cuatro casas, sin corbata y con la camisa ligeramente abierta.

—Si queréis que me vaya, yo... —comenzó Lorcan, pero Hugo negó con la cabeza.

Lorcan asintió y volvió a sentarse, cruzando sus piernas y mirando a ambos chicos casi desde la lejanía, como si quisiese observar la escena sin participar en ella. Sonrió. La forma en la que James y Hugo se miraban casi hacia que se sintiese celoso. El joven miraba a James como un hermano mayor, alguien en quién confiar; para Hugo, James era su confidente y la mayor muestra de rebeldía en la familia Potter, siendo como quería ser sin importarle lo que el resto de su familia opinase. Quizá Hugo era demasiado joven para entender muchas cosas, pero sabía de sobra que la corbata verde que adornaba el cuello de James era mayor muestra de rebeldía que los piercings de Louis o los tintes de pelo de Lucy. O al menos, así lo veía él. James veía en Hugo un hermano pequeño; lo había apreciado, querido y cuidado desde siempre, incluso aunque discutiese en demasiadas ocasiones con su padre, siempre había estado ahí para él. James volvió a desordenar el pelo de Hugo, era algo que no podía evitar.

—¿Querías algo además de despeinarme, James?

Hugo sonrió ampliamente, abriendo nuevamente los ojos y negando con la cabeza. Sabía la respuesta, llevaba tiempo esperando al presencia de James, pero aun así prefirió hacer el despistado y esperar a que James hablase. Seguramente, era la conversación que necesitaba para poner en orden sus ideas.

—Hablar con mi pequeño, inocente y adorable primito, es todo —respondió James, guiñándole un ojo.

—Ya, imagino que la conversación no será sobre técnicas de estudio, claro.

James chasqueó la lengua con diversión antes de negar con la cabeza.

—Ya sabes lo que ocurre el primer día. Llegas, vas una barquita al castillo, te sientas en una butaca y...

—Y un sombrero grita en qué casa estaré —adivinó Hugo.

—Correcto. Puedes ir a Hufflepuff, trabajo duro y compañerismo, a Ravenclaw —señaló a Lorcan—, sabiduría e inteligencia, puedes ir a Slytherin —se señaló a sí mismo—, luchar por un fin sin importar el medio que emplees, usando tu ambición, tu astucia, tus dotes de liderazgo.

—O puedo ser Gryffindor —terminó Hugo, viendo que James no quería mencionar la casa de los leones—. Valientes.

—Existe una línea muy delgada entre la valentía y la estupidez —respondió James, chasqueando la lengua—. Pero sí, supongo que puedes ser un león. Seguir los pasos de tus padres y primos, hacer lo que ellos quieren que hagas... es una buena opción, supongo.

Hugo alzó una ceja, ladeando la cabeza como un cachorro mientras observaba a los chicos ante él. James, Lorcan. Lorcan, James. Suspiró antes de hablar.

—Tú prefieres que sea Slytherin, supongo.

—No. ¡No! —se puso en pie, llevándose la mano al pecho, como ofendido—. ¡Yo nunca...! —chasqueó la lengua al ver que Hugo no se trataba el cuento y se sentó de vuelta en el sillón—. Mira, estaría feliz de que acabases en Slytherin, no lo voy a negar. Tener a alguien cercano sería divertido.

—¿Y Louis? —alzó una ceja el pelirrojo.

—Louis está demasiado ocupado intentando ligarse a todo el alumnado como para pasar un tiempo con su primito —James fingió un mohín.

—No sé si quiero ser Slytherin, James —suspiró Hugo, echándose hacia atrás en el sillón y cerrando los ojos.

—Hugo, no me importa en la casa en la que acabes —dijo finalmente James, frotándose el puente de la nariz bajo las gafas. Empleó un tono serio, para que Hugo supiese que hablaba en serio—. Slytherin, Hufflepuff, Ravenclaw... Gryffindor... Cualquiera estará feliz de tenerte, les vas a hacer estar orgulloso de ellas.

James se puso en pie, despeinando una vez más el cabello de Hugo antes de dirigirse hacia la puerta, abriéndola. Habían estado ya casi una hora fuera y no querían meterse en un lío en su primer día de Prefectos. Se giró hacia Hugo, dedicándole una sonrisa.

—Lo que quiero es que sepas que te apoyaré, vayas a la que vayas. Rose, Victoire, Dominique, Louis... te apoyaremos sea cual sea. Elige la que mejor se adapte a ti, sin importar lo que los demás piensen o vayan a decir de ti, Hugo.

Cuando James hubo salido, Hugo se giró hacia Lorcan, que hasta ese momento había estado como un mero espectador.

—No sé qué hacer, Lorcan.

—Bueno... —Lorcan se puso también en pie, mirando desde arriba al Weasley—. Cuando me pusieron en Ravenclaw, pensé que había sido un error, que todo había terminado... con once años, todo se ve más grande de lo que parece. Lejos de James, lejos de Lys... pero con el tiempo, entiendes que el color de tu corbata no define quién eres... lo hacen tus acciones, tus decisiones.

Lorcan le dedicó una sonrisa al chico, intentando tranquilizarle un poco. No sabía si eso le iba a ayudar demasiado, pero parecía que el chico estaba un poco más calmado al menos. Salió también del camarote y observó a James, apoyado en una pared. Alzó la mirada cuando le vio salir.

—¿Crees que he hecho mal? No sé si he puesto más nervioso a Hugo...

—Si tu intención era que Hugo fuese a Slytherin, entonces no... dudo mucho que vaya a esa casa —Lorcan sonrió un momento—. Si tu intención era que no se preocupase por la elección y que fuese a la casa que mejor le pareciese, entonces sí.

—Rayos —bromeó James, chasqueando los dedos—. Ahora será león por sus propios intereses y no por tradición familiar.

Lorcan rodó los ojos y se acercó al chico, colocando la mano derecha sobre su pelo, despeinandolo como solía hacer James con Hugo. Sonrió y dejó un suave beso en su frente antes de dar media vuelta y dirigirse nuevamente al vagón de los Prefectos.

Entraron ambos, cerrando la puerta tras de sí. Se quedaron mirando el panorama un momento; parecía tranquilo, demasiado tranquilo. Todos estaban sentados en sus asientos, descansando; las primeras filas al menos. Alumnos de quinto y sexto curso dormitaban o leían tranquilamente, sin hacer mayor ruido que el paso de las hojas o su respiración. Las dos últimas filas, en cambio, era otro tema. Los ocho alumnos de séptimo curso, seis Prefectos y los Premios Anuales, estaban discutiendo a gritos, pero al parecer, usaron un hechizo para que nadie además de ellos pudiese escucharlos. Ted estaba rojo, de piel, pelo y ojos. Cuando vio que habían entrado, señaló a la puerta del camarote casi con rabia, gritando algo que ninguno de los chicos pudo escuchar.

Nott y Frank Longbottom se pusieron en pie a regañadientes y salieron de la pequeña burbuja formada por los de mayor curso. Arrastraban los pies al caminar y pasaron por entre James y Lorcan, camino a la puerta. Longbottom salió y cerró tras de sí, pero Nott se quedó un momento parado, mirando a James. Teddy los miraba entre curioso y furioso.

—Potter.

Nott alzó la mano y la llevó hasta la cabeza del joven, revolviendo su pelo. No dijo nada más, no dio explicaciones de por qué lo hizo o qué intentaba con ello. Simplemente se giró y salió también del vagón, cerrando la puerta tras de sí dispuesto a hacer la ronda por el tren con Longbottom.

James y Lorcan se sentaron en su asiento, uno junto al otro. Teddy deshizo el hechizo de silencio y se reclinó en su asiento. James apoyó su cabeza en el hombro de Lorcan y suspiró suavemente, cerrando los ojos bajo las suaves caricias del rubio. El resto del viaje lo pasaron así, ambos dormidos; demasiadas emociones en tan poco tiempo.


CONTINUARÁ...