3. Myrtle "la Lorona"

El silencio típico y angosto del verano, había sido sustituido por los continuos pasos de los cientos de pies que caminaban en todas las direcciones, algunos camino a desayunar, otros de vuelta a las Salas Comunes, incluso alguno que se dirigía a los jardines; el sonido de los pasos, las conversaciones, los murmuros, sustituía entonces el silencio que hasta el día anterior había reinado por las vacaciones de verano. El silencio había desaparecido por completo a la vez que el castillo volvía a la vida una vez más con la llegada del nuevo año escolar.

El Gran Comedor se encontraba aquella mañana casi abarrotado. Al ser el primer día, todos los alumnos se encontraban desayunando, pues compartían un horario similar: desayuno a las 8.00, discurso de bienvenida a los alumnos por parte de McGonagall y a las 9.00 la primera clase. A partir del día siguiente, ya cada uno tendría sus propios horarios y podría desayunar a la que hora de su preferencia.

Cuatro alargadas mesas eran el foco principal del Gran Comedor, que se extendían de punta a punta de la sala de piedra, casi hasta la puerta, tomando en su interior a todos los alumnos que en ese momento disfrutaban del desayuno preparado por los elfos. Las mesas habían sufrido hacía unos años una serie de cambios, haciéndolas algo más pequeñas, dado que había bajado demasiado la demanda de nuevos alumnos en el colegio; tras la guerra, muchos padres estaban reticentes a mandar a sus hijos a un colegio en el que no sabían si iban a estar seguros, si iban a morir, ocurrir otra guerra o si estaban educando al próximo Señor Tenebroso en sus filas. Ante esto, la directora McGonagall tomó la decisión de cambiar el orden de las mesas; desde ese momento, ya no había una mesa por casa, sino que la distribución de los alumnos se haría de una manera más libre, dejando la tradición de las casa para momentos más puntuales, como la Selección del primer día. Había tomado esta decisión al ver que casas como Gryffindor tenían cada años cientos y cientos de alumnos mientras otras, sobre todo Slytherin, apenas llegaba a un cuarto de esa cantidad.

La mesa del fondo a la izquierda, a simple vista una mesa normal, igual a las otras cuatro, en cambio sí parecía tener una distribución especial, al menos de manera tácita. Era la mesa reservada para la familia Weasley y sus allegados, o al menos eso era lo que parecía a simple vista. En especial ese año, en el que la entrada de Hugo Weasley, implicaba que todos los integrantes de la familia Weasley se encontraban en el colegio, ocupando gran parte de la mesa, acompañados por cercanos como los gemelos Scamander o Scorpius Malfoy.

El techo del Gran Comedor había sido encantado años atrás, nadie sabía exactamente cuantos, posiblemente cientos, mostrando en lugar de un simple techo de piedra, un cielo azul, brillante, haciendo posible que aquél lugar fuese iluminado de una manera natural sin necesidad de luces ni de velas.

—Buenos días, chicos.

La última en llegar a aquella especie de reunión improvisada fue Rose; la pelirroja llevaba el uniforme perfectamente estirado y planchado —algunos alumnos, incluidos sus propios primos, habían insinuado que ésto se debía a que usaba algún tipo de hechizo o poción para mantener siempre impoluto el uniforme, pero ella ponía simplemente los ojos en blanco en respuesta y nunca confirmaba ni negaba nada—, con los tonos azules y bronce típicos de la casa de las aves adornándolo.

Se quedó un momento mirando a James; el chico en ese momento llevaba simplemente la camisa y la corbata del uniforme, colocando en el respaldo de su silla tanto la capa como el chaleco. Llevaba las mangas de la camisa blanca subida hasta los codos y había colocado su chapa de prefecto sobre el bolsillo de la camisa. Se sentó frente al chico y le dedicó una sonrisa de diversión.

—Veo que sigues vivo —bromeó la pelirroja, antes de tomar un par de tostadas del centro de la mesa.

—Por suerte, Minnie pudo contener a tu papaito en la puerta del castillo —respondió, bromeando, James. Tomó la copa junto a él, presumiblemente llena de zumo de naranja, y dio un largo trago.

—Sabes que Ron no intentaría hacerte nada.

Silencio.

James, Lorcan, que se encontraba a su izquierda, también vestido únicamente con la camisa como su novio, y Hugo, que lucía orgulloso su nuevo uniforme de Slytherin, aunque ligeramente arrugado, se quedaron mirando a la chica, como si pensasen que se trataba de algún tipo de broma extraña de Rose, esperando a que se riese. Al ver que no lo hizo, James chasqueó la lengua.

—Eso crees, ¿verdad, Rosie?

Rose asintió mientras James sacaba un sobre blanco de debajo del plato en el que estaba comiendo, en ese momento, un par de bollos de chocolate. Mostró ante la pelirroja el nombre que figuraba, Ron Weasley, el padre de ella y Hugo. Acto seguido, James colocó el sobre boca arriba sobre la mesa y lo despegó, desdoblando la carta y dejándola sobre la mesa. Una montaña de fuego salió entonces disparado hacia el techo, de un grosor similar al del papel de la carta, que casi llegaba hasta el techo. La llamarada llamó la atención de todos los presentes, profesores incluidos, que volvieron a lo suyo al poco, cuando se hubo extinguido. Cosas de Weasleys pensaron.

—Ronnie me manda recuerdos —dijo simplemente James, cerrando el sobre nuevamente y colocándolo bajo el plato.

Rose no pudo evitar soltar una carcajada. No sabía si estaba divertida, nerviosa o enfadada, pero no pudo evitar reír. Su padre realmente sabía cómo demostrar su falta de cariño hacia una persona. Lo que desde luego tenía claro y no dudaba, era que su madre no tenía ni idea de que había hecho eso; si Hermione se enterase de que había intentado atacar a alguien, en especial a James, tenía claro que Ronnald se hubiese metido en un lío mucho peor que acabar en Azkaban.

—¿A ti también te mandó fuego, Hugo? —Preguntó entonces al chico.

Hugo se encogió en el sitio, apretando los puños con algo de fuerza y negó repetidas veces con la cabeza. No podía dejar de mirar al plato, vacío, que tenía frente a él. Al parecer, estaba intentando contener las lágrimas. Plato vacío, eso sí que preocupó a Rose, ver a un Weasley con un plato limpio y vacío ante él era indicador de que algo muy malo le estaba ocurriendo, en especial si se trataba de Hugo.

—Seguro que antes de mañana te llega una carta de Ron —intentó tranquilizarle su hermana, aunque en su voz se notaba que ni siquiera ella lo tenía del todo claro. Rose sin estar segura de lo que estaba diciendo, eso también era un mal indicador—. Hablará con mamá y todo estará bien. Él te quiere, Hugo.

Hugo asintió un par de veces. James colocó sobre él su mano y le revolvió el pelo con cariño, mostrando una amplia sonrisa. Al menos James no parecía dudar. Por muy mal que le cayese Ron, sabía que no era tan malo como para dejar de lado a su hijo simplemente porque acabase en la casa de las serpientes; al menos, eso quería pensar.

—Hugo, Hugo, Hugo...

El mencionado se giró hacia su izquierda, mirando a su primo Albus que se había sentado a su otro lado. Comenzó a negar entonces con la cabeza, chasqueando la lengua mientras observaba a su pequeño primo. Rose y James, estaban mirándole fijamente, sin decir nada, aunque ambos parecían a punto de tomar sus varitas y lanzar un encantamiento al Potter si decía una estupidez. Lily fue menos sutil; la Hufflepuff, que se sentaba a la izquierda de Albus, colocó la mano sobre el brazo de su hermano, con un mensaje claro, conciso y sutil una estupidez y te golpeo.

—Hugo —la sonrisa de Albus, se ensanchó—. Tienes un padre y como veinte primos —se encogió de hombros—. Veinte primos que no tienen miedo de él.

Le guiñó un ojo al pelirrojo antes de repetir la acción de su hermano, revolviendo con cuidado el cabello de Hugo; no era algo que solía hacer, pero el pequeño estaba tan nervioso que ni siquiera le salió la vena bromista Potter de sus venas. Rose y James suspiraron al unísono y Lily bajó su mano del brazo de su hermano. Por fin, había abierto la boca sin decir una estupidez.

—Así que come un poco, no querrás desmayarte tu primer día de clases, ¿verdad?

Hugo negó un par de veces con la cabeza y tomó del centro de la mesa un par de croissant, colocándolos sobre el plato y comiendo uno de ellos, aunque con cierta parsimonia. Albus le guiñó un ojo a su hermano antes de ponerse a comerse su propia comida. James suspiró, ¿podría ser esa la primera muestra de madurez en su hermano? Lo dudaba bastante.

James se giró entonces al lado contrario, la derecha. Junto a él se encontraban Lorcan y a su lado Lysander, su gemelo; es cierto que a simple vista podían ser prácticamente iguales, pero era fácil distinguir a ambos chicos si uno prestaba la suficiente atención. Eso, claro, sin mirar lo obvio, el uniforme: Lorcan era estudiante y prefecto de Ravenclaw mientras que Lysander era el prefecto de Gryffindor. Al menos, James, sabía distinguirlos sin problema: Lysander tenía un rubio más amarillo, mientras que el de Lorcan era grisáceo, al igual que sus ojos, que Lysander tenía casi completamente azules; la nariz y las orejas de Lorcan eran más pequeñas, sus labios algo más rojizos, y un par de pecas adornaban su nariz. Quizá era cosa suya, pero los veía tan distintos en tantos aspectos, como la forma de sonreír, de hablar, de mirar...

—James —llamó de nuevo Lorcan, haciendo que el mencionado saliese de sus pensamientos.

—Yo.

—Tú —chasqueó la lengua—, estás haciendo sentir incómodo de nuevo a Lys.

James alzó una ceja y observó a Lysander, que ocultaba una sonrisa divertida tras la copa que acaba de llevarse a los labios, intentando contener una carcajada para que la acusación de Lorcan pareciese más seria.

—Es que ya no puedo ocultarlo más, Scamander —respondió James, haciendo una voz ligeramente dramática, llevándose la mano a la frente—. Siento que me equivoqué al escoger al gemelo. Lo nuestro fue bonito mientras duró, fueron los mejores 10 años de mi infancia, pero ya no puedo seguir ocultando lo que siento. ¡Lorcan, me gusta tu hermano!

Lorcan se quedó un momento mirando a James, que no sabía qué decir o hacer, pues parecía que no estaba reaccionando de ninguna forma a su broma. Entonces, los ojos de Lorcan comenzaron a llenarse de lágrimas, temblando ligeramente, enrojeciendo un poco incluso. Sorbió un par de veces su nariz mientras las gotas caían por sus mejillas.

—Lorc... —comentó James.

—Lorcan —comentaron un par de voces tras el Potter, que estaban viendo la escena sin saber cómo reaccionar.

—James —su voz sonaba ligeramente quebrada, como si le costase hablar por un nudo en la garganta—. Yo... no sé cómo decir esto... yo pensé...

Las lágrimas seguían cayendo por los ojos del Scamander, muriendo en su barbilla. James se había quedado blanco de la indecisión, sin saber cómo actuar, qué hacer, qué decir. No sabía si realmente estaba de broma, se lo había tomado en serio o qué le pasaba. El resto de los Weasleys los miraba con curiosidad, aunque tampoco parecían saber qué decir.

—James... —se llevó las manos a la cara, intentando limpiar las lágrimas con los puños de su camisa.

—¿E... Estás bien, Lorc? —dijo finalmente James, poniéndose en pie y acariciando el hombro de su novio.

—Es que... James... después de tanto tiempo —susurraba detrás de las manos, haciendo que sus palabras sonasen amortiguadas—. Después de diez años... tú... yo... ¡al fin soy libre!

James abrió la boca al escuchar a Lorcan, que se había quitado las manos de la cara y que comenzó a reir, limpiándose las lágrimas, que continuaban saliendo, aunque en esta ocasión a causa de la carcajada que estaba escapando de su boca. Alzó el rostro, viendo que James se había quedado ahí quieto, algo blanco; le sacó simplemente la lengua.

—Ahora es problema tuyo, Lyssie... —le tocó el hombro, como pasándole el muerto, girándose para pegarse a la mesa y continuar desayunando.

—Ah, no. No, no, no, no.

James volvió en sí; tomó la silla que estaba junto a Hugo y la colocó entre Lorcan y Lysander. Miró primero a Lorcan, chasqueando la lengua y poniendo una mano sobre su hombro para llamar su atención.

—Scamander —pinchó con cuidado el hombro de Lorcan—. No me puedes dejar así.

—En realidad me has dejado tú. Yo sólo he dicho que vale.

Lorcan se encogió de hombros y se apartó un poco de la mesa, sentándose de lado en la silla y quedando frente a frente con James.

—No, no, no. De eso nada —negó James—. Te recuerdo que cuando teníamos ocho años me dijiste que estaríamos juntos para siempre.

—Y yo te recuerdo que cuando teníamos dieciséis —respondió Lorcan—, me dijiste que me dejabas porque te gustaba mi hermano gemelo

—Bueno, pero me refería a que me gustaba como cuñado —James esbozó una sonrisa divertida, mientras tomaba las manos de Lorcan entre las suyas—. Nosotros vamos a estar juntos y felices mucho mucho muchos años más.

—No me amenaces, Potter —siseó Lorcan, aunque entrelazó sus dedos con los de James, alzando un poco sus manos.

—Vamos, sabes que yo jamás me fijaría en nadie que no fueses tú, Lorc.

—Lo sé —respondió como si nada Lorcan, encogiéndose de hombros—. Además, no me importaría si ese alguien fuese mi hermano, ¿sabes?

—Oh, ¿en serio? Pues lo cierto es que quería hablarte sobre la posibilidad de hacer un tríIIIIII —James se elevó un poco en la silla, al sentir cómo Lorcan apretaba sus manos y retorcía sus muñecas, sin perder la sonrisa angelical del rostro—. Lo-Lorcan, era una broma. Lorc...

—¿Qué se dice en estos casos, Potter?

—¿Perdón por insinuar que me quiero acostar con tu hermano gemelo? —Preguntó con cierta desconfianza James, mordiéndose el labio inferior.

—Tienes suerte de tener un novio tan bueno y comprensivo como yo, Potter.

—La tengo, la tengo, la tengo —respondió rápidamente, asintiendo. Suspiró de alivio al sentir cómo el agarre se iba soltando y quedaron sus manos entrelazadas nuevamente—. Y tierno, cariñoso, guapo, el mejor de todo el mundo.

—Sigue. —Respondió simplemente Lorcan.

—Eres con diferencia el chico más lindo, más paciente y más mejor de todo el mundo mundial —Lorcan asentía según iba hablando, como dándole la razón—. Mucho más que el tonto de tu hermano; lo siento Lys —James giró la cabeza hacia Lysander, que al igual que el resto de la mesa, estaba desayunando nuevamente tranquilo, ignorando la escena que había ante él. Lysander encogió sus hombros, quitándose una lágrima invisible y siguió comiendo.

—Eso está un poco mejor —sonrió Lorcan, pero James parecía no haber acabado.

—Con diferencia el chico más adorable que he visto —la voz de James comenzó a sonar en un ligero susurro y Lorcan no pudo evitar sonrojarse levemente—. Cada día, agradezco al destino por ponerle en mi vida y permitirme ser feliz a su lado, ser feliz con él y ser feliz por él. Porque sin duda, es lo mejor que me ha pasado...

James también se había sonrojado levemente, pero no había bajado la mirada de los ojos del chico; ambos se miraban directamente a los ojos, con una pequeña sonrisa dibujada en el rostro, ligeramente sonrojados ambos. Lorcan tomó la iniciativa, tomando con cuidado la corbata que colgaba en el cuello de James y atrayéndole hacia sí, pegando con cuidado los labios del moreno contra los suyos. James siguió el beso, uno lento y tierno que duró apenas unos segundos.

—Ya empezaron de nuevo.

La voz sonaba lejana, tanto que ninguno de ellos pudo escucharla, ninguno de aquella mesa, pues no era una conversación para ellos, sino sobre ellos. La voz salió de la mesa de los profesores; el profesor Neville Longbottom, profesor de herbología y Jefe de la Casa Gryffindor, miraba la escena con una divertida sonrisa en el rostro. Minerva McGonagall, sentada a su lado, alzó ligeramente una ceja. La anciana profesora, de pelo completamente blanco recogido en un moño, se ajustó las gafas, observando a los chicos que estaban hablando mientras intercambiaban de vez en cuando algún que otro beso.

—Creo que nada impide a dos chicos besarse en el Gran Comedor. Además, el señor Potter y el señor Scamander son con diferencia los más tranquilos en ese sentido.

—Bueno, profesora McGonagall, si me permite el comentario —el profesor Slughorn, profesor de pociones y Jefe de Slytherin habló en este caso, desde el otro lado de McGonagall—. La mayoría de los alumnos están conociendo el amor, entendiendo apenas lo que es que te guste alguien... muchos de los alumnos de séptimo curso no sabrían diferenciar un encaprichamiento por alguien con el hambre...

—Y muchos seguirán sin distinguirlo hasta dentro de mucho, Horace —confirmó McGonagall con un asentimiento de cabeza.

—En cambio, Potter y Scamander... ellos... parece que ya han superado todo eso hace mucho —habló tranquilamente el profesor de pociones—. No son una pareja de adolescentes conociendo el amor o entrando en nuevas experiencias. Ellos...

—Son un viejo matrimonio —terminó la frase Longbottom, asintiendo con la cabeza.

—Esa confianza entre ellos, la forma de tratarse, se nota que entre ellos hay una confianza que sólo existe entre dos personas así. Es algo único que pasa una vez cada mucho tiempo, señores. —Minerva sonrió, aún sin quitar la mirada de los chicos.

—Entonces, ¿seguirá adelante, Minerva? —preguntó Slughorn.

—Si da su consentimiento, Horace, como Jefe de Potter, me pondré en contacto con los padres de Potter inmediatamente; todo podría estar solucionado antes de la próxima semana.

—Bueno, si la señora Scamander estuvo de acuerdo, yo no voy a ser quién lo niegue, profesora —Slughorn sonrió, contemplando aún la escena—. Hogwarts debe servir para ayudar a los alumnos a conseguir un futuro prometedor. Es algo más que enseñar a dar movimientos de varita.

McGonagall y Longbottom asintieron con la cabeza a lo dicho por Slughorn. La directora, dando entonces por zanjado el tema, se puso en pie y caminó hacia el pequeño atril que había frente a la mesa de los profesores. Carraspeó un par de veces, provocando cierto eco en la sala, llamando la atención de todo el Gran Comedor; se colocó la punta de la varita.

—Señores —la voz de McGonagall resonó por toda la sala—, señoras. Ahora que los señores Scamander y Potter han dejado de recordarnos a todos que se quieren y que jamás tendremos nada tan bonito como lo suyo.

McGonagall no pudo evitar que una sonrisa floreciese en su rostro al ver que ambos chicos, que ya estaban sentados normalmente en la mesa, se habían sonrojado de sobremanera y se encontraban en ese momento mirando fijamente el plato, intentando que todo eso pasase pronto y que todos dejasen de mirarles. Alzó de nuevo la vista, mirando a todos los alumnos y a la vez a ninguno en particular.

—El discurso de hoy será más simple que el de anoche, más breve, tranquilos. Simplemente deciros: disfrutad. Disfrutad las clases, las enseñanzas, los conocimientos —Minerva lanzó una sonrisa a la sala—. Aprovechad al máximo este nuevo año, aprended, leed y sobre todo, disfrutad de los pequeños momentos que se os presenten. Uno nunca sabe si podrá volver a vivirlos.

Los chicos comenzaron a aplaudir, mientras la profesora caminaba lentamente hacia su silla y se sentaba nuevamente, lanzando un suspiro que se escuchó por la sala aún sin la necesidad de magia para ampliar la voz. La edad no perdonaba a sus viejos músculos y huesos.

Unos minutos después, tanto los profesores como los alumnos habían terminado de comer y se dirigieron a sus aulas asignadas para comenzar con el año escolar. Los alumnos de quinto curso, comenzaron el día con Pociones, Ravenclaw y Slytherin, y Defensa Contra las Artes Oscuras, Gryffindor y Hufflepuff. El profesor Slughorn amenizó la primera hora de la mañana de las serpientes y las águilas con un paseo rápido sobre lo que supondrá ese año la clase de pociones, enfocado más en mejorar el tratado y conservación de los ingredientes, de los más básicos a los más complejos, así como un curso más enfocado en la teoría, todo esto de cara a unos T.I.M.O.S. que —James sospechaba que iba a escuchar esa misma oración muchas veces a lo largo de ese año— aunque parecían muy lejanos, estaban más cerca de lo que pensaban.

La primera clase para los de quinto fue una charla sobre la importancia que tenían los T.I.M.O.S., dependiendo todo su futuro tanto en el colegio como al acabar el mismo con el resultado que obtuviesen. Justo lo que necesitaban el primer día a la primera hora, un Lunes a las 10 de la mañana, una charla soporífera sobre su futuro, que todo estaba en sus manos y que debían empezar ya a pensar más allá de la próxima semana. Como si los alumnos fuesen la primera vez que escuchaban esa misma charla. Ni la primera ni desde luego la última.

Cuando la clase terminó, los alumnos de ambas casas salieron a prisa del aula, dejando al profesor con la palabra en la boca, que soltó un suspiro de resignación y comenzó a recoger también la clase. La segunda hora de Slytherin, por suerte para las serpientes, era hora libre, lo que implicaba que iban a tener una hora para poder descansar entre charla y charla. La mayoría fue a la Sala Común, algunos otros al Gran Comedor a ver si aún quedaba algo de comida; James, en cambio, no tuvo tanta suerte. Le tocaba ronda por los pasillos, lo que implicaba que por suerte, esa noche no le iba a tocar rondar a él, pero seguía siendo un fastidio.

Subió hasta el primer piso del castillo y comenzó con su ronda, caminando con las manos metidas en los bolsillos, casi arrastrando los pies. De vez en cuando se detenía para mirar por las ventanas, observando el verde prado, el Lago Negro, la cabaña de Hagrid... el paisaje era realmente hermoso, algo más soleado que los días grises de Londres. Pensaba que aquella ronda era un poco absurda, primer día, ¿quién iba a querer meterse en líos tan pronto? Mientras caminaba, no se encontró apenas con ningún alumno, algún profesor que iba de un lado a otro, que le dedicaba un movimiento de cabeza en forma de saludo.

Subió entonces al segundo piso y el recorrido fue el mismo; avanzaba a paso medio, tirando a lento, silbando débilmente una canción, mientras jugaba con la varita entre sus manos. Estaba a punto de pensar nuevamente lo estúpido de esa ronda, aunque obviamente no expresarlo en alto, menos ante ningún Prefecto, cuando vio algo que le llamó la atención: un par de alumnos, parecían de tercero o cuarto, estaban entrando por una puerta. Se acercó al lugar, en silencio, una vez hubieron cerrado la puerta.

Miró el letrero que había en la puerta, uno que daba a entender que se trataba de un baño de chicas, aunque justo debajo había un pequeño cartel indicando que el lugar estaba fuera de servicio. Segundo piso, baño de chicas, fuera de servicio; recordaba vagamente que Teddy les había informado que estuviesen atentos con el lugar, un sitio ocupado por un fantasma; un sitio prohibido donde nadie debe entrar.

James abrió la puerta con cuidado, intentando no hacer demasiado ruido, entró y la cerró de nuevo tras él. Se ocultó un poco como pudo, quedándose en una zona nada iluminada del lugar, que se encontraba casi a oscura por la falta de uso y escasez de ventanas. Dio un bote al escuchar un fuerte gemido, como una mezcla de dolor y llanto, proveniente de uno de los retretes, pero prefirió esperar paciente, pues los tres chicos permanecían quietos, fuera de los cubículos, observándolos con curiosidad. Agarró con fuerza la varita en su mano derecha.

—¡Os dije que había un fantasma!

El chico de en medio, el más alto de los tres y que parecía el líder, les dedicó una sonrisa triunfal a sus compañeros. Los tres eran pertenecientes a la casa de Gryffindor, de tercer curso, como había supuesto James en un principio, y miraba el cubículo del que había salido el grito con diversión. Uno de sus secuaces, golpeó con fuerza la puerta, abriéndola de una patada y los tres se quedaron mirando adentro. Aunque James desde su posición no podía verlo, era obvio que estaban viendo el fantasma.

—La Llorona —sonrió el líder nuevamente con satisfacción.

James vio el fantasma de una chica regordeta, con granos y acné por toda la cara y un par de gafas redondas parecidas a las que solía usar su padre en el colegio, salir del cubículo; apretó un poco más la varita, esperando a defender a los chicos en caso de que la chica tratase de hacerles algo, aunque pronto se dio cuenta de que más bien debía preocuparse por la chica, pues el cabecilla había cogido una libreta, arrancado un papel, hecho una bola con el mismo y se lo había lanzado a la chica. El papel atravesó la frente de la fantasma, que les miró un momento sin entender qué pasaba, antes de volver a ponerse a llorar con fuerza, al punto que James sintió cómo le dolían los oídos y la cabeza. La chico salió flotando, sin dejar de llorar, metiéndose dentro uno de los retretes, que explotó cuando la chica hubo entrado, haciendo que toda la cerámica y el agua cayese al suelo.

—Eso fue divertido —comentó el cabecilla, riendo a carcajadas, seguido al instante por sus compañeros, que reían al compás del líder.

—Muy divertido —confirmó el chico que había dado una patada a la puerta.

—Chi-Chicos —el último chico, que había permanecido callado hasta ese momento, comenzó entonces a hablar, tartamudeando—. Qui-Quizá deberíamos i-irnos ya... Algu-Alguien podría venir y...

—Snell... —el cabecilla se acercó al chico que había hablado—. Te he dicho cientos de veces que no hables sin que te dé permiso —chasqueó la lengua, mirando al chico desde arriba, con cierta rabia—. No tenemos por qué irnos aún, la diversión no ha acabado, nadie sabe que estamos aquí.

—¿Seguro, chicos?

Los tres chicos se quedaron pálidos al escuchar una voz que en ese momento no supieron reconocer. Giraron la cabeza hacia la puerta, de dónde había salido la voz. James alzó la varita, iluminada con un Lumos, y les dedicó una sonrisa.

—Deberíais mirar bien antes de entrar en una puerta... muy mal, pequeños leones, muy mal... —negó con la cabeza, avanzando hacia ellos a paso lento, haciendo un efecto dramático muy efectivo—. Esto es un lugar al que los alumnos no pueden entrar, si sumamos el ataque a un fantasma, que es considerado como parte del colegio, y la explosión al retrete... yo diría que eso son como cincuenta puntos menos al menos, chicos.

—¿Qu-Qué? No puedes hacer eso... tú. No puedes quitar cincuenta puntos.

—Oh, claro que no, no hablo de cincuenta puntos a los tres... hablo de cincuenta puntos por cabeza —señaló con la punta iluminada de su varita a cada uno de los chicos, alzando la comisura de los labios en una sonrisa—. Ciento cincuenta puntitos por diez segundos de diversión, qué trágico.

—Pe-Pero... no... no —palideció el que parecía el líder.

—Aunque bueno, es el primer día... podría hacer una excepción. Una, claro —James alzó el dedo índice de su mano izquierda, haciendo énfasis en el número uno, no habría más—. Si pedís perdón, puedo pensarme en dejarlo en cinco puntos por cabeza...

—L-Lo sentimos... en serio —comentó el chico apellidado Snell.

—S-Sí, mucho —admitieron ambos por detrás de él.

—Oh, no me habéis entendido —James negó con la cabeza—. No que me pidáis perdón —negó nuevamente—, que le pidáis perdón —James señaló con la varita el retrete que habían abierto de una patada, mostrando la cabeza medio asomada de la chica, que les miraba con curiosidad.

—Lo sentimos —gritaron los tres chicos a la vez, mirando a la chica, antes de salir corriendo por la puerta.

James rodó los ojos ante el comportamiento de los tres, que parecían bastante menos valientes cuando se enfrentaban a alguien que parecía dispuesto a plantarles cara. Alzó su varita e hizo un suave movimiento de varita, haciendo que el agua y los trozos del váter se reconstruyesen y se colocasen de nuevo en su lugar, como si nada hubiese pasado. James se giró, dispuesto a salir del baño y seguir con su ronda, pero algo le detuvo. Como una sensación extraña, un raro picor en su nuca, una extraña presencia.

Se giró de nuevo, extrañado; dio un respingo, ahogando un grito. La chica fantasma se había acercado a él, al punto de mirarlo de cerca, demasiado cerca, observando con curiosidad a James de arriba abajo.

—No eres Harry —sentenció la chica, dando un par de pasos hacia atrás—. Pero te pareces mucho.

—Eso dicen —resopló James, apagando la varita con un Nox y guardándola en el bolsillo de su capa—. Su pelo, sus gafas, su nariz...

—No —negó el fantasma, alejándose aún más—. Es algo más.

La chica observó al joven con una amplia sonrisa dibujada en el rostro. Se alejó flotando hacia uno de los espejos y comenzó a jugar con su pelo, como intentando arreglarlo un poco. Volvió entonces a James, sin quitar esa sonrisa de su rostro. Jugaba con su pelo entre sus dedos, como con nerviosismo.

—Eres un chico muy guapo, ¿sabes...

—James. —Acabó el joven, mordiéndose el labio inferior; era la primera vez que un fantasma intentaba ligar con él y no sabía muy bien cómo reaccionar.

—James —repitió la chica—. Bonito nombre. Eres casi tan lindo como la muerte, James.

La voz de la chica sonaba extraña, como si quisiese sonar encantadora para el joven. James, por alguna extraña razón, sintió sus mejillas sonrojarse por aquel extraño cumplido. James dio un paso hacia atrás.

—Bueno, eh...

—Myrtle.

—¡Myrtle! Claro, lindo nombre, lindo, lindo, lindo.

A cada palabra que salía de su boca, el chico iba dando pasos disimulados hacia atrás, como intentando no hacerlo notar mientras se acercaba a la puerta. Myrtle, por su parte, avanzaba hacia el chico, sin romper su sonrisa, jugando con su pelo, aún sin mirar directamente a James.

—¿Sabes? En casi 80 años, ningún chico se había interesado por mí como tú... salvo Harry, claro.

James se detuvo entonces en seco, bajando la varita, mirando a la chica frente a él. Ahora había entendido a qué se refería cuando decía que se parecía a su padre; Myrtle no hablaba del cuerpo, ni del pelo, ni de la nariz o las gafas, no; ella hablaba de algo más. Seguramente, para Myrtle, tanto él como su padre habían sido los únicos que se habían presentado ante él sin la intención de lanzarle cosas o meterse con ella.

—Oye, Myrtle —la chica finalmente alzó su cabeza, mirando ahora a James—. Ahora tengo que ir a clase, pero, ¿qué tal si vuelvo algún día y seguimos hablando.

—Oh, James. —Sus ojos se abrieron completamente, mirando al chico con una amplia sonrisa.

—Nos vemos entonces, Myrt.

James le dedicó una sonrisa a la chica antes de salir por la puerta. Pudo escuchar un aquí te espero, James mientras la puerta se cerraba, escuchando la puerta cerrarse del retrete cerrarse dentro de una manera casi sorda. Suspiró, llevándose las manos al puente de la nariz, bajo sus gafas, frotándolas con cuidado.

El resto del día transcurrió con normalidad, clases en las que los profesores se preocupaban más por aconsejar a los jóvenes sobre su futuro y la importancia de los T.I.M.O.S. y lo que estos supondrían para su futuro que de impartir su propia clase. Los alumnos consideraron esto soporífero y absurdo, pero al menos tenían la esperanza de que eso fuese únicamente los primeros días y que la tranquilidad volverá.

La hora de comer llegó y el Gran Comedor volvió a llenarse. Alumnos, profesores, el bedel y el guardabosques se volvieron a sentar, cada uno en su sitio, y comenzaron a comer de entre los platos que habían preparado en las cocinas los Elfos Domésticos. Los Weasleys, como de costumbre, devoraban la comida de manera poco pudiente.

En esta ocasión, el último en llegar fue James; se acercó arrastrando los pies, con la cabeza algo baja y el rostro ligeramente pálido. Se sentó de manera pesada en la silla. Apoyó su cabeza en el hombro de Lorcan y soltó un fuerte suspiro. El Scamander dejó de comer por un momento para pasar con cuidado la mano por sobre el pelo de James.

—¿Un día duro?

—Algo así —James volvió a suspirar, cerrando los ojos bajo sus caricias—. Clases, rondas de prefectos, charlas... ah, por cierto, tienes nueva competencia.

—¿Oh, sí? —alzó una ceja el rubio, mirando con curiosidad al joven—. ¿Otra chica de primer curso te ha dado una carta de amor? Vuelves locas a las chicas de once años, James.

—Casi, casi —James sonrió con sorna—. Al parecer, también vuelvo locas a las fantasmas de cien años.

Lorcan soltó un silbido impresionado; realmente no se esperaba esa respuesta. Bajó su mano a la nuca del Potter y comenzó a masajear esa zona con lentitud, intentando calmarle de esta forma.

—Sólo quiero que este día termine pronto.

Como si el universo mismo le estuviese escuchando, pero en lugar de querer ayudarle quisiese pisarle aún más la cabeza, le mandó a James un problema más. Supo que algo no iba bien cuando escuchó los pasos de dos personas que se acercaban a él, especialmente cuando Lorcan dejó los masajes.

—¡Potter! —era la voz de Frank Longbottom.

—El Prefecto al que llama se encuentra apagado o fuera de cobertura en este momento —comenzó James, con voz robótica, imitando a uno de esos viejos contestadores muggles—, por favor, deje su mensaje después de oír la señal.

—James...

Su primer nombre fue suficiente para que el chico alzase la cabeza al momento y se irguiese en su asiento, poniéndose completamente recto contra el respaldo. James había supuesto que las otras pisadas que se habían acercado eran las de Alice, queriendo ayudar a su hermano; se equivocó, se trataba de Neville, profesor de Herbología, padre de Frank y Jefe de la Casa Gryffindor.

—Profesor Longbottom —intentó sonar lo más serio posible, aunque su voz se había quebrado ligeramente por el temor.

—¿Es cierto que has quitado quince puntos a Gryffindor, James? —su voz sonaba tranquila.

James conocía a Neville desde muy joven, era casi como un tío más para él. Amigo de su padre, compañero de curso, casa y habitación, compañero en la guerra. Otro héroe de guerra, aunque para James uno de sus favoritos: no era el mejor, no era el que más había luchado, ni el más valiente, ni el más condecorado y desde luego no era el más hábil. No, Neville no era el mejor, pero había aguantado y defendido a estudiantes durante su Séptimo curso, aún a coste de su propio sufrimiento. Lo que James consideraba una verdadera valentía.

—S-Sí, profesor —admitió Potter.

—¿Podrías explicar por qué, James?

—¿No es obvio? —la voz de Frank volvió a hacerse presente, desde detrás de su padre—. Es otro Slytherin rencoroso más. Sólo quiere...

—¡Silencio!

Neville lanzó una mirada a su hijo, que hizo que retrocediese un par de pasos. James no la pudo ver, pero igualmente palideció ante ella. James pudo ver cómo la directora miraba fijamente la conversación desde la lejanía. Teddy, Premio Anual, había avanzado hacia ellos y se había colocado tras James, pero no había dicho nada.

—¿Y bien, James?

—Vi a tres alumnos entrando al baño abandonado del segundo piso... señor —James tragó saliva durante un momento; notaba su voz algo seca—. Tres alumnos de Gryffindor entrando a una zona restringida.

—¿Recuerda el nombre de esos jóvenes, Potter?

James alzó un momento la mirada hacia un par de mesas más allá, mirando a los chicos que habían ocasionado todo aquello. Sabía un nombre, pero no quería delatar posiblemente al más inocente de los tres y que todo el castigo cayese sobre sus espaldas. James negó un par de veces con la cabeza.

—No, señor Longbottom.

—¿Ves? —volvió a hablar Frank, tras él—. ¡Se lo está inventando!

Neville arrugó la nariz, pero no hizo ningún comentario. No parecía querer dejar mal a James delante de todo el mundo, pero tampoco iba a dejar que un Slytherin les quitase quince puntos y después no diese más explicaciones.

—Esperaba más de un Potter —siseó Frank—, pero supongo que una repugnante serpiente siempre será una repugnante serpiente.

James arrugó la frente pero permaneció en silencio. Alzó bajo su mesa la mano derecha, intentando tomar la mano de Lorcan mientras Frank Longbottom seguía soltando estupideces sobre lo malos que eran los Slytherin incapaces de superar a Gryffindor, apretándola con suavidad.

—Suficiente, Longbottom. —Siseó Teddy tras ellos, haciendo que James diese un pequeño salto, pues no se había percatado de su presencia.

—Sí, ya es demasiado —Neville suspiró, mirando primero a James y después a Teddy—. James no parece de los que quita puntos a casas por rencor, pero, sin pruebas, sin nombres...

James asintió, bajando la cabeza nuevamente. Teddy soltó un suspiro tras él. Otra pelea que habían ganado los Gryffindor por tecnicismos; rara vez alguien pedía revisar una pérdida de puntos, menos una tan minúscula como quince puntos, pero, claro, se trataba de Gryffindors.

—En ese caso... los quince puntos retirados por James a la casa Gryffindor serán devueltos por falta de pruebas.

Neville alzó la varita hacia los grandes relojes de arena que allí se encontraban. En el reloj Gryffindor, comenzaron a caer un total de quince rubíes color escarlata, colocando el contador nuevamente con treinta puntos y consiguiendo que Gryffindor acabe el día en primer lugar.

Neville se dirigió a la mesa de profesores de nuevo, varita en mano, negando con la cabeza. Frank se acercó un poco a James, con una sonrisa divertida en el rostro, mostrando lo feliz que estaba de haber ganado una vez más; incluso se dio el lujo de sacarle la lengua.

—No siempre se puede ganar, James —suspiró Teddy, dejando su mano sobre el hombro del chico, dando un suave apretón de ánimo.

—Eso parece —James respondió con otro suspiro, poniéndose en pie—. No tengo hambre, luego nos vemos.

James salió del Gran Comedor con la manos en los bolsillos y caminó lentamente, arrastrando los pies; un gesto que parecía que se iba a volver característico suyo de tanto uso. Caminaba hacia la escalera que bajaba a las mazmorras y, por ende, a la Sala Común de Slytherin, le apetecía descansar.

—Señor Potter.

James se detuvo en seco, al punto que sus pies casi hicieron un agujero en el suelo a causa de la fricción. Se mordió el labio inferior con fuerza, antes de comenzar a girar lentamente su cuerpo hacia la voz. Se había metido en un lío, no sabía bien cómo, pero era obvio que lo había hecho, por qué si no estaría ante él la Directora de Hogwarts en persona.

—Pro-Profesora McGonagall.

Minerva le dedicó una sonrisa a James antes de caminar un par de pasos hacia él y apoyarse con cuidado sobre uno de los alfeicer de la ventana, mirando por la ventana del Castillo. James palideció un momento, indeciso, antes de acompañarla, apoyándose también y mirando hacia abajo. Se veía ante ellos el Lago Negro, en casi toda su extensión, reflejando el sol que se encontraba a medio camino entre el cielo y el sulo, iluminando todo de un color amarillo, casi naranja.

—Hay algo que no entiendo, Señor Potter —comenzó la directora, ajustándose sus gafas que se habían comenzado a resbalar por la punta de su nariz—. Por qué mintió.

—Pro-Profesora —James tragó saliva, intentando concentrarse—. No mentí, realmente había tres Gryffindor que entraron al baño del Segundo piso, yo...

—Lo sé. —Respondió simplemente, de manera enigmática.

—¿Lo sabe?

—Lo sé —confirmó, asintiendo lentamente con la cabeza—. Reformularé la pregunta: ¿Por qué ocultó detalles, Potter?

—Oh —James apoyó los codos en el alfeizar, después las manos y apoyó la cabeza sobre sus propias muñecas—. Es mi primer día, lo olvidé.

—Colarse en un lugar prohibido, golpear a un miembro de Hogwarts, romper una propiedad... eso no son quince puntos. Al menos son unos ciento cincuenta.

James tragó saliva, mirando por un momento a la directora. Bajó nuevamente la cabeza, volviendo a mirar por la ventana.

—Pero no hay pruebas, Profesora.

—Las pruebas son para la gente que carece de la confianza necesaria para hablar sin miedo, Potter.

James soltó una pequeña risita, alzándose de nuevo y alejándose de la ventana. Miró a la directora, que intentaba sonar enigmática, difusa, pero que no le salía demasiado bien.

—Vaya, parece que el hablar de manera profunda no se hereda con el título de director —se acarició con suavidad la nariz mientras James negaba—. Albus lo hacía ver tan fácil...

—¿Entonces, profesora?

Minerva se alejó también de la ventana, haciendo que su túnica verde se moviese, como si de una corriente de viento se tratase. No quería que el pasado y la nostalgia le apartase del presente.

—Los chicos confesaron, Potter. Parece que el no incriminarles lo vieron como una muestra de valentía y lo tomaron como algo positivo... mi idea era quitarles ciento cincuenta puntos, al menos, pero al final la decisión es suya.

—Quince está bien, profesora —admitió James, torciendo la sonrisa con la intención de que no se notase demasiado—. El baño está arreglado, se disculparon... dudo mucho que vuelvan a hacer algo así.

Minerva se tomó un momento para mirar al chico de arriba abajo, dedicando una sonrisa orgullosa, como si le gustase lo que estaba bien, feliz por la elección que había tomado en el momento de elegirle como prefecto.

—Hubieses sido un buen Gryffindor, Potter. —Se dio media vuelta, haciendo que su capa revolotease en el aire como una mariposa y se dirigió nuevamente al Gran Comedor.


CONTINUARÁ