4. La biblioteca

Los últimos retazos del verano se fueron marchando, llevándose con ellos el sudoroso y húmedo calor, dando paso al tranquilo otoño. Las temperaturas fueron bajando, los días se fueron haciendo más cortos, las hojas de los árboles se fueron tiñendo de colores más cálidos, perdiendo el verdoso color del verano. Los alumnos se habían ido acostumbrando paulatinamente a las clases, a los horarios de clase, descanso y comidas; los profesores de quinto y séptimo habían dejado de insistir finalmente de la importancia de los exámenes finales y habían comenzado con las clases comunes.

La biblioteca de la escuela se iba llenando poco a poco de alumnos según iban pasando los días; los primeros días, apenas un par de alumnos iban por allí, con la idea de sacar algún libro en concreto, leer para matar las horas muertas o adelantar los estudios del curso. Con el paso de los días, con el paso las clases, los trabajos y deberes comenzaban a intensificarse y cada vez más y más alumnos iban allí a realizarlas. Las mesas se fueron llenando de alumnos, de grupos de estudio y de libros; el silencio sepultar se fue sustituyendo por el suave susurrar de las plumas rasgando los pergaminos y el pasar de los libros.

En una de esas mesas, para el fondo de la espaciosa biblioteca, se encontraba una montaña de decenas de libros, amontonados por autor; un joven rubio, iba cogiendo uno u otro libro, dejando el anterior de dónde lo había cogido, pasando sus azules ojos por sobre las líneas, frunciendo el ceño con resignación antes de dejar el libro nuevamente el libro en su sitio y coger uno nuevo. De vez en cuando, se iba flagelando a sí mismo, mirando el pergamino que se encontraba ante él, prácticamente en blanco; la tinta se iba secando al ritmo en que su frente se iba perlando de sudor. Era un negado en pociones, eso era un hecho, simplemente no se le daban bien; era malo preparando y conservando los ingredientes, no se le daba bien la teoría y en la práctica no iba demasiado bien. Cuando formaba grupos en la clase de Pociones, era el que se limitaba a verter los ingredientes en el caldero, Slughorn le ponía un aceptable, nadie salía volando ni ninguna mazmorra era destruida y todos eran felices; claro, que para ello, tenía que a cambio presentar trabajos por escrito que resultasen aceptables para el profesor.

El joven se había quitado la capa del uniforme y la corbata de Gryffindor, que había dejado colocada de una manera algo arrugada sobre una silla a su lado; se había remangado hasta los codos y se había colocado la varita en la oreja derecha, costumbre que había heredado de su madre. Tomó el pergamino y comenzó a sacudirlo ante su cara, haciéndose aire, mientras suspiraba débilmente, intentando hacer el mínimo ruido para no alertar a la bibliotecaria y que le eche de la biblioteca, eso era lo único que le faltaba en ese momento.

—Lys.

El mencionado abrió en ese momento los ojos, que había cerrado momentáneamente para descansar la vista; ante él se mostraba un chico idéntico a él, como si estuviese mirándose a un espejo, si ignoraba claro que Lorcan llevaba el pelo largo y él no; uno al menos perfectamente vestido, pues mientras que Lysander llevaba únicamente una camisa arrugada, Lorcan llevaba su uniforme de Ravenclaw completamente arreglado y liso, como si acabase de plancharlo en ese mismo instante justo antes de llegar a la biblioteca. Sin lugar a dudas, pensó, Rose y Lorcan comparten la poción alisadora de ropa.

—Lorcan.

Los labios de Lysander se curvaron y entreabrieron ligeramente, mostrando en su rostro una sonrisa de felicidad en la que mostraba sus blancos dientes. Si la alegría de Lysander se debía a que estaba ante él o a que tenía una excusa para dejar de pensar en pociones, era algo que a Lorcan no le interesaba en lo más mínimo saber.

—Lys, necesito tu ayuda.

Lysander se echó un momento hacia atrás en la silla, alzando ambas cejas, poniendo toda su atención en su hermano. Los grisáceos ojos de Lorcan se encontraron con los azulados de Lysander.

—¿Podrías, por favor —comenzó el chico, volviendo a erguirse en la silla—, repetir eso, Lorcan?

—Lysander —soltó un bufido, mirando a su hermano. Suspiró entonces antes de repetirlo—. Lys, necesito tu ayuda.

Y, sin esperar una respuesta, alzó su varita señalando hacia la mesa. Una débil luz blanquecina apareció de la punta de la varita de Lorcan, chocando sordamente contra la mesa; un par de segundos después, una pequeña burbuja casi transparente salió del centro de la mesa y comenzó a expandirse un par de metros, rodeando completamente la mesa y las sillas, dando espacio de sobra para que ambos chicos pudiesen estar cómodos sin necesitar estar pegados a la mesa. Lorcan entró entonces en esa burbuja, sentándose en la silla al lado de su hermano y soltando un suspiro.

—Eres capaz de convocar un hechizo silenciador —comenzó Lysander, ahora hablando normal, ya que el hechizo ya estaba en funcionamiento—, magia no verbal, por supuesto... —Lysander se llevó la mano a la frente, retirándose cómo podía el sudor antes de llevarlo a sus pantalones y limpiándola—. Dime, Lorc, ¿en qué necesitas mi ayuda exactamente?

Lorcan, que había pegado su frente a la fría y áspera mesa que había ante él una vez se hubo sentado, ocultando su rostro, colocando su rubia melena por delante de su cabeza y cerrando los ojos, se alzó un poco. Miraba a su hermano a través de los mechones rubios que aún ocultaban sus ojos, frunciendo el ceño.

—Dos cosas —alzó ambos dedos—: primero, eres mucho mejor en esto de lo que te piensas, si tan sólo te centrases menos en hacer el tonto y más en los estudios, serías tan bueno o mejor que yo —se llevó la mano a la frente, echándose el pelo hacia atrás y soltando un nuevo suspiro—; segundo: obviamente no estoy aquí por ayuda con estudios.

Lorcan bajó la mirada hasta los libros. Lysander lo supo, en especial cuando sintió que las pálidas mejillas de su hermano se tintaban de un color rosado, casi rojizo, no estaba mirando a ningún libro en particular, simplemente estaba desviando la mirada. Por alguna razón, no era capaz de mantener la mirada. Lysander dejó entonces el pergamino sobre la mesa y se despeinó ligeramente el cabello.

—Vale, no es por estudios. —Comenzó Lysander.

—No lo es. —Confirmó Lorcan, negando con la cabeza.

—¿Entonces?

—Bueno... yo...

Lorcan alzó la mirada un momento, abriendo la boca. Al momento la volvió a cerrar, bajando nuevamente la mirada.

—Es que... me da un poco de vergüenza...

—Nadie nos puede escuchar, Lorc. —Le recordó Lysander, alzando una ceja, cargándose al máximo de paciencia.

—Bueno... tú puedes...

Lysander soltó entonces un bufido, dejándose caer nuevamente sobre la silla y alzando la cabeza, mirando directamente al techo, como pidiendo a un ser superior en el que no creía que le diese toda la paciencia posible, porque sentía que la iba a necesitar, toda ella y mucho más. Se volvió a echar hacia adelante en la silla, apoyándose en la mesa con los codos y acercándose lo máximo posible a Lorcan; aunque no fue para nada necesario, comenzó a susurrar, pensando que de esta forma iba a poder tranquilizar a su hermano y que comenzase a hablar.

—Lorc —susurró—. ¿Qué ocurre?

—Bu-Bueno... —Lorcan se mordió con suavidad el labio inferior, aún sin mirarle.

Lysander alzó la mano, tomando la derecha de su gemelo y apretándola con suavidad, intentando darle ánimos. No sabía seguro si era pura vergüenza o realmente estaba preocupado por algo genuinamente, pero estaba dispuesto a descubrirlo.

—Lorcan, si te ocurre algo —Lysander seguía susurrando, poniendo una voz lo más comprensiva posible para darle ánimos a Lorcan—. Si ha pasado algo malo, sin importar qué sea, ya sabes que me tienes aquí.

No importaba que Lysander y Lorcan ya no fuesen tan cercanos como cuando eran niños, no importaba que se pasasen días sin hablarse el uno al otro sin ninguna razón en concreto más allá de no coincidir en un mismo punto, no importaba que la edad y la diferencia de casas les hubiese separado de una manera que parecía imposible para sus padres, que los veían hacerlo todo juntos en su infancia, como si uno fuese una sombra del otro, y desde luego no importaba que Lorcan estuviese casi casado con su hermano desde que tenían cinco años, eran hermanos, se querían como una persona sólo es capaz de querer a un hermano. Siempre estarían ahí el uno para el otro si algo malo pasase. Siempre.

—¿A pasado algo con James?

Lysander lo preguntó casi como si sus palabras se escapasen de sus labios de una manera incontrolable, no es que fuese una explicación a tener en cuenta normalmente; Lorcan y James se comportaban siempre como la pareja perfecta que eran, siempre con cariño, comprensión, siempre con respeto mutuo. Después de sus propios padres y la la señora Weasley con su marido, era sin duda la relación más adulta que había visto hasta ahora. Pero había algo que le hacía pensar eso, la forma en la que se comportaba Lorcan era algo que había visto muy pocas veces hasta ahora y todas esas ocasiones estaban relacionadas con el castaño Potter. Ver la reacción de su hermano le hizo saber que estaba en lo correcto.

—¿Acaso James... —empezó Lysander, casi con miedo— te ha hecho algo?

—¿Hacerme? Más bien estoy así por lo que no me hace.

Lorcan se llevó al momento las manos a la boca; no era esa la forma en la que quería expresar lo que sentía a su hermano, pero las palabras simplemente brotaron desde su boca. Lysander alzó una ceja por un momento, observando cómo el rostro de su hermano se ponía completamente rojo, no limitándose únicamente a las mejillas como solía ocurrirle, e incluso sus mejillas se teñían de un color rojo tan intenso que por un momento se vio más como un tomate que como un humano.

—Lorcan... —Lysander controló como pudo una sonrisilla traviesa que luchaba por escapar de su rostro; empezaba a entender el problema—. No me digas que tienes un problema... de sequía.

Lorcan abrió y cerró un par de veces la boca, como boqueando, respirando con dificultad. Tras un par de segundos intentando controlarse, algo que le estaba costando aún más de lo necesario porque Lysander no paraba de soltar risitas, acabó asintiendo con lentitud, suspirando.

—Bueno, a ver, Lorcan... —Lysander finalmente soltó la mano de Lorcan, llevándosela al puente de la nariz y frotándoselo con suavidad—. ¿De cuánto estamos hablando? Espero que no estés así por un par de días —Lorcan negó—, o una semana —negó nuevamente—, o dos, o tres... un mes —negaciones—, dos me... tres me... medio año... ¿un año? —Lorcan seguía negando enérgicamente—. Lorcan —susurró suavemente su hermano, mirándole nuevamente a los ojos—, no me digas que aún eres...

Lorcan bajó un poco la mirada antes de asentir ante las palabras de su hermano. Lysander no pudo contenerse, simplemente no pudo, que le perdone el dios o diosa que estuviese esperándole en el otro mundo o que le castigue por ello, pero en aquél momento, simplemente no pudo taparse lo suficientemente rápido la boca con ambas manos como para evitar que una fuerte carcajada escapase de sus labios, retumbando por dentro de aquella burbuja mágica.

Lorcan se puso en pie, rojo como un tomate, entre ofendido y avergonzado, dispuesto a marcharse en ese mismo momento y no volver a hablar con su hermano más, pero Lysander se pudo recomponer a tiempo, tomando la muñeca de su hermano y tirando sin apenas esfuerzo para sentarle nuevamente. Se limpió con la yema de los dedos un par de lágrimas traicioneras que habían escapado de sus ojos antes de volver a mirar a Lorcan, intentando mantener la compostura.

—Lo siento.

—Por esto no quería decírtelo —y le dedicó a Lysander una mirada asesina—. Sabía que no lo ibas a entender.

—Bueno, Lorc —suspiró finalmente, colocándose bien en su asiento y llevándose ambas manos a sus sienes—. Entiéndeme, puedo comprender que una pareja que lleva unos meses saliendo no haya hecho nada; al final, tenemos quince años, la mitad están hormonados y salidos, la otra mitad ni siquiera piensan en ello... bueno, más bien casi todos están hormonados, pero ya me entiendes. Pero, Lorc —dijo suavemente—. Son diez años, no sé, ¿nunca habéis intentado... nada?

—Bueno, Lys —suspiró Lorcan; había llegado hasta allí, si quería contárselo a su hermano, debería ser sincero—. O sea, con el tiempo, pues surge la curiosidad, ya sabes —Lys asintió—, los primeros signos de la pubertad, primeras curiosidades... crecimos juntos y a la vez, es imposible no intentar algo, algunos —hizo movimientos arriba y abajo con su mano—, ya sabes.

—Entiendo —Lysander asintió un par de veces—. Os la cascásteis el uno al otro.

—¡Lys! —Lorcan palideció por un momento, antes de asentir—. Yo no lo llamaría así, pero —suspiró—, se podría decir que sí. El me ayudaba a mí a llegar al orgasmo, yo a él.

—¿Sólo con las manos?

—Sólo —afirmó Lorcan con un suspiro— con las manos.

Lysander se llevó una vez la mano al puente de la nariz, apretándolo y frotándolo, intentando concentrarse, ordenar sus ideas. No sabía por qué Lorcan le estaba contando aquello, si simplemente quería un consejo, si quería despejarse; quizá realmente quería hacer un trío con él para entre los dos amarrar a James y hacerle todo lo que quisieran, realmente no lo tenía claro.

—¿Lo has hablado con él? —Preguntó entonces Lysander.

—Yo... no sabría sacar el tema.

—Oh, bueno... —Lysander se llevó la mano a la barbilla, acariciando su lampiño mentón—. Podrías decir algo así como "James, tengo las pelotas llenas de amor y quiero dártelo todo a ti" —Lysander se encogió de hombros, como quitándole importancia.

—Ly-Ly-Lysander... no voy a hacer eso.

—Bueno... ¿qué tal "El universo tiene miles de millones de kilómetros, pero yo quiero estar justo encima de tu polla"? —ladeó la cabeza, como si de un cachorro se tratase, mirando a su hermano, que estaba cruzando los límites de cómo de rojo puede estar una persona.

—Lys... —replicó en un susurro.

—"Me gusta mucho tu perfume, James" —comenzó, como si tal cosa, imitando la suavidad en el tono que solía tener su hermano al hablar—, "me encantaría ver cómo se huele en mi espalda".

—L-Lys... yo no...

—Lorcan —dijo finalmente, cogiendo una vez más la mano de su hermano y dejando un suave apretón—. Fuera de broma, ¿vale? Deberías hablarlo con él.

—Pero... tengo miedo... yo —bajó la cabeza, resignado—. Ya sabes.

—Crees que no siente nada por ti —adivinó Lysander—. ¿Otra vez estáis así?

—Bueno, Lys —Lorcan finalmente tuvo el valor suficiente para decir una frase entera—, ya lo sabes. Siempre ha sido... difícil. Parece fácil, porque son diez años, pero...

—Lo sé —respondió Lys, dejando un nuevo apretón en la mano de Lorcan.

—Yo le quiero —dijo finalmente—, seguramente él a mí también. Creo. Lo sé.

—Él dice que te quiere —acercó un poco más la silla a la de su hermano, haciendo que las rodillas de ambos chicos que rocen—. Bueno, lo dice y lo demuestra, cada vez que puede te besa, te mima...

—Lo sé, Lys, pero...

—Lorcan —el mencionado alzó la cabeza, mirando a sus ojos; la voz sonó tan firme que no pudo evitarlo—. ¿No te enseñó nada vuestro primer beso?

Lorcan miró un momento a una estantería tras Lysander, soltando un fuerte suspiro. Una escena similar a ésa había ocurrido hacía unos años, unas dudas similares. Lorcan asintió un momento en silencio, no a Lysander, a sí mismo, recordando aquello. Asintió un par de veces antes de ponerse en pie y deshacer los hechizos.

—Tienes razón, Lys, muchas gracias.

Lysander asintió a su hermano antes de ver cómo se marchaba y poder continuar al fin con sus deberes de Pociones.


Continuará...