C1 El séptimo verano.
Amity Blight, a sus tiernos siete años, sabía perfectamente que era una chica citadina, dormía plácidamente entre escandalosas sirenas, el tráfico matutino era el mejor despertador, y las luces nocturnas que se apreciaban desde el lujoso penthouse de su familia sustituían perfectamente a las estrellas.
La gran ciudad era el reino de la pequeña princesa.
Y había una diferencia particular entre la más joven de los Blight y el resto de los niños en la lujosa primaria a la que asistía.
Bueno… Además del hecho de que su familia era de las más ricas del país.
Y es que cuando se acercaban las ansiadas vacaciones de verano, la actitud de la pequeña Blight se hacía más y más amarga.
Porque, a diferencia de sus compañeros que presumían de sus próximos viajes a Europa, Japón o El Caribe, Amity tenía que ir a la apestosa granja de su familia en California.
Al rancho Blight.
Con sus cientos de hectáreas, miles de reses, gallinas, cabras y demás, los largos y fructíferos viñedos que producían el delicado vino que vendía su familia, y la magnífica casa de campo justo al centro de la propiedad, donde la familia pasaba los veranos.
El apestosísimo rancho Blight.
Justo a donde se dirigían ahora.
Y es que donde su madre veía una oportunidad de mejorar la logística de sus negocios y reconectar con viejas amistades, donde su padre veía un taller aislado para trabajar en las novedosas maquinarias que operaban en el rancho y que también vendían, donde sus hermanos jugaban con los animales y hacían jugarretas en el pueblo cercano…
Amity sólo veía mugre, un gallo cantando a las cuatro de la madrugada, una horda de animales cada uno más sucio y aterrador que el anterior, un calor insoportable y la falta de internet o cualquier contacto con la civilización de verdad.
Los días en el rancho eran para ella solitarios y aburridos, sin más compañía que la de sus libros, que nunca duraban lo suficiente, ya que cada miembro de su familia la ignoraba flagrantemente mientras cada uno hacía lo que deseaba.
Amity odiaba visitar el rancho desde que tenía uso de razón.
Arribaron tras un largo viaje en el gigantesco jeep con que los recibió el chofer en el aeropuerto, ahora atiborrado de maletas, y Amity no podía ser más infeliz.
Pudo percibir la penetrante peste a estiércol y animal de establo mucho antes de llegar.
Ugh.
Cuando la familia bajó y los gemelos corrieron rápidamente a los establos a buscar a sus adorados caballos, Amity aguardó silenciosamente al lado de sus padres, siendo recibidos por las hermanas Clawthorne, que trabajan para su familia y administran el lugar.
Y que son antiguas compañeras de sus padres, y en especial, amigas de su madre.
Lilith es severa y Edalyn... Está un poco loca.
Mientras una se encargaba de administrar los libros del rancho y mantenerse en comunicación con los Blight, la otra se ensuciaba las manos y supervisaba cada trabajo en la granja.
Había una tercera mujer… Una que Amity no conocía.
La niña la miró con curiosidad.
Era más bajita que las Clawthorne, (Aunque claro, estás mujeres eran extraordinariamente altas.) de piel morena, regordeta, y sus lentes de grueso marco rojo enmarcaban ojos amielados con un tono un par de tonos más claros que la melena corta que la coronaba.
La mujer vestía casualmente de Jeans y una camisa marrón ceñida, a la vez que llevaba gruesas botas de trabajo y un par de guantes de carnaza, con una riñonera a cada costado de sus caderas.
Pese a lo tosco de su indumentaria, al notar la mirada de la niña en ella, la mujer le sonrió cálidamente, mirándola con una maternalidad que la pequeña nunca pudo notar en los glaciares azules con los que la miraba su propia madre.
Amity, sonrojada, se ocultó tras la pierna de su padre.
―¿Hmm? ― Musitó Alador. ― ¿Qué pasa Mittens?
Amity negó con la cabeza sin decir nada.
Edalyn, escuchando lejanamente la conversación de su madre y Lilith, miró de reojo a la breve interacción entre la pequeña y la mujer morena.
Sonriendo, dio un juguetón golpe con el codo a la mujer.
― ¡Hey, baby Blight, ven acá! ― Exclamó la mujer sonoramente, interrumpiendo la conversación de las otras dos mujeres.
Amity asomó la cabeza tímidamente por detrás de su padre.
― Ven. ― Pidió de nuevo con afabilidad.
― Amity. ― Pronunció su madre con un tono suave, pero severo. ― Obedece.
A regañadientes, Amity renunció al escudo que le daba su padre y caminó hasta donde estaba Eda y la mujer que no conocía.
― ¡Te presento a Camila! ― Pronunció alegremente dando palmaditas en el hombro de la mujer morena. ― Es la nueva veterinaria del rancho, la seguirás viendo por aquí un tiempo.
La mujer se inclinó hasta estar a la altura de la pequeña.
― Mucho gusto Amity. ― Le dijo con un tono que invitaba a la paz más pura, a la vez que extendía su mano, la cual Amity tomó tras un titubeo.
― Mucho gusto. ― Dijo con voz débil.
― ¿Sabes Camila? ― Pronunció de nuevo Eda desinteresadamente. ― Amity viene cada verano, pero el rancho no es muy su estilo y casi siempre está por ahí leyendo o simplemente aburrida sin hacer nada.
Amity miró a Eda con recelo al serle recordado todo lo que detestaba de aquel lugar.
― ¿Tú lees? ― Preguntó Camila con asombro, Amity asintió. ― Es impresionante para una niña tan pequeña, debes ser muy inteligente.
Amity sonrió levemente ante el halago.
― ¡Oh, baby Blight es brillante! ― Aseguró Eda con una sonrisa juguetona. ― Pero es triste verla sola todo el tiempo, es una pena que no tenga algún amigo de su edad para pasar el tiempo mientras está aquí.
Camila ensanchó los ojos con sorpresa, entendiendo las insinuaciones de Eda.
―¡Oh! ― Exclamó alegremente mientras devolvía su mirada a la pequeña castaña. ― ¿Amity, te gustaría conocer a mi hija? Tiene la misma edad que tú.
La pequeña castaña ensanchó los ojos con sorpresa, para después cavilar unos instantes.
Pese a su corta edad, Amity era sumamente selectiva con sus amistades, teniendo apenas una amiga cercana, Willow, y un par de conocidas con las que sus padres se empeñaban en que pasara el tiempo.
Pero Camila tenía un… Algo, que le inspiraba confianza.
Así que asintió suavemente.
La mujer sonrió brillantemente, mientras se erguía.
― ¡LUZ! ― Llamó con una voz atronadora que Amity no esperaba escuchar de la entrañable mujer. ― ¡Cariño! ¡Ven acá!
― ¡Voy mami! ― Respondió una voz infantil en un idioma que Amity no entendía.
Del granero que yacía detrás de las mujeres, emergió una niña de piel morena y largo cabello, que era rebelde y estaba colmado de paja, vestía un overol morado sobre una camiseta amarilla con un dibujo de Pikachu, cuando estuvo lo suficientemente cerca, Amity pudo notar que era una media cabeza más bajita que ella.
Y que tenía la cara sucia.
La castaña torció el gesto con desagrado.
― ¡Mija! ― Regañó Camila con gentileza. ― ¡Te dije que los lechones te iban a salpicar si te acercabas mucho!
―¡Es que son tan tiernos! ― Reclamó Luz dando saltitos.
Camila suspiró quitándose los guantes, tras meterlos en su bolsillo trasero, abrió una de las riñoneras sacando toallitas húmedas, con las que limpió afectuosamente el rostro de su hija, para después retirar las hebras de paja de su cabello.
― Limpia. ― Susurró besando brevemente su frente. ― Trata de mantenerlo así por un rato. ¿De acuerdo?
― ¡Sí mami! ― Respondió la morenita con entusiasmo y un volumen elevado.
La más joven de los Blight observaba la escena con fascinación y extrañeza, entre los cariñosos gestos de Camila, y la chispa entusiasta de Luz, Amity no sabía muy bien cómo reaccionar.
― Anda niña. ― Pronunció Eda empujando suavemente a Luz por la espalda. ― Preséntate.
Luz, finalmente, reconoció la presencia de Amity, al mirarla, sus ojos brillaron y sus mejillas se colorearon tenuemente.
Dio un paso al frente, acercándose a la pequeña heredera, disimuladamente se limpió la mano en sus pantalones, y la extendió frente a sí.
― Hola. ― Dijo con una gran sonrisa. ― Soy Luz.
Amity no pudo detener el suave resoplido que escapó sus labios.
La morena, cohibida, retiró su mano y se encogió sobre sí misma.
Entre risitas, Amity intentaba disculparse.
― Lo siento… ― Dijo con otro resoplido. ― Te falta un diente.
Luz frunció el ceño y, ofendida, miró a su madre cuando esta empezó a reír también.
―¡Hey! ― Reclamó
― Está bien cariño. ― Apaciguó Camila. ― Va a crecer uno nuevo, permanente. Cuéntale a Amity lo que pasó con tu diente.
La cara de la niña se iluminó de nuevo.
― ¡Ah! ¡Se me cayó el lunes cuando jugaba con King! ¡Lo puse bajo mi almohada y el ratón Pérez me trajo un regalo! ― Contó con alegría.
― ¿Rehtoun Perrehs? ― Pronunció Amity con dificultad.
― Es un amigo del hada de los dientes. ― Aclaró Camila.
― No pude verlo… ― Dijo la pequeña morena con pesar. ― ¡Pero me dejó dinero y mamá me llevó a comprar el nuevo libro de Azura!
Amity jadeó con sorpresa.
― ¿Te gusta Azura? ― Preguntó curiosa.
― ¡ME ENCANTA AZURA! ― Respondió fuertemente, haciendo que Amity retrocediera. ― ¡Ay, lo siento, fue sin querer!
Amity dio de nuevo un paso al frente.
― A mí… También me encanta Azura. ― Dijo la joven heredera con suavidad.
Luz jadeó también.
― ¡¿De verdad?! ¡¿Leíste el último libro?! ― Preguntó ansiosamente dando pasitos en su lugar.
Amity negó con la cabeza.
― Lo guardé para leerlo aquí. ― Aclaró.
― ¡Yo tengo el mío en el granero! ¡Vamos a leerlo juntas!
Sin esperar un instante más, Luz tomó la mano de Amity y casi la arrastró al granero de donde había salido en un principio.
La castaña, entre asustada y ansiosa, se giró para mirar a los adultos.
La mayoría sonreía, su padre estaba distraído mirando un cuervo, y su madre… Sonreía también, pero…
Era una sonrisa rara.
Una sonrisa que daba miedo.
Cuando los adultos volvieron a su conversación y dejaron de mirar como las infantes se alejaban, Amity se giró a ver sus alrededores.
Rara vez exploraba el rancho, siendo exactos los puntos, donde prefería estar, generalmente, dentro de la casa de campo.
El granero era gigante y estaba lleno de costales con semillas y altísimas pilas de pacas de paja.
Al fondo del gran edificio rústico, había un pequeño rincón con una hamaca, una banquita, un pequeño escritorio y un caballete con un pintarrón.
― ¡Esta es mi guarida! ― Le dijo alegremente Luz, guiándola hasta la banquita blanca adornada con flores, donde hizo sentar a Amity, luego se separó brevemente para tomar un libro grueso con pasta dura del escritorio.
Volvió a la banca dando brinquitos y se acomodó junto a Amity.
― ¿Ya lo empezaste? ¿En qué página vas? ― Preguntó curiosa la hija de la veterinaria.
Amity negó con la cabeza.
― Mi libro está en mi maleta, pero no me dejaste tomarlo.
― ¡Oh, lo siento! ― Se disculpó la morena mientras se levantaba y pretendía correr a la salida. ― ¡Quédate aquí, iré rápido con tu mamá y-
― ¿Mija? ― Luz se topó con su madre tras dar pocos pasos, casi chocando con ella. ― ¿Está todo bien?
― ¡Mami! ¡Hay que pedirle el libro de Amity a la señora Odalia! ¡Se quedó en el auto!
― ¡Ay, cariño! ― Exclamó Camila. ― Odalia y Alador se acaban de ir, se llevaron el equipaje con ellos
Amity torció el gesto con tristeza mirando a su regazo, para ser repentinamente tacleada por un costado.
Luz, con una gran sonrisa y el libro en su regazo, se sentó estrechamente al lado de la castaña.
― ¡No te preocupes, podemos compartir el mío! Voy en el capítulo cinco, pero podemos empezar de nuevo.
Amity miró a la sonrisa de Luz por unos instantes, y luego, asintió suavemente.
No se dio cuenta de que, aunque más levemente, ella estaba sonriendo también.
― Amity. ― Pronunció Camila suavemente. ― Tu padre fue a su taller y tu madre al viñedo, te puedo llevar con ellos cuando quieras. ¿Entendido?
― Si señora.
― Puedes llamarme Camila corazón. ― Respondió la mujer con una sonrisa. ― Voy a revisar el campo de las ovejas. ¿Quieren acompañarme?
― ¡No! ― Exclamó Luz demasiado rápido. ― ¡Vamos a leer Azura!
Camila rio con ligereza.
― De acuerdo cariño, volveré en media hora, no se vayan a mover de aquí. ¿De acuerdo?
Amity asintió rápidamente, a la par de Luz.
― Luz… ― Prosiguió Camila con cariñosa severidad. ― Promételo.
La morenita hizo una cruz sobre su corazón y levantó la palma con solemnidad.
― Bien, no te separes de Amity. ― Concluyó la mujer avanzando a la salida. ― Las veo en un rato.
Una vez Camila se fue, Amity se giró a mirar a la niña que estaba tan cerca que podía percibir su curioso aroma a limón y luz de sol.
¿El sol tiene aroma?
Amity pensó que olía exactamente como Luz.
― ¿Cuhrazoun? ― Pronunció torpemente.
Luz se sonrojó e hizo un gesto sorprendido.
Luego entendió.
― ¡Ah! Corazón, significa heart.
― ¿Por qué me llamó así? ― Preguntó con curiosidad y un muy leve rubor.
― Es de cariño. ― Respondió Luz con una sonrisa. ― Mami habla así, me lo dice a mí, y también a los animales.
Luz abrió el libro en el espacio entre las piernas de ambas, buscando la página con el primer capítulo.
Aunque casi parecía imposible, Luz se acercó un poco más, recargando su hombro contra el de Amity.
La joven heredera se tensó.
No estaba acostumbrada a tanto contacto físico.
Pero Luz estaba compartiendo su libro… Quejarse le parecía grosero.
Así que decidió soportarlo.
Pasaron los minutos y consiguieron leer los primeros dos capítulos, Luz, sorprendentemente, podía seguir el paso de Amity, cosa que la mayoría de niños de su edad no conseguían, leía con mucha expresividad, jadeando, exclamando y riendo a lo largo de los párrafos que devoraban.
Y le dio la confianza a Amity para hacer lo mismo.
Estaban tan sumergidas en el mundo mágico de fantasía, que no notaron la presencia de Camila Noceda, que recargaba la cadera en una de las pilas de paja.
La mujer miraba con ternura la emoción de las niñas, Luz había recargado la cabeza sobre el hombro de Amity mientras la castaña hacía lo mismo sobre la cabeza de su hija, le alegraba ver que su hija parecía haber conocido a una amiga con gustos afines a los suyos.
Se aclaró la garganta discretamente y las niñas levantaron la cabeza con sorpresa.
― Luz, hay que ir a alimentar a los conejos. ― Indicó Camila sonriendo.
Luz respondió con un mohín.
― ¿Podemos quedarnos aquí? ― Preguntó con ilusión.
Camila estaba desconcertada, a Luz le encantaba estar con los animales.
― Uh… No cariño, el corral está demasiado lejos y no puedo dejarlas aquí solas.
La joven miró al suelo con decepción.
― Amity puede acompañarnos. ― Continuó Camila intentando alegrar a su hija. ― Si ella quiere.
Los ojos de Luz brillaron ilusionadamente, a la par que se giraba hacía Amity con una sonrisa.
Sin embargo, la castaña se encogió.
― Uh… ¿Puedo ir con mi mamá?
Luz se apagó.
― ¿Por qué? ¿No quieres venir con nosotras? ― Preguntó la morena tristemente.
Amity apretó los labios con incomodidad.
― No… No me gustan los animales. ― Dijo con timidez.
Luz ensanchó los ojos con sorpresa e inclinó la cabeza.
― ¿No te gustan, ninguno?
― No…
― ¿Perritos?
― No.
― ¿Gatitos?
― No.
― ¿Conejos, ovejas, pajaritos, hámsters, caballos…?
― ¡Odio los caballos! ― Exclamó la pequeña, interrumpiendo.
Luz sólo se tensó levemente y luego inclinó la cabeza al lado contrario.
― ¿Por qué? ― Preguntó de nuevo.
― ¡Son enormes, y ruidosos, y apestosos, y tienen muchos dientes, y son aterradores! ― Enlistó.
Luz bufó y Amity se sonrojó.
― ¡No es gracioso! ― Reclamó con enojo. ― ¡Me dan miedo!
― ¿Un caballo te hizo algo? ― Preguntó Luz curiosamente.
Amity se ofuscó al darse cuenta de la única respuesta.
― No… ― Musitó. ― No los quiero cerca, me dan miedo.
― ¿Y con otros animales, corazón? ― Preguntó esta vez Camila.
Amity pensó un momento.
― No… Los animales no me gustan, son sucios. ― Respondió.
― ¡Los conejitos no son sucios! ― Reclamó Luz. ― ¡Ellos se bañan!
Amity se sorprendió.
― ¿Se bañan?
― Se acicalan cariño. ― Corrigió Camila, luego se dirigió a Amity. ― ¿Qué te parece si vienes con nosotras a ver los conejos? Te juro que son inofensivos.
Amity titubeó.
Camila insistió.
― Si no te gusta, puedo llamar a tu madre y llevarte con ella en el momento que quieras. ¿Te parece?
Amity, aun sin estar del todo convencida, se giró a mirar a Luz, que fallaba flagrantemente en ocultar lo mucho que quería que Amity las acompañara.
― Está bien. ― Respondió finalmente, consiguiendo un alarido alegre de Luz.
La morenita tomó de nuevo la mano de Amity, obligándola a correr tras ella hasta la pickup azul a pocos metros del granero, la ayudó a subir, y poco después, fueron alcanzadas por Camila, quien puso la camioneta en marcha rumbo a los corrales de los animales pequeños.
Luz no soltó la mano de Amity hasta que llegaron allá.
Y Amity no se quejó.
Al llegar allá, Amity se cubrió la nariz ante el fuerte aroma de los roedores cuando entraron al corral, aun sin soltar la mano de su nueva amiga.
Luz intentó no reír.
Bajo las indicaciones de su madre, Luz se apresuró a separar las crías de las madres para que estas pudieran comer.
Mientras Camila servía una mezcla de pienso, heno y vegetales a los conejos adultos, Luz volvió a tomar la mano de Amity, entrando con ella a uno de los corralitos donde los gazapos aguardaban juguetones, el regreso de sus madres.
Cuidadosamente, Luz se sentó sobre el suelo, llevando a Amity consigo, mientras la heredera observaba a las pequeñas criaturas con curiosidad y un poco de inquietud.
― ¡Mira! ― Señaló la morena a una de las pequeñas crías. ― ¡Se está ´ciclando!
Amity observó al animalito, que no podía ser más grande que su mano, mientras este lamía sus patitas y las pasaba por su pelaje blanco y lustroso.
Amity jadeó con asombro.
¡Era tan tierno!
¡Era una bolita de algodón!
¡Blanco!
¡Limpio!
¡Lindo!
Luz pudo sentir como la castaña apretaba su mano mientras su gesto se llenaba de anticipación.
La morena rio, y, sin soltar la mano de la castaña, empezó a chasquear la lengua, llamando la atención del animalito, que empezó a dar tímidos saltitos en su dirección.
Amity observó con la boca abierta como el gazapo subía a la palma de Luz.
La morena entonces alzó sus manos unidas y puso su palma bajo el dorso de la mano de Amity, acercando el conejito.
Amity se tensó, aguantando la respiración.
― Tranquila. ― Dijo Luz suavemente. ― No te va a hacer nada.
Cuidadosamente, llevó la mano que sostenía al conejo cerca de la de Amity.
― Ponlas juntas. ― Indicó, y Amity ahuecó sus pequeñas palmas.
Con delicadeza, Luz depositó al gazapo en las manos de Amity, al contacto, la heredera se asustó e intentó retirar sus manos, siendo sostenida firmemente por Luz.
― ¡Cuidado, lo tiras! ― Exclamó con sus manos alrededor de las de Amity.
― P-perdón. ― Dijo la castaña con nerviosismo. ― ¿Q-Que hago?
Luz resopló.
―Sólo sostenlo, mira. ― Con sus propias manos, más grandes que las de Amity pese a la diferencia de altura, guio los pulgares de la castaña a acariciar el suave pelaje del conejo. ― Es suavecito.
Amity jadeó, maravillada y con los ojos embelesados.
Esta vez sin la guía de Luz, que aún no soltaba sus manos, comenzó a acariciar delicadamente el blanco pelaje de la cría, que parecía adormilarse.
― Mira. ― Susurró Luz contra su hombro.
Lentamente, alzó sus manos unidas acercándolas con cuidado al rostro de la castaña, quien, fascinada, ni siquiera se inmutó.
Amity y el conejo se miraban directamente.
Nariz con nariz.
Twitchtiwitchtwitch
La naricilla del conejo se agitaba, revoloteando sus bigotitos.
Amity rio suavemente.
― ¡Hace cosquillas! ― Dijo alejando un poco al gazapo.
Luz rio también, provocando un breve ataque de risa en ambas.
Llamando la atención de las otras decenas de crías, que, como conocían a Luz, se acercaban para jugar.
― ¡Oh! ― Exclamó la morena soltando al fin las manos de Amity.
Dejándola un poco fría.
― ¡CLAVADO! ― Exclamó Luz dejándose caer bocabajo sobre el suelo, para después girar.
Los conejos saltaban sobre ella, usándola como obstáculo.
Y ahora no podían parar de reír.
Luz se sentó de nuevo, haciendo respingar a unas cuantas crías, tomó al conejito de manos de Amity, lo posó en el suelo, y luego tiró de la heredera para recostarla en el suelo.
Los conejos, de nuevo saltaron sobre ambas.
Entre risas y bolas de algodón, Amity encontró un momento de gran alegría, mientras observaba a Luz deshecha en carcajadas.
Pasaron los días, las semanas, un mes, casi dos.
Luz y Camila habían sido su mayor compañía durante el verano.
Luz le enseñó otros libros, y Amity hizo lo propio, en sus horas de lectura habían logrado devorar ya tres libros.
Que, para niñas de siete años, era bastante para dos meses.
Cuando no pasaban largas horas leyendo, jugaban en el campo, Luz le enseñó a cortar y limpiar las frutas de los árboles y a trepar en ellos.
A su madre no le hicieron gracia las manchas en su ropa.
Aunque tampoco parecía importarle mucho, evitaba que Amity los molestara con sus quejas todo el tiempo.
Cada día Luz le presentaba a un animal diferente.
Y Amity descubrió que no odiaba a los animales, sino todo lo contrario.
Llegaron a fascinarle tanto que se olvidó de sus potentes aromas y sus costumbres poco higiénicas.
Las ovejas eran suaves y ruidosas, las gallinas no movían el cuello cuando movías su cuerpo, los pavos te respondían si les gritabas, los búhos eran fascinantes, los lechones adorables, los perros ovejeros juguetones, y el gato blanco de la casa búho, donde vivían las tres encargadas del rancho y Luz, había hecho hábito el dormir en el regazo de Amity.
Ahora, los caballos.
Los caballos no fueron cosa fácil.
― ¡Él es King! ― Había dicho Luz con entusiasmo al presentarle a un caballo de lustroso pelaje negro y cabeza blanca.
Pareciera que tuviera el cráneo por fuera.
Y eso no ayudaba al terror que Amity le tenía a los caballos.
Pero, acompañada de Luz y ayudada por Camila, Amity fue capaz de montarlo.
King era un caballo sorprendentemente cariñoso y dócil.
Y algo perezoso.
Pero a partir de aquel día, hicieron costumbre cabalgar por las tardes con los hermanos de Amity, para terminar el día con una película y, más días que menos, con una pijamada en la casa búho, donde las pequeñas hablaban de todo y nada hasta caer exhaustas acurrucándose en la cama de Luz.
Amity vio pocas veces a sus padres durante la estancia.
No que le importara demasiado.
Cada amanecer.
Cada atardecer.
Cada noche salpicada de estrellas hacían que Amity se enamorara más y más del campo.
De todo lo que Luz le enseñó.
Y se sorprendió a sí misma cuando notó lo triste que se sentía el último día en el rancho Blight.
Amity se había divertido más de lo que podía recordar alguna vez.
Y ahora, que al fin había aprendido a amar el rancho, tenía que irse.
A la mañana siguiente, partirían muy temprano al aeropuerto, con destino a Nueva York.
Luz le había prometido que el último día valdría la pena, y que tenía algo especial preparado.
Amity no tenía idea de que podría ser tan especial como para pasear en el rancho después de ponerse el sol, con linternas y el cuerpo bañado en apestoso repelente de mosquitos.
Camila las llevó en la pickup al riachuelo que pasaba silenciosamente por las colindas del rancho, bastante lejos de la casa de campo y la casa búho.
Llegaron finalmente a las orillas, sentándose sobre el pasto.
― No vayan a entrar al agua mija. ― Indicó Camila sentándose también, y dejando cuidadosamente las bolsas que llevaba al lado suyo.
― Si mami. ― Concedió Luz, para después tomar la mano de Amity.
― Escucha. ― Susurró. ― Tendremos una aventura.
― ¿Por eso nos trajiste aquí? ― Preguntó la castaña con un poco de fastidio alejando un insecto que zumbó cerca de su oreja.
―Sí. ― Confirmó la morena. ― Porque hoy… ¡Veremos magia!
Amity Jadeó.
― Veremos las centellas de fuego que no queman. ― Siguió contando Luz. ― Cómo las que usa Azura para iluminar los caminos del castillo del malvado Baphomet.
― ¿Sabes hacer magia? ― Preguntó la castaña con gran ilusión.
Después de todo lo que vivieron en el verano, pensaba que Luz podía hacer casi cualquier cosa.
Luz bufó.
― Ojalá, pero no, las centellas se conjuran solas. ― Dijo mientras se recostaba bocabajo sobre el suelo. ― Sólo tenemos que esperar.
Amity, ansiosa, se recostó al lado de Luz, y al igual que ella, aguardó impacientemente el conjuro de centellas.
Pasó un minuto.
Cinco.
Diez.
Treinta.
― Cariño. ― Pronunció Camila con pesar, haciendo respingar a las somnolientas niñas. ― Es tarde, debemos irnos.
― ¡No! ― Reclamó Luz en un susurro. ― ¡Un poco más mami! ¡Amity tiene que verlas!
― Cielo. ― Dijo de nuevo la mujer. ― Lo siento mucho, pero ya esperamos bastante, no podemos estar aquí más tiempo, empieza a refrescar.
― Mami…
― No cariño, lo lamento, pero debemos irnos.
Una lagrimita recorrió la mejilla de la morena cuando su madre se irguió levantando las bolsas.
A Amity le rompió el corazón.
Más que por el hecho de no haber podido ver la magia, le pesaba terriblemente que la chica que le enseñó tantas maravillas estuviera tan triste porque se perdiera una.
― Luz… ― Dijo alargando su mano para tomar la de la morena ahora que estaban de pie. ― Está bien…
La hija de la veterinaria apretó su manita.
― De verdad quería que las vieras. ― Sollozó limpiando sus lágrimas con el dorso de su mano. ―No sé qué-
Un chispazo de luz entre ambas las espantó.
Seguido de otro.
Y otro.
Había docenas.
No. ¡Cientos!
― ¡Ahí están! ― Susurró Luz a gritos. ― ¡Mami! ¡Los frascos!
Amity, por enésima vez en aquel viaje, quedó embelesada por el precioso espectáculo de luces.
Brillaban encantadoramente entre el verde y el amarillo, destellando entre el prado, los árboles y sobre el agua del riachuelo.
― ¿Qué es eso? ― Preguntó con un hilo de voz.
― ¡Son centellas de fuego! ― Exclamó Luz en un susurro persiguiendo las chispas con un frasco y una tapa agujereada.
Una mano cálida se posó sobre su hombro mientras sus ojos aun no decaían del asombro.
― Son luciérnagas corazón. ― Aclaró Camila entregándole su propio frasco. ― Atrápalas con cuidado, vamos a hacer lámparas y las liberaremos en la mañana.
Amity miró por unos instantes al frasco en sus manos.
Hasta que Luz tomó su mano y, cómo tantas veces, la llevó con ella.
Amity sonrió y se dejó llevar.
Entre silenciosas risas, llenaron los cinco frascos que llevaban y volvieron a la casa búho.
El cuarto de Luz, iluminado sólo por los frascos de luciérnagas, resultaba mágico.
― Dame tus manos. ― Le dijo Luz dentro del fuerte de mantas y cojines donde dormirían esa noche.
Hey, era un día especial.
Amity obedeció, poniendo sus manitas en las de Luz.
― Mañana te vas… ― Dijo con tristeza.
Amity afirmó con la cabeza.
― Amity… ― Pronunció de nuevo la morena. ― ¡Este ha sido el verano más divertido de mi vida!
La castaña se sonrojó un poco, pero ninguna lo notó.
― El mío también. ― Respondió en un susurro.
― Bueno… ― Recomenzó nerviosamente. ― Yo… Quería pedirte que… que…
― ¿Sí?
― ¿Quieres… ― Tomó aire. ― ¿Quieres…
― ¿Lu-
― ¡¿Quieres ser mi mejor amiga?! ― Soltó al fin.
Amity jadeó con sorpresa.
Sintió que el pecho se le inflaba con emoción y el estómago le revoloteaba de una forma que no entendía, pero le hacía sentir ganas de dar saltitos y abrazar a Luz.
Amity ya tenía una mejor amiga. Willow.
Y Luz no se sentía como Willow.
Se sentía… Diferente.
Pero, al no saber que responder, y al ver que la cara de Luz decaía, Amity sólo atinó a saltar a los brazos de Luz, envolviéndola en un abrazo.
― ¡Sí! ― Exclamó al vuelo.
Bueno, lo que Willow no supiera, no le dolería.
Al menos hasta que Amity pudiera entender que era eso que la iluminaba por dentro cada vez que Luz estaba cerca.
Entre risas y juegos, finalmente se quedaron dormidas en el último día del séptimo verano de Amity Blight.
La castaña durmió fuertemente abrazada a su mejor amiga esa noche.
El verano se había convertido en su época favorita del año.
Fin Cap 1.
