Se caracteriza generalmente como una emoción desagradable o molesta, como la tristeza (estado de ánimo depresivo), ansiedad, irritabilidad o inquietud.

—Creo que deberías dejar de fumar.

—Me relaja.

—Te hace daño.

Estaba harto de esa situación. Desde hace meses esa voz no se iba y ya comenzaba a molestarle.

Cada vez que pasaba frente al espejo, ya sea para arreglarse o simplemente siguiendo su ruta hacia la puerta, siempre le hablaba su reflejo desde el interior del vidrio. Una voz más aguda que la suya, una mujer. Su hermana mayor.

Él sabía de antemano que no era real, que su mente le estaba jugando una broma de mal gusto y cada vez se veía más tentado a romper el espejo.

Poco a poco la voz del vidrio pasó de ser solo una voz en el espejo a ser una voz en todo reflejo que se le cruzara; en los refrigeradores de las tiendas de conveniencia, los aparadores, las ventanas. Todo tipo de vidrio era buen conducto para la voz.

Por un momento pensó que estaba maldito e incluso hizo un ritual para liberarse, no tardó en darse cuenta que no era nada de eso. En verdad se estaba volviendo loco.

Era de noche y no podía dormir, miraba el techo buscando imperfecciones en la losa, pero nunca encontraba nada de ello. Miró a su derecha y vio el espejo cubierto con una sábana, sintiéndose irritado. Se cubrió la cara y se dispuso a dormir. Cerró los ojos y contó hasta 67 ovejas, intentó relajarse como una vez había leído en internet e incluso se levantó a tomar un pequeño vaso de leche tibia.

Cuando se rindió ante la idea de que no iba a dormir esa noche, se puso a revisar papeles sobre asuntos del clan, que como jefe debía atender, además de la pequeña investigación acerca del paradero de Seishiro.

Estaba consciente que pensar en él día y noche solo le hacía daño, pero era inevitable, como una adicción. No supo cuando, pero su venganza se había vuelto su motivo de vivir. Estaba decidido a no irse de este mundo, no sin él.

Eran las 4 am y se encontraba bastante cansado, por lo que decidió dar un último intento e irse a dormir, sorprendentemente lo logró. Una vez tocó la cama se quedó completamente inconsciente.

Entre la bruma del sueño, empezó a escuchar el tick tack del reloj, como una sombra lejana. Intentó mover los pies, pero estos no respondían; entreabrió los ojos, sumergiéndose en la oscuridad. La boca la sentía seca, las manos entumecidas; estaba padeciendo de la famosa parálisis del sueño y todo hubiera estado bien si hubiera quedado ahí, él se hubiera quedado acostado hasta que pasara y todo seguiría su curso, pero no. Las risas y los llantos comenzaron.

Voces del pasado que iban por él, como fantasmas atrapados en las viejas paredes del apartamento.

La voz de Hokuto llamándolo una y otra vez, con distintos tonos de voz: con amor, con alegría, con euforia y con lastimosa tristeza. También la voz de Seishiro, nombrándolo con falso cariño.

No necesitaba alzar la cabeza para saber que todo provenía del espejo cubierto. El objeto comenzó a retumbar, como siquiera tirar la tela y liberarse.

Subaru se sintió impotente, intentó mover las piernas y evitarlo, tensó los músculos y se mordió la lengua con fuerza haciéndola sangrar. Cerró los ojos y contó lentamente.

Uno. Dos.

Escuchó como el mueble al lado de la cama se arrastraba.

Tres. Cuatro.

El ropero comenzó a rechinar con furia.

Cinco. Seis.

Escuchó varios libros caerse.

Siete. Ocho.

La cama se había hundido. Podía sentir como alguien subía a hacerle compañía y se recostaba a su lado, aquello no se conformó. Se subió a su abdomen y comenzó a hacer presión en su cuello, dejándolo sin respirar.

Nueve. Diez.

Por fin recuperó la movilidad, se levantó sobando su cuello y tosiendo violentamente. Revisó el cuarto y estaba exactamente como lo había dejado antes de acostarse. Jadeó un rato y miró al culpable de todo: el espejo. Se levantó y se detuvo antes de pisar un pedazo de vidrio en el suelo. Levantó la sábana que cubría el mueble y vió al espejo hecho añicos.A partir de ahí su humor fue en picada.

La voz se había ido, pero seguía teniendo pequeñas regresiones al pasado, dónde cerraba los ojos y podía verse almorzando con Seishiro y Hokuto, riendo y bromeando.

Empezaba a dudar mucho de su racionalidad y su capacidad de distinguir entre la realidad y la fantasía.

Definitivamente no estaba embrujado, y los cigarros ya no le estaban ayudando a calmar la ansiedad que sentía día y noche. A petición de su abuela y otros miembros de la casa principal, fue al médico, aunque pensó seriamente en fingir haber ido y hacerse el idiota.

—Al parecer, estás cruzando un cuadro depresivo por perdida.

—¿Perdón? —él lo sabía, estaba súper seguro de ello, pero de ahí a admitirlo, se necesitaba de un paso gigante.

—Un duelo, señor Sumeragi. Usted está pasando por un proceso de duelo —dijo el doctor, golpeando el dedo contra la mesa.

—No, yo…

—Hum, ¿Ha considerado tomar algún tipo de terapia o algo por el estilo?

—No tengo tiempo para eso —eso no era mentira, pero lo cierto es que, si podía hacerse un espacio. La cuestión era que quería evitarlo a toda costa.

—No me la deja fácil señor Sumeragi. Le daré una cita con el psiquiatra y él sabrá orientarlo mejor —dijo escribiendo en una pequeña libreta.

Subaru quería evitar al psiquiatra por todo medio posible, pero al ser un mismo hospital, el doctor ya había pasado su contacto. En resumen, el psiquiatra lo acosaba día y noche con lo de la cita.

Al verlo, platicaron un poco, recetándole antidepresivos y unas cuantas sesiones (las cuales no quería tomar; y movería cielo, mar y tierra para evitarlas). Pensaba que con las pastillas habría resuelto el problema. Y así fue por una semana.

Ese día, no quería levantarse de la cama, no tenía ganas de comer ni beber nada. Se tomó la temperatura y no tenía fiebre, no estaba enfermo, pero se sentía como un lisiado, sin poder mover ni un dedo. Se dio permiso y se quedó ahí, escuchando a su vecina cantar a todo pulmón las canciones de temporada, mientras cocinaba; también escuchó cuando su marido llegó y al poco rato, la discusión de una pelea amistosamente.

Estaba disfrutando la involuntaria novela cuando alguien tocó la puerta de su departamento. Se hizo ovillo y se negó a levantarse. Odiaba las visitas inesperadas, odiaba que interrumpieran su paz, odiaba tener que pararse.

Sea quién fuera en la puerta, era insistente. Así que, sin más remedio, se levantó y fue a atender al importunado. Era Amano, su asistente.

—Qué bueno que atiende, señor. Estaba comenzando a preocuparme —Subaru no dijo nada y se quedó ahí en la puerta—, solo vine a ver si estaba bien, no se ha reportado en todo el día y solo quería asegurarme de que no había ningún problema.

—Todo está bien por aquí.

—¿Está seguro? No sé oye muy bien, y tiene unas ojeras terribles.

—Todo está bien, Amano. Solo… Me tomaré algunos días ¿Sí?

—¿Necesita que le traiga algo? ¿O que haga algo por usted?

—No, gracias —Subaru se mordió el interior de la mejilla, molesto.

—¿Seguro? Si necesita algo yo puedo…

—¡Todo está bien! ¡Y no, gracias, no necesito nada! —gritó, cerrando la puerta de golpe.

Culpa.

Él no era así, no sabía porque le había respondido así al pobre. Pero estaba tan cansado, tan harto de todo, que le fue inevitable no hacerlo. Quería llamarlo y disculparse, pero de seguro ahora lo odiaba. Y de nuevo, comenzó a sobre pensar, una y otra vez, dándole vueltas a la idea de que Amano lo odiaba, a que su abuela lo odiaba por dejarla en silla de ruedas, Hokuto lo odiaba por haberla asesinado de manera indirecta, y Seishiro… no, él no sentía nada por él.

Quería hacer añicos el apartamento, pero no podía. El poco raciocinio en su cabeza se lo impedía. Se fue directamente a la cama, tomó sus antidepresivos de golpe y con las persianas abajo, se acostó a dormir lo que restó del día.

Durante tres días, Subaru se la pasó en cama, tomando medicamento en ayunas y durmiendo como un oso. Cuando el hambre era insoportable, las sopas instantáneas en su alacena eran la comida de todo un día. Sin un espejo al cual mirarse, estaba seguro que era un desastre.

Los cigarros también se habían acabado y rehusandose a salir de su casa, los cambió por café muy cargado que lo hacía temblar como alguien con hipotermia. Literalmente se estaba acabando minuto a minuto.

Al cuarto día, estaba al límite. Tanto su cuerpo como su cabeza ya habían dado todo de sí y no podrían sostenerse con ese estilo de vida.

Salió al balcón y sintió el sol quemarle las retinas. Había pasado mucho tiempo alejado de él y tanto su piel como sus ojos lo resentían. Miró hacia abajo, ansioso, midiendo la altura a la que estaba, de un solo vistazo.

Se sentó en el barandal y pensó. Sería un final rápido y sin pena ni gloria, algo que rápido se limpiaría. Nada raro en una ciudad tan caótica como Tokyo; incluso él tuvo que atender varios casos de esos, que, con el tiempo, se olvidan.

Tiempo.

Hubiera deseado tener más de eso junto a ellos.

Tomó una bocanada de aire y se paró en el frío metal. Un empujón del viento, un desliz, una falta en el equilibrio y ahí acababa todo.

—¿Cuándo dejaras este juego tonto? —escuchó detrás de sí, pero no sé giró.

—¿Estás preocupado de que algo le pase a tu presa?

—Básicamente tu deuda ya fue pagada, así que me da igual lo que hagas.

Subaru respiró, siempre mirando hacia abajo.

—Hokuto estaría muy triste.

—Somos simples tazas, a ti te da igual lo que sintamos.

—Hum…tienes razón, pero un final así es muy aburrido, ¿No crees? —Seishiro se recargó en el barandal, a un lado de él. Fumando su cigarro con lentitud.

Subaru se lo pensó y se relamió los labios

—1999 —dijo, soltando el humo de su cigarro— está cerca, tal vez te interese.

—El destino de la tierra no tiene nada que ver conmigo.

—Tiene todo que ver contigo, con nosotros. Sea quien sea el elegido, no se guiará solo.

—¿Jugarás al papá con él?

—¿Crees que sería un buen padre? —se rió, inhalando aún más de su cigarro.

—Ciertamente lo serías, claro, si muestras tu cara falsa.

—Baja de ahí, no te escucho bien

Subaru lo miró de reojo antes de retroceder y caer en la terraza; acomodándose a su lado.

—Siempre has sido un buen chico, muy obediente.

—Yo ya no tengo de esos, dame —Subaru le quitó el cigarro y aspiró un poco, sintiéndose aliviado.

—Creí que no podías fumar mientras tomas antidepresivos —Subaru solo se encogió de hombros y siguió fumando—. Te hará mal a la larga, lo sabes, ¿no?

—A ti no parece importarte mucho.

—Aunque no lo creas, la edad ya pesa jaja —rió cínicamente, tomando el cigarro de las manos de Subaru.

—1999, ¿Eh?

—Interesante, ¿No te parece? Si quieres morir, creo que sería una buena oportunidad. Es mejor que esta cosa tan cliché.

—Y tú Seishiro-san, ¿cómo planeas morir?

—Estoy en la flor de mi juventud, no necesito morir.

El cigarro se había acabado y ambos se quedaron en silencio. Hasta que Seishiro se subió al barandal y le miró sonriente.

—Entonces será en 1999. Tenemos una cita, mi querido Subaru-kun —se hincó hasta quedar a su altura y rozó sus labios con los dedos en una caricia extraña.

El sakurazukamori desapareció entre pétalos de cerezo, dejando a Subaru pensando.

Su venganza lo hacía seguir con vida. Buscarlo era su único objetivo.

Pero ese día, el día del terror nocturno, entre su parálisis, pudo ver la sombra de un águila colarse en su habitación, dirigiéndose hacia el espejo.

Cuando Subaru noto los fragmentos del cristal supo que Seishiro siempre estuvo a su lado, en cada momento y movimiento; y eso lo hizo sentir miserable. A pesar de todo el tiempo, Seishiro nunca se mostró ante él. En realidad, a él ya no le importaba, ni siquiera como para asesinarlo. Ver la realidad, una realidad dónde no le interesaba lo más mínimo, fue lo que lo llevó al borde del colapso durante días.

Fue ahí cuando comprendió su verdadero deseo. Si, quería acabar con su vida, pero no tendría sentido si Seishiro no era quien se la arrebataba y 1999 parecía la ocasión perfecta para que eso sucediera.

Caso cerrado.

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Holi~

Quieren un consejo? No tengan ansiedad JAJAJAJA

Retomaré lo que les dije la ve pasada, tomenselo con calma, todo va a salir bien como diría Sakura Kinomoto.

Y recuerden amiguitos, si neta no se sienten al 1000 y no se ven al espejo y se chulean o tienen sentimientos que los abruman un buen, busquen ayuda. Los psicólogos no son para gente loca, ayuda un buen

En fin, los quiero mucho

Besos en sus colitas

Bye~~