Es una enfermedad en la cual se vomita y tosen pétalos de flores por un amor unilateral dónde la única cura es remover la infección mediante cirugía, sin embargo, cualquier sentimiento también es removido.
Estaba tosiendo muy fuerte, el eco resonaba en todo el baño. Los pétalos de las flores rojizas lo asfixiaban y tenía que tratar de respirar de una forma u otra. Se miró al espejo, casi sin poderse reconocer; ¿Quién pensaría que, de todas las personas, él tendría esa enfermedad? Ni en sus más locos sueños, y mucho menos que fueran camelias rojas lo que salieran de sus pulmones. Lo mínimo que esperaría, serían pétalos de cerezo, pero no se podía todo en esa vida.
Sonrió para sí mismo, sin poderlo creer del todo, pero cuando la urgencia de volver a toser lo dobló, la conciencia de su condición llegó a él como una bofetada; se tuvo que convencer que era real su situación.
Desde hace años que no lo veía, desde hace mucho tiempo que ambos tenían contacto, pero lo negaban. Él sabía dónde estaba y viceversa, pero se conformaron con una vida en la que nunca se volvieron a hablar, en donde era suficiente saber que estaban siendo observados por el otro. Tantos años así y apenas comprendía que lo que sentía por ese muchacho era algo más que una curiosidad incontenible. En el instante en el que se dio cuenta empezó a toser flores.
Una parte de él se preguntaba si el chico estaría pasando por lo mismo, sería interesante que así fuera, al final, ambos estaban enfermos uno por el otro de manera sentimental, así que agregar una aflicción física no quedaría del todo mal.
Se tumbó en su cama, riéndose de lo irónico que había resultado todo esto, había perdido, había perdido su tonta apuesta, quería sentirse estúpido, pero su cabeza solo podía encontrarle gracia. Tosió pesadamente y decidió que sería mejor dormir, y al hacerlo soñó con él.
[…]
Estaba nevando afuera y se negó a salir de la cama, pero las ganas de toser eran más poderosas y corrió hacia el baño. Los pétalos de cerezo salieron de su boca y él notó un pequeño rastro de sangre en ellos. Llevaba ya varios años con esa enfermedad, los mimos años que no lo veía cara a cara. Se había cansado de tirar bolsas llenas de pétalos todas las semanas, así que aprendió a hacer perfumes y unas cuantas cosas con ellos. Era entretenido y cuando no tenía nada que hacer, lo sacaba de la rutina. Los perfumes los regalaba a vecinas o algunas veces a su abuela.
Sabía que debía retirar aquel árbol de sus pulmones, su esperanza de vida había bajado en picada y ya estaría muerto de no ser porque usaba ciertos hechizos para mantenerlo a raya, pero, a pesar de ello, se negaba a hacerse la operación. Su racionalidad le decía que era lo mejor, olvidarlo y seguir con su vida; pero no podía hacer eso, eran precisamente esos sentimientos los que lo mantenían en ese mundo. No podía negárselo, no quería negárselo. Lo amaba con todo su ser, claro, si es que a eso puedes llamarle amor.
Recogió sus pétalos y los llevó a su pequeño jardín de flores, ahí los guardaba hasta que decidía hacer una que otra esencia, incluso tenía algunas frutas y otras fragancias para combinar olores. Se dedicó a observar su jardín, cuando escuchó que alguien llamaba a la puerta del apartamento. Fue a atender y lo único que encontró fueron pétalos de camelias rojas en el suelo.
Se asomó por todas partes, pero no parecía haber dueño. Las recogió y las metió a su casa. Era curioso, pues nunca había intentado combinar camelias y cerezos.
[…]
Pasaron varias semanas y seguía encontrando pétalos de camelias en su puerta. No tuvo que pensar mucho para saber que alguien sufría la misma enfermedad que él; de inmediato pensó en esa persona, pero se quitó la idea de la cabeza al precisamente pensar cómo era esa persona, ¿Alguien del edificio sabría que él sufre lo mismo y por eso se las dejaría? ¿Alguien estaba enamorado/enamorada de él? No lo sabía con certeza, pero sí sabía que ese perfume se había vuelto de sus favoritos y lo usaba todos los días. Sentía que ambas flores creaban una hermosa armonía entre ellas, el olor suave de la camelia y el picor ácido de los cerezos, ambas fragancias le hacían sentir en casa por alguna extraña razón.
[…]
Al verlo tan contento, usando sus pequeños regalos para hacer su hobbie se puso extrañamente feliz. Él solía verlo desde lejos, como quien mira peces en un acuario, y le daba una extraña sensación ver que alegremente combinaba las fragancias de las dos flores para hacer un perfume que se ponía todos los días, ¡Vaya! Ni a su abuela le había enviado un frasco del perfume, algo en él le decía que el chico quería la fragancia par él solo y eso lo hacía sonreír más.
Todo esto lo llevaba a una enorme curiosidad: ¿A qué olería?, ¿Cuál sería el olor de ellos dos juntos? No lo sabía. Tampoco sabía ¿Por qué la enfermedad no había desaparecido en él, si era completamente correspondido desde hace años? ¿Por qué parecía afectarle más si él había aplicado el mismo hechizo que el muchacho? Pensaba que tal vez era porque sabía que, sin importar qué nunca estarían juntos, y la razón era pura necedad, nada más que eso.
Se levantó de su lugar de observación y se fue. Tenía trabajo que hacer.
[…]
Miró incrédulo los pétalos de cerezo, los pétalos de camelia y el cadáver a sus pies. De repente, todas sus preguntas acerca de los extraños regalos recibidos fueron contestándose una a una. Si, Seishiro era el dueño de las camelias, como había pensado en un principio; sin embargo, no lograba entender cómo era posible. Hizo su trabajo diligentemente, pero con un remolino en la cabeza.
Pensó que tal vez se había enamorado de alguien más y se estaba burlando de él, pensó que sería incluso genético, pero la posibilidad de un amor correspondido era imposible.
Al llegar a su casa no siguió dándole vueltas, no tenía caso. Se encerró en su jardín y no salió en un rato.
[…]
Había dejado un frasco de fragancia de cerezo-camelia en el balcón, fingió demencia, pero bien sabía el porqué de sus acciones. Hizo su rutina normal y se colocó el perfume, como siempre. Salió de casa a realizar un pedido y no volvió hasta la noche.
En su balcón solo encontró más camelias, pero ningún rastro de la fragancia. Recogió las flores y las abrazó, aspirando su aroma antes de llevarlas al jardín.
Por primera vez en mucho tiempo, ambos, el que miraba a lo lejos saciando su curiosidad con el frasquito y el chico en su jardín se sintieron extrañamente tranquilos, como en casa.
Caso cerrado.
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Holi~
Iba a hacer un AU pero ya no me imaginé nada fuera de lo escolar y por ahora no quiero eso.
Me da risa imaginarme a Seishiro y a Subaru dándose un toque con el perfume, como si fuera mota JAJAJAJA
Y recuerden amiguitos, no busques vatos que usen el mismo perfume que tu ex, es muy probable que sean lo mismo. Hasta la próxima amigos
Besos en su colita
Bye~~
