Disclaimer: La última vez que lo miré, yo seguía sin ser Hidekaz Himaruya, así que no, Hetalia: Axis Power no me pertenece
Oía el murmullo de fondo, una cacofonía de gritos, risas y susurros audibles entre medias. Los ojos de Govert seguían fijos en la puerta doble de caoba que daba acceso a la sala, por la cual uno de los asistentes a la conferencia acababa de abandonar la sala sin mediar palabra ¿Y lo peor? Nadie más que él se había dado cuenta.
Pasó su mirada de la puerta a la mesa, repasando a todos aquellos que tenía en frente en busca de una muestra de reconocimiento ante lo que acababa de pasar delante de todos pero solo encontró rostros apáticos, otros sonrientes, ceños fruncidos a causa de la concentración… Buscó con la mirada a Francis, esperando sorprenderle con los ojos fijos en la puerta, con un gesto de preocupación en el rostro, pero lo único que vio a fue al francés atusándose el cabello con ayuda de un espejito de mano que, de manera disimulada había sacado, seguramente del bolsillo de su traje aprovechando que estaba algo alejado de Ludwig, quien seguramente le habría echado la bronca por no estar prestando atención. Ver aquello solo le hizo hervir la sangre ¿Cómo era posible que la persona que había actuado como una figura paterna para el chico ni siquiera se hubiese preocupado por él cuando se levantó? Era imposible no haberse dado cuenta, no había tanta distancia entre ellos.
Sintió la imperiosa necesidad de levantarse e irse, o de levantarse y hacer saber a Ludwig que uno de los asistentes había dejado la sala y que si era posible hacer un pequeño receso pero nunca antes había alzado la voz en favor de nadie, ni siquiera en favor de Laura, su hermana más querida. Hacerlo ahora y por una persona con la que muchos ignoraban seguramente que tuviese una relación estrecha, levantaría suspicacias y no tardaría en convertirse en la comidilla de todos los presentes durante los próximos días. Y aquello era lo último que quería, una atención innecesaria.
Laura, quien se encontraba sentada a su lado, notó la rigidez de su hermano en la mano que sostenía el bolígrafo con el que había estado tomando notas hacía tan solo unos instantes. Frunció ligeramente el ceño y colocó su mano sobre la de él sacándolo finalmente de su indignado estupor y haciendo así que fijara sus ojos en ella.
– ¿Estás bien? – Susurró, ya que si bien no era raro ver a Govert enfadado o serio, sí que era raro verlo tan tenso sin un motivo aparente.
El neerlandés examinó el semblante preocupado de su hermana y suspiró ligeramente, aflojando el agarre en torno al bolígrafo, dejándolo caer sobre la mesa, y sosteniendo la mano de su hermana con suavidad.
– Sí, no te preocupes Le aseguro en su tono monótono habitual pero sabía que con solo aquello no lograría que Laura dejase de prestarle atención, así que añadió – Es sólo que estoy un poco cansado y la reunión no está llevando a ninguna parte.
Aquello no era del todo una mentira. Se estaba hablando sobre reducir la huella de carbono y la dependencia en los combustibles fósiles, pero algunos no estaban de acuerdo con las medidas propuestas, entre eso y los que no opinaban porque estaban demasiado ocupados haciendo otras cosas que no se suponía que debieran estar haciendo, aquello era un auténtico caos. Laura miró brevemente hacia la cabecera de la mesa y luego de nuevo a su hermano.
– No te preocupes. No creo que quede mucho más por decir – aseguró, con una sonrisa amable, dándole un ligero apretón en la mano antes de soltarlo para volver a prestar atención a lo que se estaba diciendo.
Govert esperaba que no le faltara razón. Por un lado se sentía mal por no haber sido capaz de interrumpir él mismo la reunión, pero por el otro sabía que era lo mejor para así ahorrarles a ambos momentos incómodos. Intentó devolver su atención a lo que se decía, a sus propias notas, hacer sus propias aportaciones pero su mente iba y venía y no terminaba de estar concentrado.
Finalmente Ludwig decidió hacer un receso de una hora para dar tiempo a los asistentes a meditar sobre los contenidos de la reunión, decantarse por una u otra postura y, con algo de suerte, terminar la reunión estando la mayoría de acuerdo en algo, lo cual ya sería todo un logro. Los presentes no perdieron el tiempo al abandonar la sala rumbo a la cafetería o al exterior del edificio. Govert recogió sus papeles, colocándolos ordenadamente dentro de la carpeta que había traído de una manera que muchos tacharían se excesivamente meticulosa, y salió por la puerta de manera apresurada dejando a la belga con la palabra en la boca, ya que esta se había levantado de su asiento con la intención de invitarlo a un café pero, ya habría tiempo de disculparse con ella por su descortesía, lo que más le importaba en aquellos momentos era localizar a Matthew.
El canadiense seguramente estaba evitando los lugares públicos tales como la cafetería o el vestíbulo del edificio. También era poco probable que se hubiese encerrado en el baño, ya que alguna que otra vez le había comentado que le agobiaba pasar mucho rato encerrado en sitios pequeños, y seguía habiendo un riesgo grande de que alguien lo encontrara o lo molestara, así que solo quedaba un sitio en el que buscar: El exterior.
El edificio en el que se encontraban estaba en un campus con una amplia zona ajardinada así que lo más probable, conociendo al muchacho como lo conocía, es que hubiese salido y se hubiese escondido en algún rincón… Lo cual no ponía las cosas para nada fáciles pero aun así salió y comenzó a buscarlo por los lugares que parecían menos frecuentados. Tras unos minutos, que se le hicieron eternos, Matthew finalmente apareció.
Se encontraba bajo un árbol, casi al otro lado del campus. Estaba sentado, con las piernas cruzadas, la chaqueta desabrochada y la corbata deshecha. Su melena rubia ocultaba en parte su rostro, el cual se encontraba mirando hacia su regazo, donde jugaba con unas briznas de hierba.
Govert suspiró. Ahora que lo tenía delante, no tenía ni la más remota idea de que decir, nunca se le había dado bien consolar a la gente, ni siquiera a su familia, y no era falta de confianza en la gente de su entorno cercano, sino falta de habilidades sociales pues siempre había prestado más atención a su trabajo y obligaciones que a cualquier otra cosa; y había evitado las relaciones sociales fuera del ambiente profesional en medida de lo posible. Caminó hacia él, más tranquilo y se sentó a su lado bajo el árbol. Matthew ni se inmutó, aunque sabía que había notado su presencia.
Suspiró y rebuscó en los bolsillos de su chaqueta, aprovechando que estaban solos, y que Matthew conocía su hábito (y lo compartía además) en busca su pipa larga la cual se negaba en rotundo a cambiar a pesar de que la gente le miraba raro por usar todavía uno de esos chismes para fumar en lugar de los cómodos cigarrillos que ahora estaban tan de moda.
Cuando encontró el estuche en el que guardaba la pipa, en el amplio bolsillo interior de su chaqueta, la saco de su lugar, se la llevo a los labios y comenzó a buscar el tabaco… Aunque tal vez, si lo que quería era hablar con Matthew sin parecer un idiota insensible, necesitaría algo un poco más… Intenso que el tabaco. Cargo la pipa y la encendió, dando una larga calada antes de empezar finalmente la conversación.
– ¿Me vas a decir que ha pasado? – Preguntó, intentando no sonar muy demandante pero fracasando en el intento. Se había notado demasiado que estaba acostumbrado a dar órdenes en su día a día.
Matthew al principio no dijo nada. Se limitó a seguir mirando a su regazo, jugueteando con las mismas briznas de hierba que tenía en la mano antes. El neerlandés era una persona de confianza, sabía que podía hablar con él, que lo que fuese que dijera quedaría entre ambos y nunca nadie se enteraría. Habían sido amigos por más de 70 años, y era consciente de que había sido el único que se había dado cuenta de que se levantaba de la silla y salía de la sala cosa que, al principio le había parecido algo que cualquiera con un mínimo de dignidad haría pero, tras haber abandonado la sala, pensó que tal vez no era para tanto después de todo ¿Acaso era novedad que le ignoraran? Dejo caer las briznas de hierba y, sin mirar a su nuevo compañero, suspiró antes de hablar.
– Simplemente no puede soportarlo más, Govert – explicó, con apenas un hilo de voz ya que temía que si hablaba más alto se le quebrase y se echara a llorar y eso sería aún más patético.
Govert por su lado asintió, entendiendo lo que quería decir. Había visto al joven canadiense levantar la mano más de una vez, siendo ignorado las primeras y confundido con su hermano las dos siguientes, sinceramente, él también los habría mandado a todos al cuerno en su situación.
– Lo entiendo, de verdad, pero… No es propio de ti abandonar tan de repente una reunión. Te he notado molesto otras veces, pero es la primera vez que te he visto reaccionar así – Dijo, dando a entender que era su reacción desmedida lo que le había preocupado, soltando nuevamente el humo.
Matthew se dejó envolver por el aroma del humo que venía de su izquierda sintiendo que, en cierta manera, también le relajaba.
– Sé que no es propio de mí, Gov – Indicó Matthew, utilizando aquel diminutivo cuyo derecho de uso se había ganado hacía ya tantos años – Pero no he podido evitarlo. He levantado la mano cinco veces ¡Cinco! La peor fue esa última en la que se me ha confundido con Alfred y me han mandado callar – Suspiró pesadamente. Se estaba volviendo a poner nervioso y lo último que quería era alzar la voz.
La nación escuchó todo con atención, con calma, era consciente de lo que había pasado, no estaban tan alejados en la mesa. Pensó en decir una de esas frases típicas que se suelen decir en estas situaciones. Algo como "Pues que les den. Si no te quieren escuchar, peor para ellos" o "Si te confunden con tu hermano es porque son estúpidos. Ni siquiera os parecéis tanto" pero no le parecían muy acertadas. Dio otra calada a su pipa, como si la respuesta la fuese a encontrar en la nube de humo que soltara, como si ésta fuese una bola de cristal. Definitivamente tenía que empezar a hacer más caso a su hermana, trabajar algo menos y tratar con la gente más.
– Es normal que estés frustrado, Matt. Pero tú eres mejor que todo esto. Mucho mejor que todos ellos. Te he visto aguantar desplantes peores – Le dijo, clavando su mirada verde en el perfil aun ligeramente alicaído del canadiense.
– Lo sé, pero no sé porque esta vez… Me ha sentado peor – Se interrumpió, frunciendo los labios, luchando contra el nudo en su garganta que cada vez era más espeso – Simplemente he sentido que… No soy nadie. Que no soy importante. Que lo que digo no tiene importancia ni es interesante – Sintió como las lágrimas se comenzaban a acumular en sus ojos y se las secó con el dorso de la mano, esbozando una sonrisa débil, falsa – Y tal vez tengan razón – Finalmente alzó la cabeza, encontrándose de frente con el ceño fruncido de su amigo – No soy como mi hermano… No soy tan bueno expresándome como él y tampoco soy tan interesante…
– Echa el freno, Matt – Dijo Govert, interrumpiéndole. No iba a permitir que se hiciera eso a sí mismo – Eso no es verdad. No has hecho nada malo y desde luego tú no tienes la culpa de que esa panda de simios con medio cerebro sea incapaz de valorar tu persona.
Matthew negó con la cabeza, expresando así su desacuerdo. Por mucho que le gustaría creer en las palabras de su amigo, no podía dejar de pensar que la culpa era suya y de su falta de relevancia. Estaba seguro de que si tuviera la misma carisma que tenía su hermano, la gente se fijaría más en él y le prestarían la debida atención pero… No era así. Era lo contrario. Incapaz de expresarse en voz alta y defender sus ideas con fuerza, incapaz de llamar más la atención… Nunca podría ser como él.
– Sé que quieres animarme Gov pero sabes tan bien como yo que si fuese de otra forma… Al menos alguien me escucharía, alguien me prestaría atención cuando intento hablar, alguien… Negó con la cabeza nuevamente, callándose de repente ante la imposibilidad de seguir.
– ¿Y yo que soy entonces? Estoy aquí ¿No? Y juraría que somos buenos amigos desde hace… Bastante – Murmuró dando otra calada, más profunda, a su pipa. Necesitaba armarse de valor para poder decir todo lo que quería decir en aquel momento. No soportaba ver a una persona que apreciaba y valoraba de aquella manera – No debería importarte lo que la gente piense de ti. Lo he dicho antes. Tú vales mucho más que muchos de ellos, aunque te niegues a reconocerlo.
– Lo sé. Sé que estás aquí y que siempre has estado ahí cuando te he necesitado pero… A veces me gustaría ser… Distinto ¿Sabes? Que la gente me tuviese en cuenta, que escuchasen lo que tengo que decir… Me gustaría ser como… Ellos. Ser alguien… – No quería seguir hablando. Finalmente sucumbió ante la presión y no pudo controlar más sus emociones, hundiéndose en las mismas.
Aquello era más de lo que el mayor podía soportar. Con cuidado dejo la pipa sobre la funda, que había colocado previamente a su lado sobre el césped, y se acercó más al cuerpo del canadiense pasándole un brazo por encima del hombro para, con la mano libre, obligarle delicadamente a levantar el mentón y a mirarlo. Si había algo que para él era casi como una herejía, eso era ver los raros ojos violetas del chico anegados de lágrimas.
– Escúchame, Matthew… - A pesar del rato que llevaba fumando, todavía no se sentía con la confianza suficiente para hablar o, al menos, con la confianza suficiente como para decir lo que pensaba sin preocuparse por si era correcto, incorrecto, malo, bueno o extraño pero, al ver la manera en la que lo miraban aquellos ojos, no pudo quedarse callado – No eres tú el problema. No eres tú el que tiene que cambiar para gustar a nadie ni eres tú el que tiene que envidiarle nada a nadie. En todo caso, debería ser al revés – Bajo la mirada unos segundos, intentando sacudirse la frustración que le producía aquella situación – Aún recuerdas porque nos hicimos amigos ¿Verdad?
Matthew asintió suavemente, instando al contrario a seguir. Nunca le había visto tan afectado, cierto era que en más de una ocasión había dicho que odiaba verlo triste, y que en más de una ocasión se había encarado con alguien para defenderlo, pero no estaba acostumbrado a tener tanta cercanía física y se sentía como un ciervo en medio de una carretera a punto de ser atropellado.
– Dices que no eres interesante, que no tiene importancia nada de lo haces… Pero eso no es verdad – Fijo sus ojos verdes nuevamente en él – A mí me salvaste la vida, Matthew. Primero acogiste a mi Familia Real en tu casa sin pedir nada a cambio cuando los alemanes invadieron mi territorio. Cuidaste de ellos. Permitiste que la princesa conservara la nacionalidad neerlandesa cuando nació… Y más tarde, hacia el final de la guerra, fuiste tú quien me encontró y quien me ayudo a mí y a mi gente en el momento en el que más lo necesitábamos – Con cuidado movió su mano libre para poder acariciar con suavidad la mejilla del canadiense, limpiando así una lágrima rebelde que había resbalado por ésta – Recuerdo tu sonrisa, tus palabras… Como curaste mis heridas a pesar de que tú mismo también estabas malherido y agotado ¿Y de verdad dices que no tiene importancia nada de lo que haces? ¿Qué no eres interesante? ¿Qué no tienes carisma? ¡¿A quién le importa el carisma?! Eres buena persona, amable, inteligente… Tu tierra es hermosa, salvaje y está bien cuidada. Eres el segundo país del mundo con más reservas de agua dulce del mundo. Tu gente ha aportado mucho al mundo y a la sociedad en general… ¿Y de verdad no eres importante? No necesitas ser como ellos para ser alguien Matthew. Ya eres alguien aunque ellos no reconozcan tu existencia ni te tengan en cuenta.
Canadá no podía apartar la mirada del contrario. Recordaba bien aquello. Recordaba el estado en el que encontró a Países Bajos cuando llegó. Recordaba como hizo todo lo posible por curarle las heridas, por consolarlo y por ayudarlo a pesar de que él mismo aún tenía que colaborar con el resto de aliados, a pesar de estar también cansado y adolorido a causa de los enfrentamientos, malherido. Recordó también el tulipán que recibió antes de volver a su país, luego de finalizar la guerra, el primero de los cientos de miles que recibiría posteriori y que guardaba, seco, entre las páginas de un libro en su cuarto.
Había esperado unas palabras de consuelo, una palmadita en el hombro… Pero nunca un discurso tan apasionado. El canadiense era consciente de lo difícil que debía de haber sido para Govert pronunciar todas aquellas palabras de la manera en la que lo había hecho y, tal vez, había sido más ese esfuerzo que las palabras lo que le caló hondo y le impulsó a levantar la mano hasta posarla sobre la mejilla del neerlandés, bajando la mirada y cerrando los ojos con fuerza antes de volver a levantar el rostro, esta vez mostrando una sonrisa enmarcada por las lágrimas.
– Vaya… Ignoraba que fueses capaz de decir tanto en tan poco tiempo – Intentó bromear, demasiado avergonzado por sus palabras como para comentar nada al respecto.
Govert sabía bien que Matthew se sentía algo avergonzado en esos momentos pero sabía también, por el nuevo brillo que habían adquirido sus ojos, ese que siempre tenía cuando le regalaba alguna flor, que Matthew había comprendido lo que había querido decir. Lentamente y ayudándose de la mano que aún tenía en el hombro del chico, le atrajo hacia su cuerpo, a lo que Matthew respondió acurrucándose ligeramente, aspirando el aroma familiar que emanaba de la tibieza de aquel abrazo y, habiendo terminando de calmarse, esbozó una pequeña sonrisa mientras buscaba con su mano la mano libre del neerlandés.
– Oye, Gov… No es quiera fastidiar el momento pero ¿no crees que te vendría bien echarte un poco de colonia antes de volver a la reunión?
Govert tomó la mano del canadiense con un movimiento rápido y natural. Puede que cualquiera que los viera juntos de aquella manera se escandalizase e instantáneamente asumiera el tipo de relación que los unía… Lo cierto es que ninguno de los dos había querido definir su relación. Eran solo dos personas, dos naciones, unidas por un fuerte vínculo de amistad, cariño y mutuo respeto. Y si bien, a veces el sentimiento de aprecio era tan fuerte e intenso que hasta les dolía, en ningún momento hicieron por decir en voz alta lo que para muchos ya sería evidente.
– ¿Insinúas que huelo mal? – Preguntó frunciendo el ceño. Matthew soltó una pequeña risa.
– No, es solo que parece que acabas de salir de una comuna hippie y dudo mucho que Laura aprecie el que hayas aprovechado el descanso para fumar.
Soltó la mano de Matthew un momento y se llevó el extremo de su bufanda a la nariz, olfateando un poco ¡Qué barbaridad! Ni siquiera había fumado tanto.
– Sí, creo que ambos vamos a necesitar hacer una parada en el baño antes de volver – Le dio la razón. Laura lo iba a matar. Se separó un poco del canadiense y tomo la pipa que reposaba a su lado y se aseguró de que estuviese apagada antes de limpiarla y guardarla nuevamente en su funda, se levantó y le ofreció su mano a Matthew, quien la tomó sin dudar.
Una vez estuvieron ambos en pie, Govert le colocó la camisa a Matthew y le ató correctamente la corbata, peinándole después el pelo con las manos. Matthew le dedicó una sonrisa agradecida a lo que Govert solo pudo responder con un rápido beso en la frente antes de alejarse de él.
– Anda vamos – Dijo, metiéndose las manos en los bolsillos de la chaqueta – Y no les hagas caso la próxima vez que te ignoren. Recuerda que son ellos los que salen perdiendo, no tú.
Asintió y echó a caminar a su lado. No le cabía duda de que, pasara lo que pasara, Govert siempre estaría a su lado para recordarle lo que los demás siempre le hacían olvidar.
