ERIKA
Por Cris Snape
Disclaimer: Sankaku Mado no Sotogawa wa Yoru es un manga escrito e ilustrado por Tomoko Yamashita.
Este fic participa en la actividad multifandom del foro Alas Negras, Palabras Negras.
Tabla 1: Tiempo. Prompt: Prisa.
Tabla 2: Lugar. Prompt: Ciudad.
Tabla 8: Técnica. Prompt: Headcanon.
Una nueva vida. Una vida normal.
Erika Hiura observa su reflejo. El uniforme de la escuela no ha cambiado. Ni el corte de pelo ni las facciones de su rostro. Si acaso, la expresión de los ojos. Casi parece que sonría con la mirada porque, pese a las apariencias, se siente muy distinta. Está decidida. Ahora que es libre, dejará atrás a la antigua Erika y forjará el presente y el futuro de la chica que la observa al otro lado del espejo. Agita la cabeza hacia atrás y se da media vuelta. De refilón, distingue la oscura figura que se cierne sobre ella desde el otro lado de la habitación. Algo se revuelve en sus entrañas, pero logra dominarlo de inmediato.
—Lo lamento. Ahora no tengo tiempo para ti. Hablemos más tarde.
Se marcha sin mirar atrás. No le interesa saber si es perseguida o no. En la planta inferior, su madre la espera con un café en la mano y expresión inescrutable. Nadie niega que lo está intentando, aunque no es fácil. Erika huele su miedo y procura tranquilizarla con un gesto cálido y una sonrisa amable. Es mejor esto que lo que había antes. Espera que, poco a poco, el temor comience a desaparecer. Anhela ser capaz de forjar una buena relación entre ambas. Quiere sentir que es su madre, que puede contar con ella de ahora en adelante.
—¿Lo llevas todo, Erika?
Es la primera vez que se interesa por sus asuntos escolares. Erika asiente, colgándose la cartera en el hombro.
—El señor Sakaki espera fuera.
Está dubitativa. Tarda unos segundos en decidirse a hablar.
—Hay una cosa que no entiendo. Ahora que el Maestro está en prisión, ¿sigue siendo tu guardaespaldas?
Es una pregunta razonable. Kazoumi Sakaki apareció en su vida para protegerla y vigilarla. Incluso planearon escapar juntos de todo y de todo. Ahora las cosas son distintas. Ambos son libres y Erika ha de responder con el corazón. Le grita con demasiada fuerza, acallando cualquier reserva que su mente pudiera tener.
—Claro, mamá. Lo necesito.
Ella sólo asiente. Erika se despide con un beso en la mejilla y sale al exterior. En efecto, Sakaki está allí. Si las mariposas en el estómago existen, Erika las experimenta cuando lo ve con su jersey negro y los pantalones vaqueros. Sigue pareciendo un yakuza. Seguramente, lo será durante el resto de su vida.
—Buenos días, Kazoumi.
Se toma la libertad de llamarlo por su nombre de pila. Se siente muy bien cuando lo deja escapar de entre sus labios. Si a él le sorprende, no hace ningún gesto que lo delate.
—¿Estás lista?
Lista para el primer día del resto de su vida. Una vida que desea pasar junto a ese hombre, si es posible.
—¿Qué tal en la escuela?
Erika se muerde el interior de la mejilla. Keita se asegura de que la carne esté bien asada y se la echa a la boca, masticando con gula. Cuando rememora los acontecimientos de las últimas semanas, saca una conclusión.
—Nada ha cambiado.
—¿Nada de nada?
—Las chicas de mi clase no me gustan y yo no les gusto a ellas.
—¿Quieres decir que no has hecho ninguna amiga?
Niega con la cabeza. Keita pone el grito en el cielo.
—¡Erika!
Es una acusación y ella necesita defenderse.
—Estoy bien así. Además, ya tengo amigos.
Entorna los ojos y la observa con detenimiento. Erika se pregunta si estará viendo al espíritu del anciano que lleva rondándola todo el día. Por más acostumbrada que esté a su presencia, a veces son un auténtico incordio.
—Nosotros no contamos como amigos, Erika. Tienes que relacionarte más con la gente de tu edad.
—No me regañes. No soy como tú. No puedo hacer amigos con facilidad.
Keita suaviza su expresión. Erika nota como sus mejillas se enrojecen.
—¿Lo estás intentando?
—¡Claro que sí!
—¿Seguro?
A decir verdad, Erika no ha dejado que se derrumbe el muro que construyó entre ella y el resto de la sociedad. Cuando empezó a trabajar para el Maestro, decidió que su única opción para sobrevivir era mantenerse aislada, ignorar la voz de su conciencia y procurar no ver el dolor de los demás. Puede que sea libre, pero no es fácil acabar con las viejas costumbres. Mira a Keita y siente la envidia subiéndole por la garganta. Alguien que comparte su don pero que no sufre por ello. Al menos en apariencia. Alguien que es capaz de reír una noche de viernes sin preocuparse por nada. Alguien que escapa de todo en mitad del bullicio y que prometió cuidarla cuando nadie más estaba dispuesto a hacerlo.
—No sé cómo.
Lo ha pensado mucho. Ha procurado ser simpática, ha intentado integrarse en las conversaciones. Imita a las demás para ser aceptada, consciente de que no puede hacer otra cosa. Sin embargo, Keita propone otra solución.
—Sé tú misma.
¿Ella misma? ¿Con los fantasmas, las maldiciones y todo lo demás?
—No puedo hacer eso.
—¿Por qué no?
—Ya lo sabes.
Keita no se hace el tonto. Erika se pregunta cómo fue su vida de antes de conocerse. ¿Habrá sufrido la soledad y el miedo?
—Me caes bien, ¿sabes? Creo que en cuanto tus compañeras te conozcan un poco mejor, querrán ser amigas tuyas.
Nota como sus mejillas comienzan a arder. Keita sonríe, tal vez orgulloso por haberla avergonzado.
—No hace falta que menciones a los espíritus. Relájate y déjate llevar.
Suena como un buen consejo. Observa a Keita mientras sigue comiendo y se dice que le hará casa. No tiene nada que perder.
Kazoumi estaciona el vehículo cerca de la entrada del instituto. Observa sus manos apoyadas en el volante. En ocasiones, se siente extraño, como si su cuerpo no le perteneciera. Desde que Erika lo arrancara de las garras de la muerte, sus sentidos y emociones son distintas. Más intensos y más débiles al mismo tiempo.
Muchas veces piensa que su vida no es suya. La irrealidad confunde su cerebro y no sabe cómo afrontar la situación. Él, que desde muy joven ha debido enfrentarse a toda clase de demonios y actos horribles. Suspira, procurando dejar la mente en blanco. Es lo mejor cuando se adentra en esa espiral de fuerte negatividad.
Observa a las estudiantes que comienzan a abandonar el instituto. No tarda en distinguir la figura de Erika. No es más que una niña y, al mismo tiempo, es la mujer más fascinante que ha conocido nunca. La más valiente, la única persona que conoce que ha descendido a los infiernos y ha regresado al mundo real siendo mejor que antes.
Es una lástima ver su expresión compungida. Erika desea graduarse, ir a la universidad y que su existencia sea lo más plácida y corriente posible, pero la escuela no la hace feliz. Sus instintos de perro guardián se intensifican cuando una de sus compañeras finge no verla y le da un golpe por la espalda.
—Pequeña zorra.
Se sorprende por el exabrupto. Aprieta los dientes y estruja sin piedad el volante del vehículo. Erika no tarda en sentarse a su lado, con las mejillas encendidas y la cabeza gacha. Su pregunta es hosca, torpe. Innecesaria.
—¿Todo bien?
En el pasado, ella no hubiera respondido nada. Sin embargo, enfrentar al Maestro los unió de formas inexplicables. Kazoumi no necesita pensarlo mucho para ser consciente de la mutua confianza, de que sus lazos son irrompibles. Se deben la vida. Más él a ella que al revés.
Hay desesperación en sus ojos cuando alza la cabeza para mirarle.
—No funciona.
—¿A qué te refieres?
—He intentado ser yo misma, pero no quieren aceptarme.
Rechina los dientes. Su mandíbula está tan tensa que podría romperse. Mira a ese atajo de niñas estúpidas y se contiene para no salir del vehículo. Oficialmente está teniendo una de esas reacciones exageradas que lo distinguen tanto del hombre que un día fue, antes de su propia muerte.
—¿Quieres dar un paseo?
A Erika le sorprende su propuesta. Aparta la mirada un instante y asiente.
—Vale.
Kazoumi comienza a conducir. Tokio es una ciudad grande que te permite descubrir un rincón nuevo cada día. Él nació en el norte, en un pequeño pueblo en el que ni siquiera había semáforos. Cuando llegó allí, se sintió fascinado, abrumado y repleto de energía. Lástima que sus inicios fuesen tan complicados. O tal vez no. Si nunca se hubiera visto impelido a trabajar para la mafia, no habría conocido a Erika.
No piensa demasiado en su destino. Se deja llevar, mientras la música suena bajito en el coche y Erika contempla el paisaje. Los edificios, altos y brillantes, parecen grandes hormigueros de hormigón y cristal. Erika apoya la cabeza en la ventana y cierra los ojos durante tanto tiempo que Kazoumi está seguro de que se ha dormido. Sin embargo, habla al cabo de un rato.
—A Keita le preocupa que no tenga amigos de mi edad.
Kazoumi no dice nada.
—Puede que tenga razón, pero realmente no quiero tener que hablar con esas chicas. Son frívolas y estúpidas. No entienden cómo es el mundo real. Se preocupan por cosas sin sentido.
—Sólo son adolescentes, Erika.
—Yo también lo soy.
—Tú eres especial.
No tendría que haberlo dicho así, con ese tono de voz surgido de lo más profundo de su garganta. Erika se mueve deprisa y lo mira con sorpresa.
—¿Lo crees?
—Es algo evidente. Aunque no me refiero a la parte sobrenatural.
Debería callarse. Erika Hiura es una niña. Kazoumi es un hombre adulto que no tendría que albergar esos sentimientos en su interior. Se siente como un monstruo. Tal vez lo sea. Tiene las manos manchadas de sangre y su naturaleza es tan extraña que posiblemente no exista un hombre como él en todo el mundo.
—Erika. Escucha. —Necesita cambiar de tema—. No tienes que hacer nada que no te apetezca hacer. Si no quieres ser amiga de esas chicas, ignóralas. Da igual lo que diga Keita. Haz lo que tú quieras.
Silencio. Ella sonríe. Endereza la espalda y fija la vista al frente, aunque le mira de reojo de vez en cuando. Kazoumi se centra de nuevo en la conducción. No hay demasiado tráfico a esas horas. Está relajado. Tranquilo.
—¿Tú estás bien?
La pregunta le sorprende.
—¿Yo?
—No hemos hablado sobre ello desde que derrotamos al Maestro. ¿Has notado cosas extrañas?
Aprieta el volante. Olvida esas emociones descompensadas y los sueños lisérgicos que suele tener.
—Estoy bien.
—¿Seguro? No sé cómo es morir, aunque haya experimentado la muerte muchas veces. Si te sientes mal, quisiera ayudarte.
—No tienes que preocuparte, Erika. Todo va como la seda.
Se detiene frente a un semáforo. Observa a la gente que cruza por delante, ajena al hecho de que existe el mundo espiritual. A su lado, Erika se cruza de brazos. No se ha creído ni una palabra.
—Kazuomi, ¿cometí un error? Trayéndote de regreso. ¿No deberíamos dejar que la naturaleza siga su curso?
Esa es otra de las cuestiones que se niega a plantearse. Opta por ser egoísta e ignorar cualquier clase de conflicto ético.
—Si no lo hubieras hecho, estaría muerto. No creo que fuera un error.
—Pero, ¿estás a gusto con quien eres ahora?
Sabe que ella espera sinceridad. Reanuda la marcha y responde con una evasiva que, pese a todo, es la verdad.
—Me estoy acostumbrando.
Erika da por buenas sus palabras y no insiste. Kazoumi conduce hasta uno de sus parques favoritos. Cuando el Maestro aún ejercía su dominio sobre ellos, a Erika le gustaba ir allí para escapar. Un lugar libre de maldiciones, donde el aire es limpio y todo está en calma. Un pequeño paraíso en mitad de la gran ciudad.
Erika se sienta sobre la hierba húmeda y cierra los ojos, con la cabeza inclinada hacia el cielo. En un acto reflejo, Kazoumi permanece en pie, vigilando los alrededores. Ya no hace falta ser tan cuidadoso. Todo el poder del Maestro se esfumó cuando rompió las barreras de su propia maldición. Kazoumi sólo lo ha visto una vez desde ese día, en televisión. Le costó reconocer al hombre pálido que caminaba con la espalda encorvada y la cabeza hundida. Como si le hubiera leído el pensamiento, Erika habla.
—Kosuke ha ido a visitar al Maestro. Por lo visto, tienen muchas cosas que decirse.
—Aún no me puedo creer que sea su padre.
—¿No es agradable que existan cosas que puedan sorprendernos?
Hay algo demasiado ingenuo en sus ojos. Harto de mirarla desde arriba, Kazoumi se deja caer a su lado. Erika sigue hablando.
—El pasado del Maestro es muy triste. Creo que puedo entender lo que hizo.
—El Maestro fue cruel con mucha gente, incluida tú. Destruyó infinitas vidas a cambio de mantener vivo su propio odio y resentimiento.
—Sólo quería proteger a Kosuke y a su madre. ¿Te imaginas lo doloroso que fue bloquear sus recuerdos felices? Es un calvario que yo no podría soportar.
De pronto, Erika parece pequeña e indefensa. Apenas puede controlas las ganas de abrazarla. Aprieta los dientes y clava las uñas en la tierra.
—Fue egoísta y cobarde. Debió ser sincero, confiar en que decir la verdad era el mejor camino.
Erika gira su cuerpo para encararse con él. Apoya la mano en el suelo, muy cerca de la suya. A Kazoumi le cuesta hasta tragar saliva.
—¿Tú serás honesto hasta ese extremo? Cuando conozcas a una mujer, ¿le contarás que no puedes morir? ¿Le hablarás de lo que te hice?
Puede sentir como su labio inferior comienza a temblar sin control. Maldita sea. Erika tuerce el gesto, sonriendo con los ojos llenos de algo que parece ser tristeza. Acaba de plantear algo muy doloroso y crudo, aunque los tiros no van por donde ella se imagina. ¿Cómo decirle que no le interesa conocer a ninguna otra mujer? ¿Cómo mirarla a la cara y mentirle cuando acaba de criticar al Maestro por hacer lo mismo? Quiere decir miles de cosas, pero no es capaz de pronunciar ni una sola palabra. Erika, en cambio, se muestra de lo más locuaz.
—Nunca te lo he preguntado, Kazoumi. ¿Cuántos años tienes?
El cambio de tema lo deja un tanto trastornado.
—Treinta y uno.
Erika vuelve a mirar al cielo.
—¡Vaya! Quince años.
Ha hecho ese mismo cálculo mental muchas veces, extrayendo varias conclusiones. La primera, que podría ser el padre de esa chica. Uno joven y atractivo, pero padre después de todo. La segunda, que dejarse llevar por sus sentimientos es un delito. Aunque Erika sea tan distinta, aunque haya vivido más que cualquier mujer anciana. En el fondo, pese a todo el peso que carga sobre su alma, sigue siendo una niña.
Por ese motivo se pone en pie. No puede dejar que haga lo que está a punto de hacer. Sostiene sus brazos para instarla a levantarse.
—Es tarde. Será mejor que volvamos a casa o la señora se preocupará.
—¿A qué viene tanta prisa?
—Vámonos.
Una parte de sí mismo quiere dejarse llevar. La más impulsiva, la que nunca piensa en las consecuencias de sus actos. Sin embargo, escucha a la más prudente y, una vez en el coche, sube el volumen de la música. No necesitan hablar más. Se acabó por ahora.
Keita Mukae se preocupa por ella. Es inevitable sentirse cómoda en su presencia. Erika se alegra cuando lo ve a la salida de la escuela. Es inconfundible, aunque la capucha de su sudadera le cubra la cabeza. Le sonríe en cuanto se acerca.
—¿Has hecho algún progreso?
No entiende lo que quiere decir. Está preocupada por algo y quiere comentárselo. Keita no tiene ni la menor idea y hace un gesto en dirección a sus compañeras de clase. Erika es casi despectiva al hablar.
—Eso no importa. ¿Sabes algo de Kazoumi?
Pone cara de idiota. Maldita sea.
—Sakaki.
—¡Oh, él!
Keita es un chico talentoso a su manera, aunque hay algo en lo que no es nada bueno. Erika ve venir la mentira incluso antes de que se le escape por la boca.
—¿Por qué tendría que saber de él?
Se contiene para no poner los ojos en blanco. Odia que la tomen por tonta y eso es precisamente lo que tienden a hacer sus supuestos amigos. No entiende a qué viene ese cambio de actitud. Cuando el Maestro los atormentaba, confiaban en ella pese a no tener motivos para hacerlo. Ahora la tratan como si fuera una niña. Todos ellos. Lo de Keita le sienta mal porque es el más joven del grupo, el que menos motivos tiene para actuar así. Espera de él un poco más de complicidad. Y sinceridad. Sobre todo, eso.
—Se marchó sin despedirse, de eso hace diez días. Temo que le haya pasado algo.
Keita se muerde el labio inferior. Ahí va una nueva patraña.
—Es un hombre adulto. Y un yakuza. Estará bien, así que no te preocupes por él.
Pese a estar haciendo un gran esfuerzo de contención, Erika no puede más. Los espíritus se arremolinan a su alrededor, conscientes de la fuerza que emana desde lo más profundo de su ser. Es como si pretendieran darle su fuerza para enfrentar a Keita, quien la está mirando con extrañeza, como si pudiera ver su propia alma.
—¡Ya basta! ¡Dejad de hacer eso!
Ha llamado la atención de varios transeúntes, entre ellos alguna compañera de clase. Genial. Ahora tendrán aún más motivos para tomarla por loca. Debería ser más discreta, contener su furia y hablar con tranquilidad, pero no puede. Diez días sin ver a Kazoumi son muchos días. Demasiados. Sabe que no le ha pasado nada grave porque realmente no puede morir, pero no entiende por qué se ha ido sin darle ninguna explicación. ¿Acaso la ha traicionado?
Keita le habla con calma. No ayuda demasiado.
—No podemos evitarlo, Erika.
Bien. Al final un poco de honestidad. Aprieta los puños, respira hondo y logra calmarse. Keita la insta a seguir caminando. Los espíritus se alejan, aunque nunca desaparecen del todo. Continuamente buscan su energía, como si pretendieran drenarla. O como si encontraran consuelo en su presencia.
—Desde muy joven, asumiste una responsabilidad que no debías. El Maestro, tu padre y sus amigos. Todos ellos se aprovecharon de tu poder para obtener un beneficio. Mereces que la gente se preocupe por ti y te proteja.
Es la misma historia de siempre. Erika se revuelve contra ella.
—¡Yo no os he pedido eso! Quiero saber dónde está Kazoumi. Tengo que hablar con él.
Keita se mantiene firme. Aunque ve la desesperación y el deseo en sus ojos, no da su brazo a torcer. Puede que lo haga precisamente por eso, porque la sabe capaz de cometer cualquier locura y no desea que lo haga.
—Eso no será posible. Sakaki ha hecho lo que le corresponde como adulto.
—¿Qué quieres decir?
—Tus sentimientos hacia él son evidentes. Si tú no puedes olvidarlos y buscar a alguien más adecuado, entonces él se encargará de proteger tu corazón.
Qué cursi. Qué cursi y qué idiota y qué jodido bastardo. Quiere gritar, patear el aire y agarrar a Keita del cabello. Está tan enfadada, tan frustrada y, sobre todo, tan triste. No puede ser verdad. No puede perder su faro, la única luz que la mantuvo en pie durante tanto, tanto tiempo.
—¿Dónde está?
Sabe que es inútil, pero debe intentarlo.
—No te lo puedo decir, Erika. Lo siento.
No cederá. Lo puede ver en sus ojos. Se sorprende cuando nota algo húmedo en sus mejillas. Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que lloró. Se siente tonta y acorralada. Lo peor de todo es que tiene que rendirse. Por el momento.
—No es justo.
—Te olvidarás de él. Conocerás a más gente. Te irá bien.
Y un cuerno.
—Quiero que te vayas, Keita.
—Pero…
—¡Vete!
Necesita rumiar ese dolor en soledad. No quiere a uno de los cómplices de Kazoumi a su lado. Un odio sordo y ciego empieza a invadir su pecho. No puede ser. Después de todo lo que ha perdido en su vida, ahora le quitan algo más. Tampoco es estúpida. Sabe que Kazoumi jamás hubiera consentido una relación entre ambos. Puede escuchar sus excusas. Soy demasiado mayor. Tengo las manos manchadas de sangre. Mereces a alguien mejor. Pero al menos estaría cerca de ella. Podría verlo a diario, escuchar su voz, aspirar su aroma. No cree que pueda seguir adelante en soledad. No será capaz de perdonar a Keita, ni a su madre, ni a ninguno de sus supuestos amigos. Todos son cómplices. Todos la han alejado del hombre que ama.
Keita cree que podrá encontrar a alguien más. Pues bien. Ahí va su promesa. Si no tiene a Kazoumi Sakaki, prefiere morir sola.
Regresar a las raíces fue la única forma que encontró para empezar de cero. De niño, Kazoumi aborrecía la vida en el pequeño pueblo de sus padres. Detestaba ayudar en las tareas del campo y aspiraba a mucho más. La vida en Tokio fue tan dura y decepcionante que ahora prefiere no acordarse. En el campo ha obtenido paz y un montón de trabajo físico, justo lo que necesita para mantener su mente ocupada, lejos de pensamientos que no hacen más que atormentarle.
Revisa el motor de la camioneta que utiliza para trabajar. ¿Quién le iba a decir a él que terminaría aprendiendo de mecánica? ¡Demonios! Tendrá que pedir una pieza nueva si no quiere quedarse tirado en mitad de un camino. Buscará algo por Internet. No es nada fácil encontrar según qué cosas en un lugar como aquel.
Kazoumi se incorpora, se limpia las manos con un trapo sucio y tiene una visión. Es Erika Hiura. Está a tres metros de distancia y tiene el cabello largo. Viste de una manera informal y está seria. Muy seria. Suspira. A menudo sueña con ella. Puede escuchar sus reproches y no quiere ni puede rebatirlos. ¿Por qué me abandonaste, cobarde? Da igual que le repita una y mil veces que fue por su bien. No lo entiende.
Es estúpido dejarse atormentar por los sueños. E irónico. Con la mala conciencia que debería tener, es Erika la única persona que consigue derrumbar su ánimo. Por supuesto que le hubiera gustado quedarse con ella. En ocasiones, se la imagina temblando entre sus brazos y le embarga una sensación indescriptible. Pero hizo bien. Eso lo tiene claro. Se ha equivocado muchas veces, pero no ese día. En el fondo, lo que piense Erika da igual.
Parpadea, esperando que la ilusión se desvanezca. Sin embargo, Erika aún está allí. Más cerca de él.
—¿Sabes qué hace falta para encontrar a una persona, Kazoumi?
Se estremece. Desde la punta de los pies hasta el último pelo de su cabeza. Se aferra a la camioneta con las pocas fuerzas que le quedan. Casi le tiemblan las piernas. ¿Es real? ¿De verdad lo es? La voz suena como la de Erika. Han pasado cinco años y, sin embargo, no ha cambiado nada.
—Dinero y determinación. Yo tengo ambas cosas.
No es capaz de decir nada. Se limita a mirarla, empapándose de esa imagen, descubriendo lo mucho que la ha extrañado pese a todas las veces que se repitió a sí mismo que no era para tanto. Tal vez se deba al vínculo establecido entre ambos, pero siempre la ha sentido cerca. Siempre ha dolido saberla lejos.
—Te encontré hace mucho, aunque decidí respetar tu sacrificio.
Avanza dos, tres pasos. Está tan cerca que puede escuchar su respiración. Aprieta los puños para no tocarla. Casi no entiende lo que dice. Tampoco le importa. Erika ya no es una niña. Se ha convertido en una mujer que emana una fuerza arrolladora. Se queda sin aire.
—¿Te parece que ha llegado el momento de hablarnos con sinceridad? Porque yo no puedo esperar más.
Resuella. Cierra los ojos. Procura ordenar el caos establecido en su cerebro. Ha luchado mucho por mantenerse alejado. Ha fracasado de forma estrepitosa y no se lamentará por ello. Al principio piensa en resistirse. ¡Qué estúpido! Sus motivos del pasado ya no tienen importancia. ¿Por qué no darse a sí mismo una oportunidad?
Alza la mano. Apenas roza la mejilla de Erika, pero es suficiente para notar su calidez. Es como recibir una descarga eléctrica. Dentro de su pecho, el corazón late muy deprisa. Su mandíbula está tensa y sus ojos buscan con desesperación la respuesta a una pregunta muda. Se rinde antes de ser consciente de ello.
—Estás aquí.
Su voz suena grave, irreal. Erika se aferra a su mano, obligándole a tocarla más. Se deja llevar, agotado.
—Kazoumi Sakaki. Me gustas.
Se ríe. Como declaración, no es la más romántica del mundo.
Es perfecta.
—Ya.
Erika se ha vuelto más osada. Le rodea el cuello con los brazos, sin apartar la vista de sus ojos. Es poderosa, embriagadora. Única.
—¿Yo te gusto?
Suficiente. Ha tenido más que suficiente. Han sido cinco puñeteros años y ya está bien. Decidido a no cohibirse ante ella nunca más, sujeta su rostro con firmeza y la besa. La besa con todo su cuerpo y todo su ser, sellando así la unión que se forjó años atrás, cuando lo rescató de la muerte. Aspira su aroma, siente su tacto y escucha su jadeo de puro placer. La mente se le queda en blanco y no le importa eternizar el roce de labios. Pierde la noción del tiempo y, al separarse, ella le sonríe con la boca y con los ojos. Otra vez vuelve a parecer una niña.
—Soy demasiado mayor para ti.
—Los chicos de mi edad me aburren. Prefiero a alguien más maduro e interesante.
Kazoumi alza una ceja, entre incrédulo y divertido.
—Tengo las manos manchadas de sangre.
—¿Cuánta gente sufrió y murió a causa de mis maldiciones?
Suspira. No sabe por qué está haciendo ese último ejercicio de resistencia.
—Mereces a alguien mejor.
—Eso lo decidiré yo misma.
Ahora es Erika quien le besa. Kazoumi apoya el trasero en la camioneta y se aferra a esa mujer. Se acabó. No le queda ni una pizca de autocontrol. Deja de escuchar la voz de la razón y se centra en lo que quieren su corazón y su cuerpo.
Esperar ha merecido la pena.
Sirve el curri en la cocina. Desde allí hay una espectacular vista de las montañas. Se ha convertido en el rincón favorito de Kazoumi. En muchas ocasiones se ha llamado a sí mismo idiota porque en su día no supo apreciar la belleza de todo lo que le rodeaba. Erika le sonríe, agradecida, y no permite que se aleje de ella.
—Tu casa es bonita.
—Espero que esté libre de espíritus vengativos.
Le guiña un ojo. No sabe por qué. Erika se ríe suavemente y hasta se ruboriza. No mucho. Lo justo para resultar encantadora. Al final, le sigue el juego.
—No he visto ninguno. Por ahora.
—Bien. Ahora me siento más tranquilo.
Comen en silencio. El sonido de la televisión evita que se vuelva incómodo. En las noticias, hablan sobre el tiempo y un par de accidentes de tráfico. Kazoumi apenas tiene hambre. Erika, por su parte, devora con avidez el contenido de su plato.
—Siempre he querido vivir en el campo.
Ante lo inesperado del comentario, Kazoumi se atraganta. Esa mujer ni siquiera le presta atención, ocupada como está expresando sus segundas intenciones con la mirada.
—Mi madre podría visitarnos de vez en cuando. No temas, no creo que venga muy a menudo. Aunque Keita seguro que se instala por temporadas, si se cansa de ir de fiesta en fiesta.
Kazoumi tose. Bebe agua. Logra hablar.
—¿Planeas quedarte aquí? ¿Conmigo?
No es que la idea le desagrade, aunque todo está siendo demasiado precipitado. Convivir sin apenas conocerse. ¡Qué locura!
—Tendría que viajar bastante a menudo por mi trabajo. ¿Te he dicho ya que rompo maldiciones?
—No.
—Es mucho más satisfactorio que crearlas, ¿sabes?
—Ya.
Está estupefacto. No existe una palabra mejor para definir el estado de confusión en el que se acaba de sumir. Aunque es justo. Él decidió por ambos en el pasado. Ahora le toca a Erika tomar las riendas.
—También necesitaré un despacho. Para escribir.
—¿Escribir?
—Hace un par de años gané un concurso literario con un cuento de terror. Ahora estoy liadísima con un libro. Trata de un yakuza que hace un trato con la Muerte y es perseguido por criaturas del inframundo.
Kazoumi ha dejado de comer. La cabeza empieza a darle vueltas. Erika sigue mirándolo de esa manera y no puede reaccionar. La carcajada le atraviesa el pecho.
—¡Qué cara has puesto! El yakuza sólo está ligeramente inspirado en ti.
—¿Ligera… mente?
—Ya sabes. Es guapo, valiente. Y toma unas decisiones terribles.
Ahora es ella quien le guiña el ojo. Se ha recuperado bastante bien de su momento de vergüenza inicial. Kazoumi sigue enmudecido y, de pronto, una ola de ternura le embarga por completo. Algo le dice que podría cargarse el momento, pero tiene que ser sincero con Erika. Se lo merece. Después de todo, ha tenido el coraje de ir a buscarlo.
—No me arrepiento de lo que hice. Si pudiera revivir ese momento, haría lo mismo. Sólo cambiaría una cosa.
Se acerca a ella. Coge sus manos y le retira un grano de arroz de la barbilla. Podría morirse ahora mismo, mirándola, y sería feliz. Erika permanece atenta a cada una de sus palabras.
—Te debía una explicación. Marcharme sin decir nada estuvo mal. Fui un cobarde, pero no podía enfrentarme a ti. Si lo hubiera hecho, a lo mejor no podría haberme marchado.
—¿Tanto me querías?
Erika ha dado en el clavo. Se le hace un nudo en la garganta al recordar lo miserable que se sintió al dejar Tokio. Al abandonarla. Kazoumi ha tenido que tomar decisiones muy duras a lo largo de su vida, pero ninguna como esa. Acaricia su rostro. La besa con suavidad.
—Tanto.
Erika sonríe. Parece dispuesta a entregarse a él otra vez, pero en lugar de abrazarle, que es lo que Kazoumi quiere, le da un golpecito en la mejilla y agita sus palillos.
—Terminemos de comer. El curri está delicioso. Cocinas muy bien.
—Vivo solo. No me ha quedado más remedio que aprender.
—Pues que sepas que ya tienes tu primera tarea asignada. Yo odio cocinar.
No dicen nada más. Mientras dan buena cuenta del resto del curri, Kazoumi es consciente de que ese es el primer día del resto de su vida. Ignora si será una existencia dichosa o si surgirán problemas que los terminarán por separar, aunque no importa. Ha aprendido que lo que cuenta es el presente. No dejará que le atormente el pasado. No se agobiará por el futuro. Sólo disfrutará de lo que tiene ahora y luchará para no perderlo nunca. No hace falta más.
