Los personajes no me pertenecen son de J.K Rowling y Rick Riordan.

Summary: Él siempre supo que pertenecía a dos mundos muy diferentes, que no interactúan entre ellos. Hijo de tres hombres. Con dos profecías sobre su cabeza y seres poderosos que lo quieren muerto. Deberá de dividir su tiempo para poder proteger a sus amigos y las personas que ama.

Hechizos Accio

Palabras griegas ¡Maya!

Idioma "Hola"

Recuerdos [Hola]


Capítulo 6 Tomando el camino difícil

Pov Annabeth

Nos dirigimos donde se encuentran las cabañas, a pesar de que muchos de nosotros sentimos envidia, tambien lo compadecemos, sabemos que los hijos de los tres grandes no la tienen fácil.

—No es simplemente ir, debes de tener dos compañeros como te mencione, además de transporte y dinero—dijo serio.

—Transporte tengo—dijo aburrido, para luego sisear, una enorme serpiente con alas se enrollo a su alrededor.

—¿Qué es eso? —pregunto Luke, tomando su espada.

—Es mi familiar, Aisha—lo mire incrédula, ¿familiar? ¿En qué sentido?

—No creo que pueda llevar a tres personas—le comenté, es imposible. Volvió a sisear y la serpiente creció aún más, al punto que es más grande que las cabañas.

—Puede crecer más, solo que no creo necesario que lo haga. Es una criatura mágica, un Occamy, estos adaptan su tamaño según el lugar en que se encuentra. Si desean quedar sepultados bajo de ella, le puedo decir que crezca según el espacio disponible—comento como si nada.

—Aunque sería un buen transporte, no creo que sea el más adecuado. Pero no te preocupes, llegaras a tu destino, solo que a nuestra manera—dijo Quirón viendo con cautela, a la enorme criatura, no es el único. Todos nos encontramos nerviosos. Dice que es una criatura mágica de su mundo, pero desde nuestro punto de vista, es un monstruo que debe ser eliminado.

—Bien—el Occamy se enrollo en su cuello, como esos collares de aro, solo verlo me da escalofrió, con un poco de presión y estaría roto.

—Antes, debes de ver al oráculo—dijo señalándole la casa.

—¿Para qué? —pregunto curioso.

—Debes de conocer tu destino—fue lo único que dijo. Se encogió de hombros y fue donde le señalo. Mire a las gemelas que están con las ninfas del bosque. Espero tener la posibilidad de ir a la misión. Es lo que siempre he querido, aunque no estoy segura sí Hadrien me permitirá acompañarlo, admito que su apariencia es realmente impactante, es aún más hermoso que Luke y eso es mucho decir, ya que estoy enamorada de él, desde niña. Su personalidad me dejo sin palabras, es astuto, inteligente y sarcástico, hubiera quedado bien como hijo de Athena, en realidad encaja con varios dioses.

Él tiene lo que todos deseamos, reconocimiento y amor de su padre, muchos campistas aún esperan ser reconocidos por sus padres. Incluso pudo verse de vez en cuando, no importa si es solo un momento, pero ya es algo. Escuche eso de Quirón y Poseidón, cuando estaban hablando fuera de la cabaña, admito que me dio rabia y muchos celos, me hubiera gustado que mi madre, tuviera ese detalle, pero el incluso rechaza a su padre. No pude seguir escuchando más, solo de nuevo la palabra robo. Me pregunto que le está diciendo el oráculo.


Pov Hadrien

Cuatro pisos más arriba, las escaleras terminan debajo de una trampilla verde. Tiré de la cuerda. La portezuela se abrió, y de ella bajó una escalera traqueteando.

El cálido aire que llega de arriba huele a moho, madera podrida y algo más… un olor que recuerdo de la clase de pociones. Principalmente debido a el olor de los ingredientes. El ático está lleno de trastos viejos de héroes griegos: armaduras cubiertas de telarañas; escudos antaño relucientes y ahora manchados de orín; baúles viejos de cuero con pegatinas.

«Ítaca», «Isla de circe» y «País de las Amazonas». Hay una mesa larga atestada de tarros con cosas encurtidas: garras peludas troceadas, enormes ojos amarillos, distintas partes de monstruo. En la pared destaca un trofeo polvoriento; la cabeza gigante de una serpiente, un Hydra más específico «cabeza de la hidra, Woods Tock, N.Y., 1969.» Me pregunto qué tipo de pociones puedo crear con todos los ingredientes que hay aquí. Habrá alguna posibilidad que me lleve algo.

Junto a la ventana, sentada en un taburete de madera de tres patas, está el objeto más curioso de todos: una momia. No de las que van envueltas con vendas, sino un cadáver de mujer encogido y arrugado como una pasa. Lleva un vestido teñido con nudos, muchos collares de cuentas y una diadema por encima de una larga melena negra. La piel del rostro es delgada y coriácea, los ojos son rajas de cristal blanco, como si hubieran reemplazado los auténticos por piedras de mármol; lleva muerta muchísimo tiempo.

Ahora sé lo que atrajo mi atención a la ventana. De dentro de la momia sale una niebla verde que se enroscó en el suelo con gruesos tentáculos, silbando como veinte mil serpientes juntas, solo que estas no las comprendo.

Una voz se me coló por un oído y se me enroscó en el cerebro: «Soy el espíritu de Delfos, degollador de la gran Pitón. Acércate, buscador, y pregunta.» el problema es que nadie me dijo que debía preguntar, sera que responda cualquier duda.

La momia no está viva. Es algún tipo de receptáculo truculento para otra cosa, el poder que ahora me envuelve en forma de niebla verde. Sin embargo, su presencia no transmite maldad, pensé en preguntar algo estúpido, pero despues me lo pensé mejor. Y ya que me mandaron para saber mi destino.

—¿Cuál es mi destino? —La niebla se espesó y se aglutinó justo frente a mí y alrededor de la mesa con los tarros de trozos de monstruos en vinagre. De repente aparecieron cuatro personas muy familiares, Mis padres, la abuela y tía Bella. Es una ilusión de niebla.

Padre se volvió hacia mí y habló con la voz áspera del Oráculo: «Irás al oeste, donde te enfrentarás al dios que se ha rebelado.»

Papá, levanto la vista y dijo con la misma voz «Encontrarás lo robado y lo devolverás.»

La abuela camino y se detuvo cerca «Serás traicionado por quien se dice tu amigo»

Por último, tía Bella, con mirada inexpresiva «Conseguirás lo que deseas»

Las figuras empezaron a disolverse. La niebla se retiraba y enroscándose como una enorme serpiente verde, se deslizaba por la boca de la momia. Eso es todo, no es como si me hubiera dicho algo importante, que pérdida de tiempo. Al bajar solo estaban Grover y Quirón.

—¿Y bien? —pregunto Quirón, le conté decepcionado, esperaba algo genial y único, con la apariencia que posee, pensé que me dejaría impresionado con lo que diría.

—Eso es bueno, prepárate para partir. Puedes ir con dos compañeros. Grover es uno. La otra ya se ha ofrecido voluntaria, si aceptas su ayuda—dijo Quirón serio.

—En serio ¿Quién puede ser tan tonta como para ofrecerse voluntaria, en una misión como ésta? —fingí sorpresa. El aire resplandeció tras Quirón. Annabeth se volvió visible quitándose la gorra de los Yankees y la guardó en el bolsillo trasero.

—Llevo mucho tiempo esperando una misión, sesos de alga. Athena no es ninguna fan de Poseidón, pero si vas a salvar el mundo, soy la más indicada para evitar que metas la pata—espetó.

—¿Sesos de alga? Para ser hija de Athena, tu gran vocabulario deja mucho que desear, si vienes en ese plan, sera mejor que regreses, no aguantare tus estúpidos sobrenombres, para eso, mejor me llevo a Clarisse—repliqué viéndola con desprecio. Se puso como un tomate.

—Y…yo, lo siento, no te insultare más—chasquee la lengua y mire a Quirón, quien se ve incómodo.

—Excelente. Esta tarde los llevaremos a la terminal de autobús de Manhattan. A partir de ahí estarán solos. No hay tiempo que perder. Deben de empezar a hacer las maletas —añadió Quirón. Refulgió un rayo. La lluvia inunda los prados que en teoría jamás debían padecer climas violentos.

Me fui a mi cabaña, llamé a las gemelas y les pedí que alimentaran a mis criaturas y que vieran un poco el futuro, su habilidad es mucho mejor que la del oráculo, juntaron las manos y sus ojos cambiaron a blanco. Cuando me informaron de todo lo que pasara, una vez salga del campamento, fui a recoger mis cosas, guarde unas cuantas pociones, cambios de ropas, mi neceser y dinero, en una mochila.

—Esten pendiente de mi futuro inmediato, cualquier cambio, me llaman por teléfono, les pedí a las ninfas y náyades que las cuidaran, compórtense y no dejen entrar a nadie, puse una barrera que solo con invitación pueden entrar, si llama Padre o papá, díganle que estoy cumpliendo algún encargo, no le cuenten nada ¿Me lo prometen? —dije mostrando mi dedo meñique, ellas hicieron lo mismo. Lo entrelazamos y la magia brillo, es una variante del juramento inquebrantable que hice, obviamente no les pasara nada malo, simplemente un toque eléctrico en caso de que lo olviden. Arregle sus celulares en caso de que debamos comunicarnos.

—Lo prometemos hermano—dijeron a la vez, sonreí y besé su frente.

En la tiendan del campamento me están dando cien dólares y veinte dracmas, les devolví los dólares y solo me quedé con las dracmas, puede que mis galeones no sirvan y dinero net magii tengo mucho.

Los antiguos dracmas que usaban los mortales eran de plata, según lo que dijo Quirón, pero los Olímpicos sólo utilizan oro puro. Quirón también dijo que las monedas podrían resultar de utilidad para transacciones no mortales. Nos dio a Annabeth y a mí una cantimplora de néctar a cada uno y una bolsa con cierre hermético llena de trocitos de ambrosía, para ser usada sólo en caso de emergencia, si estábamos gravemente heridos, es comida de dioses. Nos sanaría prácticamente de cualquier herida, pero es letal para los mortales.

Un consumo excesivo nos produciría fiebre. Una sobredosis nos consumiría, literalmente. En realidad, no pienso comerlos, quiero estudiar de que están hechos, descubrir todos sus componentes. Annabeth trajo su gorra mágica de los Yankees, que al parecer había sido regalo de su madre cuando cumplió doce años.

Lleva un libro de arquitectura clásica escrito en griego antiguo, para leer cuando se aburra, cosa que me parece una estupidez, estamos en una misión, no de paseo y un largo cuchillo de bronce, oculto en la manga de la camisa. Tengo mi capa de invisibilidad, pero es más fácil hacer un hechizo y no quería perderla, por lo que la deje.

Por su parte, Grover lleva sus pies falsos y pantalones holgados para pasar por humano. Iba tocado con una gorra verde tipo rasta, porque cuando llueve el pelo rizado se le aplasta y dejaba ver la punta de los cuernecillos. Su mochila naranja está llena de pedazos de metal y manzanas para picotear. En el bolsillo lleva una flauta de junco que su padre le había hecho, aunque sólo se sabía dos canciones: el Concierto para piano n ° 12 de Mozart y So Yesterday de una cantante net magii llamada Hilary Duff, y ninguna de las dos suena bien con la flauta de Pan.

Quirón nos espera sentado en su silla de ruedas. Junto a él está un tipo con pinta de surfero. Según Grover, es el jefe de seguridad del campamento. Al parecer tiene ojos por todo el cuerpo, así que es imposible sorprenderlo. No obstante, como hoy lleva un uniforme de chófer, sólo le vi unos pocos en manos, rostro y cuello.

—Éste es Argos. los llevará a la ciudad y… bueno, les echará un ojo—me dijo Quirón. Oí pasos detrás de nosotros. Luke subía corriendo por la colina con unas zapatillas de baloncesto en la mano.

—¡Eh! Me alegro de encontrarlos aún —jadeó. Annabeth se sonrojó, como siempre que Luke está cerca.

—Sólo quería desearles buena suerte. Y pensé que… a lo mejor te sirven—me dijo, tendiéndome las zapatillas, que parecen bastante normales. Incluso olían bastante normal.

¡Maya! —dijo Luke. De los talones de los botines surgieron alas de pájaro blancas.

—¡Alucinante! —musitó Grover. Luke sonrió.

—A mí me fueron muy útiles en mi misión. Me las regaló papá. Evidentemente, estos días no las utilizo demasiado…—Entristeció la expresión. Desde que lo conocí, a pesar de lo amable que es, hay algo que no encaja y siempre he tenido buena intuición.

—Oye, Hadrien… Hay muchas esperanzas puestas en ti. Así que… mata algunos monstruos por mí, ¿vale? —Luke parece incómodo y esta sonrojado. Nos dimos la mano. Luke le dio una palmadita a Grover entre los cuernos y un abrazo de despedida a Annabeth, que parecía a punto de desmayarse.

—Estás hiperventilando.

—De eso nada—Descendió por el otro lado de la colina con largas zancadas, hacia donde una furgoneta blanca espera junto a la carretera. Argos la siguió, haciendo tintinear las llaves del coche. Recogí las zapatillas voladoras y de pronto tuve un mal presentimiento. Miré a Quirón.

—No me aconsejas usarlas, ¿verdad? —Negó con la cabeza. De igual forma nunca uso nada de otra persona.

—Luke tenía buena intención, Hadrien. Pero flotar en el aire… no es lo más sensato que puedes hacer—Meneé la cabeza, pero entonces se me ocurrió una idea. He jugado quidditch y aunque Zeus mande los cielos, cuando se trata de un área mágica, no tiene ningún control.

—Eh, Grover, ¿las quieres tú? —Se le encendió la mirada.

—¿Yo? —En poco tiempo atamos las zapatillas a sus pies falsos y el primer niño cabra volador del mundo, quedó listo para el lanzamiento.

¡Maya! —gritó. Despegó sin problemas, pero al poco se cayó de lado, desequilibrado por la mochila. Las zapatillas aladas seguían aleteando como pequeños potros salvajes.

—¡Práctica! ¡Sólo necesitas práctica! —le gritó Quirón por detrás. Grover siguió volando en zigzag colina abajo, casi a ras del suelo, como un cortador de césped poseso, en dirección a la furgoneta. Antes de seguirlo, Quirón me agarró del brazo.

—Debería haberte entrenado mejor, Hadrien. Si hubiera tenido más tiempo… Hércules, Jasón…todos recibieron más entrenamiento—dijo serio.

—No me entrenaste, pero desde pequeño, he sido instruido en las mejores artes marciales y soy un mago, no lo olvides—dije tranquilamente.

—Pero ¿dónde tengo la cabeza? No puedo dejar que te vayas sin esto—exclamó Quirón. Sacó algo del bolsillo del abrigo y me lo entregó. Es un bolígrafo desechable normal y corriente, de tinta negra y con tapa. Probablemente cuesta treinta centavos.

—No sé si ofenderme o preguntar que es—le dije viendo el bolígrafo, al menos me hubiera dado uno de oro, va más acorde a mi gusto.

—Es un regalo de tu padre. Lo he guardado durante años, sin saber que te estaba destinado. Pero ahora la profecía se ha manifestado claramente. Eres tú—Le quité la tapa, y el bolígrafo creció y se volvió más pesado en mi mano.

Al instante siguiente sostenía una espada de bronce brillante y de doble filo, con empuñadura plana de cuero tachonado en oro. Es la primera arma equilibrada que empuño, desde que llegue a este campamento, admito que es hermosa, debo decirle a Poseidon que cambie el aspecto externo del bolígrafo o si puedo hacerlo con mi magia.

Solo entonces me percate que dijo profecía, odio las profecías, mi madrina murió por una, me parecen estúpidas e insensatas. Estas solo se cumplen si las personas creen en ellas o le dan importancia, pero no dije nada.

—La espada tiene una larga y trágica historia que no hace falta que repasemos. Se llama Anaklusmos —dijo Quirón.

—Contracorriente —traduje, es griego clásico. Aunque me gusta más Anaklusmos.

—Y conozco la historia, Anaklusmos fue anteriormente propiedad de Zoe Belladona, quien la utilizaba como una horquilla para el cabello. A su vez, Zoe se la dio al héroe Hércules para ayudarle a luchar contra el dragón Ladón.

Zoe traicionó a su familia con el fin de asegurarse que Hércules tuviera éxito en su misión, y cuando Hércules la traicionó y abandonó, dio por resultado que odiara a todos los hombres en general. Zoe fue exiliada por sus hermanas y posteriormente se unió a las Cazadoras de Artemisa—comente como si nada, mi padre no me hablo mucho del mundo de los dioses, pero me contaba algunas cosas. Quirón se ve sorprendido, a veces pienso que olvida que Poseidon me visitaba.

—Úsala sólo para emergencias y contra monstruos. Ningún héroe debe hacer daño a los mortales a menos que sea absolutamente necesario, pero esta espada no los lastimará en ningún caso—Miré la afilada hoja.

—¿Qué quiere decir con que no lastimará a los mortales? ¿Cómo puede no hacerlo?

—La espada está hecha de bronce celestial. Forjado por los cíclopes, templado en el corazón del monte Etna y enfriado en las aguas del río Lete. Es letal para los monstruos y para cualquier criatura del inframundo, siempre y cuando no te maten primero, claro.

Sin embargo, a los mortales los atraviesa como una ilusión; sencillamente, no son lo bastante importantes para que la espada los mate. ¡Ah!, y he de advertirte otra cosa: como semidiós, puedes perecer tanto bajo armas celestiales como normales. Eres doblemente vulnerable—no son importante, ya capté, los magos no son los únicos que desprecian a los net magii.

—Es bueno saberlo.

—Ahora tapa el boli—Toqué la punta de la espada con la tapa del bolígrafo y Anaklusmos se encogió hasta convertirse de nuevo en bolígrafo. En definitiva, debe tener una mejor presentación.

—No puedes perderlo, aunque se te caiga siempre aparecerá en tu bolsillo, está encantado —dijo Quirón. Lancé el bolígrafo tan lejos como pude colina abajo y lo vi desaparecer entre la hierba.

—Puede que tarde unos instantes. Ahora mira en tu bolsillo —dijo Quirón. Y, en efecto, el boli está allí.

—Quirón, cuando dices que los dioses son inmortales… Me refiero a que… hubo un tiempo antes de ellos, ¿no? —pregunté.

—Hubo cuatro edades antes de ellos. La Era de los Titanes fue la Cuarta Edad, a veces llamada Edad de Oro, nombre que desde luego no le hace justicia. Esta, la era de la civilización occidental y el mandato de Zeus, es la Quinta.

—¿Y cómo era antes de los dioses? — Quirón apretó los labios.

—Ni siquiera yo soy tan viejo como para acordarme de eso, niño, pero sé que fue una época de oscuridad y barbarie para los mortales. Cronos, el señor de los titanes, llamó a su reinado la Edad de Oro porque los hombres vivían inocentes y libres de todo conocimiento. Pero eso no era más que propaganda. Al rey de los titanes poco le importaban los de tu especie, salvo como entremeses o fuente de entretenimiento barato.

Hasta los primeros tiempos del reinado de Zeus, cuando Prometeo, el titán bueno, entregó el fuego a la humanidad, tu especie no empezó a progresar, y Prometeo fue considerado un pensador radical incluso entonces. Zeus lo castigó severamente, como recordarás. Por supuesto, al final los humanos empezaron a caer simpáticos a los dioses, y así nació la civilización occidental—me pregunto si las disputas de los dioses llegaron alguna vez, afectar a los magos y desde que tiempo existimos.

Cuando llegué al pie de la colina, volví la vista atrás. Bajo el pino que había sido Thalia, hija de Zeus, Quirón se erguía en toda su altura de hombre caballo y nos despidió levantando el arco. La típica despedida de campamento.

Argo nos condujo a la parte oeste de Long Island. Me pareció raro volver a una autopista, con Annabeth y Grover sentados a mi lado como si fuéramos compañeros de coche habituales. Tras casi un mes en la colina Mestiza, pensé que cuando me fuera, seria a Inglaterra. Despues de un momento de pesado silencio, Annabeth hablo.

—Mira… es sólo que se supone que no tenemos que llevarnos bien. Nuestros padres son rivales.

—¿Por qué?

—¿Cuántas razones quieres? Una vez mi madre sorprendió a Poseidón con su novia en el templo de Athena, algo sumamente irrespetuoso. En otra ocasión, Athena y Poseidón compitieron por ser el patrón de la ciudad de Athena. Tu padre hizo brotar un estúpido manantial de agua salada como regalo. Mi madre creó el olivo. La gente vio que su regalo era mejor y llamaron a la ciudad con su nombre—Suspiró.

—Deben de gustarles mucho las olivas.

—Eh, pasa de mí.

—Si hubiera inventado la pizza… eso podría entenderlo—dije inocentemente para fastidiarla. Es la única comida rápida de los net magii que me gusta. Al menos de las que he comido.

—¡Te he dicho que pases de mí! —Argo sonrió en el asiento delantero. No dijo nada, pero me guiñó el ojo azul que tiene en la nuca. El tráfico de Queens empezó a ralentizarnos. Cuando llegamos a Manhattan, el sol se está poniendo y ha empezado a llover.

Argos nos dejó en la estación de autobuses Greyhound del Upper East Side. Descargó nuestro equipaje, se aseguró de que tenemos nuestros billetes de autobús y luego se marchó, abriendo el ojo del dorso de la mano para echarnos un último vistazo mientras salía del aparcamiento.

Por fin llegó el autobús. Cuando nos pusimos en fila para embarcar, Grover empezó a mirar alrededor, olisqueando el aire como si oliera su plato favorito de la cafetería: enchiladas.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

—No lo sé. A lo mejor no es nada—Pero se notaba que sí era algo. Empecé a mirar también por encima del hombro. Siento la presencia de alguien, no dije nada para evitar que se ponga nervioso, además de que está por cumplirse una parte de la visión de mis princesas.

Annabeth no para de sacudir con nerviosismo su gorra de los Yankees contra el muslo. Cuando subieron los últimos pasajeros, Annabeth me apretó la rodilla.

—Hadrien—Una anciana acababa de subir. Lleva un vestido de terciopelo arrugado, guantes de encaje y un gorro naranja de punto; también lleva un gran bolso estampado. Cuando levantó la cabeza, sus ojos negros emitieron un destello.

—"No es humana" —siseo Aisha que había estado inusualmente callada.

Detrás de ella vienen otras dos viejas: una con gorro verde y la otra con gorro morado. Por lo demás, tienen exactamente el mismo aspecto: las mismas manos nudosas, el mismo bolso estampado, el mismo vestido arrugado. Un trío de abuelas diabólicas.

Se sentaron en la primera fila, justo detrás del conductor. Las dos del asiento del pasillo miraron hacia atrás con un gesto disimulado, pero de mensaje muy claro: de aquí no sale nadie.

El autobús arrancó y nos encaminamos por las calles de Manhattan, relucientes a causa de la lluvia.

—Las tres ¡Di immortales! —sollozó Grover, evité rodar los ojos, acabamos de empezar esta estúpida misión y ya está llorando.

—No pasa nada. Las Furias. Los tres peores monstruos del inframundo. Ningún problema. Escaparemos por las ventanillas. —dijo Annabeth, esforzándose por mantener la calma, entrecerré los ojos, el tío Hades no está poniéndomelo fácil.

—No se abren —musitó Grover.

Llegamos al túnel Lincoln, y el autobús se quedó a oscuras salvo por las bombillitas del pasillo. Sin el repiqueteo de la lluvia contra el techo, el silencio es espeluznante. Una de las señoras se levantó. Como si lo hubiera ensayado.

—Tengo que ir al aseo.

—Y yo —añadió la segunda furia.

—Y yo —repitió la tercera. Y las tres echaron a andar por el pasillo.

—Hadrien, ponte mi gorra —me urgió Annabeth.

—No es necesario—antes de que dijera algo, saque mi varita y me lance un hechizo de invisibilidad. Justo en ese momento regresaron, saque la espada, gracias a Merlín el hechizo cubre todo lo que llevo, me acerque a una de ellas y le corte la cabeza, las otras dos gritaron

Las ancianas ya no eran ancianas. Sus rostros seguían siendo los mismos, supongo que no pueden volverse más feas, pero a partir del cuello habían encogido hasta transformarse en cuerpos de arpía marrones y coriáceos, con alas de murciélago, manos y pies como garras de gárgola. Los bolsos se habían convertido en fieros látigos. Las Furias rodeaban a Grover y Annabeth, esgrimiendo sus látigos.

—¿Dónde está? ¿Dónde? —silbaban entre dientes. Los demás pasajeros gritaban y se escondían bajo sus asientos. Bueno, por lo menos veían algo. A pesar de la dichosa niebla de la que tanto hablan.

—¡No está aquí! ¡Se ha ido! —gritó Annabeth. Las Furias levantaron los látigos. Annabeth sacó el cuchillo de bronce. Grover agarró una lata de su mochila y se dispuso a lanzarla. Pero antes de que hicieran algo, le atravesé el corazón a otra, quedando solo una furia.

—Hadrien Black, has ofendido al dios del inframundo. Vas a morir—dijo la furia con tono de ultratumba.

—¡Oh pobre del tío Hades, herí sus sentimientos! —exclamé con burla. Gruñó. Annabeth y Grover se movían con cautela, buscando una salida.

—Sométete ahora y no sufrirás tormento eterno —silbó entre dientes. El conductor detuvo el autobús, debido al escándalo.

—Buen intento —contesté. Y antes de que reaccionara, me apareci frente a ella, cortándole la cabeza, sin darle tiempo de reaccionar.

Un trueno sacudió el autobús. Se me erizó el vello de la nuca.

—¡Salgan! ¡Ahora! —ordene serio. Salimos corriendo fuera y encontramos a los demás pasajeros vagando sin rumbo, aturdidos, discutiendo con el conductor o dando vueltas en círculos y gritando impotentes.

—¡Vamos a morir! —Un turista con una camisa hawaiana, le saco una foto a Annabeth antes de que pudiera guardar su cuchillo. Aún sigo invisible, por lo que nadie me ve y no soy idiota, para mostrarme en este momento.

—¡Nuestras bolsas! Hemos dejado núes…—dijo Grover, han dejado, la mia esta encogida. Una fuerte explosión se escuchó. Las ventanas del autobús explotaron y los pasajeros corrieron despavoridos. El rayo dejó un gran agujero en el techo. Nos internamos en el bosque, ya que nuestro transporte fue destruido.

Tras tropezar, maldecir y sentirme un desgraciado en general, durante aproximadamente un kilómetro más, empecé a ver luz delante: los colores de un cartel de neón. Sentí un olor algo desagradable, como esas frituras que venden en los restaurantes rápidos net magii. Nunca fui fans de esa comida.

Seguimos andando hasta que vi una carretera de dos carriles entre los árboles. Al otro lado había una gasolinera cerrada, una vieja valla publicitaria que anuncia una peli de los noventa, y un local abierto, que es la fuente de la luz de neón y el aroma.

No es el restaurante de comida rápida que había esperado, sino una de esas raras tiendas de carretera donde venden flamencos decorativos para el jardín, indios de madera, ositos de cemento y cosas así. El edificio principal, largo y bajo, estaba rodeado de hileras e hileras de pequeñas estatuas.

—Emporio de gnomos de jardín de la tía Eme—A cada lado de la entrada, como se anunciaba, había dos gnomos de jardín, unos feos y pequeñajos barbudos de cemento que sonreían y saludaban, como si estuvieran posando para una foto. Saque mi celular, con la esperanza de que hubiera señal, lo he intentado desde que dejamos ese estúpido autobús, juro que, si no llegamos a nuestro destino pronto, matare a alguien.

—Dentro las luces están encendidas. A lo mejor está abierto —dijo Annabeth.

—¿Un bar? —pregunte viendo la fachada del lugar.

—Sí, un bar —coincidió ella.

—¿Se han vuelto locos? Este sitio es rarísimo—dijo Grover, en eso tiene razón, ¿porque un lugar donde hacen estatua huele a comida rápida?

El aparcamiento de delante era un bosque de estatuas: animales de cemento, niños de cemento, hasta un sátiro de cemento tocando la flauta.

—¡Beee-eee! ¡Se parece a mi tío Ferdinand! —baló Grover. Nos detuvimos ante la puerta.

—No llamen. Huelo monstruos—dijo Grover, lo mire serio y observe cauteloso la puerta.

—Tienes la nariz entumecida por las Furias. Yo sólo huelo hamburguesas. ¿No tienes hambre? —le dijo Annabeth.

—¡Carne! ¡Yo soy vegetariano! —exclamó con desdén.

—Comes enchiladas de queso y latas de aluminio —le recordé.

—Eso son verduras. Venga, vámonos. Estas estatuas me están mirando—Entonces la puerta se abrió con un chirrido y ante nosotros apareció una mujer árabe; por lo menos eso supuse, porque lleva una túnica larga y negra que le tapa todo menos las manos. Los ojos le brillan tras un velo de gasa negra, pero eso es cuanto podía discernirse. Sus manos color café parecen ancianas, pero son elegantes y están cuidadas, así que supuse que es una anciana que en el pasado había sido una bella dama. Su acento suena ligeramente a Oriente Medio.

—Niños, es muy tarde para estar solos fuera ¿Dónde están sus padres? —dijo.

—Están… esto… —empezó Annabeth.

—Somos huérfanos—dijo Grover.

—¿Huérfanos? ¡Pero eso no puede ser! —repitió la mujer.

—Nos separamos de la caravana. Nuestra caravana del circo. El director de pista nos dijo que nos encontraríamos en la gasolinera si nos perdíamos, pero puede que se haya olvidado, o a lo mejor se refería a otra gasolinera. En cualquier caso, nos hemos perdido. ¿Eso que huelo es comida? —siguió la historia Grover.

—Oh, queridos niños. Tienen que entrar, pobrecillos. Soy la tía Eme. Pasen directamente al fondo del almacén, por favor. Hay una zona de comida. —respondió la mujer. Le dimos las gracias y entramos.

—¿La caravana del circo? —susurre a Annabeth.

—¿No hay que tener siempre una estrategia pensada? —pregunto avergonzada de no haber pensado en nada, de igual forma tampoco pensé en una mejor excusa. No me moleste en recalcar, que esa excusa fue la más estúpida que hubiera escuchado. Y que hizo que mis sentidos se pusieran alertas, nadie creería semejante basura.

El almacén está lleno de más estatuas: personas en todas las posturas posibles, luciendo todo tipo de indumentaria y distintas expresiones. Pensé que se necesitaría un buen trozo de jardín para poner aquellas estatuas, pues eran todas de tamaño natural.

Reparé en los sollozos nerviosos de Grover, o en el modo en que los ojos de las estatuas parecen seguirme, o en el hecho de que la tía Eme hubiese cerrado la puerta con llave detrás de nosotros.

—Por favor, siéntense—dijo la tía Eme.

—Alucinante —comento Annabeth.

—Hum… No tenemos dinero, señora—musitó Grover.

—No, niños. No hace falta dinero. Es un caso especial, ¿verdad? Es mi regalo para unos huérfanos tan agradables.

—Gracias, señora —contestó Annabeth. Me pareció que la tía Eme se ponía tensa, como si Annabeth hubiera hecho algo mal, pero enseguida pareció relajada de nuevo, entrecerré los ojos y pensé en las historias que Poseidon conto, alguno debe de encaja con esta mujer.

—De nada, Annabeth. Tienes unos preciosos ojos grises, niña—respondió, nunca le dijimos nuestros nombres. La miré con frialdad y pensé una forma de advertirle a los chicos.

—¿Qué es ese ruido sibilante? —preguntó Grover. "Son semidioses, queremos verlos"

—¿Sibilante? Puede que sea el aceite de la freidora. Tienes buen oído, Grover—dijo la tía Eme.

—Tomo vitaminas… para el oído—que idiota.

—¿Vive sola? —pregunte mirando con desagrado la comida que trajo.

—Oh, desde luego. Antes tenía dos hermanas que me ayudaban en el negocio, pero me abandonaron, y ahora la tía Eme está sola. Sólo tengo mis estatuas. Por eso las hago. Me hacen compañía—La tristeza de su voz parecía tan profunda y real, que casi me lo creí.

—¿Dos hermanas? — pregunto Annabeth, había dejado de comer. Preferí no tocar nada, la hamburguesa no es de mi gusto, es demasiado repugnante.

—Es una historia terrible. Desde luego, no es para niños. Verás, Annabeth, hace mucho tiempo, cuando era joven, una mala mujer tuvo celos de mí. Yo tenía un novio, ya saben, y esa mala mujer estaba decidida a separarnos. Provocó un terrible accidente. Mis hermanas se quedaron conmigo. Compartieron mi mala suerte tanto tiempo como pudieron, pero al final nos dejaron. Sólo yo he sobrevivido, pero a qué precio, niños. A qué precio—suspiro.

—Por los dioses ¿Qué haces? —grito Annabeth horrorizada. Al ver como la mande a volar.

—Salvándonos, para ser hija de Athena, me sorprende que no sepas quien es, Medusa te suena familiar—sin dejarla contestar, saqué mi espada y me escondí, al igual que Grover y Annabeth, quien se puso su gorra.

—No quieres quedarte conmigo Hadrien, eres tan hermoso, aun mas que tu padre, muéstrame esos ojos tan cautivantes y únicos—susurro buscándome.

Mientras que Grover se puso a distraerla, me apareci detrás de ella y le rebane la cabeza, la cual cayo a mis pies, procure no ver, sería estúpido de mi parte hacerlo. Siempre he pensado que, si hay que matar, es mejor cortar la cabeza.

Annabeth se materializó a mi lado con la mirada vuelta hacia el cielo. Sostenía el velo negro de Medusa.

—No te muevas —dijo. Con mucho cuidado, sin mirar abajo ni un instante, se arrodilló, envolvió la cabeza en el paño negro y la recogió. Aún chorrea un líquido verdoso.

—¿Estás bien? —me preguntó con voz temblorosa.

—Sí ¿Por qué no desapareció? —pregunte con frialdad.

—En cuanto la cercenas se convierte en trofeo de guerra, como tu cuerno de minotauro. Pero no la desenvuelvas. Aún puede petrificar —me explicó. Grover se quejó mientras bajaba de la estatua del oso. Tenía un buen moratón en la frente. La gorra rasta verde le colgaba de uno de sus cuernecitos de cabra y los pies falsos se le habían salido de las pezuñas. Las zapatillas mágicas volaban sin rumbo alrededor de su cabeza.

—Pareces el Barón Rojo. Buen trabajo—dije. Sonrió tímidamente. Mire Annabeth que se ve avergonzada y tome la cabeza de sus manos, estoy harto de todos los dioses, quienes se creen para complicar mi viaje.

En el fondo del almacén encontré el despacho de Medusa. Sus libros de contabilidad mostraban sus últimos encargos, todos envíos al inframundo para decorar el jardín de Hades y Perséfone. Según una factura, la dirección del inframundo era Estudios de Grabación El Otro Barrio, West Hollywood, California. Doblé la factura y la metí en el bolsillo.

En la caja registradora encontré veinte dólares, unas cuantas dracmas de oro y unos embalajes de envío rápido del Hermes Nocturno Express. Busqué por el resto del despacho hasta que encontré una caja adecuada.

Regresé a la mesa de picnic, metí dentro la cabeza de Medusa y rellené el formulario de envío.

Los Dioses

Monte Olimpo

Planta 600

Edificio Empire State

Nueva York, NY

Una muestra de la gran sabiduría de Athena, saludos Hadrien Black.

—Eso no va a gustarles. Te considerarán un impertinente. —me avisó Grover. Metí unas cuantas dracmas de oro en la bolsita. En cuanto la cerré, se oyó un sonido de caja registradora. El paquete flotó por encima de la mesa y desapareció con un suave «pop».

—Es que soy un impertinente —respondí. Miré a Annabeth, por si se atrevía a criticarme. Pero solo se puso roja, no sé si de furia o vergüenza. Solo alguien estúpido transforma a una mujer en Gorgona, no pudo pensar en algo menos letal, para ser la diosa de la sabiduría deja mucho que desear. Por su culpa muchos net magii murieron.

—Hay que irnos, deberíamos acampar en el bosque, antes de seguir nuestro camino—dijo Annabeth seria.

—No pienso acampar en el bosque—antes de que replicara, saque mi celular y llame servicio de taxi, gracias a Merlín, ya tengo señal. Pedí que mandaran uno. Mi celular no puede rastrearse, ya que está adaptado. Por lo que, aunque los chicos no quieran, lo usare.

—Hadrien, no tenemos dinero—dijo Grover preocupado.

—Yo pago—no hablamos en todo ese tiempo, media hora despues, un taxi se detuvo, al subir le pedí que nos llevara a la estación de trenes Amtrak. Compraremos billetes para ir a los Ángeles.

Pasamos dos días viajando en el tren Amtrak, a través de colinas, ríos y mares de trigo ámbar. No nos atacaron ni una vez, pero tampoco me relajé. Quien sabe que se les ocurra ahora a los estúpido dioses. Por la ventana mire a una familia de centauros y luego a un Nemea.

Lo peor son los sueños, sé que estoy en el inframundo, pero no es con Hades que hablo y ese abismo, algo oscuro está dentro, reforcé mi Oclumancia, no pienso dejar que nada ni nadie juegue con mi mente.

Entramos en la estación Amtrak del centro de la ciudad. La megafonía nos indicó que había tres horas de espera antes de partir hacia Denver. Grover se estiró. Antes de despertarse por completo.

—Comida.

—Venga, chico cabra. Vamos a hacer turismo cultural—dijo Annabeth.

—¿Turismo?

—El Gateway Arch. Puede que sea mi única oportunidad de subir. ¿Vienen o no? —quería decir que no, pero supuse que me aburriría a muerte, no quiero estar sentado tres horas, de igual forma nunca he venido a esta parte de estados unidos.

—Si hay un bar sin monstruos, vale—dijo Grover levantándose. Los seguí mirando con curiosidad todo. Muchas personas volteaban a verme y me sacaban fotos.

—Atraes mucho la atención—susurro Annabeth mirando al grupo de chicas que reían y me señalaban.

—Los net magii siempre me sacan fotos, estoy acostumbrado—cada vez que paseamos por el mundo net magii, para lo mismo.

—¿Qué es net magii? —pregunto Grover confundido.

—Personas o cosas no mágicas—dije tranquilamente.

El arco está a un kilómetro y medio de la estación. A última hora, las colas para entrar no eran tan largas. Nos abrimos paso por el museo subterráneo, vimos vagones cubiertos y otras antiguallas del mil ochocientos. No era muy emocionante, pero Annabeth no dejó de contarnos cosas interesantes de cómo se había construido el arco, y Grover no dejó de pasarme gominolas, así que tampoco me aburrí. No obstante, no dejé de mirar alrededor, a las demás personas de la fila.

—¿Hueles algo? —le susurré a Grover. Sacó la nariz de la bolsa de gominolas lo suficiente para inspirar.

—Estamos bajo tierra. El aire bajo tierra siempre huele a monstruos —dijo con cara de asco. Me llego un mensaje de las gemelas, hice una mueca, al parecer tendremos acción.

—Chicos ¿saben los símbolos de poder de los dioses? —les pregunte, Annabeth estaba intentando leer la historia del arco, pero levantó la vista.

—¿Sí? —pregunto Annabeth confundida.

—Tío Hades no tiene un casco o gorro como el tuyo—pregunte aburrido y queriendo conocer cuál es el arma del último de los tres grandes.

—¿El yelmo de oscuridad? Sí, ése es su símbolo de poder. Lo vi junto a su asiento durante el concilio del solsticio de invierno —dijo ella.

—¿Estaba allí? —pregunté. Asintió.

—Es el único momento en que se le permite visitar el Olimpo: el día más oscuro del año. Pero si lo que he oído es cierto, su casco es mucho más poderoso que mi gorra de invisibilidad.

—Le permite convertirse en oscuridad. Puede fundirse con las sombras o atravesar paredes. No se le puede tocar, ver u oír. Y es capaz de irradiar un miedo tan intenso que puede volverte loco o paralizarte el corazón. ¿Por qué crees que todas las criaturas racionales temen la oscuridad? —confirmó Grover, increíble, es mejor que el rayo de Zeus.

Justo en ese momento, se detuvo el ascensor que va llevarnos, es realmente pequeño, odio esto, nunca me gusto viajar en estos aparatos.

Nos apretujaron en una de las cabinas, junto a una señora gorda y su perro, un chihuahua con collar de estrás. Supuse que debía de ser un chihuahua lazarillo, porque ningún guardia le dijo nada a la señora.

Empezamos a subir por el interior del arco. Nunca había estado en un ascensor curvo, y a mi estómago no le entusiasmó la experiencia.

—¿No tienen padres? —preguntó la gorda. Tiene ojos negros y brillantes; dientes puntiagudos y manchados, lleva un sombrero tejano de ala flácida, y un vestido que parece de otra persona.

—Se han quedado abajo. Les asustan las alturas—respondió Annabeth.

—Oh, pobrecillos—El chihuahua gruñó.

—Venga, hijito, ahora compórtate.

—El perro tenía los mismos ojos brillantes de su dueña, inteligentes y malvados.

—¿Se llama hijito? —pregunté.

—No —contestó la señora y sonrió, como si eso lo aclarara todo. Encima del arco, la plataforma de observación me recordó a una lata de refresco enmoquetada. Filas de pequeñas ventanitas daban a la ciudad por un lado y al río por el otro. La vista no estaba mal, pero no es impresionante.

Annabeth no dejó de hablar de los soportes estructurales, y de que ella habría hecho más grandes las ventanas y el suelo transparente. Probablemente habría podido quedarse horas allí arriba, pero, por suerte para mí, el guarda anunció que la plataforma de observación cerraría en pocos minutos.

Conduje a Grover y Annabeth hacia la salida, los hice subir a una cabina del ascensor y, cuando estaba a punto de entrar, reparé en que ya había dos turistas dentro. No queda espacio para mí.

—Siguiente coche, joven—dijo el guarda. Grandioso, no quería subir y ahora tengo que esperar para bajar.

—¿Bajamos y esperamos contigo? —dijo Annabeth. Pero eso iba a ser un lío y tardaríamos aún más tiempo. Además, estorbarían.

—No, no pasa nada. Nos vemos abajo, chicos—Grover y Annabeth parecían algo nerviosos, pero dejaron que la puerta se cerrara. Su cabina desapareció por la rampa.

En la plataforma sólo quedábamos yo, un crío con sus padres, el guarda y la gorda del chihuahua. Le sonreí incómodo y ella me devolvió la sonrisa y se pasó la lengua bífida por los dientes. Un momento. ¿Lengua bífida?

Antes de que pudiese decidir que efectivamente había visto eso, el chihuahua saltó hacia mí y empezó a ladrarme. Así que ellos son los que me atacaran en este lugar. Mis hermanas fueron muy elocuentes.

—Bueno, bueno, hijito ¿Te parece éste un buen momento? Tenemos delante a esta gente tan amable—dijo la señora.

—¡Perrito! ¡Mira, un perrito! —dijo el niño pequeño. Sus padres lo apartaron. El chihuahua me enseñó los dientes y de su hocico negro empezó a salir espuma.

—Bueno, hijo. Si insistes—susurró la gorda, grandioso, ahora que dios decidió divertirse a mi costa.

—¿Acaba de llamar hijo a este chihuahua? —pregunte con desprecio y sacando mi varita, es prohibido realizar magia delante de net magii, pero no tengo opción, no pienso morir y menos por seres tan desagradables.

—Quimera, querido. No es un chihuahua. Es fácil confundirlos—me corrigió la gorda. Se remangó las mangas vaqueras y reveló una piel azulada y escamosa. Cuando sonrió, sus dientes eran colmillos. Las pupilas de sus ojos eran rajitas como de reptil.

El chihuahua ladró más alto, y con cada ladrido crecía. Primero hasta adoptar el tamaño de un doberman, después hasta el de un león. Entonces el ladrido se convirtió en rugido. El niño pequeño gritó. Sus padres lo arrastraron hacia la salida, detrás del guarda, que se quedó atónito, mirando al monstruo con la boca abierta.

El Quimera es ahora tan alto que tiene la peluda espalda pegada al techo. La melena de la cabeza de león está cubierta de sangre seca, de un costado tiene la cabeza de una cabra gigante, y por cola tenía una serpiente, tres metros de cascabel. El collar de estrás aún le cuelga del cuello, y la medalla para perros del tamaño de una matrícula es fácilmente legible: «Quimera: tiene la rabia, escupe fuego, es venenoso. Si lo encuentran, por favor, llamen al tártaro, extensión 954.»

—Siéntete honrado, Hadrien Black. El señor Zeus rara vez me permite probar un héroe con uno de los de mi estirpe. ¡Pues yo soy la madre de los monstruos, la terrible Equidna! —juro que hare que tío Zeus, me recompense por esto.

—¿Eso no es una especie de oso hormiguero? —pregunte con burla. Aulló y su rostro ofidio se volvió marrón verdoso de la rabia.

—¡Detesto que la gente diga eso! ¡Odio Australia! Mira que llamar a ese ridículo animal como yo. Por eso, Hadrien Black, ¡mi hijo va a destruirte! —grito furioso. Quimera cargó, sus dientes de león rechinando. Conseguí saltar a un lado y evitar el mordisco. Acabé junto a la familia y el guarda, todos gritando e intentando abrir las puertas de emergencia.

—Me gustaría hacerle una pregunta ¿Puedo? —pregunte bloqueando los ataques de la quimera.

—¿Qué? —espeto sorprendida.

—¿Es único o hay más? —pregunte señalando a semejante criatura.

—Tengo más, León de Nemea, Hydras, Cerbero—Quimera se volvió con insólita rapidez, abrió su pestilente boca y me lanzó directamente un chorro de fuego. Con un movimiento de mano, lo extinguí.

—Son como el minotauro, ¿Solo hay uno o son varios? —pregunte casualmente mientras peleo con su quimera.

—Varios ¿Por qué? —la cautela y temor se fueron mostrando en su rostro.

—Hay alguna posibilidad, ¿Que puedas darme uno de cada uno? —pregunte con una sonrisa y mirada angelical. La duda está en su mirada, por lo general con toda mi familia funciona, pero ella no es familia sino enemigo.

—Solo dos, el nemea y un Hydra, pero déjanos ir—es un trato justo, supongo que ver la quimera inconsciente, ayudo. Abrió su bolso y saco un cachorro de león y un huevo. Despues de eso, se acercó a la quimera, que volvió a ser chihuahua y espero el ascensor como si nada.

Voltee donde los net magii, siguen viéndonos con terror. Lo siento por ellos, aunque la dichosa niebla de los dioses haga algo, no me arriesgare. Primero arregle el lugar.

Reparo Totalus—todas las rocas, empezaron a colocarse de nuevo en su lugar.

Obliviate—todos pusieron los ojos en blanco y parpadearon confusos, caminaron hacia al ascensor, tome al cachorro nemea, que transforme en un hermoso perrito, un Pomeranian y el huevo lo hice parecer su juguete de peluche. Al bajar la anciana se perdió entre la gente, algo en mi interior hizo que fuera junto al rio.

Entonces, a través de la oscuridad líquida, la vi: una mujer del color del agua, un fantasma en la corriente. Tenía el pelo largo y ondulado; los ojos, apenas visibles, verdes.

«Soy una mensajera. Ve a la playa de Santa Mónica.»

—¿Qué?

«Es la voluntad de tu padre. Antes de descender al inframundo tienes que ir a Santa Mónica. Venga, Hadrien, no puedo quedarme mucho tiempo. El río está demasiado sucio para mi presencia.»

—¿Quién…? —acaso mi padre piensa que soy su títere, yendo de un lado a otro.

«No puedo quedarme, valiente ¡Ve a Santa Mónica! Y no confíes en los regalos de…»—dijo ella. Estiró una mano y fue como si la corriente me acariciara la cara. Su voz se desvaneció.

—¿Regalos? ¿Qué regalos? ¡Espera! —maldición, se fue, el único regalo que recibí fueron las zapatillas de Luke, sabía que no debía de confiar en él. No pueden ser los bebes que tengo en los brazos, porque no son un regalo, diría más bien soborno.

—¡Hadrien! —Al volverme, el abrazo de oso, más bien de cabra, de Grover me atrapó en el sitio.

—¿Un perro? —pregunto curioso.

—Hermoso—fue lo único que dije.

—¡Creíamos que habías llegado al Hades de la manera mala! —Annabeth está de pie tras él tratando de parecer enfadada, pero también ella sentía alivio por verme. Les conté la historia de Quimera, Equidna y el mensaje de la dama subacuática.

—¡Uau! ¡Tenemos que llevarte a Santa Mónica! No puedes ignorar una llamada de tu padre—exclamó Grover.

Conseguimos regresar a la estación del Amtrak sin que ser atacados, ellos no están contentos con mis nuevos compañeros, pero no me importa, son míos, por muy monstruos que los llamen. Subimos al tren justo antes de que saliera para Denver. El tren traqueteó hacia el oeste mientras caía la oscuridad.

—Quiero hablar con Quirón, pero no por teléfono es peligroso—dijo Annabeth preocupada. En la tarde, llegamos a Denver, nos duchamos en un hotel cuando nos detuvimos, aunque los otros renegaron, no pienso andar sucio, me puse un pantalón negro, una camisa verde esmeralda y una chaqueta de cuero negra, el reloj y pulsera, además de los anillos. Pague por la habitación y nos fuimos.

Annabeth se bañó, se puso ropa de feria, ya que perdieron sus pertenencias en el autobús, al igual que Grover. Y cuando les propuse ir a una tienda a comprar, dijeron que no tenemos tiempo.

Caminamos sin rumbo por el centro durante una media hora, aunque no estoy seguro de lo que Annabeth está buscando. El aire está seco y caluroso, es raro tras la humedad de San Luis.

Donde quiera que miramos, nos rodean las montañas Rocosas, como si fueran un tsunami gigantesco a punto de estrellarse contra la ciudad. Al final encontramos un lavacoches con mangueras vacío. Nos metimos en la cabina más alejada de la calle. Éramos tres adolescentes rondando en un lavacoches sin coche; cualquier policía notoria algo raro en eso.

—¿Qué estamos haciendo exactamente? —pregunté mientras Grover agarraba una manguera.

—Son setenta y cinco centavos. A mí sólo me quedan dos cuartos de dólar. ¿Annabeth? —murmuró.

—A mí no me mires —contestó.

—¿Cuánto necesitan? —tengo diez dracma y quinientos dólares.

—Fenomenal. Podríamos hacerlo con un espray, claro, pero la conexión no es tan buena, y me canso de apretar—dijo Grover.

—¿De qué estás hablando? —Metió las monedas y puso el selector en la posición «LLUVIA FINA».

—Mensajería I.

—¿Mensajería instantánea? —pregunte mirando todo lo que tienen que hacer.

—Mensajería Iris. La diosa del arco iris, Iris, transporta los mensajes para los dioses. Si sabes cómo pedírselo y no está muy ocupada, también lo hace para los mestizos. —corrigió Annabeth.

—¿Invocas a la diosa con una manguera? —eso es humillante, aunque no tanto como bajar por inodoro para ir al ministerio, mis padres dijeron que así lo hacen en Inglaterra, como si fueran porquería. Grover apuntó el pitorro al aire y el agua salió en una fina lluvia blanca.

—A menos que conozcas una manera más fácil de hacer un arco iris—si me hubieran dicho antes, la hubiera hecho, soy un mago elemental, pero me abstuve a comentárselo, la luz de la tarde se filtró entre el agua y se descompuso en colores. Annabeth me tendió una palma.

—El dracma, por favor—Se lo di. Levantó la moneda por encima de su cabeza.

—Oh, diosa, acepta nuestra ofrenda—Lanzó la dracma dentro del arco iris, que desapareció con un destello dorado.

—Colina Mestiza —pidió Annabeth. Por un instante, no ocurrió nada.

Después tuve ante mí la niebla sobre los campos de fresas, y el canal de Long Island Sound en la distancia. Es como si estuviéramos en el porche de la Casa Grande. De pie, dándonos la espalda, había un tipo de pelo rubio apoyado en la barandilla, vestido con pantalones cortos y camiseta naranja. Tiene una espada de bronce en la mano y parece estar mirando fijamente algo en el prado.

No fue Quirón quien contesto sino Luke, antes de que pudiera detenerla, Annabeth le conto todo lo que ha ocurrido. Nos comentó que Quirón tuvo que detener una pelea debido a que las cabañas están formando bandos, unas están de parte de Poseidon y otras de Zeus, es una estupidez.

Además de mencionar cierta teoría, donde el ladrón es Hades, está haciendo lo posible porque creamos eso, es sospechoso.

Unos minutos más tarde estamos sentados en el reservado de un comedor de cromo brillante, rodeados por un montón de familias que zampaban hamburguesas y bebían refrescos. Espero que tengan algo más que hamburguesas. Mire el menú y suspire agradecido al ver que hacen comida de verdad. Al final vino la camarera. Arqueó una ceja con aire escéptico.

—¿Y bien? —es una chica de unos veinte años, cabello negro y ojos del mismo color. Masca chicle de forma desagradable.

—Bueno, queremos pedir la cena —dije serio y viendo el menú.

—¿Tienen dinero para pagar, niños? —la mire con desprecio. Siento las miradas disimuladas de todas las personas en el restaurante, en verdad es molesto.

—Acaso cree que venimos por caridad—me miro completamente y se ruborizo.

—Tu no hermoso, pero tus amigos si—El labio inferior de Grover tembló. Me preocupa que empiece a balar, o peor aún, a comerse el linóleo. Annabeth parece a punto de morir de hambre.

—Yo pago—dije sacando un billete de cien dólares y poniéndolo en la mesa. Ella solo se quedó pasmada viendo el billete, iba hablar, cuando el rugido de una motocicleta del tamaño de un elefante pequeño sacudió el edificio. Acaba de parar junto al bordillo.

Todas las conversaciones se interrumpieron. El faro de la motocicleta es rojo. El depósito de gasolina tiene llamas pintadas y a los lados lleva fundas para escopetas… con escopetas incluidas. El asiento es de cuero, pero un cuero que parece… piel humana. Increíble.

El tipo de la motocicleta. Va vestido con una camiseta de tirantes roja, téjanos negros y un guardapolvo de cuero negro, y lleva un cuchillo de caza sujeto al muslo. Tras sus gafas rojas tiene la cara cruel, guapo supongo, pero aspecto implacable, pelo corto y negro brillante y las mejillas surcadas de cicatrices.

Al entrar en el restaurante produjo una corriente de aire cálido y seco. Los comensales se levantaron como hipnotizados, pero el motorista hizo un gesto con la mano y todos volvieron a sentarse. Regresaron a sus conversaciones. La camarera parpadeó, como si alguien acabara de apretarle el botón de rebobinado.

—¿Tienen dinero para pagar, niños? —volvió a preguntarnos.

—Ponlo en mi cuenta —respondió el motorista. Se metió en el reservado, que era demasiado pequeño para él, y acorraló a Annabeth contra la ventana. Levantó la vista hacia la camarera, la miró a los ojos.

—¿Aún sigues aquí? —La muchacha se puso rígida, se volvió como un autómata y regresó a la cocina. El motorista se quedó mirándome. No le veo los ojos tras las gafas rojas, pero empezaron a hervirme malos sentimientos, al instante supe quién es, reforcé mi barrera, eliminando las malas emociones. Me dedicó una sonrisa pérfida.

—Así que tú eres el crío del viejo Alga, ¿eh? —pregunto con una sonrisa.

—Y tú eres el idiota que acaba de interrumpir mi cena. Tu caridad no es necesaria, podemos pagar nuestra propia comida—sisee con frialdad. Annabeth me advirtió con la mirada e iba decir algo.

—No pasa nada. No está mal una pizca de carácter. Siempre y cuando te acuerdes de quién es el jefe. ¿Sabes quién soy, primito? —pregunto sonriendo.

—Ares el dios de la guerra y obviamente no eres jefe de nadie aquí—Ares sonrió y se quitó las gafas. Donde tendrían que estar los ojos, había sólo fuego, cuencas vacías en las que refulgían explosiones nucleares en miniatura.

—Has acertado, primo. He oído que le has dado una paliza Clarisse

—Lo estaba pidiendo a gritos.

—Probablemente. No intervengo en las batallas de mis críos, ¿sabes? He venido para… He oído que estabas en la ciudad y tengo una proposición que hacerte—La camarera regresó con bandejas repletas de comida: hamburguesas con queso, patatas fritas, aros de cebolla y batidos de chocolate. Ares le entregó unas dracmas. Ella miró con nerviosismo las monedas.

—Pero éstos no son…—empezó a decir asustada. Ares sacó su enorme cuchillo y empezó a limpiarse las uñas.

—Oye, me harías le favor de traerme puré de papa, bistec y un jugo—dije entregándole el billete de cien, ella suspiro aliviada y completamente ruborizada.

—¿Por qué debería de hacerte un favor? —mire con asco la comida y se la pase a Annabeth y Grover, quienes con nerviosismo empezaron a comer.

—Delicado el niño, prefieres comida más refinada—se burló, ignore su burla y espere que hablara.

—Algo que un dios no tiene tiempo de hacer. No es demasiado. Me dejé el escudo en un parque acuático abandonado aquí en la ciudad. Tenía cita con mi novia, pero nos interrumpieron. En la confusión dejé el escudo. Así que quiero que vayas por él—enarque una ceja y me cruce de brazos, justo en ese momento llego la camarera, quien coloco la comida y se fue.

—También podrías preguntarme por qué no te convierto en una ardilla y te atropello con la Harley. La respuesta sería la misma: porque de momento no me apetece. Un dios te está dando la oportunidad de demostrar qué sabes hacer, Hadrien Black ¿Vas a quedar como un cobarde? O a lo mejor es que sólo peleas bajo el agua, para que papito te proteja—Se inclinó hacia mí. Hice lo mismo que él, mis ojos se volvieron rojos como fuego, algo que puedo hacer, por ser un mago elemental.

—No estamos interesados. Ya tenemos una misión y quien sabe, puede que tu termines transformado en ardilla o algo peor —repuse. Los fieros ojos de Ares me hicieron ver cosas: sangre, humo y cadáveres en la batalla. No estoy impresionado, es como las películas que suelo ver con tía Bella.

—Lo sé todo sobre tu misión, primito. Cuando ese objeto mortífero fue robado, Zeus envió a los mejores a buscarlo: Apolo, Athena, Artemisa y yo, naturalmente. Ahora bien, si yo no percibí nada de un arma tan poderosa… —se relamió, como si el pensamiento del rayo maestro le diera hambre.

—Pues entonces tú no tienes ninguna posibilidad. Aun así, estoy intentando concederte el beneficio de la duda. Pero tu padre y yo nos conocemos desde hace tiempo. Después de todo, yo soy el que le transmitió las sospechas acerca del viejo Aliento de Muerto—lo mire con sospecha, en verdad me cree tan idiota, mi objetivo ni siquiera es el estúpido rayo, pero si lo encuentro mejor.

—¿Tú le dijiste que Hades robó el rayo? —es obvio que hay todo un enredo y Poseidon está envuelto en todo esto, sé que esta impresionado y cauteloso, lo noto.

—Claro. Culpar a alguien de algo para empezar una guerra es el truco más viejo del mundo. En cierto sentido, tienes que agradecerme tu patética misión.

—Gracias, como vivo por complacer a los dioses, no sabes cómo me emociona —dije sarcásticamente.

—Eh, ya ves que soy generoso. Tú hazme ese trabajito, y yo te ayudaré en el tuyo. Les prepararé el resto del viaje—en verdad piensa que lo ayudare por tan poco.

—No, prefiero que jures que me concederás cualquier cosa que te pida—su mirada volvió a encenderse, pero si quiere mi ayuda, serán bajo mis reglas.

—Bien lo juro. El parque acuático está a un kilómetro y medio al oeste, en Delancy. No puedes perderte. Busca la atracción del Túnel del Amor.

—¿Qué interrumpió tu cita? ¿Te asustó algo? —le pregunté con burla.

Ares me enseñó los dientes, pero ya había visto esa mirada amenazante en Clarisse. Había algo falso en ella, casi como si traicionara cierto nerviosismo.

—Tienes suerte de haberme encontrado a mí y no a algún otro Olímpico. Con los maleducados, no son tan comprensivos como yo. Volveremos a vernos aquí cuando termines. No me defraudes—sonreí, los dioses son tan estúpidos, haciendo juramento como si nada, apuesto que no sintieron la magia atándolos a dicha promesa. Solo los magos pueden sentirla, porque esta se ancla en su núcleo.

—No me gusta. Ares ha venido a buscarte, Hadrien. No me gusta nada de nada. —dijo Grover. Miré por la ventana. La motocicleta había desaparecido. Quien diría que tendría algo de diversión, pero sigo sintiendo molestia al ser usado. Acaricie a Aisha quien esta alerta, considere transformar a Ares en insecto, estoy seguro que mi pequeña lo habría disfrutado. Veremos que encontraremos en ese lugar.


Bueno chicos y chicas, espero les haya gustado, el trayecto de Hadrien no sera igual al que hizo Percy, por obvias razones. Los hijos de Hades aparecerán, lo único que cambia en la historia, es que no es Percy quien hará las cosas, el resto es parecido no igual.

Con respecto a las parejas, ninguno de los magos sera pareja de un semidiós, tal y como mencione al comienzo de la historia, no se mezclan, los magos se sienten enfermos si llegan a tener relaciones con algún Dios o semidiós, obviamente no se da rápido, diría como consecuencia, tal como le paso a James. Con la fiebre y vomito, que en ese momento no era por el embarazo.

Pensare en poner a Percy como hijo de otro dios, solo por el hecho de que me gusta el Percy/Nico. probablemente de Apolo o Hermes, aun no lo sé.

Ahora la personalidad de Hadrien es parecida a la de Draco, no igual, recuerden que fue un chico mimado y siempre le han dado lo que quiere, no esperen a alguien que quiera aprobación o ser aceptado, como es el caso del Harry cannon y Percy.

Tambien, Hadrien tiene el nivel de un alumno de cuarto de Hogwarts, más o menos, ya que las materias y enseñanzas son diferentes, así que no se sorprendan por su nivel magico, recuerden además que entreno desde pequeño.

Nos seguimos leyendo

Bella.