Los personajes no me pertenecen son de J.K Rowling y Rick Riordan.
Summary: Él siempre supo que pertenecía a dos mundos muy diferentes, que no interactúan entre ellos. Hijo de tres hombres. Con dos profecías sobre su cabeza y seres poderosos que lo quieren muerto. Deberá dividir su tiempo para poder proteger a sus amigos y las personas que ama.
Hechizos Accio
Palabras griegas ¡Maya!
Idioma "Hola"
Recuerdos [Hola]
Chat: Hola
Llamada —Hola—
Parsel—"Hola"—
Voz mental—"Hola"—
Capitulo 18 Mar de los monstruos
Pov Hadrien
Porque son tan ingenuos, saben cómo es el idiota de Tántalo y siguen teniendo esperanza que conseguirán algo positivo, les dije que pasaría, es tan fácil de leer, obviamente elegiría alguien que nos odia, solo ver su sonrisa burlesca, acaricie ausentemente a Aisha, me pregunto qué tan malo sería el castigo si dejo que se lo coma.
— ¡Un momento! Grover es mi amigo; fui yo quien lo soñé. El sueño me llegó a mí—grito Percy.
— ¡Siéntate! ¡Tú cabaña ya tuvo su oportunidad el verano pasado!—aulló un campista de Ares.
— ¡Sí! ¡Lo que quiere es ser otra vez el centro de atención! —dijo otro. Clarisse nos lanzó una mirada fulminante.
— ¡Acepto la misión! ¡Yo, Clarisse, hija de Ares, salvaré el Campamento Mestizo!—repitió. Los de Ares la vitorearon aún con más fuerza. Annabeth protestó y los demás campistas de Athena se sumaron a su protesta. Todo el mundo empezó a tomar partido, a gritar y discutir y a tirarse malvaviscos; temí que aquello fuera a convertirse en una batalla de malvaviscos asados con todas las de la ley… aunque viéndolo desde mi punto de vista, parece una pelea de niños, queriendo tener el mejor juguete, si fueran magos, ya estarían hechizándose.
— ¡Silencio, mocosos!—grito Tántalo.
— ¡Siéntense! les contaré una historia de fantasmas—ordenó. Entrecerré los ojos, al parecer dará un resumen detallado del porque fue maldecido. El aura maligna que Tántalo irradia ahora es tan poderosa como la de cualquiera de los monstruos, no lo suficiente como para intimidarme, pero por la mirada de muchos campistas, efectivos para otros.
—Érase una vez un rey mortal muy querido por los dioses—Se puso la mano en el pecho y tuve la sensación de que hablaba de sí mismo.
— Ese rey incluso tenía derecho a participar en los festines del monte Olimpo. Pero un día trató de llevarse un poco de néctar y ambrosía a la Tierra para averiguar la receta (sólo una bolsita, a decir verdad), y entonces los dioses lo castigaron. ¡Le cerraron la puerta de sus salones para siempre! Su propia gente se mofaba de él, incluso sus hijos le reprendían su acción. Sí, campistas, tenía unos hijos horribles. ¡Mocosos como… ustedes! —Señaló con un dedo encorvado a unos cuantos de la audiencia, yo entre ellos, por supuesto.
— ¿Saben lo que les hizo a aquellos niños ingratos? ¿Saben cómo se vengó de los dioses por aquel castigo tan cruel? Invitó a los Olímpicos a un festín en su palacio, para demostrarles que no les guardaba rencor. Nadie notó la ausencia de sus hijos, y cuando sirvió la cena a los dioses, mis queridos campistas, ¿adivináis lo que había en el guiso?—preguntó en voz baja. Nadie se atrevió a responder. La hoguera adquirió un resplandor azul oscuro y arrojó un brillo maligno al rostro torcido de Tántalo.
—Ah, los dioses lo castigaron en la vida de ultratumba. Vaya si lo hicieron; pero él también gozó de su momento, ¿no es verdad? Sus niños no volvieron a replicarle más ni tampoco a cuestionar su autoridad. ¿Y saben qué?—gruñó molesto.
—Corren rumores de que el espíritu de aquel rey mora en este mismo campamento, a la espera de una oportunidad para vengarse de los niños ingratos y rebeldes. Así pues… ¿alguna otra queja antes de dejar que Clarisse emprenda su búsqueda?—Silencio. No pude evitar poner los ojos en blanco, tan dramático.
—El Oráculo, querida. Vamos—Tántalo le hizo un gesto con la cabeza. Clarisse se removió inquieta, como si ni siquiera ella deseara la gloria si había de ser el precio de convertirse en su mascota.
—Señor…—dijo aun aturdida.
— ¡Ve! —gruñó él. Ella esbozó una torpe reverencia y se apresuró hacia la Casa Grande.
— ¿Y tú, Percy Jackson? ¿Ningún comentario? —preguntó Tántalo. Permaneció en silencio. Al parecer la historia también lo impacto.
—Muy bien. Y dejen que les recuerde a todos: nadie sale de este campamento sin mi permiso. Quien lo intente… bueno, si sobrevive al intento, será expulsado para siempre, pero ni siquiera hará falta llegar a ese punto. Las arpías montarán guardia de ahora en adelante para reforzar el toque de queda. ¡Y siempre están hambrientas! Buenas noches, estimados campistas, duerman bien— Hizo un gesto con la mano y la hoguera se extinguió. Los campistas desfilaron en la oscuridad hacia sus cabañas.
Esperare que estos chicos decidan, aunque vengo al campamento, no es tan importante para mí como lo es para ellos. De igual forma pienso hacer un pequeño viaje, aunque no sea precisamente al mar de los monstruos, extraño mucho a mi novio y una pequeña visita sera agradable.
Pov Percy
No puedo explicarle toda la situación a Tyson, pero él sabe que estoy triste. Sabe que quería salir de viaje y que Tántalo no me lo permitía. Hadrien simplemente se puso a leer, se que solo espera mi decisión, pero es tan difícil, no me siento confiado en lo mas mínimo.
— ¿Irás de todos modos? —preguntó Tyson.
—No lo sé. Sería un viaje duro, muy duro —reconocí preocupado.
—Yo te ayudaría—me mordí el labio, ordenando mis pensamientos.
—No… no podría pedirte que lo hicieras, grandullón. Es demasiado peligroso—Tyson bajó la vista y se concentró en las piezas de metal que estaba ensamblando en su regazo: muelles, engranajes y pequeños alambres. Beckendorf le había dado varias herramientas y chatarra suelta y ahora Tyson se pasa las noches jugueteando con ellas, aunque yo no entiendo cómo puede manejar con sus enormes manos aquellas piezas tan pequeñas y delicadas.
— ¿Qué estás construyendo? —le pregunté. Tyson soltó un quejido lastimero.
—A Annabeth no le gustan los cíclopes. Tú… ¿no quieres que te acompañe? —en parte es cierto, Annabeth seria de más ayuda.
—No es eso. A Annabeth le caes bien, de verdad—dije sin demasiada convicción. Tiene lágrimas en los rabillos del ojo.
—No le mientas, Annabeth es una estúpida prejuiciosa, eres un ciclope muy inteligente y único, si ella no ve eso, es porque la sabiduría que su madre tiene, no le fue transferida o es cuestionable—siseo con frialdad Hadrien, limpiando sus lagrimas.
Recordé que Grover, como todos los sátiros, puede leer las emociones humanas. Me pregunto si los cíclopes tienen esa misma destreza. Tyson envolvió su artefacto en un trozo de hule.
Se echó en el sofá y abrazó a Hadrien como si fuera un osito. Cuando se volvió hacia la pared, vi aquellas extrañas cicatrices que tiene en la espalda, como si alguien hubiese arado con un tractor encima de él. Me pregunté por enésima vez cómo se habría hecho semejantes heridas.
—Papi siempre se había preocupado por mí. Pero… creo que hizo mal en tener un cíclope. Yo no debería haber nacido—dijo sorbiéndose la nariz.
— ¡No digas eso! Poseidón te ha reconocido ¿no? O sea que debes importarle… mucho…—Mi voz se fue apagando a medida que pensaba en todos aquellos años en que Tyson había vivido en las calles de Nueva York, en la caja de cartón de un frigorífico. ¿Cómo podía creerse que Poseidón se había preocupado por él? ¿Qué clase de padre habría permitido que le ocurriera aquello a su hijo, incluso aunque ese hijo fuera un monstruo?
—Padre es irresponsable, al igual que todos los dioses, solo piensan en divertirse sin importar las consecuencias que eso trae, aunque se preocupe por ti, debió hacer mas, es algo que le reprocho cada vez que lo veo, me molesta como tratan a sus hijos y él lo sabe—dijo acariciando su cabello, haciéndolo soñoliento.
—Tyson, el campamento será un buen hogar para ti. Los demás se acostumbrarán a verte, te lo prometo—Él suspiró. Aguardé a que dijese algo, pero enseguida advertí que se había dormido.
—No hagas promesas que no puedes cumplir, el campamento no es el hogar de Tyson, debe de vivir en el palacio con padre—susurro con suavidad.
La luna llena brilla a través de la ventana y el ruido del oleaje resuena a lo lejos. Percibo la cálida fragancia de los campos de fresas y oigo las risas de las ninfas, que persiguen a los búhos por el bosque. Pero hay algo que no esta bien en la noche del campamento: es la enfermedad del árbol de Thalía, que se va extendiendo por todo el valle.
¿Sería Clarisse capaz de salvar la colina Mestiza? Pensé que tendría tantas probabilidades como que Tántalo me otorgara el premio al Mejor Campista. O sea, ninguna. Hadrien saco su varita y levito a Tyson hacia su cama, dio las buenas noches y se fue a su cuarto. Sin importar cuánto intente, no puedo dormir.
Me levanté de la cama y me puse algo de ropa, saqué una toalla de playa y un paquete de seis Coca-Colas de debajo de la litera. La Coca-Cola iba contra las normas; no se puede entrar refrescos ni bolsas de patatas del exterior, pero si hablas con el tipo indicado de la cabaña de Hermes y le pagabas unos dracmas de oro, conseguía lo que fuera en el súper más cercano y te lo traía de contrabando.
Salir a hurtadillas después del toque de queda iba contra las normas también. Si me pillan, o bien me meteré en un lío, o seré devorado por las arpías, pero yo quiero ver el océano. Allí siempre me siento mejor; pienso con más claridad.
Extendí mi toalla cerca del agua y abrí una lata. Por algún motivo, el azúcar y la cafeína siempre serenan mi cerebro hiperactivo. Traté de pensar en lo que debía hacer para salvar el campamento, pero no se me ocurría nada. Me habría gustado hablar con Tritón para que me diese algún consejo.
El cielo se veía despejado y plagado de estrellas. Estaba repasando las constelaciones que Annabeth me había enseñado.
—Sagitario, Hércules, la Corona Boreal—murmure centrado.
—Hermoso, ¿verdad? —Poco me faltó para atragantarme. De pie a mi lado, había un tipo con pantalones cortos y una camiseta de la maratón de Nueva York. Esta delgado y en buena forma; tiene el pelo entrecano y sonríe de un modo taimado. Su aspecto me resulta familiar, aunque no sé por qué.
Mi primer pensamiento fue que el tipo había salido a correr por la playa y había cruzado sin darse cuenta las fronteras del campamento. Pero se supone que eso no es posible; los mortales corrientes no pueden entrar en el valle. Quizá la debilidad cada vez mayor del árbol de Thalía le había permitido colarse dentro, pero… ¿en mitad de la noche? Además, en los alrededores no había nada, salvo campos de labranza y terrenos rústicos. ¿De dónde había salido aquel tipo?
— ¿Puedo sentarme contigo? Hace una eternidad que no me siento—dijo tranquilamente. Sí, ya lo sé: un extraño en mitad de la noche. El sentido común dice que tengo que haber salido corriendo, gritar pidiendo ayuda, etcétera; pero el tipo actúa con tanta calma que me resulta difícil sentir miedo.
—Eh, sí, claro —dije. Él sonrió.
—Tu hospitalidad te honra. Ah, ¡Coca-Cola! ¿Puedo? —Se sentó en la otra punta de la toalla, abrió una lata y echó un trago.
—Uf, esto es ideal. Paz y tranquilidad en…—Un teléfono móvil sonó en su bolsillo. Suspiró. Sacó el teléfono y yo abrí los ojos de par en par, porque emitía un resplandor azulado. Cuando extendió la antena, dos criaturas empezaron a retorcerse en torno a ella: dos culebras verdes, pequeñas como lombrices. Él no pareció advertirlo. Miró la pantalla y soltó una maldición.
—Tengo que atender esta llamada. Un seg… ¿Hola?—Habló al teléfono. Mientras él escuchaba, las mini culebras siguieron retorciéndose por la antena a unos centímetros de su oreja.
—Sí. Oiga, ya sé, pero… me tiene sin cuidado que esté encadenado a una roca y con buitres mordiéndole el hígado. Si no tiene el número de envío, no podemos localizar el paquete… Un regalo para la humanidad, fantástico… ¿Sabe cuántos regalos entregamos? No importa. Oiga, dígale que pregunte por Eris en atención al cliente. Ahora tengo que dejarle—dijo colgando.
—Perdón. El negocio de envíos nocturnos va viento en popa. Bueno, como iba diciendo…—comento como si nada.
—Tiene unas serpientes en el teléfono—no pude evitar interrumpir.
— ¿Qué? Ah, no muerden. Saludad, George y Martha.
—"Hola, George y Martha"—dijo en mi cabeza una voz ronca.
—"No seas sarcástico" — repuso una voz femenina.
—"¿Por qué no? Soy yo quien hace todo el trabajo" — preguntó George.
— ¡Oh, no volvamos a discutir eso! —El hombre se metió otra vez el teléfono en el bolsillo.
—Bien, ¿dónde estábamos…? Ah, sí. Paz y tranquilidad—Cruzó las piernas y levantó la vista hacia las estrellas.
—Hace muchísimo que no tenía un rato para relajarme. Desde que apareció el telégrafo, ha sido un no parar. ¿Tienes una constelación favorita, Percy? —Todavía estoy pensando en las pequeñas culebras verdes que se le han metido en el bolsillo del pantalón.
—Hummm… me gusta Hércules—dije con duda.
— ¿Por qué? —pregunto curioso.
—Bueno… porque tenía una suerte fatal, incluso peor que la mía; lo cual hace que me sienta mejor—dije recordando toda las cosas que me pasaron antes de enterarme de mi origen. El tipo rió entre dientes.
— ¿No porque fuera fuerte y famoso y demás?
—No.
—Eres un joven interesante. Y entonces… ¿ahora qué? —Comprendí en el acto lo que me preguntaba. ¿Qué pensaba hacer respecto al Vellocino de Oro? Antes de que pudiera responderle, escuche de nuevo la voz de una de las serpientes.
—"Tengo a Deméter en la línea dos"—dijo Martha la culebra.
—Ahora no. Dile que te deje el mensaje —dijo el hombre.
—"No le va a gustar; la última vez que lo hiciste se marchitaron todas las flores en la sección de envíos florales" —esta es una conversación que nunca pensé escuchar. Aunque parte de ella solo la escuche en mi mente.
— ¡Pues dile que estoy en una reunión! Perdona de nuevo, Percy. Estabas diciendo…—Puso los ojos en blanco.
—Hummm… ¿Quién es usted exactamente? —pregunte confundido.
— ¿Un chico tan listo como tú y no lo has adivinado todavía? —por desgracia aun no soy muy versado en la historia de los dioses.
—"¡Muéstraselo! ¡Hace meses que no adquiero mi tamaño normal!"—suplicó Martha.
—"¡No le hagas caso! ¡Sólo quiere pavonearse!"—dijo George. El hombre sacó otra vez el teléfono.
—Forma original, por favor—El teléfono emitió un brillante resplandor azul y se fue alargando hasta convertirse en una vara de madera de un metro de largo, de la que brotaron unas alas. George y Martha, ahora culebras de tamaño normal, se enroscaban juntas en el centro. Aquello es un caduceo: el símbolo de la cabaña 11.
Se me hizo un nudo en la garganta. Comprendí a quién me recuerda el tipo con sus rasgos de elfo y aquel brillo pícaro en los ojos…a varios chicos que residen en dicha cabaña.
—Usted es el padre de Luke. Hermes—dije. El dios apretó los labios y clavó su caduceo en la arena, como si fuese el palo de una sombrilla.
—El padre de Luke... Normalmente, la gente no me presenta de ese modo. El dios de los ladrones, sí, o el dios de los mensajeros y viajeros, si quieren ser amables —comento tranquilamente.
—"Dios de los ladrones es perfecto"—dijo George.
—"No le hagas caso a George. Está amargado porque Hermes me prefiere a mí"—Martha chasqueó la lengua.
—"¡No es verdad!" —exclamo molesto.
— ¡Ustedes dos, compórtense o vuelvo a convertirlos en un móvil y los dejo en modo vibración! —Les advirtió Hermes.
—Bueno, Percy, todavía no has respondido a mi pregunta. ¿Qué piensas hacer respecto a la búsqueda? —parpadee confundido, no recuerdo que haya preguntado o si lo hizo no preste atención.
—No tengo permiso para salir del campamento—murmure hastiado.
—En efecto, no lo tienes. ¿Eso te va a detener?—pregunto con interés.
—Cualquiera pensaría que lo estas incitando a romper las reglas e irse sin autorización ¿Se puede saber porque esta tan interesado en que Percy realice dicha mision? —pregunto Hadrien caminando tranquilamente y viendo con sospecha a Hermes.
—Yo quiero ir. Tengo que salvar a Grover—le recordé a Hadrien. Hermes sonrió.
—Eres un chico muy inteligente, es cierto, hay un motivo—Los ojos de Hermes centellearon.
—Martha, ¿me pasas el primer paquete, por favor? —Martha abrió la boca… y la siguió abriendo hasta que se volvió tan ancha como mi brazo. Eructó un bote de acero reluciente. Es un termo anticuado con tapa de plástico; tiene los lados esmaltados con antiguas escenas griegas en rojo y amarillo: un héroe matando a un león; un héroe levantando por los aires a Cerbero, el perro de tres cabezas…
—Es Hércules ¿Pero cómo…?—dije.
—Nunca hagas preguntas sobre un regalo. Es una pieza de coleccionista de Hércules Rompe Cabezas. De la primera temporada —me reprendió Hermes.
—Un momento… ¿Es un regalo? —pregunte nervioso.
—Uno de los dos que te he traído. Venga, míralo bien —dijo Hermes. Poco me faltó para que se me cayera, porque por un lado estaba helado y por el otro quemaba. Lo raro es que, cuando le doy la vuelta, el lado que mira al océano, hacia el norte, es siempre el congelado.
— ¡Es una brújula! —Hermes pareció sorprendido.
— ¡Qué listo! No lo había pensado, pero el uso para el que está diseñado es algo más espectacular. Afloja la tapa y desatarás los cuatro vientos para que te impulsen en tu camino. ¡Ahora no! Y por favor, cuando llegue el momento, desenrosca sólo un poquito la tapa, los vientos son un poco como y o… siempre incansables. Si los cuatro se escaparan al mismo tiempo… Pero bueno, estoy seguro de que andarás con cuidado. Y ahora, mi segundo regalo. ¿George? —Hadrien solo observa inusualmente callado, creo que esta esperando el momento adecuado para decir lo que piensa, siempre lo hace. George abrió la mandíbula casi hasta dislocarla y expectoró un bote de plástico lleno de vitaminas masticables.
—Está de broma ¿Esas de ahí no tienen forma de Minotauro? —pregunte. Hermes tomó la botellita y la agitó.
—Las de limón, sí; las de uva son Furias, me parece. ¿O eran Hydras? En todo caso, son muy fuertes; no tomes una a menos que de verdad la necesites—dijo con una sonrisa.
— ¿Cómo voy a saber si de verdad la necesito? —pregunte con dudas.
—Lo sabrás, créeme. Nueve vitaminas esenciales, minerales, aminoácidos…Todo lo que necesitas para sentirte bien—Me lanzó la botellita.
—Bueno, gracias. Pero… ¿por qué me ayuda, señor Hermes? —dije. Me sonrió melancólico y miro a Hadrien cuando hablo, supongo que lo que dirá responderá la pregunta que hizo.
—Quizá porque espero que puedas salvar a mucha gente en esta misión, Percy, no sólo a tu amigo Grover—escuche a Hadrien resoplar. Lo miré fijamente.
— ¿No querrá decir… a Luke? —Hermes no respondió.
—Los dioses tienen la tendencia de dar regalos y usar a los semidioses, cuando todos ustedes son los culpables que sus hijos se vuelvan escorias de la sociedad. Es más fácil que renuncien a ellos y los dejen vivir una vida normal, sin enterarse de su existencia, pero supongo que los necesitan para existir, su creencia les da poder—dijo con frialdad Hadrien.
—Mi joven y querido primo, si hay una cosa que he aprendido en el curso de los eones es que no puedes renunciar a tu familia ni dejarla por imposible, por tentador que a veces pueda resultar. No importa que te odien, que te pongan en ridículo—dijo no negando lo que dijo Hadrien, nunca pensé que para que los dioses mantengan su poder, deben de tener personas que aun crean en ellos, por eso tienen tantos hijos.
Porque si analizo nuestra situación, los monstruos que nos atacan son enviados por Hades y también usados por otros dioses para probar a sus hijos, si fuéramos completamente ignorados, viviríamos una vida normal, al lado de nuestros padres mortales, sin preocuparnos por la lucha de poder que los dioses tienen entre ellos.
—Y tú, Percy, tienes un plazo más corto de lo que crees para completar tu búsqueda. Se que lo ayudaras aunque no te agrademos—dijo Hermes. Chasqueó los dedos y aparecieron a mis pies tres petates amarillos.
—Yo en tu lugar me decidiría en los próximos cinco minutos. Solo son tres porque sé que no te agradan los regalos de los dioses—dijo viendo a Hadrien.
—Buenas noches, primo, Percy. Y… ¿me atreveré a decirlo? Que los dioses los acompañen—Abrió la mano y el caduceo voló hacia ella. Echó a correr por la playa. Veinte pasos más allá, resplandeció un segundo y se desvaneció.
— ¿Iremos? —le pregunte a Hadrien.
—Grover es nuestro amigo y esta pidiendo ayuda, no podemos abandonarlo. Solo debemos tener cuidado, mas con los regalos que recibiste, por experiencia te digo, no siempre son buenos, aunque estoy cien por ciento seguro que Hermes es más confiable que Ares—comento serio.
Pov Hadrien
Estamos contemplando las olas, cuando Annabeth y Tyson llegaron.
— ¿Qué ocurre? ¡Te he oído pidiendo socorro! —le preguntó Annabeth a Percy.
— ¡Y yo! Gritabas: ¡Nos atacan cosas malas!—dijo Tyson.
—Yo no los he llamado, chicos. Estoy bien—dijo Percy confundido.
—Pero entonces, ¿quién…? —Annabeth se fijó en los tres petates amarillos y luego en el termo y el bote de vitaminas que tenía en la mano.
— ¿Y esto? —pregunto viendo lo que dejo Hermes.
—Escucha. No tenemos tiempo—dijo Percy.
Les conto su conversación con Hermes. Para cuando termino, ya empieza a oírse un chillido a lo lejos: es la patrulla de arpías, que han olfateado nuestro rastro.
—Percy, Hadrien, hemos de emprender esta mision—dijo Annabeth.
—Nos expulsarán. Créeme, soy todo un experto en lo de ser expulsado—dijo Percy nervioso.
— ¿Y qué? Si fracasamos tampoco habrá campamento al que regresar—comente como si nada.
—Sí, pero tú le prometiste a Quirón…—le dijo a Annabeth.
—Le prometí que te mantendría fuera de peligro. ¡Y sólo puedo hacerlo yendo contigo! Tyson puede quedarse y explicarles…—dijo viendo de reojo.
—Yo quiero ir—salto emocionado Tyson.
— ¡No! Quiero decir… Vamos, Percy, tú sabes que no puede ser—La voz de Annabeth parecía rozar el pánico.
—Tyson ira, sera mejor que ese resentimiento que tienes contra los ciclopes, lo controles, es mi hermano y tu estúpido comportamiento esta molestándome, no fue quien te ataco, supéralo, porque si eres del tipo de persona que juzga a toda una especie por el error de algunos, acabaras mal y sola—sisee. Ella me ve sorprendida y dolida, pero estoy harto, no pienso permitir que siga humillándolo y despreciándolo.
—No podemos dejarlo aquí. Tántalo le haría pagar a él nuestra escapada—dijo Percy nervioso, al escuchar las arpías cerca.
—Aunque me llevo bien con las arpías, luego de varias visita que le he hecho al tío Hades, no quiero arriesgarme, es hora de irnos—dije serio. Además con quienes platico mucho son las que tío Hades mando hace un año y sé que no son las únicas, nada me garantiza que son ellas las que vienen.
—Tengo lo que usaremos, fue un regalo de Hermes ¿Necesitas recoger algo? —me pregunto Percy, al recordar que solo hay tres petates.
—No, traigo mi baúl, es todo lo que necesito—le dije con una sonrisa.
—Está bien ¿Cómo vamos a subir a ese barco?—pregunto Annabeth frustrada.
—Mi padre puede ayudarnos—comente tranquilamente.
— ¿Y bien, sesos de alga? ¿A qué esperas? —la mire con frialdad, ella se ruborizo y volvió a ver a otro lado.
—Necesitamos tu ayuda —fue lo único que dije. Al principio, no pasó nada. Las olas siguieron estrellándose contra la orilla como siempre. Las arpías suenan como si ya estuvieran detrás de las dunas. Entonces, a unos cien metros mar adentro, surgieron tres líneas blancas en la superficie.
Se mueven muy deprisa hacia la orilla, como las tres uñas de una garra rasgando el océano. Al acercarse más, el oleaje se abrió y la cabeza de tres caballos blancos surgió entre la espuma. Tyson contuvo el aliento.
— ¡Ponis pez! —grito Tyson emocionado.
— ¡Hipocampos! Son preciosos—dijo Annabeth. El que esta más cerca relinchó agradecido y rozó a Annabeth con el hocico.
—Ya los admiraremos luego ¡Vamos! —comente serio.
— ¡Ahí están! ¡Niños malos fuera de las cabañas! —chilló una voz a nuestra espalda,
Hay cinco de ellas revoloteando en la cima de las dunas: pequeñas brujas rollizas con la cara demacrada, garras afiladas y unas alas ligeras y demasiado pequeñas para su cuerpo. Parecen camareras de cafetería en miniatura cruzadas con pingüinos; no son muy rápidas, gracias a los dioses, pero sí muy crueles si llegaban a atraparte. Ninguna conocida, como supuse.
— ¡Tyson! ¡Agarra un petate!—grito Percy. Él sigue mirando boquiabierto a los hipocampos.
— ¡Tyson!
— ¿Eh?
— ¡Vamos! —le dije tomándolo de la mano, al instante comenzó a caminar. Recogieron las bolsas y montamos en nuestros corceles. Poseidón debe de saber que Tyson sería uno de los pasajeros, porque un hipocampo era mucho mayor que los otros dos: del tamaño adecuado para un cíclope.
— ¡Vamos! —dije. El hipocampo dio media vuelta y se zambulló entre las olas. Percy, Annabeth y Tyson me siguieron.
Las arpías nos lanzan maldiciones y aúllan reclamando su aperitivo, pero los hipocampos se deslizan por el agua a la velocidad de una moto acuática y enseguida las dejamos atrás. Muy pronto la orilla del Campamento Mestizo no fue más que una mancha oscura. Me pregunto si volveré a verlo de nuevo.
Pero en aquel momento tenía otros problemas en que pensar. Mar adentro, empieza vislumbrarse el crucero: nuestro pasaporte hacia Florida y el Mar de los Monstruos. Montar un hipocampo era incluso más fácil que montar un pegaso. Corremos con el viento de cara, sorteando las olas con tal suavidad que casi no es necesario agarrarse.
A medida que nos acercamos al crucero, me fui dando cuenta de lo enorme que es, desde abajo; el casco, de un blanco impecable y esta rematado con una docena de cubiertas a distintos niveles, cada una de ellas con sus miradores y sus ojos de buey profusamente iluminados. El nombre del barco esta pintado junto a la proa con unas letras negras iluminadas por un foco. Me llevó unos cuantos segundos descifrarlo: Princesa Andrómeda. No pude evitar pensar en tía Andy.
Adosado a la proa, un enorme mascarón de tres pisos de alto: una figura de una mujer con la túnica blanca de los antiguos griegos, esculpida de tal modo que parece encadenada al barco. Es joven y hermosa, con el pelo negro y largo, pero tiene una expresión aterrorizada.
— ¿Cómo vamos a subir a bordo? —gritó Annabeth para hacerse oír entre el fragor de las olas. Pero no hubo de qué preocuparse. Los hipocampos parecen saber lo que queremos; se deslizaron hacia el lado de estribor del barco, cruzando sin dificultad su enorme estela, y se detuvieron junto a una escala de mano suspendida de la borda.
—Tú primero —le dije a Annabeth. Ella se echó al hombro el petate y se agarró al último peldaño. Cuando se hubo encaramado, su hipocampo soltó un relincho de despedida y se sumergió en el agua. Annabeth empezó a ascender. Yo aguardé a que subiera varios peldaños y le ordene a Percy que subiera.
Solo quedamos Tyson y yo. Su hipocampo gira en redondo y da brincos hacia atrás, y Tyson se desternillaba de risa de tal modo que el eco de sus carcajadas rebota por todo el costado del barco.
— ¡Cállate, Tyson! ¡Vamos, muévete!—exclamo Percy al escucharlo.
— ¿No podemos llevarnos a Rainbow? —preguntó, mientras la sonrisa se desvanece de su rostro. Percy lo miro atónito.
— ¿Rainbow? —pregunto Percy confundido, no pude evitar sonreír, al escuchar al hipocampo relinchar, al parecer le gusta su nuevo nombre.
—Tenemos que irnos, Tyson. Y Rainbow… bueno, él no puede subir por la escala —dije tranquilamente. Tyson se sorbió la nariz y apretó la cara contra la crin del hipocampo.
— ¡Te voy a echar de menos, Rainbow! —El hipocampo soltó una especie de relincho que hubiese jurado que es un llanto.
—Quizá volvamos a verlo en otro momento —sugerí.
— ¡Sí, por favor! ¡Mañana!—dijo Ty son, animándose. No le prometí nada, pero logré que se despidiera y se agarrara a la escala. Con un triste relincho, Rainbow dio una voltereta hacia atrás y se zambulló en el agua.
La escala conduce a una cubierta de servicio llena de botes salvavidas de color amarillo. Hay una doble puerta cerrada con llave que Annabeth logró abrir con su cuchillo y una buena dosis de maldiciones en griego antiguo.
Pensé que tendría que volvernos a todos invisibles, ya que somos polizones, pero después de recorrer unos cuantos pasillos y de asomarnos por un mirador al enorme paseo principal flanqueado de tiendas cerradas, empecé a comprender que no hay razón para esconderse de nadie. Quiero decir, es verdad que estamos en plena noche, pero llevamos ya recorrido medio barco y no he visto a nadie. Hemos pasado por delante de cincuenta camarotes y no hemos oído ni un solo ruido.
—Es un barco fantasma —murmuro Percy.
—No. Mal olor —dijo Tyson, jugueteando con la correa de su petate.
—Yo no huelo nada— Annabeth frunció el ceño.
—Los cíclopes son como los sátiros, huelen a los monstruos. ¿No es así, Tyson? —pregunte serio. Él asintió, nervioso. Ahora que estamos fuera del Campamento Mestizo, la niebla vuelve hacer que su cara se vea distorsionada, parece que tiene dos ojos, y no uno.
—Está bien ¿Qué hueles exactamente?—pregunto Annabeth.
—Algo malo —respondió Tyson.
—Fantástico. Eso lo aclara todo—refunfuñó Annabeth. Salimos al exterior en la cubierta de la piscina. Hay filas de tumbonas vacías y un bar cerrado con una cortinilla metálica. El agua de la piscina tiene un resplandor misterioso y chapotea con un rítmico vaivén por el movimiento del barco.
Hay aún más niveles por encima de nosotros, tanto a proa como a popa, incluyendo un muro artificial de escalada, una pista de minigolf y un restaurante giratorio. Pero no se ve el menor signo de vida. Sin embargo, percibo algo que me resultaba conocido. Algo peligroso. Estoy seguro que es el abuelo Cronos.
—Necesitamos un escondite. Algún sitio seguro donde dormir —dije.
—Sí, dormir —repitió Annabeth agotada. Exploramos unos cuantos corredores más, hasta que dimos en el noveno nivel con una suite vacía. La puerta esta abierta, cosa que me pareció rara. Pienso acompañarlos una parte del viaje, pero luego activare un traslador y visitare a Draco. Si me necesitan, pueden llamarme.
Los mire abrir sus petates, esta bien surtido, víveres, una bolsita de plástico con dinero y también una bolsa de cuero llena de dracmas de oro. Incluso se había acordado de poner el paquete de hule de Tyson, con sus herramientas y piezas metálicas, y la gorra de invisibilidad de Annabeth, lo cual contribuyó a que ambos se sintieran mucho mejor.
—Voy a la habitación de al lado. No beban ni coman demasiado chicos—dijo Annabeth.
— ¿Crees que es un sitio encantado? —pregunto Percy nervioso. Ella frunció el ceño.
—No lo sé. Hay algo que no encaja… Vayan con cuidado—dijo yéndose. Percy cerró nuestras puertas con llave. Tyson se desplomó en el diván. Jugueteó unos minutos con su artilugio de metal, que seguía sin querer enseñarme, y empezó a bostezar.
Lo envolvió todo en el hule y cayó desfallecido. Saque mi baúl, me despedí de Percy y Tyson, active la función de invisibilidad, para que nadie lo vea, ya se los advertí a los chicos, para que no se asusten, además sonara una alarma cuando Percy o Tyson se despierte, así me daré cuenta.
Pov Sirius
Como el año pasado, decidimos celebrar el cumpleaños de Hadrien en Inglaterra, por lo que apenas nuestro hijo se fue, viajamos por red flu. Ha pasado un mes desde entonces, los únicos que saben de nuestra llegada son los Malfoy. Hemos ido a cenar con ellos en ocasiones, Remus y Bellatrix se fueron al pueblo donde reside la manada, quiere invitarlos personalmente, mi madre junto Andy y Cissy estan ultimando los detalles de la boda.
—Amo, tiene visitas—dijo kreacher viendo con desprecio a las personas que vienen detrás.
—Dumbledore, Minerva, Hagrid, es una sorpresa verlos de nuevo, más cuando aún no ha terminado el ciclo escolar—comente casualmente, invitándolos a sentarse, agrande un sillón para Hagrid.
—Sirius mi muchacho ¿Cómo estás? —pregunto con una sonrisa Dumbledore.
—Muy bien, gracias por preguntar—ignoro lo que dije y actúa como si su visita fuera normal.
—No quiero ser grosero pero ¿Por qué vinieron? —pregunte directamente.
—Íbamos esperar que las clases terminaran, pero nos enteramos de su llegada y decidimos venir hablar de algo importante con ustedes—dijo seria Minerva, debí suponer que no lo dejarían pasar.
— ¿Qué es tan importante que hizo que el director y una profesora dejaran sus deberes? —pregunto James entrando.
—No le daré vueltas al asunto, les pido que reconsideren el entorno de Harry, los Black no son personas cuerdas y estan ligadas a la persona que regresara a matar a su hijo, tienen a su propio enemigo bajo su mismo techo—dijo Dumbledore con la misma expresión.
—Mi familia cambio y no tolerare que sigan ofendiéndolos, ninguno de ustedes—dije viéndolos a todos, al ver la intensión de Minerva de hablar, al escuchar lo que dije, apretó los labios molesta.
—Y no le permitiremos a nadie, que critique o se meta en la educación de Hadrien o con quien convive—dijo James remarcando su nombre. Odia que se lo cambien.
—El director solo quiere lo mejor para el pequeño Harry, el nunca se equivoca—dijo Hagrid con seguridad y fe ciega.
—No cambiaremos de opinión, no importa a quien traiga, son bienvenidos de visitarnos cuando quieran, siempre y cuando no sea para hablar sobre lo mismo—estoy harto de repetir lo mismo, sin importar lo que digan no cambiaremos de opinión.
—Nos gustaría seguir hablando, pero tenemos un compromiso importante y no podemos faltar—dijo James con una sonrisa amable, aunque por la mirada que tiene el director, es obvio que piensa seguir hablando de lo mismo.
— ¿A dónde van? —pregunto Minerva molesta.
—Con los Malfoy—respondí ignorando su tono.
—No deberían de ir y mucho menos permitir que el pequeño Harry se junte con esas serpientes—dijo Hagrid con desprecio, respire profundo para evitar decir algo de lo que pueda arrepentirme, debo recordar que Hagrid puede ser fácilmente influenciado.
—Hadrien esta comprometido con Draco Malfoy, por lo que es natural que vayamos a verlos, son familia y no queremos saber su opinión al respecto—dijo James con los dientes apretados, su paciencia esta al límite.
—Estamos preocupados, solo queremos lo mejor para ustedes, deben de comprender que no todas las personas muestran sus verdaderas caras, ellos estan usándolos—dijo Dumbledore viéndonos decepcionado y preocupado, deberían llamarlo mil rostro, es quien tiene más de una faceta y critica a otros, no pude evitar verlo con desprecio.
—Gracias por su visita—fue lo único que dije.
—Piensen en todo lo que dijimos, no me hagan pensar que siguen siendo los mismos chicos inmaduros que conocí en Hogwarts—eso fue un golpe bajo, pero solo sonreí, hasta que salieron de nuestra casa.
— ¿Quiénes se creen? —pregunte furioso.
—Olvídalo, si Dumbledore dice que estamos equivocados, no importa lo que digamos o hagamos, nunca sera lo correcto—gracias a Merlín, que no somos seguidores ciegos como ellos, solo pensar en el destino de nuestro hijo, de haber obedecido las ordenes de Dumbledore, me causa escalofrió, la felicidad de nuestro hijo es la prioridad y no dejaremos que nadie se interponga.
Buenos chicos y chicas, espero que les haya gustado el capitulo, lamento haber tardo mucho en actualizar, gracias a todos por sus comentarios, cualquier duda pueden comentar y procurare responder.
Nos seguimos leyendo
Besos y abrazos
Bella.
