Los personajes no me pertenecen son de J.K Rowling y Rick Riordan.

Summary: Él siempre supo que pertenecía a dos mundos muy diferentes, que no interactúan entre ellos. Hijo de tres hombres. Con dos profecías sobre su cabeza y seres poderosos que lo quieren muerto. Deberá dividir su tiempo para poder proteger a sus amigos y las personas que ama.

Hechizos Accio

Palabras griegas ¡Maya!

Idioma "Hola"

Recuerdos [Hola]

Chat: Hola

Llamada —Hola—


Capitulo 20 Ciclope

Pov Hadrien

Mientras nos dirigimos a nuestro destino, cerré los ojos y me conecte con mi pequeña criatura celestial. Tengo un contrato con todas mis criaturas celestiales, es parecido a ser mi familiar, pero este se puede disolver en cualquier momento, a menos que se haga un contrato de vida.

Los contratos de vidas, son aun más peligrosos, ya que si por algún motivo mi criatura muere, corro el riesgo de morir o quedar gravemente herido, lo mismo pasa si se lastiman, el daño que recibe, también lo sufro.

Pero las ventajas de los contratos, sin importar el que haga, es que puedo canalizar su poder y usarlo, es decir, si poseo alguna criatura que tenga alas, puedo manifestar dichas alas en mi cuerpo, así como mejorar mi vista y otras habilidades, dependiendo la criatura que use.

Cuando hice contrato con ellos, use mi sangre y funciona solo si las dos partes estan de acuerdo a un papel de maestro-sirviente. Gracias a este contrato puedo invocarlas, no importa lo lejos que estén. Por el momento solo son contratos comunes, no he hecho ningún contrato de vida. Supe de esto, gracias a un libro que una de mis criaturas me dio.

Fue una grata sorpresa cuando todas mis criaturas quisieron tener este tipo de contrato conmigo, es una gran responsabilidad, porque debo de protegerlas y ayudarlas aumentar su nivel, a diferencia de las criaturas mágicas conocidas, estas pueden evolucionar por decirlo de alguna manera.

—Es una lástima que no pudiéramos quedarnos, en este momento sabríamos el plan de Luke—comento Annabeth, luego que pasaran quince minutos sin que nadie hablara.

—Tenemos información y no tuvimos que arriesgarnos—dijo mostrando a mi criatura.

— ¡Pony! —grito Tyson emocionado.

— ¿Qué es eso? —preguntó con cautela Clarisse.

—Una de mis criaturas, tiene la habilidad de proyectar todo lo que escucha y ve, la deje en el barco para que espiara a Luke—acaricie su cabecita, dando a entender que empiece a pasar la información, al instante empezamos a ver y escuchar lo mismo que ella.

He oído que tienen dos más en camino. Si siguen llegando a este ritmo, colega, no va a haber color… —dijo aquella voz conocida. Las dos voces se fueron apagando por el pasillo.

— ¡Ése era Chris Rodríguez! ¿Te acuerdas? De la cabaña once —Annabeth jadeo incrédula, Clarisse solo asintió. Recuerdo vagamente a Chris del verano anterior. Es uno de aquellos campistas de origen indeterminado, que han quedado varados en la cabaña de Hermes, porque su madre o su padre olímpico no los han reconocido.

Ahora que lo pienso, me he dado cuenta que este verano no vi a Chris en el campamento.

— ¿Qué hace otro mestizo ahí? —pregunto Percy confundido. Annabeth meneó la cabeza, preocupada. Continuamos por el pasillo, mi pequeña es muy inteligente y continua el camino. No necesita ningún mapa para acercarse a Luke, es otra de sus habilidades, solo le dije su nombre.

—Chicos, miren—dijo Annabeth de repente. Estamos ante una pared de cristal, desde la que se domina un atrio central de varios pisos de altura, que recorre el barco por la mitad. A nuestros pies se halla la galería Promenade, un centro comercial lleno de tiendas. Pero no es eso lo que llamo la atención de Annabeth.

Un grupo de monstruos se ha congregado delante de la tienda de golosinas. Es una docena de gigantes lestrigones, dos perros del infierno y varias criaturas más extrañas aún: unas hembras humanoides con doble cola de serpiente en lugar de piernas.

Dracaenae de Escitia. Son mujeres dragón—susurró Annabeth. Los monstruos forman un semicírculo en torno a un joven con armadura griega, que esta haciendo trizas un maniquí de paja. Ese chico lleva una camisa naranja del campamento Mestizo. Al parecer hay más de uno, Luke debe de estar reclutando y por cómo fueron tratados por sus padres, hay más de un resentido.

Annabeth y Clarisse siguieron viendo con los rostros lívido, Percy se ve dolido y confundido, debió de conocer a varios de estos chicos y convivir con ellos, paso meses en el campamento, por mi parte, solo estoy un mes o dos, solo los conozco de vista, nunca interactué con ellos. La vista fue solo de segundos, mi pequeña siguió su camino.

Al fondo del vestíbulo se ve una doble puerta de roble que daba la impresión de conducir a un lugar importante. Cuando estuvimos a unos diez metros, se detuvo.

—Voces dentro—susurro Annabeth, es como si en verdad estuviéramos en el lugar, al estar cerrada, no puede entrar sin que nadie se dé cuenta. En un instante, logramos escuchar lo que hablan.

—… la profecía nosotros mismos. Los muy idiotas no sabrán hacia qué lado ir—me pregunto si esa profecia es el motivo por el que Poseidón insiste en que siga viniendo al campamento.

¿Estás seguro que el viejo hombre caballo se ha ido definitivamente? —escuchamos la risa de Luke.

Ya no se fían de él. No pueden fiarse con los esqueletos que tiene en el armario. El envenenamiento del árbol ha sido la gota que colma el vaso—Annabeth se estremeció.

¡Silencio!

¿Estás seguro? —pregunto Luke.

Sí. Ahí fuera —dijo la otra voz. Las puertas del camarote principal se abrieron de golpe y allí esta Luke, entre dos gigantes peludos armados con jabalinas; buscan alrededor, pero no pueden ver nada, porque mi pequeña se hizo invisible y entro en la habitación.

El camarote principal es precioso y precioso: hay grandes ventanales curvados en la pared del fondo, desdedonde se ve la popa del barco; el agua verde y el cielo azul se extendían portodo el horizonte. El suelo esta cubierto con una alfombra persa; dos sofás delujo, ocupan el centro de la habitación, a un lado hay una cama con dosel, alotro una gran mesa de caoba. La mesa estaba llena de comida: cajas de pizza,refrescos y un montón de sándwiches de rosbif en bandejas de plata.

Lo horrible: en un estrado de terciopelo, situado en la parte trasera de la habitación hay un ataúd de oro de tres metros. Un sarcófago con grabados de estilo griego antiguo, que representaban escenas de ciudades en llamas y héroes sufriendo muertes horripilantes. Estoy completamente seguro, que el abuelo reside ahí.

Luke ha cambiado desde el verano pasado. En lugar de bermudas y camiseta, lleva una camisa abotonada, pantalón caqui y mocasines de piel. El pelo rubio rojizo, antes siempre alborotado, lo lleva ahora muy corto. Parece un universitario de Harvard. Su cicatriz, destaca, como siempre.

Apoyada en el sofá reposa Backbiter, su espada mágica, que despide un raro destello con aquella afilada hoja, mitad acero, mitad bronce celestial, capaz de matar tanto a los mortales como a los monstruos.

Estoy sorprendido que se hayan ido, sin siquiera enfrentarme, Annabeth es demasiado emocional, por lo que nunca razonaría que era una trampa, lo más seguro es que mi Hadrien se diera cuenta y los instara a irse—hice una mueca de desprecio al escuchar la forma posesiva y enferma que dijo mi nombre, al único que le pertenezco es a mi dragón.

Entonces fue en vano que envenenaras el árbol ese—dijo uno de los tipos que lo acompañan. Solo suspiró, hastiado. Y se puso a explicarle de nuevo todo su plan, tal y como pensé, nos esta usando para encontrar el vellocino, para después robarlo y revivir a su amo. Justo en ese momento, la trasmisión se cortó, es todo lo que necesitamos saber.

—Bien hecho—dije dándole una fruta y enviándola de regreso al baúl.

—No puedo creer que Luke sea el responsable de envenenar el árbol de Thalía, ella nos salvo—lloro furiosa Annabeth.

—Completamente loco, no me sorprende, esa sonrisa fingida que se cargaba siempre, era repulsiva—dijo Clarisse con burla y temor, Annabeth solo la vio furiosa.

—Lo importante es que cuando encontremos el vellocino, Clarisse use el traslador y se vaya apenas lo tenga en las manos—darle la oportunidad de tomarlo, seria revivir a Cronos.


Pov Percy

Muchos de los chicos que vi, son mis amigos o al menos eso pensé, no puedo creer que estén con Luke, es la primera vez que lo veo en persona, por decirlo de alguna manera, es atractivo, no es como lo imagine, pensé que sería como los bravucones de mi antigua escuela, acabe conociendo una versión de chico popular.

Suspire y me prepara para dormir en el camarote que Clarisse nos dio para todos, tiene cuatro literas. Aunque Hadrien entro de nuevo a su baúl.

[El sueño llegó en cuanto me quedé dormido. Grover estaba sentado junto al telar, deshaciendo desesperadamente la cola de su vestido de novia, cuando la roca rodó hacia un lado y el cíclope bramó:

¡Ajá! —Grover soltó un aullido.

¡Cariño! No te había… ¡Has hecho tan poco ruido!

¡Estás deshaciéndolo! O sea que ése era el retraso—rugió Polifemo.

Oh, no. Yo no estaba…

¡Venga! —Agarró a Grover por la cintura y, medio en volandas medio a rastras, lo condujo a través de los túneles de la cueva. Grover lucha para que los zapatos de tacón no se le cayesen de las pezuñas. El velo le baila sobre la cara y poco falta para que se le cayera.

El cíclope lo metió en una caverna del tamaño de un almacén, decorada toda ella con despojos de oveja. Había un sillón reclinable recubierto de lana, un televisor forrado de lana y unos burdos estantes cargados de objetos ovinos de coleccionista: tazas de café con forma de cabeza de cordero, ovejitas de y eso, juegos de mesa, libros ilustrados, muñecos articulados… El suelo estaba plagado de huesos de cordero amontonados, y también de otros huesos distintos: seguramente, de los sátiros que habían llegado a la isla buscando a Pan.

Polifemo dejó a Grover en el suelo sólo el tiempo justo para mover otra roca enorme. La luz del día entró en la cueva a raudales y Grover gimió de pura nostalgia. ¡Aire fresco!

El cíclope lo arrastró fuera y lo llevó hasta la cima de una colina desde la que se domina la isla más bella que he visto en mi vida. Tiene forma de silla de montar, aunque cortada por la mitad con un hacha. A ambos lados se ven exuberantes colinas verdes y en medio un extenso valle, partido en dos por un abismo sobre el que cruza un puente de cuerdas.

Hay hermosos arroyos que corren hasta el borde del cañón y caían desde allí en cascadas coloreadas por el arco iris. Los loros revoloteaban por las copas de los árboles y entre los arbustos crecían flores de color rosa y púrpura. Centenares de ovejas estan en los prados. Su lana reluce de un modo extraño, como las monedas de cobre y plata.

En el centro de la isla, al lado del puente de cuerdas, hay un enorme roble de tronco retorcido que tenía algo resplandeciente en su rama más baja. El Vellocino de Oro.

Aunque sea un sueño, percibo cómo irradia su poder por toda la isla, haciendo que reverdeciera la hierba y las flores fueran más bellas. Casi puedo oler aquella magia natural en plena efervescencia. Apenas puedo imaginar lo intensa que debe de ser aquella fragancia para un sátiro.

Grover soltó un quejido.

Sí ¿Lo ves allí? ¡El vellocino es la pieza más preciada de mi colección! Se lo robé a unos héroes hace mucho y desde entonces, ya lo ves, ¡comida gratis! Acuden sátiros de todo el mundo, como las polillas a una llama. ¡Los sátiros son comida rica! Y ahora…—dijo Polifemo con orgullo, sacó unas horrorosas tijeras de podar.

Grover ahogó un aullido, pero Polifemo se limitó a agarrar a la oveja más cercana, como si fuese un animal disecado, y le esquiló toda la lana. Luego le tendió a Grover aquel amasijo esponjoso.

¡Ponlo en la rueca! Es mágico. Ya verás cómo éste no se enreda—le dijo orgulloso.

Ah… bueno…

¡Pobre Ricura! No eres buena tejiendo. No te preocupes. Este hilo resuelve el problema. ¡Mañana tendrás terminada la cola!—dijo Polifemo sonriendo de oreja a oreja.

¡Qué… amable de tu parte!

Pero, cariño ¿qué pasaría si viniesen a resca…digo, a atacar esta isla? —Grover tragó saliva. Me miró fijamente mientras lo dice y comprendí que lo pregunta para facilitarme el camino.

¿Qué les impediría ascender y llegar hasta tu cueva?

¡Mi mujercita, asustada! ¡Qué linda! No te preocupes. Polifemo tiene un sistema de seguridad ultramoderno. Tendrían que vencer primero a mis mascotas.

¿Mascotas? —Grover miró por toda la isla, pero no hay nada a la vista, salvo las ovejas paseando tranquilamente en los prados.

Y luego ¡tendrían que vencerme a mí!—gruñó Polifemo. Dio un puñetazo a la roca más cercana, que se resquebrajó y partió por la mitad.

¡Y ahora, ven! Volvamos a la cueva—gritó. Grover parece a punto de llorar: tan cerca de la libertad y tan desesperadamente lejos. Mientras el cíclope hace rodar la roca, encerrándolo otra vez en aquella cueva húmeda y apestosa, iluminada sólo por antorchas, los ojos se le llenaron de lágrimas]

Me despertó el ruido de las alarmas, que se habían disparado por todo el barco.

— ¡Todos a cubierta! ¡Encuentren a la señora Clarisse! ¿Dónde está esa chica?—Es la voz rasposa del capitán. Luego apareció su rostro, mirándome desde arriba.

—Levántate, yanqui. Tus amigos ya están en cubierta. Nos acercamos a la entrada.

— ¿La entrada de qué? —Él me dirigió una sonrisa esquelética.

—Del Mar de los Monstruos, por supuesto—Metí mis escasas pertenencias, en una mochila de lona y me la eché al hombro. Tengo la ligera sospecha de que, pase lo que pase, no dormiré otra noche a bordo del CSS Birmingham.

Estoy subiendo las escaleras cuando algo me dejó helado. Una presencia. Sin ningún motivo, me entraron ganas de buscar pelea. Quiero darle un puñetazo a algún confederado. No recuerdo haber sentido tanta rabia…

En lugar de seguir subiendo, trepé hasta la rejilla de ventilación y atisbé en el interior de la sala de calderas.

Justo debajo de mí, Clarisse habla con una imagen trémula que resplandece entre el vapor de la caldera: un hombre musculoso con un traje de cuero negro, corte de pelo militar, gafas de cristales rojos y un cuchillo en el cinto. Puede que no conozca a todos los dioses, pero estoy seguro que ese es Ares, el dios de la guerra y padre de Clarisse.

— ¡No me vengas con excusas, niña! —gruñó.

—S-sí, padre —musitó Clarisse.

—No querrás que me ponga furioso, ¿verdad?

—No, padre.

—« No, padre» Eres patética. Debería haber dejado esta búsqueda en manos de uno de mis hijos…—repitió Ares, imitándola.

— ¡Lo conseguiré! ¡Haré que te sientas orgulloso!—prometió Clarisse con voz temblorosa.

—Será mejor que cumplas tu palabra. Tú me pediste esta misión, niña. Si dejas que ese crío asqueroso te la arrebate…—le advirtió.

—Pero el Oráculo dijo…

—¡Me tiene sin cuidado lo que dijera! Tú lo vas a conseguir. Y si no…—Ares bramó con tal fuerza que incluso su propia imagen retembló. Alzó un puño. Aunque sólo fuese una imagen entre el vapor, Clarisse dio un paso atrás.

— ¿Entendido? —gruñó Ares. Las alarmas volvieron a sonar. Oí voces que vienen hacia mí, oficiales ordenando a gritos que preparasen los cañones.

Me descolgué de la rejilla de ventilación y terminé de subir las escaleras para unirme a Annabeth, Hadrien y Tyson en la cubierta principal.

— ¿Qué pasa? ¿Otro sueño?—me preguntó Annabeth. Asentí, pero no dije nada. No sé qué pensar sobre lo que acabo de ver abajo. Casi me inquietaba tanto como mi sueño sobre Grover.

Clarisse subió las escaleras. Procuré no mirarla. Tomó los prismáticos de un oficial zombi y escudriñó el horizonte.

—Al fin. ¡Capitán, avante a toda máquina! —Miré en la dirección que ella lo hace, pero apenas se ve nada. El cielo esta nublado. El aire es brumoso y húmedo, como el vapor de una plancha. Incluso entornando los ojos y forzando la vista, sólo diviso a lo lejos un par de borrosas manchas oscuras.

Mi instinto náutico me dice que estamos en algún punto frente a la costa norte de Florida. O sea que aquella noche hemos recorrido una distancia enorme: muchísimo mayor de la que habría podido cubrir cualquier barco normal. El motor cruje a medida que aumentábamos la velocidad.

—Demasiada tensión en los pistones. No está preparado para aguas profundas—murmuró Tyson, nervioso. No tengo ni idea de cómo lo sabe, pero consiguió ponerme nervioso.

Tras unos minutos, las manchas oscuras del horizonte empezaron a perfilarse. Hacia el norte, una gigantesca masa rocosa se alzaba sobre las aguas: una isla con acantilados de treinta metros de altura, por lo menos. La otra mancha, un kilómetro más al sur, es una enorme tormenta. El cielo y el mar parecían haber entrado juntos en ebullición para formar una masa rugiente.

— ¿Es un huracán? —preguntó Annabeth.

—No. Es Caribdis—dijo Clarisse. Annabeth palideció.

— ¿Te has vuelto loca?

—Es la única ruta hacia el Mar de los Monstruos. Justo entre Caribdis y su hermana Escila—Clarisse señaló a lo alto de los acantilados y tuve la sensación que allá arriba vive algo con lo que es mejor no tropezarse.

— ¿Cómo que la única ruta? Estamos en mar abierto. Nos basta con dar un rodeo—pregunté. Clarisse puso los ojos en blanco.

— ¿Es que no sabes nada? Si trato de esquivarlas, aparecerán otra vez en mí camino. Para entrar en el Mar de los Monstruos, has de pasar entre ellas por la fuerza.

— ¿Y qué me dices de las Rocas Chocantes? Ésa es otra entrada; la utilizó Jasón—dijo Annabeth.

—No puedo volar rocas con mis cañones. A los monstruos, en cambio… —respondió Clarisse.

—Tú estás loca —sentenció Annabeth.

—Mira y aprende, sabionda. ¡Rumbo a Caribdis!—Clarisse se volvió hacia el capitán. Mire a Hadrien esperando que dijera algo, pero esta inusualmente callado, solo viendo lo que tiene en frente.

—Muy bien, señora—Gimió el motor, crujió el blindaje de hierro y el barco empezó a ganar velocidad.

—Clarisse. Caribdis succiona el agua del mar. ¿No es ésa la historia?—pregunto más curioso que asustado Hadrien.

—Y luego vuelve a escupirla, sí.

— ¿Y Escila?—volvió a preguntar.

—Ella vive en una cueva, en lo alto de esos acantilados. Si nos acercamos demasiado, sus cabezas de serpiente descenderán y empezarán a atrapar tripulantes.

—Elige a Escila entonces. Y que todo el mundo se refugie bajo la cubierta mientras pasamos de largo—dije entiendo su punto.

— ¡No! Si Escila no consigue su pitanza, quizá se ensañe con el barco entero. Además, está demasiado alta y no es un buen blanco. Mis cañones no pueden disparar hacia arriba. En cambio, Caribdis está en medio del torbellino. Vamos hacia ella a toda máquina, la apuntamos con nuestros cañones… ¡y la mandamos volando al Tártaro!—Insistió Clarisse. Lo dijo con tal entusiasmo que casi deseé creerle. El motor zumba, y la temperatura de las calderas estaba aumentando de tal modo que noté cómo se calienta la cubierta bajo mis pies. Las chimeneas humean como volcanes y el viento azotaba la bandera roja de Ares.

A medida que nos aproximamos a los monstruos, el fragor de Caribdis crece más y más. Es un horrible rugido líquido, como el váter más gigantesco de la galaxia al tirar de la cadena. Cada vez que Caribdis aspiraba, el barco era arrastrado hacia delante, entre sacudidas y bandazos. Cada vez que espiraba, nos elevamos en el agua y nos vemos zarandeados por olas de tres metros.

Traté de cronometrar el remolino. Según mis cálculos, Caribdis necesita unos tres minutos para succionar y destruirlo todo en un kilómetro a la redonda. Para evitarla, tendremos que bordear los acantilados. Por mala que fuese Escila, a mí aquellos acantilados casi empiezan a parecerme bien.

Los marineros siguen tranquilamente con sus tareas en la cubierta. Como ellos ya han combatido por una causa perdida, todo aquello les trae sin cuidado. O quizá no les preocupa que los destruyan porque ya estan muertos. Ninguno de ambos pensamientos me reconforta. Annabeth estaba a mi lado, aferrada a la barandilla.

— ¿Todavía tienes ese termo lleno de viento? —Asentí.

—Pero es peligroso utilizarlo en medio de un torbellino. Con más viento, tal vez empeoren las cosas.

— ¿Y si trataras de controlar las aguas? Eres el hijo de Poseidón, lo has hecho otras veces—le pregunto a Hadrien, quien como respuesta, cerró los ojos, puedo ver sudor empezar a rodar de su frente, su rostro esta tenso.

—N-no puedo. Las olas son demasiado fuertes y aunque puedo controlarlo, solo son segundos —dijo con desaliento.

—Necesitamos un plan alternativo. Esto no va a funcionar—repuso Annabeth.

—Annabeth tiene razón. Las máquinas no van bien—dijo Tyson.

— ¿Qué quieres decir? —preguntó ella.

—La presión. Hay que arreglar los pistones—Antes que pueda explicarse, oímos cómo la cisterna de aquel váter cósmico se vacía con un espantoso rugido. El barco se bamboleó, salí despedido y caí de bruces sobre la cubierta. Estamos dentro del torbellino.

— ¡Atrás a todo vapor! —gritaba Clarisse, desgastándose para hacerse oír entre aquel estruendo. El mar gira enloquecido a nuestro alrededor y las olas se estrellan contra la cubierta. El blindaje de hierro esta tan caliente que echa humo.

— ¡Acérquense hasta tenerla a tiro! ¡Preparen los cañones de estribor! —Los confederados muertos corren de un lado a otro. La hélice chirria marcha atrás para frenar nuestro avance, pero el barco sigue deslizándose hacia el centro de la vorágine.

Un marinero zombi salió a escape de la bodega y corrió hacia Clarisse. Su uniforme gris echa humo. Su barba esta medio quemada.

— ¡La sala de calderas se ha recalentado demasiado, señora! ¡Va a estallar!

— ¡Bueno, baje y arréglelo!

— ¡No puedo! ¡Nos estamos fundiendo con el calor!—chilló el marinero. Clarisse dio un puñetazo en un lado de la torreta.

— ¡Sólo necesito unos minutos más! ¡Lo suficiente para tenerla a tiro!

—Vamos demasiado deprisa. Prepárense para morir—dijo con aire sombrío el capitán.

— ¡No! Yo puedo arreglarlo—bramó Tyson Clarisse lo miró incrédula.

— ¿Tú?

—Es un cíclope. Inmune al fuego. Y sabe mucho de mecánica —dijo Annabeth.

— ¡Corre! —aulló Clarisse.

— ¡No, Tyson! ¡Es demasiado peligroso!—dije agarrándolo del brazo.

—Ten cuidado—fue lo único que dijo Hadrien. Él me dio un golpecito en la mano.

—Es la única salida, sobrino. Lo arreglaré; enseguida vuelvo—Tiene una expresión decidida, confiada incluso. Nunca lo había visto de aquella manera. Mientras lo contemplé seguir al marinero humeante por la escotilla, tuve una sensación espantosa. Quiero correr tras él, pero el barco dio otro bandazo… Y entonces vi a Caribdis. Estamos perdidos.


Pov Hadrien

Tengo una traslador que nos puede transporta sanos y salvos en cualquier momento, pero entonces, todo el vieja habrá sido en vano, debemos de avanzar hasta donde podamos, se que Percy tiene miedo, estoy igual, pero debemos enfrentarlo, mas la cosa que apareció a unos centenares de metros, entre un torbellino de niebla, humo y agua.

Lo primero que me llamó la atención fue el arrecife: un peñasco negro de coral con una higuera aferrada en lo alto. Una visión extrañamente pacífica en medio de aquel verdadero maelstrom. En torno al arrecife, el agua giraba en embudo, igual que la luz en un agujero negro. Justo por debajo de la superficie del agua vi aquella cosa horrible anclada al arrecife: una boca enorme con labios babosos y unos dientes grandes como remos y cubiertos de musgo. Peor: aquellos dientes tienen aparatos, unas bandas de metal asqueroso y corroído entre las cuales quedan atrapados trozos de pescado, maderas y desperdicios flotantes.

Caribdis es la pesadilla de un técnico en ortodoncia. No es otra cosa que aquellas fauces oscuras y descomunales, que padecen una mala alineación dental y una grave tendencia de los incisivos superiores a montarse sobre los inferiores. Sin embargo, durante siglos no ha hecho otra cosa que seguir comiendo sin cepillarse los dientes después de cada comida. Mientras miro, todo lo que hay alrededor fue tragado por el abismo: tiburones, bancos de peces, un calamar gigante… El CSS Birmingham va a ser el siguiente en sólo cuestión de segundos.

— ¡Señora Clarisse! ¡Los cañones de estribor y de proa están listos!—gritó el capitán.

— ¡Fuego! —ordenó Clarisse. Tres bolas de cañón salieron disparadas hacia las fauces del monstruo. Una le saltó el borde de un incisivo, otra desapareció por su gaznate y la tercera chocó con una de las bandas de metal y rebotó hacia nosotros, arrancando la bandera de Ares de su asta.

— ¡Otra vez! —ordenó Clarisse. Los artilleros cargaron de nuevo, pero sé que aquello es inútil. No puedo quedarme solo viendo, aunque ningún hechizo que use sera lo suficientemente poderoso, puedo aumentar la fuerza del ataque de los cañones. Al hacerlo, esto fueron más efectivo, me concentre y empecé a levantar enormes pedazos de piedras, las cuales fueron envueltas en fuego y lanzadas junto a las balas de cañones.

Por primera vez desde que recibí mis dones elementales los estoy usando todos, el cielo oscureció y rayos empezaron a caer uno tras otro, puede que no sea tan poderosos como los del tío Zeus, al menos aun no, pero espero hacer algún daño, use agua, fuego, tierra, viento e inclusive hielo, atacando una y otra vez, deteniendo un poco el ataque de esa cosa, puedo escuchar la incredulidad en las palabras de los chicos, aunque no comprendo lo que dicen, debo concentrarme.

Pero entonces la vibración de la cubierta sufrió un cambio. El zumbido del motor se hizo más vigoroso, más regular. El barco entero trepidó y empezamos a alejarnos de la boca. Solo entonces pude relajarme un poco.

— ¡Tyson lo ha conseguido! —dijo Annabeth.

— ¡Esperen! ¡Hemos de mantenernos cerca!—dijo Clarisse.

— ¡Acabaremos todos muertos! ¡Tenemos que alejarnos!—dijo Percy aferrándose a la barandilla, mientras el barco lucha para zafarse de aquella fuerza succionadora. La bandera rota de Ares pasó de largo a toda velocidad y se fue a enredar entre los hierros de Caribdis.

No ganamos mucho terreno, pero por lo menos manteníamos nuestra posición. Tyson había logrado de algún modo darnos el impulso suficiente para evitar que el barco fuese tragado por el torbellino.

Entonces la boca se cerró de golpe. El mar se sumió en una calma completa y el agua empezó a deslizarse sobre Caribdis. Luego, con la misma rapidez con que se había cerrado, la boca se abrió de nuevo como en una explosión y empezó a escupir agua a borbotones, expulsando todo lo que no era comestible, incluidas nuestras bolas de cañón, una de las cuales se estrelló contra el flanco del CSS Birmingham con ese dong de la campana cuando golpeas fuerte con un martillo de feria.

Fuimos despedidos hacia atrás, montados en una ola que debía de tener quince metros de altura. Utilicé toda mi fuerza de voluntad para impedir que el barco volqué, pero aún así seguimos girando sin control y precipitándonos hacia los acantilados al otro lado del estrecho.

Otro marinero humeante surgió de pronto de la bodega. Tropezó con Clarisse y a punto estuvo de llevársela por delante y caer ambos por la borda.

— ¡Las máquinas están a punto de explotar!

— ¿Y Tyson? —pregunto Percy.

—Todavía está abajo. Impidiendo que las máquinas se caigan a pedazos, aunque no sé por cuánto tiempo.

—Debemos abandonar el barco —dijo el capitán.

— ¡No! —gritó Clarisse.

—No tenemos alternativa, señora. ¡El casco se está partiendo! Ya no puede…—No logró terminar la frase. Una cosa marrón y verde, veloz como un rayo, llegó disparada del cielo, atrapó al capitán y se lo llevó por los aires. Lo único que dejó fueron sus botas de cuero.

— ¡Escila! —aulló un marinero mientras otro trozo de reptil salía disparado de los acantilados y se lo llevaba a él.

Ocurre tan rápido, que es como intentar mirar a un rayo láser, no a un monstruo. Ni siquiera había podido verle la cara a aquella cosa: sólo un relámpago de dientes y escamas.

Destapé a Contracorriente y traté de asestarle un mandoble mientras nos arrebata a otro marinero de la cubierta. Pero soy demasiado lento para aquel monstruo y usar hechizos es igual de inútil, aunque trate de paralizarlo o someterlo, debo primero verlo y atinarle.

— ¡Todo el mundo abajo! —grité.

— ¡No podemos! Abajo está todo en llamas—Clarisse sacó su propia espada.

— ¡Los botes salvavidas! ¡Rápido!—dijo Annabeth.

—No nos servirán para sortear los acantilados. Acabaremos todos devorados—dijo Clarisse.

—Hemos de intentarlo. Percy, el termo.

— ¡No puedo dejar a Tyson!

— ¡Tenemos que preparar los botes! —Clarisse obedeció la orden de Annabeth. Con unos cuantos marineros muertos, destapó uno de los dos botes de remos. Las cabezas de Escila, mientras tanto, caen del cielo como una lluvia de meteoritos con dientes y se llevan, uno a uno, a los confederados.

—Tomen el otro bote. Yo iré a buscar a Tyson—le dije a Annabeth, empuje a Percy para que se fuera con ella.

— ¡No lo hagas! ¡El calor acabará contigo!—dijo preocupada.

—Váyanse—fue lo único que dije. Use mi magia para elevarlos y colocarlos en el bote, ignore sus gritos y protestas. Es hora de buscar a mi hermano.


Pov Percy

Con miedo observe el barco, del cual nos alejamos cada vez más, justo cuando pensaba nadar hacia ellos, hubo una fuerte explosión. Han estallado las máquinas y los pedazos del acorazado vuelan en todas direcciones como una ardiente bandada de metal.

— ¡Tyson! ¡Hadrien!—chillé. Los botes salvavidas han conseguido alejarse del barco, aunque no lo suficiente, y los restos en llamas nos llueve encima. Clarisse y Annabeth

Entonces oí otra clase de explosión: el sonido del termo mágico de Hermes al abrirse un poco más de la cuenta. Estallaron chorros de viento en todas direcciones, que dispersaron los botes, fue tan imprevisto que caí hacia atrás y me golpee la cabeza, todo fue oscuridad.

Desperté y lo primero que vi fue una vela improvisada con la tela gris de un uniforme confederado. Annabeth, sentada a mi lado, va orientando la vela para avanzar en zigzag. Intenté incorporarme y de inmediato me sentí mareado.

—Descansa. Vas a necesitarlo—me dijo.

— ¿Y los chicos…?—Ella meneó la cabeza, hay negación, tristeza y consternación en su mirada.

—Lo siento mucho, Percy—Guardamos silencio mientras las olas nos sacuden.

—Quizá hayan sobrevivido. Ya lo sabes, el fuego no puede matar a Tyson y Hadrien es mago—dijo, aunque no muy convencida. Asentí, pero no tengo ningún motivo para albergar esperanzas. He visto cómo aquella explosión destrozo el hierro blindado. Si Tyson estaba junto a las calderas en aquel momento y Hadrien lo encontró, es imposible que hubieran sobrevivido.

Han dado su vida por nosotros, y yo no puedo dejar de recordar todas las veces en que me había avergonzado de Tyson y había negado que estuviéramos emparentados. Al menos con Hadrien no tengo ningún remordimiento.

Las olas rompen contra el bote. Annabeth me enseñó algunas cosas que había logrado salvar del naufragio: el termo de Hermes (ahora vacío), una bolsa hermética llena de ambrosía, un par de camisas de marinero y una botella de SevenUp.

Navegamos durante horas. Ahora que estamos en el Mar de los Monstruos, el agua reluce con un verde todavía más brillante. El aire es fresco y salado, pero tiene además un raro aroma metálico, como si se aproximara una tormenta eléctrica, o algo aún más peligroso. Yo sé en qué dirección debemos seguir. Y sé que nos hallamos exactamente a ciento trece millas náuticas de nuestro destino, en dirección oeste noroeste. Pero no por eso logro sentirme menos perdido.

Sin importar en qué dirección virásemos, el sol siempre me da en la cara. Compartimos unos sorbos de SevenUp y utilizamos la vela por turnos para guarecernos un poco con su sombra. También hablamos de mi último sueño con Grover.

Según Annabeth, tenemos menos de veinticuatro horas para encontrarlo, y eso dando por supuesto que mi sueño fuese fiable y que Polifemo no cambiara de idea e intentara casarse antes.

—Sí. Nunca puedes fiarte de un cíclope—dije amargamente. Annabeth fijó la vista en el agua.

—Lo siento, Percy. Me equivoqué con Tyson, ¿vale? Ojalá pudiera decírselo—Traté de mantener mi enfado, pero no es fácil. Bajé la vista para examinar nuestras escasas pertenencias: el termo vacío, el bote de vitaminas.

—Annabeth, ¿cuál es la profecía de Quirón? —Ella frunció los labios. Fue algo que escuche cuando estuve en el campamento, no entendí mucho, pero sé que involucra a Hadrien o mejor dicho, la profecia es sobre él, cuando pregunte, Quirón se negó a decírmelo.

—Percy, no…

—Ya sé que Quirón prometió a los dioses que no me lo diría. Pero tú no lo prometiste, ¿verdad?

—Saber no siempre es bueno. Igual no te involucra.

— ¡Tu madre es la diosa de la sabiduría!

— ¡Ya lo sé! Pero cada vez que un héroe se entera de su futuro intenta cambiarlo, y nunca funciona.

—Los dioses están preocupados por algo que Hadrien hará cuando crezca O sea, cuando cumpla los dieciséis. ¿Es eso?—aventuré. Annabeth retorció entre las manos su gorra de los Yankees.

—No conozco la profecía entera, Percy, pero sí sé que alerta a los dioses sobre un mestizo de los Tres Grandes: el próximo que viva hasta los dieciséis años. Ésa es la verdadera razón de que Zeus, Poseidón y Hades hicieran un pacto después de la Segunda Guerra Mundial y que juraran no tener más hijos. El siguiente hijo de los Tres Grandes que llegue a cumplir los dieciséis se convertirá en un arma peligrosa.

— ¿Por qué?

—Porque ese héroe decidirá el destino del Olimpo. Él o ella tomará una decisión y con esa decisión, o bien salvará la Era de los Dioses o bien la destruirá—Hadrien no estará nada contento cuando se entere. Pasé un rato asimilando todo aquello.

—Cuando Quirón oyó hablar por primera vez de Thalía, dio por supuesto que ella era la persona de la profecía. Por eso procuró tan desesperadamente que llegara a salvo al campamento. Luego ella cayó luchando y fue transformada en un pino, y ninguno de nosotros sabía y a qué pensar. Hasta que Hadrien apareció—Una aleta verde y erizada de púas, de unos cinco metros de largo, salió contoneándose a la superficie por el lado de babor y enseguida volvió a desaparecer.

—El protagonista de la profecía… quiero decir, él o ella, ¿no podría ser como un cíclope, por ejemplo? Los Tres Grandes tienen un montón de monstruos entre sus hijos—pregunté curioso. Annabeth meneó la cabeza.

—El Oráculo dijo « mestizo» Y eso siempre significa medio humano medio divino. Realmente no hay nadie vivo que pudiera serlo, salvo Hadrien, aunque aun los tiene dudoso sobre si es o no, es el hecho que es un mago, pero eso no quita que siga siendo humano.

— ¿La profecía daba alguna pista? —Annabeth vaciló. Quizá me habría contado algo más, pero en ese momento una gaviota descendió de repente en picado, como salida de la nada, y se posó en nuestro mástil improvisado. Annabeth se sobresaltó cuando el pájaro dejó caer en su regazo un enredo de ramitas y hojas que debían habérsele enganchado.

—Tierra ¡Tiene que haber tierra cerca! —dijo. Me senté. No había duda: se ve una línea azul y marrón a lo lejos. Un minuto más tarde se divisa una isla con una montañita en el centro, con un deslumbrante conjunto de edificios blancos, una playa salpicada de palmeras y un puerto que reunía un surtido bastante extraño de barcos.

— ¡Bienvenidos! —dijo una mujer que sostenía un sujetapapeles. Parece una azafata: traje azul marino, maquillaje impecable y cabello recogido en una cola de caballo. Nos estrechó la mano en cuanto pisamos el muelle. Por la deslumbrante sonrisa que nos dedicó, uno habría creído que acabamos de descender del Princesa Andrómeda, no de un bote de remos bastante maltrecho.

Pero ya digo que la nuestra no era la única embarcación extraña del puerto. Además de una buena colección de y ates de recreo, había un submarino de la marina norteamericana, muchas canoas de troncos y un antiguo barco de vela de tres mástiles.

Hay también una pista para helicópteros, con un aparato del Canal 5, y otra para aviones en la que se veía un jet ultramoderno junto a un avión de hélice que parecía un caza de la Segunda Guerra Mundial. Quizá eran réplicas para que las visitaran los turistas, o algo así.

— ¿Es la primera vez que nos visitan? —preguntó la mujer del sujetapapeles. Annabeth y yo nos miramos.

—Hummm… —dijo Annabeth.

—Primera… visita… al balneario —dijo la mujer mientras lo anotaba.

—Veamos…—Nos miró de arriba abajo con aire crítico.

—Hummm… Para empezar, una mascarilla corporal de hierbas para la dama. Y desde luego un tratamiento completo para el caballero, es cierto que no esta muy bien peinado, menos desde todo lo sucedido, pero estoy seguro que no esta maltratado.

— ¿Qué? —dije. Ella estaba demasiado ocupada tomando notas para responder.

— ¡Perfecto! Estoy segura de que C. C. querrá hablar con ustedes personalmente antes del banquete hawaiano. Por aquí, por favor—dijo con una animada sonrisa.

Ese era el problema: que Annabeth y yo ya nos hemos acostumbrado a las trampas. Y normalmente esas trampas tienen al principio buen aspecto. O sea que ya espero que la mujer con el sujetapapeles de repente se convirtiera en una serpiente, un demonio o algo así. Pero, por otro lado, llevamos casi todo el día flotando en un bote de remos. Estoy acalorado, cansado y hambriento, cuando aquella mujer mencionó un banquete hawaiano, mi estómago se sentó sobre sus patas traseras y empezó a jadear como un perro con la lengua fuera.

—No perdemos nada —murmuró Annabeth. Vaya si podíamos perder, pero aun así seguimos. Tengo un mal presentimiento, pero cualquier duda fue puesta en segundo plano, al ver el banquete.


Pov Hadrien

Fue un milagro que nos salváramos, acaricie de nuevo a Rainbow, el hipocampo enorme de quien se hizo amigo Tyson, ahora buscamos la isla y espero nos encontremos con los demás.

— ¡Es tan divertido!—grito feliz Tyson.

Nos tomo más tiempo del esperado llegar a la isla, ya que Rainbow tuvo que descansar varias veces, aunque sea fuerte no es lo mismo nadar solo que hacerlo con dos pasajeros. Gracias a que soy un GPS humano, puedo decir exactamente donde debemos ir.

—Huelo ovejas—afirmo Tyson.

—Ya llegamos a nuestro destino—A lo lejos se divise una mancha de tierra: una isla en forma de silla de montar, con colinas boscosas, playas de arena blanca y verdes prados: tal como Percy describió que la había visto en sueños.

Mis sentidos náuticos se encargaron de confirmarlo: 30 grados, 31 minutos norte; 75 grados, 12 minutos oeste. Hemos llegado a la guarida del cíclope.

Estoy seguro que Annabeth y Percy ya deben de estar aquí, con cautela bajamos del hipocampo y nos dirigimos donde se escuchan gritos y golpes.

— ¡Annabeth! —escuchamos el grito de Percy, al acercarnos a la entrada de la cueva, notamos la situación, Clarisse, Percy y Grover pelean contra un enorme ciclope, muy feo si me preguntan, la situación es mala, busque a Annabeth y la encontré inconsciente junto a unas rocas, escuche la conversación de Percy contra el ciclope y no pude evitar rodar los ojos ante su ingenuidad.

Obviamente el ciclope lo engaño y esta a punto de matarlo, levante una mano para invocar un escudo, pero fue innecesario.

Una piedra como una pelota de baloncesto se coló por la garganta de Polifemo. Un triple impresionante, directo a la canasta. El cíclope se atragantó e intentó deglutir aquella píldora inesperada. Se tambaleó hacia atrás. Sólo que no hay espacio para tambalearse. Le resbaló un talón, se resquebrajó el borde de la sima y el gran Polifemo, aleteando con los brazos como una gallina, se desplomó en el abismo.

— ¡Polifemo malo! ¡No todos los cíclopes son tan buenos como parecemos! —exclamó Tyson. Sonreí y desordene su cabello, ahora lo único que debemos hacer, es llevar el vellocino al campamento y todo habrá terminado.


Este es el capitulo más largo que he hecho, creo, bueno espero les haya gustado, en el próximo capitulo veremos a nuestro querido rubio.

Con respecto a los contratos, la idea fue de una novela china de la cual me enamore y lei en tres días, setecientos capítulos más o menos. Se llama, La esposa legendaria del maestro, para quienes quieran disfrutar.

Mil gracias a todos por sus comentarios.

Nos seguimos leyendo

Besos y abrazos

Bella.