Quedarse en el Campamento era una mala idea.
Todos miraban a Karissa como si fuera una anomalía y varias veces escuchó murmullos al caminar. No parecía estar muy afectada, pero Amira no había convivido con ella diariamente por más de dos años en vano. Notaba la forma en que sus ojos miraban al suelo con más frecuencia, la manera en que juntaba sus manos en su regazo al momento de sentarse, cada vez que parecía encogerse cuando caminaban junto a un grupo de campistas.
Cada pequeña inseguridad, Amira las conocía. Y sabía que mientras más tiempo pasaran en ese ambiente incómodo y negativo en relación a Karissa, mayores eran las posibilidades de que su progreso se convirtiera en retroceso. Tantos meses dedicados a su mejoría tirados a la basura por una semana en un paraíso rodeadas de adolescentes inmaduros llenos de prejuicios.
La decisión estaba tomada, al menos en lo que a Amira respecta.
Lo mejor sería que ambas pusieran marcha esa misma semana, pero no estaba segura de sus posibilidades de sobrevivir si solo se iban así como así.
Por eso había elegido un arma, y había empezado a entrenar con Giselle, una hija de Hécate, la diosa de la magia, para aprender a pelear con el cuchillo y no morir en el intento. En su primera pelea ambas se midieron con la mirada, y al ver que Amira no daría el primer paso, Giselle se lanzó sobre ella con un movimiento de su brazo izquierdo que resultó ser una finta.
Una finta en la que Amira cayó hermosamente, terminando con la cara en el suelo y la mano en el aire.
Giselle rió, jovial, levantando a Amira sin dificultad.
Amira parpadeó incrédula: ¿qué comía esa muchacha? ¿Por qué demonios tenía tanta fuerza?
No la mal entiendan, Amira no tenía sobrepeso ni mucho menos, estaba solo un poco rellena de amor y cariño, lo saludable, pero aún así era sorprendente cómo la levantaba con tan poco esfuerzo.
Necesitaba esa rutina de entrenamiento, rayos.
Giselle era hábil y juguetona a la hora de pelear, se fijó Amira en su tercer round. Le gustaba ver a su oponente sudar y les hacía creer que tenían una oportunidad cuando en realidad Giselle los estaba guiando derecho a donde los quería y se apoyaba en su rapidez para hacerlo.
No sabía cómo lo hacía, pero Giselle parecía adivinar el momento exacto en que Amira hacía un movimiento equivocado y atacaba en ese mismo momento, y Amira terminaba: a) De cara en el piso, tragando tierra como animal y casi llorando por toda la mugre entrando en sus ojitos; o b) Estómago al aire, brazos y pies extendidos, falta de aire y mirando al cielo con arrepentimiento.
Amira tomó aire, y Giselle se agachó frente a ella, y Amira se vio invadida con la necesidad de eliminar esa sonrisa del rostro de Giselle de un trompazo en toda la nariz.
Calma Amira. Respira hondo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA! No te frustres niña, todavía te falta experiencia —le guiñó el ojo coqueta.
Respira, mantente en calma.
—Claro —refunfuñó, levantándose.
Giselle la observó brevemente, y Amira le sostuvo la mirada con desafío. Quería ver si estaba dispuesta a continuar o si iba a tirar la toalla, pero Amira no era menos que determinada y de que iba a tener un manejo decente del cuchillo ese mismo día, lo tendría.
Necesitaba habilidad si quería sobrevivir, eso lo tenía claro ya, pero su principal motivación estaba sentada a unos metros de ellas, mirando todas las interacciones curiosa. Karissa tenía una expresión calmada en el rostro, con postura despreocupada, apoyando su peso en sus manos.
{Karissa miró a Amira. La chica con la que había estado peleando su amiga tenía el cabello de un lindo rosado, estaba parada frente a Amira, tenía los ojos clavados en ella y aún a esa distancia podía ver que había un silencio tenso entre ellas.
Sinceramente, Karissa estaba demasiado sorprendida con la determinación de Amira con respecto al entrenamiento como para reparar en la situación que se estaba dando.
Desde que había despertado tras un día completo noqueada luego del ajetreo de casi morir, había notado a Amira algo reticente a formar parte de las actividades del Campamento. Empezando por la pelea con Pina, la hija de Enyo, siguiendo por la situación de las mesas y sus divisiones, las ofrendas y terminando con el reclamo de Karissa. Era inesperada su emocion por participar, no entendía porqué había cambiado de opinión tan rápido.
Karissa suspiró: Amira siempre sería una llama inestable en una brisa de invierno, sus acciones eran emocionales la mayor parte del tiempo y su sangre corría caliente por sus venas, siempre reaccionando antes de pensar, con los sentimientos en alta y el enojo presente en cada palabra. Le había tomado tiempo distinguir entre su reacción instintiva y lo que pensaba realmente, con la mente calmada y tras tomar un té relajante.
Se había esforzado en entenderla, en comprender que Amira era complicada y que tanta pasión que tenía debía sacarla de alguna manera, porque a pesar de los extensos poemas que llenaban sus diarios, le sobraban las emociones para crear sonetos y haikus y tantas canciones.
Amira era impulsiva, así que no debería sorprenderle tanto que tuviera un cambio de parecer, pero había algo fuera de lugar, y Karissa no sabía qué.
Tarareó por lo bajo, despejando su mente.
Amira estaba hablando, pero no podía oír lo que decía. La chica frente a ella estiró los labios y ambas se pusieron en posición para otro round.
Al menos estaba decidida.}
Amira apretó los dientes. Si había algo que quería en su vida era poder ofrecer seguridad a su mejor amiga y si quería hacerlo tenía que aprender a valerse por sí misma y poder mantenerse viva en una pelea.
Lo que menos quería era una repetición de lo sucedido antes de llegar al Campamento.
Sentía náuseas solo recordando el rostro pálido de Karissa en la enfermería, y era consciente de que debería hablar con ella al respecto, porque a Karissa no le gustaba que se guardara sus emociones (algo sobre reprimir sus sentimientos y sobre hábitos no saludables, como si ella tuviera mucho que decir al respecto), pero no estaba preparada para tocar ese tema.
Solo pensando en toda la sangre que había cuando la arpía clavó sus garras en la carne de Karissa y la sensación enfermiza de la sangre seca en las manos de Amira, la sangre de su mejor amiga.
Ugh.
Amira levantó la mirada hacia Giselle, que seguía observándola con ojo crítico.
—¿Cansada? —preguntó Giselle. Amira bufó, limpiándose el sudor de la frente.
—Para nada —respondió. Acomodó el cuchillo en la posición que Giselle le había enseñado cuando empezaron a entrenar—, solo estamos calentando.
Giselle sonrió maliciosa, asintiendo.
—De acuerdo, ven por mí.
Amira frunció el ceño, poniéndose en posición. —Ven tú por mí.
Para cuando Amira terminó de exprimir cada gota de energía en una intensa sesión de entrenamiento con Giselle, que apenas había sudado en el último round que tuvieron, Amira estaba derretida en el suelo, lo que le parecía extremadamente injusto.
Karissa había estado casi dormida para cuando se desplomó junto a ella como peso muerto, y le ofreció una botella de agua que había ido a buscar con Kayla. Hablando de Kayla, había mirado a Amira una vez y negó con la cabeza, obviamente juzgando su falta de sentido común, cosa que Amira no apreciaba, gracias.
Le ardía cada pequeña parte del cuerpo, de la cabeza a los pies, tenía un gran moretón en el brazo y estaba muy segura de que mañana tendría más, pero estaba satisfecha. Giselle admitió que para estar empezando había hecho un gran avance en postura y que no le costaría mucho tomar el hilo del entrenamiento.
Estaba cansada, aunque había logrado hacer algo productivo, razonó.
—Buen trabajo —sonrió Karissa.
Amira asintió ausente, pero tuvo que tragarse sus palabras.
—¡Hola señoritas!
Un chico con gorra verde se sentó frente a ellas, y ambas parpadearon: ¿y ese de dónde había salido?
—Soy Danny, hijo de Afrodita —les guiñó el ojo con una sonrisa—. ¿Cómo se están adaptando?
—Pues bien, supongo… —Karissa le devolvió la sonrisa mientras Amira respondía, apática y cansada. Amira casi le gruñe que no le de ánimos a lo que parecía ser una larga conversación.
—¡Me alegro!
Mucha alegría. Demasiada felicidad en un ser humano. Amira entrecerró la mirada.
—¿Podemos ayudarte en algo? —cuestionó.
Danny inclinó la cabeza. —No realmente, solo quería saber si lo que dicen es cierto.
Amira sentía un inminente dolor de cabeza. Lo sabía. Sabía que algo iba a pasar, porque aparentemente nunca nada puede ir de acuerdo a sus planes.
—¿Lo que dicen? —Karissa hizo la pregunta a la que Amira en verdad no quería oírle la respuesta.
Danny las evaluó pensativo, asintiendo.
—Sí, han estado diciendo unas cosas... algunos han estado diciendo que la hija de Hades es muy intimidante, ¿segura que eres tú? No te ves muy intimidante para mí —se arregló la gorra y siguió mirándolas, tratando de conectar lo que decían con lo que estaban viendo sus ojos.
Amira casi se echa a reír ahí mismo: ¿Karissa intimidante? Su abuela en calzones era más intimidante que Karissa, ¿acaso se habían drogado o qué?
Karissa se encogió de hombros, sin palabras.
—¿Eso que importa? —Amira levantó la cabeza, aún tirada en el piso—. Todos lo vieron anoche, Hades la reclamó. A menos que haya otro dios que represente a los muertos con una calavera.
—No estamos seguros, nadie nunca había visto a un niño del Señor de Abajo ser reclamado.
—Si no mal recuerdo, Quirón mismo la reconoció como hija de Hades. ¿Y por qué le dices así? Es un dios y tiene un nombre.
Danny sacudió la cabeza. —Los nombres tienen poder, y a menos que seas Percy, dudo que te salves de las repercusiones de nombrar a un dios tan libremente.
Amira hizo una cara. ¡Los nombres son para usarse! ¿Cómo así que no podían decirles por sus nombres? ¿Y qué les iban a llamar? "El Señor de Abajo". Que ridículo.
Cada vez que Amira creía que ya estaba en zona segura le salían con otra locura.
—¿Quién demonios es Percy?
Danny la miró como si estuviera loca. —Oh, ya sabes, solo el semidiós que salvó al mundo dos veces.
—¿Salvar al mundo? ¿De qué?
Karissa preguntó, tanto o más confundida que Amira.
—¿Bromeas? ¿La Guerra de los Titanes? ¿La Guerra de los Gigantes? —hizo una mueca—. Rayos, cierto que apenas llegaron. Bueno, olvídalo, solo trata de no llamar a los dioses por su nombre: es irreverente.
Amira bufó, pero se guardó la respuesta que tenía en la punta de la lengua.
—Como sea.
Danny hizo una cara antes de levantarse. —Vengan conmigo.
—¿Para qué?
—Seguro.
Amira miró a Karissa, incrédula. La niña se estaba levantando y le dirigió una mirada de expectación a Amira. ¿En qué momento esa mocosa empezó a tomar decisiones por ambas? Sacudió la cabeza, haciendo mil y un muecas internamente, pero siguiendo a su amiga de todas maneras.
Mientras Karissa y Danny entablaban una amena conversación, Amira se mantenía en completo silencio.
Danny no se veía como un mal tipo, de hecho, su gesticulación era agradable en su opinión, le daba gracia la forma en la que decía ciertas cosas. Su primera impresión de él estaba marcada, más que definida. A primera vista no parecía más que un chismoso, que quería juzgar a la niña fenómeno para burlarse de ella. Aún así, no lo había hecho. Había continuado la conversación, y aunque hablaba de algunas cosas que no conocían no era cruel al respecto.
Al menos parecía que le agradaba Karissa más que Amira, lo cual era un alivio, porque Amira estaba muy segura de que no podría trabar amistad con Danny.
Bueno, con nadie en general.
Preferiría que Karissa no se encariñara con nadie pero sabía que era imposible, tenía un corazón demasiado dulce para no tomarle afecto a quienes se mostraban amigables.
Amira suspiró. —¿Aquí es que nos querías traer?
El campo de fresas había llamado la atención de Karissa desde el primer día, por lo cual llevarla allá a recolectar algunas era un completo acierto de parte de Danny.
—¡Claro! A todos les gustan las fresas —proclamó Danny. Karissa sonrió leve.
—A Amira no le gustan mucho, disculpa.
—¡¿Cómo no te van a gustar las fresas?!
—¡No me gustan y ya! ¿Qué quieres, que me queme las papilas gustativas?
—Yo creo que ya las tienes quemadas...
—¡Cállate!
(Karissa respiró hondo, metiendo una de las fresas en su boca para no hacer una mueca.
Tal vez acompañar a Danny no había sido buena idea.)
