Karissa despertó con la boca seca.
Había estado tan cansada la noche anterior tras socializar con Danny que simplemente cayó en su litera y entró en coma al instante. Se limpió los ojos con pereza, y echó una mirada al reloj, bien, aún le quedaba tiempo.
Se sentó en la cama, bostezando.
Había querido hacer una cama más grande juntando las literas, pero estaba tan cansada que prefería dormir de una vez. Fue al baño con los ojos más cerrados que abiertos y casi se ahoga en la ducha con el shampoo.
Vagamente recordó que Danny había mencionado algo sobre el desayuno, pero no podía recordar qué. Se vistió con la misma pereza con la que había despertado.
Mientras se ataba los zapatos pensó en Danny, y en lo bien que le había caído. Había algo en él que le parecía honesto, después de todo, no había pensado dos veces en decirle de los rumores que andaban rondando sobre Karissa. Le recordaba a Amira de alguna manera.
Había pasado casi toda la tarde peleando con Amira por tonterías, pero era de esperarse. A Amira no le había caído bien el hijo de Afrodita, le había lanzado miradas despectivas cada cierto tiempo y lo que normalmente eran comentarios inofensivos se convirtieron en picoteos sarcásticos a cualquier cosa que hiciera Danny.
Aún así, Karissa había pasado un buen rato con ellos. Claro, hubo un momento en el que consideró seriamente dejarlos atrás solo para tener algo de paz mental, porque, vamos, tenerlos por más de una hora CHILLANDO en sus oídos no era nada placentero.
Le gustaría creer que Danny sería un buen amigo, no solo para ella sino también para Amira, pero sabía que su amiga diría que era muy confiada, y Amira nunca haría amistad con alguien en menos de un mes, por lo que Karissa no iba a presionar. Mucho les había costado llegar a donde estaban, y no estaba dispuesta a tirar años de confianza por la borda por alguien que acababa de conocer.
Salió de la Cabina a paso tranquilo, mirando curiosa al cielo despejado. No entendía como era posible que estando en invierno hubiera sol y clima cálido, ¡era maravilloso!
Y algo aterrador, si era honesta.
Se sentó solitaria en la mesa de Hades, llenando su plato de comida antes de levantarse a hacer la susodicha ofrenda a su padre. Se sentía algo perdida ahora que sabía quién era su padre divino. El dios del inframundo y tantas cosas oscuras. De alguna manera no le sorprendía, su madre siempre había sido lujosa. Amaba las joyas e ir a comer a restaurantes, le fascinaba gastar dinero en ropa y zapatos y Karissa no podía negar que había salido beneficiada de todos los viajes de compras de su madre, después de todo, era en lo único en lo que su madre se permitió consentirla.
El armario de Karissa estaba repleto de vestidos y accesorios, de zapatos de todo tipo, maquillaje, joyas, todo lo que una adolescente podría desear.
Era una lástima que Karissa no tuviera interés en ser influencer, ¡tenía todo lo que podría necesitar una gurú de belleza!
Suspiró, echando al fuego un jugoso trozo de carne. No tenía nada que decirle a su padre, así que se ahorró los comentarios y volvió a la mesa de Hades.
Habían mesas vacías en varias partes del pabellón, algunas donde habían de dos a tres chicos. Todos parecían cómodos con el arreglo de las mesas, pero ninguna tenía un solo ocupante. Según podía ver, la mesa de Hades, al igual que su Cabina, era la única que tenía un solo ocupante.
Diría que se sentía sola, aunque tomando en cuenta las miradas que le enviaban algunos campistas como que prefería quedarse sola en la mesa de Hades a que fueran a molestarla. Ya había tenido sus experiencias con bullying y no señor, mejor se quedaba solita y tranquila. Al menos hasta terminar de comer para poder irse con Amira.
Hablando de Amira, estaba con el rostro pegado de la mesa, claramente de mal humor. Los chicos de Hermes tenían un pequeño escándalo que estaba segura le causaría un dolor de cabeza más tarde: siempre había sido propensa a migrañas, era la razón por la que debía dormir más de cinco horas y evitar golpes a la cabeza. De hecho, si no fuera porque se había medio desmayado y le habían dado néctar tras la pelea con Pina hubiera tenido una migraña colosal.
Amira se levantó, y a juzgar por su ceño fruncido podía deducir que efectivamente tenía una migraña. Karissa se mordió los labios para no reír cuando Amira arrojó con enojo un pan de su bandeja al fuego, yendo a la mesa de Hermes casi haciendo berrinche.
Se preguntaba quién sería el padre de Amira. Sabía que era un hombre apuesto, pues la madre de Amira tenía algunas fotos de cuando estuvieron juntos. Tenía el cabello oscuro y la piel morena, pero lo más llamativo eran sus ojos azules que parecían brillar a través de las fotografías. No solía hablarle de él, pero las veces que lo hacía era con cariño. Más de una vez Amira le había confesado que si pudiera conocerlo, probablemente lo adoraría.
Karissa se terminó su comida y esperó pacientemente a que su amiga lo hiciera también. Vagamente recordó que tenía que elegir un arma, como Quirón le había recomendado. No estaba segura de querer una, pero no era como si pudiera negarse, ya que era casi un requisito para todos los semidioses. Suponía que tenía sentido, digo, necesitarían algo para defenderse si algo llegaba a suceder. Un evento inesperado, como su divertido encuentro con la arpía, pensó.
Sí, tenía mucho sentido buscarse un arma.
El problema era usarla. Era más probable que la matara su propia espada a que la matara un monstruo, no tenía pena en decirlo.
No hay problema, no hay problema, sacudió la cabeza.
De todas formas, no podía ser la primera persona en llegar y no saber pelear, ¿o sí? Seguramente alguien podría enseñarle, y con tal de que no fuera Pina estaría encantada de aprender.
—Cariño, ¿estás lista? Vámonos de aquí.
Karissa miró a Amira con una sonrisa, siguiéndola fuera del pabellón. Escuchaba las palabras de Amira pero en su mente sólo rondaba la inminente visita que tendría que hacer a la armería. A Amira no le molestaría acompañarla, eso lo sabía, pero si para ella había sido tedioso escoger un arma, ¿qué le quedaba a Karissa?
¿Tal vez un arco y flecha? Podría pedirle ayuda a uno de los hijos de Apolo.
Ah, no, pensó, recordando claramente el incidente que tuvo en esa clase de deportes. Mejor nada que requiera puntería.
—Karissa, ¿estás bien? —Amira tomó su brazo, deteniendo su paso.
Parpadeó, mirando de reojo la pared lava. ¿En qué momento habían llegado a la cancha de volleyball?
—Sí, sí, estoy bien. Solo pensaba en qué arma debería elegir —mencionó.
Amira miró a su amiga. Se sentía la incredulidad en su mirada y Karissa casi se siente ofendida, pero entendía de dónde venía.
(¿Que Karissa quería qué?
¿Estaba escuchando mal? ¿O qué pedo?
¿Karissa interesada en una actividad que requería esfuerzo físico?
Esa no era su amiga, ¡se la cambiaron!
Amira hizo una mueca. Si ella misma no era muy apta a actividades físicas entonces Karissa era más que inútil en ello. Tenía problemas de asma cada cierto tiempo, sobre todo en primavera, que era cuando la atacaban las alergias y le faltaba el aire al estornudar.
¿Y así quería aprender combate?
Amira no quería subestimar a su amiga, de hecho, le tenía mucha fe. Sabía que Karissa era capaz de muchas cosas, que solo debía intentar y podía lograr lo que fuera. Pero también sabía que Karissa era muy frágil, sabía que tenía un cuerpo muy poco acostumbrado a tales esfuerzos.
Si ella misma sufría con el entrenamiento que había recién empezado, no quería ver lo que dejaría para Karissa.
Apretó los labios. De todas formas no podía hacer nada al respecto. Karissa era su propia persona, y por más que Amira actuara como su madre, a fin de cuentas no lo era. Simplemente no podía detenerla si era lo que quería hacer.
Además, eran muy pocas las ocasiones en las que Karissa tomaba la iniciativa de hacer algo por sí misma, y al igual que todas las otras ocasiones, Amira no podía evitar sentirse orgullosa de su amiga. Sabía que a Karissa le costaba mucho salir de su burbuja de seguridad, y que lo hiciera sin tener que empujarla primero le daba un sentimiento de satisfacción que le dejaba un espacio cálido en el pecho.
Suspiró, no quedaba más que esperar a ver cómo se desarrollaba todo.
Solo esperaba no arrepentirse.)
Karissa se encogió de hombros y siguió caminando, sabiendo que Amira la seguía de cerca.
¿Qué otro tipo de arma podría tener? No era como si conociera mucha variedad, además de que tendría que entrenar mucho para poder manejar un arma lo suficiente como para defenderse. También estaba el hecho de que era muy poco atlética y si quería lograr algo iba a tener que ponerse en forma, y rápido.
… tal vez debería considerar mejor lo del entrenamiento.
Karissa hizo una mueca: ni modo, ya le había dicho a Amira que iría a conseguir un arma. Lo hecho está hecho.
Ambas se sentaron en el Coliseo a observar los entrenamientos. Giselle le había dicho a Amira que se tomara un descanso, pues su cuerpo no estaba acostumbrado a tanta presión, y Karissa no estaba dispuesta a dejar que su amiga se atrofiara los músculos. Amira observaba cada movimiento del combate, absorbiendo todo lo que pudiera aunque fuera a distancia. Sus ojos iban de un lado a otro y hacía muecas por cada golpe bajo que se intercambiaba en la pelea, parecía una completa aficionada al combate.
No le sorprendería que se volviera una experta en poco tiempo. Giselle ya les había confirmado que Amira era rápida aprendiendo, así que eso no era una preocupación.
Aún le parecía irreal el cambio de opinión tan radical de Amira. No quería estropear todo abriendo la boca, así que se guardaría su opinión, pero Karissa no era estúpida. Sabía que algo no encajaba, y no quería presionar a Amira en caso de que le explotara en la cara, cosa que ya había sucedido antes y no era nada agradable.
Karissa tenía largos años de conocer a Amira, era consciente de lo explosivo del carácter de su amiga y en muchas ocasiones le había jugado en contra. Una palabra demás, un gesto sorpresivo. El detalle más pequeño podía desatar el malhumor de Amira, y aunque sucedía con menos frecuencia en el presente, no quería decir que habían desaparecido por completo. De hecho, más de una vez tuvo que detener a Amira de lanzarse contra su madre.
Ambas de verdad se odiaban hasta la muerte.
Estaba muy segura de que por parte de su madre era solo un intenso disgusto, pero Amira... Amira sí la odiaba, con todas las letras, en todas las formas. Siempre presentaba muy buenos argumentos en contra de su madre, pero Karissa trataba de no darle la razón, al menos en voz alta, o Amira se sentiría en su derecho de ir y caerle a piñas a su madre y eso era algo que prefería evitar.
Y su madre, bueno. Su madre siempre buscaba una razón para alejar a Amira de su vida.
Era una de las pocas cosas en las que desobedecía a su madre. Si bien sabía que su madre consideraba a Amira una mala influencia por su estilo de vestir, las quejas que había oído de los demás padres en la escuela y su cara de limón agrio, Karissa conocía bien a Amira, y sabía perfectamente que esa cara de limón agrio también tenía buenas intenciones, sí, era muy mal genio, pero tenía buenas intenciones. Eso tenía que contar para algo, ¿verdad?
¿Verdad?
—¡Hola, hola, señoritas!
Karissa dio un respingo y casi podía oír cómo Amira rodaba los ojos. Ambas voltearon, y a su derecha, subiendo las gradas, estaba Danny, acompañado de Giselle y otro chico.
Amira rezongó en voz baja, devolviendo la mirada hacia el combate para no tener que hacer contacto visual con el castigo de su existencia.
—Amira, Karissa —sonrió Giselle.
—Hola —Amira gruñó al tenerlos en frente.
—Amargada.
—Hola Giselle, hola Danny.
—Tú cállate, no hablo contigo.
—Acabas de hablarme.
—No empieces.
—Tú no empieces.
—Ambos no empiecen —dictó Giselle, su sonrisa un poco tensa en los bordes.
Karissa miró al chico que desconocía, su cabello cobrizo reflejaba la luz y le daba un aspecto angelical. Alguien tan alto no debería ser tan lindo. No era justo. ¿Qué tanto puede ser favorecido alguien para no solo ser alto, sino también lindo?
Tan injusto.
Giselle captó la mirada curiosa de Amira y puso su mano en el hombro del chico. —Él es Michael, es hijo Hímero, el dios del deseo sexual. No se preocupen si de repente lo ven muy atractivo, está en sus genes.
Karissa parpadeó, sintiendo las mejillas enrojecer un poco. ¿A poco también habían dioses de esos? Cada día se aprende algo nuevo, aparentemente.
—Oh, un gusto —sonrió—. Soy Karissa y ella es Amira.
Michael le devolvió el gesto
—Lo sé, es un placer. Danny me ha hablado algo de ustedes dos. Y debo admitir que sobre ti tiene mucha razón, pero sobre tu amiga...
Amira casi se rompe el cuello volteando hacia Michael.
—¿A qué te refieres?
Tenía una sonrisa traviesa en los labios, y Karissa solo rezaba que no fuera nada malo, o Amira tendría un infarto ahí mismo. —Oh, bueno, mencionó que Karissa era muy linda y agradable, pero había dicho que Amira era un ogro malhumorado, y yo la veo bastante encantadora, la verdad.
Amira se giró a darle su opinión a Danny, que volteó los ojos con tanta fuerza que a Karissa le sorprendía que no se le hubieran desprendido. Giselle negaba con la cabeza pero no podía ocultar que le había dado gracia la reacción inmediata de Amira, quien se veía indiferente al comentario de Michael, pero Karissa no tenía cuatro años conociéndola en vano, y sabía que se sentía apenada por el mal recibimiento que le había dado al chico y que este inmediatamente le diera un cumplido.
Amira volvió a mirar a Michael y asintió en su dirección. —Un gusto.
Su amiga podía ser muchas cosas, pero sabía ser cordial cuando debía.
—No puedo creer que a él si le seas amable, ¿debo hacerte cumplidos para que me trates bien a mí? ¡Eres muy linda, Amira!
—Cierra tu maldita boca, ¡¿puedes?!
—Que agradable ambiente —comentó Jake, que había observado todo unas gradas más arriba. Karissa estaba muy segura de que Amira quedaría con los ojos en blanco por el resto de su vida.
Giselle se sentó junto a Amira, pasando un brazo por sus hombros con una sonrisa.
—No le des bola a Danny, es un ridículo.
(Amira ya sabía eso, gracias.
Mirando a estos tontos a su alrededor no podía evitar pensar que sería lindo si pudieran tener amigos de vuelta en la escuela, pero sabía que era imposible. Karissa no era aceptada en ningún grupo por su apariencia pálida y su actitud reservada, y Amira ya tenía una reputación poco favorable. Ninguna de las dos era bienvenida con los demás estudiantes.
En pocas ocasiones había alguien dispuesto a acercarse a ellas, y al final se alejaban por presión social o por los susurros venenosos de sus padres y las miradas resignadas de los profesores. Aunque al principio Karissa se recluía al ver el rechazo de sus compañeros, con esfuerzo y mucha dedicación de parte de Amira ya había dejado de afectarle la exclusión a la que eran sometidas. Siempre que había un estudiante nuevo era un desafío, pues las miradas de los demás eran un peso sobre ellas cuando les advertían a los nuevos que no se acercaran mucho a las problemáticas.
A Amira no le importaba mucho: tenía una vida de soledad a cuestas, ¿qué diferencia hacía unos años más, y con una buena amiga?
Además, ¿qué podía ganar de tener amigos si debía cambiar quien era para conservarlos? Sobre todo si debía alejarse de Karissa. Eran un par, si no eran ambas, no era ninguna.
Amira no había cambiado su actitud ni por su madre, mucho menos lo haría por un par de amigos que a la primera oportunidad la dejarían sola.
Era mejor así, nadie tenía la paciencia para lidiar con la fragilidad de Karissa y la desconfianza de Amira.
Solo Karissa y Amira era suficiente.)
—Hola Jake —saludó Karissa. El hijo de Hefesto se sentó detrás de ellos con actitud casual, dejando su bolso a su lado.
Michael tosió, haciendo una mueca con la boca, e inmediatamente Jake acercó su bolso y lo acomodó con una sonrisa nerviosa. Karissa parpadeó.
¿Qué pasó ahí?
—¿Y bien, señoritas? ¿Qué tal les va? —preguntó sonriente mientras Giselle trataba de ver dentro del bolso de Jake de una forma muy poco sutil. Karissa miró de reojo a Amira, pero ella tenía los ojos clavados en la arena, como si creyera que ignorandolos con toda su voluntad podía fingir que no existían.
Michael jaló a Giselle del brazo, deteniendo su investigación sobre el misterio de Jake, y fue ahí que Danny abrió la boca.
—Jake —estiró los labios en una traviesa sonrisa—, ¿qué tienes-?
Cortó su oración cuando un Objeto Volador No Identificado le rozó la espalda, dejándosela tibia por la fricción y dándole un gran susto a Danny. Inmediatamente se echó hacia adelante, ocultándose entre Amira y Giselle con los ojos bien abiertos mientras Michael parpadeaba curioso.
Karissa estiró el cuello, tratando de ver qué era lo que casi atropellaba a Danny, pero solo pudo ver una mancha borrosa que en lugar de volar, rodaba por las gradas con muy poca gracia, dando tumbos de un lado a otro hasta llegar al suelo, donde todos los campistas que entrenaban se detuvieron a ver a la masa deforme que había caído, casi literalmente, del cielo.
Entrecerró los ojos, sin saber si estaba viendo mal o qué, pero le parecía que tenía cabello y manos. ¿Sería una persona? Y si lo era, ¿de dónde demonios había salido? Habría jurado que no había nadie sentado más arriba.
La bola deforme se giró, y, efectivamente, era una persona. Tenía los ojos abiertos a más no poder, con una mirada entre horrorizada y fascinada, y era, al menos desde la distancia, una persona muy, muy bajita. Tenía la piel morena y rulos quemados en la cabeza, pero sobre su rostro se extendió una sonrisa de oreja a oreja y se levantó de un brinco, sacudiéndose el polvo.
—¡Estoy-! Ugh —se limpió el rostro con la mano, sin darse cuenta de que se ensuciaba la mejilla con grasa—. ¡Estoy bien! ¡Perdón por la interrupción chicos!
Y tal como vino se fue. Los que estaban entrenando en la arena sólo se encogieron de hombros y resumieron sus combates mientras Karissa parpadeaba, estupefacta.
—¿Y eso qué fue? —preguntó Amira, moviendo la mano vagamente en dirección al personaje que se iba en gran ánimo.
—Ese fue Leo, es hijo de Hefesto —suspiró Jake, sacudiendo la cabeza.
Danny se aclaró la garganta. —Pues debería decirle que tenga algo más de cuidado: ¡casi ruedo como pelota escaleras abajo!
—Deja de quejarte tanto, ni siquiera te tocó —Giselle bufó.
—Uhhh, ¿acaso tú sentiste lo que yo sentí?
—Oh, ¿Leo te hizo sentir algo? Cuéntame más.
—Escucha, tú-
.
Karissa se abanicó con la mano, desparramada como estaba en la mesa de Hades, mirando su comida sin apetito alguno mientras los demás inhalaban su cena como si fueran a morir esa noche.
Después del espectáculo en el Coliseo, habían hecho un detour por el Pabellón para almorzar algo, donde Jake se despidió para ir a trabajar en la forja, y Danny había tenido un ataque desde su mesa al ver a Amira sacándole las aceitunas a un platillo. Karissa pasó todo el almuerzo riéndose de su exasperación, y agradeciendo que estaban en mesas diferentes y no tenía que escuchar a Danny criticar a Amira como cuando descubrió que no le gustaban las fresas.
Luego de tal almuerzo, Amira había decidido probar su suerte e ir a escalar el Muro de Lava, algo que Karissa consideraba muy, muy, mala idea, y Danny se había tomado esto como un reto personal, así que Idiota y Más Idiota fueron a escalar su trampa mortal, y Karissa se sentó a observar junto a Giselle y Michael.
En varias ocasiones parecía que Amira estaba por estirar la mano y empujar a Danny a conocer su fin, pero por gracia divina se contuvo de cometer un homicidio en público. Danny, en cambio, tenía una sonrisita picarona en el rostro mientras le decía quién sabe qué cosa a Amira para sacarla de quicio, y a riesgo de verse como una mala amiga, admitía que las expresiones de Amira se veían muy cómicas, especialmente cuando gritaba y podían escuchar el eco de su voz desde el suelo.
Parecía una hormiguita desquiciada.
Danny logró llegar a la cima antes que Amira, y aún desde su lugar, Karissa podía ver claramente cómo se burlaba de ella y su lentitud, y casi se infarta cuando su pie resbaló.
Para cuando bajaron del muro, Amira tenía toda la piel roja, aunque no estaba segura si era por el calor de la lava o por toda la sangre que se acumulaba en su rostro del enojo que Danny le provocaba.
El problema vino cuando Giselle tomó la mano de Karissa y la jaló al muro sin darle tiempo a parpadear. Detrás de ellas, Amira farfullaba.
—¡Oye! ¡A Karissa no le gusta el muro!
No era precisamente que no gustara el muro, pensó mientras acariciaba sus sensibles brazos, mirando la comida con aprehensión; era más el hecho de que podía caerse y quedar como tortilla en el suelo.
Karissa nunca había sido buena atleta, su cuerpo estaba acostumbrado a poco esfuerzo y nunca se había tomado la molestia de desarrollar algo más de resistencia física.
Tal vez era por eso exactamente que Giselle la empujó a subir el muro con ella.
Y bueno, Karissa no logró llegar a la cima, pero tampoco estuvo tan mal para ser su primera vez, eso le había dicho Giselle al bajar.
Amira había estado algo de mal humor por no haber podido detener a Giselle, pero Karissa solo sonrió y la empujó a sentarse. El ambiente era agradable aunque estaban cansados y a paso lento se dirigieron al Pabellón nuevamente, donde se separaron para ir cada uno a sus respectivas mesas, excepto Amira, que seguía sentándose con los hijos de Hermes, siendo que aún no había sido reclamada por su padre divino, lo que Karissa consideraba injusto.
Mirando por el Pabellón, se dio cuenta de que era la única entre ellos que aún no era reclamada.
Sabía que no debía importarle mucho lo que otros pensaran, pero también sabía que Amira tenía a su padre en gran estima, que su madre le había contado solo cosas buenas de él y que siempre había anhelado conocerlo, que llevaba una foto gastada en su bolso aunque no la sacara nunca, porque consideraba que era su amuleto de suerte (por más que siempre le fuera mal en matemáticas, pero Amira decía que era inevitable, pues era pésima en la materia).
Sabía que Amira debía recordar cada vez que su madre le decía que su padre la amaba, aún así, no la había reclamado.
Karissa no había tenido que lidiar con nada de eso, su madre simplemente le había dicho que su padre ya no estaba y ese fue el fin del asunto. Cada vez que preguntaba algo al respecto su madre se ponía de malas, así que simplemente dejó de insistir.
Pero que te dijeran que habías sido querida, que te habían amado, y ver una demostración tan sólida de lo contrario… Karissa no podía imaginar lo que Amira debía estar sintiendo. Sola, en una mesa con chicos que no conoce y que ni siquiera sabe si son sus hermanos o no, alejada de la única amiga que tiene, y sabiendo que su madre le había mentido sobre uno de los aspectos de su vida que guardaba más cerca de su corazón.
Karissa suspiró dentro de su vaso.
Al terminar de comer todos salieron directo a la hoguera, dispuestos a relajarse un rato en compañía de sus amigos.
Las estrellas no se veían mucho, pero la luna lo compensaba con su resplandor. Amira y Karissa y se sentaron en un lugar más apartado, tratando de no molestar a nadie en lo posible. Se arregló en su lugar y puso las manos en sus rodillas mientras miraba al cielo con calma.
(Amira sabía que Danny y Giselle querían sentarse junto a ellas. Se habían acercado lo suficiente, pero al final Giselle pareció dudar y jaló a Danny hasta sentarse a unos pasos de ella con muecas similares. Si en algún momento dudó de que fueran amigos, se aclaró su duda en ese instante con los pucheros que hicieron al darse cuenta de que probablemente no podrían acercarse más a ellas en lo que restaba de noche.
Admitía que no eran tan malos como había pensado en un principio. De hecho, con mucho dolor podía decir que eran aceptables. Aunque Danny era insoportable, podía reconocer que tenía buenas intenciones y que a Karissa le caía bien. Además, era bastante amigable y podía entretenerla de forma rápida, como había demostrado ese día que habían pasado juntos.
No era exactamente lo que Amira quería, pero mientras Karissa estuviera contenta no veía el problema.
Karissa se excusó para ir al baño rápido, y Amira asintió en su dirección antes de volver la mirada hacia Giselle y Danny, que parecían muy determinados en mirar al fuego y no dirigirse a Amira.)
Karissa salió de los baños comunes con ligereza, yendo a paso tranquilo a la hoguera. Amira estaba muy dócil esa noche, seguramente estaba cansada por su aventura en el Muro de Lava. Al menos no parecía afectada por las miradas que les daban a veces.
Podía parecer que no, pero Karissa no era ciega, sabía perfectamente que a algunos campistas no parecía agradarles el hecho de que era hija de Hades, pues ponían muecas que ya le eran familiares.
Toda su vida había sido rechazada, una vez más, una vez menos, no le afectaba mucho ya. Amira siempre se aseguraba de mostrarle que la quería y que era suficiente, y no le molestaba tener solo una amiga.
Desde que conocía a Amira no se sentía solitaria en absoluto.
Se detuvo un momento a frotarse las manos, pues sopló una fría brisa que le erizó el pelo en los brazos, y siguió caminando.
Y de repente, como si fuera en cámara lenta, vio el momento exacto en el que sus pies tropezaron la nada y su mundo dio un giro cuando perdió el equilibrio, pero gracias a algún ser benevolente en el cielo se pudo sostener del hombro de Austin antes de besar el suelo.
Se disculpó con Austin con una sonrisa apenada, sintiendo las mejillas arder de la vergüenza, pero él solo asintió con una risita mientras movía la mano, divertido.
—¡Oye tú!
La paz que había reinado se derrumbó cuando un chico detrás de ambos señaló a Karissa con una mueca indignada. En sus manos sostenía una lanza rota y se veía con unas buenas ganas de tirársela a Karissa en la cabeza, a lo que dio un paso hacia atrás, aprensiva.
Todas las cabezas giraron hacia ellos.
El rostro de Karissa se encendió como una fogata, su corazón se aceleró en un parpadeo y sus manos empezaron a sudar.
—¡Pisaste mi lanza! —acusó el chico.
Austin frunció el ceño, dudoso, pero Karissa no estaba preocupada por Austin: le preocupaba la forma en la que todas las miradas estaban puestas en ella, observando su reacción. Sabía que debía decir algo, pero no podía empujar las palabras fuera de su boca.
—Yo-
—¡Tropezaste y rompiste mi lanza! —repitió el chico.
Karissa negó con los ojos bien abiertos, sin saber qué decir. Debería defenderse, debería negarlo, debería decir algo, lo que sea.
Tenía la boca abierta pero no podía encontrar su voz.
—¡Eso es mentira!
Pero esa no era su voz.
Volteó hacia Amira, parpadeando. Su amiga se había levantado de su sitio y se dirigía a paso rápido al foco de conflicto, con el rostro arrugado del enojo.
El alma de Karissa volvió a su cuerpo cuando tuvo a Amira frente a ella y pudo ocultarse en la familiaridad de ver sus hombros tensos interponerse entre quien le buscaba problemas y ella. Una vez protegida por su fiera amiga pudo sentir el temblor en sus manos disminuyendo poco a poco.
Porque siempre sería así, ¿verdad? Karissa en un aprieto y Amira llegando a salvarle el trasero con su actitud de niña mala.
—¡Solo mira la distancia! Karissa está justo al lado de Austin, ¡es imposible que pisara tu lanza si estabas sentado donde estás ahora!
El chico balbuceó enojado, levantándose. Amira tuvo que levantar la mirada para mantener el contacto visual, y el chico se vio confundido al darse cuenta de que Amira no iba a retroceder por la diferencia de tamaños.
Karissa tenía ganas de bufar: lo que menos le importaba a Amira al momento de pelear era su tamaño, simplemente le valía. No era como si necesitara más altura para darse su valor, pues con su tamaño era capaz de dar una buena pelea y aunque no estuviera al nivel de Pina, la hija de Enyo, si podía aguantar una pelea aunque fuera contra un bestia como lo era este chico, tal como había demostrado con Tronchatoro.
—¿¡Y si no fue ella quién fue!? ¡No había nadie más de pie en ese momento! ¿Qué crees que se rompió sola?
Quirón alzó las manos con infinita paciencia. —Tratemos de calmarnos, Amira, Louis-
—¡Y yo qué voy a saber si no estaba rota antes! Admítelo, estás mintiendo.
Quirón cerró los ojos, tratando de reunir más paciencia.
Karissa entendía el sentimiento.
—¡Escucha tú-!
Amira estampó su pie contra el suelo en una extraña muestra de impaciencia infantil. Karissa la jaló del brazo, dispuesta a disculparse si era necesario para terminar con el espectáculo que todos parecían disfrutar, pero Amira no se movió de su lugar.
Tenía una mirada extraña, como si le doliera personalmente que el chico estuviera mintiendo. Tal vez sólo era enojo, pero se veía mucha más intenso de lo común.
Karissa jaló su brazo débilmente. —Amira, está bien. Pudo ser un accidente-
—¡No! —interrumpió, apretando las manos—. ¡Deja de mentir: Karissa no rompió nada!
—Niños, tranquilícense-
—¡Escucha, solo discúlpate y lo dejamos así!
—Lo sien-
—¿¡Por qué no dices la verdad!? —explotó Amira.
Literalmente.
Un halo de luz se disparó de los labios de Amira hacia Louis, que se echó hacia atrás con un gesto entre asustado e impresionado e inmediatamente escupió.
—La verdad es que no vi si pisó mi lanza o no, pero un momentos estaba bien y al otro estaba rota, lo más lógico para mi es decir que ella la rompió.
Austin, que era el más cercano a los tres se levantó ipso facto y puso sus manos en los hombros de Amira antes de mirar sobre su cabeza y asentir con una sonrisa.
Karissa quedó en blanco. Miró hacia donde Austin había mirado, intentando ver qué llamó su atención y fue ahí que se fijó del símbolo del sol que se desvanecía poco a poco sobre la cabeza de su amiga.
Amira era hija de Apolo.
