Karissa estaba en algo así como un trance.

Los últimos dos días habían sido una sobrecarga de información para su cerebro, además de la cantidad de emociones que había tenido que procesar y ordenar, especialmente por la reaparición de su hermano perdido que podría jurar que estaba muerto.

Tal vez si tenía algo de culpa por creerle a su madre, pero más que dolor por la gran mentira que le había dicho, era un alivio que fuera un engaño. Al menos podía estar segura de que Chris no se hubiera ido de ser completamente necesario.

Porque lo había sido, ¿o no? Después de todo, dos semidioses de dos de los Olímpicos no era nada bueno para nadie, y tarde o temprano los monstruos se convertirían en una amenaza aún mayor para los dos, por lo que Chris decidió marcharse en cuanto se enteró del peligro que corría su hermana. Todo esto gracias a Marlon, el sátiro que había localizado a Chris en sus clases de baloncesto.

Al menos, esa era la historia de Chris.

Karissa le creía. Todo encajaba perfectamente, no había ninguna razón por la cual no creerle a su hermano. Además, tenerlo devuelta era lo mejor que podría pasarle, ¿qué tanto podía importar si se había ido porque quería o por necesidad? Nada de eso importaba cuando podía ver el mismo afecto y calidez en esos ojos traviesos que la habían acompañado por 11 años de su vida con un abrazo amoroso en las noches de tormenta. No había manera en que Chris pudiera fingir la desesperación en su rostro cuando Karissa despertó de su desmayo.

Era consciente de que las cosas podían cambiar mucho en 5 años, ella misma había cambiado un poco, pero tenía la esperanza de que la esencia de su hermano no había cambiado lo suficiente para borrar el cariño que ambos se tenían.

Tras una larga conversación emocional con Chris, donde se dijeron cada pequeña cosa que se perdieron en la vida del otro, incluida las supuestas guerras en las que Karissa aparentemente estuvo debajo de una roca (porque vamos, ¿dos guerras y no se enteró de nada?), Karissa y Chris fueron a cenar, y al menos Karissa, tenía una sensación cálida en el pecho.

Aún cuando Nico y Chris se enviaban miradas de desconfianza, no podía reprimir un suspiro contento. Tenía a su mejor amiga, a su hermano perdido y un nuevo hermano a su lado, ¿qué más podía pedir?

...

Aparentemente estar feliz con eso era demasiado pedir, porque menos de 24 horas después se enteró de que una diosa tenía algo en su contra y eso no era muy sano, al menos en los estándares de Karissa. Amira no se veía para nada satisfecha con las pocas respuestas que habían obtenido, y aunque podía identificarse con esa frustración, no podía obligarse a enojarse, pues Chris inmediatamente la distrajo con una conversación amena que sabía que debería ignorar pero no tenía el corazón para hacerlo.

Aún así, su mente recordaba las palabras de Quirón.

¿Mejorar su defensa personal?

Es decir, técnicamente sabía que debía hacerlo, pero no había querido forzar la situación, pues no era muy dada a la actividad física. Amira había estado encargándose de eso y Karissa se dedicaba a mirar, y viendo cómo terminaban sus entrenamientos tampoco le daban ánimos de probar.

Suspiró mentalmente, sabiendo que ya no podía retrasar lo inevitable.

Pero para iniciar ese dilema tendría que conseguir un arma primero.

Recordó la travesía de Amira al buscar su propia arma e inmediatamente hizo una mueca. Ojalá a ella le fuera mejor que a su amiga, por favor, por favor, por favor.

Chris se despidió junto a Clarisse al salir de la Casa Grande, y Karissa miró a Amira con una sonrisita nerviosa. El ceño fruncido de su amiga y sus brazos cruzados le daban la obvia imagen de una emputada Amira a punto de iniciar un pleito con su madre, lo que pasaba mucho más seguido de lo que Karissa quisiera.

—¿Qué quieres? —gruñó Amira.

Karissa rió. —¿Me acompañas a elegir un arma?

Amira hizo una mueca de completo desagrado, y cuando Karissa pensaba que le diría un rotundo no, apretó la mandíbula y empezó a caminar en dirección a la armería. Karissa suspiró, siguiéndola.

Mientras caminaban, los pensamientos de Karissa volvieron a la diosa de los pies ligeros. Por alguna razón, ese título se le hacía demasiado conocido. Probablemente lo había oído durante una clase, pero no podía recordar qué diosa era. Tenía el nombre en la punta de la lengua más no podía terminar de recordar.

¿Por qué se habría molestado la diosa?

Sentía como si estuviera pasando algo por alto, pero no sabía qué podía ser.

En menos de cinco minutos llegaron a la armería, donde ambas tuvieron flashbacks de guerra al patético día en el que Amira fue a elegir su arma, y por lo visto, Nyssa también los tuvo, pues en cuanto las vio entrar inmediatamente su rostro perdió cualquier expresión que pudo tener, señalando a la puerta por donde acababan de entrar.

—No —fue lo único que dijo.

Karissa puso una sonrisa apenada. —Lo siento, esta vez venimos por mi.

Nyssa entrecerró los ojos, para nada convencida.

Tras un minuto de hacer su cara más inocente, al fin cedió y les indicó que la siguieran. Karissa empezó a mirar cada arma que pudiera llamarle la atención, las cuales en su mayoría eran las que parecían más o menos fáciles de manejar, pero no eran muchas.

—Creo que a ti te vendría bien una espada, Karissa —mencionó Nyssa, señalando una pila de espadas envainadas acumuladas en una mesa en una esquina.

—Estaba pensando en eso también —concedió, tomando la primera que vio.

Amira y Nyssa. —Muy larga.

Karissa parpadeó, devolviendo la espada a la mesa, poniéndola a un costado.

Tomó otra y, aunque se sentía un poco pesada, la desenvainó y en cuanto lo hizo se arrepintió, pues era como si hubiera tomado una espada de plomo, y perdió completamente el equilibrio, casi cayéndose con todo y espada.

{A Amira le dieron al menos tres infartos en el pequeño instante en el que Karissa se inclinó a la derecha, y lo único que pasó por su mente fue listo, hasta aquí llegamos, no la mató la arpía pero se va a auto-apuñalar con una espada que se supone será su mecanismo de defensa.

Se le bajó y subió la presión arterial en menos de dos minutos, su corazón se detuvo y sus pulmones colapsaron.

Nyssa se encontraba con una mano estirada junto a ella, pero congelada con horror y obviamente esperando ver sangre y al menos una extremidad de Karissa separada de su cuerpo completo.}

Al final, pudo recuperar el equilibrio solo al soltar la espada para sostenerse de un escritorio cercano, lo que la salvó de tener un incidente algo sangriento.

Nyssa tragó en seco y recogió la espada, guardándola en su vaina antes de empezar a separar el resto de las espadas. Las más grandes y pesadas las ponía a un costado, mientras las más delgadas iban frente a Karissa, que observaba el proceso con el rostro caliente de la vergüenza.

—Ahora intenta con esas, pero ten cuidado —sonrió Nyssa, más calmada.

Karissa la miró dudosa antes de chequear con Amira para seguir intentando. Cuando su amiga asintió, Karissa respiró hondo y tomó la primera espada para probarla en sus manos.

Como no sabía mucho de posiciones y eso, Amira tuvo que ayudarla un poco, pero al final Nyssa fue quien hizo casi todo el trabajo.

Aún así, por alguna razón, cada espada que probaba se sentía como si saldría volando de sus manos en cualquier descuido, o como si fuera plomo en sus manos.

Cuando habían terminado de probar las espadas, todas y cada una de ellas, las tres estaban frustradas a más no poder.

Nyssa bufó. —¿Segura que ninguna te parece buena?

—No es que sean malas o algo —aclaró Karissa, avergonzada por la pérdida de tiempo y frustrada a partes iguales—, es que se siente muy incómodo.

—¡Y decían que yo estaba siendo intensa al elegir mi arma! —Amira rodó los ojos.

—Tú cállate, por lo menos Karissa sabe qué tipo de arma busca.

—Escucha, tú-

—Por favor no pelees, Amira...

—¿Señoritas?

Las tres voltearon, casi con lágrimas en los ojos, a mirar a Quirón, que observó el desastre de espadas en las mesas y el suelo con una ceja alzada.

Nyssa se levantó de su lugar en el suelo.

—¡Quirón! ¿Sucede algo?

—Buscaba a Karissa para ofrecerle algo de ayuda con su arma —dirigió una mirada significativa a la gran catástrofe en la que se había compartido la armería antes de volver a mirar a la hija de Hades—, y parece que sí la necesita.

Karissa asintió efusivamente, y Amira se dejó caer sobre las espadas envainadas, farfullando. —¡Podrías haberlo dicho hace tres horas!

Nyssa dio un suspiro. —Bueno, si aún no consigues nada podría forjar una espada para ti.

Karissa sonrió, agradeciendo de corazón. En el exterior se veía normal, pero por dentro lloraba lágrimas de sangre: si tenía que pedirle a Nyssa que le forjara una espada específicamente a ella y que por alguna razón aún no se sintiera bien la espada, no estaba segura de poder vivir con la pena y la culpa.

Usaría esa misma espada para cortarme la garganta, supuso.

Siguió a Quirón fuera de la armería y de vuelta a la Casa Grande, donde el centauro la guió escaleras arriba. Entraron a un ático bastante tétrico, y Karissa ya había visto suficientes películas de terror cortesía de Amira como para mirar las cosas que estaban en el ático por mucho tiempo o siquiera pensar en tocar algo.

Quirón se acercó a una caja en un estante algo alto y la bajó. En la tapa de la caja, inscrito en griego antiguo, se leía claramente en tinta negra "Para la Hija de Hades".

—Esto fue enviado aquí hace décadas, pero no había ninguna persona que pudiera reclamarla —explicó. Karissa miró la caja con detenimiento. Era bastante simple, de apariencia delicada, y demasiado pequeña para tener una espada dentro—. Por supuesto, hubo una hija de Hades hace unos años, pero las circunstancias no permitieron que pudiera entregársela.

Karissa ladeó la cabeza, curiosa, pero la caja y su contenido llamaba demasiado su atención como para centrarse en esa información por mucho rato.

Quirón abrió la caja por ella, y solo pudo ver un anillo en el centro de la caja.

Parpadeó.

Miró a Quirón.

Luego al anillo.

Luego a Quirón de nuevo.

Alzó las cejas.

—Esto es...

—Un anillo —asintió.

—Pero, ¿no se suponía que era una espada?

—Lo es.

—Es un anillo —reiteró Karissa, sintiendo que estaba perdiéndose de algo.

Siguió observando, y aunque no era lo que esperaba, si era muy bonito el anillo. A primera vista parecía ser un anillo negro con una hermosa piedra de un claro color lavanda, pero viendo de cera podías apreciar que el anillo eran dos esqueletos sosteniendo la piedra como una ofrenda. Cada pequeño detalle era más hermoso que el anterior, y Karissa se encontró embobada admirando tal belleza.

Era el tipo de anillo que su madre mataría por tener, y Quirón le estaba diciendo que era suyo.

Pero eso no quitaba la duda.

—¡Es un anillo! —repitió.

Quirón le sonrió. —Tómalo.

Karissa lo hizo, pero con tanto cuidado que parecía que estaba tomando a un bebé recién nacido en sus brazos.

—Ahora, concéntrate en que tienes una espada en tus manos. Imagina su peso, la forma del mango...

Y así como si nada, en un parpadeo, Karissa sintió algo mucho más pesado que un anillo en su mano. Parpadeó incrédula, y observó la espada que sostenía con la boca abierta.

—¿Qué-?

—Así es.

Karissa boqueó un par de veces antes de decidir probar las posiciones que Nyssa y Amira le habían indicado, esperando la decepción de una espada incómoda, pero nunca llegó.

Mientras más se movía junto a la espada, más sentía que era perfecta.

Miró a Quirón con los ojos bien abiertos.

—¿Es buena para ti?

Karissa asintió, demasiado impactada para formar palabras.

—¿Te sientes cómoda con ella?

Arriba, abajo, arriba, abajo.

Karissa perdió completamente el habla.

Quirón cerró la caja con suavidad antes de extenderla hacia Karissa, que la tomó con su mano izquierda. —Entonces, al fin la espada ha encontrado a su dueña.

Karissa miró a sus manos. —¿Y cómo la vuelvo a convertir en anillo?

—Solo debes imaginarlo, tu poder hará el resto por ti.

Le tomó algo más de tiempo, pero pronto tuvo el anillo puesto en su dedo anular derecho, por sugerencia de Quirón, que le recomendó usarlo en su mano dominante para una reacción más rápida al momento de una pelea.

Karissa regresó a la armería, donde Amira y Nyssa discutían apasionadamente sobre cuál era el mejor material para hacer espadas, pero se detuvieron al verla entrar.

Las ignoró, y se fue a sentar en una silla cercana con la mente en blanco, mirando ausente el precioso anillo que contenía esa genial espada y que aparentemente estaba destinada a ser suya.

Observando el anillo con más atención, notó que en un costado tenía una inscripción, y por un momento creyó que sería la misma de la caja, pero al leer bien se percató de que era un nombre.

Kalosýni.

—¿Bondad?

Karissa se sobresaltó, mirando a su derecha. Muy cerca de su rostro se encontraba el de Nyssa, que entrecerraba los ojos para poder leer bien la inscripción del anillo. Amira estaba agachada frente a ella, con esa misma expresión pero más frustrada, y es que Karissa estaba 100% segura de que no veía nada.

—¿Qué?

Nyssa señaló la inscripción. —Kalosýni. Significa bondad.

—Karissa es una variante de bondad también, ¿no es así? —Amira alzó las cejas.

La hija de Hefesto asintió, y ambas miraron a Karissa, expectantes.

Karissa suspiró, y se levantó, dando unos pasos lejos de las dos, a lo que ellas intercambiaron una mirada dudosa. Hizo lo que Quirón le había dicho, y al igual que la primera vez, en segundos tenía en su mano esa espada de algo menos de un metro de largo, con su hipnotizante mango negro y su hoja de doble filo.

Nyssa inhaló audiblemente, como si acabara de conocer a Obama en persona.

—¡Es una espada de hierro estigio! Es increíble —estaba tan emocionada que casi le quita la espada a Karissa para poder verla, pero por alguna razón, se sentía mucho más apegada a la espada de lo que debería y la alejó de ella sin pensarlo.

Rápidamente se dio cuenta de lo grosero que era eso y la extendió para que Nyssa pudiera verla, cosa que la hija de Hefesto hizo sin que se lo pidieran dos veces.

—¿Qué es hierro estigio?

Nyssa ni siquiera levantó la mirada al responder. —Es un tipo de metal mágico muy extraño, solo hay otra persona con una espada de este material y es Nico, no es una coincidencia, ambos son hijos de Hades. Es normal que tengan acceso al hierro estigio.

Karissa miró a Amira, que se encogió de hombros mientras veía la espada desde lejos. Ni siquiera se molestaba en tratar: para verla bien tendría que tenerla en sus propias manos.

—Pero debes tener cuidado con ella, al contrario del bronce celestial y el oro imperial, el hierro estigio sí puede herir a los mortales —continuó—, así que te recomiendo que la uses bien y entrenes bastante para controlarla.

Le devolvió la espada con una sonrisa, antes de estirar sus extremidades.

—Lo bueno de todo esto es que al menos no tendré que forjar una espada para ti —rió.

—¡Lo siento mucho! Lamento haberte hecho perder el tiempo —se disculpó Karissa.

Amira empezó a levantarse con pereza y Nyssa sacudió la mano, restándole importancia. —Tranquila, tranquila. Váyanse de una vez, no las quiero ver más por aquí.

—Gracias Nyssa, adiós...

—Sí, sí, adiós.

Mientras emprendían el camino al Pabellón por algo de comer, Karissa se permitió divagar nuevamente. ¿Hubo otra hija de Hades antes de ella? Claro, Nico había mencionado a su hermana Hazel, pero si no recordaba mal era una hija de su contraparte romana, Plutón (le había costado entender todo ese rollo, ¿de acuerdo?). Pero si en realidad hubo otra hija de Hades, ¿por qué no había reclamado la espada?

Le preguntaría a Nico cuando tuviera la oportunidad.

Ausentemente jugó con el nuevo accesorio en su mano. Tanto en su forma de anillo como de espada, consideraba que eran objetos sumamente hermosos, aunque tal vez no debería pensar eso sobre un arma que podría cortarle el cuello a alguien fácilmente, pero simplemente no podía evitarlo, llamaban demasiado la atención.

Además, no podía sacarse de la mente la reacción que tendría su madre si llegara a ver en sus manos un anillo con una piedra tan bonita y que evidentemente no era una copia. Hades en verdad no había escatimado en gastos al forjar a Kalosýni.

Karissa y Amira entraron al pabellón en silencio, ambas perdidas en sus propios pensamientos, y separaron caminos al ir a sentarse, empezando a tomarle el hilo al orden de las mesas y el extraño sistema de separación de semidioses que tenía el Campamento. Karissa no se quejaba mucho: sí, extrañaba comer con Amira, pero estaba segura de que Danny encontraría una oportunidad de sentarse con ellas y sacarle la piedrita a Amira si no existiera la regla de las mesas.

Aún así, se encontró a sí misma arrepintiéndose de pensar de esa forma cuando el Señor D se sentó frente a ella con una sonrisa grasosa y no pudo encogerse detrás del ceño fruncido de su mejor amiga.

Tragó en seco, manteniendo sus ojos lejos de los de Dioniso.

—Eh…

—¿Piensas terminar de comer o te irás con el estómago vacío? —interrumpió el dios. Karissa hizo cortocircuito por tercera vez en el día.

¿Irse? ¿A dónde? ¿Qué?

—Eh… —alargó la vocal, insegura. Se comió una pera en tiempo récord antes de mirar al dios nuevamente—. ¿A dónde vamos, Señor D?

Dioniso alzó una ceja ante su supuesto almuerzo, pero se levantó enseguida. Karissa lo siguió, lanzando una mirada nerviosa a Amira, que estaba siendo detenida por sus hermanos para que no interrumpiera al dios.

—Pues al Olimpo, por supuesto.

—Ah, cierto —suspiró Karissa, deteniéndose frente a Dioniso.

—Cierra los ojos, mocosa.

—Sí, señor- espere, ¿AL OLIMPO?

Dioniso cubrió los ojos de Karissa con su mano, viendo que la pobre había dejado de funcionar plenamente y se hallaba en proceso de mantenimiento.

—Lo juro, cada uno es peor que el otro —farfulló, soltando a Karissa antes de irse de largo.

Karissa miró con los ojos bien abiertos los 14 gigantescos tronos frente a ella. Inmediatamente sus manos empezaron a temblar, y las apretó contra su ropa para esconder su ansiedad de los dioses.

Porque eran los Olímpicos, ¿verdad?

Asumió que quien destellaba de la barba debía ser Zeus, pues ocupaba un trono en el centro y la miraba con una furia interminable que la hizo encogerse en su lugar. Bajó la mirada, rehusandose a enfrentar otro rostro igual de fúrico.

—Así que esta es la mocosa del viejo Hades —vociferó una voz masculina, que transmitía una vibra de caos que le puso en punta cada pelo de su cuerpo—. ¡No parece gran cosa!

La temperatura pareció bajar unos cuantos grados.

Una mujer respondió. —Pues ha llegado muy lejos siendo hija de Hades sin ser detectada antes.

—¡Silencio! ¡Sigue siendo una falta al juramento!

—¿Oh? ¿Te refieres al juramento que tú también rompiste? ¿Dos veces?

—¡No cambia nada!

—Hija de Hades —la llamaron. Karissa miró de reojo, sin levantar la cabeza por completo, para ver a quien su trono llamaba Hera, quien le hacía una seña para que se acercara—, ven, presenta tus respetos.

Karissa tragó en seco. ¿Acercarse? Si ya desde donde estaba tenía la impresión de que la iba a partir un rayo, ¿qué le aseguraba que no la iban a hacer carbón si se atrevía respirar el mismo oxígeno que Zeus?

Aún así, captando la mirada impaciente de la diosa, obedeció sin más, quedando en el centro de la habitación, mucho más cerca de lo que se sentía como zona neutral y medianamente segura.

Bueno, fue lindo haber vivido, supongo. Amira, gracias por tanto, perdón por tan poco, se lamentó.

—¡-no empieces! ¡No tienes ninguna moral para-!

—¿Y bien? —instó Hera, entrecerrando la mirada.

Karissa parpadeó, completamente en blanco y empezando a sudar frío. ¿Y bien qué? ¿Ahora qué quería?

Sintió la necesidad de mirar a un lado, y al tirar la mirada a su derecha se topó con un resplandeciente dios de ojos azules como el cielo, oh, Apolo.

El dios le sonrió y movió los labios.

Karissa parpadeó. ¿Reverencia?

¿Qué-? ¡Oh!

Rápidamente, Karissa se arrodilló frente a los dioses, disculpándose en voz baja por su atrevimiento. Sí, claro, atrevimiento. ¡Ni siquiera sabía qué demonios estaba pasando!

Trató de respirar y calmar la angustia que empezaba a inundarla, pero no tuvo mucho tiempo de hacerlo cuando Hera bufó, apenas audible debajo del griterío de Zeus, quien seguía peleando con quién sabe quién con respecto al juramento y esto y aquello.

—Adecuado, supongo —Hera rodó los ojos, lo que Karissa consideró que se veía muy mundano para su bello rostro, pero al detallarla mejor y observar sus ojos bien se dio cuenta de que tal vez le iba bien esa mueca de molestia.

Echó la mirada hacia el trono de Hestia, la diosa del hogar de la que había leído alguna vez en alguna clase, y que le daba una tranquilidad que necesitaba bastante, gracias.

Al retomar algo de calma por fin pudo enfocarse bien en la pelea que llevaba Zeus, y casi empieza a sentir pánico nuevamente cuando se percató de que estaba peleando con Hades, quien la estaba defendiendo.

Cortocircuito nº 4 de ese día, un nuevo récord establecido para el software Rodríguez.

A estas alturas, era simplemente impresionante que Karissa no haya tenido un infarto fulminante que la mandara derechito a su otra vida.

—¡Que la maten, que la maten!

¿A QUIÉN? ¿A MÍ?, Karissa pensó, completamente histérica. Estaba muy segura de que no iba a salir viva del Olimpo. Esperaba que al menos llevaran sus restos, o cenizas, a las manos de Amira y que ella se encargara de meterla en una jarrita bonita.

Su respiración se agitó cuando Zeus azotó su mano abierta contra uno de los brazos de su trono y chispas emergieron del golpe, e incluso hubo una que cayó en el brazo de Karissa, que se exaltó enseguida, lo que pareció indignar más a Hades, dándole más fuerza al pleito.

—¿Por qué mejor no se calman los dos y hablan con palabras? —cuestionó Poseidón, con la barbilla en su mano derecha y una sonrisa desinteresada en los labios—. Así no van a llegar a ningún lado, niños.

—¡Tú cállate! —rugieron al unísono.

Ambos dioses se gruñeron por un rato más antes de que Zeus fijara su mirada en Karissa, quien se estremeció de pies a cabeza con la intensidad de esta. Y la furia asesina en ella, por supuesto.

Mantuvo la cabeza agachada, pero el olor a ozono que empezaba a invadir la habitación la hizo temblar. Se sentía como una completa cobarde, pero la presión en el pecho no la dejaba respirar bien y sus pensamientos se enredaban uno con otro. Quería irse de ese lugar, quería regresar al Campamento, ir con Amira y olvidar para siempre la forma en la que Zeus la miraba como si fuera un insecto que debía aplastar inmediatamente.

Amira ya estaría gruñendo en voz baja y quejándose de la poca ética de los dioses.

La gracia le duró poco, igual que cada cosa buena que le pasaba en la vida.

—Debería matarte justo ahora, hija de Hades —declaró Zeus.

Algunas protestas se escucharon, pero ninguna firme en su opinión. Hades apretó los puños y empezó a reclamar, y Poseidón solo miraba a Karissa, completamente calmado, como si supiera exactamente lo que iba a suceder.

Karissa dejó de respirar y casi olvida soltar el aliento.

Sentía la boca ácida de repente, ¿acaso iba a vomitar? No, no, no podía ser. No. Se negaba a vomitar en público, no señor.

La voz de Amira resonó en su cabeza.

"Vamos, cariño, eres mejor que esto. Solo debes pensar en mí cuando tengas miedo. Siempre estaré ahí, ¿bien?"

Apenas pudiendo controlar el temblor de sus manos y con los ojos lagrimeando debido al completo terror que mantenía su garganta en un agarre mortal, levantó los ojos y miró directamente a los de Zeus.

—Pues debería irse apurando, ¿no?

Un silencio atroz se instaló en la habitación y Karissa se despidió de la poca esperanza que tenía de salir viva de ese lugar.

Continuó. —Por lo que tengo entendido, el semidiós de la profecía por la cual se creó el juramento es Percy Jackson, lo que significa que yo no soy un peligro para usted ni para nadie, así que no entiendo por qué quiere castigar a mi padre por algo que usted también hizo. Sí, los tres rompieron el juramento, supérenlo. El único que no se anda quejando es Lord Poseidón, mientras ustedes fingen tener cinco años.

Karissa temblaba de pies a cabeza, y las lágrimas ya empezaban a rodar por su rostro, pálido y sudoroso. Aún así, se mantuvo de pie, mirando al padre de los dioses a los ojos, llena de pánico pero sin querer alargar más lo que sería su ejecución.

—Además, usted fue el único que rompió el juramento dos veces.

Alguien tomó aire, sorprendido, y por un costado se escuchó una risita.

Zeus vociferó. —¿Cómo te atreves, semidiosa?

—Así que mejor apúrese, y si me va a matar, hágalo ya que no tenemos todo el día.

Solo esperaba que Amira pudiera superarla y seguir adelante, que la perdonara por ser tan impulsiva y tener tan mal sentido de la oportunidad.

Ojalá tuviera este mismo valor para hablarle a mi madre.

Atenea se aclaró la garganta.

—Creo, padre, que debemos considerar el hecho de que la profecía ya se cumplió para dar fin a este asunto. Sometamos esto a votación —sugirió—. ¿A favor de eliminar a la hija de Hades?

Zeus y Ares levantaron la mano, casi con entusiasmo, y Karissa tuvo que controlar las ganas de voltear los ojos y desmayarse otra vez solo para ignorar el hecho de que dos dioses de los más poderosos querían deshacerse de ella. Uno por un rencor fuera de lugar y otro por diversión.

Magnífico.

—¿Neutrales?

Tres manos se levantaron: Hefesto, Dioniso y Deméter.

No tienen idea de lo mucho que estos votos significan para mí, Karissa estaba al borde del colapso.

Por lógica suponía que la iban a dejar librarse de esta por ahora, pero se le hacía muy difícil creer que Zeus no la calcinaría en un parpadeo apenas pusiera un pie fuera del Olimpo. Sobre todo por la mirada venenosa que le dirigía.

—¿A favor de que viva?

Los dioses restantes levantaron la mano, y así concluyó la votación. Colérico, Zeus se marchó con una última mirada a Karissa que la hizo desplomarse en el suelo, aterrorizada.

Oh dios, no podía respirar.

Miró el piso donde estaba sentada, tratando de regular su respiración, pero entonces le dieron ganas de llorar más y empezó a sollozar por la desesperación que sentía, el miedo que la consumía desde que Zeus había posado su mirada en ella, la bola de pánico que le obstruía el pecho, el simple y llano terror de no volver a ver el rostro de su mejor amiga.

Apenas registró los cálidos brazos que la rodearon, pero cuando sintió un calor familiar en su espalda pudo sentir como su corazón se saltaba un latido antes de empezar a andar de nuevo.

Pasado el terror inicial, pudo recobrar el aliento tras una palmadita en la cabeza de parte de Apolo, que la miraba sonriente.

Karissa tragó. ¿Ese era el padre de su mejor amiga? ¡Si ni se parecían!

Amira tenía ojos marrones, cabello castaño oscuro, facciones marcadas y cejas gruesas. En cambio, Apolo poseía ojos azules, cabello rubio, nariz perfilada, sonrisa brillante.

—¿Estás bien, Karissa? —preguntaron detrás de ella.

Karissa volteó, Hestia era quien había estado abrazándola y la miraba calmada. Asintió, dudosa. Hestia asintió devuelta antes de levantarse e irse tan silenciosa como llegó.

Apolo sonrió, y Karissa lo miró, sin energía para decir una sola palabra y con la mente vacía de cualquier pensamiento que no fuera quiero dormir.

—Te llevaré al Campamento —tomó su mano y la ayudó a ponerse de pie. Karissa se tambaleó en cuanto se apoyó en sus pies, pero evitó caerse gracias al agarre de Apolo—. ¿Le dirás algo a tu padre antes de irte?

Karissa miró de reojo a su padre, el dios del Inframundo Hades, quien la observaba inescrutable desde su trono. Su estómago se apretó al pensar que era otra persona a la que había decepcionado con su inmensa mediocridad, por lo que devolvió la mirada a Apolo antes de negar.

No había nada que pudiera decirle a su padre para arreglar la humillación que tuvo que hacerlo pasar.

Apolo ladeó la cabeza. —¿Lista? Cierra los ojos.

Esta vez, Karissa obedeció al dios, y en menos de un segundo estaba en el Campamento, entre los campos de fresas, con un calor agradable recorriendo su cuerpo. Apolo sonrió una última vez, antes de empezar a brillar.

Karissa volteó y corrió a su Cabina sin mirar atrás.