—¿Vas a continuar mucho más conduciendo a estas velocidades? Porque empiezo a pensar que eres más peligrosa tú que el oso…
Ups. Tenía razón. Era el momento de pisar un poco el freno. Reduje lentamente la velocidad a una mucho más razonable, relajé los hombros y, por primera vez desde que le vi saltar dentro del coche, miré a mi copiloto.
—¡Oh, Dios mío! ¡Estás desnudo! —exclamé girándome de nuevo y tapándome los ojos con las manos.
¡¿Cómo podía haberlo olvidado?!
—¡El volante! ¡No sueltes el volante!
¡Cierto!
—¡Lo siento, lo siento!
—¡Pero abre los ojos! ¡¿Es que nos quieres matar?!
Sabía que algo fallaba.
—¡Ya voy, lo siento!
—¡Dios! ¡Eres un peligro!
—¡Y tú estás en bolas!
—¡Lo sé! ¡No es por gusto, ¿sabes?!
Tenía que mirar. Quería saber si era sincero o sí tenía a algún tipo de maníaco exhibicionista ocupando más de la mitad de la delantera de mi huevo con su increíblemente bien formado cuerpo.
"Nop, nop, nop. No te fijes en eso. No otra vez."
Así que le miré. Vaya… no sólo estaba claro que decía la verdad, sino que, además, tenía los ojos más cálidos y reconfortantes que había visto nunca. De repente, sólo con encontrarme con ellos, la tensión desapareció de mi cuerpo y fue sustituida por un extraño sentimiento de paz y, bueno, por otro tipo de tensión.
—Entonces, ¿me vas a contar qué hacías corriendo desnudo por la carretera en medio del bosque?
—Eh… ¿no?
—¡Será broma!
Mi vista se mantenía clavada al frente, pero mi fabulosa vista periférica, no obviaba tantos detalles como yo esperaba. ¿Es que pensaba quedarse girado hacia mí todo el rato? Al menos, podría juntar un poco las piernas…
—Agh… Supongo que mereces una explicación, ¿no?
—La agradecería, la verdad.
—Pero, antes… ¿existe la posibilidad de que me dejes algo para taparme aunque sea un poco?
—Hm… Déjame pensar…
—¿No tienes una manta o un trapo o algo por aquí?
—No. Es verano. ¿Para qué quiero yo aquí una manta cogiendo polvo?
El pobre hombre suspiró…
—Te dejaría algo de ropa; obviamente, no te iba a caber, pero, al menos, podrías taparte la… ya sabes.
—Y, ¿vas a hacerlo? —preguntó temiendo cómo iba a acabar aquella conversación.
—¡Ni hablar! ¿Sabes lo que me ha costado organizar y cerrar el maletero?
—¡¿Hablas en serio?!
—Si lo abro ahora explotará como una bomba de ropa y plagará la carretera. ¡Oh! ¡Ya sé! ¡Tengo vasos de plástico en la guantera! Aunque son transparentes, creo…
—¡No la voy a meter en un vaso!
—Tienes razón: no te cabría.
—Hey, ¿por qué sabes tú eso? ¿Cuánto has visto?
—¿A dónde esperabas que te mirase mientras venías corriendo hacia mí en pelota picada? ¿A los ojos?
Súbitamente mucho más consciente de su situación, el rubito fortachón se giró hacia el frente, cerró las piernas, apoyó los codos en las rodillas y se tapó la cara con las manos.
—No te preocupes —le dije sin poder evitar romper a reír—, le pediré a Olaf que te deje algo de ropa antes de que salgas del coche. Es mucho más bajito que tú, y que yo, la verdad, pero está regordete, así que su ropa te quedará corta, pero cabrás en ella.
—Perdona, ¿Olaf?
Me giré y vi cómo giraba ligeramente la cara y me miraba de reojo mientras la mayoría de su rostro permanecía aún oculto por sus enormes y fuertes manos.
—Es mi amigo. Voy de camino a una casa rural que hemos alquilado para esta semana él, mi hermana y yo.
—Espera, espera. Yo no voy a ningún lado. De hecho… —pude intuir cómo tensaba los músculos de la espalda—, agradecería que me dejases por aquí.
—¿Aquí? Estamos en medio de la nada.
—Sí, pero… hay algo muy importante que debo hacer.
—¿Qué? ¿Tienes que plantar un pino?
—¡¿Qué?! ¡No! Tengo que encontrar a Sven.
—¿Sven? ¿No estabas solo?
Mi desnudísimo copiloto retiró las manos de su cara y fijó la vista en la carretera con una evidente carga de miedo y culpa en ella.
—Es mi perro.
—¿Tú perro? ¿Se ha perdido?
—Más o menos… Supongo que, en realidad, me he perdido yo.
—¿Qué?
Entonces, me miró nuevamente, totalmente ruborizado, se rascó la nuca avergonzado y subió las rodillas al pecho. Probablemente suponía que le iba a mirar mucho más a partir de ese momento.
—Yo también estoy alojado en una casa rural. Bueno, la mía es más como una pequeña cabañita. Sven y yo no necesitábamos más. El caso es que soy ornitólogo, y había venido a observar a las aves de la zona.
—Los pájaros…
—Sí. Hace un rato, Sven y yo estábamos de paseo y escuché el trino de lo que parecía un zorzal, por lo que seguí caminando mirando hacia la copa de los árboles en su busca. Sin embargo, no vi bien dónde acababa el margen del camino y caí por un terraplén.
—¡Oh, Dios mío! ¡¿Estás bien?!
"Putos pajaritos…"
—Sí, tranquila. No me he hecho nada. Pero… tuve la mala suerte de caer justo entre una osa y sus oseznos.
—Uhhh…
—Sí. Nunca te metas entre ellos. Los osos no suelen ser muy violentos, pero una osa protegiendo a sus cachorros no se lo pensará dos veces antes de ir a por ti.
—Tomo nota.
—Así que… cuando me di cuenta de la situación en la que estaba, eché a correr como un loco y ella vino detrás.
—Así que… ¿te ha desnudado el oso? —pregunté buscando heridas de zarpas en la piel que tenía a la vista y, efectivamente, viendo una herida ensangrentada en su rodilla.
—No… Mientras corría, recordé un artículo en el que ponía que si les lanzas algo de ropa mientras te persiguen les distrae porque huele a ti, así que me quité la camiseta y la dejé caer al suelo.
—Y, ¿funcionó?
—Sí, pero sólo un instante. Gané algo de tiempo, pero en seguida volvió a perseguirme, así que le lancé los pantalones, y pasó lo mismo, y los calcetines, y al final, hasta los calzones.
—Oh.
—Y, entonces, por fin, vi la carretera, apareciste tú y me salvaste la vida.
—Así que… ¿la sangre no te la ha hecho el oso?
—Ah, no… esto… es que me he… tropezado con los calzones mientras me los quitaba sin parar de correr —contestó casi de carrerilla.
"No te rías, Anna. Seguro que a él no le parece divertido."
—Así que eso es lo que ha pasado…
—Puedes reírte, ¿sabes? —dijo con un tono que dejaba claro que era consciente de lo humillante de la situación.
—¡No! No. Ha sido una buena idea. Gracias a eso has logrado salir de ésta.
—Gracias por dejarme subir, por cierto. Antes con los nervios se me ha olvidado decírtelo.
—No ha sido nada —contesté con una sonrisa.
—Sí que ha sido. No tenías por qué parar. Y yo ya no tenía nada más que lanzar. No me cabe duda de que te debo la vida. ¿Hay algo que pueda hacer por ti?
"Contesta con cordura. No es momento de acordarse de 'Hungry eyes and moving hips'."
—Me conformo con saber tu nombre.
Y sonrió, y sentí que aquella sonrisa era todo lo que había necesitado en la vida.
—Kristoff. Me llamo Kristoff.
—Yo soy Anna.
—Es un placer, Anna.
Ya me había dado cuenta de lo bonita que era su voz, pero oír mi nombre de sus labios, me hizo temer perder el control del volante.
—Tú sí que eres más peligroso que un oso —dije revisando el retrovisor una última vez.
—¿Disculpa?
—Está bien, Kristoff. ¿Te llevo a tu cabaña y coges algo de ropa? Quizás Sven haya vuelto allí.
—No puedo entrar…
—¿A tu cabaña?
—Las llaves, la cartera, el móvil… todo estaba en los bolsillos de mis pantalones.
—Ohh… Mal asunto.
—Dímelo a mí.
—Vale, entonces, vamos a hacer esto: estamos muy cerca ya de la casa a la que yo iba. Vamos, te vistes y nos vamos a buscar a Sven.
Kristoff agachó unos segundos la mirada pensativo, echó la vista atrás en la carretera, y se mordió el labio juraría que aguantándose las lágrimas.
—Está bien. Hagamos eso. Gracias por todo.
—No te preocupes, seguro que Sven está bien.
Su sonrisa me iluminó otra vez y pensé que derretiría el asiento del súbito calor que invadió mi cuerpo.
—Decidido entonces. Prepárate, hermanita, ¡te llevo una sorpresa!
