—Anna, ¿qué es esto?
—La respuesta de los dioses.
—¿El tipo desnudo que está abrazando a un perro?
La cara de Elsa cuando aparqué a la puerta de la verja abierta y un enorme hombre desnudo salió disparado del coche para entrar al jardín y abrazarse desesperadamente a aquel sucísimo perrazo que jugaba animadamente con Olaf, no tenía precio.
—El mismo —contesté a mi hermana con una sonrisa de oreja a oreja.
Después, dejé atrás a mi descolocadísima hermana y pasé lentamente al lado del ovillo de pelo y piel que habían formado esos dos. Pude verla; aquella maravilla de sonrisa de alivio en el rostro de Kristoff, completamente bañada en lágrimas y siendo viscosamente lavada por la inmensa lengua del can. Seguí andado unos pasos más y saludé divertida a Olaf que contemplaba la escena con los ojos abiertos como platos y algo sonrojado.
—Olaf, cielo, ¿crees que podrías traer algo de tu ropa para Kristoff?
—¿Estás segura de que le quieres vestido?
—Sí si no queremos que Elsa le eche a palos de aquí.
—Bien visto. Pero dame un segundo más para que lo grabe bien en mi retina.
—¡Olaf!
—¡¿Qué pasa?! ¿Tú puedes pero yo no?
Le di un empujón al sinvergüenza de mi amigo hacia el interior de la casa y él continuó por su propio pie en busca de la necesitada ropa. Me acuclillé entonces al lado de Kristoff y pregunté suavemente.
—Así que, ¿aquí estaba Sven?
Kristoff sacó su llorosa faz del cuello de su amigo, asintió sin palabras y me abrazó con fuerza mientras susurraba con la voz entrecortada en mi oído.
—Gracias.
"¿Debería recordarle que está desnudo? ¿Y delante de mi hermana?"
Lo habría hecho, pero estaba disfrutando aquel abrazo más de lo que podía explicar, así que, simplemente, le abracé yo también y disfruté de su pasión y calidez.
—¡Mhm! —se aclaró Elsa la garganta—. ¿Nos vas a presentar a tu amigo, Anna?
Kristoff volvió repentinamente a la realidad y me retiró bruscamente lo justo para que su mirada de sorpresa y vergüenza se encontrase con la mía mientras sus manos aún reposaban en mis brazos.
—Éste es Kristoff —dije sin dejar de sonreír a aquel tiarrón abrumado—. Le he socorrido en la carretera y le he traído para conseguirle algo de ropa antes de que se fuese a buscar a Sven.
—¿Así que William se llama Sven en realidad? —preguntó Olaf desde un lateral mientras le ofrecía a Kristoff unas cuantas prendas de vestir.
—Ah… Muchas gracias, ¿Olaf? —dijo Kristoff finalmente soltando mis brazos y tomando tímidamente la ropa de las manos de Olaf.
—A ti, majo. Esto no se ve todos los días.
Los colores de Kristoff se subieron hasta que él pareció ir a empezar a echar humo por las orejas y rápidamente se cubrió la entrepierna con el montón de ropa mientras Olaf estallaba en risas.
—¡Vale! —exclamó Elsa autoritariamente—. Perro y humano en cueros, ¡a la ducha!
—Ah… De acuerdo, gracias.
—¡Anna!
—¡Mande!
—Mete el coche y cierra la verja, no quiero más sorpresas.
—¡Sí, jefa!
—¡Olaf!
—¡A tus órdenes!
—Guía a Kristoff y a Sven al cuarto de baño, dales unas toallas y, por favor, ¡compórtate!
—¡Lo intentaré!
Kristoff me dedicó una mueca de disculpa y complicidad y él y Sven siguieron hacia el interior a Olaf que parloteaba sin parar sobre lo encantado que estaba con la última película que había visto.
—Anna… —cuchicheó Elsa caminando a mi lado según me dirigía de vuelta al coche—. Me vas a explicar apropiadamente lo que ha pasado, ¿verdad?
—No te preocupes: no ha pasado nada raro entre nosotros. Bueno, quizás ésa no sea la forma más correcta de plantearlo…
—¿Dónde está su ropa?
—Tirada por el bosque.
—¡¿En el bosque?! ¿Por qué?
—Tú ve preparando algo de picar. Cuando estemos todos os lo explicaremos debidamente.
—Por favor, no más detalles de los necesarios.
—¡Más detalles! ¡Dame más! —demandaba Olaf riendo a mandíbula suelta mientras Elsa invertía todo su poder en controlar las contracciones de su cuerpo que delataban su propia risa.
Kristoff, pintorescamente vestido con la ancha, corta y colorida ropa de Olaf, se reía también de sí mismo superando poco a poco el sentimiento de vergüenza, y yo continuaba narrando mi punto de vista de la historia mientras me llenaba la boca a dos carrillos como un auténtico hámster.
—… y como no parecía dispuesto a utilizar uno de mis vasos y yo no iba a abrir la maleta antes de llegar por nada del mundo, pues le dije que le traería aquí.
Las carcajadas continuaron resonando por el bosque durante un buen rato hasta que el tema quedó tan exprimido que ya no había de dónde tirar.
—Así que —comenzó a hablar Elsa mientras se enjugaba discretamente unas lágrimas—, ¿no tienes ni documentación ni acceso a tu cabaña?
—No… supongo que debería llamar a la dueña.
—¿Te sabes su número?
—Agh… No. No había pensado en eso. Pero debería poder encontrarlo de nuevo por Internet.
Le ofrecí a Kristoff mi teléfono y él lo aceptó con una sonrisa mientras la punta de nuestros dedos rozaba delicadamente.
Le había visto completamente desnudo casi más tiempo que a mí misma, y, sin embargo, aquel discreto roce fue lo que revolucionó mis entrañas cómo si una ráfaga de viento removiese a todas las mariposas que allí vivían.
—¡Lo tengo! —dijo él unos minutos después—. ¡Honeymaren Nattura!
