—Será broma.

Honeymaren Nattura no era el tipo de persona que se tomaría con sentido del humor que alguien hubiese dejado las llaves de su cabaña tiradas en el bosque.

—Lo siento: hablo en serio.

Kristoff se apretó los labios expectante y yo sentí la tonta tentación de aflojarlos con los míos.

—¡¿Has perdido mis llaves?! ¡Corre a buscarlas!

—¡Ni hablar! ¡Hay una osa que me odia ahí fuera, ¿sabes?!

—¡Así que somos lo suficientemente valientes para meternos en el bosque a perder mis llaves pero no para recuperarlas después!

Elsa rio discretamente mientras observaba con especial atención la reacción de aquella indignadísima joven.

—¡¿Te parece divertido?! —preguntaron los dos a la vez.

—¿Qué os parece si vamos a denunciar la desaparición de las llaves y de la documentación? Quizás la policía nos eche una mano —contestó Elsa saliendo del apuro con su brillante ingenio.

—Hm… Buena idea —contestó la casera calmándose un poco y sin ser capaz de quitar los ojos de mi hermana—. ¿Estás de acuerdo, Christopher?

—Es Kristoff —contestó él de mala gana—, y, sí. Supongo que es lo mejor que podemos hacer.

—¡Hahahahahahahahahahahahahahahahahaha! Ay… ¡Cuéntamelo otra vez!

El sargento Mattias no era precisamente la personificación de la profesionalidad.

—¿Qué necesita que le cuente? —contestó Kristoff de evidente mal humor y más avergonzado que cuando le recogí de la carretera.

—¡Todo! ¡Podría pasarme el día escuchándolo!

—Disculpe, pero…

—¡Yelena, Yelena! ¡Ven que te cuente dónde se ha dejado los calzones este chico!

Aquello ya fue demasiado. Nadie tenía por qué soportar aquel tipo de humillación, y menos aún, viniendo de un miembro de los cuerpos del estado.

—Ya he tenido suficiente.

Kristoff plantó firmemente las manos en la mesa, se levantó bruscamente y se marchó de allí sin mediar palabra.

—¿Qué has hecho esta vez? —le preguntó Yelena al sargento con tono de agotamiento psicológico.

—¡Nada! Es que el chico no tiene sentido del humor…

—¿Van a hacer algo respecto a la denuncia? —pregunté con algo de rabia por los sentimientos que aquel hombre había provocado en Kristoff.

—Imposible. No la ha firmado. Si quiere que la atendamos, tendrá que volver.

—¡¿Para qué?! ¡¿Para que se eche usted unas risas otra vez?!

Fui yo entonces la que salió disparada de allí ardiendo en rabia. ¡No había derecho! ¡Encima del mal rato que había pasado el pobre, tenía que aguantar cosas como ésa!

Nada más salir, le vi sentado en las escaleras, con la mirada puesta en el infinito, el ceño fruncido y mordiéndose el interior del carrillo mientras jugaba con el dobladillo de los pantalones que Olaf le había prestado.

—¿Estás bien? —pregunté sentándome lentamente a su lado.

Kristoff me observó detenidamente durante unos segundos y luego agachó la cabeza.

—Sí. Lo siento. En seguida vuelvo dentro.

—¡¿Estás de broma?! ¡¿Después de que te traten así?!

—Y, ¿qué esperas que haga? Necesito acabar la denuncia para poder recuperar mis cosas. Ni siquiera tengo dónde pasar la noche.

—Yo te abriré la cabaña, vamos —interrumpió Honeymaren dándole una palmadita en la espalda—. Pero no me pierdas estas llaves —añadió guiñándole el ojo.

—¿De verdad? ¿Harías eso por mí?

—A mí también me ha tocado las narices el madero ése.

—Gracias —contestó Kristoff esbozando una discreta sonrisa.

Así que la casera no era tan borde como parecía. Supongo que Elsa no tenía tan mal gusto después de todo. Era un detalle por su parte el ayudarle así; así él podría volver y… Oh. Y se iría de mi vida para siempre… Genial.

—¡Espera, espera, espera! —exclamé con urgencia mientras veía cómo la casera sacaba las llaves del coche para alejarle de mí sin previo aviso—. ¿No pensarás quedarte allí solo en medio del bosque sin coche ni teléfono?

—Sí pensaba. Al menos allí tengo ropa —dijo encogiéndose de hombros con un atisbo de sonrisa burlona.

—¡¿Y si hay un incendio?! ¡¿Y si te caes y te haces daño?! ¡¿Y si entra un águila y se te lleva volando?! ¡¿Quién te va a socorrer?!

A estas alturas, la sonrisa de Kristoff ya no era un atisbo en absoluto.

—Veo bastante poco probable lo del águila…

—¿Veías probable lo del oso? —repliqué cruzándome de brazos.

—Touché —contestó él riendo ya abiertamente.

—¿Qué te parece si Honey te lleva a la cabaña a por tus cosas y os venís los dos a pasar estos días con nosotros? —ofreció Elsa con todo el descaro del mundo.

—¿Honey? —preguntó la casera más colorada de lo que probablemente querría admitir.

—¿Te molesta que te llame así? —preguntó Elsa sin perder el control de la situación ni un segundo.

—Suelen llamarme Maren, pero tú puedes llamarme como quieras —contestó Honeymaren dejando clara cuál era su opinión de mi directa hermana.

—¡Está decidido, entonces! —exclamé yo más contenta de lo que sabría explicar por no tener que despedirme de mi rubito fortachón.

—¿No tengo yo nada que decir en este asunto? —preguntó él fingiendo indignación.

—No estarás pensando en alejar a Sven de mí ahora que ya nos hemos vuelto amigos inseparables, ¿verdad? —protestó Olaf juguetonamente.

—Y, ¿qué piensas hacer en una semana cuando vuelvas a casa? —preguntó cruzándose de brazos altivamente.

—Bueno, si no me adoptas también…

—Cosa que no va a pasar…

—Supongo que tendré que conformarme con cuidar de él cuando Anna y tú queráis algo de intimidad.

—¡¿Qué?! —preguntamos los dos a coro igualmente sonrojados y sin atrever a cruzar miradas.

—Venga, venga, que era una bromita de nada. Haz el favor de subir al coche con Maren y de ir a buscar tus cosas para que puedas devolverme mi camiseta favorita.

—¿Por qué me dejaste tu camiseta favorita? ¿No tenías otra?

—No era mi camiseta favorita todavía.

—Vale, Maren. Vámonos.

Honeymaren asintió y los dos se giraron hacia su coche.

—¡Esperad! ¿Vais a… volver?

Kristoff y su casera se miraron el uno al otro y fue evidente el entendimiento entre ellos.

—Volveremos.