—Es sexy hasta comiendo.
—Anna, tiene la camiseta manchada de salsa, come con el ansia de un cavernícola y se ríe con la boca llena.
Elsa no lo entendía. ¿Cómo no veía cómo se marcaba su mandíbula cada vez que masticaba? ¿O cómo su nuez se movía arriba y abajo con sus carcajadas? ¿O cómo le quitaría la camiseta sucia y le embadurnaría de salsa sólo para quitársela lentamente con la lengua? Vale, quizás eso era mejor que no lo viese. Pero… ¿cómo no veía la calidez de su mirada? ¿O el suave tono de voz con el que le había explicado la situación a su abuelo desde mi afortunado teléfono? ¿O el cómo se revolcaba por el césped sin miramientos con su perro? ¿O el cómo sus enormes manos me sujetaban firmemente por la cintura para darme estabilidad cuando me subí a la escalera para dejar la maleta en el altillo de mi armario?
—¿Dónde vives, Kristoff? —preguntó Elsa tras observar divertida su forma de comer durante unos minutos más.
Para su sorpresa, Kristoff se tomó unos segundos para tragar antes de contestar.
—Vivo en el valle de la roca viviente.
—¿Dónde los trolls? —preguntó Maren—. He oído muchas leyendas sobre el lugar.
—Lamento decepcionarte —dijo Kristoff riendo—, pero el único troll que hay allí, es mi abuelo.
—¿Cómo puedes ser tan malo con tu abuelo? —preguntó Olaf mientras compartía una zanahoria con Sven.
—¡No lo soy! Si vieses sus pies y sus orejas, sabrías que digo la verdad.
Elsa se acercó discretamente a mí y susurró con toda la sorna posible en mi oído:
—Es un encanto, ¿eh?
—Es natural, sincero y cercano —protesté yo también entre susurros.
—¡Es grotesco!
Definitivamente, Elsa no veía lo que yo; pero tampoco me hacía falta: todo en lo que podía pensar de repente era en lo increíble que sería vivir en el valle, en una pequeña casita de campo, cultivando mi propia comida y escuchando el canto de los pajaritos por las mañanas.
—Espera, ¡¿qué?!
¿Desde cuándo me parecía una buena idea ser despertada por pajaritos insoportables? ¿Qué me estaba haciendo aquel hombre?
—¿Qué pasa, Anna? —preguntó Olaf con una sonrisa casi tan maliciosa como la de mi hermana—. ¿Algo que decir de los pies del abuelo de Kristoff?
—¿Qué? ¡No! ¡Claro que no! No era… nada.
—Si algún día os apetece conocer "el valle de los trolls" —continuó Kristoff sin quitarme el ojo de encima ni para parpadear—, me aseguraré de que seáis bien recibidos.
—Eso… sería genial —musité probablemente colorada y perdida en su mirada.
El detalle no le pasó desapercibido (ni a él ni a ninguno de los demás, probablemente), y me guiñó descaradamente el ojo con una sonrisa traviesa justo antes de pegarle otro bocado a su comida.
—Seguid y vomitaré hasta el desayuno —espetó Maren sin siquiera levantar la cara del plato para mirarnos.
Interesante doble rasero: no la oía quejarse de la mano de mi hermana en su muslo.
—Y, ¿cómo piensas volver a tu casa? —preguntó Olaf haciéndome el favor de romper la tensión creada—. ¿Taxi?
—Te llevaría yo —añadió Elsa—, pero Arendelle pilla en dirección contraria y… es posible que me quede una temporada extra por esta zona conociendo… el lugar.
"Ya… Me hago una idea de los lugares que está pensando Elsa en explorar."
—No… Supongo que me tragaré mi orgullo e iré a firmar la dichosa denuncia. Probablemente vaya esta tarde. Ahora que ha he dormido y llevo mi ropa, me siento más confiado y creo poder mantener mejor la compostura.
—¿De verdad vas a volver a plantarte ahí?
El sólo recuerdo del graciosillo del sargento me hacía hervir la sangre.
—Sí. Siempre será mejor plan que volver a ir en busca de mis cosas. No tengo ganas de volver a encontrarme con mamá osa.
—Ya… Supongo que tienes razón.
La comida terminó en un cómodo silencio sólo quebrado por algún breve comentario, pero mi mente iba a mil. Todo aquello no tenía sentido. No le conocía casi; podría ser un perfecto estúpido como lo era Hans y tenerme engañada, pero… ¿por qué sentía que él era diferente? ¿Por qué parecía haber algo entre nosotros más que química o atracción? ¿Por qué dolía la idea de que se fuese a casa? ¿Por qué dolía aún más saber que iba a ser humillado?
Estaba claro que me sentía atraída por su físico, y aquel guiño (y todas las implicaciones que me inventé que tenía), me habían forzado a cambiarme de ropa interior, pero… había algo más. Había algo en él que no sabía qué era. Había algo en su mirada que me derretía el alma, y su sensibilidad… y el fuerte vínculo que tenía con ese adorable zamarro de perro… y el cómo admiraba la naturaleza sin quejarse de ella ni si quiera cuando un oso había estado a punto de hacerse con él el mejor bocadillo de su vida…
¿Por qué quería dejar mi vida atrás e irme con él a vivir entre rocas musgosas? Reconozco que la vida como corredora de bolsa no es el sueño de mi vida, pero… ¿de verdad? ¿Pajaritos? ¿Madrugones? ¿Excursiones por la montaña? ¿Desde cuándo me atraían todas esas cosas? ¿Por qué todo parecía un sueño si lo imaginaba de su mano?
En todo caso, si bien el parecía algo interesado en mí, estaba claro que lo que él sentía no era lo mismo que sentía yo. No tenía caso pensar en ello; todo lo que podía hacer era disfrutar de su compañía esos días y guardar su recuerdo en algún rincón de mi diminuto cuerpo. Después, se iría para siempre y rompería mi estúpido corazón.
Sin embargo, recíprocos o no mis sentimientos, no me permitían consentir que el sargento se volviese a reír de él. Quizás él no iba a ir en busca de sus cosas, pero yo sí.
