Esto no tenía que haber acabado así.

La idea era salir a escondidas mientras Olaf y Sven dormían acurrucados en la hamaca, Maren y Elsa se conocían algo más en profundidad en su habitación y Kristoff se duchaba y se preparaba para ir a comisaría. Cogería el coche, aparcaría en el arcén, me adentraría discretamente en el bosque, encontraría su reguero de cosas y lo seguiría como si de las miguitas de Hansel y Grettel se tratase, volvería al coche y llegaría antes de que él se fuese. Visto y no visto.

El plan no incluía tropezar con sus pantalones y caer de morros justo delante de la osa, no incluía entrar en pánico y lanzarle los pantalones a la cara, y, sobretodo, no incluía acabar completamente desnuda perdida en quién sabe qué rincón del bosque, rodeada de ruidos extraños y sin saber si la osa me empezó a seguir si quiera… Al menos yo no había llevado la cartera…

Es sorprendente el frío que puede hacer en mitad del verano en medio del bosque cuando el Sol empieza a bajar… Mierda… Kristoff ya habría ido a comisaría, y aquel tipejo le habría ridiculizado y él se habría mordido la lengua y yo no había podido hacer nada para evitarlo…

Si al menos encontrase el camino de vuelta a la casa o al coche antes de que se hiciese de noche… Nunca me había sentido tan sola, nunca tan perdida… nunca tan deseosa de volver a ver a una persona…

—¡¿Anna?!

De nuevo, Kristoff apareció como respuesta a mis plegarias.

Su rostro estaba sudado, su respiración agitada, su pelo desaliñado. Sus labios esperaban separados por mi respuesta y, su mirada desbocada, me analizaba de arriba abajo.

—¡¿Kristoff?!

¿No había ido a la comisaría? ¿Cómo sabía a dónde había ido yo? ¿Por qué se arriesgaba viniendo a por mí? ¿Tan a la desesperada había salido en mi busca que ni había pedido ayuda? Parecía agotado… Estaba claro que no le habían llevado en coche.

Debería haberme sentido ridícula, culpable, expuesta o avergonzada de verme completamente desnuda y embarrada frente a él, pero, todo lo que podía sentir era alivio y gozo. Me lancé a sus brazos y lloré lo necesario para calmar los nervios mientras sus temblorosas manos cubrían cuidadosamente mi espalda.

—¿Estás bien? —preguntó retirándome cuidadosamente de su pecho justo después.

—¡Bésame!

—¿Qué…?

—¡No! ¡Mejor! ¡Llévame contigo!

—Anna, ¿de qué hablas?

—¡Al valle! ¡Quiero ir contigo!

—¿Hablas en serio? ¿Te has dado un golpe? ¿Te has caído?

Su cara era un poema. Las intensas emociones que la cubrían hasta hacía unos segundos estaban siendo rápidamente sustituidas por una expresión de incredulidad y preocupación.

—Sí, me he caído, pero no me he hecho nada… No es eso…

—Anna… ¿qué estabas haciendo aquí?

—No preguntes —dije agarrando fuertemente mi cabeza entre mis manos por pura vergüenza.

Y sonrió. Podía haberme reñido por aventurarme sola a una zona peligrosa del bosque; podía haberse quejado de todas las complicaciones por las que le había hecho pasar; podía haberme reprochado el miedo que aún fluía por su sistema; podía haberme tachado de loca por mi absurdo arrebato; pero no lo hizo: me dedicó una cálida sonrisa, se quitó la camiseta y me la puso a mí sin decir ni una palabra hasta que estuve completamente cubierta por aquel cálido tejido.

—Gracias, Anna —susurró entonces acariciando tiernamente mi mejilla.

—No lo he conseguido…

—Me has dado mucho más de lo que pretendías.

—¿Qué quieres decir? —pregunté sin querer hacerme ilusiones de lo improbable.

—Quiero decir que… ¿de verdad quieres que te bese el el nieto de un troll?

Estaba hablando en serio. No se trataba de un delirio, ni siquiera de un sueño. Y, para mí, en todos los escenarios posibles que le incluyesen, sólo había una posible respuesta a esa pregunta.

—Sólo si me va a llevar con él.

Una sonrisa de oreja a oreja se pintó en su rostro justo antes de lanzarse contra mi cuerpo y beber de mis labios. Sus brazos me envolvieron de nuevo, pero con fuerza y pasión esta vez, con el agarre de quien se aferra a la vida. Mis labios devoraron los suyos también con fiereza y dulzura, y su aliento sobre mi rostro elevó mi alma al séptimo cielo.

Ya no me importaban ni los ruidos, ni el frío, ni los osos. Sólo quería que mis manos pudiesen continuar recorriendo cada milímetro de su ancha espalda y de su fuerte pecho, bajar por aquellos increíbles abdominales que tendría toda la vida para explorar, quitarle esos molestos pantalones y hacerle mío allí. Ya no me cabía duda de que yo era para él y de que él era para mí. Sería nuestra primera vez, y sería la más extraña y mágica de todas.

O eso pensé hasta que un auténtico oso interrumpió nuestro novedoso intercambio de fluidos. ¿Se estaba riendo el mundo de nosotros?

Lo hice de nuevo. Cogí los pantalones que metida en aquella especie de trance le acababa de quitar y se los lancé a aquel oso que ni siquiera sabía si era el mismo de antes.

—¡Anna! Pero, ¿qué…?

—¡Correeee!

Y ambos echamos a correr, desesperadamente y sin mirar atrás, agitados, asustados, excitados… casi llorando y casi riendo a la vez, temiendo lo que pudiese ocurrir y ávidos por el futuro que podía esperar delante de nosotros.

—¡¿Qué mierda estáis haciendo?!

Maren, Olaf y Elsa aparecieron ante nosotros en medio de un claro subidos en una especie de quad.

—Os dije que era buena idea traer ropa de más —dijo Olaf riendo antes de que nosotros encontrásemos una forma razonable de contestar a la pregunta de la perpleja Maren.

—Sigo pensando que habría sido mejor que le hubieses traído de la suya —opinó Elsa.

—¿Y rebuscar entre sus cosas sin su permiso? ¿Por quién me tomas?

—Sólo quieres volver a verle con tu camiseta, ¿no es así?

—¡Claro que no! Lo que quiero es su varonil aroma de vuelta en mi ropa…

—¡Olaf! —exclamamos todos a la vez.

—Menos quejas, he rescatado tus llaves y tu cartera de camino.

—¡¿De verdad?! —contestó Kristoff corriendo hacia Olaf entusiasmado con las novedades—. ¿Y mi ropa?

—Lo siento… No tenía tantas manos…

—Olaf…

Lo intentó, pero no pudo enfadarse con él. Se metió como pudo en la ropa de mi desvergonzado amigo, recuperó sus pertenencias, tomó mi mano y todos nos fuimos de allí con la firme intención de no volver a ver a un oso en la vida.

Nadie se sorprendió cuando aquella noche le arrastré hasta mi habitación sin mirar atrás.

A la madrugada siguiente, un haz de luz que decidió alumbrar mi cara sin piedad, me sacó de mi sueño. Por primera vez en la vida, desperté sintiéndome cálida y protegida; por primera vez, mi cuerpo amaneció vestido única y exclusivamente por el acogedor cuerpo de otra persona; por primera vez, el día empezó con su sonrisa; por primera vez, supe que estaba en el lugar al que siempre había pertenecido; y, por primera vez, disfruté del canto de los pájaros de la mañana.