Disclaimer: el mundo mágico y sus personajes no me pertenecen, tampoco gano dinero escribiendo esto, solo dolor y sufrimiento.

Advertencias: Relación ChicoxChico. Angst. Hurt/Comfort. Time Travel: Regression. Era de los Merodeadores

Pareja: Sirius Black/Remus Lupin (Wolfstar). Y más adelante una relación poliamorosa bcs yes con James/Lily/Regulus

Nota de la autora: Primero, lamento mucho la demora, sé que había dicho miércoles.

Segundo, la verdad es que he estado muy mal anímicamente, he tenido varios ataques de pánico y episodios disociativos, así que mi estrés, ansiedad y angustia están al límite de mi aguante. Aunque me gusta mucho escribir y me ayuda a distraerme, creo que lo que saldrá no tendrá sentido con el tono de la historia, así que no actualizaré hasta diciembre (claro que si me siento mejor antes, volveré antes). Lamento la pausa, sé que vienen acá a leer una historia y no mis problemas, pero quería contextualizar un poco el por qué de esta pausa...

Y tercero, gracias por leer, disfruten la lectura :)


Capítulo 4: La sangre de un Black

—¿Por qué no te disculpas y me dejas de molestar? —Remus suspiró, bajando su libro para mirar hacia su regazo.

Sirius, apoyado sobre Remus, apenas lo miró. Tres semanas. James y Sirius no habían hablado por tres semanas. Todos se habían dado cuenta y para algunos, como Remus, empezaba a ser un fastidio.

—Ya lo intenté —el animago hizo una mueca—. Dos veces.

—¿A eso le llamas disculpa? ¡Sirius! —regañó el licántropo—. ¿Cómo esperas arreglar las cosas si lo primero que le sueltas es que no debe juntarse con tu hermano?

—¡Es que no debe!

Sirius rodó sobre sí mismo hasta quedar apoyado por completo en el césped.

Estaban en los terrenos de Hogwarts por Remus, el chico había querido salir a tomar un poco de aire y Sirius lo había acompañado porque se aburría. A lo largo de los años se había vuelto normal la cercanía entre ellos debido al secreto que compartían, pero el heredero de los Black estaba siendo mucho más pesado y pegote desde que se había peleado con James.

—Ni siquiera yo entiendo por qué te molesta tanto —Remus cerró su libro con algo de brusquedad—. Primero, James no habla con tu hermano. Segundo, tu hermano no es el monstruo que tú pintas.

El animago lo ignoró, parecía más concentrado en analizar una hoja contra el sol. Remus suspiró, sabiendo que tratar de razonar con alguien tan terco no serviría de nada. El hombre lobo volvió a abrir su libro e intentó continuar con sus deberes atrasados, esperando que Sirius se mantuviera tranquilo por más de cinco minutos.

El chico seguía tirado sobre la hierba observando el cielo azul y las nubes que pasaban. Se giró, dándole la espalda a Remus, y se quedó mirando a los otros estudiantes que jugaban o simplemente descansaban, aprovechando el buen tiempo. No había nada llamativo, Sirius se estaba aburriendo de nuevo. Sus ojos se detuvieron en una sombría figura que caminaba rápidamente. Snape tenía un libro de pociones bajo el brazo y parecía querer alcanzar a alguien. Sirius miró un poco más allá y vio a su hermano, la chica Malfoy y el loco de Crouch sentados sobre unos troncos.

—Oh, no. Eso sí que no —murmuró para sí.

Sin prestarle atención a los gritos de Remus, se puso de pie y fue hasta el extraño grupo. Pandora Malfoy le sonrió al verlo mientras que Crouch se removió nervioso, desviando la mirada. Já. En unos años sería esa serpiente quien mandaría a la locura a los Longbottom. Gracioso que le temiera a Sirius. El Gryffindor ignoró a ambos y se concentró en las otras mierdas mortífagas. Regulus, todavía sentado, y Snape, que apenas había llegado al grupo, tenían la misma expresión de fastidio.

—Tú vete, murciélago —ladró el león.

—¿Qué quieres, Sirius? —preguntó en un tono exasperado su hermano.

—No puedes juntarte con basura como esta —el Gryffindor señaló con el pulgar a Quejicus—. Y eso incluye no hablarle.

—¡Por Merlín! ¿Se puede ser tan infantil? —Snape resopló.

—Tú te callas, no estoy hablando contigo.

Regulus abrió la boca con la intención de soltar una réplica, pero se arrepintió antes de emitir algún sonido. Apretó la mandíbula y los puños unos segundos antes de relajarnos y negar con la cabeza. Se puso de pie y le ofreció una mano a la chica Malfoy quien todavía tenía su extraña sonrisa. Crouch ya estaba levantado y se apresuró a agarrar del brazo a los otros dos para hacerlos caminar de vuelta al castillo. Sirius lo habría dejado pasar, normalmente no se habría esforzado en continuar con una incómoda charla. Pero Regulus incluyó en su huida a Quejicus. Aquel gesto molestó al animago y no pudo evitar reaccionar, agarrando a Snape del hombro para detenerlo. La fuerza de Regulus jalando y la de Sirius deteniendo entraron en conflicto y Snape siseó de dolor, casi tropezándose con sus propios pies.

—¿¡Eres imbécil, Black!? —bramó Snape, soltándose de los dos hermanos—. ¿Ahora que tu noviecito Potter no te hace caso vienes a hacértelas de hermano mayor?

—¿Qué sabes tú? —murmuró Sirius entre dientes.

—¡No! ¡Ya sé! —Quejicus continuó, colocando una sonrisa desagradable—. ¡Al fin se dieron cuenta de que eres un fraude!

Sirius vio todo rojo por un momento.

No fue consciente de cuándo actuó, su cuerpo se movió incluso antes de que su cerebro hubiese procesado la burla. Le dio un puñetazo a Snape en el rostro, lo tiró al suelo y se le subió a horcajadas, apretando la punta de su varita contra el cuello del grasiento murciélago. La primera reacción de Snape fue de sorpresa y dolor, pero apenas se dio cuenta de su posición, sus ojos mostraron terror. Sirius podía oler el miedo emanando del cuerpo del Slytherin, mismo que no dejaba de temblar, aterrorizado. El Gryffindor sintió que algo emergía de lo más profundo de su interior, era aquella parte de él que lo había mantenido cuerdo en Azkaban y que le permitió sobrevivir a todos los años de maltrato por parte de Walburga. Sirius pudo sentir como rasguñaba la superficie exigiendo sangre. Esos siniestros deseos se volvieron propios. Quería matar a Severus Snape. No. Necesitaba matarlo. No importaba si era con magia o con sus propias manos, quería verlo retorcerse de desesperación.

—¡Sirius!

Alguien lo empujó y lo hizo caer de lado en la hierba. Sirius sintió algo romperse y un fuerte dolor en su muñeca. Se aguantó un grito y trató de entender la situación. Lo primero que distinguió fue el aroma de Remus. Al girar un poco la cabeza vio al licántropo abrazándolo con fuerza, Sirius no sabía qué pudo haberlo asustado tanto como para aferrarse a él como si fuera una tabla salvavidas. Trató de apartarlo y levantar un brazo, pero el dolor en su muñeca se hizo más fuerte y no pudo evitar que un gemido de dolor brotara de sus labios.

—No, mierda, estás herido… —la voz preocupada de Remus le llegó desde la lejanía—. ¿Sirius? ¿¡Sirius!?

¿Por qué todo se estaba volviendo negro? ¿Por qué Remus se alejaba? Sirius estaba confundido, pero sintió que el silencio y la oscuridad no eran tan malas, así que se dejó envolver por ellas.

—... digo, no tengo idea. Solo sentí ese instinto asesino.

—¿Madame Pomfrey no dijo cuándo despertará?

—No, tampoco le conté… ¿Debí hacerlo? Carajo, tal vez debí hacerlo.

—Hiciste bien, Remus. ¿Crees que Snape diga algo?

—Lo dudo, pero…

—Correcto, habrá que hacer que cierre la boca.

Aunque trató de aferrarse a las voces, la oscuridad volvió a consumir a Sirius. Notaba la preocupación en los tonos, pero no lograba identificar quiénes estaban hablando ni de qué. Había tenido la urgencia de decirles que todo estaría bien, de protegerlos, de quitar todas sus penas. No obstante, había vuelto a perder la conciencia antes de poder hacer algo.

Cuando volvió a despertar todo estaba en silencio y bastante oscuro. Distinguió el techo de la enfermería, eran contadas las veces que había estado en ese lugar y casi siempre era para visitar a James que por culpa del quidditch se había hecho daño. No sabía por qué estaba allí, pero no le gustaba, con una mueca trató de levantarse, pero unas manos se lo impidieron, obligándolo a recostarse de nuevo. Las pequeñas luces repartidas por aquí y por allá fueron suficiente iluminación para distinguir a su acompañante. Albus Dumbledore se sentó en la silla al lado de la camilla luego de impedir que se levantara y sonrió de forma amable.

—Me alegra que haya despertado, joven Black. Madame Pomfrey descansa, pero la llamaré para que le haga un chequeo.

—Puede decirme Sirius, profesor —ofreció el chico, el director asintió— Yo… señor, ¿por qué está aquí?

—He conocido a muchos magos y brujas con grandes intelectos, pero a muy pocos que fueran tan perspicaces. Poses una buena cualidad, Sirius —Dumbledore tomó una naranja a medio pelar de la mesita de noche y se concentró en seguir quitando la piel—. Creo, muchacho, que tú y yo tenemos grandes secretos.

Había un olor cítrico en el aire. Sirius se mantuvo en silencio, esperando información más concreta. No sentía dolor en ninguna parte, así que suponía que Madame Pomfrey ya lo había curado de lo que fuera que lo había llevado a la enfermería. Así que el tema que el director quería hablar con él no tenía relación con su salud. Solo tenía que esperar, al final, Dumbledore siempre decía lo que era necesario decir.

—Aunque una fractura es dolorosa, una persona no se desmayaría por ello, ¿no lo crees así, Sirius? Te desmayaste por un shock —el director partió la naranja y sacó un gajo—. Tu cuerpo o tu mente de repente tuvieron un cambio radical, uno que ni tu cuerpo ni tu mente pudieron soportar.

—¿A qué se refiere, profesor?

—Piénsalo como con el joven Lupin y sus transformaciones con la luna llena, su cuerpo queda exhausto; a diferencia de ti, como ya habrás notado —explicó—. Pasar de un humano a un perro no es problema, en el proceso de volverte animago acostumbraste a tu cuerpo y a tu mente a soportar el cambio.

—¿Me va a acusar por ser un animago no registrado? —Sirius alzó una ceja.

Le sorprendió un poco haber sido descubierto. En su primera vida había guardado el secreto lo suficientemente bien como para poder acercarse a Hogwarts en su forma animaga. No estaba seguro de lo que haría Dumbledore, Sirius seguía siendo un menor de edad y un estudiante. Solo esperaba no tener muchos problemas.

Dumbledore sonrió y negó con la cabeza, comiendo uno de los gajos de naranja. Se tomó su tiempo en masticar y cuando al fin tragó, miró al Gryffindor con una expresión triste. Sirius se tensó, preguntándose si tal vez sería enviado a Azkaban por ser un animago no registrado.

—Mi querido Sirius, no te puedo ayudar si no me dejas —el hombre se levantó—. Pero así como la mente y el cuerpo deben acostumbrarse, también debo darte tiempo para que confíes en mí. Cuéntame tu secreto cuando estés listo. Descansa, muchacho.

Después de que el director se fuera, Madame Pomfrey apareció y le hizo un chequeo, luego lo obligó a dormir allí, era demasiado tarde para volver a su Sala Común. Sirius pensó que le costaría conciliar el sueño después de la conversación con el director, pero no fue así, quizás estaba tan cansado que apenas volvió a recostarse en la camilla se durmió.

A la mañana siguiente le costó que la enfermera lo dejara en paz, así que se atrasó un poco para el desayuno, lo que lo hizo llegar al Gran Comedor cuando todos ya estaban allí. Remus fue el primero en verlo, sonrió y le hizo una seña para que fuera a sentarse con él. Sirius caminó con seguridad hacia el licántropo, y solo cuando estaba a unos metros se dio cuenta de que James también estaba allí. El heredero de los Black se quedó parado, sin saber qué hacer. Su mejor amigo se giró a mirarlo, se acomodó las gafas y sonrió, abrió la boca para probablemente soltar alguna frase cursi. Pero toda intención murió con la llegada de una muy enojada Lily Evans que casi chocó con Sirius.

—¿¡Creen que es divertido!? —señaló de forma acusadora a James—. ¡Son unos enfermos!

—¿De qué estás hablando, Lily? —preguntó James, fingiendo inocencia.

—¡No me llames Lily! —la chica parecía a punto de llorar—. Eres vil y cruel, odio la idea de gustarte, me doy asco por eso. No quiero que me vuelvas a hablar nunca más, Potter.

Todos en el comedor estaban en silencio, mirando la escena. Tras las palabras de Lily, el resto de estudiantes empezaron a cuchichear entre ellos. James no reaccionó, ni cuando Evans se fue a grandes zancadas ni cuando Sirius lo obligó a levantarse y lo sacó del Gran Comedor. Remus se apresuró a ir tras ellos y, para la mala fortuna de Sirius, también lo hizo Peter.

—James, no creo que lo haya dicho en serio —trató de conciliar Remus.

—¡Sí, James! ¡No lo dijo en serio! —secundó la rata.

Sirius observó a su mejor amigo, el chico se había apoyado contra la pared de piedra y miraba sus zapatos, totalmente derrotado. En la primera línea nunca había ocurrido algo así… Excepto una vez, cuando Lily terminó su amistad con Snape. Sirius recordaba lo enfadada y dolida que había estado la chica en ese tiempo, el desprecio con el cual había tratado a James. Era un dolor de cabeza pensar en todo el esfuerzo que había puesto su mejor amigo para conseguir su perdón. Al menos, lo había conseguido. Así que Sirius confiaba que sería igual en esta línea.

—Prongs… —Sirius se olvidó por un momento que aquel apodo no existía en esa línea.

—No importa, solo me impresionó —James se enderezó y sonrió, la alegría no llegaba a sus ojos—. No se preocupen, chicos.

—¿Estás seguro de que estás bien? —insistió Remus.

—Sí, sí, tranquilo. Además, eso es una prueba de que la broma funcionó, ¿no?

Remus trató de mantenerse serio, pero dejó escapar una corta y pequeña risita. Peter dejó de moverse nervioso y mostró su sonrisa de rata, esa misma que le había dado a Sirius cuando lo había culpado por todos sus crímenes. Sirius evitó pensar en ello y se concentró en la conversación. James había ampliado su sonrisa, parloteando sobre lo geniales que eran sus planes. Aunque el heredero de los Black trató de encontrar signos de que el comentario de Lily lo afectó, solo halló satisfacción por la broma. Tal vez era mejor así, primero debía ocurrir la separación de Lily y Snape.

—¿Qué hicieron? —Sirius sonrió, contagiado por la alegría general.

—Una larga historia, mi estimado Sirius —James rió—. Verás…


Las cosas con James se habían arreglado sin conversarlas. Era una pésima estrategia, pero era la mejor para el caso. Sirius se había dado cuenta que era mejor ordenarle a su hermano que se mantuviera lejos de su mejor amigo si quería que aquella relación no floreciese. Por eso mismo se había escapado de sus amigos y se había quedado esperando por horas en un pasillo de las mazmorras. Tenía un rústico mapa del merodeador en sus manos, pero como no estaba completo, no podía mostrar a todas las personas ni todos los pasajes. Había sido agotador hacerlo solo, pero quería darle algo a Harry, probablemente lo terminaría en esos tres años.

Unos pasos se marcaron en el pergamino junto a la etiqueta "Regulus Black". Lo mejor es que estaba solo, pensó Sirius.

—Tengo que hablar contigo —dijo, interceptándolo.

El niño se sobresaltó cuando el Gryffindor apareció de la nada, pero pronto controló su expresión y la volvió de piedra.

—Yo no tengo nada que hablar contigo —Regulus trató de continuar su camino, pero Sirius lo agarró de la muñeca con fuerza—. ¿Qué quieres, Sirius?

—Solo darte un aviso amistoso: aléjate de James.

El menor lo miró confundido al mismo tiempo que trataba de soltarse, Sirius se mantuvo firme tanto en su advertencia como en el agarre.

—¡Es tu amigo! ¿Qué tiene que ver conmigo? Creo que ni siquiera hemos cruzado palabra —Regulus se tiró hacia atrás, buscando liberarse poniendo todo su peso, pero los dedos de su hermano mayor seguían aferrados a su muñeca—. ¡Suéltame!

—¡Por eso es un aviso amistoso! —el Gryffindor sonrió—. Si te acercas a James, te mataré. Es así de simple.

—¿Te volviste loco? —el menor seguía tironeando.

—Uhm… no, creo que siempre lo estuve —la sonrisa de Sirius se desvaneció—. Eres solo una maldita serpiente que viene de un nido de serpientes. No me vas a quitar a James, James es mi amigo, mi mejor amigo, mi hermano. ¿Entendido? Ni lo mires.

El pequeño había dejado de forcejear y en su lugar miraba estupefacto al Gryffindor. Sirius creyó distinguir algunas lágrimas acumularse en sus ojos, pero al fijarse de nuevo, la mirada estaba limpia. Regulus rompió la distancia entre ambos y con la mano libre enterró el dedo índice en el pecho del león.

—¿Tu hermano? ¿James Potter es tu hermano? ¡Já! Eres un chiste de mago, Sirius Black.

—¿¡Yo!? ¡Ustedes son la mierda purista que…!

—¡Tú me abandonaste primero! —interrumpió el Slytherin, agitado.

Sirius pestañeó rápido, como si así pudiera limpiar la imagen, sin embargo, Regulus seguía allí, con el ceño fruncido, el odio en sus ojos y los puños fuertemente apretados. Habría sido un buen momento para soltarlo, pero el Gryffindor lo olvidó por completo. Sus dedos estaban agarrados como tenazas.

—¿De qué hablas?

—¿No lo sabes? Oh, Sirius… —Regulus rió sin ánimo—. Vives tan enajenado en tu mundo que ni siquiera te das cuenta de tus errores. ¿Cómo te atreves a llamar a otro "hermano" cuando me abandonaste? A mí, quien comparte tu misma sangre. ¿Cómo te atreves a ordenarme algo cuando nunca te preocupaste por mí?

Esta vez, Sirius sí lo soltó. Regulus aprovechó la libertad y dio un paso hacia atrás, tomando distancia. Su mirada estaba llena de desprecio.

—No es cierto, yo sí me preocupo —murmuró inseguro Sirius.

—Si quieres vivir en tu fantasía, hazlo. Si quieres, justifica así todas tus acciones. No me importa, me dejaste de importar hace mucho —el Slytherin parecía más calmado, pero sus ojos parecían una tormenta a punto de desatarse—. Pero no me vengas a amenazar, no tienes ningún derecho de meterte en mis decisiones.

El chico retomó su camino, dándole la espalda a su hermano mayor. Sirius se apresuró a ir tras él y lo volvió a agarrar del brazo. Regulus tuvo que contar hasta 10 para no hechizarlo. El Gryffindor se apresuró a ponerse a su altura y lo señaló con un dedo, amenazante.

—Tampoco te juntes con Snape —ordenó.

La expresión de Regulus no cambió, así que Sirius se dio por pagado y lo soltó. Había caminado un par de pasos lejos de las mazmorras cuando la voz de su hermanito le llegó.

—¿Vas a matarme si me junto con Snape? —Sirius se giró para mirar a su hermano.

—Si te juntas con Snape… —comenzó el león, fingiendo pensar—. Mi concepto de ti será peor de lo que ya es. Pensé que tal vez te podrías salvar de nuestra familia, pero eres igual que ellos.

—Dime, Sirius, ¿cómo logras transformar todo para que cuadre en tu fantasía? —Regulus sonrió de forma fría—. Tú eres más Black que yo. Eres tan egoísta que vienes a amenazarme para que no hable con tu amigo, eres el que tuvo que ser detenido para que no matara a un estudiante, el que golpea y hechiza a otros con la excusa de bromear. ¿No crees que en realidad eres igual a…?

—No te atrevas.

—… nuestra madre? —Regulus finalizó la pregunta—. No vuelvas a amenazarme, Sirius. Puedo cumplir tu fantasía y ser el villano, puedo tomar tus culpas y hacerlas mías. Puedes usarme de chivo expiatorio. Pero no vuelvas a amenazarme.

El primer instinto de Sirius fue golpear a su hermano, pero aquello le habría dado la razón, así que a duras penas logró mantenerse quieto. Regulus le echó un último vistazo antes de seguir su camino, en ningún momento se dio la vuelta para verificar el estado del Gryffindor, tampoco parecía asustado.

La verdad era que Sirius había evitado hacer demasiadas preguntas. No había buscado el motivo del por qué Remus lo había detenido de forma tan brusca cuando se había peleado con Snape. Tampoco había preguntado por qué habían hecho una broma tan cruel al Slytherin. No había mencionado a James nada de esas tres semanas que estuvieron peleados ni trató de averiguar por qué lo había perdonado. Había fingiendo ignorancia porque era más fácil. No obstante, ya no podía seguir así, no podía darse ese lujo. Estaban a pasos de una guerra y él debía salvar a sus amigos, no había tiempo para fingir que nada ocurría, más cuando las piezas fundamentales se movían.


El despacho del director era un lugar aterrador para Sirius. Tanto en su primera vida como en esta, era el lugar donde su madre era citada por alguna broma de Sirius que había ido demasiado lejos, era allí donde la mujer decidía qué castigo le daría al volver a casa para las vacaciones. Sirius respiró hondo y miró la taza en sus manos.

—Debo admitir que no pensé que te vería tan pronto, Sirius —el director lo miraba con curiosidad—. ¿Estás bien solo con ese té?

—Señor… Yo… yo necesito que esté con la mente abierta, tiene que confiar en mí y confiar en mis palabras.

—Por supuesto que lo haré, Sirius.

—Y por nada del mundo me puede mandar a San Mungo o decirle a otra persona. Lo que diré solo puede quedar entre nosotros.

—Podemos hacer un juramento inquebrantable si eso te da más seguridad, Sirius.

El menor negó con la cabeza.

—La verdad es que…

Luego de varios minutos de balbuceos de parte del más joven, finalmente contó todo. Le habló al mago sobre el ascenso de Voldemort y el tipo de personas que reunía como seguidores, le habló de la profecía y de Harry, le habló del cambio de guardián y la traición de Peter, le habló de sus 12 años en Azkaban y su fuga de prisión, le habló del regreso de Voldemort y de la ineficiencia del ministerio, le habló de la trampa en el Departamento de Ministerio y de su caída por el velo. Contó todo lo que había sucedido en su primera vida.

Al terminar, Sirius guardó silencio y bebió el té que ya se había enfriado. Dumbledore se mantuvo callado por más tiempo, no parecía que dudara de las palabras de Sirius, pero sí se veía algo conmocionado. Luego de unos minutos que parecían ser eternos el director al fin habló:

—¿Qué quieres hacer, Sirius?

—No lo sé… —el Gryffindor lo miró—. Esperaba que usted me dijera qué hacer.

—No puede tener ese control, muchacho —el mago se quitó las gafas de media luna y se frotó los ojos—. Puedo darte opciones, planes o estrategias, pero depende de ti lo que quieres hacer.

Sirius bajó la cabeza y miró la taza, nunca había tomado adivinación, pero se preguntó si aquellos residuos en la taza le podrían dar una pista de qué hacer. Respiró hondo y dejó la porcelana sobre el escritorio antes de hablar.

—Quiero salvarlos… A James y Lily, a todos los que murieron sirviendo a la Orden. También quiero evitar el dolor, sé que será inevitable, pero al menos que estén seguros… —Sirius tragó saliva y soltó un poco más inseguro—: ¿Cómo puedo hacerlo, señor?

—Lo primero es aclarar lo que quieres. Quieres que vivan y que estén bien, ¿correcto? —el menor asintió con la cabeza—. Ahora viene la segunda pregunta, ¿qué estás dispuesto a hacer para conseguirlo?

—Cualquier cosa.

—No puedes ser tan impulsivo, Sirius —Dumbledore sonrió con algo de condescendencia y estiró una mano para acariciar al fénix—. ¿Estás dispuesto a morir? O, por el contrario, ¿A asesinar? Tiene que haber un límite, muchacho, algo que jamás harías bajo ninguna circunstancia.

Sirius observó al hombre y al pájaro. Dumbledore se veía algo más joven que el hombre de sus recuerdos, pero seguía teniendo cabello y barba blanca, y unos ojos azules que parecían leerte hasta el alma. Fawkes parecía viejo y enfermo, probablemente pronto moriría. El Gryffindor se preguntó si el fénix estaría tan tranquilo si no tuviera la certeza de que volvería a renacer.

—¿Usted ha estado en una situación así? —preguntó.

—Ciertamente no, nunca he vuelto a vivir una vida —el director sonrió, tratando de aligerar el ambiente—. Pero una vez tuve que decidir sobre el destino de alguien a quien alguna vez amé.

—¿Qué decidió? —susurró el más joven.

—Decidí enfrentarlo y mandarlo a prisión. Siempre supe que no podría matarlo, ese era mi límite.

Sirius miró sus manos. ¿Qué estaba dispuesto hacer para salvar a sus amigos? Moriría por ellos, eso lo tenía claro. Su existencia no le importaba si se trataba del bienestar de ellos. Y también estaba dispuesto a cometer crímenes horribles, incluso si se ganaba el odio de James y Remus con sus acciones, seguiría adelante. La respuesta era muy abierta, así que tenía que pensar qué no sería capaz de hacer. Si fuera necesario, mataría. Incluso se volvería un mago tenebroso si con eso conseguía salvarlos. Sirius apretó los labios y se encogió sobre sí mismo. Por alguna razón aquel pensamiento le revolvió el estómago, no por lo que estaba dispuesto a hacer, sino que por el hecho de que no había algo que lo detuviera.

—Señor…

—¿Sí, Sirius?

—Si es para salvarlos… —el chico levantó la cabeza y miró fijamente al director—. Haría cualquier cosa, incluso me volvería un mago tenebroso.

El menor no pudo descifrar la expresión del hombre. Luego de unos segundos Dumbledore asintió y sacó pergamino y tinta. Agitó su varita y se puso a escribir, varias cosas salieron volando por la habitación, moviéndose de lugar o quedando en el aire. Sirius observó todo, no encontró relación en ninguno de los objetos, pero parecía un baile orquestado.

—Voy a necesitar que me cuentes todo con la mayor cantidad de detalles, Sirius. Y, lo más importante, necesito que siempre tengas en mente a quién quieres salvar y qué estás dispuesto hacer.

—Entiendo, señor.

Se fue toda la tarde en aquella actividad. Dumbledore había preguntado hasta por el más mínimo detalle y Sirius hizo lo mejor que pudo rellenando sus 12 años en Azkaban con la información que había logrado recolectar mientras se escondía en Grimmauld Place.

—Muy bien, lo primero que tendremos que enfrentar será tu huida de casa en el verano —Dumbledore levantó la vista—. ¿Sigues con esa idea?

—Si me quedo en esa casa me obligarán a tomar la Marca o me matarán —Sirius jugó con sus dedos—. He estado juntando oro y confío en la fortuna de mis parientes.

—Entiendo, pero sigues teniendo solo 16 años. Sería bueno encontrar resguardos, tenemos varios meses para investigar.

Sirius asintió y se levantó. Dudó un momento y finalmente sonrió.

—Gracias, señor.

—No creo que debas darme las gracias, Sirius. Tienes la maldición de conocer el futuro, aunque la vida de todos sea pacífica, la tuya estará llena de recuerdos traumantes.

El chico asintió y caminó hacia la puerta.

—Sirius, hay una cosa más.

—¿Qué es, señor? —el Gryffindor se giró.

—Mentalízate en que tal vez no puedas salvarlos a todos. Habrá momentos en que tendrás que elegir y vivir con esa elección —Dumbledore se veía mucho más viejo y cansado al decir aquello—. Lo importante es que salves a la mayor cantidad de personas.

Sirius no dijo nada. Pero pensó que si tenía que elegir entre salvar a sus amigos o salvar al mundo, sin dudar elegiría a los merodeadores. Era ese tipo de pensamientos los que le hacían creer que ese lado Black que tanto trataba de matar siempre encontraba la forma de salir a la luz. Por mucho que se esforzaba, siempre primaba el ser egoísta que haría cualquier cosa para conseguir sus objetivos. Fue la primera vez que no sintió vergüenza de aquel lado. Si así evitaba el asesinato de James y Lily, nada importaba.