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"I do(n't) like it"

El movimiento al lado izquierdo de la cama logró despertar sutilmente a John, haciéndole recordar que ya no se encontraba en aquella solitaria habitación en Birmingham durante la convención de médicos de los últimos dos meses. Frunció ligeramente el ceño y tuvo intención de abrir los ojos solo para poder ver a su joven amante a primera hora del día, pero el cansancio que había arrastrado durante los últimos días no se lo permitió.

Se giró sobre su espalda en la cama y se concentró en volver a retomar su sueño, hasta que sintió nuevamente la presencia de Sherlock, está vez sobre su pelvis, a horcajadas. Sonrió de forma ladina y su cuerpo se estremeció al sentir las suaves manos de su amante sobre su pecho, deslizándose hasta sus pectorales.

─ Buenos días, capitán… ─ susurró Sherlock cerca de su oído, obsequiándole a su vez un suave roce de sus glúteos sobre su entrepierna, misma que se agitó en respuesta a aquella caricia.

─ Hmm… buenos días, encanto… ─ murmuró John con los ojos cerrados, aún entre la consciencia e inconsciencia del sueño.

Posó sus manos sobre los muslos de Sherlock y se abrió paso hacía su cadera y sus glúteos, mismos que sintió completamente desnudos, sin ningún tipo de tela que le impidiera aquel exquisito contacto de piel contra piel que tanto había extrañado. Sabiendo que lo necesitaba, se permitió llenarse las manos con la firme piel de aquellos glúteos y los apretó con fuerza, alzando ligeramente sus caderas para hacerle sentir a Sherlock su más que notorio interés en lo que fuera que su amante tuviera pensado para comenzar aquel día.

─ No tienes idea de cuánto te extrañé, John ─ gimió Sherlock, haciendo sentir a John cómo se erguía sobre su pecho nuevamente, con su mano izquierda sobre uno de sus pectorales y la otra yendo en busca de lo que le facilitaría su cometido en aquel momento.

John esperó sentir los delicados dedos de Sherlock bajándole la ropa interior y liberando su miembro más que interesado, pero nada de aquello vino y se encontró nuevamente frunciendo el ceño. Esta vez su impaciencia por ver el rostro de su joven amante fue mayor que su cansancio y abrió los ojos, solo para encontrarse de lleno con la imagen y el sonido de Sherlock encendiendo la máquina de afeitar en su mano derecha.

─ ¡Qué demonios! ─ exclamó John, invirtiendo de inmediato la posición de ambos al impulsarse con ambas piernas y manos para terminar tumbando a Sherlock sobre su espalda contra la cama. Guío rápidamente las manos a las muñecas de su amante y las mantuvo sujetas contra la almohada, completamente inmóviles. ─ ¡Sherlock! ─ exclamó, enfurecido ante la clara intención de éste.

─ ¡Ugh, suéltame! ─ bufó Sherlock, gruñendo y haciendo el inútil intento de quitarse de encima a John, sabiendo de sobra que el cuerpo de su amante era bastante más pesado y fuerte que el suyo y que no tenía oportunidad alguna contra él. ─ ¡Te voy a quitar esa cosa de la cara! ¡Suéltame! ─ insistió, manteniendo aún la maquina aferrada con fuerza en su mano.

─ No, no vas a hacerlo. Ya lo hablamos ayer, Sherlock ─ sentenció, a la vez que con un rápido movimiento aprisionaba ambas muñecas de Sherlock con una mano, quitándole la máquina con la otra y lanzándola fuera de su alcance en la habitación.

─ ¡Dijiste que te la quitarías antes de volver de la convención! ─ acusó Sherlock, odiando que tras el cambio de posiciones, sus piernas hubieran quedado a los costados de la cadera de John y su trasero totalmente expuesto contra su entrepierna, sin poder evitar sonrojarse por aquello aunque se encontrase enojado. ─ ¡Eres un mentiroso!

John resopló con fastidio ante la actitud infantil de su amante. Lo amaba como a nada en el mundo, pero cuando tenía aquellos arrebatos dignos de un adolescente le daban ganas de ponerlo sobre su regazo y azotarle las nalgas hasta dejárselas rojas. Si se quería comportar como un mocoso odioso, él lo iba a castigar igual que a uno. Sin embargo, aunque aquella idea había reavivado el interés de su miembro, optó por mantenerse serio. Más aún cuando la expresión de Sherlock, lejos de ser amenazante, resultaba tierna.

─ Sherlock, cariño. Cambié de opinión sobre la barba porque me gusta cómo me queda, y no pienso quitármela, ¿entendido? ─ murmuró, intentando dar fin a aquel tonto juego por el bien de ambos. Los últimos dos meses habían sido cansados para él y solo quería volver a su vida normal con Sherlock, no discutir por una tontería como lo era un poco de vello facial. Buscó en el rostro de Sherlock algún indicio que pudiera dar paso a un acuerdo, pero seguía sin obtener ninguna respuesta más que el ceño fruncido y los labios presionados entre sí de su amante.

Al saber que al parecer Sherlock había dado fin a aquella discusión con uno de sus interminables silencios, John optó por hacer uso de lo que el cuerpo de su amante le delataba en aquel momento. Sherlock estaba enojado, sí, pero también podía notar la pequeña erección de su amante contra su vientre y recordar el hecho de que sólo su propia ropa interior los privaba del contacto que tanto habían pospuesto ambos. Dispuesto a jugar hábilmente sus cartas, deslizó su mano libre por la pierna de Sherlock y apretó ligeramente su muslo, notando casi al instante cómo su amante se tensó debajo de él, sin importar cuán hostil siguiera siendo su actitud.

─ Quita ya esa cara, encanto. No me puedo tomar en serio tu enojo cuando siento perfectamente lo duro de tu pequeña polla contra mi vientre… ─ dijo John con un tono áspero y oscuro, resonando desde el fondo de su garganta. Vio las pupilas de Sherlock dilatarse y el sonrojo en sus mejillas intensificarse. Ya lo tenía donde lo quería. ─ Ambos sabemos que solo es una de tus tontas rabietas y que en realidad te estás muriendo porque te folle… ─ susurró, terminando por inclinarse por completo sobre él para poder besar así sus labios y olvidarse de aquel estúpido juego.

Lo que John jamás esperó fue que antes de poder volver a disfrutar del néctar de aquellos hermosos labios de cupido, Sherlock apartara el rostro. El desconcierto de John fue tal que se encontró irguiéndose por completo y aligerando el agarre de su mano sobre las muñecas de Sherlock.

─ Yo también cambié de opinión, John ─ anunció Sherlock, pudiendo por fin zafarse con algo de fuerza del agarre de John, mismo que parecía seguir atónito ante todo lo que estaba sucediendo. Lo empujó sin fuerza alguna hasta hacerlo retroceder y así como había sido aprisionado, se encontraba libre de nuevo. ─ Y decidí que hasta que no te quites esa cosa, no pienso dejar que me vuelvas a tocar ─ sentenció, tomando del piso su ropa interior y su bata de seda tinta.

El impulso de querer volver a demostrarle a aquel mocoso engreído que su paciencia con sus actitudes tenía un límite se hizo presente de nuevo. Quiso levantarse de la cama y empujarlo sobre la mesa de noche para empotrarlo ahí mismo, pero no lo haría, él tenía mucho más control que eso. Sabía que aquella no era más que una rabieta y que era mejor ignorar a Sherlock hasta que se le pasara aquel tonto enojo.

─ Bien, como quieras ─ respondió sin mayor interés, levantándose de la cama y yendo directo al baño, sin siquiera dirigirle una última palabra a su amante. Iba a tener que hacer uso de la ducha para intentar despejar su mente y también poder deshacerse del poco interés que había quedado en su miembro.

───── o ─────

John salió de la ducha sintiéndose más despejado que al comienzo. Mientras el agua le había recorrido el cuerpo y mojado sus cabellos y barba, había pensado si realmente esta se le veía tan mal. A gusto personal él consideraba que se le veía bastante bien ya que le daba un toque de seriedad que sentía que jamás había logrado conseguir del todo. Y es que no era tonto, él mismo había notado la atención que atraía de varias de sus colegas doctoras en la convención. Tampoco había pasado por alto a aquellos jovencitos practicantes que con tanta insistencia querían que les diera un curso privado para expandir su conocimiento.

Al recordar aquella petición se encontró sonriéndole al espejo frente a él. No había duda de que tras aquella petición había algo más que un interés profesional. Pero él amaba a Sherlock con locura y ni siquiera aquellos coquetos practicantes le habían hecho poner en duda su amor por él. Se peinó el cabello platinado con ayuda de sus manos y se acicaló la barba con un poco de loción. Jamás lo admitiría pero aquella barba le hacía sentir incluso más tosco e imponente que de costumbre.

Mientras se arreglaba la barba un poco, se encontró preguntándose qué era realmente lo que Sherlock odiaba tanto de ella. Quizá después de todo era extraño para él verlo de aquella forma y sólo debía darle tiempo para que se acostumbrara. Quizá incluso el calor de aquellos días lo hiciera terminar afeitándose antes de lo esperado. Abrió el botiquín tras el espejo para extraer unas tijeras y al cerrarlo de nuevo se encontró con el reflejo de Sherlock en la entrada del baño, con sus juveniles facciones demostrando aquella curiosidad innata que su joven amante siempre parecía tener.

Decidió no delatar que lo había atrapado mirándolo y se limitó a hacer un par de cortes en algunos vellos que sobresalían de más en su barba. Quería pensar que Sherlock por fin había dejado de lado su rabieta infantil y ahora estaba en esa etapa de curiosidad y aceptación en la que se encuentran los cachorros cuando descubren algo nuevo que al comienzo rechazan.

Al abrir de nuevo el botiquín para guardar todo, Sherlock ya no lo espiaba. John se limitó a vestirse para ir a la clínica y escuchó la televisión en la sala ser encendida. Que Sherlock quisiera ver la televisión era un buen indicio de su mejor humor. Salió de la habitación y le sorprendió ver que Sherlock también había hecho algunas tostadas con mermelada y servido jugo de naranja en dos vasos. Tomó el suyo junto con una tostada y la comió a prisa para llegar lo antes posible a la clínica. No quería pensar en el desastre que podría haber ocurrido en su ausencia.

Sherlock siguió observando la televisión desde su lugar en el sofá de tres plazas, con la bata envuelta en torno a su cuerpo y las rodillas contra el pecho, como le gustaba estar para concentrarse mejor en algo. John sintió una de aquellas mezclas de ternura que Sherlock le producía constantemente. La diferencia de edad entre ellos era imposible de ignorar y difícil de aceptar, pero aún a pesar de todo, ellos parecían estar hechos el uno para el otro. Aquella idea hizo a John sonreír. Nadie más que él sabía cuánto había esperado tener a alguien como Sherlock como su pareja.

─ Me voy a la clínica, amor ─ anunció John después de un rato, dirigiéndose en dirección a la sala para despedirse de Sherlock como siempre lo hacía. Sabía que aquellos besos de despedida eran los favoritos de su adorado jovencito.

No le extrañó no recibir respuesta alguna de Sherlock y se limitó a inclinarse contra él, apoyándose en el descanso del sofá para poder besar los labios de su dulce amante, pero cuando posó sus dedos en el rostro de Sherlock para hacerlo prestarle atención, nuevamente se encontró con aquel ridículo berrinche.

─ ¡Mm-no! ¡Suéltame! ─ bufó Sherlock, tirando manotazos sobre la mano de John para que se alejara de él, como un verdadero niño insoportable. ─ No quiero que esa cosa toque mi rostro, está rasposa ─ gruñó, alejándose de John hasta llegar al otro extremo del sofá.

─ ¡Tienes que estar jodiéndome! ─ exclamó John completamente exasperado, sin ser capaz de soportar durante un segundo más aquella actitud. ─ A la mierda con esto. ¿Quieres que juguemos uno de tus malditos juegos infantiles? Bien, vamos a hacerlo. Pero te lo advierto, jodido niño caprichoso; antes de que termine el día vas a terminar rogándome porque te folle y yo me dejaré la barba. ¡Te guste o no! ─ exclamó completamente fuera de sí. Si Sherlock quería hacer sus rabietas de niño, entonces él asumiría su papel de militar y haría uso de su disciplina para no reaccionar a ninguna más de sus tonterías infantiles a partir de aquel momento.

─ Entonces será mejor que guardes energías para llevar tus cosas al piso de arriba cuando regreses, porque eso no va a pasar ─ refutó Sherlock sin siquiera mirarlo. No hacía falta algo así, la tensión se podía palpar en el ambiente y ninguno de los dos parecía tener intención alguna de ceder.

Lo único que vino en respuesta fue el fuerte estruendo de la puerta al ser cerrada tras John.

───── o ─────

Sherlock no quería aceptar que aquel alboroto había escalado hasta ese punto por su culpa. No había sido él quien había prometido hacer algo que al final no hizo. No era él quién tenía aquella cosa en su rostro sabiendo que a su pareja no le gustaba que la tuviera.

─ Cambié de opinión y no pienso quitármela ─ murmuró, imitando a John con un tono de voz presumido. Pensar en aquellas palabras le tenía realmente molesto, tanto que ni siquiera había sido posible de arrancarle un par de notas a su violín; el cual optó por mejor volver a guardar en su estuche. ─ Quién se cree para llamarme niño caprichoso ─ gruñó, mientras guardaba las partituras en su escritorio.

Él no era un niño caprichoso. John era un viejo egoísta, eso es lo que él era. Sherlock no tenía un solo cabello de tonto en aquella esplendida cabellera rizada. Su odio por aquella barba no se había originado de la noche a la mañana como John seguramente creía. Su rivalidad con aquello se remontaba a hacía un par de años, para ser más exactos, cuando Sherlock había conocido a John en la clínica tras haberse roto un brazo mientras ayudaba a Scotland Yard buscando la maleta de una mujer muerta en un piso abandonado.

Sherlock tenía aún muy nítido el recuerdo de aquel doctor tan amable que le había preguntado cómo se había hecho aquella fractura. Al principio le había contado los detalles de forma muy superficial y sin nulo interés, como si se encontrase hablando del clima. Pero cuando John había expresado su asombro ante cada una de sus deducciones, no había podido evitar sentir un hormigueo extraño en el estómago y un calor desconocido en sus mejillas. Recordaba aquello como a nada más en su palacio mental, pero también recordaba aquella barba que durante ningún segundo había pasado desapercibida para ninguna de las enfermeras y asistentes de John. Si en aquel momento ya había sentido el comienzo de unos celos posesivos con John sin ser nada más que paciente y médico, no quería saber qué pasaría en aquel momento que ya eran una pareja.

─ ¡Ugh! ─ gruñó con desesperación, revolviéndose los rizados cabellos en un intento por pensar cómo hacer que John cediera a quitarse la barba. Su intento de aquel día por la mañana había sido un rotundo fracaso, y no conforme con eso, John realmente se había enojado con él. Lo había insultado y llamado infantil, pero también lo había subestimado.

Sherlock tenía más control de lo que John creía. Después de todo mantenerse virgen hasta los 22 no era cosa fácil, mucho menos cuando tienes cierto atractivo. Y vaya si Sherlock era consciente de su extraña belleza y atracción para otros hombres. Las oportunidades de haber comenzado su vida sexual con algún sujeto aleatorio no habían sido pocas, y sin embargo fue John con quien decidió que lo haría. Se merecía un poco de mérito si se lo preguntaban.

─ Ya veremos quién tiene más control ─ murmuró para sí mismo, yendo en dirección a la cocina y al refrigerador. Últimamente los días en Londres eran demasiado calurosos y la idea de andar desnudo con una sábana por el departamento no sonaba nada mal. Abrió el refrigerador y para su suerte se encontró un par de helados al fondo de la nevera. Después tendría que bajar a agradecerle a la señora Hudson por tan considerado gesto de su parte.

Sacó una de su empaque y el frío dulzor del helado llenó su boca tras la primer probada. Se metió el helado a la boca y caminó hasta la sala mientras se abanicaba un poco con la mano. Fue entonces cuando aquella idea llegó a su cabeza como una fuerte ráfaga de viento. Se sacó el helado de la boca y lo observó por un instante, pensando si aquella no era una idea tan descabellada. Sólo fueron necesarios un par de segundos para llegar a la conclusión de que hacer que John se quitase la barba ameritaba medidas descabelladas.

─ Vas a caer, John Watson…

───── o ─────

John no se había equivocado al suponer que el hospital iba a ser un campo de batalla tras su regreso. Sarah había caído enferma por un fuerte catarro y Mary no había puesto un solo pie fuera del área de pediatría durante las últimas semanas. Tanto había sido el descontrol en el lugar que incluso habían tenido que suplantar a Stamford como profesor para que él fuera a ayudarlos.

Lo que pensó que iba a ser un turno relajado, terminó siendo un turno de infarto. Podía sentir perfectamente los músculos tensos en sus hombros y espalda, y por si fuera poco, la incertidumbre de saber si Sherlock por fin había dejado de lado su rabieta sin sentido aún estaba latente en su cabeza. Él mismo aún se encontraba molesto, no lo iba a negar. La conducta infantil de Sherlock era incomprensible y sabía que si cedía siquiera un poco, las discusiones por tonterías sin sentido serían el pan de cada día. Sherlock era un niño caprichudo, pero él no era su padre y tampoco estaba dispuesto a cumplir caprichos absurdos como aquel.

Bajó del taxi frente a la puerta con el 221B impreso en la madera y suspiró pesadamente. Ya era hora de ponerle un alto rotundo a Sherlock, le gustase o no. Abrió la puerta y subió las escaleras sin intención alguna de pasar desapercibido. La señora Hudson probablemente se encontraba dormida o en casa de los vecinos tomando té y nadie salvo Sherlock lo escucharía. Quizá se había dado por vencido. Quizá había agregado a su rabieta cambiar las cerraduras de la puerta.

Conforme John iba subiendo los escalones, miles de nuevos escenarios que sabía que Sherlock sería capaz de hacer cruzaban por su mente. Pensó encontrar sus maletas en el descanso de la escalera si es que Sherlock cumplía con lo que le había dicho sobre regresar a la habitación de arriba, pero para su asombro no había nada al final de la escalera. Escuchó el tenue sonido de la televisión en la sala y aquello lo tranquilizó aún más. Aún dudaba que su suerte fuera tanta como para ser recibido como siempre.

Se tomó su tiempo para abrir la puerta y una vez que se adentró al lugar, lo que lo recibió en su interior lo dejó atónito.

─ Hola, John… ─ ronroneó Sherlock desde su lugar en el sofá, con aquella bata de satín color tinto que difícilmente hacía mucho a favor de cubrir su esbelto cuerpo desnudo. La parte inferior de sus glúteos y su perineo estaban a la vista sin descaro alguno, al igual que el rosado color de uno de sus pezones al encontrarse recostado en todo lo largo del sofá de tres plazas.

John se relamió los labios instintivamente, sin apenas notarlo. La imagen de Sherlock frente a él, tan descarado, tan seductor y provocativo, lo dejó en un instante sin aliento. Las semanas que había pasado sin él por fin le pasaban la cuenta en aquel instante, haciéndole saber aquello por medio de la ligera presión en la parte delantera de su ropa interior.

Observó con la boca reseca que Sherlock se ponía de pie y se encaminaba hacia él como un felino de lo más seductor, sin demostrar preocupación alguna por el hecho de que su pequeña polla estuviera completamente a la vista, al igual que su vientre y caderas acentuadas bajo el listón flojo de la bata.

─ ¿Ve algo que le guste, capitán? ─ preguntó Sherlock con un murmullo seductor, deslizando hacia arriba la suave tela que se había resbalado por su hombro, dejando al descubierto la palidez de su piel por unos instantes.

─ Dios… sí… ─ titubeó John una vez que Sherlock se detuvo a sólo un palmo de distancia frente a él, con su cuello y pecho adolescente totalmente expuestos para John, para sus dientes en busca de marcar aquel blanco lienzo con sus mordidas. Se permitió llevar sus manos a las caderas de Sherlock y un impulso animal lo instó a presionar entre sus dedos la suave piel de su amante, recordando lo bien que se siente cuando atrae sus glúteos hacia su pelvis y lo penetra profundamente.

Sherlock sonrió con un encanto que sólo él era capaz de poseer. Llevó sus manos hasta las solapas en la chaqueta de John y la abrió por completo, dejando a la vista la camisa de botones que llevaba debajo. Su propio cuerpo se estremeció ante el firme agarre de John en sus caderas y tuvo que hacer uso de todo su control para desabotonar lentamente la parte superior de la camisa de John y así dejar al descubierto su pecho y parte de su cuello, mismo que besó por debajo de su nuez de adán, presionando sus ardientes labios justo en aquel punto que sabía que a su amado enloquecía. Se atrevió a dejar que su lengua juguetease fuera de sus labios y marcó un camino húmedo con ella desde la coyuntura del hombro de John hasta su cuello.

─ Sherlock… ─ jadeó John por sobre los rizos azabaches de su joven amante, notando ya de forma definitiva que su polla estaba dolorosamente dura bajo aquella ropa que no hacía más que estorbar. Luchó contra el impulso de aferrar a Sherlock por los glúteos y alzarlo en el aire, con sus piernas rodeando su cadera para follárselo contra la pared más cercana. Y entonces aquellas palabras llegaron a sus oídos.

─ John… quítate la barba…

Aquello, lejos de hacerle seguir en aquel trance del que pensaba que jamás podría regresar, lo trajo de vuelta a la realidad y a ser consciente de que aquel conflicto por su barba aún seguía vigente. Apartó a Sherlock por la fuerza; ni siquiera las mejillas enrojecidas de su joven amante y su pequeña polla erecta contra su vientre permitieron apaciguar su rabia.

─ Y una mierda que pienso hacerlo, Sherlock, y lo sabes muy bien. No pienso cumplir tu jodido capricho ─ bufó, apartándose de mala gana la chaqueta y lanzándola a su sillón. La mueca enfurecida de Sherlock no hizo más que exasperarlo, llevándolo ya al limite de acortar la distancia entre ellos y tomar a Sherlock por la barbilla, ejerciendo presión con sus dedos en su quijada para mantener su mirada fija en la suya. ─ Escúchame bien, mocoso engreído… Si crees que este estúpido juego tuyo de seducirme va a tener resultados, estás muy equivocado. Se necesita más que ese culo bonito tuyo para hacerme ceder…

─ Qué raro… ─ murmuró Sherlock con sorna, con una de sus manos aferrándose al antebrazo de John y la otra a la altura de su muñeca, donde pudo sentir el agitado pulso de su corazón. ─ … su polla no dice lo mismo, capitán… ─ agregó, sonriendo de forma ladina y dejando escapar un suave gemido cuando John optó por soltarlo y guiarse sin mayor palabra a su sillón.

Tras verse liberado y sin poder borrar la sonrisa de sus labios, Sherlock se dirigió hacia la cocina, escuchando el televisor ser cambiado de canal y los zapatos de John siendo apartados con brusquedad. Admitió para sí mismo que la actitud de John le estaba haciendo muy complicado cumplir su objetivo, pero no estaba dispuesto a dejarse vencer aún. Por ello, optando por seguir el plan B, se detuvo frente al refrigerador y extrajo de la nevera otro de los helados que la señora Hudson les había obsequiado. Se lo llevó directo a la boca y sin preocuparse por lo poco que cubría su bata, se dejó caer nuevamente sobre el sofá de tres plazas.

Miró de soslayo a John, quien lejos de prestarle atención continuó cambiando canal tras canal en el televisor. Sabiendo que en algún momento John le daría la atención que buscaba, extrajo el helado de su boca y le pasó la lengua desde la base hasta la punta, sintiendo el líquido del mismo deslizarse por su lengua al comenzar a derretirse ligeramente. Cerró los ojos y dejó escapar un suave gemido apreciativo ante el sabor del helado inundando sus papilas.

El desfile de voces en el televisor por fin se detuvo y Sherlock tomó aquello como una señal de que John por fin había dejado de centrarse en el televisor. Sin abrir los ojos y con el helado aún entre sus labios, optó por empujarlo dentro de su boca, tan adentro como el reflejo de las arcadas se lo permitió. Ahuecó sus mejillas y lo deslizó hacia afuera de nuevo, dejándolo salir con un sonoro ruido húmedo y obsceno que incluso a él mismo lo hizo estremecer.

John lo miró discretamente de soslayo, incrédulo ante el nivel al que Sherlock había llevado aquel tonto juego. Sus agudos gemidos no habían pasado desapercibidos para él, y más temprano que tarde se encontró siendo hipnotizado por los delicados e impúdicos movimientos y acciones de Sherlock con aquel helado. Aprovechó que su joven amante seguía con los ojos cerrados y observó con deleite cómo se pasaba el helado por sus labios de cupido, dejándolos brillantes y enrojecidos a causa del contraste de temperaturas.

Notó la resequedad en sus propios labios y los relamió, sin perder detalle alguno de Sherlock volviendo a simular una felación con el helado. La presión en su entrepierna se volvió insoportable y él no pudo pensar en otra cosa que no fueran los labios de su amante en torno al grosor de su polla. Se pasó la mano por el sobresaliente bulto y aquel solo toque lo hizo proferir un oscuro jadeo que esperó que las voces en la televisión hubiesen logrado acallar.

Sherlock deslizó el helado una última vez por sus enrojecidos labios y se abrió paso con él por su cuello hasta su pecho, donde no dudó en deslizar la congelada punta del helado por sobre uno de sus pezones, obligándose a sí mismo a arquear la espalda ante la frialdad entrando en contacto con la suma sensibilidad de sus rosados pezones. Se mordió los labios y mientras contorneaba su otro pezón con el helado, no pudo evitar cerrar su mano libre en la suave tela de su bata, logrando que esta se terminara de abrir por completo, exponiendo la rosada punta de su pequeña polla completamente erecta y goteante contra su vientre.

Para aquel punto Sherlock ya no era capaz de pensar realmente en lo que pasaba a su alrededor. El helado se derretía sobre sus pezones y dejaba un rastro frío y húmedo sobre ellos, completamente duros ya por los estímulos. No había pasado desapercibidos los jadeos acallados de John y pronto se encontró deseando escucharlos cerca de sus oídos, con el peso de su cuerpo sobre el suyo, aprisionándolo, poseyéndolo.

─ John… ─ gimió sin apenas notarlo, siendo más un deseo, un impulso, que una incitación. Deslizó el helado por su vientre agitado y optó por pasar de largo de su pequeña polla, llegando directamente al punto de su ser que más le demandaba atención. ─ Ngh… ─ gimoteó entrecortadamente ante el frío del helado contra su apretado agujerito, mismo sobre el que se deslizaron un par de gotas dulces.

La idea de introducir el helado en su cálido interior al comienzo le había parecido una locura, pero en aquel momento ya no podía pensar en nada más que pudiera acallar esa necesidad de sentirse vacío y necesitado de algo llenando sus paredes internas. Y con aquello en mente, los ojos aún cerrados y los gemidos agudos abandonando sus labios sin pudor alguno, flexionó ligeramente las piernas separadas contra su vientre e introdujo la punta del helado en su apretado agujerito, notando la facilidad con la que se deslizó en su interior. Un escalofrío le recorrió el cuerpo entero y llevado ya completamente por el deseo, aferró la empuñadura de madera del helado con sus dedos y empezó a follarse con él, inclinándolo un poco hacía arriba, en busca de su necesitada próstata.

John no pudo hacer mayor acopio de su disciplina ante aquella obscena acción. Su joven y ardiente amante expuso su cuello tras un espasmo de placer ocasionado por las constantes penetraciones del helado en su interior y toda pizca de control lo abandonó sin posible retorno alguno. Debía reemplazar el lugar de aquel helado con su polla y lo haría aunque Sherlock intentara seguir con aquella estúpida jugarreta.

Sin perturbar un solo segundo el trance en el que se había introducido su amante al seguir follándose con el helado, John se puso de pie y con un par de pasos acortó la distancia entre ambos. Tomó su lugar al otro extremo del sofá y no dudó en aprisionar el cuerpo de Sherlock contra los cojines con su propio peso; posicionándose a la perfección entre las separadas piernas de su amante.

─ Cállate la jodida boca… ¡No digas ni una puta palabra! ─ le exigió a Sherlock una vez que hicieron contacto visual y su mano había ido a parar a la barbilla de su amante nuevamente, presionándola con más fuerza de la que le habría gustado. ─ No quiero escucharte decir otra estupidez sobre todo esto, ¿entiendes?

Y antes de darle oportunidad a Sherlock de dar respuesta alguna, selló violentamente los labios de su amante con los propios. Tomó sin delicadeza alguna el labio inferior de Sherlock y lo mordió, haciendo que su amante profiriera un chillido de placer que lo incitó a profanar su boca con la lengua, misma a la que la ajena no dudó en dar encuentro.

Apartó su mano de la quijada de Sherlock y la guío a sus rizados cabellos, tirando de ellos para que su amante volviera a endulzar sus oídos con otro gemido que fue acallado contra sus labios sedientos del calor y dulzor que pudo notar en los de Sherlock. Abandonó un instante la cálida cavidad y guiado por un instinto animal, le lamió los labios a su joven amante, degustando en su lengua el dulzor aún presente del helado. Se permitió deleitarse con la expresión en el rostro de Sherlock, con sus ojos cerrados y las cejas arqueadas, y no perdió la oportunidad de tomar ventaja de la situación. Se irguió de rodillas en el sillón y aferró sus manos a las piernas de Sherlock en torno a su cadera, jalándolo hasta dejarlo completamente recostado sobre los cojines y con los glúteos de su amante descansando sobre sus fuertes muslos.

Se inclinó nuevamente sobre él y besó con ansía el cuello de Sherlock, succionando aquí y allá marcas que sabía que no desaparecerían fácilmente. Presionó ardientes besos sobre la línea de su clavícula y una vez que sus labios fueron a parar al desnudo hombro de su amante, no dudó en imprimir sus dientes en la pálida y delicada piel a su disposición.

─ ¡Ngh, John! ─ chilló Sherlock sin contemplaciones, aferrando una de sus manos en su bata y otra en los platinados cabellos de su amante. Sintió a John presionar su pelvis contra su pequeña polla y aquella simple acción lo hizo contraer su agujerito, haciéndolo recordar que el helado aún seguía en su entrada, goteando hacía su espalda baja. ─ ¡Mmm-hmm! ─ gimoteó cuando John volvió a morder su hombro, deslizando sobre él el cuidado vello de su barba, misma cuya caricia lo hizo estremecer.

John deslizó sus labios y la suavidad de su barba por el pecho desprovisto de vello de su joven amante desnudo, sintiéndolo temblar bajo el peso su cuerpo aún completamente vestido. Se encontró con uno de los pequeños pezones de Sherlock y no dudó en tomarlo entre sus labios, contorneándolo con su lengua y gruñendo ligeramente cuando Sherlock enredó sus dedos en sus platinados cabellos como un indicio de lo fuera de control que estaba ya de sus propias acciones a causa del placer que lo embargaba. Mordió sutilmente el pequeño botón rosado y endurecido de su amante y éste se arqueó exquisitamente contra su boca, acción que aprovechó para frotar su barba contra el delicado pecho ajeno.

─ ¡John, John! ─ gimoteó Sherlock con desesperación, aferrando sus manos a los hombros de su amado en un intento por atraer su atención, misma que logró obtener tras un ligero empujón. El profundo azul en los ojos de John se fijó en él y sintió todo su cuerpo estremecerse. No lo habría interrumpido de no ser por aquel pequeño inconveniente. ─ El helado… ─ jadeó con un hilo de voz, observando cómo su amado se apartaba de sobre su cuerpo y le separaba las piernas, exponiéndolo por completo ante su mirada hambrienta.

Sintió el calor en su rostro ir en aumento, pero aquello poco le importó cuando frente a su atónita mirada, John filtró la mano entre sus glúteos y con una sonrisa ladina extrajo lo que quedaba del helado en su apretado agujerito. Lo vio lanzarlo al suelo de la sala y de nuevo todo movimiento a su alrededor pareció desaparecer.

─ Sólo mírate… Tan desesperado… ─ se burló John con un tono de voz aún más áspero de lo normal, producto ya de la excitación que recorría el cuerpo de ambos. Tomó ambas piernas de Sherlock y sin cuidado alguno las flexionó con fuerza contra el vientre de su amante, exponiéndolo por completo ante su mirada. El agujerito de Sherlock se contrajo un par de veces y sabiendo que aquello volvía loco a su joven y apasionado amante, John se dio a la tarea de lamer sin pudor alguno el apretado orificio.

Sherlock tembló debajo de él y profirió un gemido agudo que estuvo seguro que todos en aquel lugar escucharon. Sintió nuevamente las temblorosas manos de su amante aferrarse a sus cabellos platinados y aquello avivó sus lamidas, intercalándolas entre sutiles roses de su barba contra la suave piel interna de los glúteos de su dulce amante. Sintió las piernas de Sherlock temblar y sin abandonar sus atenciones a la apretada entrada, alzó la mirada y se encontró con su dulce amante totalmente perdido, con la espalda curveada y una de sus manos fuertemente aferrada a lo que quedaba de la bata ceñida a su cuerpo. Después de todo parecía que la barba le daba un plus a algo que su amante ya de por sí disfrutaba sin igual.

Con aquella confirmación en mente y su propia polla exigiendo atención, John se irguió entre las piernas de Sherlock y se desabotonó por completo la camisa, deslizándola por los ligeramente torneados músculos de sus brazos hasta terminar yendo a parar al suelo de la sala. Fijó su hambrienta mirada en el rostro de Sherlock y sin darle oportunidad alguna de recobrar el aliento, lo tomó nuevamente por la barbilla y ejerció presión, arrebatando de los labios de Sherlock otro obsceno gemido.

─ ¿Tienes algo qué decir al respecto, mocoso engreído? ─ preguntó con sorna, disfrutando de la dilatación visible en las pupilas de Sherlock y su agitado pecho enrojecido a causa de las múltiples mordidas en sus dulces pezones, hombros y cuello. ─ Creí que habías dicho que no pensabas dejar que te volviera a tocar… ─ le recordó, haciendo uso de la rigidez de su propia ropa contra la pequeña polla goteante de Sherlock.

─ Fóllame… ─ respondió su ahora no tan engreído amante, completamente ya perdido por la necesidad de volver a tener algo en su interior. Los meses sin John también habían sido duros para él y solo quería volver a sentirlo dentro. Llevó ambas manos al antebrazo de John y lo miró fijamente a los ojos. ─ Fóllame, por favor… Ya no puedo más…

─ Será un placer darte ese gusto, encanto… ─ afirmó John con una sonrisa ladina y victoriosa. ─ Pórtate bien y demuéstrame cuánto quieres que te folle… ─ instó, a la vez que apartaba su mano del rostro de Sherlock, solo para observar la desesperación de su amante al erguirse ligeramente y comenzar a desabotonarle el pantalón con manos torpes. ─ Eso es, sácame la polla… Anda, dime qué es lo que quieres…

─ Quiero que me folles… ─ jadeó Sherlock, sosteniendo por fin entre sus manos la enhiesta y pulsante polla de John, misma que no se privó de rodear con sus dedos y acariciar con algo de brusquedad, dejando descubierto con suaves movimientos el ya enrojecido glande de su amante. ─ Quiero que me metas la polla por el culo… Te quiero sentir dentro de mí… ─ gimió, obteniendo como respuesta los oscuros jadeos agitados de John ante las atenciones que le obsequiaba a su gruesa y palpitante polla.

Aquello fue lo único que John necesitó para dar rienda suelta a su tan anhelado deseo. Tomó con ambas manos la cadera de Sherlock y sin indicación alguna lo hizo girar sobre su vientre en el sofá, apartándole la bata por completo hacia un lado en busca de tener una amplia vista de aquel glorioso culo que presumía como únicamente suyo.

─ ¡Levanta el culo! ─ ordenó, asestándole un azote en el glúteo izquierdo a Sherlock, mismo que con un chillido ahogado lo obedeció, arrodillándose sobre el sofá y manteniendo el torso elevado. ─ Eso es… muy bien… ─ apreció, tomando su propia polla en mano y frotándola para aligerar la sensación de querer eyacular lo antes posible. No estaba en sus planes hacerlo sin siquiera haber disfrutado del cálido interior de su amante, mismo cuya cadera sujetó con firmeza con su mano libre, centrando su polla contra el apretado agujerito de Sherlock.

Esparció parte de su pre semen contra la apretada entrada y manteniendo a Sherlock bien sujeto por la cadera, se abrió paso en su interior con su glande y se estremeció de pies a cabeza una vez que el calor de las paredes internas de su amante le acogieron por completo. Sintió las piernas de Sherlock temblar ligeramente y su agujerito contraerse en torno al grosor de su polla, intentando adaptarse.

─ Tendrás que disculparme que no sea gentil contigo esta vez, Sherlock… pero me has hecho pasar muchos disgustos y sabes que tus acciones siempre tienen una consecuencia, ¿no es así? ─ preguntó, posicionándose sobre la espalda de Sherlock para atraerlo contra su pecho firme y hacer que se irguiera ligeramente, dejando así libre las manos de su amante; libres para poder usarlas como apoyo.

─ Ngh… Sí, Capitán… ─ gimió Sherlock en respuesta, estremeciéndose al sentir la respiración de John contra su nuca y entre sus cabellos ligeramente húmedos. Notó el fuerte agarre de su amante en su muñeca izquierda y no hizo nada por protestar una vez que su muñeca fue llevada hacia atrás y sobre su espalda baja. ─ ¡Ungh, John! Por favor… ─ chilló cuando sintió a la perfección cómo John comenzaba a fijar un vaivén con profundas y cortas embestidas, haciendo chocar sutilmente sus glúteos contra la pelvis de su amante.

─ ¿No es esto lo que querías, Sherlock? ─ preguntó John, a la vez que se llenaba la mano derecha con los rizos azabaches de su amante, tirando de ellos hasta que la espalda de éste se curvó contra su cuerpo, dándole acceso a los hombros de Sherlock para besarlos y volver a morderlos. ─ Creí-que-querías-que-te-la-metiera ─ puntualizó de forma agitada, acompañando cada palabra con una estocada que hizo a Sherlock proferir varios gemidos ahogados, mismos que fueron acompañados por el ya audible choque húmedo entre sus glúteos y su pelvis.

─ ¡Ungh, Dios! ¡Sí, sí, sí! ─ gimoteó Sherlock tras el aumento de ritmo que decidió dar John a sus pulsantes embestidas, manteniendo su cuerpo completamente curvado contra su pecho y el sonido de sus pieles chocando entre sí siendo demasiado obsceno como para no provocar que el calor en su mejillas llegase a su punto máximo. Las corrientes eléctricas propiciadas por cada una de las embestidas contra su sobre estimulada próstata se volvían cada vez más difíciles de soportar, anunciando ya de aquella forma su inminente y potente orgasmo.

John optó por liberar los cabellos de Sherlock y sin permitir que su torso volviera a tocar los cojines del sofá, lo tomó por ambas muñecas guiándolas hacia atrás y se sirvió de aquel agarre para embestirlo con toda la fuerza que le quedaba, despegando apenas un poco sus pieles con cada estocada que amenazaba con drenarle por completo. Sintió a Sherlock contraerse en torno a su polla y tras aquel grito de placer desenfrenado que su amante profirió, supo que los blancos listones de semen de su amante habían sido expulsados contra los cojines del sofá. Y aquel sólo pensamiento, junto con los propias corrientes eléctricas sobrecogiéndolo al igual de las contracciones del agujerito de Sherlock, fueron más que suficientes para que después de un par de violentas embestidas más, John expulsara su candente semen dentro del cálido interior de Sherlock, contra el que sin fuerza alguna terminó por desplomarse, aprisionándolo nuevamente contra el sofá y bajo su peso.

─ Mmm… me estás aplastando ─ murmuró Sherlock debajo de él, después de lo que pareció una interminable eternidad.

John se alegró de no notar más la odiosa molestia de su amante en su voz. Se había desplomado por completo sobre él, sí, pero sabía que ni por asomo lo estaba aplastando hasta el punto de hacer incómoda su posición. Sin embargo, y notando que una de las manos de Sherlock sí había quedado aprisionada entre su pecho y la espalda de su amante, optó por erguirse un poco con ayuda de sus brazos y sintió con gusto cómo su polla seguía en el cálido interior de Sherlock. Se deleitó una última vez viendo aquel magnifico trasero y optó por sacar su polla en proceso de flacidez, sólo para darse el gusto de observar con deleite cómo su propio semen se deslizaba fuera del abusado orificio y sobre los rosados testículos de su amante.

─ Estás adorablemente hecho trizas, encanto… ─ apreció, llenándose una de las manos con el firme glúteo de Sherlock, mismo que apartó a favor de echar un último vistazo al desastre que había dejado entre ellos. Obtuvo un gruñido por parte de Sherlock en desaprobación y no pudo evitar el impulso de volverse a inclinar sobre él y depositar un par de besos en sus hombros y su mejilla, hasta casi llegar a su oído, donde susurró: ─ Te dije que ibas a terminar rogándome, mocoso engreído ─ seguido de una risa que no pudo contener, mucho menos cuando notó a Sherlock aún completamente laxo intentar erguirse en el sillón sin mucho éxito.

─ ¡Esa cosa se irá esta noche, te lo advierto! ─ refutó Sherlock, logrando colocarse de lado en el sillón con lo que le quedaba de fuerza y sin contar mucho con la ayuda de sus aún temblorosas piernas.

Observó a John reacomodarse el pantalón con un aire altanero, y aunque jamás lo iba a admitir en voz alta, encontró a John con aquella barba realmente atractivo e imponente. Lo observó con fingida molestia ir en dirección al baño y el calor en sus mejillas lo traicionó cuando escuchó a su amante decir:

─ ¿Vas a venir o vas a seguir con tu rabieta?

Sherlock decidió que esta vez lo acompañaría. Había perdido el primer encuentro, sí, pero la guerra aún seguía en pie. No se desharía de la barba de John aquella noche, quizá tampoco mañana y muy probablemente tampoco aquella semana ni lo que restaba de aquel año. No sabía cuándo, pero definitivamente lo haría. Y con aquella falsa promesa a sí mismo, se puso en pie y caminó hasta el baño para reunirse con John bajo el agua de la ducha.