**CAPÍTULO EXTRA: EXCURSIÓN AL LAGO**
Empieza a hacer buen tiempo y como mi humor ha mejorado considerablemente, se me ocurre proponerle un plan a Peeta que no puede rechazar; irnos de picnic al lago. La idea le entusiasma enseguida y mientras él prepara la comida yo voy preparando una cesta con las cosas que creo que podríamos necesitar. No tenemos bañadores, aunque realmente no creo que eso sea un problema. De todos modos, tendremos que llevar una muda de ropa por si acaso.
- Voy a cambiarme –me anuncia una vez ya ha preparado los sándwiches y los aperitivos (no nos llevamos platos ni cubiertos, solo lo imprescindible y que sea más liviano).
- De acuerdo.
Yo sigo a lo mío, que consiste en ir recogiendo viejos sombreros que alguna vez había visto en el desván y cosas por el estilo porque parece que el día va a ser caluroso. También meto el libro que Peeta ha estado leyendo últimamente en la cesta y cojo otro para mí para no quedar mal… dejo "mi" libro donde estaba. Es absurdo llevar peso a lo tonto.
- Ya estoy, por mí podemos irnos cuando quieras –cuando le veo me entra un ataque de risa– ¿Qué? –pregunta ofendido. Va con pantalón corto, manga corta y chanclas.
- No puedes ir así –digo cuando consigo, no sin esfuerzo, parar de reír.
- Creí que íbamos al lago –dice confundido.
- Y ahí vamos… por un sendero que hace años que nadie transita. De hecho, no hay ni sendero. Ponte pantalón largo y cúbrete los pies, esta ropa nos la llevaremos a parte y ya te cambiarás allí –Peeta me mira con desdén, dolido por haberme reído. Pero al final me saca la lengua a modo de burla con una sonrisa, deja las chanclas y los pantalones encima de la mesa y se vuelve a la habitación llevando solo la camiseta y sus calzoncillos. Sonrío para mí, a veces es muy bobo.
No quería llevar peso, pero al final nos llevamos muchas cosas porque también me gustaría pescar… al final terminamos con dos mochilas y una cesta, repartiendo el peso entre ambos para que sea equilibrado.
- ¿Cogerás el arco? –pregunta Peeta ya preparado con la mochila, sus pantalones largos y sus botas.
- Sí, así que nos desviaremos un poco –yo también voy con pantalón largo–. Casi se me olvida, deberíamos avisar a Haymitch que nos vamos.
- Le dejaremos una nota.
Es muy, muy temprano, quizás Haymitch justo termine de acostarse en estos momentos. Peeta escribe rápidamente una nota indicándole que estaremos fuera pero que volveremos para la cena. La deja encima de la mesa de la cocina por si acaso Haymitch viniera a buscarnos.
- Listos, ¿nos vamos? –dice emocionado.
- Vamos –y salimos por la puerta justo cuando empieza a despuntar el sol.
Ahora refresca un poquito, pero me gusta ver la Aldea con estos tonos rosáceos. Ver amanecer es algo que siempre me ha gustado y me llena la tripa de un no sé qué que me hace sentir emocionada. Especialmente hoy, y no solo porque voy a volver al bosque, mi hábitat natural, sino porque también voy a poder compartir mis escondrijos con Peeta.
Cuando llegamos a la alambrada me detengo unos momentos. Sé que no está electrificada y que hay sitios donde ni siquiera se mantiene en pie (Gale y la gente del 12 echaron la valla abajo para poder huir al bosque cuando lanzaron las bombas incendiarias), pero aquí los cables aún siguen tensados lo que hace que mi cuerpo se detenga automáticamente.
- ¿Cuándo fue la primera vez que cruzaste? –pregunta Peeta ante mi silencio, sin quitarle ojo a la valla.
- Creo que cuando tenía siete años –acerco mi oído por precaución y cuando me cercioro de que no funciona (lo cual era más que obvio teniendo en cuenta el estado del Distrito), me agacho y paso entre los cables. Supongo que algunos hábitos no cambian, y menos cuando los adquieres en términos de supervivencia.
- ¿Y no tenías miedo? –le sujeto los cables (tiene las manos ocupadas con la cesta) y él se agacha y pasa entre ellos.
- No porque iba con mi padre. Sí lo tuve cuando volví sola –Peeta se queda mirando la valla.
- ¿Alguna vez te has quedado aquí encerrada?
- Varias veces –no pierdo detalle de su expresión, está preocupado.
- ¿Y qué hiciste?
- Esperar a que bajara la tensión… aunque la última vez salté por encima. Me tiré desde un árbol y así fue cómo me herí el pie y la rabadilla … –parece que hayan pasado siglos desde ese suceso.
- ¿Así que fue así? –lo dice con nostalgia. Reconoce la herida porque cuidó de mí, pero no parece sorprendido por mi revelación. Nunca llegué a contarles lo que pasó, pero es más que evidente que Peeta y Haymitch lo dedujeron por su cuenta. Entonces Peeta niega con la cabeza– La próxima vez traeremos unas tenazas y lo cortaremos. No quiero que vuelvas a estar atrapada –con la alambrada inactiva es poco probable que eso pase, pero yo me encojo de hombros igualmente.
- Ya sabes, llevo no matándome de milagro desde los once –Peeta sigue con el ceño fruncido–. Bueno vamos, tenemos que recorrer un buen trecho –digo antes de que ninguno de los dos siga pensando en lo fácil que habría sido perder la vida aquí.
Avanzamos por el bosque y yo me siento cómoda, me muevo como si fuera un elemento más de la naturaleza. Peeta pero, es otro cantar. Pisa con miedo porque no se conoce el terreno y pierde mucho tiempo analizándolo. Por suerte hoy no hemos venido a cazar, porque sus sonoras zancadas le acompañan. Llego hasta el tronco donde guardo el arco y lo saco.
- Mi padre escondió muchas otras cosas por aquí pero no recuerdo dónde, no sé ni siquiera si llegó a enseñarme los otros escondites, de modo que se han perdido para siempre –le explico. Limpio el arco con mi manga, está lleno de polvo.
- Me gusta cuando hablas de él –miro hacia Peeta con curiosidad–, casi no sé nada sobre tu niñez –eso hace que me entre la vergüenza.
- No hay mucho que contar –corto secamente porque no quiero hablar de ello.
Mi niñez es dolorosa. No porque fuera mala, sino por todo lo contrario, porque fue extremadamente buena, lo cual agravia el dolor que siento por las cosas que he perdido. ¿Qué diría mi padre si supiera que sigo viniendo aquí, incluso después de tanto tiempo? ¿Qué diría si supiera que soy su única hija viva? Peeta parece que ha seguido el hilo de mis pensamientos porque me sorprende cogiéndome la mano y dándome un ligero apretón. Me sonríe para animarme.
- Sigue hablándome de él –dice para animarme y remprende la marcha sin soltarme la mano. Me sorprende su petición, pero luego recuerdo que él conocía a mi padre y que quizás sea bueno para él oír cosas buenas, especialmente sabiendo que él no tuvo una infancia feliz… Inspiro profundamente y me preparo para hurgar en mis recuerdos.
- Mi padre fabricó este arco y muchos más, yo nunca pude construir ninguno –él ha sido quién ha tomado la iniciativa de emprender la marcha pero no se sabe el camino, así que lo corrijo y nos pongo en la buena dirección. Peeta me sigue y escucha con atención.
Le cuento todo lo que recuerdo sobre mi padre a medida que vamos avanzando por el bosque: dónde escondía sus cosas, cómo jugábamos chapoteando en el lago, cómo me contaba qué frutos se podían comer y cuáles no y cosas por el estilo.
- Es como si te hubiera entrenado para los Juegos –dice él divertido.
- Me enseñó a sobrevivir –le corrijo, pero entonces me doy cuenta de lo que he dicho– así que supongo que sí. Aunque sin la ayuda del bosque ni siquiera habría llegado a los Juegos.
- Solo tenías once años, ¿verdad? –dice serio, aludiendo a su muerte.
- Sí, los mismos que tenías tú cuando me diste ese pan –Peeta se ríe.
- Nunca lo olvidarás, ¿verdad?
- Nunca –nos detenemos y nuestras miradas conectan. Me he puesto a recordar y ahora no puedo evitar ver a ese niño con un moratón en la cara. Un niño que recibió una paliza por tratar de ayudarme… Por eso no suelo recordar. Me giro y sigo andando.
- Si al Peeta de entonces le hubieras dicho que hoy íbamos a ir de excursión por el bosque para ir de picnic juntos… se habría vuelto loco de contento –dice él sonriendo. Nos imagino a los dos unos diez años atrás, hambrientos y muertos de miedo en el bosque. Me río, no habría sido divertido– Si hubiera reunido el valor de hablarte, ¿qué crees que hubiera pasado?
- Que no te habría hecho el menor caso –digo con firmeza aunque me callo que me habría facilitado el darle las gracias por el pan, que es lo que siempre deseé hacer. Sus quejas y sus risas no se hacen esperar.
- Lo sabía, nunca tuve oportunidad… ¿y si hubiera sido cazador?
- Mmm –hago ver que me lo pienso para chincharle–, tampoco, porque hubieras sido un rival, Gale y yo te habríamos hecho la vida imposible.
- Pues vaya… –dice decepcionado pero sonriendo a la vez. Estamos jugando–¿Y no hubiera podido desbancar a Gale y haberme quedado con su sitio? –que hablemos de Gale me trae demasiados recuerdos, y sobre todo se siente mal, como si fuera una especie de tabú hablar de él aquí, en el bosque, donde solíamos pasar la mayor parte del tiempo. Me detengo y me giro hacia Peeta, tengo que zanjar el asunto para no volver a hablar sobre esto.
- No. Te prefiero panadero. ¿Cómo sino hubiera sobrevivido ese día? Además, yo ya soy cazadora y Gale y yo éramos demasiado parecidos, me gusta más que seas como tú.
- No sé qué significa eso pero… ¿intuyo que es algo bueno?
- Es bueno, es muy bueno –y le beso, como hago siempre que quiero dejar de hablar de algo. Yo ya tengo suficiente fuego en mí, por eso Peeta es perfecto, es tan dulce que compensa todo mi fuego. Él es la promesa de vida y de un futuro.
- Pero le echas de menos, ¿verdad? –no lo dice celoso sino triste, y eso hace que cada latido me duela.
- ¿Por qué quieres hablar de esto? –digo irritada. Mi estrategia del beso no ha funcionado. La he utilizado tantas veces que ya ha perdido su efecto, maldita sea.
- Porque supongo que sigo comparándome con él –esta confesión me duele y me indigna. ¿No le he demostrado ya lo mucho que le quiero?
- Pues deja de hacerlo. Peeta estoy aquí contigo y no con él. ¿Recuerdas? –y levanto nuestras manos entrelazadas, señalándolas con indignación. Él no parece muy convencido.
- Yo fui el único que volví.
- ¿Y? –digo enfadada.
- Pues que quizás escogimos por ti –eso me hiere y ofende a niveles exagerados.
- ¿De verdad crees que las cosas hubieran sido distintas con Gale aquí? –su silencio es más afilado que los cuchillos de Clove, y se me clavan en el corazón con la misma precisión. Le suelto la mano para separarme de él. Peeta intenta retenerme.
- Lo siento, sé que me quieres –me zafo de su agarre y pongo distancia entre los dos.
- Pues no lo parece –estoy enfadada porque siga dudando así de él mismo y porque me haya obligado a tener esta conversación.
¿A caso no fui yo quién le propuso tostar el pan juntos? ¿De quién ha sido idea que vayamos hoy al lago? Me enfada que no valore mis pocas muestras de romanticismo que soy capaz de ofrecer y me molesta aún más que piense que esto es algo que ellos pudieran decidir por mí. Como si estuviera en su poder manipularme para que sintiera una cosa o la otra. ¡Es tan frustrante que piensen así! He reflexionado mucho sobre el tema y después de todo este tiempo, me ha quedado más que claro que habría acabado junto a Peeta de todos modos, porque aunque no lo sabía, estaba enamorada de él. Ese fuego que se apodera de mí cuando estoy junto a él es difícil de ignorar, especialmente porque solo lo he sentido con él. Ha sido así desde ese beso en la cueva de los primeros Juegos.
Peeta hace su mayor esfuerzo por seguir mi ritmo pero yo tomo ventaja de su pierna ortopédica y apremio mi paso para dejarle atrás y no escucharle. ¡Así de fácil se puede arruinar mi buen humor! Pero poco a poco esta sensación va desapareciendo para dejar sitio a otro sentimiento mucho peor; el miedo. De repente he dejado de escuchar los sonoros pasos de Peeta así como su voz. Me giro para descubrir que está detenido a varios metros de distancia. Tiene los ojos cerrados, la mandíbula apretada y los puños cerrados. Es muy probable que le esté dando un ataque. Deshago el camino corriendo para volver junto a él, pero me detengo a mitad, tengo miedo de asustarlo y empeorar su estado.
- Respira, todo está bien –le digo en voz baja. Peeta está tratando de calmarse mediante unos ejercicios de respiración, pero no funcionan a juzgar por su entrecejo fruncido. Empiezo a pensar, ¿qué le ha podido desencadenar esto? ¿Gale?– Peeta te quiero a ti –susurro para aplacar su ataque mientras me acerco a él con las manos hacia adelante, como si tratara de calmar a un animal salvaje. Pero él no parece reaccionar–. Estoy aquí contigo y siempre lo voy a estar –insisto un poco más tratando de calmarlo, pero no reacciona. Peeta cierra los ojos y veo como el sudor baja por su frente a pesar de que aquí se está fresco–. Peeta… –susurro muy preocupada. Estábamos tan felices y animados por la excursión… ¿qué ha pasado? Doy otro paso hacia él. Peeta escucha cómo piso el follaje y da un paso hacia atrás.
- Bosque… –es lo único que entiendo de las cosas que ha empezado a murmurar inteligibles balbuceos.
¿Bosque? Este es mi bosque, mi querido bosque. ¿Qué hay de malo en él? Miro a mi alrededor tratando de encontrar la respuesta y descubro que justamente estamos en la parte más espesa y lúgubre, los árboles tapan la luz. ¿Se ha agobiado por eso?
- Más adelante hay un claro precioso. ¿Quieres que vayamos allí? –pregunto prácticamente de forma inaudible. No soporto cuando le pasa esto y su mente y corazón se alejan de mí. No, no me gusta en absoluto.
- Cañonazo… –ya está, ya sé qué le pasa. Ha debido escuchar algo que crujía (una rama, algún animal moviéndose o cualquier otra cosa) y como estamos en el bosque los recuerdos le han jugado una mala pasada. Así funciona el estrés post traumático.
- Peeta no estamos en los Juegos –digo muy despacio pero tratando de parecer segura. Aunque claro, vamos los dos por el bosque, con mochilas y yo guiando la marcha con mi arco. Me lo escondo detrás de la espalda para que no pueda verlo–. Estamos en casa. Estos son los árboles de casa, no es el mismo sitio –veo que asiente pero le tiembla el labio inferior. Eso es un alivio porque me indica que Peeta está conmigo y que no ha perdido la cabeza completamente–. Haremos una cosa. ¿Puedes darme la mano? –Peeta está temblando pero me obedece y la levanta, aún con los ojos fuertemente cerrados. Se la cojo con cuidado y me siento un poco más tranquila al sentirme junto a él, aunque el peligro no haya pasado todavía–. Iremos al claro, queda muy cerca y es muy bonito. Tú no abras los ojos, yo te guiaré. Confía en mí.
Empiezo a tirar suavemente de él, girándome ocasionalmente para ver dónde piso. Un pájaro se posa en una de las ramas y veo que Peeta se asusta. Con la mente en los Juegos es normal asociar los sonidos a los mutos o a las bestias salvajes. ¿Qué podría hacer para que se distrajera? Ese pájaro me ha dado una idea.
- En lo más profundo del prado, allí, bajo el sauce –al principio la voz me sale temerosa. Me siento ridícula cantando, yo nunca canto y menos en público, pero quizás sea el único modo de distraer a Peeta de los sonidos del bosque– Hay un lecho de hierba, una almohada verde suave –trato de ganar confianza y cantar un poco más alto.
Recuéstate en ella y cierra los ojos sin miedo, el sol ya salió y se encuentra en el cielo –Peeta aún aprieta los labios con fuerza pero creo que voy por buen camino, creo que puedo relajarlo con esto– Este sol te protege y te da calor –miro hacia atrás y veo que nos acercamos al claro, pronto llegaremos. Miro al suelo cerciorándome de que no hay ningún desnivel que pueda alterar a Peeta y sigo tirando de él.
Sigo con las estrofas siguientes y cuando termino vuelvo a empezar, no puedo permitir que vuelva a recaer. Pero esta vez, los sinsajos cantan conmigo.
- En lo más profundo del prado, bien oculta, hay una capa de hojas, un rayo de luna… –ya estamos, ya casi estamos– Olvida tus penas y calma tu alma. Pues por la mañana todo estará en calma.
Salimos de la oscuridad que nos proporcionaban las ramas y llegamos al claro. El sol sigue bajo pero es suficiente como para iluminar bien el prado. Tiro de él hasta llevarlo al centro.
- Este sol te protege y te da calor, las margaritas te cuidan y te dan amor –me detengo y termino la canción– Tus sueños son dulces y se harán realidad. Y mi amor por ti aquí perdurará… –le aprieto un poco más fuerte la mano y espero que abra los ojos.
Los sinsajos siguen entonando la canción y Peeta empieza a abrirlos despacio en medio de su canto. Sus ojos se clavan en mí y me doy cuenta de que ya no tiembla. Estoy a punto de comentarlo cuando deja caer la cesta al suelo, por un instante temo que me ataque, pero en su lugar me rodea con los brazos y me abraza. Yo me he quedado inmóvil, tratando de procesar todo esto. ¿Lo he conseguido? ¿Peeta está bien? Le imito y también tiro el arco al suelo y le abrazo mientras los sinsajos siguen cantando durante un largo rato, hasta que al final su sonido se va apagando hasta desaparecer. Es entonces cuando se separa, me mira y me besa. Me aferro a él como si de eso dependiera caerme de un precipicio. Peeta me da un último beso antes de separarse, aunque no se separa más que un par de centímetros.
- Te quiero –me dice. Estoy a punto de ponerme a llorar. ¿Eso significa que está bien?– Solo tú podías conseguir que un ataque de pánico se convirtiera en uno de los mejores recuerdos que he tenido nunca –me separo de él pero sin soltarlo para poder verle la cara.
- ¿Estás bien entonces? –pregunto aterrada, tocándosela. Él asiente.
- Gracias a ti –pone una mano en mi mejilla y yo ya no puedo seguir reteniendo las lágrimas.
- He pasado mucho miedo –hundo mi cara en su cuello, ahora es a él a quién le toca consolarme a mí.
- Lo sé y lo siento, lo siento mucho –me mece lentamente y me acaricia el pelo–. También siento lo de antes. No debí presionarte.
- Creí que ya te habían quedado claros mis sentimientos –me quejo de nuevo y él me aprieta un poco más.
- Y me han quedado claros, sé que has sido sincera todo este tiempo, los dos lo hemos sido –me vuelve a besar como si así pudiéramos disipar cualquier duda que pudiera quedar. Entonces le miro a sus ojos azules y me entra el miedo de perderle. Si eso llegara a pasar yo…
- No pensé que el bosque podría provocarte esto. ¿Quieres que nos vayamos? –pregunto profundamente preocupada.
- No, quiero ir al lago, solo necesito descansar un poco… –me aparta las lágrimas de las mejillas–. Por cierto, gracias por cantarme la canción del Valle.
- Ha sido la primera canción que me ha venido a la cabeza –me suelto de él y trato de lavarme la cara. Han sido demasiadas emociones juntas, me cuesta tranquilizarme.
- Katniss ha sido precioso. Tu voz, los sinsajos, este sitio es… –mira a su alrededor– no tengo palabras para describir lo que ha pasado. ¡Además que he tenido una epifanía! ¿Vendremos aquí con nuestros hijos? –Peeta sonríe con tanta ilusión que parece imposible que haya estado a punto de sufrir uno de sus ataques. Pero ahora yo corro el peligro de sufrir un ataque. ¿Ha dicho niños?
- Estás loco –necesito estar ocupada así que me agacho para recoger la cesta y el arco y me pongo de espaladas para seguir andando y poner distancia con lo que acaba de pasar. Entonces de manera inesperada me coge del brazo deteniéndome y me abraza por la cintura a la vez que me levanta con mochila, arco y cesta incluida, para dar vueltas– ¡Ah!
- ¡Te quiero! –repite él entre risas y eso hace que yo empiece a reír también. Maldito Peeta.
- ¡Bájame! –él lo hace pero se me pone delante y antes de que pueda decir nada más ya me ha plantado un nuevo beso en los labios.
- Te quiero –me repite.
- Sí, ya lo he oído–digo sonriendo.
- Te quiero mucho –insiste y yo pongo los ojos en blanco– ¿Volverías a cantarme la canción del Valle?
- No –digo tajante. Me coge la cesta y el arco para dejarlos de nuevo en el suelo, los remplaza con sus manos. Hace que le mire.
- Oh, vamos… –se queja y pone cara de súplica.
- Te comportas como un niño –me quejo.
- ¡He vuelto a ser un niño! He vuelto a ese día en el colegio en el que levantaste la mano para cantar. He vuelto a sentirme como entonces; completamente anonadado, emocionado y enamorado de ti –me levanta las manos y me las besa. Ahora parece que no puede callarse sus sentimientos. Me resulta un poco molesto aunque siento cosquillas en el estómago–. Por favor, una vez más –me cuesta negarme pero siento todo la atención en mí y eso no me gusta. Miro a nuestro alrededor como si alguien pudiera escucharnos aunque estamos completamente solos.
- Me de vergüenza –digo tratando de zafarme.
- ¡Pero si acabas de hacerlo!
- Por eso mismo, con una vez hay más que suficiente. Además ahora me estás mirando… –él me levanta una ceja, retándome a que siga diciendo cosas sin sentido. Suspiro– Está bien… pero no lo volveré hacer así que más te vale prestar atención –trato de concentrarme pero sus ojos emocionados me avergüenzan–. Pero si yo no canto bien… mi voz no… –vuelve a alzar la ceja–. Vale, vale, sí. Lo haré como compensación por lo que has hecho por mí estos días –he pasado un par de días enferma (nada grave, un catarro) pero al tener fiebre Peeta se asustó y no me dejó sola ni un momento. Tal vez si me lo planteo desde el punto de vista de las deudas pueda hacerlo. Carraspeo, bajo la mirada y empiezo a cantar– En lo más profundo del prado, allí, bajo el sauce. Hay un lecho de hierba, una almohada verde suave.
Voy ganando confianza y levanto la mirada para encontrarme con sus ojos. Esta canción se la canté a Prim, a Rue y ahora a él, a las personas que más he querido nunca. Me pregunto si también se la cantaré a mis hijos si nunca llego a tenerlos. Maldito Peeta, ya me ha metido la idea en la cabeza. Cierro los ojos.
- Este sol te protege y te da calor, las margaritas te cuidan y te dan amor. Tus sueños son dulces y se harán realidad –abro los ojos y me aseguro de que entienda que lo que voy a cantar a continuación se lo digo exclusivamente a él–. Y mi amor por ti aquí perdurará.
Peeta sigue quieto, con la mirada clavada en mí. Entonces me besa mientras los sinsajos repiten la melodía. Me cuesta ser romántica e incluso me cuesta reconocer esos momentos. Pero este es uno de ellos, estoy segura. Nos separamos cuando ellos terminan de cantar.
- Eres fabulosa.
- ¡Pero si no canto bien! He desafinado.
- ¿Qué? Mentira. Y si fuera verdad, ¿a quién le importa eso? Ha sonado increíble –sus halagos consiguen que me avergüence–. Esta vez me he asegurado de grabarlo en mi memoria.
- Eso espero porque no voy a volver a repetirlo –lo digo porque necesito proteger mi orgullo. Él me dedica su mejor sonrisa mientras leo en sus ojos que no va a rendirse tan fácilmente.
- Bueno, ¿seguimos? Por mí ya podemos continuar.
- No, ahora espérate tú –me quito la mochila y saco una de las botellas de agua, tanto cantar me ha dado sed. Peeta se ríe, yo no le hago caso.
- ¿Falta mucho para llegar? –asiento.
- Solo hemos recorrido una tercera parte.
- ¿Solo? –pregunta muy decepcionado. A él no le entusiasman los largos trayectos por el bosque.
- Te dije que quedaba lejos… –vuelvo a meter el agua en la mochila. Peeta se coloca a mi lado y me coge de la mano. Al parecer el trecho que falta lo haremos así.
- Ya sé cómo podemos hacer que esto se haga más llevadero… –dice de repente.
- ¿Ah sí? ¿Cómo? –Peeta carraspea.
- ¿Vas a venir al árbol dónde vi a un hombre ahorcado que a tres hizo morir? –empiezo a partirme de la risa. Es la primera vez que le oigo cantar y no es que se le dé mal, pero tampoco se le da precisamente bien– Cosas extrañas pasan al anochecer en el árbol del ahorcado te veré… Vamos Katniss, sabes cómo sigue la letra –dice animándome a cantar con él.
- Yo ya he cantado suficiente –volvemos a adentrarnos en el bosque.
- ¿Vas a venir al árbol donde vi a un muerto pedir a su amada huir? Cosas extrañas pasan al anochecer, en el árbol del ahorcado te veré –Peeta sigue a lo suyo y descubro que sí, que es más divertido hacer las excursiones así. Antes la música formaba parte de mi vida, y pienso que estaría bien recuperar eso– ¿Vas a venir al árbol dónde vi a un hombre ahorcado que a tres hizo morir?
- Te has equivocado, es "donde vi un sueño en el qué ser libre junto a ti" y el tono cambia, es más agudo –Peeta me sonríe. Mierda, he picado el anzuelo y ahora ya es demasiado tarde.
- Enséñame. Yo solo he escuchado esta canción un par de veces por las propos. Tú eres la experta –pongo los ojos en blanco.
- Está bien, tú sígueme –Peeta ha conseguido volverme loca de remate. Cojo aire y vuelvo a cantar desde el principio– ¿Vas a venir al árbol donde vi…?
Cantamos los dos pero Peeta se pierde así que voy repitiéndole lo que tiene que decir. Los Sinsajos tratan de seguirnos pero lo hacemos tan mal que apenas son capaces de repetir algunas notas, pero al final Peeta se la aprende y cantamos a coro con los sinsajos de fondo.
- Cosas extrañas pasan al anochecer en el árbol del ahorcado te veré…
Cuando terminamos Peeta me suelta la mano para aplaudir. Incluso silba. También es la primera vez que le oigo silbar.
- ¡Acabo de realizar un sueño! –está tan contento que parece que le cueste andar, como si lo normal fuera saltar o incluso flotar. Sonríe tanto que me enseña todos sus dientes.
- Qué sueños más simples tienes –me burlo.
- ¿Bromeas? ¿Cantar contigo y con los sinsajos? Créeme que fue más fácil matar a Snow –que hable así me demuestra que el ataque de pánico queda atrás, además que me provoca una carcajada. Ciertamente es un milagro que haya cantado con él, la última vez que canté con alguien fue con mi padre y lleva muerto más de nueve años.
Me orgullo me dice que la etapa musical debería finalizar aquí pero… estoy de tan buen humor que empiezo a cantar todo tipo de canciones. Peeta me escucha atento y en ningún momento pierde su sonrisa. Le encanta oírme cantar y a mí me encanta hacerle feliz. Canto todo lo que se me ocurre, como cuando estuve retenida en el Capitolio después de matar a Coin. La diferencia es que ahora lo hago por placer y entonces lo hacía para no volverme loca, aunque ya lo estaba.
- Esta última no me ha sonado de nada –comenta Peeta–, ¿de dónde sacas todas estas canciones?
- Mi padre me las enseñó y a él se las enseñó mi abuela –trato de recordar su nombre pero me resulta imposible– solo sé que murió cuando yo era aún un bebé o incluso antes, quizás no había ni nacido…
- ¿Y tu abuela de dónde sacaba estas canciones? ¿Las componía ella? –hace años que no pienso en mi abuela, de hecho, creo que es la primera vez que pienso en mis abuelos. Mi madre nunca me habló de sus padres pero mi padre sí me habló de su madre y eso es lo único que recuerdo: un par de comentarios sueltos.
- Creo que sí, formaba parte de un grupo de músicos… –no sé si lo que digo es verdad o me lo estoy inventando, pero me suena mucho que así era.
- ¿Músicos en el 12? –dice Peeta impresionado.
- No eran del 12 –digo simplemente.
- ¿Y de dónde venían? –su pregunta me hace fruncir el ceño con él. Tiene razón, eso no es para nada común. Intento recordar algún detalle pero dudo siquiera que me lo llegaran a contar alguna vez.
- No lo sé, quizás fue cosa de la guerra –hay muchísimas cosas que se nos ocultó por parte del Capitolio. Todos fuimos víctimas de la desinformación– ni siquiera sé si me acuerdo bien… pero estoy cien por cien segura que estas canciones se las enseñó mi abuela a mi padre –lo del grupo de música quizás me lo haya inventado, pero yo siempre creí que así era.
- Y tu padre a ti, es maravilloso.
- Y yo a ti, espero que seas capaz de recordarlas –digo sonriendo.
- Soy un alumno lento, tendrás que ir repitiéndolas para que me acuerde –pongo los ojos en blanco con una sonrisa.
- Yo solo le escuché cantar una vez la canción del ahorcado a mi padre –me pregunto si eso será genético, si mi padre o mi abuela también podían recordar las canciones con solo escucharlas una vez– una sola vez y tuve suficiente –Peeta se ríe y me aprieta la mano un poco más fuerte.
- Bueno, no todos tenemos el mismo talento que tú.
- Ni oído, por lo que he podido observar –nos miramos unos momentos y luego nos echamos a reír.
Seguimos hablando y canturreando hasta llegar.
- ¡OH! –grita Peeta cuando lo ve. Deja lo que lleva en el suelo y echa a correr hacia el lago. Se arrodilla y pone una mano en el agua– ¡Está fresca!
Yo me río y empiezo a montar el tenderete. Escojo un árbol que hace una sombra considerable y pongo la sábana en el suelo, dejo las mochilas encima.
- ¿Ésta es la cabaña de la que me hablaste? –oigo que me dice desde atrás.
- Sí.
- Podríamos rehabilitarla –dice viniendo a mi lado. Saco la ropa más fresca y cómoda de las mochilas y le doy la suya.
- ¿Y piensas traer todo el material hasta aquí? –queda bastante lejos, no me imagino reconstruir la casa. Peeta coge la ropa, se la mira pero la deja a un lado.
- Vamos a bañarnos.
- ¿Ahora? –él asiente. Bien pensado estoy muy sudada, no estaría mal un chapuzón.
- Así me enseñas a nadar y cómo encontrar las Katniss –se le ve emocionado.
- Como quieras –sé que podríamos bañarnos desnudos pero si hacemos eso la cosa podría complicarse. Así que me acerco al lago llevando solo la ropa interior. Peeta me imita y me sigue con calzoncillos.
Hace tan buen tiempo y estoy de tan buen humor que en lugar de enseñar a Peeta a nadar me dedico a molestarle, empezando así una especie de batalla de agua. Reímos y gritamos como niños. Peeta me abraza y me zambulle con él. Al final tengo que pedirle que pare porque a este paso terminaremos ahogándonos. Después de eso nos lo tomamos con calma.
- Mira, esto son Katniss –digo después de palpar con el pie sus hojas. Me agacho para arrancarlas, sacando solo la cabeza fuera del agua y cuando lo consigo se las enseño a Peeta. Él las mira con mucha curiosidad y atención– aún no están maduras del todo, quizás estén agrias… –digo mirando el tubérculo. Entonces Peeta se tapa la boca con una mano, intentando controlar su risa– ¿qué pasa?
- Son como patatas –dice.
- Sí, y de hecho tienen el mismo sabor –digo contenta, pero eso solo hace incrementar su risa– ¿Se puede saber qué te pasa? –pregunto molesta.
- ¿Te das cuenta que te pusieron el nombre de una patata? –cuando entiendo lo que dice le tiro las Katniss a la cabeza.
- ¡Dice el que tiene nombre de pan! –me quejo, ¡como si su nombre fuera mucho más original!
- Pero vengo de una familia de panaderos –dice sujetándome los brazos entre risas porque estoy intentando entestarle un puñetazo.
- ¿Y? Es ridículo de todos modos –cuanto más enfadada estoy yo, más feliz se le ve a él.
- ¿Puedo llamarte "patata" a partir de ahora?
- Tú inténtalo, a ver qué pasa –doy un salto y lo hundo en el agua con la ayuda de mi peso. Cuando saca la cabeza empieza a toser.
- Se me ha metido por la nariz –dice aun tosiendo y rascándose los ojos.
- Te lo mereces –doy un último chapoteo para mojarlo porque veo que detrás de esos ojos enrojecidos aún se esconde una sonrisa.
Cuando Peeta se recupera vuelve a por mí aún con ganas de jugar, aunque esta vez son juegos de otro tipo. Nos besamos y acariciamos hasta que el hambre y el frío nos hacen salir del agua. Cuando nos secamos dejamos las toallas de lado y nos ponemos la ropa que hemos traído. Peeta me mira con sorpresa y yo solo sonrío. Me he puesto un vestido. ¡Un vestido! Hace que no llevo uno desde el Vasallaje.
- Estás muy guapa.
- Gracias –es una de las pocas prendas que compré en el nuevo Quemador (solo que ahora es un mercado normal y corriente).
Fue raro que me fijara en él, pero así lo hice. Era la prenda más sencilla de todas, un vestido amarillo con lunares blancos y con una falda que cubre hasta las rodillas. Llevándolo me siento ligera y cómoda, pero también algo así como guapa, a juzgar por la forma en que me mira Peeta. Me siento halagada. Es el tipo de ropa que nunca creí utilizar después de la muerte de mi hermana, pero aquí estoy, echándola de menos y a la vez siendo capaz de disfrutar de un día alegre con Peeta. Aunque trato de no pensar en eso precisamente ahora, quiero mantener este buen ánimo.
Peeta empieza a sacar la comida y nos parece deliciosa, aunque es la misma comida de siempre. Aquí, al aire libre y con este clima hace que sepa diferente. Me siento como si fuera la primera vez en mucho tiempo que viera verdaderamente el sol. Peeta está también de un ánimo excelente. Su intento de ataque ha quedado atrás y ahora no deja de sonreír. Mi pelo todavía sigue húmedo, pero él ya está completamente seco, lo que me hace desear volver a bañarnos pronto.
Estoy comiendo cuando una brisa me levanta el borde del vestido. Muevo las piernas para acomodarme mejor y poder sentirla. Cierro los ojos, se respira calma. Aquí, bajo la sombra de este árbol, encima de un césped mullido... Nunca me he sentido mejor. Entorno los ojos hacia mi derecha, buscando al responsable de tal paz. Cuando le encuentro mirándome, me extraño.
- ¿Y esa cara?
- No te das cuenta, ¿verdad? –dice él sonriendo. Su mirada dulce y su cálida sonrisa me distraen momentáneamente. No sé qué es lo que me ha dicho.
- ¿Qué?
- Que no te das cuenta de lo increíblemente sensual que eres –se acerca a mí y me da un dulce beso. Siento el sabor del azúcar en sus labios, ambos hemos comido sus galletas. Se separa unos breves centímetros para mirarme, sus ojos se me clavan en el alma–. Soy tan feliz… –me confiesa en un susurro. Eso me pilla completamente desprevenida y hace que me emocione. Peeta, después de todo lo que ha vivido, después del casi ataque de esta mañana… feliz. Felicidad. Qué fácil parece de conseguir ahora.
Apoyo los brazos en sus hombros, rodeándole el cuello y él pone una mano en mi cintura. Nos estamos tomando nuestro tiempo porque tenemos todo el tiempo del mundo, pero el hambre es insistente, así que por mucho que me gusten estos besos cariñosos, empiezo a morderle los labios con más intensidad para pasar a unos juegos más interesantes. Me recuesto en la sábana y él me sigue en el descenso, con una sonrisa tan grande que parece que no pueda caberle en la cara.
Se podría decir que la excursión al lago ha sido todo un éxito.
.
.
.
.
.
.
***Comentario autora: Siiii ya sé, corté a la mejor parte pero prefiero dejar la versión soft aquí (escribidme por insta y podemos hablar de la continuación…). Pero son 6,400 palabras (11 páginas de Word), ¡no podéis quejaros!
PD: Mi libro ya está a la venta y no puedo dejar de pensar en Haymitch: "uno nunca se baja de este tren". ¡Cuánta razón! No parece que vaya a poder bajarme nunca tampoco, si supierais todo lo que tengo que hacer… tengo que seguir trabajando duro, pero me alegra saber que Everlark seguirá siempre ahí, así como vosotros. ¡Besos y un abrazo enorme!
