Nota: No sé por qué me hizo gracia hacer que Enzo en sus cuarenta se le declarara a Isuke así de natural como si fuese respirar. Y que Isuke estuviera como: Ah mira. Pobre Isuke, pero ni modos. A él le encanta mucho su esposo y no lo reemplazaría por nada.
-… Creo que, te amo – comenzó diciendo tras organizar y elegir sus palabras en ese silencio que siempre se formaba y al cual, ya se había acostumbrado por lo cómodo que resultaba ser. El sólo hecho de tenerse en compañía, de no estar solo como estaba allá en Romania (no contando a su hermanita, claro).
Isuke lo miró de reojo, parpadeando antes de mirarlo por completo. Observando el semblante casi relajado y casi pensativo de su marido, levemente iluminado por la puesta de sol que contemplaban en el balcón de la habitación –que ya casi Enzo no usaba, por cierto–.
- ¿…Crees?
El ceño de Enzo se frunció al mismo tiempo que cruzaba sus brazos sobre su pecho, mirándolo de reojo unos minutos antes de apartar su mirada a las serenas olas del mar. Isuke enarcó una ceja en silencio.
- Tal vez, sí te amo…
- ¿Tal vez?
- Sí, tal vez.
Isuke volvió su mirada al frente, cruzándose de brazos con una pequeña sonrisa, divertido –. ¿Y por qué "crees" que me amas?
- Yo que sé, sólo sé que lo hago y ya – hizo un ademán para restarle importancia, ignorando que sus latidos habían incrementado desde el momento en que dijo que lo amaba. Y haciendo de cuenta, que el calor en sus mejillas era por los tenues rayos del sol y no porque le estaba diciendo a sus 40 años que lo amaba –. Ya no me preguntes más cosas.
Porque eso no podría ser… es decir, sí lo era, pero no tenía sentido para él.
Isuke volvió a mirarlo de reojo, esta vez en silencio. Admirando el rubor y el ceño fruncido del castaño, lo cual le parecía algo bonito de apreciar; sobre todo por su inesperada confesión, que aunque no lo pareciera, le tomó por sorpresa y le hizo brincar el corazón.
(Porque Enzo tenía un gran poder sobre él, pero no parecía notarlo –o tal vez no mucho–).
- Te tomaste tu tiempo.
Enzo suspiró, exasperado. No podía negarle que se había tardado bastante tiempo (y años) en decirlo pero…
- Mírame y escúchame bien, Isuke Van Omerta – se había levantado de la silla en la que estaba, pasando la pequeña mesita con fruta (medio vacía hasta este punto) para pararse frente al albino, apoyando sus manos en los reposabrazos. Acercándose a su rostro, casi rozando sus narices, mirándolo directamente a los ojos –. Te amo y no te vas a deshacer de mí, ¿Oíste?
Isuke tendría 42 años, pero su corazón seguía latiendo de la misma manera por Enzo cuando tenía 26 años, la primera vez que lo vio pero sobre todo, cuando lo conoció.
(Él sólo podía seguir enamorándose un poco más de este tonto que era su esposo y compañero de vida).
- No es como si pensara hacerlo – apoyó sus manos en las ajenas, sonriendo brevemente –. Pero yo también te amo, Enzo Van Omerta.
Y acortando la nula distancia, lo besó. Poniendo un acciones lo que sentía por él, su esposo.
(Mientras aún seguía el atardecer).
