40
Dos días después, una mañana en la que descargaba una fuerte tormenta sobre Sigüenza, Sasuke tuvo que ir a Guadalajara con su padre y su abuelo para arreglar unos asuntos. Él la animó a acompañarles, pero ella se negó. Quería darse un baño relajante y ocuparse un poco de su aspecto. Desde que había llegado a casa de Sasuke, apenas se había mirado al espejo y ya era hora. Una vez se quedó sola, abrió el grifo de la bañera, y cuando se disponía a darse un maravilloso y relajante baño de espuma sonó el teléfono de la casa. En un principio lo dejó sonar, pero al ver la insistencia lo cogió y escuchó:
—Sasuke...
La voz de una mujer al otro lado le hizo sentir fatal. ¿Qué hacía ella cogiendo el teléfono? Pero, intentando aparentar normalidad respondió:
—No está pero si quieres dejar un mensaje cuando regrese yo se lo daré.
—Oh, Dios..., no..., no —gimoteó la mujer—. Soy Hinata ¿Quién eres?
Al reconocer a la hermana de Sasuke, dijo alarmada:
—Hinata, soy Sakura y...
—Ven a casa de mi padre con urgencia —resopló—. El búho se ha propuesto salir y creo que..., Oh..., Dios mío, qué dolorrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr.
Sakura respiró alterada.
—A ver, Hinata..., tranquilízate y...
—Estoy sola —prosiguió aquella—. Papá y el abuelo se marcharon, a Naori no la localizo y Hanabi salió a comprar y no se llevó el jodido móvil... Ven rápido. Te necesito.
La comunicación se cortó y la joven actriz se quedó con el auricular en la mano. De pronto un trueno la hizo regresar a la realidad. ¡Hinata la necesitaba! Subió a la habitación como un rayo, se cambió de ropa, cerró el grifo de la bañera y dos minutos después salió de la casa.
—Maldita sea..., y yo sin coche —cuchicheó bajo el paraguas.
Comenzó a andar por las callejuelas de Sigüenza con paso acelerado. La lluvia la calaba entera pero debía de llegar hasta la casa de Fugaku cuanto antes. Quince minutos después empapada y con barro hasta en las orejas consiguió llegar. Llamó al portero automático, pero nadie abrió la puerta. Sin tiempo que perder, saltó una pequeña valla y al asomarse por una de las ventanas, vio a Hinata tumbada y respirando con dificultad sobre el sillón.
Con el corazón a mil por hora llamó a Sasuke a su móvil pero estaba «Apagado o Fuera de cobertura».
«Piensa..., piensa maldita sea, Sakura», se dijo temblorosa.
De pronto vio una piedra en el suelo y lo supo. Debía romper el cristal de la puerta para entrar. La cogió sin dudarlo y cuando iba a golpear escuchó.
—Si haces eso se lo diré a mi padre.
Volviéndose para mirar, suspiró al ver a Hanabi llegar cargada con unas bolsas y tiró el cascote apremiándola.
—Corre..., Hinata está de parto.
Dos segundos después las dos estaban rodeando a la futura madre que chorreaba de sudor.
—Joder..., ¿por qué has tardado tanto en venir Hanabi? —gruñó la parturienta.
Temblando como una hoja, la joven hermana la miró y, al ver como su cara se contraía de dolor suspiró en busca de una rápida solución.
—¿Llamo a una ambulancia? Verás cómo en breve estarán aquí. —Y, mirando a Sakura preguntó histérica—: ¿Cuál es el número de urgencias?
—No sé —gimió asustada. Ella no sabía los números en España.
Hinata al escucharlas, tomó aire y gritó descompuesta:
—Uno, uno, dos ¡joder! Que la que está de parto soy yo, no vosotras.
El dolor debía de ser tremendo. La cara de Hinata se contraía mientras Hanabi hablaba por teléfono y, cuando colgó, dijo para tranquilizar a su hermana:
—Ya está. Ya vienen...
—¿Qué vienen? —gritó la parturienta con la frente perlada de sudor—. El que viene es el búhoooooooooooo… ¡Joderrrrrrrrr, qué dolorrrrrrrrrrrrr!
Sakura, aturdida, intentó mantener la calma. Ordenó a Hanabi traer toallas limpias y agua. Al fin y al cabo eso se pedía siempre en las películas. Con delicadeza, tumbó a Hinata sobre la alfombra y le quitó como pudo el pantalón. Chorreaba por todos lados. Pero al encontrarse lo que se encontró murmuró:
—Oh, my God ¡esto es horrible! —pero levantando la voz para que Hinata la escuchara dijo—, va todo genial, cielo. Va todo muy bien. La ambulancia llegará de un momento a otro y tendrás un bebé precioso.
Hanabi llegó con las toallas. Ninguna de las dos podía apartar la vista de entre las piernas de aquella. Horrorizadas observaban lo dilatada que estaba y cómo empezaba a asomar la cabeza del pequeño.
—Ay, copón, que me voy a desmayar —murmuró Hanabi sentándose en el suelo.
—Ni se te ocurra —exigió Sakura asustada y con las pulsaciones a mil.
—Pero ¿tú has visto eso? —gimió Hanabi horrorizada—. Pero... pero si parece un volcán a punto de entrar en erupción.
—Es que va a entrar en erupción —cuchicheó la joven actriz—. Pero mantén la calma o tu hermana se pondrá histérica y será ella la que entre en erupción.
Sakura se levantó y fue al baño. Se lavó las manos y deseó quitarse la peluca, pero no podía, si hacía eso todo se liaría aún más. Se echó un poco de agua por la cara para tranquilizarse. Hinata necesitaba ayuda y ella la ayudaría. Antes de salir cogió más toallas limpias que vio sobre un mueble, seguro que las necesitaría. Regreso al salón y tras hacer que la parturienta levantara el pompis y lo pusiera sobre varias de las toallas, se posicionó entre sus piernas, y tras suspirar y ver como la pobre se retorcía de dolor preguntó a una descolorida Hanabi:
—¿Crees que debemos animarla a que empuje?
Pero no hizo falta proponérselo. De pronto Hinata con una fuerza descomunal comenzó a empujar ante ellas.
—Ay, Dios mío. ¡Ay, Dios mío que sale algo por ahí! —gritó Hanabi.
Sakura, tragando saliva con dificultad, agarró la mano de Hinata que empujaba como una loca cuando Hanabi, blanca como la cera, volvió a gritar:
—¿Qué es eso? Joder..., joder…, ¿qué sale de ahí?
—Agua..., quiero beber agua —suplicó Hinata agotada.
Sakura intentando no gritar a pesar de como la parturienta le retorcía la mano respondió:
—Eso debe ser la cabeza del bebé.
—¿Esa cosa pegajosa? —gritó Hanabi fuera de sí.
—¿Le estás llamando cosa pegajosa a mi búho? —gruñó Hinata.
Sakura miró a la blanquecina hermana y tras darle un golpe para hacerla reaccionar sugirió:
—Hanabi, dale agua a Hinata y refréscala.
Pero la joven estaba tan trastocada, tan fuera de sí por lo que estaba viendo, que el vaso de agua en vez de acercárselo a su hermana se lo bebió ella del tirón.
—Por Diosssssss... por Dios..., mañana mismo voy al ginecólogo y que me lo cosa. No volveré a dejar que ningún tío se acerque a mí por mucho morbo que me dé. Pero... pero... ¿pero tú has visto como se pone esooooooooooooo?
Hinata, incapaz de escuchar un segundo más a su desconcertada hermana, la asió con fuerza de la mano y gritó fuera de sí:
—¡Como no te calles, la que te va a coser la boca voy a ser yoooooooo!… ¡Me estás asustando! Ahhhhh, que me viene otra contracción.
Durante unos segundos que a las tres se les hizo interminables Hinata empujó y empujó, mientras las tres gritaban asustadas.
—¿Dónde están los del puto Samur cuando se los necesita? —preguntó Hanabi, y al fijarse con atención entre las piernas de su hermana gritó de nuevo—: ¡Ay Dios mío que ahora sale algo baboso!
—No es algo baboso es mi búho —aulló la parturienta acalorada.
Incapaz de estarse quieta, Sakura soltó la mano de Hinata, y dijo:
—Cógele de las manos con fuerza —le ordenó a Hanabi—. Y tú, Hinata, ¡empuja! ¡Empuja! que el búho ya está aquí.
Como si la vida le fuera en ello, la joven y futura mamá chilló junto a su asustada hermana y tras tres empujones que parecieron llevarse su vida, el bebé salió. Sakura lo cogió con manos resbaladizas e instantes después el bebé comenzó a llorar. Aquel lloro hizo que las tres jóvenes se miraran y comenzaran a reír entre sollozos. Hanabi, emocionada, abrazó a su hermana y Sakura con lágrimas en los ojos susurró:
—Vaya...
—¿Está bien? ¿Está bien mi bebé? —gimió Hinata.
—Creo... creo que sí...
—¿Qué es? —preguntó sin resuello la madre.
Con una sonrisa triunfal por haberlo conseguido, Sakura la miró y enseñándole al bebé dijo llena de satisfacción:
—Es un niño. El búho es un precioso y guapísimo niño.
—Además de pegajoso —añadió Hanabi abrazando a su hermana.
Instantes después los médicos del Samur entraron en el salón y apartando a las dos jóvenes hacia un lado, se encargaron de la mamá y el bebé, mientras Sakura y Hanabi se abrazaban emocionadas.
