42

Superada aquella absurda discusión, días después, Hanabi, Sasuke y Sakura fueron al Hospital Universitario de Guadalajara para recoger a Hinata. Tanto la madre como el bebé estaban de maravilla, pero Hinata llevaba dos días sin parar de llorar. Cualquier cosa que le dijeras le hacía berrear una y otra vez y aunque todos se preocuparon, los médicos les calmaron indicándoles que aquello era normal. Las hormonas de la nueva mamá aún estaban revolucionadas y por eso lloraba continuamente. Cuando dejaron el coche en el parking y se dirigían al hospital se cruzaron con dos hombres vestidos de policía.

—Mmmm... cómo me ponen los uniformes —suspiró Hanabi al verlos pasar y mirando a la joven que caminaba junto a su hermano preguntó—: ¿No te ponen los tíos así vestidos? ¿No te parecen terriblemente varoniles?

—Definitivamente sí —rio Sakura tras mirar a Sasuke—. Cada vez que tu hermano aparece vestido de encaracho ¡me vuelve loca!

Sasuke se carcajeó ¿cuándo había aprendido ella aquella palabra?

—Normal, hija..., normal..., cuando se visten de negro desprenden sensualidad y morbo por todos sus poros —y al recordar a Konohamaru, el sexy compañero de su hermano, suspiró—. Uf..., ya te digo, hay cada uno...

Sasuke, al ver aquel gesto, le dio un empujoncito.

—Hermanita, disimula. Se nota a leguas que te vuelve loca algún que otro compañero de la base.

—Uf..., es que allí hay material de primera —suspiró esta—. Por cierto Sakura, cuando quieras vamos a hacerle una visitilla a mi hermano a la base. Hinata y yo de vez en cuando vamos y nos damos un alegrón a la vista. Te aseguro que merece la pena.

—Vale..., encantada.

—Chicas..., no me jorobéis —las reprendió Sasuke.

Lo que menos le apetecía era ver a Sakura en la base, rodeada por los depredadores de su unidad y menos junto a la lianta de su hermana. Definitivamente no era buena idea.

—Anda..., ahora que lo pienso —dijo Hanabi— quizá a Hinata le vendría de lujo darse un homenaje visual para que deje de llorar por el simple hecho de existir.

—Tranquila. Se le pasará —aseguró Sasuke divertido.

—Mira, hermanito no es por nada. Pero tú podías tirarte el rollo un poquito, ¿no crees?

Sorprendido por aquello la miró y preguntó:

—¿Tirarme el rollo? ¿En qué?

—En proporcionarle a tu llorosa y lacrimosa hermana Hinata un poco de felicidad visual y de paso también a nosotras. Tampoco es tanto pedir, ¿no?

—Oh, sí..., sería un bonito detalle —asintió Sakura y divertida le enseñó la pulsera que llevaba y le susurró al oído—: Te recuerdo que yo tengo un «Todo incluido».

—Sería un detallazo, además de un morbazo — prosiguió Hanabi sin percatarse de cómo aquel fruncía el ceño.

Sasuke finalmente sonrió por sus ocurrencias y tras cogerlas por la cintura murmuró:

—Ni la base, ni mis compañeros por muy guapos que os parezcan son para divertirse. —Y para chinchar a su hermana cuchicheó—. Además, a ti, señorita metomentodo te da lo mismo un poli de verdad que un boy vestido para la ocasión ¿verdad?

—Pues tienes razón. Me da igual. Soy una conformista nata —asintió divertida—. Por lo menos del boy sé lo que espero. Por lo tanto, y si no quieres que aparezcamos por la base con nuestra hermana la llorica, ya sabes lo que tienes que hacer para alegramos el alma, la vista y alguna que otra cosa más.

Parapetada tras su disfraz, Sakura disfrutaba de aquel momento familiar mientras se cruzaba con personas que entraban y salían del hospital. Aquella libertad le encantaba y sonrió satisfecha de su anonimato. Aquello era maravilloso.

Tras subir en el ascensor a la tercera planta entraron en la habitación. Allí estaban Fugaku y el abuelo Goyo haciendo monadas al pequeño Mori.

—¡Oh..., mis salvadoras! Sin vosotras todo hubiera sido un desastre —gimió Hinata al verlas aparecer llevándose un pañuelo a la cara.

—¿Seguimos en plan drama? —se mofó Hanabi al ver a su hermana.

—Seguimos..., seguimos —asintió Fugaku tras suspirar.

—Ay, hermosa..., no lo sabes tú bien —contestó el abuelo Goyo poniendo los ojos en blanco.

—Pero no llores, mujer, que tienes un bebé precioso. —Sakura corrió a abrazarla.

Sasuke miró a su padre y a su abuelo, quienes se encogieron de hombros y para hacer sonreír a su hermana dijo:

—Aquí te traigo a las enfermeras más dicharacheras de todo Guadalajara, Hinata. Estoy seguro que en este hospital tomarán en cuenta su inestimable experiencia como matronas.

Divertida por aquello, Hanabi se acercó a la cama y le dio un beso a su hermana. Se la veía bien aunque con la nariz hinchada como un tomate y los ojos rojos y vidriosos. La besó y le limpió los ojos con un kleenex.

—Que sepas, mona, que gracias a tu búho y a ti he decidido privar a este mundo de la existencia de mi descendencia. Y por supuesto, y muy importante, no volveré a quedarme a solas con ningún hombre por muy guapo e irresistible que sea.

—No me digas eso. No quiero sentirme culpable por no tener más sobrinosssssssssssssssss —lloriqueó aquella.

—Ni caso, Hinata —la consoló Sasuke—, se acaba de cruzar con unos tipos con uniforme y te aseguro que por su linda boquita ha salido de todo menos la abstinencia.

—Y he pensado en ti ¿eh, Hina?… Le he dicho a nuestro hermanito que sería algo tremendamente recomendable para ti que te alegrarse la vista con unas buenas tabletas de chocolate y unos estupendos oblicuos bien trabajados —apostillo Hanabi, consiguiendo que aquella por primera vez sonriera.

—Qué jodía es esta muchacha —sonrió el abuelo Goyo.

Todos sonrieron. En especial Sasuke, al que se le veía pletórico y feliz. Al principio, ninguno quiso pensar que Sakura era la causa de su felicidad, pero todos lo deducían. Se le notaba relajado desde que aquella joven había aparecido en su vida y eso les gustaba.

Tras un rato en el que consiguieron hacer reír a la llorona, Sakura se acercó a la cunita del recién nacido y murmuró:

—Es precioso. Es el bebé más bonito que he visto en mi vida.

Aquel comentario hizo que Fugaku mirara a su hijo y le guiñara el ojo. Este al ver aquello junto las cejas y su padre sonrió. No era para menos.

—Un nuevo gorrioncillo al que mimar —asintió el abuelo Goyo encantado.

La puerta se abrió y una enfermera morena y de mediana edad entró. Tras saludarles a todos con una tímida sonrisa preguntó:

—¿Todo bien por aquí?

Hinata fue a responder pero su padre se le adelantó.

—Magníficamente.

Aquella extraña se agachó y tras mirar al pequeño Mori que dormía plácidamente en su cunita murmuró:

—Es un niño muy guapo.

—Y hermoso. Casi cuatro kilos que ha pesado el mu ladrón —asintió el abuelo Goyo satisfecho.

La enfermera tras sonreír por el comentario del anciano, cruzó una mirada con Fugaku y dijo:

—Se parece mucho al abuelo.

—Gracias —sonrió Fugaku, mientras Sasuke, Hanabi y Hinata cruzaban sus miradas sorprendidos. ¿Qué estaba pasando allí?

La enfermera, tras suspirar, se recompuso y dijo:

—Vengo a llevarme al niño. Tenemos que hacerle unas pruebas.

—¡¿Pruebas?! Aisss, Dios mío. ¿Qué le pasa? —gimió Hinata comenzando a llorar.

Fugaku, acercándose a la enfermera le preguntó en tono preocupado:

—¿Le ocurre algo al niño?

—No..., Fugaku, no te preocupes —sonrió la mujer mientras cogía al bebé—. Las pruebas que le vamos a hacer se las hacen a todos los bebés cuando nacen antes de marcharse del hospital.

—¿Estás segura? —preguntó aquel ante la expectación de todos.

—Si —asintió aquella con una dulce sonrisa.

—¿Qué le van a hacer? —preguntó Hinata.

—Le vamos a pinchar en el talón y...

—Ay, pobrecito mío..., ya comienza a sufrir —gimió la sensible madre, comenzando a llorar de nuevo.

La enfermera tras mirar a la joven y sonreír, se acercó a ella y cogiéndole con la mano el óvalo de la cara para que la mirara murmuró.

—Son pruebas rutinarias, no te preocupes. ¿Vale, Hinata?

—Vale..., si nos lo dices tú, me quedo tranquilo — asintió Fugaku con un dulce tono de voz.

Aquel tono de voz de su padre hizo que los hermanos se miraran los unos a otros. ¿A qué se debía aquella sonrisa? Y sobre todo, ¿por qué aquella mujer sabía el nombre de su padre?

La enfermera sonrió de nuevo, pero cuando se dio la vuelta para salir, el abuelo Goyo se plantó delante y dijo en tono poco conciliador:

—Yo le acompaño. No hago más que ver en la televisión que roban niños, y este es tan hermoso y rollizo que no puedo dejarlo marchar sin mi vigilancia. ¿Quién nos asegura que no nos lo van a robar?

—¡Abuelo! —protestó Sasuke, mientras Sakura sonreía.

—Ni abuelo, ni leches. El gorrioncillo es una hermosura y no va a ningún lado si no voy yo.

Sasuke divertido por cómo su abuelo se aceleraba en décimas de segundos, se acercó a él y en tono tranquilizador dijo:

—No te preocupes. Estoy seguro que esta enfermera lo cuidará y enseguida lo traerá para que podamos irnos.

—¡Que no! —insistió el anciano—. Que de aquí no sale el muchacho sin su bisabuelo detrás.

—Goyo..., no te preocupes —dijo Fugaku con seguridad—. Quédate con los muchachos mientras yo acompaño a Shizune. Me aseguraré que nuestro Mori regrese junto a su mamá.

—Sí, papá, acompáñale —gimió Hinata.

Dos minutos después, la enfermera y su padre desaparecieron tras la puerta y Hanabi mirando a su hermana susurró:

—¡¿Shizune?! ¿Es mi impresión o papá y esa enfermera...?

—¿Papá, ligando? —preguntó Hinata secándose las lágrimas.

—No comencéis a cotorrear, que os conozco —se mofó Sasuke.

Sakura sonrió y Hanabi sorprendida por lo que había visto minutos antes dijo:

—Pero ¿habéis visto como se ha puesto de melosón papá y como miraba a esa mujer, a Shizune? Vaya... vaya con papá, si al final va a ser más ligón que tú.

—A ver señorita metomentodo —rio Sasuke—. Papá es papá, y yo... soy yo.

Aquel comentario de Hanabi, hizo que Sakura frunciera el ceño, pero finalmente sonrió. Escuchar las cosas que aquellos decían ante la cara de guasa del abuelo Goyo, no tenía precio. Ver aquella familia tan unida y con sus bromas... Eso era lo que siempre había anhelado tener y, de pronto, aquellas personas se lo estaban dando todo.

Cinco minutos después el abuelo Goyo miró en dirección a Sakura.

—Gorrioncillo, ¿vamos a tomar un café?

—Oh, sí..., ahora mismo —asintió Sakura.

—¡Abuelo Goyo que no puedes fumar! —le recordó Hanabi sonriendo.

El anciano al escuchar aquello, levantó el bastón y gruñó.

Mecagoentoloquesemenea. ¿Quién ha dicho que voy a fumar?

Sakura se tapó la boca para no sonreír. Estaba claro lo que el anciano quería y Sasuke, suspirando, indico:

—Vamos, abuelo..., yo te acompañaré.

—Sasukeito hermoso, no te ofendas. Pero me gusta más la compañía femenina. —Pero al ver como este le miraba dio un taconazo en el suelo y dijo—: De acuerdo, vayamos a la cafetería.

—Buena idea abuelo..., buena idea —sonrió Sasuke, que antes de salir por la puerta dijo en broma—: Portaos bien, chicas.

Una vez se quedaron solas Hinata, ya más tranquila, dijo:

—Qué fuerte lo de papá con la enfermera. ¿Shizune? ¿Quién es Shizune?

—Está visto que los uniformes nos ponen a todos los de la familia —se mofó Hanabi haciendo reír a carcajadas a Sakura—. Yo creo que aquí hay tomate. ¿Has visto como se miraban?

Sakura, sintiéndose una más entre aquéllas, añadió:

—Quizá no deba de decir esto, pero vuestro padre es un hombre joven, solo y creo que se merece ser feliz, ¿no creéis?

—Te doy toda la razón, pero ¡uf! verás cuando Naori se entere —susurró Hinata.

—Calla... y no me lo recuerdes —suspiró Hanabi—. Que como aquí haya tomate nuestra santa Naori, estoy segura de que la va a liar, y parda.

Sobre las seis de la tarde todos estaban en la casa de Fugaku en Sigüenza. Como era de esperar, Hinata lloró al entrar con su hijo, cuando entró en su habitación, cuando se miró al espejo, cuando el bebé hizo caquita y en todas las ocasiones habidas y por haber. Una hora después los hombres agotados de tanta lágrima decidieron ir a comprar provisiones a la tienda de Charo, mientras las chicas se quedaban en casa. Poco después llegó Naori con sus hijos para achuchar al pequeño Mori, que plácidamente dormía en su cunita.

—Ay qué bonitooooooooo —susurró Aoi al ver a su pequeño primo.

—Si..., es muy lindo —gimió la joven madre emocionada.

—Tita Hina, ¿puedo cogerlo? —preguntó la pequeña Nomi.

—Ahora no, cielo. Esta dormidito. Pero, cuando se despierte te prometo que serás la primera en cogerlo.

Jin, que, como siempre, andaba con su balón bajo el brazo, tras ver a su tita continuamente llorando dijo acercándose a la cuna:

—Vale, mamá, ya lo he visto ¿puedo irme a casa de Iku a jugar?

Su madre asintió.

—Sí, hijo, si puedes irte a jugar. Pero de allí no te muevas hasta que yo vaya a buscarte. ¿Entendido? —una vez el pequeño salió, murmuró divertida—: Es un futuro hombre y le quiero con locura, pero tiene menos sensibilidad que un calamar.

Durante un rato las mujeres estuvieron hablando del bebé, de sus ojitos, sus morritos y lo precioso y gordito que estaba hasta que la pequeña Nomi para llamar la atención dijo:

—Me duele la tripita.

—Ay, mi niña, ¿Qué te pasa? —se alarmó Hinata.

—Tendrá hambre —replicó su madre con tranquilidad— Ve a la cocina y coge un yogur del frigorífico del abuelo.

—Yo quiero una palmera de chocolate —exigió la niña mimosona.

—Nomi, no sé si el abuelo tiene palmeras en casa. Ha ido a comprar y...

—Pues yo quiero una palmera. La quiero ahora — insistió.

Aquel tono de voz y en especial como la cría se hacía notar hizo que las hermanas se miraran y Hanabi en tono de guasa dijera:

—Vayaaaaaaaaa..., me parece que hoy no hemos barrido bien y tenemos la casa llena de pelusilla.

Consciente de la carita de le pequeña, Sakura sonrió y asiéndola del brazo le preguntó:

—¿Quieres que vayamos a la cocina y miremos lo que tiene el abuelo?

—Sí —sonrió la pequeña al ver que había conseguido la atención de alguien.

Segundos después llegaron a la cocina. Sakura no sabía dónde guardaba las cosas Fugaku, por lo que dejó que la pequeña se lo indicara. Su felicidad fue total cuando encontró lo que ella ansiaba. El abuelo, como siempre, tenía palmeras de chocolate para ella.

Cuando regresaban al salón, sonó la puerta de la calle y una amiguita la reclamó para jugar. Naori dio su consentimiento y la niña si marchó a casa de Ayamé, una vecina.

—Mamá, ¿iremos de compras a Madrid? —preguntó Aoi.

—No lo sé. ¿Por qué?

La joven al ver que su madre no la miraba insistió.

—Mamá quiero que me compres el abrigo de cuero que te dije en la tienda de JLo, ¿no lo recuerdas?

Naori suspiró y mirando a su hija respondió.

—Sé que te vas a enfadar, pero tengo que decirte que lo que me pides es imposible, cielo. Tu padre necesita una nueva radio para el camión y el sueldo de él no da para mucho. Por lo tanto, y aun a riesgo de que no me hables el resto del año, tengo que decirte que no te puedo comprar el abrigo de cuero que quieres.

—Jolines, mamá ¡me lo prometiste!

—Lo sé, cielo, pero tenemos un límite para los gastos y no contaba con la increíble factura de la calefacción y el seguro del hogar.

—¿Qué abrigo de cuero quieres? —preguntó con curiosidad Sakura.

Conocía toda la ropa de su amiga JLo y quizás ella pudiera hacer algo.

—Pues uno que cuesta un riñón y parte del otro —se quejó Naori.

—El nuevo de la colección de Jennifer López —suspiró Aoi—. Uno que ella luce en su nuevo catálogo. Es que me encanta ¡es precioso!

Sakura asintió. Tendría que mirar el último catálogo de su amiga para saber de qué abrigo se trataba. Naori, entristecida por tener que darle aquella noticia a su hija prosiguió.

—El problema es que, si te compro ese abrigo de regalo de Reyes, el resto de la familia se quedaría sin regalos. ¿Crees que eso sería justo para ellos?

—Vale, mamá... lo entiendo.

Sorprendida por aquella contestación, Naori miró a su hija y murmuró boquiabierta.

—¿De verdad, cielo que lo entiendes?

—Que sí, mamá —suspiró sabedora de que su madre tenía razón. El sueldo de su padre no daba para mucho y tener un abrigo tan caro era un sueño imposible. Además, no quería enfadarla. Había quedado con unos amigos un par de horas después para ir a tomar algo al pueblo de al lado y mejor contentarla a que le prohibiera salir.

Olvidado el incidente del abrigo, todas siguieron adorando al pequeño hasta que Hanabi dijo:

—Es precioso... ¿Pero es solo cosa mía o se parece a él?

—Sí. Es clavadito a él —asintió Aoi, muy segura de lo que decía.

Sakura no entendió aquel acertijo hasta que Hinata mirando a su bebé asintió y como era de esperar gimoteó llevándose el kleenex a la boca:

—Es idéntico a su padreeeee.

—Por Dios, Hina, pareces un bulldog con tanta baba—se mofó Hanabi al verla.

Naori al escuchar aquello le dio un pescozón y consoló a la llorona abrazándola.

—Venga..., venga..., ya está, cielo..., ya está.

Diez minutos después y tras conseguir que Hinata dejara de llorar, miró a su precioso hijo y dijo más tranquila:

—Si le viera Amai se quedaría de piedra. Es idéntico a él.

—Por cierto y hablando de piedras —dijo Hanabi para cambiar de tema—. Naori, ¿a que no sabes quién es un ligón de tomo y lomo?

Sakura y Hinata se miraron sorprendidas. Sabían lo que iba a decir, y centraron toda su atención en Naori, que, con gesto dulce miraba al pequeñito.

—¿Quién es un ligón? —se interesó Aoi tras mirar su móvil.

—Tu abuelo, vamos, mi padre.

—¡¿El abuelo?!

—¡Ajá!

—¡¿Mi abuelo?!—confirmó Aoi sorprendida.

—El mismo que viste y calza. Ya ves..., tenemos otro latín lover en la familia además de nuestro guapo Sasuke —asintió Hanabi esperando la reacción de su hermana mayor, que no se hizo esperar.

Naori levantó el rostro y, tras clavar la mirada primero en su hija y después en sus hermanas, dijo en un tono de voz nada sorprendido:

—Pues hace muy bien. Papá es un hombre joven y se merece ser feliz. ¿No creéis?

—Palabrita del niño Jesús, que a ti no hay quien te entienda —se mofó Hanabi al escucharla.

—¡Mamáááááááá! Pero ¿has oído lo que han dicho las titas?

—Sí cariño, claro que lo he oído. Y repito. Me parece muy bien que el abuelo salga con alguien. La abuela murió hace años, para nuestro pesar y el suyo, y él necesita compañía.

—¡Qué fuerte! Contigo una no sabe cómo acertar — murmuró Hanabi mirando a Sakura.

—Y que lo digas —asintió Hinata.

Sorprendidas como nunca en su vida, Hinata y Hanabi se acercaron a su hermana y poniéndole la mano en la frente, Hanabi murmuró:

—Llamad a una ambulancia con urgencia.

—Naori, ¿estás bien? —preguntó Hinata.

Esta tras sonreír a Sakura que las estaba observando apartada, se sentó junto a la cuna del pequeño Mori y dijo:

—Yo estoy perfectamente. ¿Y vosotras?

—Pero... pero... yo pensé que ibas a montar en cólera —cuchicheó Hanabi.

—Aisss Hanabi. Qué exagerada eres —rio Naori.

—Pero vamos a ver ¿con quién sale el abuelo? — preguntó Aoi.

Naori, tras tapar con la toquillita al bebé las miró y contestó con una sonrisa:

—Con una señora encantadora, desde hace al menos año y medio.

—¡¿Cómo?! —gritaron sorprendidas Hanabi e Hinata.

—Relajaos, mujeres modernas —se mofó Naori tras soltar su noticia—. ¿A qué viene tanto aspaviento? Ni que estuviera saliendo con una pütingui.

—¡¿Pilingui?! ¿Qué es eso? —preguntó sorprendida Sakura.

Aoi respondió divertida:

—Una pütingui es una guarrona, una mujer sueltecita de bragas.

—Ah..., vale —se carcajeó Sakura.

Las hermanas, ante la defensa de Naori de aquella desconocida corrieron a sentarse a su lado.

—Comienza a hablar si no quieres que te torturemos—dijo Hinata tras ponerse un flotador bajo el culo.

Naori, suspiró y pasó a relatarles cómo su padre, hacía cosa de dos años, le comentó una tarde que había conocido a una mujer en uno de los chequeos del abuelo Goyo en el hospital Universitario de Guadalajara. En un principio no quiso hacer caso a sus sentimientos, hasta que un día el abuelo Goyo, al ver a la joven enfermera en la cafetería del hospital, ni corto ni perezoso se empeñó en desayunar con ella. Aquel primer contacto hizo que el abuelo Goyo confirmara sus dudas. Se había dado cuenta de cómo su yerno, que había estado felizmente casado con su hija, evitaba mirar a la simpática enfermera que se deshacía en atenciones hacia ellos.

—Así que el abuelo Goyo hizo de celestina —sonrió Hanabi.

—Ya te digo —asintió Naori—. Es más, el abuelo fue el que consiguió el teléfono de Shizune, la enfermera, y se lo dio a papá para que la llamara. Entonces papá me llamó un día a casa y me contó lo que pasaba. Sabía que vosotras y Sasuke aplaudiríais su decisión, pero también sabía que yo no lo haría, y decidió contarme lo que ocurría antes de que yo me enterara por otro canal y me pudiera enfadar.

—Ay, qué lindo que es papá —gimoteó Hinata de nuevo.

—El caso es que cuando papá me lo dijo —prosiguió Naori—, al principio me quedé sin saber que decirle. El que esa mujer formara parte de su vida, me hizo pensar que ya se había olvidado de mamá. Yo me enfadé con él y le dije cosas que luego me arrepentí y decidió olvidarse de ella. Papá antepuso nuestra felicidad a la suya propia. Una semana después, el abuelo Goyo se enteró de lo ocurrido, vino a verme a casa y me hizo entender, bastón en alto —rio emocionada al recordar aquello—, que papá se merecía volver a ser feliz.

—Ay qué remono que es el abuelo Goyo —volvió a suspirar Hinata justo en el momento en que Sakura le pasaba un nuevo kleenex que ella aceptó encantada.

—Y tú, qué bruta, Naori —siseó Hanabi mirando a su hermana.

—Lo sé y por eso cambié de opinión. El abuelo Goyo me hizo entender que papá hubiera dado la vida por mamá y que la querría toda la vida, pero que él estaba vivo y se merecía tener una nueva ilusión. En definitiva, hablé con papá y le obligué a llamar a Shizune delante de mí. Desde entonces siempre que él va a Guadalajara queda con ella y se ven. Incluso ha venido a casa un par de veces, pero como las dos estabais viviendo en Madrid no os enterasteis y Sasuke, por su trabajo, tampoco. Papá me dijo que no dijera nada porque quería ser él quien os diera la noticia si lo de ellos continuaba hacía delante. Y ahora, vamos a ver ¿cómo os habéis enterado?

—En el hospital. Esta mañana ha entrado una enfermera, Shizune, a la habitación a por Mori, y...

—¿Qué os ha parecido Shizune?—preguntó emocionada Naori—. ¿A que es una mujer encantadora? Oh, Dios..., a mí me cae fenomenal y siempre que voy a Guadalajara hago como papá, la llamo y me tomo un cafetín con ella.

Hinata y Hanabi se miraron y divertida esta última respondió:

—Pues..., no hemos hablado con ella, y...

El timbre de la puerta sonó y Aoi se levantó para ir a abrir. Dos segundos después la joven, entraba en el salón seguida de dos impresionantes policías municipales.

—Mamá..., titas, estos señores preguntan por...

—¿Pero qué ven mis ojos? —gritó Hanabi sorprendiéndolas a todas.

—Dos policías —respondió Hinata sin entenderla.

—¡Uoooool! ¡Adelante! —gritó Hanabi al ver a aquellos musculosos y atractivos hombres vestidos de policía. Sakura, al ver aquello, se quedó boquiabierta, pero Hanabi se levantó y llegando hasta donde estaban le dio un cachete en el trasero al más alto y dijo dejando a sus hermanas sin palabras—: Mmmm..., me encanta este trasero redondo. Lo bien que te queda el uniforme y... la porra que llevas en la cintura.

—¡Hanabi! —gritó Naori sorprendida por aquel descaro.

El poli miró a la joven que sonreía a su lado y tras cruzar una mirada con su compañero dijo:

—Me alegra saberlo, señora.

—¡Señorita! —recalcó divertida.

—Señorita —repitió el municipal.

—Vaya..., vaya..., veo que mi hermanito por fin se ha dado cuenta de que necesitamos un alegrón para el cuerpo y la vista.

—No me lo puedo creer —murmuró Sakura sorprendida. ¿Sasuke había enviado a unos boys para alegrarles la tarde?

—Créetelo nena —rio Hanabi al escucharla—. Este Sasuke es el mejor.

Naori e Hinata, patidifusas, miraban a su hermana pequeña revolotear alrededor de aquellos policías cuando la escucharon decir:

—Vamos, nenes, poned la musiquita y comenzad el espectáculo. Somos todas ojos, ¡guapos! —Y mirando a su hermana Hinata, le cuchicheó—: Le dije a Sasuke que un numerito de estos te vendría bien ¡y aquí están!

—Uoooo —rio Hinata complacida—, ¿en serio?

—Ya te digo.

—Uff..., con esto me va a subir la leche.

—No importa, Hina..., disfrútalo.

—Entonces... vamos, nenes. Enseñad lo que sabéis hacer que acabo de ser madre, estoy sin pareja y desesperada por ver un musculado cuerpo serrano —aplaudió Hinata divertida, cambiando radicalmente su tono de voz.

Sakura al escuchar aquello se tapó la boca con las manos. Aquello era lo más surrealista y divertido que había vivido nunca y no pudo evitar carcajearse, mientras pensaba en el detallazo que Sasuke había tenido al enviarles aquella diversión.

Los policías, sin saber realmente de qué hablaba, se miraron y el más alto, tras clavar su mirada en las jóvenes alocadas, en especial en la que estaba junto a la cunita del bebé, dijo:

—Preguntamos por...

—Por Hanabi, Hinata, Sakura, Naori y Aoi ¿verdad? —susurró Hanabi.

—No precisamente —respondió el poli divertido.

—Venga guapetones, no os hagáis de rogar —cuchicheó Hinata.

Avergonzada por sus hermanas, Naori se acercó a su hija y tapándole los ojos dijo:

—Tú no mires, cielo..., a tus titas se les ha ido la cabeza.

—Quita, mamá —protestó Aoi que no quería perderse nada.

—Vamos, nenes, poned la música y comenzad a quitaros cositas —suspiró Hanabi sentándose junto a Sakura que se retorcía de risa.

—Hanabi, ¿te has vuelto loca? —protestó Naori al escucharla.

—No cielo..., loca te vas a volver tú cuando veas el cuerpazo que se gasta ese moreno, con más morbo que el mismísimo Hugh Jackman en Australia.

—Miren señoritas, no sé a qué se refieren —respondió el poli más alto levantando la voz—. Tanto mi compañero como yo les agradecemos los piropos que nos han dicho, aunque siento decirles que por mucho que ustedes nos digan, la denuncia que acaba de poner su vecina, Koharu Utatane, a Jin Senju Uchiha por haberle roto el cristal de su puerta, no se la vamos a quitar.

Como si se hubieran caído de un quinto piso todas se quedaron calladas, e Naori, torciendo la cabeza al más puro estilo de la niña del exorcista gritó:

—¡¿Que la sinvergüenza de la Koharu, la Chumina, le ha pueblo una denuncia a mi niño?! ¡¿A mi Jin!?

—Sí, señora. Me alegra saber que por fin nos entendemos —asintió el poli alto aun sonriendo.

Como un cohete a propulsión, la madre de la criatura corrió al exterior y antes de que ninguno pudiera llegar donde estaba ella, se comenzaron a escuchar gritos.

—Ay, madre, ¡la que se va a liar! —gritó Hanabi y, mirando a su hermana dijo antes de salir—: Hina, quédate aquí con Mori que tú no estás para líos.

Dos segundos después, las jóvenes discutían con Koharu y las hijas de esta, cuando la susodicha se abalanzó sobre Naori y, como si de una batalla campal se tratara, todas las mujeres comenzaron a gritar y a empujarse. Sakura en un principio, intentó mantenerse a un lado. No estaba acostumbrada a aquel tipo de problemas, ni contactos. Pero, al ver como dos agarraban a Hanabi, no se lo pensó dos veces y se metió por medio. Al pensar en su peluca intentó por todos los medios que nadie la agarrara del pelo, pero era imposible, había manos por todos los lados.

Hinata que observaba todo aquello dando gritos desde la ventana, al ver el lio, no se lo pensó y dos segundos después estaba metida en todo aquel embrollo en camisón. Los policías, ojipláticos por la que se había armado en décimas de segundo, se metieron por medio para separarlas pero era misión imposible. Eran muchas mujeres para ellos dos.

En ese momento llegó un coche. Sasuke, junto a su padre y su abuelo al ver aquello y reconocer a sus hermanas y a Sakura en aquel lío se acercaron rápidamente y entre todos consiguieron separarlas.

—Pero ¿qué os pasa? —preguntó Sasuke tras comprobar que todas, en especial Sakura, estaban bien a pesar de que respiraban con dificultad.

—¡La greñosa de la Koharu! —gritó Naori—. ¿Pues no ha denunciado a Jin, porque dice que le ha roto los cristales. Cuando Jin está jugando en casa de Iku?…

—¡Tu jodio muchacho me ha roto el cristal de la puerta de un balonazo! —gritó esta como una verdulera.

—¡Imposible! —voceó Hinata—. El niño no ha podido ser.

—¡Ha sido ese sinvergüenza con cara de delincuente! ¡Lo he visto con mis propios ojos! —gritó una de las hijas de la otra.

—Será gorrinona la Chumina —gruñó el abuelo Goyo con el bastón el alto.

—¡Gorrinón usted viejo verde! —gritó la ofendida.

—Ya quisieras tú que yo te tocara ¡so fea! —se mofó—. Vamos, ni con un palo ni a distancia te tocaba yo.

—Asqueroso..., baboso. Cierra esa boca sin dientes.

—Mira, guapa —gritó Sakura encendida—. Como vuelvas a insultar a este hombre te las va a ver conmigo, porque tú sí que te quedarás sin dientes cuando yo te los arranque y me haga un collar con ellos, ¿te parece?

Sasuke, sorprendido, la miró y el abuelo gritó:

—Olé, mi chica, ¡con un par de huevos!

—Eso, abuelo, tú anímala —gruñó Sasuke deseoso de acabar con aquello.

—Y ¿tú quién eres? —gritó una de las hijas de la ofendida—. ¿La que se pasa por la piedra ahora al poli?

—¡Señoras! —gritó el municipal, incapaz de parar aquello.

Fugaku fue a responder a la ofensa, pero Sakura se le adelantó.

—¡Yo soy la que te va a arrancar los dientes como sigas diciendo tonterías! —gritó, haciendo carcajearse a Hinata.

—Koharu —protestó Fugaku enfadado—. Diles a tus muchachas que no falten a mis chicas o...

—¿O qué? ¿Acaso nos vais a pegar?

—¡So perraca. Si es que tos los de la familia de las Chuminas sois unos delincuentes —gritó el abuelo Goyo levantando el bastón—. Koharu, eres más perra que...

—¡Abuelo! —gritó Sasuke para hacerle retroceder.

Por todos era bien conocida la enemistad de aquellas dos familias vecinas, las Chuminas y los Uchiha desde hacía años, por unas tierras.

—Su jodio nieto nos ha roto los cristales de la puerta— protestó Koharu mirando a Fugaku que estaba horrorizado por todo aquello.

—Imposible —gritó la madre del niño—. He repetido mil veces que él no ha podido ser. Estoy segura de que te estás equivocando y tú lo sabes.

—Oh..., dijo su santa madre —se mofó aquella—. Tú qué sabrás si estabas zorreando con tus hermanas en casa.

—¡Zorreando! —gritó Hinata muerta de risa.

—¡¿Zorreando?! —repitió Hanabi—. Aquí la única que zorrea eres tú, ¡so guarra!

—Chicas..., chicas…, no entréis en su juego —protestó Sasuke al ver aquello,

—Señoras tranquilícense y acabemos con esto —insistió el municipal intentando no sonreír ni mirar a Hinata.

—¿Dónde está Jin? —preguntó el abuelo del crío intentando poner paz.

—En casa de Iku, el de la Ume —informó Hanabi muy enfadada.

—Ve a buscarle ahora mismo y aclaremos esto de una vez —insistió Sasuke al ver como su hermana mayor comenzaba a encenderse de nuevo.

Sin perder tiempo, Sasuke se presentó a aquellos dos policías y rápidamente comenzaron a hablar entre ellos de lo ocurrido.

Cinco minutos después, Jin, junto a Iku y la madre de este llegaban al lugar de los hechos donde se aclaró que los niños no habían salido de la casa en toda la tarde. Rompieron la denuncia allí mismo, y cuando Sasuke obligó a sus hermanas a entrar en casa, el poli alto, antes de montarse en el coche patrulla, se acercó hasta Sakura, Hinata y Hanabi y dijo para su sorpresa:

—Cuando queráis, acabamos el numerito, nenas.

Hinata soltó una carcajada mientras las otras dos se ponían rojas como tomates. Finalmente se encaminaron hacia el interior de la casa muertas de risa, mientras Sasuke sin entender nada preguntaba:

—¿A qué se refería el municipal?

—Mejor no preguntes —se mofó Hinata, quien no volvió a llorar más.