Título: Los caminos de Salazar son inescrutables.

Número de palabras: 2.293

Disclaimer: Harry Potter y todo lo que reconozcas pertenecen a J.K. Rowling.

Avisos: Slash (relación chico/chico) y diferencia notable de edad. James tiene unos 25 años y Draco 40.

Pareja: Draco M./James Sirius P.

Resumen: La vida de Draco Malfoy se han basado en altibajos: momentos de felicidad, seguidos de momentos de sufrimiento. Pero, al final del día, quizá no fue todo tan malo.

N. de A.: hace tiempo que quería volver a escribir de esta pareja; me parecen tan tiernos y a la vez extraños, que no puedo evitarlo. Espero que disfrutéis la lectura.


Los caminos de Salazar son inescrutables.


La vida es extraña.

Acaricio con suavidad su cabeza, mis dedos se enredan por entre los castaños cabellos despeinados del chico, que ronronea en sueños según mi tacto va mimando su cabeza. Se encuentra sentado sobre mi regazo, con su cabeza apoyada en mi pecho, durmiendo tranquilamente. De vez en cuando, suelta algún que otro pequeño gruñidito o ronquido, con suavidad, como si la única razón de esos sonidos fuese la de recordar de manera adorable que está ahí dormido. De manera muy adorable.

La vida es una locura, maldita sea.

Quién me iba a decir a mí, que después de tantas vueltas, después de todo lo que pasé, pasamos, pasaron, en el colegio, iba a acabar así. Ciertamente, la vida es un camino enrevesado, lleno de curvas, baches y piedras, algunas las pones tú mismo, otras te las lanzan personas desde lejos.

Mi mano se sigue enredando en su pelo, rascando con suavidad de vez en cuando el cuero cabelludo del joven con las uñas; no puedo evitar que una sonrisa aflore en mis labios de vez en cuando, cuando otro de esos soniditos escapan de los labios del dormido Potter, cuando se remueve contra mi pecho, en busca de algo más de calor humano. Incluso en sueños, James es un niño malcriado de atención y cariños, buscando de manera incansable más y más de estos. Mi sonrisa se amplía.

Ver su dulce rostro, casi angelical, dormido contra mí es una sensación extraña. No es mala, por supuesto, todo lo contrario; más bien es esa sensación de que estás contemplando algo tan hermoso que no crees merecer verlo. ¿Realmente merezco este premio que la vida me está dando?

Siempre fui un niño consentido; papá era muy estricto, por supuesto, pero siempre acababa consiguiendo lo que deseaba, ya sea por él o por mamá. Mi infancia se resumía en recibir regalos y caprichos, la mayoría ni siquiera los merecía, hacer siempre lo que quería, salirme con la mía, torturar a elfos, sobre todo a ese estúpido y feo Dobby, y recibir lecciones, algunas más útiles que otras, que me hicieron creer durante más años de los que me gustaría aceptar que era mejor a otros, que era superior a nadie, que haber nacido en el seno Malfoy-Black, ser Sangre Pura, pertenecer a dos de las Familias Sagradas más importantes y vivir rodeado de lujos me daba el derecho a creerme un rey y casi comportarme como uno.

El Príncipe de Slytherin, recuerdo con sorna.

Claro, que el primer giro en mi vida no tarda mucho en llegar. Para los catorce-quince años, con la vuelta de El-que-no-debe-ser-nombrado, todo cambió. Claro que en el colegio seguía siendo "el rey" de los Slytherin, pero no era lo mismo. No tardé demasiado en darme cuenta que a la gente que consideraba amiga, no eran más que lacayos, gente que me seguía por mi apellido, no porque yo o algo relacionado a mí les interesase realmente. En aquel tiempo no lo hubiese admitido, pero sentía envidia de Potter. Una amistad real, algo basado simplemente en amistad, no en miedo o en seguir a otra persona.

Papá pronto tuvo que volver a servir al Señor Tenebroso y volver a hacer esas cosas que durante tanto tiempo se negó a admitir que había hecho. Fue una maldición Imperio, señor juez había lloriqueado en sus muchos juicios, después de la desaparición del Señor Tenebroso en la Primera Guerra contra él. Pero, cuando éste volvió, papá volvió corriendo a sus pies, a seguir sus órdenes.

Una cosa es creerse superior a otro por la sangre, está mal, ahora lo sé, pero un pensamiento como tal es sólo eso. Otra muy distinta es intentar acabar con todos ellos.

No puedo evitar que pensamientos y recuerdos de mi época en Hogwarts vuelvan a mi mente. Aprieto un poco los dientes, cesando las caricias a James por un momento. Suspiro por la nariz un par de veces. Tantas estupideces dije, tantas hice. Aún no logro comprender cómo no acabé en Azkaban, sin duda cada vez que habría la boca, en especial por los primeros cursos, merecía una verdadera bofetada en la cara. Cuánto no habré dicho o hecho a Granger; aunque bueno, ésta me los ha devuelto a base de golpes.

Él fue recuperando el poder, tanto físico como social. Pronto, empezó a mover los hilos detrás del ministerio y del propio colegio, haciendo lo que quería, matando, torturando a su antojo, sin consecuencias. Y, por supuesto, papá detrás de él. No es que no sienta que le hayan metido en Azkaban, a fin de cuentas es mi padre, pero tampoco puedo evitar pensar en lo mucho que se lo merece. A fin de cuentas, por miedo, por rencor o por pureza de sangre, se alió al mago tenebroso y siguió sus órdenes sin discutirlas. Mamá quizá no merecía tanto acabar en dicho lugar, pero gracias a la intervención de Potter, su residencia allí había sido sólo de un par de años.

Cuántas cosas tuve que hacer, cuánto tuve que ver, cuánto por culpa de ese hombre sin nariz y ojos amarillos que aún a día de hoy se aparece en mis sueños, me persigue por un bosque oscuro en el que sólo se ven sus ojos en la lejanía, gritando, haciendo que me despierte en sudores fríos y gritos que despertaban incluso a los elfos domésticos.

Todo parecía que empezaba a ir bien tras la guerra: los Potter-Weasley siendo el foco de atención de todo hicieron que esos crímenes de guerra que tuve que hacer, se viesen como menos; tener a Harry intercediendo por mí fue extraño, pero ayudó bastante. Un par de meses en prisión –posiblemente la peor de las experiencias que he tenido que pasar en mi vida– y pude volver a Hogwarts, acabando el séptimo curso y pudiendo entrar finalmente la Academia de Aurores, para poder proteger a jóvenes e impedir que otro Mago Tenebroso llegase al poder y los obligase a hacer lo que me obligaron a hacer. En Hogwarts me reencontré con Astoria, que estaba también cursando ese año. La Slytherin fue, junto con otros antiguos compañeros y algunas personas con las que jamás esperé tener una relación, como Granger o Lovegood, uno de mis mayores apoyos.

El amor con As no tardó en llegar. Las palabras de apoyo por todo pronto pasaron a ser palabras más cariñosas. Antes de acabar Hogwarts empezamos a salir y, antes de terminar la escuela de Aurores, ya estábamos comprometidos. Poco después llegó Scorpius, como un nuevo brillo de esperanza a la vida. Sin duda, de los momentos en general más felices que he vivido, no a costa de hacer sufrir o sentirme superior a nadie, sino sintiéndome plenamente lleno como nunca.

Pero claro, la felicidad no dura siempre. As pronto enfermó, empezó a sentirse cada vez más débil, no siendo más que la sombra de lo que alguna vez fue. Scorpius se hizo amigo de Albus, hijo de Potter, lo que pensé que implicaba que iba a ser mejor visto y que no iba a tener problemas en el colegio, me equivoqué. Más bien parecía que mi hijo metía en líos constantes a Albus por su mera presencia; por suerte, el Potter nunca llegó a apartase de él. As murió seguramente cuando más la necesitaba; Scorpius se veía también una sombra de lo que alguna vez fue un chico feliz y risueño, no dejaba de tener problemas en el colegio, los rumores de que era hijo del Señor Tenebroso iban creciendo.

Siento que el cuerpo sobre el mío se va revolviendo lentamente, soltando pequeños gruñidos y quejidos. Separa su cara de mi pecho y se me queda mirando durante un segundo, haciendo un pequeño mohín con los labios; me he metido tanto en mis propios pensamientos que he dejado de mimarle y, el pequeño hombre medio gato se ha despertado y se me ha quedado mirando, como pidiendo explicaciones. Sus ojos castaños se quedan fijos sobre los míos durante unos segundos; esos hermosos ojos color avellana, con los bordes teñidos sutilmente de tonos verdes, se entornan pasados unos segundos. Soy capaz de ver cómo alza su mano, pero soy incapaz de defenderme del golpe que da con la punta de su dedo índice en mi frente, pues mis brazos siguen rodeando su cintura.

–¡Au!

Me quejo, replicando el mohín que estaba realizando él. Se aparta un poco de mí y se sienta a horcajadas sobre mi regazo, cruzando sus brazos sin apartar su mirada, como si intentase que de sus ojos salgan rayos que me fundan en el sitio. Alzo una ceja sin apartar tampoco la mirada.

–¿Por qué hiciste eso? –Le pregunto.

Aprovecho que se ha apartado de mí y que tengo las manos libres para frotarme con suavidad la frente, como quejándome de su gesto, repitiendo la mueca de dolor. El Potter, lejos de sentirse culpable, aprieta un momento los labios antes de responder.

–No me gusta esa cara. –Chasquea la lengua.

–Perdón, es con la que nací. –Respondo, intentando bromear, intentando cambiar de tema; no funciona.

–Draco... –su voz suena en un suspiro–. Sabes a lo que me refiero... tienes cara de estar pensando demasiado las cosas de nuevo...

Aparto finalmente la mirada. La mirada de James es demasiado intensa, siempre lo ha sido; el joven Potter no tiene miedo de decir o transmitir lo que piensa, sin importarle lo que los demás puedan decir o pensar, sin importar las consecuencias.

Se acerca a mí, tomando mi rostro entre sus manos, acaricia mis mejillas antes de hacerme alzar la mirada; le miro de nuevo a los ojos, por un segundo. Siento que se acerca a mí, posando sus labios sobre los míos y deja un suave beso sobre éstos, como un suave roce de labios más que un beso propiamente dicho. Sonrío sobre sus labios por un momento, una sonrisa sincera. El olor del Potter me llena las fosas nasales; es un aroma algo fuerte, masculino, pero que de alguna forma consigue calmarme y relajarme.

–Lo hemos hablado mucho, Draco –comienza, una vez más–. No puedes culparte toda la vida por algo que pasó hace veinte años.

Su mano derecha sigue acariciando con suavidad mi mejilla, pasando el pulgar por la superficie en un intento de consuelo. Asiento un par de veces. James siempre intenta consolarme, siempre intenta que olvide todo lo que pasó, que deje de odiarme.

–Fui un capullo...

–Un cabrón –me corrige–. Lo fuiste –puntualiza la última palabra.

–Hice cosas, James...

Fuiste, hiciste –James niega con la cabeza–. El pasado es pasado.

Se acerca una vez más y deja otro suave beso sobre mis labios. No puedo evitar volver a sonreír. James sabe animarme, sabe consolarme como hacía mucho que nadie sabe. Muchos piensan que salgo con James porque es alguien joven, como si fuese un juguete para mí, alguien inexperto y lleno de energía a quien quiero absorber y de quién me quiero aprovechar, como si fuese uno de esos viejos verdes millonarios muggles que salen con supermodelos; incluso hay quien piensa que es por el parecido con su padre, claro, siempre me gustó Harry pero como no pude tenerlo, esperé a que su hijo fuese adulto para quedarme con él, tiene mucho sentido. Idiotas. Todos idiotas.

Es por sus ojos.

Claro, no tiene los ojos verdes de su padre y sus hermano, no tiene los ojos azules de su madre y su hermana; sus ojos no son especiales, no son únicos, no son brillantes. Al menos no en su color, claro. La forma en la que James ve el mundo, la forma en la que mira todo, la forma en la que me mira. Su mirada es sincera como la de pocas personas, mira lo que le interesa con intensidad; tiene esa mirada curiosa típica de un niño, mezclada con la mirada crítica de un adulto. Y la mejor parte, lo que más me gusta del pequeño y adorable león: su mirada no juzga. Nunca me ha mirado con asco, juzgándome. Quizá porque sea el único que sabe ver a través de mí, quizá porque quiere ignorar todo lo que realmente hice, en cualquier caso, nunca me juzgó.

–Mira, Draco... –Se levanta finalmente de sobre mí.

Comienza a estirarse. Su cuerpo, curtido y musculoso por el deporte continuo y por su pasado como jugador de Quidditch en el colegio, comienza a crujir con los estiramientos. Va soltando suaves suspiros. Estar en esa posición durante tantas horas, aunque cómodo a causa del frío que hace a pesar de la chimenea que crepita frente a nosotros, hace que su cuerpo se entumezca un poco.

–Yo voy a darme un baño caliente –su espalda cruje un par de veces con sus movimientos–. Tú puedes quedarte aquí, compadeciéndote o...

No acaba la frase, en todo comentario me guiña un ojo antes de girar sobre los talones y dirigirse hacia la puerta. La abre y se apoya en el marco, cruzándose de brazos y mirándome por un momento. Me muerdo el labio un momento antes de asentir con la cabeza y ponerme en pie.

–No olvides la viagra, Draquie.

Me guiña un ojo, en esta ocasión con sarna, antes de volver a girarse hacia la puerta y salir por ella. Yo me quedo un momento quieto, alzando la ceja izquierda. Suelto una pequeña maldición por lo bajo antes de caminar tras él, a grandes zancadas. Ese pequeño Potter creído se va a enterar de lo que un Malfoy vale, sin necesidad de viagras ni de pociones mágicas.

–Te voy a destrozar, Potter.

La vida es extraña pienso, cerrando la puerta del baño tras de mí, mirando el cuerpo de James, tan perfecto que parece esculpido por los mismos dioses maravillosamente extraña.


FIN