Era un día muy ocupado en el restaurante. Touya tomaba orden tras orden. Yukito estaba ocupado en la estación de bebidas. Era tan solo mediodía, pero Touya ya quería irse a casa y tomar una larga, larga siesta.

Finalmente, y después de varias horas, Touya se acercó a su última mesa del día. Era una pequeña familia: los padres y una pequeña niña con el vestido rosa más cursi que jamás había visto en su vida.

–Bienvenidos a Yorokonde, ¿están listos para ordenar?

–¡Hola! – dijo la pequeña con entusiasmo y una gran sonrisa en su rostro – Soy la princesa Umi del reino de Tomoeda, y ellos son el rey, otou-sama Lantis, y nuestro caballero, otou-san Íguru. ¿Quieres ser nuestro cocinero del día, mesero-sama?

Sorprendido, Touya miró a los adultos. Podía ver que la situación no les divertía más que a él.

–Lo sentimos, ha estado fingiendo todo el día que es una princesa. No tienes que seguirle el juego, no te preocupes – explicaron, sonriéndole a modo de disculpa.

Ciertamente, algo en esta niña le recordaba a Sakura cuando era más pequeña. No quería tener que fingir ser un personaje, especialmente en el trabajo. Pero tampoco quería romperle el corazón a la pequeña niña...

–Por supuesto, Su Alteza – dijo, haciendo una pequeña reverencia – ¿Puedo tomar su pedido del día?

Los ojos de la niña brillaron con gran ilusión al ver que Touya estaba jugando. Ya había atraído la atención de algunos de sus compañeros de trabajo. Suspirando, Touya se preparó mentalmente para lo que vendría al final de su turno.

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Alrededor de una hora y media después, Touya estaba cambiándose en los casilleros cuando Yukito se le unió.

–Entonces… – comenzó Yukito, divertido – Escuché que eres un sirviente maravilloso para las princesitas.

–Cállate – contestó un sonrojado Touya.

–Creo que fue lindo – sonrió Yukito.

Touya no pudo evitar sonrojarse aún más.

–Tal vez algún día sean nuestros hijos los que necesiten un caballero cuando visitemos un restaurante – comentó Yukito casualmente.

La cara de Touya no podía estar más roja. ¿QUÉ?

–Ay, Dios mío, ¡deberías ver tu cara! – Yukito apenas podía hablar mientras se reía a carcajadas.

Con quejido, Touya terminó de cambiarse de ropa.

-Ven, vamos a casa – gruñó. Luego, sonriendo, agregó: – Y si alguna vez tenemos hijos, tú eres el que actuará como rey.

Yukito dejó de reír y miró a Touya con los ojos muy abiertos. Lentamente, una suave sonrisa se formó en los labios de Yukito.

-De acuerdo. Tú serás el caballero, entonces.

Y sin más palabras, se tomaron de la mano y partieron para irse a casa.