Llevaba más de dos horas intentando que ella se fuera del bar. El dueño ya hacía rato que había cerrado sus puertas al público, pero les permitía estar a ellas dos ahí. Tsunade no sólo era la Hokage en turno, sino que como iban las cosas, iba a ser su mejor cliente del año.

Shizune, estaba molesta. Sabía lo dolida que estaba por el duelo de perder a Jiraiya, pero no podía permitir que siguiera de esa manera. Al punto de que, al pedir una nueva botella, Shizune la interceptó.

—Shizune, si valoras tu integridad física, me darás esa botella —dijo muy seria, aunque apoyada sobre la mesa casi de cuerpo completo. Sí, pararse parecía ser una actividad imposible de realizar ¡el piso se veía tan inestable! Así que estaba dispuesta a amenazarla desde un lugar seguro: mesa de por medio.

—No, ya ha bebido demasiado. Y sabe que, aunque se beba todo este bar, no podrá superar su tristeza —y se sentó al lado de Tsunade con la botella en la mano— necesita hablarlo, sacarlo de su interior. No le hace bien guardarse todos esos sentimientos.

Lejos de prestarle atención, Tsunade observaba con sumo cuidado los movimientos del sake dentro de la botella. La bebida se balanceaba en las manos de Shizune y la odiaría si llegaba a derramarlo. Tomó sus precauciones, apretó los ojos antes de hacer nada: las botellas como las manos de Shizune se habían multiplicado.

«Maldita mujer rara de cuatro manos» se dijo mentalmente y estiró su mano hacia la de ella, su asistente fue más rápida y la puso encima de la mesa, no obstante, la quinta se desplomó encima de ella sin llegar a mantener su peso.

El asiento era de un solo cuerpo y sus piernas sobresalían de un lado debido a la posición. Shizune gritó, pero ante la comodidad que tenía la quinta sobre los pechos de la ninja ¡ni hizo por moverse!

—¡Qué cómoda! Shizune, tráeme el sake —vociferó apoyando la cara sobre sus pechos, moviendo su mejilla sobre ellos. Su compañera no podía estar más incómoda y sonrojada en ese momento.

Hizo un intento, mejor dicho, varios de quitar a la Hokage de encima, sin éxito alguno. Tsunade se había aferrado a ella como un niño pequeño a su manta de apego y no tenía intenciones de soltarla. Finalmente, pensó en dejarla estar un momento hasta que se durmiera y pudiera quitarla de encima, pero sus planes eran diferentes, muy diferentes de los de su pareja de bebidas. La mirada de Tsunade se volvió picarona y eso, erizó la piel de todo su cuerpo y cuando la quinta metió su mano por debajo de su kimono y rozó su muslo, otras partes de su cuerpo se erizaron.

—¡Tsunade-sama! —exclamó removiéndose debajo de ella intentando quitarla de encima.

—No me digas que no lo deseas, he visto como tus ojos se pierden en mi escote —pronunció acariciando sus labios a través de su ropa interior. Ella intentó alegar algo en su contra, pero Tsunade apretó los dedos en su entrada, presionando la delgada tela que cubría su piel haciéndola gemir de manera ahogada y vergonzosa. Lo que menos quería es que el dueño las escuchara y lo que más quería Tsunade era hacerla gemir.

Sus manos se posaron en los hombros de Tsunade, apretando los dedos sobre su ropa y eso, sólo motivó mucho más a la quinta que, ansiosa, corrió su ropa interior y acarició suavemente sus labios y los abrió, explorando su suave piel y extendiendo la humedad de su zona íntima con lentitud que estaba llevando al limita de Shizune.

—No te contengas —le susurró en el oído, golpeándola con su aliento y el olor a alcohol que la impregnaba, siguió guiando sus dedos y esta vez, entró en ella su dedo mayor en su interior y el pulgar que se frotaba juguetón sobre su clítoris.

Con esos jugueteos sobre su piel, Shizune no tardó en verse sacudida por el orgasmo que le produjo tan sólo usando dos de sus dedos. Tsunade la miró coqueta, preguntándole con la mirada si lo había disfrutado.

—Ahora, compláceme —le ordenó besándola y con eso, pretendió quedar ella debajo en esta ocasión, facilitándole la vista, pero, borracha como estaba olvidaba que no estaban en una cama y acabó cayendo al suelo. Aún agitada, Shizune se preocupó al ver a su maestra ahí— si me hubieses dado mi botella de sake, esto no me habría dolido nada —la regañó antes de desmayarse.

Su alumna suspiró cansada, avergonzada y complacida, jamás imaginó que ella pudiera hacerla sentir tan bien. Se tomó unos minutos para que la sensación desapareciera de su cuerpo y por fin, levantó a su maestra del suelo, dejándola en la silla para sacar el dinero y dejarlo sobre la mesa. Avisó de un grito que se iba y ni siquiera así, Tsunade reaccionó, saliendo del local con ella en brazos y una sonrisa tonta en la cara. Quizás, no estaría mal acompañarla la próxima vez que tomara y devolverle el favor que ella no pudo gozar.