Pick up the phone
El teléfono sonaba incansablemente en Funbari Onsen, pero ninguno de sus habitantes se detenía frente a el para contestarlo.
Marion pasó junto a él, ignorando el sonido mientras jugaba una aplicación para su celular; Matilda pasó junto el, corriendo desesperadamente para atrapar a un chiquillo de dos años y medio, rubio y salvaje, que huía de la pelirroja entre risas pues se había quitado los pantalones y se reusaba a usarlos nuevamente; Kanna pasó junto al teléfono, mirándolo perezosamente mientras que cargaba un montón de toallas blancas, limpias y pulcramente dobladas; Tamao pasó junto el mientras llevaba las manos ocupadas por una gran cesta de mimbre repleta de sabanas que lavar.
Al contrario de las otras meseras del Onsen, ella si escuchó el teléfono. Se detuvo, dejo la cesta junto al teléfono y contestó. Pero era demasiado tarde, la línea sonaba ese característico tono cuando aquella persona que ha llamado cuelga. Tamao, molesta, hizo una mueca con la boca, volvió a dejar el auricular en su lugar y refunfuñó para si misma por la ineptitud de sus empleadas y por perder, posiblemente, a un cliente que marcaba para reservar su habitación. La delgada chica tomó la cesta nuevamente cuando el auricular sonó de nuevo de forma insistente. En esta ocasión, logró levantar la bocina a tiempo, y apoyo en su cadera derecha la cesta mientras la sostenía con la mano por una asa.
- Buenos días ¡Funbari Onsen! Esta es Tamao, a su servicio ¿En que puedo servirle? – Dijo la joven dando lo mejor de si por sonar alegre y amigable con el posible cliente.
- ¡Que bueno es oírte, Tamao! – dijo una voz masculina y familiar, una voz que ella atesoraba en su corazón.
Las manos de Tamao temblaron involuntariamente y soltaron la cesta que sostenía precariamente con la mano derecha. Las sábanas, que habían estado camino a la lavandería, terminaron por desparramarse por el pasillo principal de la pensión. Se quedo de piedra, mirando el auricular que sostenía en su mano izquierda. Sentía como si un rayo hubiera caído sobre ella, su corazón se aceleró latiendo como un tambor, su boca se seco y la sentía algodonosa.
- ¡Joven Yoh! – logró articular con un brillo en los ojos.
- Si – Afirmó la voz de Yoh, que provenía de algún lugar del mundo. Tamao casi podía adivinar su expresión por el tono de su voz, podía imaginarlo con una sonrisa confiada y una mano rascando su nuca - ¿Cómo están todos por allá? ¿Cómo estas tú? ¿Qué tal van las cosas en la pensión?
- Todo está bien – se apresuró a contestar la joven Okami – el negocio es bueno en esta temporada del año, sobre todo por ser época vacacional… "las Flores" están bien y Ryu siempre es alabado por su comida… - dudo un poco antes de continuar –... yo también estoy bien.
- Es genial – respondió el shaman, cuya voz tenía un dejo de incertidumbre – es bueno saber… que están bien… y… - hubo un titubeo y el sonido como de tragar saliva se escuchó.
- ¿Dónde están ahora? – interrumpió Tamao. Odiaba escucharlo tartamudear, dándole vueltas al tema que realmente quería tocar. Preguntó aquello a sabiendas que no podría contestarle y que esto distraería al muchacho lo suficiente.
- En el medio oriente, aún estamos aquí – reconoció el joven, en sus palabras había un dejo de irritación – creo que esta misión esta tomando un poco mas de tiempo del que originalmente pensamos… No se si él quería que fallará o si tenía mucha confianza en nosotros./p
- Traer paz al mundo debe ser bastante difícil – concedió la muchacha, mientras acomodaba distraídamente su cabello detrás de la oreja.
- No tienes idea – Sonrió el adolescente – las personas, de verdad pueden ser muy testarudas… o vengativas.
- Puedo imaginarlo – Dijo Tamao pensando en ello.
Al tiempo en que recordaba el tatuaje que Kanna tenía en el brazo izquierdo y que prometía venganza por el homicidio de su familia; recordó como Marion y Matilda tenían sus propias historias amargas de abandono y resentimiento hacia la humanidad, pensó en Tokageroh y los 600 años que pasó carcomiedose a sí mismo en su propio deseo de venganza, en como Hao, el nuevo rey shaman, sufrió incontables ciclos de muerte y reencarnación por 1000 años con la sola intención de vengarse de la humanidad completa y destruirla. Si, la venganza, el odio y el resentimiento, eran sentimientos corrosivos, idénticos al veneno.
Y ella lo sabía perfectamente. Conocía ese sentimiento, su corazón había pasado por una sed de venganza y dolor, que aún no conocía el sosiego. Si ella pudiera, también se vengaría del imbécil que acabo con la vida de Mikihisa. Si ella pudiera, quizás, también buscaría la venganza para calmar su propio dolor. El silencio en el auricular alertó a su interlocutor, quien la sacó de su ensimismamiento.
- Sabes… quizás esto sea… bastante mas incomodo de lo que pensamos en un principio – comentó Yoh mientras suspiraba audiblemente – como sea… yo… bueno… podrías… ¡Rayos! – la voz sonaba molesta - ¿Cómo esta Hana?
Tamao sonrió ligeramente.
- Él está muy bien – Dijo sinceramente.
- ¿De verdad? - Yoh sonaba sorprendido, aliviado del nerviosismo rápidamente - ¿En serio… esta bien?
- si… - dijo con una voz calmada y dulce, llena de un amor que no siempre podía expresar con palabras – En este momento esta causando un caos por toda la casa, volviendo a las Hanagumi locas, y mortificándolas siempre que puede – Rio ligeramente – Justamente, cuando llamaste, estaba provocándole un dolor de cabeza a Matti, pues se quito los pantalones y ella trataba de ponérselos devuelta.
- Los terribles dos, ¿Cierto?
- Absolutamente. Esta más alto y su cabello un poco mas largo. Creo que el será tan alto como tú, o quizás más – enredó el cordón del teléfono con el dedo índice, jugueteando distraídamente mientras intentaba recordar algún detalle sobre el niño que estaba criando como su propio hijo – Sigue siendo rubio y aun tiene ese maldito carácter, no hay duda de quien lo heredo. También heredo su apetito, es quisquilloso con la comida y su paladar es… difícil de complacer.
El joven al otro lado de la línea, a miles de kilómetros de distancia, rio encantado de imaginar al pequeño que había dejado. Él siempre llamaba cuando le era posible, cuando el dinero le era suficiente y encontraba un lugar tranquilo. Las llamadas eran intermitentes, pudiendo tardar meses entre una y otra. Siempre era la misma dinámica, Yoh marcando, ligeramente temeroso de saber como se encontraba su hijo, pero al mismo tiempo, ansioso por conocer detalles superfluos sobre la infancia que él no podía presenciar ni acompañar. Tamao, por su parte, contaba los detalles y anécdotas que podía recordar fácilmente, en ocasiones, si lo tenia a la mano, leía algunos pasajes de su diario donde anotaba las ocurrencias del pequeño Hana, sus experiencias y descubrimientos, sus pequeños grandes logros. No era un diario íntimo, sino un cuaderno que elaboraba con amor para los verdaderos padres de Hana. Anna nunca marcaba ni pedía hablar con nadie, como si no estuviera, aunque en realidad siempre permanecía junto a su esposo.
- Eso puedo imaginarlo sin ningún problema – dijo alegremente Yoh – déjame adivinar ¿Solamente quiere comer carne?
- Si, nada de sopa de miso, pero tamagoyaki es bienvenido a cualquier hora – Tamao concluyó – él es increíble...
- Je, je, debe de ser un increíble dolor en el trasero – se burló Yoh, quien volvía a ser el mismo de siempre, despreocupado y jovial.
- Si… a veces
- Si, lo sé.
- Pero él puede ser un total encanto cuando esta de buen humor. Ayer, me trajo una flor del jardín. Realmente le gusta pasar tiempo en el jardín con Matti, ella le enseña a cuidar de plantas medicinales.
- Cielos… Ese es mi niño – Dijo Yoh, su voz quebrandose ligeramente. Suspiró.
Tamao podía imaginar el dolor que sentía Yoh; muy probablemente, estaba sosteniendo el teléfono en su hombro mientras derramaba alguna lagrima silenciosa y traicionera.
- Hace unos meses comenzó a llamarme Mamá – comentó la muchacha mientras pasaba su mano por su cabellera, pateando ligeramente las sábanas sucias en el piso – yo… no…
- Esta bien, Tamao… En este momento, es como si tu fueras su mamá… - otro suspiro.
- Quizás el no tendría esta confusión si tan solo ella qui…
- Tal vez – interrumpió Yoh, con una voz seca que no daba lugar alguno a continuar la conversación por ese rumbo.
Hablar de Anna, esta fuera de los límites. Nunca se tocaba el tema sobre cualquier cosa que pudiera estar pasando la itako del Monte Osore, ni daba señales de vida. Se había empecinado en mantenerse lo más ecuánime posible mientras durara su misión, y no podría continuarla si escuchaba a Hana. Era una decisión que había tomado, una muy dolorosa.
- ¿Quieres hablar con él? – pregunto la Okami.
- Nah… Así esta bien… Solo… Solo dile que mamá y papá lo aman y que volveremos en cuanto podamos.
- Claro
- Bueno, creo que… creo que te llamare después – afirmó un tanto inseguro el shaman – llamare en cuanto pueda.
- ¿Está bien, joven Yoh? – aseguro Tamao, regresando sutilmente a la formalidad con la que le habían enseñado que debía tratarlo.
- Si, es solo… solo que… tengo que colgar – dijo con la voz temblando ligeramente.
Y con eso el auricular volvió a el tono de llamada terminada.
Ella silenciosamente colgó el teléfono y comenzó a meter la ropa nuevamente en el cesto de mimbre. Se ponía de pie cuando un pequeño sin pantalones pasaba a su lado, empujándola sin miramientos, entrando a la cocina. La mucama pelirroja tenia en una mano un pantaloncillo corto y en la otra la escoba de bruja que guardaba en uno de los armarios de blancos, empujó con ella a Tamao y desperdigo nuevamente las sabanas por todo el lugar. La okami cayó de sentón junto a la mesita en la que reposaba el teléfono. Furiosa se levantó rápidamente para perseguir al niño y a la adolescente. Justo cuando entraba, un gran estruendo de ollas y platos quebrandose se escuchó.
Tamao miro el caos de la cocina: ahí estaban, una bruja luchando contra un niño y su irritable temperamento, forcejeando con risas en los labios, y sartenes desperdigados a su alrededor.
Tamao sonrió con ternura. Esto quedaría registrado en su diario más tarde.
