Mil años sin publicar nada por acá. Espero que hayan estado muy bien, les traigo otra historia de este hermoso ship. Muy cortita pero muy wholesome.

Los personajes de Bleach no me pertenecen, son propiedad de Tite Kubo.

DESPERTAR

-¿Me tienes miedo, mujer?

-No tengo miedo…

Ulquiorra casi sonrió al escuchar la respuesta de la chica. Era sencillamente increíble, su temple de acero a pesar de todo. Pensar que él, uno de los soldados más fuertes del ejército de Aizen, se sentiría de esa forma al estar frente a una frágil humana era casi irreal. Aunque, a decir verdad, de frágil no tenía nada. Todo lo contrario. Había resistido todos los acontecimientos de la mejor manera y encima había tenido la compasión hacia él al verlo en sus últimos momentos.

Tal vez esto era lo que necesitaba, pensó Ulquiorra, alguien que viera a través de mí con otros ojos. Alguien que…

Ulquiorra extendió el brazo hacia Orihime. No sabía qué es lo que esperaba, sus últimos segundos de vida, o de simple nihil existencia, estaban contados, así que no había razón para tratar de alargarla. Todo terminaba en ese momento. Y de alguna forma se sentía en paz consigo mismo. Había una sensación extraña en su pecho, una calidez que no había sentido nunca desde que abrió los ojos en su vida de Arrancar.

Si aquello era lo que los humanos llamaban "corazón" …

Para su sorpresa, la chica humana también estiró el brazo hacia él. Su expresión era inquietante, algo que no podía descifrar. Y, sin embargo, ahí estaba, tratando de tocar su mano, dando un paso hacia adelante en un intento de alcanzar su cuerpo. Pero la mano de Ulquiorra se convertía en cenizas que el viento helado de Hueco Mundo se llevaba. Y poco faltaba para que su cuerpo sufriera el mismo destino.

Justo cuando había empezado a interesarme en los de tu clase, pensó amargamente.

Ulquiorra cerró los ojos y se sintió caer en un vórtice infinito, oscuro y gélido que no se detenía.


Cuando abrió los ojos, contrario al infierno que esperaba encontrar, lo primero que vio fue el cielo negro de Hueco Mundo. Poco a poco fue haciéndose consciente de su propio cuerpo y sus sentidos reclamaron sus funciones. Sentía la heladez del ambiente a través de su hierro, el olor a polvo que inundaba sus fosas nasales, la dura piedra a su espalda y, por último, el silencio absoluto tan característico del ecosistema desértico que rodeaba al castillo.

Pero entonces, si estaba en el castillo, más concretamente en el domo de Las Noches…

Ulquiorra giró la cabeza hacia su izquierda al escuchar un sollozo, un sonido que lo trajo de vuelta a la realidad y que lo hizo tomar conciencia plena del estado en el que se encontraba. Estaba vivo. Podía sentir el reiatsu restaurándose en su interior, como sangre en sus venas, regenerando a paso veloz las heridas de su última batalla.

Se incorporó con ayuda de sus brazos y pudo distinguir sin error alguno la figura que se encontraba a pocos metros de él. Una figura encorvada, vestida de blanco, sentada sobre las piedras y el escombro. El cabello anaranjado caía por su rostro, el cual estaba oculto entre los brazos que abrazaban las rodillas contra su pecho. Ulquiorra la reconoció de inmediato. Era la chica humana, Orihime. Su aura se sentía inestable, como si se estuviera librando una lucha en su interior.

¿Qué había pasado? Recordaba el final de su batalla con Ichigo Kurosaki, la manera en la que Orihime se había acercado a él después de decirle que no tenía miedo. Pero entonces…

-¿Estás bien, mujer? -preguntó Ulquiorra con voz ronca.

Los sollozos se detuvieron de inmediato y la chica levantó la cabeza. Se limpió los ojos enrojecidos por el llanto y sorbió los mocos para después limpiarse con el dorso de la mano. Parecía no dar crédito a su vista.

-¿Ul…Ulquiorra? -preguntó con voz temblorosa.

El Espada se puso de pie lentamente, consciente de que Orihime no le quitaba la mirada de encima. Apartó la vista con incomodidad. En momentos como aquel, ¿qué podía decirle? Aquellos ojos lo perforaban como taladros. Se sentía completamente vulnerable frente a ella. Antes de pensar en cualquier cosa, Orihime se levantó de un salto, salvó la corta distancia que los separaba y le echó los brazos al cuello.

-¡Ulquiorra!

El peso repentino lo hizo tambalearse hacia atrás y ambos cayeron al suelo. Ulquiorra sentado y Orihime todavía abrazándolo, hincada en medio de sus piernas.

-Creí que te había perdido -murmuró Orihime contra su cuello. Su cálido aliento le hizo cosquillas y Ulquiorra no supo cómo reaccionar. Ni siquiera alcanzaba a entender lo que estaba pasando. Si sus ojos no lo traicionaban, ni el resto de sus sentidos, la chica lo estaba abrazando.

Pero, ¿no se suponía que aquella muestra de "afecto" estaba reservada para los humanos y su círculo de seres queridos?

El aroma de su perfume lo hizo olvidarse de todo. Su agarre era firme, y la sensación en su pecho lo estaba volviendo loco. Podía sentir el calor que emanaba su cuerpo a través de sus ropas. Y era la mejor sensación del mundo. Daría todo por quedarse así para siempre. Era un nuevo mundo que estaba descubriendo, y no se había dado cuenta de cuánto necesitaba aquel gesto para darle un poco de significado a su existencia.

Ulquiorra levantó la mano tímidamente y la puso sobre la cabeza de Orihime. Acarició su cabello una y otra vez mientras la otra mano viajó a la cintura de ella y la apretó más hacia su propio cuerpo, con mucho cuidado de no lastimarla, pues aun no sabía cómo controlar sus fuerzas con un ser más frágil que él. Nunca había tenido la necesidad de ser "delicado", pero una sonrisa tenue surcó su rostro al darse cuenta de que lo estaba descubriendo.

Pasado un rato, Orihime por fin lo soltó, pero se quedó de rodillas frente a él, tratando de controlar los sollozos que amenazaban con salir de su boca y el ligero temblor de su cuerpo. Sus mejillas estaban muy rojas y los ojos grandes cristalinos, contrarios a los de él que parecían no tener vida.

-¿Qué fue lo que pasó? -preguntó Ulquiorra.

-Te desmayaste -explicó Orihime-. Tu cuerpo estaba…

Ulquiorra asintió. Eso lo recordaba bien, se estaba volviendo cenizas.

-No sabía qué más hacer. Una parte de mí se alegraba de que todo hubiera terminado, de que Kurosaki e Ishida estuvieran bien, pero no podía soportar que las cosas terminaran de esa manera. No podía. Activé mi escudo y traté de curar tus heridas. El daño era demasiado y tenía miedo de que fuera demasiado tarde, pero al menos tenía que intentarlo.

Ulquiorra miró a su alrededor y notó que, en efecto, estaban sobre el domo de Las Noches, pero no estaban solos. A unos pocos metros había otro cuerpo tirado. Era el Quincy.

Orihime siguió su mirada en silencio y asintió.

-Ishida está bien, sólo está descansando. Sus heridas no fueron difíciles de curar, pero también estaba muy preocupada por él. Creí que no lo lograría después de que…Kurosaki…

Ulquiorra recordó que había sido el mismo Ichigo quien había herido a su amigo en su forma inconsciente y bestial de Vasto Lorde. Qué poder tan magnífico y aterrador al mismo tiempo.

-¿En dónde está Kurosaki Ichigo?

-Tuvo que marcharse. Me pidió que fuera con él para ponerme a salvo junto a la capitana Unohana, pero no podía dejarte. Tenía que intentar hasta el último momento. Le dije que me marcharía cuando Ishida despertara, y parece que eso lo tranquilizó.

Ulquiorra quería preguntarle qué pensaba Kurosaki del hecho de que Orihime había curado sus heridas y había decidido quedarse a su lado en lugar de marcharse con él, pero no lo hizo. Por alguna razón, se sintió muy cansado de repente y fuera cual fuera la respuesta, no era importante en ese momento.

-Volvamos abajo -exclamó.

Orihime asintió y se puso de pie con la ayuda de Ulquiorra. Ambos se miraron en silencio por un momento, conscientes de que sus manos todavía estaban tocándose, pero sin hacer el intento por romper el contacto.

Con la mano libre, Orihime acarició suavemente la mejilla de Ulquiorra y sonrió de una forma que hizo que Ulquiorra se estremeciera. ¿Cómo era posible que un ser así existiera sobre la faz de la Tierra? Cerró los ojos y disfrutó los pocos segundos que duró el gesto.

-Me alegra que estés bien -dijo Orihime al fin. Y Ulquiorra supo que lo decía de corazón. El alivio en sus ojos era palpable, casi contagioso.

Sí, él también se alegraba de estar vivo, porque de esa forma podía disfrutar, aunque fuera por poco tiempo, de su idílica compañía.

FIN

Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo. ¡Hasta pronto!