HUESOS NEGROS

Disclaimer:Harry Potter y todo el mundo mágico pertenecen a Joanne Rowling, yo solo uso sus personajes para mi diversión.

Este fic participa en el Reto #61: "Las grandes protagonistas" del Foro "Hogwarts a través de los años".

Sonríe cuando levanta el brazo que sujeta su varita y apunta al hombre que ha rondado sus pesadillas en los últimos treinta años. Va a morir, está segura, va a reunirse con sus padres, con su hermano, sus sobrinos y con todos los amigos a los que una guerra sin sentido le quitó, pero no honraría correctamente su memoria si va con ellos sin haber siquiera intentado luchar.

Y es allí, cuando está parada frente a la muerte —que se presenta en la figura de un hombre alto y de escalofriantes ojos rojos— que recuerda a la única mujer a la que nunca pudo dejar de amar…

—¡BLACK, BELLATRIX!

Ni siquiera las decenas de años que han pasado consiguieron que Amelia olvidara la primera vez que vio a Bellatrix. Nadie puede reprochárselo, absolutamente nadie en el mundo, porque nadie sabe lo que significó —y aún significa, a pesar del tiempo y el dolor— Bellatrix para su vida.

Recuerda a la niña de cabello oscuro y ojos negros apartando a todos a su alrededor para caminar hacia adelante con la frente en alto. Su rostro denotaba orgullo y soberbia, rasgos tan inherentes a la familia Black como la característica mandíbula cuadrada que todos en su familia poseían. Amelia recuerda cada detalle, cada suceso, incluso la voz del Sombrero Seleccionador y la expresión satisfecha de Bellatrix cuando caminó hacia la mesa de Slytherin.

No fue una sorpresa para Amelia ver que la primogénita de los Black fuera seleccionada para la casa de Salazar Slytherin porque ella sabía que toda su familia había vestido el verde y plateado, y ella no iba a ser la excepción a la regla. Además, pensó en ese momento de ingenuidad infantil, si todas las cosas que había escuchado de su padre eran ciertas, Bellatrix también había heredado la astucia, presunción y altanería que todos los miembros de la Más Noble y Antigua Casa de los Black poseían.

Al principio, recuerda con desazón, fue satisfactorio descubrir que sus primeras suposiciones habían estado en lo cierto, pero luego, cuando rogaba por encontrar algo de razón en esa mirada frívola, lamentó profundamente que Bellatrix se atuviera tanto a las normas establecidas por su familia.

—No estoy aquí para pelear y vencer —dice Voldemort en un siseo que le pone la piel de gallina—. No es mi intención derramar más sangre mágica y valiosa, no he venido para acabar con una de las brujas más brillantes de nuestro tiempo. Solo quiero hablar.

—Sé lo que quiere y he de reafirmar que la propuesta no me es tentadora… y ni siquiera su presencia servirá para hacerme cambiar de opinión —responde Amelia—. Temo que se irá de esta casa con otra decepción —añade con una sonrisa.

—¿Realmente?

—Ni siquiera tú puedes tenerlo todo.

La muerte nunca se ha sentido tan real como en esa ocasión y quizá sea esa la razón por la que se permite hacer algo que no haría en un duelo real. Nunca ha bromeado con algún otro adversario, nunca ha dejado salir ese lado divertido y espontaneo que ni siquiera sabía que guardaba. Pero allí está, con la muerte respirando en su nuca y una sonrisa vacilona que curva a sus labios.

Y, tal vez, esa también sea la razón por la que su mente continúa vagando en sus recuerdos de la adolescencia, reviviendo esos momentos tan lejanos que casi se sienten ajenos… ajenos hasta que Bellatrix aparece como un huracán y Amelia se dice que es imposible que eso le haya pertenecido a otra persona.

Y se deja arrastrar…

Bellatrix Black, rememora con una sonrisa, era la personificación misma de una masa de energía y vitalidad; era brillante, inteligente, bonita y absolutamente habilidosa. Lo suyo era talento innato para la magia y eso, según ella, le daba el total derecho de mostrarse arrogante y presuntuosa con el resto de sus compañeros.

Amelia no puede pensar en la joven y vivaz Bellatrix sin evitar relacionarla con la soberbia, con la arrogancia, el orgullo y la violencia. Sus primeros años en Hogwarts le sirvieron para hacerse fama, para demostrarles a todos quién era y lo que sería capaz de hacer para conseguir sus objetivos, sus primeros años en el colegio le sirvieron para demostrar que no le importaría pasar por quien sea y hacer lo que fuera necesario para conseguir lo que anhelaba. Y todas sus acciones, todos sus insultos acompañados de altivez y un tono engreído consiguieron que sus compañeros de año —los que no compartían los privilegios de su sangre y su oro— le temieran y —sobre todo quienes eran hijos de muggles— le obedecieran.

Nadie quería meterse en problemas con la primogénita de una de las familias más nobles y antiguas de la sociedad mágica, sobre todo a quienes se les dijo —erróneamente— que no pertenecían allí. Todos bajaron la cabeza frente a Bellatrix y la dejaron salirse con la suya, todos, todos a excepción de Amelia Bones, que nunca, ni en el peor de los casos, ni cuando su vida pendía de un hilo y Bellatrix era la única que podría salvarla, inclino su orgullo y dignidad para besar el suelo por el que caminaba.

Y eso la ponía furiosa.

Amelia recuerda con diversión los intentos de hostigamiento en los pasillos del colegio. Tiene que admitir que no fueron los momentos más agradables de su vida, pero puede darse el lujo de pensar en ellos con diversión porque para Bellatrix fue imposible doblegarla o convertirla en una más de los chiquillos que corrían aterrorizados cuando veían su presencia. Nunca le tuvo miedo y siempre se defendió a cada uno de sus ataques, sin importarle si se metía en problemas o mostraba una fiereza que contrastaba sorprendentemente con su tranquilidad y serenidad habitual.

Su sonrisa se extiende.

Bellatrix cayó de bruces en el piso de piedra y el pasillo se quedó en silencio, como si todos los espectadores hubieran sido petrificados. Los ojos oscuros de la chica se clavaron en Amelia a la par que colocaba una mano en su mejilla hinchada, ella estaba sorprendida, en completo estado de shock. Amelia levantó su varita y la apuntó sin titubear. Entendía que todos a su alrededor estuvieran tan impactados que no fueran capaces de formular palabra: los Hufflepuff nunca respondían las provocaciones, nunca atacaban y mucho menos a una estudiante de Slytherin.

Fue un día tan satisfactorio que ni siquiera se sintió un poco avergonzada cuando la profesora Sprout le avisó —con un suspiro cargado de decepción— que acababa de romper su récord de comportamiento perfecto y que tendría que informar a sus padres. No sentía ni el más pequeño arrepentimiento por haber abofeteado a Bellatrix Black, por el contrario, encontraba sumamente reconfortante el pensar que había conseguido humillarla lo suficiente como para aplastar su gran ego. Amelia lo disfrutó, aunque nunca lo regodeo como lo harían otros. Era su victoria, sí, pero no iba a mostrarse feliz con eso, ni siquiera cuando sus compañeros empezaron a tratarla con fascinación o cuando su padre —a escondidas de su madre— le dijo en una carta que estaba orgulloso de ella. No era una sorpresa, sabía que su padre odiaba a Cygnus Black.

Y fue por esa razón —más que ninguna otra cosa— que nunca tuvo el valor de decirle la verdad al hombre en el que más confiaba en el mundo.

Respira otra vez. Todo es tan extraño ahora: Voldemort se siente tan lejano y ajeno, como si ni siquiera estuviera en esa habitación, pero su padre —un hombre que murió hace más de veinte años— es casi tangible. Supone que es la muerte acechándola, reclamándola y quiere entregarse a ella, pero luego piensa en Bellatrix y lamenta —como lo ha hecho durante los últimos treinta años— que las cosas hayan terminado de esa manera.

—¿Esa estúpida insignia te hace sentir más valiente ahora?

Amelia reconoció la voz enseguida y no se sorprendió: casi estaba extrañándole que no hubiera recibido las ceremonias adecuadas de la representante de la casa de Slytherin.

—¿Estás celosa por qué no recibiste una?

Bellatrix se rio y caminó hacia ella. Amelia se giró para enfrentarla y el resto de estudiantes en el concurrido pasillo continuó andando, aunque no se le escapó el hecho de que las miraban con interés mientras cuchicheaban.

—¿Por qué querría yo una estupidez de esas? —preguntó Bellatrix con sorna—. No me interesa convertirme en la lameculos de los profesores. ¿Tú sí? ¿Estás orgullosa de eso?

Dumbledore la había escogido como prefecta, lo que significaba que Amelia no podía empezar peleas en los pasillos, si no evitarlas. Por lo tanto, no iba a caer en las estúpidas e infantiles provocaciones de Bellatrix.

—¿Qué quieres?

—¿Qué podría querer de ti, Bones? —replicó Bellatrix, deteniéndose. Ahora había un corro de estudiantes que animaban la potencial pelea—. No te confundas. Solo estoy demostrándole su lugar a los traidores de sangre como tú.

Amelia suspiró y se dio media vuelta. No iba a lidiar con Bellatrix cuando estaba muriéndose de hambre. Bellatrix no valía la pena, se dijo mientras caminaba en dirección al Gran Comedor y escuchaba como algunos estudiantes de Slytherin se reían en voz alta. Probablemente ellos pensaran que estaba siendo cobarde al retirarse así y eso estaba bien, pensó, porque no iba a darles el espectáculo que tanto ansiaban.

Lastimosamente para ella —aunque mentiría si dijera que no disfrutó de toda la atención que Bellatrix le dio en quinto año— el escenario se repitió en el transcurso escolar. Pero no pasó mucho tiempo para que Bellatrix comprendiera que ni sus insultos ni provocaciones iban a conseguir nada en Amelia, así que empezó a usar a los estudiantes de años menores, a humillarlos frente a ella y, al fin, pudo conseguir lo que tanto deseaba.

—Déjalo en paz. ¿No tienes cosas más interesantes de hacer, cómo presumir de tu puro linaje o comparar la fortuna que guardas en Gringotts con tus amigos?

—Ay, ay, ay… ¿Qué pasa, Bones? ¿Estás celosa porque tu familia no tiene ni lo uno ni lo otro? ¿Intentas descargar tu furia en mí? Pues te equivocas de responsable, eh —señaló Bellatrix, dejando de apuntar con la varita al asustado alumno de Ravenclaw segundo año para hacerlo con Amelia—. Porque si quieres culpar a alguien, deberías hacerlo con tu patético padre y su estúpida decisión de aliarse con los muggles.

—No espero que tú entiendas sobre decencia humana básica —replicó Amelia con tono tajante—. Deja al niño en paz y baja la varita. Quince puntos menos para…

La carcajada atronadora de Bellatrix la interrumpió y esa pequeña distracción fue aprovechada por el chico de Ravenclaw, que no se lo pensó dos veces antes de huir despavorido. A Bellatrix no le importó que su presa escapara porque estaba concentrada en ella y Amelia se sintió aliviada de que el niño ya no estuviera cerca.

—¿Qué te has creído para quitarme puntos, Bones?

—Soy tu prefecta, Black —espetó Amelia, también sacando la varita de su túnica porque estaba hartándose—. Y ya que yo tengo una insignia y tú no, tienes que obedecerme. Quince puntos menos para Slytherin y una semana de castigo…

—Ni siquiera lo pienses.

—Slughorn está buscando a quién le ayude a limpiar los sesos de rana de los frascos. Estoy segura de que estará encantado de tenerte allí para ayudarlo, eres su estudiante predilecta.

—Esa estúpida insignia te hace sentir más especial de lo que nunca serás en la vida, ¿no?

—No —respondió Amelia. No pensaba continuar hablando, pero estaban solas en el callejón y le pareció que era el momento perfecto para escupir todo lo que llevaba años guardando—. Al contrario que tú, no necesito una insignia ni meterme con estudiantes más débiles que yo para sentirme mejor que nadie. No soy tan patética como tú. Así que, ¿por qué no dejas de mostrarme tu lado lamentable y te vas a clase de una vez?

Bellatrix sonrió y el fuego brotó de la ´punta de su varita. La llama no era lo suficientemente grande o veloz para suponer un problema, pero Amelia levantó un escudo de todas formas.

—¿Por qué no solucionamos esto de una buena vez?

—¿Otra paliza de mi parte no destruiría por completo tu frágil ego?

Su actitud era tan presuntuosa como nunca lo había sido antes, pero en realidad se mantenía alerta con su entorno y miraba con suma atención cada movimiento de Bellatrix. Sabía que esa muchacha no era pura palabrería, sabía que podía lastimarla si realmente quería y no tenía ninguna duda de que —como el resto de sus compañeros de casa— ya había experimentado con la magia oscura. Sin embargo, no le tenía miedo, no estaba ni un poco aterrorizada, porque Amelia también sabía —aunque no lo dijera en voz alta— que era tan excepcional como Bellatrix.

Y los hechizos y maldiciones no demoraron en volar de todas direcciones.

Evocar las memorias de su primer duelo de magos —el que realmente se puede considerar como el primero— infunde una extraña satisfacción en Amelia, sobre todo porque su contrincante fue Bellatrix Black.

Las cosas no hicieron más que acrecentarse desde ese punto: no hubo vuelta atrás. Bellatrix la buscó con muchas más ganas y Amelia se defendió —y atacó— con mucha más pasión. Así que su quinto año estuvo marcado por la feroz rivalidad con Bellatrix y Amelia lo prefirió así.

—Rogaría que evaluara mejor sus opciones —dice Voldemort con el mismo susurro bajo que le recuerda al sisear de una serpiente—. Si decide unirse a mi bando, tendrá una posición prestigiosa, estará por encima del resto de mis servidores. Es una bruja muy inteligente y me ha dado más problemas de los que me gustaría admitir, pero perdonaré todas sus ofensas si escoge pelear a mi lado. Sería una lástima que sus habilidades y la pureza de su sangre se desperdiciaran así.

—Lo harán si decido ayudarlo a continuar con el genocidio —replica Amelia con demasiada calma—. De todas formas, no espero que usted lo entienda.

Los ojos rojos de Voldemort se iluminan con el brillo asesino y Amelia sostiene con más fuerza su varita, aunque no retrocede ni un poco.

—Ese estúpido sentido de justicia tuyo te hace sentir que eres mejor del resto, ¿no? —escupió Bellatrix con furia. Amelia cerró con fuerza su mano en la muñeca de la chica, pero el agarre que Bellatrix ejercía en el cuello de su camisa no se suavizo. Nunca la había visto actuar de esa forma—. ¡Pues no lo eres, no lo eres! ¡No eres absolutamente mejor que nadie, solo eres una asquerosa presumida con algo de talento!

—¿Qué diablos te pasa? —preguntó Amelia, tan sorprendida como molesta. Estaba acostumbrada a que Bellatrix se metiera en su camino continuamente para incordiarle la existencia, estaba acostumbrada a sus insultos y a sus intentos de humillaciones, pero en esa ocasión ella estaba diciendo tantas cosas sin sentido que Amelia no pudo evitar no salirse del guion establecido para esos momentos.

Era de noche, el toque de queda había terminado y el pasillo estaba desierto. Solo eran ellas.

—Te voy a matar —dijo Bellatrix cuando la soltó. Su rostro, iluminado débilmente por la luz de una lampara cercana, denotaba tristeza y furia. Amelia no lo entendía.

—¿Qué te pasa? —insistió Amelia, ignorando sus amenazas.

Los orificios de la nariz de Bellatrix se expandieron y su pecho se infló. Amelia sacó su varita por instinto.

—¡No actúes como…! ¡No actúes como si no lo supieras!

—No soy adivina —replicó Amelia. Su varita estaba a centímetros de la nariz de Bellatrix, aunque la otra chica no pareció sentirse intimidada por el hecho; por el contrario, parecía estar envalentonada por la rabia—. ¿Qué es lo que te sucede? ¿Han embargado…? —Tenía planeado un último comentario socarrón, pero se interrumpió al pensar que no era el momento de hacerlo. Eso era probablemente lo que haría otra persona, quizá alguno de los compinches de Bellatrix amaría regodearse con la debilidad ajena, pero Amelia Bones no era como ellos.

Y jamás, se dijo entonces y se repite ahora, se pondría a la altura de ellos.

—¡Te odio! —gritó Bellatrix antes de darse media vuelta e irse.

Amelia se quedó en su lugar, pensando en lo que acababa de presenciar. ¿Debía detenerla y pedirle una explicación a su actitud sin sentido? ¿Debía exigirle que se detuviera para castigarla por estar rondando por los pasillos en la noche? ¿Debía incriminarla con alguno de los profesores, que igual que ella, daban sus rondas por el colegio en penumbra?

Amelia no obedeció su sentido de justicia en esa ocasión, aunque tampoco olvidó lo que había ocurrido. Pensó mucho en eso cuando fue a la cama y en el desayuno, al día siguiente. Tenía que descubrir lo que le estaba pasando y, por suerte, Bellatrix no haría mucho para evitarla.

—Vente puntos menos para Slytherin, Black.

No estaba sorprendida de encontrarla nuevamente fuera de la cama, había escuchado del otro prefecto de Hufflepuff que Bellatrix vagaba por el castillo en las noches, pero él nunca había querido enfrentarla directamente.

—Lárgate si sabes lo que te conviene, Bones —respondió la aludida sin voltearse a verla. Era curiosa la forma en la que las dos parecían detectar la presencia de la otra sin necesidad de mirarse.

—A mí no puedes asustarme, Black. Soy inmune a tus amenazas.

—Pero no a mi varita —replicó Bellatrix con odio mientras metía una mano en su bata de aspecto caro. Probablemente tuviera el pijama debajo—. Lárgate antes de que los tontos de Hufflepuff se queden sin la única bruja decente que han tenido en siglos.

—¿Lo dices en serio? Porque ya se ha demostrado en muchísimas ocasiones que no eres lo suficientemente buena como para eliminarme.

—¿Te quieres morir, Bones?

—¿Me harías el favor?

El hechizo de Bellatrix fue desviado hacia arriba por un movimiento rápido de su varita. Amelia casi podía jurar que la torre tembló cuando fue impactada, aunque segundos después estaba segura de que se lo había imaginado. Respiró y bordeó la pared, apuntando a Bellatrix en la oscuridad.

Ella estaba a un lado de la ventana, iluminada por las estrellas que brillaban en el amplio cielo. También enarbolaba su varita, amenazante, al mismo tiempo que sus ojos oscuros se mantenían fijos en Amelia. Una persona más cobarde que ella habría huido despavorida al ver el odio que iluminaba la mirada de Bellatrix.

—¿Por qué no?

—Baja la varita o vas a hacerte daño —sugirió Amelia con fingida calma.

Por supuesto, Bellatrix no le hizo caso y agitó el brazo; Amelia se agachó esta vez y, cuando escuchó al hechizo explotar en el lugar donde antes había estado su cabeza, pensó en cómo iba a explicarles eso al primer profesor que, alertado por el ruido, iría a investigar que estaba pasando.

Y luego, pensó que realmente no importaba lo que sucediera después, porque no iba a poder decir nada si no la tranquilizaba primero. Así que se levantó y contratacó, pero Bellatrix era ágil y su bata ondeo con el viento cuando ella se hizo a un lado para esquivar su encantamiento de desarme.

—No estamos jugando ahora.

—No quiero lastimarte, Black.

¿Y si Peeves se aparecía por allí, alertado por el ruido? ¿Cómo iba a deshacerse del molesto poltergeist? Realmente odiaba estar allí en ese momento; ya se había metido en demasiados duelos en los pasillos en el transcurso del año y su titulo de prefecto peligraba. No se estaba comportando como una alumna de quinto año.

La maldición de Bellatrix destruyó una ventana mohosa y el hechizo de Amelia se perdió en el hueco de la torre. Las cosas se habían puesto más intensas y Amelia tenía la sensación de que alguien saldría realmente herida de allí.

Hasta que sus temores se cumplieron.

Un rayo de luz morado brotó de la punta de la varita de Bellatrix y esta vez Amelia no lo esquivó: su hechizó impactó con el de Bellatrix y rebotó, dándole de lleno a la otra chica en el pecho.

Esperó que Bellatrix se levantara para contraatacar, casi ansiaba que se pusiera en pie y le lanzara una cantidad interminable de maldiciones y maleficios, pero ella no lo hizo. Amelia se quedó quieta e impaciente en su lugar mientras su respiración agitada inflaba y desinflaba su pecho con excesiva rapidez.

Y Bellatrix continuaba echada en el suelo.

Amelia se acercó lentamente. No tenía idea de lo que estaba pasando. La punta de su varita se encendió con la palabra que brotó de sus temblorosos labios y a la luz del hechizo pudo ver a Bellatrix tirada en el suelo. Tenía los ojos cerrados, los labios semiabiertos y su cuerpo daba pequeños espasmos.

Nunca antes había estado tan feliz de ver a la profesora McGonagall.

—¿Qué diablos haces aquí? —preguntó Bellatrix cuando Amelia, en silencio, se apareció tras las cortinas que ocultaban su cama del resto.

—Quería saber si te encontrabas bien.

—¿Esa sanadora inútil realmente te dejo pasar?

Se contuvo de defender a la Señora Pomfrey y respondió:

—Ella no sabe que estoy aquí.

Bellatrix levantó tanto las cejas que Amelia pensó que desaparecerían en el improvisado flequillo que tenía en la frente. Parecía que la había sorprendido mucho.

—¿Por qué? ¿Quieres venir a burlarte de mí? No has ganado nada, Bones, solo… solo estaba distraída.

—Lo sé —cedió Amelia, no valía la pena discutir—. ¿Cómo estás?

Bellatrix empezó a reír, pero casi al instante tuvo que detenerse para sostenerse uno de los costados, parecía que le dolía. Amelia hizo el amago de extender una mano, pero la chica se lo impidió con una gélida mirada.

—¿Te sientes culpable ahora?

—Yo no te ataque —objetó Amelia con tono neutral—. Solo estaba defendiéndome.

Y Amelia estaba segura de que Bellatrix sabía que decía la verdad, pero, quizá para torturarla, se encargó de hacerla sentir culpable por el resto de días. Sin embargo, Amelia no desistió por su actitud mezquina y continúo metiéndose a hurtadillas en la enfermería cuando se suponía que debía estar en el Gran Comedor con el resto de sus compañeros. Y, por alguna extraña razón que solo Bellatrix podía entender, nunca fue delatada.

Realmente ninguno de los profesores la creyó responsable de haber usado magia oscura contra Bellatrix, sin embargo, eso no la libró de ser castigada y llevarse un buen par de amenazas de la familia de la chica —aunque, de todas formas, su padre le aseguraba que no tenía nada de qué preocuparse, que él se encargaría de mantener a raya a Cygnus Black—. Pero no le importaba lo que el colegio pudiera hacer con ella y mucho menos las amenazas de los Black, no estaba arrepentida por defenderse —y su padre compartía su opinión—, pero si se sentía un poco culpable de que Bellatrix estuviera tumbada en una de las camas de la enfermería bebiendo seis diferentes tipos de pociones todos los días.

Se sintió un poco mejor cuando al fin le dieron el alta, aunque la actitud hosca de la chica no mejoró ni un poco. Bellatrix se encargó de contarle a todo quien quisiera escucharla que Amelia había intentado matarla, pero solo los Slytherin parecían molestos por eso porque para los estudiantes de Hufflepuff —y algunos alumnos de Ravenclaw— Amelia se había convertido en una especie de heroína.

Eso le desagradaba más que ninguna otra cosa.

—¿Crees que es divertido?

Amelia se interpuso entre Bellatrix y la entrada a la misma torre de antaño. Las cosas habían cambiado: ahora no era Bellatrix quien la buscaba para incordiarla, si no era Amelia quien la interceptaba para pedirle que se dejara de estupideces.

Bellatrix la miró de arriba abajo con aburrimiento y luego respondió:

—¿Tú? En lo absoluto.

Una de las armas que Bellatrix usaba para intimidar era su porte: era más alta que el promedio de mujeres en Hogwarts. Sin embargo, ese truco no le funcionaba en Amelia, porque ella no tenía nada que envidiarle. Su madre también era alta, casi tanto como su padre, y ella había sacado —en palabras de sus progenitores— lo mejor de los dos.

—Sabes de lo que estoy hablando, Black. Pero si lo has olvidado, voy a recordártelo: no puedes andar merodeando por el castillo después del toque de queda, lo tienes tajantemente prohibido.

—¿Y quién va a enviarme de vuelta al dormitorio? ¿Tú? —Bellatrix sacó una mano de la gruesa bata que la protegía del frío invernal y colocó un dedo en el pecho de Amelia—. ¿Qué vas a hacer?

Nada. No iba a volver a usar magia contra Bellatrix después de los eventos del mes pasado y odiaba que ella la conociera tan bien. Amelia se mordió el labio y su propia mano se cerró en la delgada muñeca de Bellatrix.

—Vete a la cama o alertaré a algún profesor de esto.

—¿Por qué mejor no sacas tu varita y me obligas a ir a la cama? ¿No es eso lo que traes aquí? —Bellatrix metió la mano en uno de sus bolsillos y (gracias a la absoluta calma del castillo) Amelia escuchó a sus dedos cerrarse en su varita—. ¿O… es que no quieres incidir? —añadió con malicia, acercándose tanto y tan abruptamente que Amelia se quedó momentáneamente en blanco al comprender lo cerca que estaban sus narices.

No hubo una respuesta de su parte y Bellatrix pareció divertirse con eso. Dio media vuelta y, sin que Amelia pudiera hacer algo para detenerla, se metió en la torre vacía.

¿Cuánto tiempo se quedó parada allí, sin comprender lo que había pasado? Probablemente fueras horas de interminable agonía o, por otra parte, fugaces segundos en los que decidió que no tenía caso volver a meterse en problemas por Bellatrix. No podía saberlo entonces, recuerda ahora con tristeza y alegría, pero ese sería el momento que cambiaría su vida para siempre.

Esa fue la noche en la que se enamoró de Bellatrix Black.

La chica continúo apareciendo en la misma torre cada noche y Amelia siempre estuvo tras de ella, intentando comprender porque estaba tan interesada en ese lugar. La espió todas las noches, obviando sus deberes de prefecta para asomar la cabeza en la puerta, esperando encontrar algo. Sin embargo, Amelia se llevó fiasco tras fiasco porque el interés de Bellatrix por ese lugar no parecía deberse a otra cosa que la vista.

Era frustrante y hasta decepcionante, toda su vida había relacionado a Bellatrix con la magia oscura y descubrir que estaba allí solo para mirar las estrellas la hacía sentir hasta culpable por no creerla capaz de algo tan inocente.

Y una noche de invierno, pocos días antes de las vacaciones de Navidad, ocurrió lo que Amelia anhelaba sin saberlo:

Bellatrix rompió la rutina habitual de intimidación mutua y la besó en los labios.

Y luego se largó, riéndose a carcajadas, dejándola con el corazón en la mano y la cabeza llena de interrogantes.

Así que tuvo que enfrentarla.

—¿Qué fue eso? —preguntó Amelia. Cerró la puerta después de entrar tras ella.

Bellatrix se giró y, gracias a la luz proveniente de la luna, Amelia pudo ver la sonrisa cínica que iluminaba su rostro.

—¿No te gustó?

Siempre consideró que la honestidad era una de sus mejores cualidades, así que se obligó a no responder esa pregunta. Sin embargo, Bellatrix se burló de su silencio.

Porque, sin quererlo, Amelia había respondido.

Bellatrix fue hacia ella y la besó. Una y otra y otra vez. Tantas veces y de tantas formas diferentes que Amelia, totalmente rendida a su presencia, no pudo ni quiso hacer nada para detenerla.

Y, como ocurría siempre con ellas, esa se convirtió en su nueva rutina.

Recuerda con melancolía esos momentos porque formaron parte de una vida mucho más feliz, aunque también fueron el inicio de una historia que ni la muerte le permitirá olvidar. A dónde sea que se dirigiera, Amelia está segura de que se llevará esos recuerdos consigo, grabados por la eternidad en su alma.

Aunque en ese tiempo no pensaba en las consecuencias de sus acciones, si no en las razones que llevaron a Bellatrix a besarla tan abruptamente.

—¿Por qué?

—¿Nunca has pensado que solo deberías vivir el momento? ¿Es imposible para ti ponerle un poco de diversión a tu vida?

—Black…

Pero sus protestas fueron acalladas por los labios de Bellatrix y una pared fría. Sus defensas no demoraron en desmoronarse y Amelia le devolvió el beso mientras sus dedos se cerraban con cuidado en la cintura de Bellatrix.

Habían vuelto al colegio después de dos semanas y, si era totalmente sincera consigo misma, Amelia extrañaba estar cerca de Bellatrix. Sus cuerpos se juntaron y Amelia sintió al corazón de Bellatrix latiendo muy cerca de su pecho. Estaban demasiado cerca, estaban solas en el pasillo y todo estaba muy oscuro. La conclusión fue inevitable.

Tuvieron sexo en un aula abandonada, sobre un pupitre viejo e iluminadas con la débil luz de la luna. La inexperiencia y el nerviosismo gobernó esa noche porque ninguna tenía idea de lo que debía hacerse, porque era la primera vez para ambas y, sin embargo, se las arreglaron para disfrutarlo.

Fueron tiempos de diversión y disfrute, de aventura, emoción y placer. Amelia había seguido al pie de la letra cada una de las reglas del colegio y se había encargado de que todos sus compañeros también lo hicieras, y sin embargo aprovechó cada momento para escabullirse en aulas abandonadas a altas horas de la noche para encontrar un lugar donde encerrarse con Bellatrix.

Era maravilloso.

Era maravilloso acostarse sobre el brazo extendido de Bellatrix y ver a su pecho desnudo subir y bajar. Entonces, Amelia estiraba una mano y sus dedos se deslizaban por los lunares de Bellatrix, dibujando líneas sin sentido sobre su piel. Y luego Bellatrix reía —una risa tan pura e infantil— y Amelia se sentía tan feliz…

Tan, tan feliz, que estaba segura de que su felicidad no cabría entera en esa sala desconocida que las había provisto de camas y cojines. Nunca le importó averiguar su naturaleza y mucho menos desentrañar el misterio, era su lugar seguro y no iba a retribuirle con otra cosa que el más sincero de sus agradecimientos.

—Endereza la espalda, Bones. ¿Qué es esa postura tan indigna? ¿Tu madre ha caído tanto en deshonra que no le enseñó a su hija a caminar como una dama?

Bellatrix estaba acompañada de sus dos hermanas menores: Andrómeda y Narcissa. Ambas demasiado parecidas a ella en apariencia y actitud: Andrómeda arrugó la nariz con asco cuando la vio y Narcissa puso una cara que sugería que estaba oliendo mierda. A Amelia no le importó el comentario de Bellatrix y mucho menos las risas que lo acompañaron, no se sentía tocada en lo absoluto porque sabía que era la extraña forma que tenía la chica de saludar y asegurarse de que todo estaba bien.

Bellatrix era así y, muy a su pesar, la amaba profundamente. ¿Cómo podría enfadarse con ella?

—¿Va a rechazar mi invitación? —pregunta Voldemort. Sus ojos rojos brillan despiadadamente mientras una mano pálida, como serpiente, se desliza por su túnica. Amelia siente el peligro.

—Es lo que he tratado de decirle todo este tiempo —responde casualmente, como si estuviera hablando con alguno de sus viejos amigos y no con el asesino más grande que ha conocido el mundo mágico.

Es cuestión de tiempo para que la barbarie comience y su único consuelo es que no va a torturarla para divertirse, porque ese no es su estilo, si no el de la mujer con la que una vez tuvo una cita en un pueblo cubierto de nieve.

—¿Tienes frío, Bones? —A pesar de su tono burlón y actitud incrédula, Amelia sabía que Bellatrix estaba genuinamente preocupada por ella. Asintió lentamente y ocultó las manos en su chaqueta.

No esperaba que Bellatrix le pusiera su propio abrigo sobre los hombros. Su repentina amabilidad la tomó por sorpresa.

—Es de piel de dragón, probablemente lo más caro que has usado en tu vida. Cuídalo bien.

Esa era ella realmente.

—No lo necesito —objetó Amelia, intentando quitárselo muy a su pesar. Sin embargo, las manos de Bellatrix se cerraron en sus hombros y la obligaron a mantenerlo puesto.

—Insisto, quédatelo.

Fue un detalle impensado y Amelia lo atesoró como si fuera su posesión más valiosa, el eterno recuerdo de que Bellatrix realmente la había amado.

Su felicidad fue incuestionable e incapaz de ser opacada por todo lo que se cocía fuera del colegio. Durante su sexto año, Amelia Bones se sintió como la mujer más afortunada del mundo solo por compartir noches enteras con Bellatrix Black.

Lo habría dado todo para que la fantasía durara por siempre.

Pero todo se desplomaría eventualmente ¿y qué podría hacer ella para detenerlo?

—Parece que Cygnus finalmente acaba de elegir de entre los muchos pretendientes a un marido para su hija —dijo su padre pocos días antes de que Amelia volviera a clases para cursar su último año en Hogwarts. La noticia le cayó como un balde de agua fría, pero se aferró a la efímera esperanza.

—Podrías ser más específico. Cygnus tiene tres hijas —respondió su madre.

—La mayor —aclaró él y el corazón de Amelia se retorció de dolor—. Ni siquiera ha cumplido la mayoría de edad y ya está comprometida. Pero parece que esperaran a que termine el colegio, al menos esa familia conserva algo de decencia.

Su corazón se rompió en mil pedazos.

Y, sin embargo, se las arregló para fingir que no sabía nada y continuó saliendo con Bellatrix todas las noches. Esperaba que Bellatrix se sincerara con ella, que le dijera la verdad y le pidiera una salida. Amelia habría estado encantada de que Bellatrix le rogara por ayuda, por una manera de escapar de ese compromiso, pero los meses pasaron y nunca hubo sinceridad de su parte.

Hasta que Amelia la confrontó.

Y su mundo se cayó en mil pedazos.

—¿Vas a casarte con él? ¿Con Rodolphus Lestrange?

Bellatrix tragó saliva y se alejó de ella, colocándose frente al hueco donde la luz de la luna impactaba directo en su cabeza. Era una vista tan mágica como dolorosa.

—No tengo otra opción.

—¿Y cuándo planeabas decírmelo?

—¿Por qué sería importante que lo supieras, Bones? —increpó Bellatrix con odio y a Amelia no le sorprendió, sabía mejor que nadie que Bellatrix respondía con violencia cada vez que se le acababan las razones.

—Soy tu… novia.

Bellatrix se burló y Amelia lo entendió: la declaración fue tan infantil, tan fantasiosa…

—¿Realmente? —preguntó, levantando una ceja. Amelia se preparó para responder, pero Bellatrix continuó—: Solo fue un experimento, las mujeres de sangre pura llevan acostándose con sus compañeras de cuarto por años.

—¿De qué estás hablando?

Bellatrix se giró y escondió las manos en los bolsillos de su bata. Sus labios se contorsionaron en una sonrisa malvada.

—Tenemos que llegar vírgenes al matrimonio, pero no importa realmente si tienes sexo con otra mujer, ¿no? ¿Tu madre no te hablo de eso? ¿Realmente el loco afán de tu padre para proteger a los muggles les ha hecho olvidar las tradiciones de los sangre pura?

El recuerdo de cómo se sintió esa noche se mantiene muy vivido y doloroso en su mente. Amelia fue incapaz de olvidar la sonrisa malvada de Bellatrix y mucho menos el bajo siseo en el que se convirtió su voz cuando dijo:

—¿O qué, esperabas ser algo más que mi juguete? Pensé que eras inteligente, Bones.

No la abofeteó, la golpeó y mucho menos la maldijo como quiso; simplemente respiró hondo y se largó con las estruendosas carcajadas de Bellatrix resonando en el aula vacía.

Y, sin embargo, no la odió. No pudo odiarla.

—¿Sus principios son más valiosos que su vida? —La voz de Voldemort la trae de regreso a la realidad y sus palabras consiguen que su sonrisa nostálgica flaquee. Amelia recuerda haber escuchado esa pregunta antes.

La escuchó saliendo de los labios de Bellatrix.

—¡No puedes pedirme que sea parte de…!

—¡Pero él puede ayudarnos! —replicó Bellatrix. La furia y la tristeza se mezclaban en su bello rostro—. Escúchame… Él… Si él consigue reponer el lugar de los magos en el mundo…

—Con un genocidio de muggles —la interrumpió Amelia, aterrada y conmocionada—. No puedes pedirme… Ni siquiera… ni siquiera…

—Nos ayudará, realmente lo hará —susurró Bellatrix en voz baja, acercando sus labios a la mejilla de Amelia. Ese toque se había sentido tan cálido y amoroso antes, le había transmitido tanta paz y comodidad, y, sin embargo, ahora le ponía la piel de gallina—. Escúchame, por favor, escúchame… Te amo, ¿entiendes? Te amo. Y… y… Él va a ayudarnos… Tendré que casarme con Lestrange, pero si peleamos a su lado, si le servimos… Él puede ayudarnos… podemos casarnos después y…

Su mano se cerró en la muñeca de Bellatrix y ella se cayó para que sus ojos llenos de lagrimas la miraran. Y, entonces, Amelia apeló a la esperanza.

Fue una estupidez.

¿Pero alguien podría culparla por intentar salvarla del pozo sin fondo en el que, Amelia sabía, iba a meterse?

—Ven conmigo —dijo con seriedad, esforzándose para controlar los espasmos de su cuerpo—. Ven conmigo cuando terminemos el colegio, vamonos juntas a… a dónde quieras, realmente no me importa… pero… Ven conmigo, voy a protegerte con mi vida.

Y podía jurar que, por un momento, la expresión en el rostro de Bellatrix le dijo que sí.

—¿Qué estupideces estás diciendo? —inquirió Bellatrix, alejándose de su rostro para mirarla con incredulidad—. No puedes protegerme de mi familia. Pero… pero si aceptas mi oferta, si me dejas… Los traidores a la sangre son tan asquerosos como los sangre sucia… ¡También te matarán! Pero si me dejas… yo puedo cuidarte, yo realmente puedo…

—¿A qué costo, Bellatrix? —la interrumpió, colérica, mientras la empujaba con las manos—. ¡Ya te lo he dicho, no voy a participar en un genocidio!

El silencio se extendió por la habitación vacía en la que Bellatrix la había encerrado para hablar en contra de su voluntad. Amelia miraba fijamente a la otra chica, aún sin poder creerse todas las cosas que le estaba diciendo.

—¿Ni siquiera por mí? ¿Ni siquiera para que podamos estar juntas?

Amelia supo entonces que no era la única alma destrozada de la noche.

Pero ni la tristeza con la que Bellatrix pronunció esas palabras consiguió hacerla cambiar de opinión.

—Ni siquiera por ti —declaró Amelia con la voz firme y el corazón roto en miles de pedazos—. Pero si me dejas protegerte…

Pero no pudo terminar de hablar porque fue impulsada hacia atrás y se estrelló contra los pupitres que estaban tras de ella. El dolor de sus costillas era insoportable, pero no se comparaba ni un poco con el sufrimiento que experimentó al ver a Bellatrix marcharse por la puerta de madera.

No fue tras ella.

Porque era —y sigue siendo, se dice con amargura— una causa perdida.

Semanas después de esa noche, su séptimo año llegó a su fin. Amelia se propuso olvidarla, enterrarla en lo más profundo de su mente y fingir que Bellatrix nunca existió, pero no le funcionó. Nada de lo que hizo funcionó.

Lloró noches enteras cuando se enteró que Bellatrix se había casado con Rodolphus. No importó cuanto se dijera que era una estupidez, que realmente no la había perdido porque ella nunca fue suya, no importó que se aferrara a los hechos e intentara apelar a la razón, lloró y lloró hasta que estuvo segura de que ya no tenía más lágrimas que derramar.

Y luego Bellatrix se desapareció del mapa y Amelia se dedicó de lleno a su trabajo, destacándose con rapidez entre los aurores. Era excepcional como todos vaticinaban, se convirtió en un elemento importante, imprescindible, y participó en decenas de batallas contra los mortifagos que poco a poco tomaban poder.

Y aunque se encargó de varios de los seguidores de Voldemort, él mismo hombre que ahora tenía frente a sus ojos, no pudo hacer nada para refrenar la guerra que se alzaba sobre el mundo mágico.

Mucho menos cuando supo que su mayor temor se había hecho realidad.

—¡ES ÉL, ES ÉL! —Una mano temblorosa tiraba de la manga de su túnica, intentando devolverla hacia atrás. Pero Amelia se mantuvo en su lugar, con los ojos abiertos y el corazón apretado en el puño. Reconocía a la perfección los movimientos y la risa escandalosa de la figura encapuchada que estaba a un lado de Lord Voldemort.

Era ella.

—¡RETIRADA, RETIRADA! —gritó otro auror al resto de sus compañeros.

Y la misma mano temblorosa que tiró de ella la hizo girar sobre su eje para luego aparecerla en un frío callejón del Londres muggle.

Sus rodillas se doblaron y su cuerpo cayó sobre la sucia pared de ladrillos. Nadie se sorprendió, nadie la auxilió, todos atribuyeron su estado a la presencia de Voldemort y ella nunca se preocupó por corregirlos de su error.

¿Por qué no se los dijo entonces? ¿Por qué no la delató con el ministerio? ¿Por qué la protegió y le dio la libertad de seguir destrozando familias enteras?

¿Realmente su vida fue tan admirable cómo siempre escuchó decir?

No, esa es la cruda respuesta, pero ¿de qué sirve revelar lo peor de uno a su peor enemigo?

—Repito: no creo que usted entienda de principios y justicia, pero creo que es capaz de entrever cuando una causa está completamente perdida —contesta Amelia mientras lo apunta con su varita—. ¿Por qué no terminamos con esto de una vez, Voldemort?

Y él la imita.

Va a morir, se repite, no para asustarse, si no para infundirse valor, va a morir. Va a morir y lo único que puede hacer es pensar en Bellatrix.

—Se los ha traído ante la Junta de la Ley Mágica —dijo Crouch— para que podamos juzgarlos por crímenes tan atroces...

Pero Amelia ya no lo escuchó: sus ojos y todo su ser estaban atentos a la delgada figura que se sentaba en la silla de piedra como si se tratara de un trono. Era Bellatrix Lestrange, con varios años y pecados despreciables de más.

Bellatrix la miró y Amelia esperó de todo corazón a que suplicará como lo estaba haciendo el niño Crouch, que rogara por perdón, que intentara colaborar con el ministerio por su libertad, pero su gesto altivo jamás desapareció de su rostro. El mensaje fue tan claro como el dolor que atravesó su corazón: Bellatrix eligió ir tras de él, y Amelia escogió detener a las brujas como ella. Nunca tuvieron una oportunidad.

Le habría encantado no volver a verla nunca más, habría adorado que Bellatrix fuera sepultada para siempre en su fría celda de Azkaban y sin embargo…

—Pudimos haberlo hecho mejor.

Las facciones de la bruja se contorsionaron en una maligna sonrisa. Amelia no pudo reprimir la punzada de dolor que atraviesa su corazón; esa es Bellatrix, la misma Bellatrix que conoció en Hogwarts y de la que se enamoró en una torre, aunque Azkaban hizo lo suyo con su rostro, volviéndolo delgado y cadavérico, con su cuerpo, que ahora luce desnutrido y enfermo, y también acrecentó el brillo desquiciado de sus ojos; pero, aun así, seguía siendo Bellatrix. Su Bellatrix.

—Pudimos haberte ahorrado todo ese sufrimiento —continuó Amelia, bajando la varita, abandonando toda intensión de luchar, aunque sabía que sus habilidades y las de Bellatrix estaban igualadas.

—¿A dónde me habrían llevado tus fantasías infantiles? ¿A una casa en medio de la nada con varios niños corriendo alrededor? —preguntó Bellatrix, mirándola con altivez. Amelia sonrió, ni siquiera la prisión pudieron hacer algo con sus modales y su actitud de niña rica.

—No a Azkaban. Estoy segura.

—Estaría muerta ahora.

—Andrómeda sigue...

—¡No pronuncies ese nombre!

La casa tembló, las tablas crujieron, el polvo se levantó del suelo por la magia incontrolable de Bellatrix.

Amelia suspiró.

—Pudimos haberlo hecho mejor.

—Podemos hacerlo mejor ahora —replicó Bellatrix con alegría—. Él te quiere.

—Es muy optimista de su parte creer que me uniré a él después de lo que le hizo a mi familia —contestó Amelia. Su mano se cerró en la varita y un hilo de fuego brotó de ella, quemando la raída alfombra que está bajo sus pies. Bellatrix río.

—Ellos fueron directamente contra él.

—Y yo también. Encerré a muchos de sus seguidores. ¿Para qué me querría, para felicitarme?

—Eres valiosa —contestó Bellatrix con suavidad—. La muerte alcanzará a todos los que se le opongan. Pero tú puedes salvarte. Todavía tienes un hermano, ¿no?

—No voy a hacerlo.

—Ya no eres una chiquilla con ínfulas de superioridad, sabes todo lo que está en juego. ¿No has perdido a demasiada familia ya? Es de tu vida de la que estamos hablando.

—No insultaré su memoria ni traicionaré a mis ideales —dijo Amelia con seguridad, pero sin levantar la varita—. Así que, si vas a matarme, hazlo de una vez. Es tu oportunidad, ni siquiera lucharé. ¿No es lo que haz querido hacer desde que nos conocimos en Hogwarts?

Bellatrix apretó los dientes y la apuntó con la varita, la furia se asoma por sus ojos negros. Amelia la miró y sonrió, porque eso siempre la enloqueció en el colegio: Bellatrix odiaba que sus víctimas no le tuvieran miedo. Y si Amelia iba a morir, lo haría sabiendo que la incordió en sus últimos momentos de vida. No tenía miedo.

—¡BONES!

Voldemort grita y los hechizos mortales empiezan a salir de su varita. Amelia los repele uno por uno y contraataca, valiéndose de su habilidad innata y de todo lo que aprendió en sus misiones como auror.

Pero pronto la realidad se hace presente y ella comprende que no es suficiente.

—Todavía puede reconsiderar sus opciones —dice Voldemort, aunque Amelia sabe que solo se está burlando de ella—. ¿Me servirá?

Su respuesta es un maleficio que rebota en el escudo invisible que Voldemort ha montado.

Amelia sonríe.

¿Bellatrix llorará por ella cuando la noticia de su muerte llegue a sus oídos? ¿Sufrirá al saber que se ha convertido en un frío cadáver o se regodeará junto al resto de sus compinches? ¿Lamentara su pérdida o se alegrara de que Amelia al fin este muerta? ¿Qué hará Bellatrix cuando sepa que sus advertencias se hicieron realidad?

Sonríe otra vez.

La respuesta la deja irse con tranquilidad.

No se sabe nada de la juventud de Amelia ni de Bellatrix, y a mí me gusta imaginar que fueron contemporáneas, porque además encuentro que son muy parecidas entre sí (las dos brujas de sangre pura que fueron consideradas como las mejores del bando en el que pelearon). Las amo y esta idea llevaba meses rondando por mi mente, así que agradezco haber tenido la oportunidad de escribir esto jsjsjs.

Y pues, se me quedaron varias subtramas pendientes, pero ya no pude hacer más. Siento que hay muchas cosas que se me quedaron, pero aaaaah. De todas formas, me gusta el resultado y espero que a ustedes también. ¡Apreciaré leer sus comentarios!

Y ya, es la primera vez que consigo participar en un reto del foro y estoy nerviosa. ¿Qué debo hacer a partir de ahora?