Disclaimer: Los personajes de Supernatural no me pertenecen sino a Eric Kripke.
Disfrútenlo.
._._._._.
Tanto Sam como Dean se habían mirado un sin fin de veces a lo largo de sus vidas, pero como en toda buena historia siempre hay un momento exacto en el que todo cambia, se deforma y evoluciona a algo que no está mal, pero que tampoco parecerá bien al principio. Bueno, no hasta que se pierda el miedo a lo desconocido.
No se sabe quién fue el que lo inició, simplemente saben que llegaron al amor a través de una mirada tan distinta a las que siempre habían tenido desde el uso de razón.
Eran pasadas de las dos de la madrugada y Dean se encontraba sin poder dormir, preocupado hasta la médula por su hermano, algo que llevaba haciendo desde que su madre lo supo en sus brazos, pero sin importar el tiempo transcurrido nunca será demasiada su preocupación por Sam.
Un suspiro traicionero escapa de sus labios. A Dean le preocupaba no saber qué pasará con Sam cuando él tenga que pagar su contrato y pasar hasta el fin de los tiempos en el infierno.
Sabe que Sam era lo suficientemente capaz para cuidarse solo, y de paso acabar con un nido de vampiros sin ayuda alguna. Sabe que Sam era fuerte, valiente, soñador, noble, caritativo y un excelente hermano, sin importar los roces que tengan a través de las largas y tortuosas cacerías.
Pero, su preocupación iba mucho más allá de la de un hermano mayor, no, su preocupación era la de un amante y era todo ese amor más allá de lo fraternal lo que le tiene en vela.
Escucha y siente a Sam removerse a su lado en la cama, buscando el calor de su cuerpo, y Dean no duda en brindárselo envolviendo sus brazos alrededor de ese cálido cuerpo. Hasta que no sea arrastrado al infierno no dejará de darle a Sam todo lo que le pida, incluso si exige su corazón en una bandeja le obedecería con tal de hacerle feliz, mientras aun pueda.
Dean acerca su nariz a la cabellera castaña, inhalando con fuerza, nutriéndose de ese exquisito aroma tan especial que podría reconocer entre miles. Sam le atrae hacia su órbita y sin darse cuenta se descubre besando su frente, luego pasa a poner un casto beso en esa respingada nariz y así mismo termina su recorrido en esa dulce boca. Con Sam cerca siempre encontraba algo de paz en la tormenta que era su cabeza.
Le angustia saber que el momento en que deje este mundo Sam quedara solo, bueno, tendrá a Bobby y a otros amigos cazadores, pero no será lo mismo. La soledad que abarcara el corazón de su hermano será más grande y desoladora que para cualquier otro ser humano. Ellos siempre se han tenido ante la muerte de una madre y la constante ausencia de un padre, siempre ellos contra el mundo, lástima que no podrá mantener su promesa.
Al tener a Sam entre sus brazos y sentir el calor de su cuerpo desnudo bajo la sábana, al sentir los latidos de su corazón contra su pecho y al ver como ese pecho bronceado subía y bajaba, en momentos como ese donde el mundo dormía y solamente él podía contemplar esa belleza de ser humano era que sentía el pensamiento culposo de querer rebobinar el tiempo y desacreditar esa mirada tan única y llena de vida que le permitió a Sam entrar en su corazón y hacerse un nido perfecto. Dándole aún más valor a sus tristes días de cazador y de hermano mayor.
Fue en la cacería del Raw head, cuando Dean termino siendo electrocutado por su propio descuido. Al despertar en el hospital fue como si cada parte de su ser doliese ante cada pequeña respiración, existir dolía, por eso se alegró traicioneramente cuando el doctor le comunicó el fatídico diagnóstico. Su existencia dejaría de dolor y solamente eso importaba.
No fue hasta que Sam entró en la habitación, luciendo tan abatido e incluso más moribundo que el mismo Dean. Fue esa mirada que decía la magnitud de su dolor, era un todo y nada en una sola mirada y todo iba dirigido hacia él.
Su corazón dolió y no precisamente por la descarga eléctrica, no, ese dolor que sintió era Sam haciendo un espacio en su maltrecho y maltratado corazón.
Las consecuencias de su nueva oportunidad de vivir habían sido desastrosas al enterarse que su vida había sido cambiada por la de un inocente. Dean sabía que tendría que sentirse mal por vivir la oportunidad de alguien más, pero con cada mañana viendo el rostro de Sam se sentía bien siendo egoísta y gozando de esa vida técnicamente robada.
Una semana después de romper el amuleto y liberar a la parca atada fue que Dean decidió aclarar la obvia necesidad carnal que había nacido entre ellos. Desde ese entonces su vínculo se había fortalecido más que nunca.
Un movimiento llamó su atención, dándose cuenta que Sam estaba despierto y mirándole con la misma admiración de siempre, esa mirada que se perdería a la hora de abandonarle a su suerte.
—Oye, ¿no puedes dormir? —Sam bostezó, surcando un brazo sobre el pecho de Dean, tratando de disfrutar lo máximo posible el calor de ese cuerpo.
—No contigo siendo una constante distracción. Además de que haces unos soniditos demasiado tentadores mientras duermes —Dean comentó con diversión mientras se inclinaba y besaba esos adictivos labios.
—Quizás estaba soñando con ese sujeto en Arkansas que según tú me estaba coqueteando, quizás estaba soñaba que él me agradecía por salvarle la vida de una forma poco particular... Auhss ¿por qué me pellizcas? —chilló indignado y un poco adolorido por el repentino pellizco en su brazo.
—Porque eres un idiota, además, ni siquiera estabas haciendo un sonido así que dudo mucho que ese estúpido lame botas estuviese en tus sueños —protestó Dean, haciendo un ademan de apartar a Sam de su lado.
—Si sabes que estoy inventado cosas ¿por qué te enojas? —Sam lo miró con gracia y algo de ternura, su hermano era tan fácil de chinchar.
—Porque no soporto que alguien ajeno a mi persona te toque, ni siquiera siendo en sueños. Eres mío y mientras aun quede un último respiro en mi cuerpo serás mío —agregó con ferocidad.
Sam se colocó de costado, apoyándose en un codo para alzarse sobre Dean. Su boca tomó esos carnosos labios y le sacó un sinfín de bellas notas, Dean podría ser cualquier instrumento sobre la tierra y aun así Sam sabría cómo tocarlo sin equivocarse.
—Soy tuyo y lo seguiré siendo aun cuando te vayas —susurró sobre los húmedos labios de su amante.
La habitación se encontraba en penumbras, pero ninguno de los Winchester se sintió en la necesidad de buscar una fuente de luz. Hablar de la vida y la muerte a tan pocos meses de que finalizase el contrato con el demonio era algo que quedaba bien en la oscuridad, al lado de esas charlas tan intimas que a plena luz se verían indecentes y aterradoras.
—No, no puedes hacerte eso —Dean estiró su mano y ahuecó la cálida mejilla—. Mira, no te estoy pidiendo que cuando yo no esté aquí salgas corriendo a los brazos de cualquier chica que…
—O chico —le interrumpió Sam con una sonrisa muy restringida para no enfadar a su celoso novio.
—Sam.
—¿Qué, Dean? Sabes que me atraen más los penes que las vaginas —añadió sin pena alguna, aunque a la altura de su relación ser tímidos ya no venía al tema.
Dean no pudo evitar ahogar una risa ante el reclamo de su chico. Dios, Sam era tan descarado algunas veces.
—Pues eso se acaba después de mi muerte. No puedo siquiera concebir la idea de que algún idiota te toque como yo te tocó —gruñó entre dientes.
Sabía que lo que se escuchaba en su voz eran celos absurdos, pero la imagen de Sam con otro hombre hacia que se le revolviese el estómago. Sam era una criatura hermosa, valiente, duro como el acero, pero también de gran corazón y Dean temía que esa gran virtud terminase siendo una desventaja que le traería un mundo de dolor.
—Nadie nunca jamás me tocara como lo haces tú, Dean —Sam tenía la certeza que tras esas palabras iba una promesa por el gran amor que le tenía y le seguiría teniendo a Dean después de su partida—. Anda, tócame una y mil veces más para que mi cuerpo y mente nunca te olviden.
Dean se tragó cualquier comentario sarcástico y en cambio se sintió destrozado de una manera increíblemente hermosa. Solamente Sam tenía el poder de detener su corazón y ponerlo en marcha con una mirada.
En un inesperado movimiento, Dean se giró para quedar sobre Sam. La sábana entre tanto movimiento había quedado reducida a un montón en el suelo, dejando así sus cuerpos desnudos, sin interferencia alguna para no rozarse hasta volverse locos de placer.
Instintivamente Sam se abrió de piernas para que Dean se acomodase. Sin saber cómo lograría seguir viviendo después de que Dean muriese, prefirió centrarse en todas las sensaciones que estaba experimentando su cuerpo, iniciando por esa enloquecedora succión en su pene mientras que unos dedos aventureros marchaban hacia su agujero palpitante.
—Dean —gimoteó al tener tres dedos dentro—. Estoy listo, saca tus dedos y méteme tu verga.
Dean se rio con el pene de Sam en su garganta, creando una vibración inesperada para su chico. Diablos, y pensar que hace menos de cinco minutos Sam le estaba hablando de lo más bonito y ahora no tenía reparos en ser sucio y ser un mandón.
—Lo que mi princesa quiera —Un fuerte apretón a sus dedos aun enterrados en el culo de Sam le hizo seguir ordenes como un buen soldado.
Dean abandonó el trasero de Sam y subió para darle un beso apasionado y asfixiante, y justo cuando Sam estaba necesitado de tomar aire fue allí cuando Dean se enfundo en ese apretado agujero, robándole aún más el aliento a su castaño favorito.
—Joder, Dean —Sam lloriqueó, subiendo sus piernas sobre las caderas de Dean, sintiendo como su hermano llegaba más profundo en esa posición—. Haz que no lo olvide.
—Así lo hare, mi amor. Haré que me sientas con cada suspiro que escape de esa bella boca —aptó seguido Dean comenzó a llevar un ritmo enloquecedor mientras que su mano se movía al miembro de Sam.
Sam podía sentir como se le iba el alma con cada estocada. Una ola de calor se acumulaba en su espalda baja, augurando el desbordamiento de placer que le haría recordar a su hermano en cada cacería, cada cerveza, cada latido de su corazón.
—Estoy cerca, Dean —farfulló en el oído del rubio, pasando su lengua por la cocha de la oreja—. Lléname con tu semilla.
—Oh, bebe, te amo, te amo —Dean repitió como un mantra hasta venirse en Sam y siguió con un maratón de besos ardientes hasta que Sam los bañó a ambos con su semen.
Entre el silencio de la noche una sinfonía de respiraciones agitadas se escuchaba entre esas cuatro paredes. Poco tiempo después el silencio fue roto por las palabras que Dean tenía guardadas desde que descubrió que su amor era más allá de lo fraternal por Sam.
—No te merezco —susurró Dean, como si no quisiese perturbar la tranquilidad de la noche.
Sam que se encontraba de espaldas contra el pecho de Dean y al escucharlo pronunciar esas palabras no pudo evitar girarse.
—¿Qué tonterías dices? —Sam posó su mano sobre el pecho de Dean, disfrutando de ese constante latir, queriendo omitir ciegamente que un día, más temprano que tarde, se detendría.
—Es la verdad, Sammy, no te merezco. Por mucha felicidad que te he dado nunca se comparara con el sufrimiento que te dejara mi partida.
Sam pensó en una y mil cosas que agregar para enseñarle a Dean que estaba equivocado, pero ¿cómo negar que el hombre que más amaba era el mismo que le dejaría en ruinas?
—Ojala y no hubiésemos llevado esto más allá de lo fraternal —conforme hablaba, Dean podía sentir como su pecho se estrujaba.
—Te elegiría una y mil veces aun sabiendo como acabara esto, siempre te elegiré, Dean, y sé que tú harías lo mismo conmigo —Sam habló con la convicción de un hombre que morirá en paz porque sabe que la verdad siempre estuvo de su lado, nunca en contra.
—Odio cuando tienes razón —Dean suspiró con grata resignación, guiando sus dedos sobre las hebras castañas, tirando un poco de ellas para acerca el cabello a su nariz e inhalar con devoción.
—Yo odio que te tengas que ir —Sam musitó mientras se apretaba aún más contra su hermano, deseando que nunca pudiesen ser separados, deseando que pudiesen llegar a viejos y burlarse de las ancianidades del otro.
Yo también odio tener que irme. Dean pronunció en su cabeza, por primera vez temiendo seriamente su inevitable y cercana muerte.
—Ni creas que te libraras de mí tan fácilmente. Te vendré a visitar en sueños cada vez que pueda —Dean tragó el nudo que se alojaba en su garganta, soñando que lo que decía podría llegar a ser realidad. Que glorioso seria que después de muerto pudiese seguir visitando a su amado.
—¿Cómo es eso de cada vez que puedas? —inquirió Sam con tono celoso que claramente no sentía—. ¿Acaso tendrías una agenda apretada?
—Quizás los domingos los tendría reservados para perturbar un poco los sueños de Bobby —sería un día de campo si pudiese lograr la hazaña de meterse en los sueños del chatarrero sin salir baleado.
—Idiota —bufó el castaño, rompiendo la noche con una sonora carcajada.
—Sí, pero soy tu idiota, amor —añadió Dean contra los labios de su chico. Sam no pudo estar más que de acuerdo con esa declaración.
Las horas habían seguido su curso y mientras que Sam yacía dormido, Dean no podía dejar de pensar en que el tiempo se le estaba escurriendo de entre los dedos. La idea de dejar a Sam aun le era inconcebible.
La vida era tan malditamente injusta que casi parecía que era algo personal contra ellos. Porque definitivamente Sam no se merecía perder a su madre antes de poder recordarla, o a su padre antes de ser algo más que un remedo barato de una figura paterna, tampoco merecía perder a esa rubia espectacular con la que hubiese tenido una vida real, una buena vida. No merecía tener sueños y luego tener que dejarlos atrás.
Y en cuanto a él, no merecía enamorase de ese chiquillo con hoyuelos y cabello castaño que conforme fue creciendo le destrozó el corazón con su partida a Stanford y luego le devolvió color a sus días grises con tan solo una mirada.
Dean no remecía alcanzar el cielo para caer al infierno.
Cuando al fin el cansancio reclamó su cuerpo soñó con esa mirada multicolor que era únicamente para él, esa mirada la cual se convertiría en su consuelo por el resto de sus días en el infierno.
._._._._.
Gracias por leer.
