Descargo de responsabilidad: Ya saben, todo es de Rumiko Takahashi.
Nota: Los hermanos no… AAAAAAAAH, NO SE CREAN. Esta porquería mal llamada fic participa humildemente para la hermosa página en Facebook Mundo fanfics InuYasha y Ranma en la temática de «Seducción en San Valentín».
Este fic no pasa en San Valentín [vi que Iseul lo aclaró y creo que es muy idóneo].
Corpóreo.
¿Nadie allá afuera sabía cómo se sentía la danza? Es decir, ¿fluir con ella? O, más bien, sentir cómo la melodía de tu canción favorita podía hacer que tu cuerpo exprese sin palabras un sentimiento que puede ir del más tierno al más íntimo.
La vida era una danza al andar, de hecho. El cuerpo se mueve desde que te levantas, tus manos, rápidas a como tu motricidad lo permite, van de aquí allá lavando tus dientes, llevando a tu boca la cuchara con el desayuno, tomando las llaves del auto, conduciendo al trabajo. Tu cuerpo se mueve cuando llegas a casa y abrazas a tus hijos o a tus mascotas; se mueve cuando ríes, se mueve cuando lloras, se mueve cuando bailas y, sobre todo, se mueve cuando haces el amor.
Se mueve de una manera única cada vez; se mueve que te provoca espasmos inquietos en el vientre, te regocija el cuerpo y le da valor a tu espíritu. El sexo era de las pocas danzas que daban tanto placer como la danza lírica; aquello era algo que Kagome había pensado desde la primera vez que había probado que hacer el amor se parecía mucho a su pasión más grande: el baile.
En la danza tanto como en el sexo, había un momento de preparación, uno en el que el cuerpo debía tornarse caliente para fluir en el acto. El corazón se le aceleraba con ambos ejercicios y latía tan fuerte, que parecía hacer a la adrenalina suficientemente tóxica como para crear una bomba interna dentro del pecho. Una sensación cardíaca absurda que alteraba la producción de serotonina al punto de sentir que la quietud era asfixiante y necesitaba moverse ansiosa ante el acompañante que tuviera en frente.
Y para Kagome, aquel joven compañero misterioso que, sin darse cuenta, con el tiempo ya conocía a través de ligeras conversaciones, era ese mismo ejercicio de calentamiento que la estaba volviendo loca.
—Calificaré que sepan guiar los movimientos de calentamiento a sus compañeras. —La voz del maestro le sacó de su ensueño y se vio obligada a guardar la compostura y seguir actuando como una persona decente, salir de aquella burbuja erótica y poética que se había armado de pronto.
—Tu brazo está muy rígido —sintió que la respiración se le atoró en la garganta cuando la voz masculina se dejó oír grave por sus oídos. Kagome abrió la boca ligeramente para evitar gimotear cuando los dedos del joven detrás de ella tomaban su extremidad y la alzaba un poco con delicadeza—. Y debe estar a esta altura. —Volvió a decir con aquel mismo tono serio y tan enigmático que siempre lo había caracterizado.
—Lo siento —aunque su voz tembló, logró articular de manera coherente y eso le dio gramos de seguridad.
Con cuidado, InuYasha tomó el otro brazo y sin hacer gestos bruscos, guio sus movimientos de arriba abajo para que las articulaciones empezaran a ceder. Tenía cuidado de no apretarla con tanta fuerza y de mantener una distancia prudente de su cuerpo para evitar algún roce indebido con la anatomía femenina que tenía tan cerca. La respiración se hizo profunda mientras dejaba que los sentidos se embriaguen con las notas suaves del cabello.
—Quiero que tomen inspiración de esta pareja de compañeros —el instructor los exhibió ante el resto como un ejemplo y automáticamente fueron imitados a la perfección. Los aplausos del instructor se dejaron escuchar con la acústica del lugar después de unos segundos—. ¡Es excelente, podemos levantar nuestra práctica de hoy! —Sin más, alentó al foro para que empezara a preparar su retirada—. Si no tienen problema —se asomó hasta los dos mejores alumnos que tenía —les dejo el salón para ustedes solos por una hora más hasta que cierren. Necesito que practiquen porque serán ustedes quienes vayan a la competencia, ¿está bien?
—Sí, señor. —Respondieron a coro.
—Si necesitan algo, pueden acudir al segundo piso con mi colega Aby y recuerden que su clase sale hasta después de una hora. O, en otro caso, hablan con el conserje. Les deseo suerte.
Y sin nada más qué agregar, el profesor de baile fue por sus cosas y se retiró. Era normal que después de las clases alguien se quedara practicando, así que aquello no fue nada extraño.
Ambos se quedaron ahí, completamente en silencio, terminando de escuchar los pasos del bailarín profesional perderse por entre los pasillos. Después de un momento, InuYasha caminó a paso discreto hasta el estéreo y lo encendió, colocando la canción que habían ensayado aquel día. Volvió hasta la quieta azabache que lo miraba confundida y le extendió la mano para iniciar con el ritual.
—Supongo que debemos ensayar —le dijo el de ojos dorados y ella trató de no atragantarse con su propia respiración errática. Parecía que cada movimiento que él hacía era una especie de imán que la atraía de forma intensa, no era consciente de lo que estaba causando en ella y que el hecho de que los hubieran dejado solos en ese lugar, le había atacado los nervios de una forma tan avasallante, que las manos le hincaban.
Pero una vez que tomó su mano y de un movimiento certero la atrapó por la cintura y pegó a su anatomía, todo se fue por su cauce natural.
De verdad, ¿nadie allá afuera entendía cómo se sentía la danza? Es decir, cuando el cuerpo se convierte en un lienzo de las notas musicales y se vuelve adicto, a la merced de la música, se desliza por el piso, se irgue con la compañía de una pareja y se eleva por el aire con ayuda de las manos firmes que sostengan tu anatomía por la cintura. Esa sensación liviana que solo se experimenta cuando realmente eres uno con el ambiente y el sonido.
Las manos masculinas viajaban vehementes por la figura de su compañera, versando las letras de su canción, expresando y representando su mensaje íntimo y pasional, atrayéndola y alejándola cada dos por tres; apretando sus manos, acariciando las curvas de su cintura o las de sus brazos, tomando sus manos y mirándola fijamente a los ojos.
El sonido de la música se hacía cada vez más agudo, señal de que había comenzado la etapa final de la pieza y los cuerpos, sumidos en una fricción que no hacía más que elevar su adrenalina, se vieron forzados a ceder ante un ritmo que ya no se sentía tan suyo. InuYasha abrió la boca para conseguir un poco de aire mientras tomaba a Kagome por la espalda y la abrazaba. Segundos después, su mano a palma abierta recorrió el muslo delicado con sencillez mientras alzaba la cabeza al mismo son. De un movimiento seco, el siguiente paso los despegó abruptos y para cuando la canción llegó a su fin, ellos habían sido uno con el último golpe de la batería y ahora ella se encontraba reclinada, con el brazo del ambarino en su cintura como soporte y con los ojos dilatados, mirándose con intensidad.
Lo que había pasado en esos momentos era una situación que había sobrepasado los límites de lo correcto. Contando aquella, era ya la quinta vez que se quedaban solos ensayando por pedido del maestro y las primeras veces había sido más fácil, pero con cada día de ensayo, aquella tensión se había tornado más y más asfixiante, hasta el punto en que ella tenía que aclararse la garganta sin hablar y él debía concentrarse para no apegarse de más a la azabache. En ambos ardía un deseo casi religioso que no había hecho más que crecer. Y ya conocían el movimiento de sus cuerpos, la cercanía de su presencia y la sensibilidad de su alma a través de la música. No era la primera vez que InuYasha deseaba a una mujer de esa manera tan avasallante, pero sí la primera que le daba la sensación de que iba a ahogarlo si no la dejaba ser. Y quizás que ella también lo sentía. Despacio y sin despegar la vista ámbar de azulada, la ayudó a enderezarse y en el estéreo sonó otra melodía, esta vez, más suave. Se había olvidado de reproducir en bucle. Aquello hizo que perdiera el ensueño en el que se había envuelto sin decir una sola palabra, así que se dispuso a separarse de su compañera para regresar con la canción del ensayo, pero sin un previo aviso, Kagome lo detuvo.
—InuYasha —le susurró y era la primera vez en mucho tiempo que eso pasaba. Se había sentido como una caricia física en la parte más sensible de su cuerpo y aquello le pintó las mejillas de color carmesí, mismas que se disimularon con el natural rojizo por el esfuerzo reciente del baile.
Kagome llevó sus manos hasta la camisa y en silencio, desabotonó la prenda casi de manera disimulada. Sentía el corazón latir en las sienes y se obligó a mojarse los labios con la lengua para evitar la resequedad en la boca que su propio deseo le había causado, pero que compensaba en su centro, justo en donde sus bragas servían de receptoras. Cuando abrió la camisa blanca, observó fascinada el abdomen masculino que se encogía y desencogía inquieto por la respiración de Taishō, que cada vez se hacía más irregular. Sus dedos recorrieron quedos varios centímetros de piel, sintiendo en las yemas sensibles cómo los vellos ahora parecían haber despertado una especie de batallón que se alzaba ante la irrupción de sus falanges. Cuando detuvo las manos en el pecho, justo en el corazón, abrió las palmas cálidas, en ellas palpó los acelerados latidos que seguramente se debían a sus caricias y sonrió, complacida.
De pronto, la mano de InuYasha tomó su muñeca y no la dejó avanzar más.
—¿Hasta dónde piensas llegar? —Le dijo ronco, mirándola con una seriedad casi intimidante, pero con los ojos llenos de un deseo que se estaba volviendo cada segundo más intenso.
Con la mano libre, Kagome siguió corriendo hasta pasar por la clavícula, deslizarse por el cuello y llegar a la nuca, enredándose con esas inusuales y hermosas hebras plateadas. Alzó la vista cuando estuvo muy cerca en aquella posición y con la voz entrecortada por su falta de aire y estrepitosa excitación, le dijo—: Hasta donde me lo permitas, InuYasha…
Todo lo demás pasó a un segundo plano cuando la mano que la sostenía con fuerza, cedió poco a poco, dando paso a un movimiento delicado en que sus grandes manos se posaron a cada lado de las caderas de la joven muchacha, atrayéndola por fin a su cuerpo. Las palmas quemaban aún por sobre la ropa y Kagome pensó que aquello era una alucinación febril. La sensación placentera que les vino a ambos cuando se apegaron de aquella manera, no tenía precedentes. Kagome sintió que algo dentro de todo el cuerpo se relajaba de tal forma, que le daba cosquilleos y más cuando InuYasha aspiró su aroma tan cerca del cuello, con la nariz casi rozando la piel. Se sintió tan nerviosa, que las manos le hincaron. Con los ojos cerrados, experimentando las sensaciones y dejando que sus sentidos se perdieran por la melodía, buscaron sus rostros de forma anhelante y rozaron las mejillas con una intención pasional, dejando leves suspiros ahogados con cada roce. Una vez más, cambiaron la posición de la cara y aquello derivó en un gemido cuando Kagome fue consciente de que algo en la anatomía del peli plata, la reclamaba con rudeza. Se había sentido delicioso tanto que incluso el aire llegó a sus pulmones con dificultad.
Acompañado de aquel acercamiento, las manos de InuYasha recorrieron la espalda fina hasta llegar a la nuca y tomar el cabello en una coleta desde donde pudo, accediendo a un control total de su cabeza que guio hasta su boca y ahí depositó un beso que terminó por confirmar que ya no había marcha atrás para sus cuerpos.
Rodeada de las sensaciones más placenteras que hacía tiempo que no vivía, Kagome abrió la boca para intentar respirar ante el beso demandante y acarició el rostro masculino como si la cercanía no fuera ya suficiente. La vehemencia con la que su deseo crecía era tal, que su boca ahora estaba húmeda y ligeramente hinchada. Con cuidado, empezaron a caminar hasta la pared más cercana, con el objetivo de detener sus cuerpos contra algo que les diera la estabilidad física que sus mentes habían perdido en un desarme de locura que amenazaba con volverlos locos y delirar.
Era mutuo, era ardiente, un deseo que habían acumulado quizás desde la primera vez que se vieron, que activó en ambos una especie de imán cuya reacción atrayente crecía lento con los días, casi imperceptible. Aquello también era delirante y apasionado como los sueños recurrentes que habían tenido ambos, que los hacían despertar con el cuerpo sudado y los sexos activos; un deseo que debían acallar en soledad mientras ambos, con la cara roja y ánimo azorado, susurraban el nombre del otro justo al culminar el punto máximo de placer, con la mente comida por las inevitables imágenes que el cerebro recreaba en la cama de alguno, en posiciones que tal vez no era demasiado recatado mencionar y con caricias que seguramente llevarían incluso al más santo, hasta el más puro y caliente infierno.
Y es que así se sentía cuando deseas a alguien en silencio, que, aunque sientas que no es unilateral, las cosas no quedan muy claras y estás ahí, acabando con tu estabilidad por controlar los impulsos cada vez que le tienes cerca y no quieres incomodar con un sentimiento del que no te puedes deshacer. La manía de InuYasha por mantener su mente en blanco y no reaccionar ante el roce del cuerpo de su compañera de baile cada vez que practicaban, de cómo la música parecía volverse más erótica con los días y debía regresar a casa con la sensación corpórea de que ella seguía allí, pegada a su cuerpo, frotando la espalda, el pecho, el vientre, la…
—Siempre-siempre quise hacer esto —la escuchó susurrar mientras la mano atrevida se colaba por sus pantalones negros de nylon y palpaban, con extrema vivacidad, aquella parte de su anatomía que ya competía con su corazón por cómo palpitaba, con el acero por lo rígido que estaba y con un volcán, por cómo acumulaba el deseo ardiente que iba a explotar por ella.
—Mentiría si digo que no quería que lo hicieras —y el intercambio de caricias a los sexos se volvió mutuo, derivando en un gemido placentero que se confundió con la voz de la artista que sonaba de fondo.
Igual que cuando bailas, en el sexo, tu anatomía se vuelve un lienzo en blanco que se pinta con la voz del artista y el movimiento del bailarín. Incluso hacer el amor era un arte corpóreo, tan tangible, que costaba trabajo no perderse en la estela húmeda que dejaban los besos repartidos por el cuello, por los pechos, de nuevo el cuello, la boca y las incesantes respiraciones excitadas que InuYasha dejaba sobre el oído de Kagome, obligándola a sufrir espasmos de placer que lo abrazaban fuerte, que enorgullecían su ego masculino y dejaban ir entre sus dedos toda la humedad que inundaba el centro de su compañera. Que se habían perdido de la organización, que los dedos iban y venían, que los golpes contra la pared por las embestidas arrancaban gemidos a ambos, que sus respiraciones eran solo un grito desesperado por no ahogarse en su propio placer, que la posesión de los cuerpos se sentía extraterrenal cuando sus ojos dorados se posaban sobre los azules de ella, brillantes y preciosos, con las mejillas femeninas rojas, el cabello pegado a la cara, los labios siendo apretados por los dientes y una expresión que rogaba por que no parara.
Entre aquel momento en el que él se detuvo a mirarla y sus embestidas cedieron un poco, le atacó un impulso tierno, le tomó la muñeca del brazo que lo envolvía por la cintura y la atrajo hasta él para darle un beso. Abrió la boca incluso antes de llegar a ella y la saboreó, se dio el tiempo de probarla más allá del dañino deseo físico y supo a gloria, supo a todo lo que estaba bien y la sintió tan afín con sus pasiones, sus gustos y sus latidos, que, sin premeditarlo, continuó con el vaivén que los unía.
—Ah… InuYasha —le tomó de la mejilla cuando él dejó de besarla y desvió su rostro hasta reposarlo entre el espacio de la curvatura de su cuello y el cabello azabache. Se retorció contra la pared y la intimidante postura del brazo masculino cruzando a su lado para sostenerse y no dejarse caer, más que aprisionarla, la hizo sentir segura.
Y eso hizo que algo explotara por dentro.
«…Tonight the music seems so loud. I wish that we could lose this crowd…»
—Kagome… —su voz ronca tembló al igual que todo su cuerpo, dominado por el punto máximo de su placer.
«We could have lived this dance forever…»
Sobre ambos cuerpos agotados, sudoroso y agitados, descansaba una extensa sensación de liberación y satisfacción. Mientras la espalda de Kagome rodaba por la fría pared hasta llegar al piso y amoldarse a la nueva posición rendida de InuYasha, se dejaron reír por un instante. La música sonaba de fondo y pronto acabaría.
Eso había sido una completa locura y el hecho de estar ahí, consumando sus deseos justo donde habían comenzado, hacía la química más fuerte y la experiencia más excitante. No dijeron demasiado después de mirarse directamente e intentar tomar aire de nuevo, como si no estuvieran acostumbrados a danzar. Sus pupilas saltarinas pedían permiso para explorar en la mente del otro, aunque no se lograra nada realmente. Después de un par de segundos, fue Kagome quien volvió a sonreír, rebosante, todavía sonrojada.
«But now, who's gonna dance with me…? »
Ayudándola a levantarse y acomodando sus ropas, ambos regresaron la vista a la blanca pared que aún tenía rastros del sudor de Kagome y las manos de InuYasha tatuadas en ella. Aquello fue extraño, pero definitivamente tendrían recuerdos subidos de tono cada vez que regresaran la vista a ella.
—¿Crees que ganemos la competencia? —Le preguntó después, mientras salían del salón. InuYasha detuvo su andar en seco y no la miró, apenas suspiró.
Era increíble cómo su cara volvía a estar tan seria. Kagome se mordió los labios.
—Si bailas como follas… —soltó, sin una pizca de pena y esta vez, sí que la miró—, seguro que seremos campeones mundiales.
Ella soltó una risotada, aunque no pudo evitar la cara completamente roja. No lo pudo creer.
—Eres un tonto —comentó, mirándolo sin creer la expresión estoica que él tenía como si no acabara de soltar aquella barbaridad. Sin pensarlo demasiado, tomó la mano de su compañero de baile y esperó una reacción.
—Quizás. —Le respondió seguido y al tiempo, afianzó el agarre, mientras empezaban a caminar.
Juntos.
«…please stay»
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¿Feliz San Valentín?
¿Recuerdan cuándo fue la última vez que me vieron decir eso en un fic de esta fecha? Yo tampoco.
Usé lo de los ojos azules de K, espero no incomodar, sería mi primera vez haciendo eso. Por cierto, el beso que le da InuYasha durante el acto es inspirado en el que le iba a dar en su habitación y que Sota frustró JKHSAJKAJKS
Quiero agradecer especialmente a la página Mundo fanfics InuYasha y Ranma que siempre ha estado ahí apoyando no solo a mí, sino a cientos de creadores. También por invitarme de forma tan delicada y personal, fue un detalle que siempre llevaré en mi corazón. Para mí es un honor participar en su dinámica y soy feliz de que me hayan tomado en cuenta, así que decidí escribir un fic especial para las admins y los lectores.
Sé que quería hacer algo de Ranma, pero ya saldrá después.
Les dejo un beso y no sé muy bien qué hice allá arriba, pero me gustó.
