"Chica sin pasado"
.
.
.
.
Si a Irie Naoki le dijeran que los fantasmas existen, no lo creería. Parecía algo sacado de voces sin un fundamente científico que sustentara dicha información. Sin embargo, cuando encontró a esa chica hablándole mientras estaba suspendida en el aire, de cabello cobrizo, ojos avellana y bastante torpe, no negaría que sí existen.
Lo seguía a todas partes, era tan parlanchina que la escuchaba más a ella que a los maestros y apenas lo dejaba estudiar tranquilamente en su habitación, le sonreía todo el tiempo y siempre quería saber cosas de él. Como si él fuera la persona más interesante de todas.
Naoki a veces la miraba cuando flotaba en el aire y se reía a carcajadas en los programas de reality show donde a las parejas las ponían a correr por obstáculos de agua y la mayoría terminaba cayéndose, notaba que ella había desarrollado una extraña fascinación por estar a su lado. O una extraña fascinación por hablar con alguien. Quizás él quien fue el único—tal vez es el único, no lo sabe— que logró verla cuando estaba suspendida y pese a que hablaba con una voz alta, ruidosa, nadie la notaba, sólo él.
Ella llevaba varios meses siguiéndolo, no le cabía dudar que le fastidiaba escuchar su voz todos los días. De alguna manera, ya está acostumbrado a su presencia.
—¡Irie-kun!— Es la forma en que ella le dice. Se apropió de ese raro apodo en cuanto le reveló su nombre. Creyó que le diría «Naoki-kun» como todos los que le dicen por su nombre, o tal vez «Irie-san» como las mujeres que se le confesaron en la preparatoria.
No le decían «Irie-kun».
Las personas evitaban entablar contacto personal e íntimo con él, y Naoki no los culpaba, pues se creía superior a ellos. Intocable a las emociones humanas, a los sentimientos tiernos que evocan de momentos compartidos con otros, o los instantes entrelazados en la memoria.
Naoki no empatiza con los demás, o con la gente en general. Las evita como la plaga. Como el sulfuro que debe evitar consumir.
Y luego está ella. Sí. Ella.
—¿Qué quieres?— Espeta. Está a la mitad de su libro del medicina. Pasando por la composición de los tipos de células habitando en el cuerpo humano. Leía el apartado de células epiteliales cuando el lápiz se detuvo en la libreta.
—Te mirabas tan guapo estudiando. No pude evitar emocionarme por que estudiarás medicina: La carrera de tus sueños.
Naoki respinga.
Eran varios días en que ella gritaba su apodo impregnado de ímpetu cuando abría cualquier libro relacionado a su futura profesión. Profesión que ella misma inspiró en él, al mencionársela tras presenciar la escena de su hermano menor, Yuuki, caer enfermo de una apendicitis. Cabía decir que al principio le suscitó curiosidad indagar sobre el tema, sorprendiéndose en varias ocasiones, sonriendo internamente por la terminología y la revelación de un mundo nuevo, al que no negaba entrada en la eterna monotonía de su persona. Ahora quería estudiar medicina. Consideraba ser la única carrera adecuada para él.
Y ahí estaban las risas de fondo y esos enormes ojos avellana observarlo por atrás del hombro. Podía sentirlos escrutados en él refulgiendo en admiración.
—¿Y tú?— Inquiere, tras una pausa.
—¿Yo qué?— Se oye confundida.
—¿Estudiaste algo?—Entonces, Naoki se gira y la ve. Su cabeza se agacha, las risas se apagan, el silencio aparece y Naoki supone que preguntó algo que no debió preguntar. —Olvídalo—Regresa a su labor de anotar las células epiteliales, mientras ella calla.
A decir verdad, no conocía muchos detalles de ella. Ni cómo fue que murió, o cómo es que no descansa todavía.
¿Habrá algo que la retenga en el mundo de los mortales?
Esas son preguntas sin respuesta.
Naoki no atina en adivinar el propósito de presenciar su compañía.
—No alcancé a decidir qué quería estudiar— Atisba el fragmento de su voz romper la barrera del sin sonido. —Morí antes de que eso ocurriera.
Naoki detiene el curso de su lectura para mirarla. No sabe qué clase de expresión está haciendo ella, pero le pica la curiosidad por ver si esos ojos lo siguen viendo a él o al haz de luz que muchas veces brota de sus manos cuando las agita.
Sin embargo la ve con una oscuridad solemne, una luz diáfana cruza los contornos de su cuerpo. Sus cejas arrugadas se encuentran perfectamente decaídas, en consonancia con sus orbes avellanas.
Está triste. Genial. La acaba de entristecer. Pésima jugada para un genio de su calaña.
—¿Cuándo…?— Deja su voz fluir con un suspiro, entreviendo su interés. Las células epiteliales pueden esperar, piensa.
Ella sube la mirada y sus mejillas blancas como la porcelana se tiñen de rojo. Un rojo carmesí que baña los pómulos, la piel translúcida.
—Hace tiempo— Corta. —No me gusta hablar de eso, Irie-kun. Es doloroso—Admite.
—Perdona—Se disculpa.
—¡No es tu culpa! Quieres saber. Lo entiendo. No digo mucho sobre mi vida antes de-antes de…—Se vuelve a cortar. Deja la frase fragmentada, a medias, dando a entender un mar de cosas que no se atreve a explicarle todavía. Tal vez nunca. Lo último abruma a Naoki, pues quiere colocar las piezas del rompecabezas en su lugar. Las piezas de su vida. Bueno, de la que fue su vida.
—Está bien— Asegura parco. Asiente para demostrar que sí, está bien que no le diga su historia.
Si ella aún se puede mover, su historia continúa.
Su historia continúa a su lado.
Por alguna razón, eso no le molesta. Si bien, ella es un disturbio a su paz, a las aguas calmadas, pero es parte de su rutina.
La ve flotar hacia su cama, donde toma asiento, moviendo su cuello para atrás con la vista mimetizando el techo, casi como si pudiera ver algo que no está ahí. Un paisaje, quizás, unas hermosas veredas, unas enredaderas que conjugan con el acero oxidado de una pequeña villa aislada de la ciudad, una playa con el cielo nocturno estrellado en la transparencia del agua, un bosque donde el sonido de las aves graznando y gorjeando. No sabe. No sabe su edad, su cumpleaños, quienes son sus padres, si vivió una vida feliz, si pasó por desalientos. No sabe si ella llora por haber dejado a su familia a expensas de un recuerdo, si ella amó verdaderamente antes de… no puede ni terminar la frase. Esa palabra amortigua hondo en sus entrañas. No sabe nada de ella, más sus fantasías de un amor no correspondido, un amor unilateral. Y Naoki se enfada imaginado quién fue el bastardo que no le cumplió esas fantasías tontas, pero fantasías de ella. Suyas, provenientes del fondo de su ser.
Y quién sabe, con los dotes que ella tiene de relatas las historias, bien pudo haber elegido literatura. O con el cuidado que da a los demás y su preocupación por la salud de otros, pudo elegir enfermería.
Así ambos trabajarían en el mismo rubro. Tal vez formar un equipo, unir fuerzas: cerebro y corazón. Serían imparables. La idea por una razón no le disgustaba, al contrario, le sacaba una discreta sonrisa en sus labios cuando la miraba de reojo y notaba lo delicada que era su forma de mirar, la lógica circundante de sus sentimientos que se amontonan y cuando lo hacen, se esparcen por todos lados. Son fugaces, abrumadores, superan la razón, la ciencia.
Ella es un corazón resplandeciente. Uno que brilla. Uno que no le cabe tanto amor que borbota de sus labios cuando ríe, cuando sonríe, cuando flota a su lado, cuando habla de lo atractivo que es él y Naoki no le para el carro cuando lo hace. La deja hablar hasta que se canse, lo cual, por supuesto, no ocurre, más que en raras ocasiones. Ocasiones en que él decide detenerla y preguntarle de su antigua vida. Esos detalles la silencian, como si temiera que al decirle la verdad, la fuera a odiar.
Bufa ante ese pensamiento.
Como si pudiera odiarla por contarle la verdad.
Desecha ese pensamiento. Lo tilda de estúpida, pues no le causa la más mínima zozobra.
Naoki la vuelve a mirar de reojo. ¿Cuántas veces lo ha hecho ya?. ¿Dos?. ¿Tres?. ¿Cuatro?. No lleva ni la cuenta, a pesar de ser un genio y que fácilmente puede contar en series de uno en uno. Tampoco le interesa contar las veces en que la mira.
Ella continúa con el cuello hacia arriba en forma de flecha. Mueve los pies en círculos sin rumbo, parecen un trompo que gira y gira con ningún lado de referencia.
—Kotoko—Pronuncia su nombre con una sutileza similar a la textura del terciopelo.
Kotoko. Aihara Kotoko.
La ve girar la cabeza hacia él. Sus mejillas se tornan del color del melocotón, sus ojos se agrandan fuera de sus orbes, su cabello cobrizo se mueve, atrayendo pequeños mechones de pelo adherirse a su piel.
Esa mezcla de avidez e ingenuidad emergiendo de sus orbes provocan en él que sus entrañas se contraigan.
—A esta hora es el Reality— Anuncia. Ella abre los ojos, los muy muy abiertos. Un brillo de realización se asienta en su mirada. —¿No lo vas a ver?
—¡No me acordaba!—Lleva su mano a su frente. —Pero, Irie-kun. Estás puedo interrumpirte.
—No me distrae el ruido.
—Pero-pero—Su cerebro parece hacer cortocircuito.
—Prende la tele—Sentencia. Suena más a una orden que una sugerencia. Intentaba sonar tranquilo y ve con pasmoso disgusto, que ella, Kotoko, sonríe un poco y enciende el televisor, poniéndole en volumen bajo.
Naoki suspira.
Kotoko es así.
Desconoce cuánto tiempo esta calma durará, pero quiere que esta calma a su lado dure más. Mucho mucho más.
Bastaría con que ella le dijera que estaría a su lado siempre. Siempre siempre. Los pensamientos le salen atropellados, tan veloces que no los procesa. La vuelve a mirar. Van cinco veces, tal vez que la observa. Realmente lo hace. Y se estremece ante la posibilidad de que ella desaparezca. Quiere que ella lo vea ingresar a la carrera, titularse, hacer el año de internado, especializarse, trabajar, volverse viejo con ella, aún refulgente, aún brillando, aún a su lado.
Pero Naoki teme. Teme por que esa ridícula manía de fantasear que ella le contagió con su imaginación se vuelva realidad. Y que esto, en consecuencia, termine en ella dejándolo.
Sin pensárselo, deja el libro abierto, la libreta también, y se sienta a lado de Kotoko, quien lo ve curiosa; y cuando está a punto de decir algo.—Ve la televisión. No me veas a mi.
—¿Qué? ¿Por-
La ve tartamudear. Es linda, piensa. Ve sus mejillas encenderse, achisparse por el fuego de sus emociones corretearla.
—Descansaré. El estudio puede esperar.
—Bien…— Es lo único que sale de sus labios rosados.
Naoki los observa esperando no ser notorio con su acción. Ve cómo ella ríe al pasar un contratiempo en el programa, sus mejillas se alzan, sus labios se expanden.
Y es hermoso.
No quiere que desaparezca esto. No quiere que se borre ella de su vida.
Ella continúa riéndose a carcajadas. Sus mejillas se tiñen de rosa prominente, transparentan la luz que emerge de su cuerpo.
Es hermosa. Realiza. Es el color del melocotón expandirse en ella, en su universo.
Sí. Es parte de su rutina, de su estilo de vida.
Es parte de él.
.
.
.
.
NOTA: Hace mucho que no publicaba nada en este fandom. Y decidí escribir algo. Una idea, a decir verdad.
Espero que les guste.
