El nombre es lo de menos, ¿cierto?

Para Bella

Charlie es bastante genial, por favor, aprovéchalo lo mejor que puedas. Sé que algunas cosas van a distraerte de esto, como encontrarte con un hermoso vampiro, pero recuerda, no es cool que los hombres te acosen o sean condescendientes contigo.

-La chica que usurpó tu cuerpo

La mañana del sábado fue la mejor mañana que había tenido en mucho tiempo, en serio, quién diría que recoger una casa que no era mía mientras escuchaba éxitos de cumbias en el viejo radio de Charlie podría hacerme tan feliz.

Me había levantado temprano como siempre, maldito insomnio y apenas si escuché como mi padre falso cerraba la puerta de la entrada. Asumí que no estaba acostumbrado a decirle a alguien su plan para el día porque ni siquiera había dejado una nota. No estaba preparada para la ola de molestia que me invadió ante esto, el aferrarme tanto a Charlie estaba ya costándome mi sanidad mental.

Como no quería ahondar mucho en eso decidí poner un poco de música y limpiar la casa. A pesar de que el jefe no era un hombre sucio podía notar que la limpieza no era su fuerte, había polvo en todas partes, más en los estantes donde descansaban las fotos de la Bella original, que limpié con mucho ahínco como disculpa por interponerme en su vida y su cuerpo. Cuando terminé seguía con energía, la suficiente para animarme a buscar en la cochera los artilugios suficientes para asegurar la ventana de mi habitación. Después de poner los clavos suficientes para que nadie se entrometiera me dispuse a mover todas las cosas que estorbaban, prácticamente todo lo que gritaba Bella, necesitaba buscar algunos cuadros o posters si quería que el cuarto pareciera más el de una adolescente que el de una adulta sin personalidad.

Mientras colocaba un seguro en la puerta, uno que encontré en el fondo de un cajón y que estaba segura me llevaría a tener una conversación muy incómoda con Charlie, encendí el vejestorio de computadora que estaba en la habitación. Poco recordaba cómo funcionaba la conexión a internet, pero agradecía que el jefe se hubiera encargado de todo antes de mi llegada. La tecnología a la que estaba acostumbrada tardaría más de una década en existir. Tuve el tiempo justo para guardar todo y servirme un plato de yogurt natural, navegar en el internet de este tiempo me iba a dar una clase de paciencia perfecta.

Bella había guardado sus contraseñas en una nota que yo había pegado en la pared de frente y aproveché para conectar su correo electrónico y cerrar la pestaña casi inmediatamente, no tenía ánimo de fijarme en los emails spam y cadenas del 2005. Lo que me interesaba era la página del banco y las de compañías donde podía invertir, como no quería perder mi identidad ante hackers pre-pubertos me dediqué a invertir sólo en sitios oficiales. Ya luego podría buscar otra manera de invertir que fuera más segura. Con menos dinero en mi cuenta me di cuenta de que necesitaba un empleo, algo de medio tiempo, me pregunté si a Charlie le molestaría tenerme como ayuda en la estación con paga, pero deseché la idea. En mi vida real recibía paga de trabajos de traducción que tomaba de tanto en tanto. Esperaba que en esta realidad las cosas no fueran tan diferentes. Me tomó casi tres horas y mucha frustración encontrar el sitio web de una empresa que ofrecía un buen pago por traducciones inglés-español y viceversa. Era mi oportunidad perfecta y apliqué de inmediato.

No esperaba recibir respuesta de ellos hasta entrada la semana así que me puse al tanto en las tareas escolares. Estaba poniendo el mundo de Bella patas para arriba, pero no pensaba dejarla desamparada al momento de su regreso. Podía contar con que tendría dinero suficiente para escoger una buena universidad y un buen puntaje, no iba a decepcionarla. Al terminar apenas era pasado el mediodía y no tenía más cosas que hacer, vagué por la casa husmeando en todas las cosas que Charlie escondía y haciendo notas mentales que después escribiría para maniobrar mejor en este mundo. No tenía idea de que la familia de Bella tenía sangre Quiluete hasta que fisgoneé en los álbumes escondidos en el armario del pasillo. Eso explicaba la situación con renacimiento y Jacob.

Tenía la nariz metida en unos cuadernos con notas sin sentido cuando el teléfono sonó asustándome en el proceso, arrojé el cuaderno al piso y me puse de pie tan rápido que el mundo dio vueltas por varios segundos. Necesitaba comida. Gracias al cielo el teléfono se encontraba en la cocina así que podía matar dos pájaros de un tiro.

―Hola―. Contesté estirando el cable lo suficiente para poder abrir el congelador y tomar la comida de la semana que había dejado ahí por si acaso.

―Isa―. La voz de Charlie sonó cansada, como un suspiró y me quedé quieta con el recipiente en la mano.

― ¿Papá? ¿Qué pasa? ¿Estás bien? ―. Un miedo irracional me corrió por la espalda.

―Todo bien, solo preguntándome por qué tu madre llamó histérica porque no la has contactado―. Respondió, casi podía verlo, masajeando su frente para evitar el malestar de tener que lidiar con Renee y en consecuencia conmigo.

―Ugh, lo siento, lo olvidé―. Y de verdad que lo había olvidado, recordé en los emails sin leer a los que ni siquiera les había dado un vistazo antes de cerrar la página del correo de Bella. Ups.

―Llámala ahora, antes de que tome un avión a Seattle―. Dios no, eso sería inaceptable, cerré la puerta del congelador y dejé la comida en el piso porque el cable no me permitía llegar más lejos.

―Sí, claro papá, lo siento―. Repetí con el estómago en un nudo ante mi inevitable contacto con la madre de la chica a la que le había robado el cuerpo y por la que, lamentablemente para ella, no sentía ningún tipo de cariño o interés, contrario a Charlie.

―No pasa nada, nos vemos en la noche―. El jefe colgó sin decir nada más, ni siquiera un te quiero o cómo has estado. Dios, me estaba poniendo demasiado sentimental con esto.

Mientras subía las escaleras se me vino a la mente una explicación bastante lógica, estaba en mi período, en cuanto la realización de eso me golpeó sentí que el cuerpo se me agarrotaba. Menstruar en mi cuerpo era una cosa, conocía perfectamente mis síntomas, mis ciclos y las señales que me indicaban que el momento estaba cerca, pero en el cuerpo de Bella, ni siquiera sabía si las toallas femeninas que había visto en su maleta serían suficientes para contener el flujo. Yo tenía flujo abundante, intenté recordar si en algún punto de los libros se había discutido sobre eso, pero nada saltó.

Volví a encender la computadora, porque me negaba a hablar con Renee voz a voz, y entré al baño con el paquete de toallas, definitivamente estaba en los inicios de mi período, lo notaba por el color del flujo y la sensación de pesadez de mi vientre. Como no quería sufrir un accidente me coloqué la toalla y dejé un montón en la mochila por si acaso, faltaba un largo tiempo para que inventaran la copa menstrual así que tendría que conformarme con eso.

Regresé a la habitación y en tanto leía (o más bien ignoraba) los emails de Renee pensé en cómo tomaría Edward esto. Oh no, eso era un camino por el cual me negaba a transitar mentalmente, los Cullen debían estar acostumbrados a esto después de décadas de cursar la preparatoria y estar rodeados de mujeres humanas.

Redacté, lo mejor que pude, un correo que explicara las cosas o que al menos tranquilizara a la mujer, pero mientras lo hacía no pude evitar sentirme molesta y deprimida. Extrañaba a mi madre, quería enviarle un mensaje a ella, hacerle saber que estaba bien, en una realidad alterna, pero bien. Quería decirle que la amaba. El último año había sido terrible y complicado, y en esos momentos ella había estado a mi lado, siempre sosteniendo mi mano y firme como un pilar al cual podía aferrarme. Mis decisiones habían sido, en una palabra, estúpidas, pero nunca me juzgó, sólo me recordó que me amaba mientras me desintoxicaba, me animó a salir adelante, a ir a mis reuniones, a buscar un trabajo y mantenerlo. Me sentí culpable de estar disfrutando este paraje desconocido de mi existencia, viviendo con Charlie como si fuera mi padre, pasando el rato riendo con los chicos en la escuela y pensando más en los Cullen que en ella. Tenía que volver a casa, tenía que volver a mi familia, aunque fuera difícil enfrentarme a mi realidad todos los días, valía la pena hacerlo si ellas estaban de mi lado.

Noté que las lágrimas caían mientras revisaba el mensaje por última vez, traté de sobreponerme un poco a mis sentimientos, de dejarle saber a la madre de Bella que todo estaba bien porque era lo mínimo que podía hacer por ella cuando estaba secuestrando su vida.

"Hola, mamá, lo siento, no te preocupes, no tienes que venir corriendo a Forks

Ahora sí, tengo una buena excusa, es que adaptarse a todo un nuevo ambiente no es tan sencillo como parece, pero no me arrepiento de haber venido así que tranquila. Conocí a varias chicas y ya tenemos nuestra propia pandilla, ayer salimos juntas para comprar ropa y cenar hamburguesas. Te encantarían, lo sé, estoy intentando ser más sociable, una nueva Bella, solo para divertirme un poco. Papá es genial, estamos conociéndonos poco a poco y es fantástico

Te contaré más conforme pase el tiempo

PD. No tengo idea de dónde está tu blusa, lo siento"

No tenía ánimo de hacer nada más, sin embargo, me obligué a mí misma a bajar, recoger todo lo que había sacado del armario y calentar la comida. Comer ya parecía una tarea titánica con la casa tan silenciosa, pensé en llamar a Jessica para poder hablar con alguien, pero deseché la idea. La oscuridad que siempre intentaba combatir se cernía sobre mí depredadoramente y el clima lluvioso hacía poco para mejorarlo, me invadían unos deseos inconcebibles de estar en casa, sentir el sol de la tarde quemarme la espada mientras caminaba en mi hora de almuerzo, abrazar a mis sobrinas y a mi madre por la noche. Iba a volverme loca encerrada en una casa que no pertenecía, que no reconocía y con el color de cocina integral más horrible del mundo.

En mi defensa, y como se lo planteé a Charlie, estaba demasiado sola como para pensar con claridad en lo que hacía. En la cochera había una cubeta de pintura blanca, que seguramente había servido para crear el tono pálido del cuarto de Bella. Tenía un poco de experiencia pintando madera y sabía lo básico de pintar dentro de casa, poner plástico encima de todo, cuidar de no derramar nada y asegurarme de lavar bien las brochas al terminar. Mi madre era particularmente especial cuando de pintar se trataba y nunca habíamos contratado o contado con alguien para hacer el trabajo duro. Para cuando Charlie llegó a casa la cena estaba servida en la sala, el olor a pintura era lo suficientemente fuerte como para hacerme abrir la puerta de la entrada y todas las ventanas del piso de abajo. Mi padre falso casi sufrió un infarto al entrar a su nueva cocina, se veía mucho mejor, más amplia y luminosa. Así le dije mientras le enunciaba los beneficios de remodelar los espacios, energía que se movía constantemente, no gastar tanto en electricidad y la satisfacción de tener un lugar armonioso. Él sólo me había mirado con los ojos como platos desconociéndome y murmurando cosas entre dientes que escapaban mis oídos.

De haber estado plenamente consciente de lo que sucedía, sin el temor de la depresión y la ansiedad, habría notado la forma en que su mirada se llenaba de angustia y amor al mirar la cocina plastificada y la cena en la mesita de café.

Dormí poco esa noche, revolviéndome en la cama sin poder concebir el sueño, con un temor irracional de abrir las cortinas. Como si fuera a encontrarme con el rostro de Edward del otro lado; ojos negros como la noche y una sonrisa malévola. Sí, irracional. No dudaba que los Cullen harían todo lo posible por detenerlo si esa fuera su intención al regresar, se interpondrían en su camino, no por mí, sino por él, para evitarle el dolor y la culpa. Pensé de nuevo en mi familia, en la forma en la que todas me habían ayudado a luchar con mi adicción, en su precaución y en su orgullo cuando en las pocas reuniones a las que había asistido había negado un trago del licor con el menor índice de alcohol posible. Con un suspiro me puse de pie y tomé uno de los cuadernos vacíos que Bella había traído de Phoenix, comencé a escribir lo que recordaba de la línea de tiempo original: Bella y Edward comenzaban a salir, James aparecía, la verdad sobre Alice, muerte de James y las consecuencias con Victoria, la fiesta de cumpleaños con el accidente Jasperiano, la partida de los Cullen, Jacob y los lobos, el estúpido salto de Bella, Volterra, los neófitos, la boda y el encuentro final con los Vulturi. Para cuando terminé llevaba ya casi la mitad del cuaderno, debía ser el más minucioso resumen de la saga que alguien había hecho y seguía sin poder conciliar el sueño, así que me dediqué a plantear mis propias conclusiones de esta semana.

Charlie era fantástico, lo quería y mi claro anhelo por tener una figura paterna me estaba volviendo aprensiva con su presencia. Jessica no era tan mala como pensaba, era una adolescente con todas las fallas que los adolescentes tenían, pero nada del otro mundo. Val era una agradable sorpresa, paciente, linda y muy suspicaz, si había alguien en Forks que podía adivinar la naturaleza exacta de los Cullen era posiblemente ella. Alice era, bueno, era extraña, poseía esa lindura de la que los libros hablaban y era naturalmente sociable, pero sus acercamientos a mí se sentían como todo menos un intento de ser mi amiga, tal vez sus visiones sí se habían desviado de las originales, debido a esto se la pasaba analizándome todo el tiempo, sopesando si mi existencia era una amenaza o no. Me causaba dolor de cabeza el pensarlo con seriedad. De Edward no podía decir nada, su regreso el lunes podía ser inminente o no, no lo sabía, no se me había pasado por la mente cuestionar a Alice sobre eso porque aquello la pondría en un estado de mayor alerta y mi plan era pasar desapercibida. De nuevo deseé con un retorcijón en el pecho que el pelirrojo tomará la decisión de no regresar; yo no era Bella, no poseía las cualidades que habían hecho que él se enamorara de ella y no habíamos pasado una hora sentados en Biología para que le quedara curiosidad de mi personalidad.

Para cuando terminé me dispuse a esconder las notas en un lugar donde resultara casi imposible encontrarlo, las tablas sueltas en el piso de la habitación no podían ser porque en algún momento él las notaría. Había un pequeño espacio entre el colchón y el respaldo de la cama que podía usar como escondite temporal en lo que encontraba un mejor lugar, lo mejor sería pasar todo a la computadora y usar una contraseña, así al menos estaría protegida en mi mente.

Dormí poco y cuando Charlie golpeó mi puerta un par de horas después para que me alistara me cuestioné el haberme entrometido en su viaje de pesca. Al menos podía pasar unas cuantas horas con mi persona favorita. Desayunamos café y unas tostadas, y después guardamos todo lo necesario para el viaje en la camioneta, que era más amplia y cómoda que la patrulla. Había decidió en pleno desayuno que necesitábamos aperitivos así que preparé emparedados y rollitos de pollo con verduras, también suficiente agua para un viaje de días. Cuando papá me cuestionó me encogí de hombros, estaba acostumbrada a tomar mucha agua.

Charlie condujo de ida, pero me aseguró que yo podía hacerlo de regreso, no sabía si sentirme emocionada o extremadamente nerviosa por eso. Tenía un disco de música del caribe que escuchamos en todo el camino, el silencio interrumpido por mis constantes preguntas y comentarios para hacerlo reír o simplemente conversar. Charlie claramente era un hombre de pocas palabras, típico capricornio, pero estaba dispuesto a concederme el placer de responder mis preguntas y hacerme las necesarias para no decepcionarme: ¿qué opinas de Forks? ¿te está gustando la escuela? ¿tienes amigos? ¿quiénes son? ¿qué tal te tratan los muchachos? ¿salías a pasear por el desierto en Phoenix? ¿por qué dices que no sabes conducir? Y más simplonas para asegurarse de que estaba pasándola bien.

Pescar al final era más aburrido de lo que pensé, pero estar con Charlie valía la pena. Y hacerlo reír de cuando en cuando con mi sorpresa al ver los peces o sentir que mi línea se tensaba lo compensaba. Termínanos atrapando cuatro grandes, tres suyos y uno mío que me hizo reír histéricamente y que provocó que él orgullosamente me sacara una fotografía con la cámara que apenas si había notado en los bolsillos de su chaleco. Nos tomamos una más, que no estaba segura si había salido bien, tendría que esperar hasta revelarlas, presumiendo nuestros sombreros gemelos y nuestra pesca del día. No pude soltar la cámara después de eso y terminé tomándole una decena de varias fotos a él y al paisaje antes de detenerme, tenía que recordar que los rollos en este tiempo eran limitados y costaba dinero conseguir más, pero a Charlie parecía no importarle.

Cuando terminamos él me arrojó las llaves de la camioneta que atrapé en el aire y me dijo ―Es tu momento Isa, lúcete―. Intenté sonreír sobre mis nervios, pero las manos me temblaban cuando me coloqué en asiento del conductor y revisé los espejos obsesivamente. Las pocas lecciones de manejo que mi madre me había dado me cruzaron por la mente, deseaba haber prestado más atención o haberlo intentado con mayor seriedad en lugar de contar siempre con su presencia para llevarme de un lado a otro.

―Papá, prométeme que no vas a molestarte si termino estampándome contra un árbol―. Charlie bufó mirándome fijamente sin timidez por primera vez en el día.

―Bells― dijo usando el mote de cariño para Bella ―No voy a molestarme por nada, estoy aquí para ayudarte, anda―. Era definitivamente culpa de mi período que mis ojos se llenaran de lágrimas repentinas. Mamá me había dicho casi lo mismo en mi realidad y había deseado durante tantos años poder tener un padre que me dijera eso. No queriendo someter a Charlie a una sesión de terapia y llanto, encendí la camioneta y con un cuidado ridículo metí la primera velocidad y solté poco a poco el clutch. La camioneta comenzó a moverse y mi pie presionó tímidamente el acelerador, nos arrojamos violentamente hacía el camino y el auto convulsionó cuando frené súbitamente. El corazón me latía con fuerza y me giré para mirar a Charlie entre mi cabello revuelto.

―No pasa nada, no tengas miedo―. Dijo entre dientes, pero se aseguró de colocarse el cinturón y de verificar que el mío estuviera bien sujeto.

―Inténtalo de nuevo―. Ordenó con la mayor dulzura posible y con un suspiro volví a intentarlo.

Llegamos a La Push en lo que debió haber sido el viaje más largo de la historia, pero él no mencionó nada al respecto ni se quejó cuando la camioneta volvió a convulsionar violentamente al frenar frente a la casa de los Black. Bella, definitivamente, tenía el mejor padre del mundo. Bajamos cuando Billy se asomaba por la puerta de la entrada, Jacob que ya estaba fuera nos miró con una sonrisa tonta de oreja a oreja. Demonios, había olvidado, de nuevo, que casi todos los chicos en la vida de Bella gravitaban hacía ella como idiotas, en serio, parecía que no habían visto a otra chica en sus vidas.

Ventajas de ser el personaje principal, pensé.

―Hola, Bella―. Dijo el hombre en la silla de ruedas cuando estuvimos lo suficientemente cerca.

―Hola Billy, te ves bien―. Le respondí sujetándome el cabello en una coleta alta para después abrazar a Charlie, quería sentir que no estaba sola en este encuentro.

―Me mantengo bien― Respondió encogiéndose de hombros ― ¿Recuerdas a Jacob? ―. Billy señaló a Jake con el mentón, el chico se había recargado en uno de los postes del porche queriendo parecer casual, la terrible adolescencia.

―Claro― Dije, prestándole poca atención al chico y dejando respirar a mi padre ―Hola jake, qué hay―. Cortés, pero no demasiado, había que mantener la distancia con el próximo lobo.

―Hola Bella―. Contestó sonrojándose, dios.

―Ugh, llámenme Isa―. Les dije, metiendo las manos en los bolsillos de mi chaqueta y sacudiendo el polvo de mis botas. Charlie a mi lado se encogió de hombros y rodó los ojos cariñosamente.

―Nuevo pueblo, nueva hija―. Les dijo, moviéndose para poder entrar a la casa sin esperar que Billy nos invitara, beneficios de una amistad de tantos años, supuse. Los seguí con Jake entrando a mis espaldas y tomé asiento en uno de los cómodos sillones de la salita de estar. La casa era linda, más cálida que la de Charlie en ambiente y también más masculina, de algún modo en casa todavía quedaban rastros femeninos de lo que suponía Renee había hecho antes de separarse.

Jacob se sentó conmigo en el sillón mientras papá salía para tomar los peces que iban a quedarse con Billy y que había olvidado sacar.

― ¿Te gustó tu regalo? ―. Preguntó el chico de repente haciéndome saltar al darme cuenta de su cercanía, ningún chico en Forks sabía lo que espacio personal significaba.

―Ah sí, fantástico― Respondí, alejándome lo más que podía y colocando mis brazos en mis rodillas para mantener una pose más defensiva y menos femenina. ―Sólo que aún no sé conducir así que…―. Parecía que encogerme de hombros iba a ser mi reacción favorita a todo lo que pasaba.

―Charlie dijo que tenías licencia―. Las cejas de Jacob se unieron en una mueca de confusión que lo hizo parecer un niño, y bueno, Jake era técnicamente un niño todavía.

―Papel que no significa nada, papá ya está dándome clases así que no tardaré en usar la camioneta―. Dije sonriendo tímidamente.

―Bueno, si quieres, yo también puedo darte lecciones―. Su comentario estaba repleto de emoción romántica, podía notarlo tan claro que me dio un poco de pena desinflar sus ilusiones violentamente, pero no podía darme el lujo de tener a un perrito detrás de mí, esperando el momento en que una niña híbrida saliera de mi vientre para hacerlo feliz.

―Vaya, vaya Jacob Black, que el jefe de policía no te escuche decir eso, se supone que no puedes estar detrás de un volante hasta los 16―. Le dije, enfatizando maliciosamente su juventud.

―No falta mucho―. Dijo repentinamente serio y tal vez un poco ofendido.

―Claro―. Comenté rodando los ojos para dar el golpe al último clavo del ataúd de las esperanzas de Jacob Black, lo cual sonaba como un buen nombre para una banda.

Charlie entró cargando una hielera de hielo seco terminando con nuestra conversación, él y Billy se dirigieron a la cocina hablando en voz alta sobre partidos, juegos y salidas de pesca futuras. Por lo que alcanzaba a escuchar el amigo del jefe estaba contento de ver que había acompañado a Charlie en su viaje de pesca, sonreí un poco mientras Jacob encendía la televisión y colocaba una repetición de un juego de beisbol. Los hombres salieron de la cocina con un paquete de cervezas en la mano y Charlie se colocó en el sofá a mi lado estirando una lata hacía mí.

― ¿Quieres una? ―.

― ¿Puedo? ―. Pregunté, más para mí que para él, una voz susurró en mi mente "nunca más".

―Claro, soy tu padre y responsable legal―. Respondió sacándome de mis pensamientos, le sonreí ampliamente con deseos de abrazarlo y besar su frente, pero terminé recargándome en el respaldo del sillón para alejarme lo más que podía de la lata de cerveza.

―No gracias, papá― Me giré hacia Billy para comentar ― ¡Huele delicioso! ―. Y no mentía, había un olor a comida frita delicioso que flotaba en el ambiente.

―Es comida de los Clearwater, ¿quieren un poco? ―. Jake del otro lado del sillón se movió para ponerse de pie, seguramente listo para servirnos de comer.

―Venimos de paso a dejarles eso, Isa y yo cocinaremos hoy―. Charlie contestó antes de que el chico terminará de enderezarse, su tono contento y complacido con nuestros planes para el día de hoy me hizo sonreír de nuevo como tonta. Billy frente a nosotros también sonrió, su rostro suavizándose ante la imagen que dábamos, al menos alguien estaba pasándola bien con el secuestro de una vida que no me pertenecía.

Nos despedimos de ellos después de la tercera cerveza de Charlie lo que quitaba por completo la posibilidad de que él condujera hasta casa, al menos ahora me sentía menos nerviosa, aunque seguimos moviéndonos a velocidad de tortuga. Él estaba feliz y más relajado por el alcohol y pudimos reírnos de mi inseguridad y de los autos que nos rebasaban en la carretera.

― ¡Buuu! ―. Grité al último conductor que nos insultó con el claxon antes de rebasarnos, Charlie soltó una risita para después ponerse serio.

―Esto no pasaría si estuviéramos en la patrulla―. Masculló y se estiró en su asiento para espiar la matrícula del auto que se alejaba a toda velocidad, era imposible que lo viera y me reí de sus intenciones.

Llegamos a casa sanos y salvos, y sin tener que usar las influencias del jefe de policía para detener a algún desafortunado malhumorado por mis habilidades de manejo. Preparamos una cena simple, arroz y pescado en aluminio, una receta costera y vacacional de mi familia que él aprobó dulcemente. Mientras limpiábamos la cocina antes de dormir Charlie se recargó en el lavamos, mirando su nueva cocina blanca y me dijo.

―Te ves bien, feliz―. Lo decía como si estuviera sorprendido, como si el ver a su hija aclimatándose a su hogar y a su presencia fuera una sorpresa para él y no pude evitar sentir lástima por su situación y molestia hacia la dueña de este cuerpo.

―Me siento bien papá― Respondí acercándome a él para poder abrazarlo con fuerza, él se quedó quieto un momento antes de responder con torpeza, evitándole más molestias continué. ―Y tengo que terminar un ensayo así que…―.

―Entiendo, ve, nos vemos mañana―.

Reprimí un suspiro y subí las escaleras hacía la habitación, tenía que tomar un baño, asegurarme de tener todo listo y quizá, solo quizá, prepararme mentalmente para el posible regreso de Edward. Ducharme en una casa con un hombre era extraño, pero no tanto como duchar un cuerpo que no me pertenecía, me sentía ridícula por querer hacer todo con los ojos cerrados, sintiendo superficialmente las curvas crecientes del cuerpo de Bella, lo peor era que este cuerpo necesitaba una afeitada y no deseaba hacerlo, el vello de Bella no era abundante ni grueso, sin embargo, estar en pleno período con una mata de vello púbico era molesto. Además, desde mis nuevas incursiones en el deporte, sudaba lo suficiente para desear tener axilas lampiñas.

Bella tenía una crema para afeitar, prácticamente nueva, que decidí poner en uso. Al terminar con la rutina de la noche, colocándome crema corporal, hidratante para el rostro, cepillando el largo cabello castaño usando una crema que había conseguido el viernes para mantenerlo sedoso y brillante y lavándome los dientes decidí escribir una nota más para Bella en un post it que mantendría en un cuaderno en la escuela, junto con mi cuaderno de secretos que metí a la mochila antes de dormir.

Bella, estoy tratando tu cuerpo con mucho respeto y cuidado, no te preocupes por enfermedades o descuido, lo siento mucho

La mañana siguiente me sorprendió con nieve, sí, nieve. Nunca en toda mi vida había visto nieve y mi entusiasmo había hecho reír a Charlie. Para conmemorar el momento le preparé un termo con chocolate caliente a la mexicana para el trabajo y decidí servirme uno para mí, algo para mantenerme caliente mientras caminaba a la escuela, aún no me sentía con confianza para conducir sin supervisión de un conductor experimentado.

Llegué a tiempo para mirar como los chicos se arremolinaban en las escaleras del estacionamiento, miré discretamente a todos lados descubriendo el auto de los Cullen en su lugar de siempre, ninguno de ellos a la vista gracias al cielo.

― ¡Nieve! ―. Grito Mike cuando estuve cerca, Jessica se acercó a mí dando saltitos con las mejillas sonrojadas y una sonrisa infantil. Ni Val ni Angie estaban a la vista así que supuse estaba feliz por tener la compañía de Mike solo para ella.

Ben y Erick al lado del rubio comenzaban a juntar la nieve cercana para formar bolas, no había estado antes en una pelea de nieve y quería formar parte de una, ahora mismo. Sonriendo maniáticamente tomé el brazo de Jessica y la llevé hasta la parte baja de la pared donde se había acumulado una buena cantidad de munición blanca y limpia, lo último que quería era arrojarle a alguien una bola con piedras o trozos de vidrio. No era tan malvada. La rizada me miró y rodó los ojos adivinando mis intenciones, pero si tenía algo en contra no dijo nada, solo se cruzó de brazos y siguió sonriendo. Me quité los guantes y los metí a mis bolsillos antes de inclinarme para tomar una buena cantidad en mis manos, no estaba preparada para el frío y siseé con dolor tratando de armar una bola más o menos perfecta.

―Es demasiada―. Dijo Jess inclinándose para ayudarme a formar una bola más pequeña. Le sonreí agradecida poniéndome de pie y apuntando como arquera.

― ¡Oh cuidado, Mike! ―. Jessica gritó antes de que arrojara la bola, pero él no había sido lo suficientemente rápido. Para nunca haber hecho esto antes era bastante buena, la bola lo golpeó en el rostro sorprendiéndolo y llenando su boca, cabello y cuello de nieve fresca. Jessica y yo soltamos una carcajada ante la imagen, un montón de chicos alrededor se detuvieron para reírse de la escena también. Mike se quedó paralizado unos segundos antes de sacudirse como un perro y mirarme fijamente con una expresión de sorpresa y enfado jovial.

― ¡Isabella Swan, esto es guerra! ―. Dijo trabajando de inmediato para formar su arsenal.

― ¡Como digas Newton! ― Le grité de regreso, volví a agacharme sin importarme el entumecimiento de mis manos. ―Vamos Jessica, ayúdame ―.

―Isa estás demente―. Sin embargo, se colocó a mi lado, sus dedos hábiles tenían más bolas preparadas de las que yo era capaz de hacer así que me límite a arrojarlas a mi contrincante y defender nuestra posición.

Para cuando sonó la campana mi chaqueta estaba empapada, al igual que mi gorro. Al menos mi cabello había sobrevivido al altercado y sacrificarme para que Jessica siguiera luciendo perfecta valía la pena. Val me dirigió una mirada inquisitiva mientas entrabamos a clase de Inglés y no pude evitar pasarme la clase entera chismeando exactamente cómo habíamos vencido a Mike. En el almuerzo los chicos seguían comentando sobre eso provocándome carcajadas cada vez que imitaban el rostro del rubio ante el primer disparo, me serví una buena porción de arroz con un muslo de pollo de dudosa apariencia y me senté gustosamente ante el recuento de la batalla.

― ¡No fue justo, eran dos contra uno! ―. Se quejó Mike por centésima vez.

―Uno contra uno, yo sólo estaba jugando con la nieve―. Masculló Jess con una sonrisita malvada, se veía espectacularmente linda y las mejillas de Mike se encendieron al mirarla. Esto era una sorpresa que aceptaba con gusto.

―Admítelo Newton, te vencimos―. Dije mientras masticaba la comida simplona, arrepentida de haber ignorado la pizza. Tal vez tendría oportunidad de alcanzar un trozo si me apurada.

―Mike tiene razón, fue un poco injusto―. Comentó Eric poniéndose de lado del rubio que asintió exageradamente en agradecimiento, aunque hasta unos minutos el pelinegro estuviera burlándose de él.

―Buuu, está bien, una revancha para limpiar tu honor―. Les respondí llevándome una cucharada de arroz frío a la boca. Todos asintieron con entusiasmo, incluso Val e Angie que se habían quedado al margen de la conversación, todos menos Lauren que rodó los ojos e hizo una mueca de clara molestia, intentó hacer que Jessica le siguiera el juego, pero ella estaba enfrascada en hacer planes con Mike y los demás chicos. Satisfecha tragué mi insípido almuerzo con deseos crecientes de agregar algo más grasoso y salado al menú.

Val me dio un codazo para llamar mi atención y dijo ―Mira quién está de regreso, y parece que te está mirando―. Como toda una tonta confundida me giré automáticamente para mirar hacia donde ella indicaba con su barbilla, en el fondo de la cafetería la mesa de los Cullen estaba completa y yo era acertadamente una tonta por olvidar que hoy era el tan esperado regreso de Edward. Reprimí un gemido de disgusto. Con seguridad el susodicho nos había escuchado y aunque intenté con todas mis fuerzas no mirarlo directamente no pude evitarlo. Había algo magnético en él, seguramente su perfecta y ridícula belleza o lo de "Todo cuanto me rodea te invita a venir a mí: la voz, el rostro, incluso mi olor". El sólo hecho de recordar la frase con tanta exactitud me causaba escalofríos. Seguí mirándolo fijamente, bebiendo cada una de sus facciones, era tan absurdamente atractivo que me daban ganas de reírme o llorar, o quizá ambas. Sus ojos eran dorados, lo sabía porque seguramente había tomado las precauciones necesarias y porque, al igual que Alice, sus pupilas parecían retener toda la luz y el brillo de la habitación. A pesar de la distancia que nos separaba el poder de su mirada (completamente centrada en mí, sin furia o hambre asesina, sino curiosa con un poco de frustración) era suficiente para hacerme perder el aliento.

Lo odiaba por desbaratarme con tanta facilidad. Porque quería temerle, mantenerme alejada, no pensar en él, idear una forma de regresar a casa, pero lo único que atravesaba mi nubosa mente era una vocecilla que me susurraba "sería un excelente supermán, deberían contratarlo en lugar de a Henry Cavill"

―Ugh―. Gemí en voz alta, quejándome por la simplicidad de mi mente, creía que la adolescencia había quedado atrás hacia años. Ya que seguía con la vista pegada a él como una acosadora noté como su ceño se fruncía ante mi reacción, como sus maravillosos ojos me escrutaban con mayor persistencia. Iba a terminar dándole una bofetada o dándome a mí una bofetada.

― ¿Todo bien? ―. La voz de Val me sorprendió tanto que di un saltito en mi asiento y me giré con el rubor comenzando a subir por mis mejillas, ya sentía el pecho y el cuello caliente. Dios Bella, cómo controlas este cuerpo.

―Sí, seguro, sólo que perdí el apetito― Mentí con la voz temblorosa. ―Voy a adelantarme―. Me puse de pie, mi anterior hambre y deseo de pizza olvidados. Las manos me picaban con otro tipo de deseo y contuve lo mejor que pude mis ganas de golpearme la cabeza con la bandeja.

― ¡Oh no! Está lloviendo―. Uno de los chicos dijo, cometí el error de seguir su mirada hacia las ventanas y volví a perder en admirar la forma en que la nariz de Edward se arrugaba en frustración al mirarme. Bendito escudo mental.

―Ahí queda nuestra revancha, nos vemos en clase chicas―. Me despedí sin darle oportunidad de preguntar a nadie, nadie siendo Val, sobre mi repentina partida.

Afuera el agua caía con suficiente fuerza como para llevarse la nieve en un acuoso y helado obstáculo. Para llegar a Biología tendría que cruzar por una zona sin techo y en consecuencia mojarme, no tenía ánimo de quedar empapada solo para llegar a clase antes que Edward. Si hubiera esperado lo suficiente me habría refugiado en la sombrilla que Jessica llevaba en su mochila. No me apetecía regresar, así que me puse en camino, cuando estaba a punto de dejar el refugio del tejado de la cafetería escuché que alguien llamaba mi nombre.

―Isa―. La voz de campanillas de Alice me hizo girarme tan rápido que sentí un músculo de mi cuello tronar, diablos, iba a terminar muriendo de mis solas reacciones a ellos. La duendecilla caminó a saltitos los últimos metros que nos separaban, midiendo exactamente a qué velocidad debía moverse, para no llamar la atención.

―Alice―. Respondí sin ánimo, seguía sintiéndome incómoda con su presencia, pero al menos podía controlar mi tono lo suficiente para no sonar a la defensiva.

― ¿Vas a clase? ―. Me preguntó como si aquello no fuera lo más obvio del mundo.

―Sip―. Tiré de la mochila en mi espalda para poder acomodarme el cabello debajo del gorro.

― ¿No es muy temprano? ―. Sí, era sospechosamente temprano, pensé, pero en su lugar contesté.

― Bueno, me gusta tener siempre la ventaja―. La miré fijamente mientras me ponía torpemente los guantes, no creía que fuera posible que el ambiente estuviera más frío que con la nieve.

―Te pusiste algo azul―. Comentó casualmente recargándose en la pared, un intentó de parecer humana, tenía algo en la mano detrás de la espalda. No pude concentrarme mucho en eso porque en seguida corrí mi mirada por mi ropa, no había pasado mucho tiempo pensando qué usar esa mañana. Unos jeans negros a la cintura, botas de combate, chaqueta negra que llevaba abierta y claro, una blusa azul imperial de manga larga con un bonito escote (del cual me arrepentía ahora que sentía el frescor del día en la piel traslucida de Bella).

―Ah sí, ahora será azul empapado―. Aproveché la oportunidad para subir el cierre dándole oportunidad a este cuerpo de mantenerse cálido hasta llegar al salón de clases con maravillosa calefacción.

―No te angusties, toma―. Alice se enderezó y estiró su brazo perfecto, en su mano de mármol sostenía una sombrilla negra retráctil.

― ¿Tenías eso guardado para dármelo? ―. Pregunté con desconfianza, entrecerrando los ojos para mirar su rostro de muñequita con tanta frialdad como podía. ¿Por qué se molestaría en hacer esto? ¿Pasaría algo malo si decidiera mojarme o era un simple acto de bondad?

― ¡Claro que no!, ¿cómo podía saber que llovería? ―. Su voz era dulce, pero noté inmediatamente la precaución de siempre llenar sus ojos, de nuevo había llamado la atención de mala manera. ―Tómalo, te mojarás―. La sombrilla seguía extendida como una oferta, una que no podía negar porque me daba un poco de miedo pensar en las posibilidades, en las variaciones del futuro si decidía no tomarla. Era más fácil hacer lo seguro, por lo que tomé su oferta, abriéndola de inmediato para enfrentarme a la lluvia. Apenas había dado un paso cuando recordé que debía actuar lo más normal posible y me giré para verla, ella tenía una sonrisa de triunfo en el rostro que podía eclipsar al sol.

―Gracias, supongo, espera ¿qué clase tienes después? Puedo devolverlo antes de educación física―. Tendría que correr, pero podía hacerlo.

―No te preocupes, dáselo a mi hermano, que él se encargue―. Su hermano, claro, todo esto era un plan más para hacer que la conversación de hoy fuera inevitable.

―Okay―. No sabía si ella sería capaz de interpretar mi molestia o si el latido acelerado de mi corazón era por miedo o por anticipación, esperaba por mi bien que fuera lo primero.

―Nos vemos―. La bajita sacudió su muñeca antes de girarse de regreso a la cafetería.

―Nos vemos―. Dije en voz baja, ningún humano podría haberme escuchado, pero sabía que ella sí y con un suspiro me alejé para enfrentar de nuevo a la muerte.

El profesor era el único en el aula y me dio un saludo amistoso, excesivo si me preguntan, cuando me vio entrar. Como mi compañero de clase no había asistido en toda la semana me había adueñado del todo el escritorio, incluso del pequeño cajón en donde podíamos guardar notas, dentro del espacio de Edward había colocado copias de las notas de las clases pasadas, aunque estaba segura de que el lector de mentes sabelotodo no las necesitaría. Seguramente se sabía el temario de ciencias de preparatoria de memoria, pobre, al menos esperaba que mis comentarios en los márgenes de la hoja respecto a nuestros compañeros de clase y su comportamiento le hicieran sentir un poco menos miserable, y ahí estaba de nuevo, yo intentando hacer algo lindo por alguien que quería partirme en dos y beberme como un bolis en un día soleado.

Me hice a la idea de que hacer que Edward Cullen fuera menos dramático era imposible, el pobre tipo iba a vivir con la personalidad de un chico emo hasta el final de los tiempos. Y bueno, sí, ser depresivo estaba de moda, pero ¿y el humor? ¿dónde estaba el burlarse de su situación con memes sin sentido? Si de alguna manera lograba sobrevivir este día y volverme una compañera de clase más en su vida iba a dedicarme a traerlo al siglo XXI, tal vez a algunas décadas futuras del 2005.

Como ya sabía lo que me esperaba y no iba a dejar que me sorprendiera me senté en la silla recargándome en el respaldo con los brazos cruzados, la barbilla alta y la mirada fija en la puerta. Mike entró y me saludó evitando que pudiera fijar mis ojos en la entrada de Edward.

―Hey Isa, vamos a salir toda esta noche ¿Te apuntas? ―. En Forks existía un solo lugar donde los chicos podían salir y disfrutar de un ambiente sin supervisión parental y consumo de alcohol de dudosa procedencia. Jessica lo llamaba "el lugar" y era literalmente un garaje en la casa de los Newton que estaba alejado de la casa principal, lo suficiente para que los adultos no pudieran escuchar lo que pasaba dentro. Angie me había dicho que en realidad no se hacía nada ilegal y que las pocas veces que ella había ido lo único que habían hecho había sido conversar y quejarse de los profesores, padres y el futuro en general. Sonaba el lugar perfecto.

―Cool― Respondí, la figura del pelirrojo cruzó el salón grácil como un gato y escuché la silla a mi lado moverse ― ¿Quién va a darme un aventón? ―. Mike estaba ya frente a mí y su sonrisa cambió de amigable a coqueta, podía sentir la mirada del recién llegado penetrar mi cabeza como si quisiera obligarme a mirarlo e ignorar al rubio.

―Yo puedo, te dejo en tu casa y de ahí nos vamos―. Eso sonaba a que Mike esperaba que pasáramos más tiempo del indicado juntos e hice una mueca.

―Nop, voy a decirle a Jess que me lleve―. Su rostro decayó visiblemente, pero suponía que el prospecto de tenerme ahí en la noche era suficiente para hacerlo feliz porque en seguida volvió a sonreír y se movió a su lugar.

Esperaba que la clase comenzara antes de tiempo, pero la campana seguía sin sonar y el profesor no parecía tener intención de robar tiempo extra, escuché el rechinar de la silla a mi lado y reprimí un suspiro, aquí vamos.

―Hola―. Dios, cómo era posible que una sola palabra sonara tan bien en su voz, quería grabarlo y reproducirlo como sonido de fondo de toda mi existencia.

―Hey―. Me giré para verlo de frente, intenté concentrarme en los detalles para no perderme de nuevo en su perfección, sus pestañas, por ejemplo, el lugar de sus ojos dorado brillante.

―Me llamo Edward Cullen, no tuve la oportunidad de presentarme la semana pasada. Tú debes ser Isabella Swan―. No me digas. Pero bueno, al menos lo estaba intentando, ser amable y cortés en lugar de un desgraciado arrogante.

―Isa, solo Isa―. Volví a mirar al frente de la clase, llevaba el cabello suelto, mas mi ansiedad me hizo trenzarlo en una sola trenza de lado que ocultara mi cuello de su vista, confiaba en no mover demasiado mis manos para evitar enviar una ráfaga de mi aroma en su dirección. Gracias al cielo el ventilador de la clase estaba en el fondo hoy y la brisa corría del lado contrario.

―Claro, Isa, mucho gusto―. Terminé y aseguré mi peinado con una liga que llevaba en la muñeca.

―Encantada de conocerte Edward Cullen, ¿alguna preferencia para llamarte? ―. Lo miré sin girarme por completo, sorprendida de que sus ojos siguieran clavados en los míos a pesar de mis intentos por evitarlos. Estaba sonriendo, no una sonrisa completa, era casi imperceptible en su rostro de mármol y era hermosa, la mejor versión de su rostro. El aire se quedó atascado en mi pecho y me obligué a dejar de mirarlo para poder seguir respirando.

―Edward está bien―. No sabía si consideraba mi comentario divertido o si estaba burlándose en secreto de mí y de mis reacciones (honestamente debía ser la segunda, cómo no iba a notar el efecto que tenía en mí aún con el escudo mental).

―Bien―. Mascullé sin mirarlo, enfocada en el pizarrón y eternamente agradecida por el sonido de la campana.

La cebolla, en esta línea temporal no había una cebolla de oro y en serio, no tenía motivación alguna para vencer a los demás chicos sin la posibilidad de recibir una cebolla dorada. Después de la explicación el profesor nos indicó que podíamos comenzar. De haber querido, pensé, me hubiera adelantado a esta clase investigando un poco para poder lucirme como Bella se había lucido, pero no, estaba en blanco.

― ¿Las damas primero, compañera? ―. Preguntó Edward, empujando sin problemas el microscopio a mi lado de la mesa, esta vez disfruté mirarlo fijamente y sonreírle.

―Rompamos los moldes de género compañero, tú primero―. Eddie pareció disfrutar el tener el control y regresó el microscopio a su lugar, colocó la primera placa y miró por menos de un segundo antes de decir en voz alta.

―Profase―. Escribió en la hoja con su letra cursiva perfecta, vaya, eso sí podría envidiarle.

― ¿Puedo? ―. Pregunté cuando él colocó la segunda placa sin fijarse en mí.

―Claro―. Parecía sorprendido de mi solicitud, movió lentamente el aparato cerca de mí, alejándose lo más que podía y le agradecí mentalmente por tomarse todas las molestias necesarias para no ponerme en peligro. Aun así, porque seguramente la narrativa lo pedía o yo era impulsiva y tenía poca paciencia, me adelanté para tomarlo y nuestros dedos se tocaron por un instante.

Fue suficiente para sentir la electricidad, un espasmo de algo tan fuerte que me hizo saltar en mi asiento y retirarme a mi esquina. Edward continuó colocando el microscopio, pero con extremo cuidado y después descansó sus manos lo más lejos que podía, noté que la mano que se sostenía de la mesa dejaba presionaba con más fuerza de la necesaria y un deseo irracional de explicarle que no había sido él o su temperatura lo que me provocó mi susto me llenó. Esperaba el frío de su toque, como el de Alice, pero no la electrizante energía que cruzó mi cuerpo y la terrible realización de que la atracción que sentía por él debía ser inevitable, ese espasmo sólo anunciaba lo que vendría. Como una marca de almas gemelas que no pueden evitarse.

Cuando todo estuvo listo me sacudí la sensación y miré por el lente, la imagen no tenía sentido, sentía el latir de mi corazón en mis oídos como un tambor y las manos me temblaban ligeramente.

―Sí, definitivamente no tengo la mejor idea de lo que estoy viendo, pásame la siguiente―. No dejé de mirar a la imagen de la placa aumentada, sin sentido, estirando mi mano esperando recibir el portaobjetos siguiente. Esta vez él tuvo cuidado de no tocarme.

―Apostaría todo lo que tengo a que esta es anafase, ¿puedes comprobarlo? ―. Dije, alejándome un poco, recordaba sólo eso de los libros, pero no sabía con seguridad si el orden de las placas sería el mismo. Fue mi turno de mover el aparato y lo hice con demasiada confianza porque noté como Edward se tensaba a mi lado. Estúpida, se suponía que debía hacerlo más fácil para él.

―Anafase―. Dijo, su voz tensa seguía siendo hermosa. Colocó la siguiente placa y me miró como preguntándome si quería mirar primero. No era tan lista como Bella y no estaba preparada para esto, además era más sencillo observar y poder analizarlo mientras escribía sus respuestas.

―Nah, hasta aquí llega mi suerte―. Tomé la hoja y escribí la respuesta que él no había colocado, una cosa mía más que se trasladó conmigo había sido la forma descuidada y cursiva de mi letra.

Edward sonrió mientras me miraba anotar y siguió analizando las placas, una tras otra, indicándome en voz alta lo que debía escribir. Tenía un perfil glorioso, la forma de su nariz era perfectamente proporcional a sus pómulos, barbilla y frente, lo mejor de todo eran los labios: de un rosado oscuro y suaves a la vista, me pregunté qué se sentiría besarlo, si su piel sería tan dura como una piedra y fría o si tendría ese calor de la energía que nos había cruzado al tocarnos. Un escalofrío me recorrió y sentí una oleada de calor inundar mi vientre bajo. Ups, definitivamente mi período me estaba jugando malas pasadas. Edward volvió a tensarse en su lugar y me miró de reojo, el dorado de sus pupilas con un tinte de algo más, un hambre que no me espantaba, pero que definitivamente estaba fuera de personaje en él. Yo también me tensé bajo ese escrutinio y olvidé que estábamos en clase.

― ¿Quieres echar un vistazo? ―. Me dijo, su tono bajo y peligroso, dios siempre me habían resultado atractivos los hombres con voz profunda. ¿No se suponía que estaba aterrada de todos los Cullen? Edward miró de repente al frente del salón desde donde el profesor nos vigilaba y caí en cuenta de su pregunta.

― ¿El profesor Banner está sospechando verdad? Dame, dame―. Moví mis manos debajo de la mesa y él con una sonrisita leve me pasó todo para que pudiera echar un vistazo falso, dije un par de nombres a lo loco lo que lo hizo sonreír con mayor intensidad, aunque sin mostrar dientes y cambié las placas varias veces, con cuidado de no desordenarlas, aprovechando para que él reescribiera con su letra impecable nuestras respuestas.

―Todo listo―. Dijo él, seguro de que estábamos fuera del radar del profesor. Me dejé caer en mi asiento dejándolo a cargo de la limpieza de nuestro escritorio. A pesar de nuestra presentación habíamos sido los primeros en terminar. Nerd, pensé con fuerza riéndome en silencio de mi propia broma, Edward no cambió de postura, tan tenso como una estatua. Carraspeé para llamar su atención y la ligereza con la que se giró para mirarme con esos destructores ojos dorados me hizo sonrojar, ugh, pobre.

―Te dejé las notas de la semana pasada en tu cajón―. Apunté al lugar y abrí mi cuaderno para poder concentrarme en algo más que no fueran los pensamientos lujuriosos y adolescentes que me acosaban.

Ninguno dijo nada más por unos minutos. Me resultaba impactante cómo era posible que mi aversión se desvaneciera en su presencia, todavía existían rasgos de su actitud que no soportaba como la manera en que parecía mirar todo con desdén, pero fuera de eso… ¿qué me pasaba? y ¿qué con la sensación que su tacto me había provocado? Creí que eso era algo de Bella, es decir, era absurdo ignorar la apariencia física perfecta de Edward, pero aquello podía bien provocarme miedo como lo hacía la belleza de Alice. Pero no, lo que sentí había sido profundo, me había sacudido hasta los cimientos de lo que YO era, no lo que Bella era. ¿Por qué? ¿Cómo era eso posible? Yo no era Bella Swan, me dije y repetí la misma frase en mi mente mientras garabateaba en mi cuaderno.

Yo no era Bella Swan, no estaba destinada a amar a Edward Cullen.

Estaba tan concentrada en eso que la repentina aparición del profesor Banner me hizo levantar la cabeza tan rápido que el mismo músculo de antes volvió a tronar. Hice una mueca de dolor y por el rabillo del ojo observé como mi compañero inclinaba el rostro con curiosidad.

―Edward hubieras dejado que tu compañera tuviera oportunidad ¿no crees? ―.

―Profesor, me ofende, su clase es mi clase favorita, no iba a dejarle toda la carga a mi compañero―. Me crucé de brazos dándole mi mejor sonrisa.

―Claro Isa, ¿aún consideras unirte al club de química? ―. Como si en algún momento hubiera considerado seriamente unirme al club de química.

―Sólo si promete darme créditos extra―. El rostro del profesor se iluminó al escucharme, y yo que pensaba salir de esto sin tener que unirme a otra clase, a este punto iba a terminar viviendo en la escuela.

―Todos los que necesites―. Mi sonrisa se ensanchó pensando en todos los proyectos y tareas que podía saltarme con el simple hecho de estar unas horas a la semana en un laboratorio, además me gustaba la química.

―Entonces acepto―. Le ofrecí mi mano para sacudirla y el profesor Banner, olvidando completamente su conversación con Eddie, la apretó para cerrar el trato.

Cuando volvimos a quedar solamente nosotros, Edward se giró para mirarme de frente.

― ¿Te gusta la química? ―.

―Alquimia moderna, a quién no le gustaría Edward―. Respondí encogiéndome de hombros, pareciera que la clase se extendía por siempre, pero los chicos estaban igual de interesados en sus proyectos. Incluso Mike que parecía un halcón atento a todo lo que pasaba en nuestra mesa, se revolvía incómodo mirando de placa en placa con confusión latente.

―La alquimia y la química son muy diferentes, aunque su nacimiento pueda considerarse… ―. Sí, esta era la clase de actitud que no podía soportar, qué tan denso podía ser que no era capaz de distinguir un poco de humor.

―Ah ya, ya, no existe la piedra filosofal, lo sé, no es necesario que me eduques―. Puse los ojos en blanco para recalcar mi punto.

―Lo lamento, no era mi intención molestarte―. Edward se retractó físicamente en su asiento, sorprendido de mi respuesta y quizá de la rudeza con la que respondí a su comentario. No debía estar acostumbrado a que las humanas lo trataran como a cualquier hombre.

―No pasa nada― Me di la oportunidad de fundirme en sus ojos, seguían siendo tan hermosos como unos minutos antes. ―Seremos compañeros de laboratorio el resto del año ¿no?, vas a educarme en más de una ocasión, espero que no te moleste que responda de vez en cuando―. O siempre, pensé.

―No, no me molestaría―. Y ahí estaba de nuevo una de sus sonrisas despampanantes, el corazón me dio un salto en el pecho solo de verlo. No era posible que alguien fuera tan increíblemente hermoso.

―Es una lástima lo de la nieve, ¿no? ―. Comentó después de un rato, mirando como la lluvia caía.

Asentí ―Sí, una lástima, mi primera nevada se terminó muy pronto―. Quizá había observado mi pequeña batalla con Mike o lo había visto desde la mente de alguien más.

―No hay mucha nieve en Phoenix―. Aseguró.

―No sabría decirte―. Volví a encogerme de hombros deleitándome en la forma en que sus cejas se unieron en confusión.

―Vivías en Phoenix antes, ¿cierto? ―. Me golpeé mentalmente por el desliz, por supuesto que debía saber si en Phoenix nevaba o no, dudada que lo hiciera, mi única referencia del sur era mi propia ciudad y mi propio país y ahí la nieve era un suceso único e histórico.

―Ah sí, claro, no hay nieve ahí―. Respondí, sonriéndole y rezando que no notara mi pesar, aunque con los inmortales poco podía esperarse, los desgraciados eran perspicaces.

―Muy diferente a Forks―. Dijo.

―Sí, mucho―.

―Debe ser difícil adaptarse―. Ah Bella había tenido un mal tiempo adaptándose hasta que él llegó a su vida convirtiendo a Forks en un lugar tolerable.

―No lo sé, si lo estuviera intentando mucho quizá estaría sufriendo, solo extraño mi hogar―. Al menos eso era cierto. La mirada de Edward se suavizó, aunque su interés en el asunto no disminuyó.

― ¿Por qué venir entonces? ―. Aunque estaba segura de que no era intencional, el tono brusco de su pregunta me llenó de angustia.

―No tuve opción―. Le dije, queriendo inyectar en la frase lo mucho que sentía el estar secuestrando el cuerpo de la mujer que en algún momento se convertiría en su esposa y la madre de su hija.

― ¿Puedo saber la razón? ―. Suspiré audiblemente, dejando salir el aire del lado contrario de mi compañero para evitarle la fatiga. Esta parte de la historia podía recitarla de memoria.

―Renee, mi madre, se casó de nuevo, quiere vivir su vida y yo ya estoy lo suficientemente grande para hacerme a un lado, además papá ha estado solo por mucho tiempo, es bueno estar con él―.

―Lo llevas bien―. Aseguró de nuevo, sin preguntar, uno de sus grandes problemas según Bella era asumir las cosas, dependiendo demasiado de su don como para poder dejar que las personas le contaran su propia historia.

Lo dejé pasar porque no tenía ánimo de ponerme a discutir por un problema que claramente todavía no era un problema, si seguíamos hablando después de esta clase entonces podría mostrarle que asumir todo de la gente no era amable. Me recargué en la mesa dejando caer mi cabeza en la superficie fría y miré la sombrilla de Alice en la orilla de una de las patas, la tomé con cuidado de mover mucho el aire a mi alrededor y la extendí a mi compañero.

―Alice me dijo que te diera esto―.

―Alice, claro―. La sonrisa en sus labios fue precavida en esta ocasión.

―Tu hermana es especial―. O rara, pensé.

―Lo es, ¿te ha molestado? ―. La manera en lo dijo, como si de verdad le importara que Alice me hubiera molestado me hizo sentir un nudo en el estómago y cosquillas infantiles, el rubor de siempre me subió por el pecho y me giré rápidamente para que él no tuviera que verlo de frente.

―Nop, pero si quiere ser parte de la pandilla debería solo decirlo, ¿sabes? No aparecer de repente con sombrillas―. O en tiendas de música, o en estacionamientos, o solo dios sabe quizá Alice ya estaba vigilándome desde la ventana de mi habitación.

―Le haré saber que la invitación está en la mesa―. Dijo sonriendo con dulzura, dirigida a su hermana y no a mí, pero aun así sentí que las cosquillas en mi pecho aumentaron. ¿Sería posible que este cuerpo se sonrojara más? ¿Sufriría una hemorragia de solo ruborizarme? ―Parece que vas a disfrutar la salida de hoy Isabella―.

― ¿Ah? ―. Estaba demasiado enfocada en la manera en que sus manos sostenían la orilla de la mesa, sus dedos eran largos, masculinos, claramente hechos para tocar el piano. Las venas que se marcaban en la piel de sus antebrazos me estaban haciendo agua la boca. Dios mío, al parecer mi período tenía los mismos efectos en este cuerpo que en el mío.

―Salida a la casa de Newton―. Explicó él, acercándose un poco a pesar del claro peligro, deje de mirar sus manos para fijarme de nuevo en su rostro y el pensamiento intrusivo de besarlo volvió a inundar mi mente.

―Ah, no espero mucho, pero no me digas Isabella―.

―Es tu nombre―. Dijo acentuando lo obvio.

―Es demasiado largo, te dije que Isa está bien―. Isabella era alguien que ni Bella ni yo éramos, Isabella era en la mejor de las posibilidades la visión de Bella que Aro tendría al volverse ella inmortal.

―Ah, querías algo corto―. De nuevo asumiendo y asegurando.

―Quería algo que sonara diferente―. Me hubiera gustado pensarlo mejor, usar Marie en lugar de Isa, o María que se sentía mucho más cercano a mí.

― ¿Diferente de qué? ―. Suspicaz Eddie no iba a dejarme escapar fácilmente.

―Bella, Renee me llama Bella―. Dije con una mueca, parte arrepentimiento y parte desagrado, no quería tratar mal a la madre de la chica a la que había robado el cuerpo, pero bueno, Renee no me agradaba mucho que digamos.

―No te agrada tu madre―. Dios, ¿cuándo iba a dejar de asumir cosas y de acertar?

―No, no es eso, Renee es… Renee―. Reprimí el impulso de mencionar que no era mi madre, sin importar que tan bien pudiera tratarme, aunque la mujer parecía depender más de Bella que al contrario.

― ¿Y tú no eres Bella? ―. Sentí la molestia surgir como vapor, lo miré fijamente, esos estúpidos ojos hermosos que parecían querer descifrarme como a un rompecabezas.

―Bella no es mi nombre―. Mascullé, enojada con el mundo entero por tener que llevar un nombre que no me pertenecía.

― ¿Isabella entonces? ―. Negué con la cabeza violentamente, sin importarme si enviaba olas de aroma delicioso en su dirección.

―No, mi nombre no es…― De repente, el ambiente se quedó quieto, un zumbido me llenó los oídos y pese a estarlo mirando fijamente no pude distinguir nada más que su silueta, porque en ese segundo caí en cuenta que no recordaba mi nombre. El que mi verdadera madre me había dado, el que mis hermanas usaban en todo momento, con el que me había presentado a mis amigas o el que el hombre del que me había enamorado había susurrado en mi oído al hacer el amor. ―Oh dios, mi nombre―. No sabía si había hablado en voz alta o no, la cabeza me daba vueltas mientras intentaba sujetarme de los recuerdos, mis recuerdos para encontrar lo que necesitaba, el tono, la cadencia, las sílabas, letras, algo, pero no había nada. En mi mente solo quedaba el vacío de una información perdida, como un cráter en mi interior.

―Isabella, ¿estás bien? ―. Percibí la voz melodiosa y preocupada de Edward como si lo escuchara debajo del agua, distante y ajena. Estoy en un sueño, pensé, estoy en una pesadilla.

―Yo, no puedo, no, mi nombre―. Ni siquiera recordaba los momentos en que las personas se habían dirigido a mí usándolo, solo Isa desde el momento en que bajé de la avioneta para encontrarme con Charlie, antes no había tenido importancia el recordármelo, el pasarlo por mi mente, saborearlo y decirlo en voz alta. ¿Quién era yo?

― ¿Qué pasa? ―. Él se acercó sólo un poco, sus manos sujetando la mesa como si su vida (o la mía) dependiera de ello.

―No me siento bien Edward, creo que voy a vomitar―. Las paredes del salón seguían dando vueltas y lo único que se quedaba en su lugar era su imagen, pero entre más lo miraba peor era el sentimiento de vacío en mi interior.

―Te llevaré a la enfermería―. Dijo, enderezándose en asiento, aunque sin hacer ningún intento de acercarse a mí o ponerse de pie.

―No, no― Respondí, levantando las manos para calmarlo, lo que menos quería era estar a solas con él en el pasillo o en la enfermería, ¿y si algo salía mal y terminaba muerta en medio del bosque? Agité mis brazos, sudor frío me cubría el rostro, el cuello y podía sentirlo empapar mi espalda, el movimiento solo hizo que el mareo empeorara y el aire se me quedó atascado en el pecho. ―Profesor no me siento bien―. Dije en voz alta y temblorosa, las olas del ataque de pánico que claramente distinguía ahora eran tan fuertes que tuve que cerrar los ojos para no ponerme a llorar.

―Claro, claro―. Mi aspecto debía ser lo suficientemente malo como para que el señor Banner lo dijera sin pensarlo.

―Iré contigo―. Volvió a decir Edward, mayor decisión en su voz. Abrí los ojos para verlo, seguía en la misma posición con la mesa bien sujeta, ya debía haber dejado una marca en la madera.

―No, no―. Negué con la cabeza y me puse de pie tan rápido como pude, echando todas mis cosas en la mochila sin preocuparme en acomodarlas. Salí a trompicones del aula, Mike me miró angustiado a medio camino de ponerse de pie para seguirme, pero levanté mi mano para dejarle claro que no quería que nadie me acompañara.

No tenía intención de ir a la enfermería, en su lugar me metí al primer baño que encontré dejándome caer en el piso al lado del lavamanos y lo suficientemente cerca como para gatear al retrete si es que necesitaba vomitar, ni siquiera me importó la posible cantidad de bacterias y suciedad de mi alrededor. Puse la cabeza entre las rodillas e intenté respirar acompasadamente como mi terapeuta me había enseñado, pensar en cosas simples, respirar, sostener, aspirar. Pero no podía, el llanto vino como una tormenta, cortándome el aliento y dificultando el respirar.

―No, no, no, no―. Repetí como un mantra, una oración sin sentido que lo único que provocaba era hundirme más en el llanto. Pensé en mi familia y repetí sus nombres en mi mente, uno tras otro, amigos, compañeros, mi ciudad, lo que fuera para sostenerme de la verdad. ¿Y si verdaderamente era Bella Swan y solo estaba volviéndome loca? ¿Que si mi vida no era más que un cuento elaborado? Sollocé con tanta fuerza que el cuerpo me tembló.

No soy Bella Swan, soy mexicana, de Guadalajara. Mi madre es Lourdes, es secretaría, le gusta el pastel de zanahoria, ama a sus hijas más que nada en el mundo, en mi cumpleaños me regaló un reloj de bolsillo. Mis hermanas son Alma y Lupita. Lupe tiene dos hijas, mis sobrinas Carmen y Julieta, son mi vida y mi sol. Nos gusta acostarnos en el suelo de la sala y fantasear con viajar a Corea o maquillarnos con muchos brillos. Vivo con ellas. Trabajo en una empresa seria y aburrida, uso un estúpido uniforme todos los días, lo que más me gusta de eso es salir a caminar en mi hora del almuerzo. Estudié literatura y español. Soy una alcohólica y drogadicta en recuperación, todo lo que pasa no escapa de mi poder superior. Dios concédeme la serenidad para aceptar lo que no puedo cambiar, valor para cambiar lo que sí puedo y sabiduría para discernir la diferencia.

Dios concédeme la serenidad para aceptar lo que no puedo cambiar, valor para cambiar lo que sí puedo y sabiduría para discernir la diferencia. Dios concédeme la serenidad para aceptar lo que no puedo cambiar, valor para cambiar lo que sí puedo y sabiduría para discernir la diferencia.

Poco a poco mi respiración volvió a la normalidad, pero las lágrimas no paraban y no pensaba detenerlas, había embotellado demasiadas emociones la semana pasada, necesitaban escapar de algún modo. Con la cabeza recargada en la pared del baño seguí repitiendo lo que sabía de mí misma. Quizá mi nombre estaba perdido, al menos por ahora, pero recordaba mi apodo, pajarita, yo era esa, la hija de mi madre, la hermana, la tía, la chica que se la pasaba corrigiendo todo lo que escribían en la oficina, la que se negaba a dejar de trabajar en su sobriedad por temor a decepcionar a su familia. También tendría que escribir esto, pensé, para poder tenerlo siempre conmigo. Había dejado el cuaderno de las verdades con las notas a Bella en el casillero, tenía que recogerlo antes de la siguiente clase para poder plasmar lo que seguía repitiendo en mi mente.

Alguien entró en el baño y me apresuré a limpiarme la cara, gracias al cielo había decidido no usar maquillaje ese día. Antes de que pudiera ponerme de pie escuché que llamaron.

― ¿Isa? ¿Estás bien? ―.

― ¿Val? ―. El cabello rubio de Val brilló bajo las luces fluorescentes del baño haciéndola lucir como un ángel.

―Oh―. Dijo en cuanto me miró, debía ser una vista patética, llorado en el piso de baño de la escuela.

―Val estoy bien, es sólo, estoy bien―. No sabía si en algún momento sería capaz de explicarme, pero no valía la pena intentarlo ahora, no a menos que quisiera perderla. Cerré los ojos y tanteé la pared a mi espalda para ponerme de pie.

―Está bien Isa, ven aquí―. La rubia me miró con entendimiento, no lastima. Tenía los brazos abiertos y apenas me puse de pie me tiré en ellos, aferrándome a su agarre como una niña pequeña. Sentí las lágrimas volver con intensidad, pero esta vez no estaba sola así que podía dejarlas fluir con la seguridad de que no me ahogarían.

― ¿Edward te dijo algo? ―. Preguntó Val mientras acariciaba mi espalda, era un poco más alta que yo así que me era sencillo esconder mi rostro en su cuello.

―No, ¿por qué? ―. Mi voz sonaba pastosa, necesitaba limpiar mi nariz. Me alejé un poco de ella para mirarla y acercar mi mano a las toallas de papel en el lavabo.

―Estabas hablando con él cuándo…―. Me señaló con una mano abarcando toda mi figura y no pude evitar sonreír, discretamente miré al espejo para analizar mi reflejo. Lucía terrible, en una palabra. Tenía los ojos hinchados, la cara roja y era notorio que había llorado hasta agotarme.

―Ah no, Edward no tiene la culpa de esto, soy solo yo― Dije, esperaba tontamente que en algún lugar de la escuela alguno de los Cullen me hubiera escuchado, no quería que él pensara que esto era por su culpa. Ugh ―Lo siento Val, te saqué de clase―. Dije más para distraerme, terminé de secarme y después soné mi nariz.

―No pasa nada, el profesor Banner lucía verdaderamente asustado, creo que nunca había visto a alguien sufriendo un ataque de pánico―. Hice una mueca y desde el espejo vi como Val se recargó en la puerta del cubículo más cercano.

―Ugh, no lo menciones―. Murmuré sintiendo el rubor cubrirme el pecho y las mejillas.

―Está bien, de verdad, me ha pasado, apesta―. Comentó ella, restañándole importancia al hecho de que había perdido el control en plena clase, hacía poco menos de un año desde mi último ataque de pánico, no había sufrido uno desde mi desintoxicación.

―Sí, apesta, ¿qué hacemos ahora? ―. Pregunté, desechando el papel antes de mirar fijamente.

― ¿Qué clase tienes? ―.

―Educación física―. Ahora fue el turno de Val de hacer una mueca.

―Ah, el entrenador no va a dejarte escapar de la práctica si no tienes permiso de la enfermería―.

―No, no quiero ir a la enfermería, me dirán que no tengo nada de todos modos, vamos―. Le dije, soltándome el cabello como barrera y dándome un último arreglo.

Val accedió a regañadientes, acompañándome hasta el gimnasio y asegurándose de que estuviera bien antes de dejarme en la puerta del vestuario.

Decir que ese día no fui la mejor en voleibol era decir poco, tuve la suerte de que los chicos también practicaban y el entrenador estaba más concentrado en ellos que en nosotras. Mis compañeras de equipo se rindieron conmigo después de un rato y de un "lo siento, mi período", evitaron mi zona lo más que pudieron y estaba infinitamente agradecida por eso. Solo que no evitó que Mike se acercara a mí en un descanso entre saques.

―Oye, ¿estás bien? Te veías mal en clase―. Estaba segura de que su intento era amigable, no completamente desinfestado, pero no deseaba lidiar con su energía de cachorrito por el momento.

―Mike, no―. Le dije poniendo una mala cara.

―Está bien, nos vemos más tarde―. Me dijo con las manos arriba en señal de paz, ojalá todo fuera tan fácil como decirle a Mike que se alejara y que se aleje.

Lamentablemente no era tan sencillo, cuando salí del vestuario más tarde él me esperaba en el pasillo, listo para arremeter con más ahínco.

―Entonces, Cullen te hizo algo―. Dijo serio, casi me causaba gracia su malestar.

―No Mike, Edward no me hizo nada, más bien creo que yo le cause un buen susto, pobre―. De nuevo desee que alguno de los Cullen estuviera lo suficientemente cerca como para escucharme.

―No te sientas mal, todos andan de puntillas alrededor de los Cullen, eres la única que lo trata casi normal―. El rubio caminó a mi lado hasta la salida del edificio y me giré para verlo confundida.

― ¿Casi? ―.

Mike se encogió de hombros y abrió la puerta para dejarme salir primero, me acomodé el gorro y salí a la tarde lluviosa. Cuando estábamos a medio camino del estacionamiento dijo.

―Entonces, me preguntaba si te gustaría salir un día de estos, podemos ir a ver una película…―.

―Oh lo siento Mike, no puedo salir―. Contesté rápidamente sin dejarlo terminar su frase.

― ¿No puedes? ―. Sus ojos de cachorrito herido se fijaron en los míos y sentí lastima de tener que, nuevamente, arremeter contra sus esperanzas.

―Mike, solo voy a decir esto dulcemente una vez porque me agradas, así que presta atención― Le apunté con un dedo y él se quedó quieto, a la espera de una orden. ―No voy a salir contigo, eres un buen chico, pero no estoy interesada, si deseas salir con alguien deberías preguntarle a Jessica, la pobre chica tiene el flechazo más grande que he visto contigo―.

Él se quedó asombrado en su lugar sin poder decir nada más y aproveché mi oportunidad para seguir mi camino. Tendrían que pasar varios días para que el chico recuperara su actitud de perrito feliz, de eso estaba segura.

Por el momento me concentré en mí, en caminar bien para no tropezar, en respirar tranquilamente y en disfrutar de todo lo que me rodeaba. No importaba si estaba en una realidad alterna, metida hasta el fondo en lodo en medio de Crepúsculo o en peligro de morir a manos de Edward Cullen o peor terminar enamorada de él. Lo único que verdaderamente importaba era que estaba viva, en un cuerpo que no me pertenecía, pero viva y mientras mi mente siguiera siendo mía no pararía hasta encontrar la manera de volver a casa. Volví a repasar los detalles de mi existencia mientras cruzaba el estacionamiento, una anécdota graciosa me hizo sonreír y también me llenó los ojos de lágrimas. Respira pajarita, respira, me dije, usando mi mote como nombre. En algún momento recuperaría mi memoria, no tenía por qué caer en pánico… no de nuevo.

Me acerqué a la barda de la entrada para cerrar los ojos y volver a respirar profundo, disfrutando del aroma de la hierba y la lluvia que se colaba entre mi ropa para empaparme. Estaba viva, ninguna alucinación me habría llenado de tantos sentimientos, de tanta vida.

Cuando abrí los ojos ni siquiera me sorprendió ver el rostro perfecto de Alice Cullen, recargada en el Volvo al lado contrario del estacionamiento, mirándome. Por primera vez no sentí miedo, quería ser capaz de decirle que no era su culpa nada de esto, que lo sentía por juzgarla demasiado, que me quedaba claro que ella y su familia eran peligrosos, pero también que su esfuerzo por respetar toda vida humana era lo más humano (irónico ¿cierto?) que había visto. También dejarle claro que yo no era un peligro para su familia, que de poder hacerlo me alejaría lo más que pudiera de ellos para que tuvieran la oportunidad de disfrutar Forks y su limitado tiempo aquí como ellos quisieran. ¿Quién era yo para juzgar como debían vivir los inmortales? Si ellos querían repetir la preparatoria eternamente entonces que lo hicieran, ya hacían demasiado con evitar dañar humanos a propósito. Alice frunció el ceño ante la seriedad de mi mirada, yo le sonreí y saludé, como ella había hecho tantas veces la semana pasada. Una mata de cabello pelirrojo cruzo mi visión y aunque una parte de mi rogaba por mirarlo me contenté con ver cómo ella me respondía el saludo.

El auto destartalado de Val se adelantó en la fila y ella bajó su ventanilla.

—¡Isa! —. Gritó agitando su mano para que me acercara.

Ignorando el hecho de que estaba siendo observada corrí hasta su auto.

—Cancelé la salida, voy a llevarte a casa—. Eso explicaba la mirada penetrante de Alice, los dos hermanos debían estar pensando en las posibles razones de mi sobresalto ahora mismo.

—Eres una bendición Val, gracias—. Dije recargándome en su ventanilla, me sentía como si un camión me hubiera pasado por encima física y mentalmente.

—¿Cómo te sientes? —. Preguntó ella como si pudiera leerme el pensamiento. Me reí porque en este instante había un lector de mentes que se moría por saber que pasaba dentro de mi cabeza y con seguridad escuchaba atentamente todo lo que salía de mi boca.

—Avergonzada—. Podía ser honesta con ella y con ellos al expresarlo en voz alta. Me sentía terriblemente avergonzada de estar en este mundo porque hasta este momento empezaba a sentir la respuesta lógica a una situación como esta.

—No tienes por qué estarlo—. Con un dedo me indicó que entrara al auto y le di la vuelta para poder hacerlo. Solo antes de hacerlo me permití mirar en dirección del Volvo. Ahora solo Edward permanecía, sus ojos dorados parecían comerse el mundo entero mientras me miraba, me cortaba la respiración de solo observarlo. Estaba recargado en el auto, su cabello cobrizo resaltaba tanto con el alrededor que era como una llamada de fuego, como si alguien hubiera lanzado un cerillo en su cabellera para prenderla en llamas. Hice una mueca ante mi debilidad y cerré los ojos para poder respirar tranquilamente, cuando me sentí segura volví a abrirlos y le di un saludo rápido con la cabeza antes de meterme al auto sin esperar su respuesta.

Lejos ya de la preparatoria y con la voz de Avril Lavigne de fondo Val volvió a repetirme que no debía sentirme avergonzada.

—Lo sé, de todos modos, llevamos una semana conociéndonos y ya soy una carga para ti—. Sonreí con pena mirándola, Val no despegó la vista del camino (increíblemente responsable de su parte), pero frunció el ceño como si mi comentario la molestara.

—Nah, está bien—. Dijo al final, su tono ligero destacaba aún más la preocupación de sus facciones.

Nadie dijo más en todo el camino, creí que iba a dejarme al principio de la calle que llevaba a la casa de Charlie, pero la rubia dio la vuelta para dejarme directamente en la entrada. Había encontrado a la mejor persona en Forks y la realización de esto me llenó de calidez el pecho.

—Gracias Val—. Le dije saliendo del auto y recargándome en el marco para mirarla de frente.

—Nos vemos mañana Isa, cuídate y bueno llámame si algo más pasa ¿okay? —. Había preguntas en sus ojos, pero era una chica prudente además de linda y solo me sonrió con cariño.

Asentí porque podía sentir las lágrimas acercarse peligrosamente y cerré la puerta. Val no arrancó hasta que estuve dentro de casa y de nuevo me invadió la calidez de su compañía. De no ser por ella estaría aún en el piso del baño o sin exagerar estaría en casa, pero en peor estado.

La casa estaba vacía, asquerosamente vacía, me resultaba enorme sin la presencia de Charlie ahí y la oscuridad de los rincones parecía cernirse sobre mi para comerme. Restándole importancia a todo decidí abrir las cortinas de toda la casa, dejando que la poca luz del día nublado invadiera cada espacio disponible. Me puse los audífonos del disman y coloqué un disco de La Oreja de Van Gogh. Por un instante me pregunté si era una buena decisión escuchar algo tan cercano a mi vida real, sin embargo, cuando la primera canción comenzó mi ansiedad disminuyó notablemente. Iba a estar bien, todo iba a estar bien.

Lo primero que quería hacer era seguir con la rutina, para no perder la cabeza. Lavé los trastos que habían quedado del desayuno. Preparé la cena, comí un poco y después me dediqué a lavar la ropa, incluso la de Charlie que colgué con cuidado en su armario. Estando en su habitación me di cuenta de lo poco que había de él en ella, pocas cosas gritaban claramente CHARLIE, JEFE DE POLICÍA DE FORKS. Quería que se sintiera al menos un poco en casa al estar ahí así que lavé también su ropa de cama. Sabía, por el contenido de la cocina, que apreciaba el sabor del chocolate amargo e hice una nota mental de comprarle algo de chocolate en mi siguiente salida.

Cuando terminé con todo encendí la computadora y llevé mis cuadernos a la cocina para hacer la tarea mientras la antigüedad se preparaba. Hacer los deberes era la manera más sencilla de conservar la calma porque me consumía por completo. Lo malo era que la mitad de las clases de Bella eran cosas que ya había cursado en mi momento o de las que sabía y que incluso trigonometría no me quitaba tanto tiempo como quería. No era un genio como ella, así que me rendí después de varios minutos mirando el mismo ejercicio sin poder entender cuál era la indicación, no soñaba con encontrar la respuesta. Mañana tendría que buscar a alguien en la clase que me ayudara, quizá Jessica sería tan amable de ofrecerse al comentarle mi falta total de cerebro.

Tenía un nuevo correo de Renee cuando regresé a la habitación, cómo estaba sola me di la libertad de gemir en voz alta. La pobre mujer, iba a romperle el corazón. Le debía al menos leer su mensaje con atención y responderle antes de que volviera a llamar a Charlie.

Bella

Me da gusto saber que estás intentando cosas nuevas, pero cariño no sientas que debes ser alguien diferente, eres fantástica, así como eres, espero que tengas tiempo para enviarme más mensajes, ya casi acabamos con la mudanza. Phil me consiguió un nuevo teléfono, ahora podremos platicar por mensajes!, te quiero y te extraño

-Mamá

Podía llorar todo lo que quisiera después, me consolé y me puse a escribir.

Mamá

Grandes noticias, excelente. Tengo mucha tarea esperándome, así que me voy a dedicar a eso por ahora. No tengo un teléfono móvil así que tendré que llamarte desde la línea fija, aunque no tan seguido, papá se volverá loco si tiene que estar pagando llamadas a larga distancia.

-Bella

La habitación me ahogaba así que regresé a la cocina para poner por escrito todo lo que me había repetido desde mi ataque de pánico, quería tener presente todo lo referente a mi familia. Después de terminar recordé estúpidamente la salida a casa de Mike, cómo diablos había olvidado la salida con Alice y ese compromiso todo en el mismo día. Era un desastre, tenía que conseguirme una agenda.

Llamé a Jessica porque no tenía el número de los Newton y le expliqué a grandes rasgos que me sentía enferma y no iría a la salida, a ninguna salida en realidad. Jess sonaba un poco decepcionada de no salir con Alice, pero no cuando le dije que no iría a la casa de Mike. Adolescentes.

Aún quedaban horas para que Charlie regresará a casa y me sentía tan sola que imprudente podía caminar todo el camino hasta la estación de policía para verlo. O llamar a Val y pedirle que viniera o que se yo, aceptar la salida y fingir que todo estaba bien y que era Bella Swan la verdadera (aunque dudaba que Bella aceptará ir a reunión a casa de Mike). En lugar de eso me acomodé en el sillón de la sala, una manda encima, la música aún sonando en mis oídos y cerré los ojos para no pensar en nada más que la letra conocida.

El sonido de la puerta de la entrada cerrándose me despertó, todo estaba oscuro y por un segundo me invadió un pánico irracional. Estaba en un lugar desconocido, estaba en peligro, estaba sola. Entonces Charlie entró a la sala, lucía cansado y desarreglado, pero era la imagen misma de la perfección para mí. Mi salvador.

— ¿Bells? —. Preguntó, el mote cariñoso en lugar de Isa, cuando me miró toda descontrolada en el sillón.

—Papá, lo siento, me quedé dormida—. Saludé con voz pastosa, en el proceso de dormir había vuelto a llorar y sentía los párpados hinchados.

—Está bien, no te preocupes—. Las llaves que llevaba en las manos terminaron mal en la mesita de la entrada y cayeron al piso haciendo un alboroto.

—La comida está en la estufa, déjame calentarla—. Luche con la manta que me arropaba para poder escapar, antes de que pudiera la voz de Charlie me detuvo.

—No te levantes, yo lo hago—.

—Bueno, yo preparo los platos—.

Comimos en la sala, con la televisión encendida viendo un programa de deportes que poco entendí. Solo sus comentarios de cuando en cuando me ayudaban a comprender lo que estaba pasando. Al terminar fue él el que lavó los trastos y regresó al sillón con una cerveza en la mano. Apenas se puso cómodo me pegué a su costado como una niña pequeña, apretando los puños en su camisa y mirando sin mirar las imágenes en la televisión.

—Papá—. Le dije, mi voz apagada.

— ¿hmm? —.

— ¿Puedo quedarme a ver televisión contigo? hoy no fue un buen día—. Escondí el rostro en su camiseta, intentando que su mera presencia real y segura me hiciera sentir en casa. Me temblaban las manos y las lágrimas de antes amenazaban con regresar.

— ¿Pasó algo? —. Su tono preocupado me hizo sentir terriblemente culpable.

—No, solo quiero estar contigo—. Me separé de su camisa a regañadientes y le sonreí levemente.

—Claro— respondió Charlie sin ahondar más en el asunto. —Todo bien Bells—. Continuó respondiendo a una pregunta imaginaria que colgaba entre ambos.

Me volví a poner cómoda en su costado y esta vez el sueño vino sin lágrimas o pesadillas.