24. Púas en la lengua
Obito disfrutaba de las muestras de amor de su alfa, aunque tenía su orgullo como para reconocer tal cosa... Además de que le gustaba chincharle y molestarle.
Pero ahora mismo no podía evitar ronronear ante lo que le hacía Madara... Lamiéndole con esa dulce y sedienta lengua que poseía. Pasándola por su cuerpo con esa devoción y esa ternura, a veces siendo apasionado y otras dulce. Y si, él le ronroneaba para que supiera que le estaba encantando ese trato que le daba a su nuca, espalda, cadera, piernas y... Nalgas. Era sublime y estaba seguro que todo mejoraría, si es que podía ser posible, cuando esa traviesa y experimentada lengua jugara en su entrada.
Por ahora... Ninguno de los dos tenía prisa. Obito disfrutaba de esas muestras que parecían un seductor masaje y, Madara disfrutaba de lamerle con devoción y recrearse saboreando su piel. El alfa también liberaba un bajo y gutural ronroneo que le erizaba la piel y le estremecía. Tenían todo el tiempo que quisieran, se estaban amando con devoción... O más bien Madara le estaba amando y consintiendo con afecto.
Como felinos que eran ambos, ese ritual estaba aun mas establecido que formara parte de su día a día por instinto, el mimarse mutuamente, el acicalarse. Pero por falta de tiempo solían ser muestras rápidas durante los apareamientos... Hoy lo estaban practicando con calma.
Le observó por encima del hombro y sonrió feliz. Volvió a bajar la cabeza contra el cojín y cerró los ojos deleitándose de las sensaciones que le causaba su pareja.
Permitió a su mente dejar de pensar, quedarse en blanco... Pero un recuerdo asaltó esa paz mental que era causada por ese agradable trato amoroso por parte de su pareja, ese acicalamiento que realizaban los destinados ya fuera como parte del juego sexual o para mostrar su confianza, su amor, su cariño, su veneración y estima por su compañero enlazado.
Y su maldita mente le jugaba esa mala pasada, insistiendo en reproducir ese recuerdo... ¡De su abuela! Y no, no es que le tuviera rencor a su abuela, ni estuviera resentido con ella por abandonarle demasiado temprano por haberse puesto a defender a gente del clan que no eran familia directa como lo era él. La verdad es que estaba orgulloso de su abuela, de como aun sin ser guerrera se encaró a esos shinobis que les atacaron, esos ninjas que la podrían matar en un abrir y cerrar de ojos... Y, eso es lo que habían hecho, pero gracias a su valentía se pudieron salvar esas mujeres beta y omegas, esos cachorros. Aunque, eso significó perderla... Pues cuando él llegó a ayudarla, ya fue tarde. Pero no culparía a su abuela de preocuparse así por los mas desfavorecidos, así le había educado y así eran tanto él, como lo había sido ella. El problema es la situación en la que estaba: desnudos, con su alfa lamiendo su cuerpo y, teniendo el recuerdo ¡de su abuela!… Eso era lo que le molestaba.
Al final dejó que el recuerdo fluyera, pues no había manera de pararlo... Además no era un recuerdo triste, sino agradable.
...
Recuerda que un día su abuela también estaba acicalándole con la lengua... Y un pequeño él le puso la mano en la boca para evitarlo mientras se quejaba y hacía un tierno puchero.
–¿Obito? ¿Que sucede cariño?
–Es que tu lengua me rasca la piel, abu.–Se quejó mientras miraba a la dulce mujer.
Su labio tembló un poco al tener que decirle eso. Amaba a su abuela mucho, mucho... Pero es que su lengua le irritaba un poco la piel. Era dolorosa.
–Lo siento, abuela...–Se disculpó al no oírla durante varios segundos. No quería ponerla triste.
–No te disculpes cariño. Es algo natural en nuestra especie.
Y sonrió con esa inocencia que le caracterizaba, mientras su abuela le acariciaba el pelo de forma maternal.
–¿Por qué es natural, abuela?
Y esa curiosidad que le caracterizaba, que le hacía preguntar por todo y por cada cosa que veía.
–Porque somos felinos, cariño.
–¿Solo nosotros?
–Los Uchiha somos felinos, es parte de nuestra identidad. Hay clanes que son mayormente cánidos, otros son roedores, otros aves de presa... Los Uchiha somos felinos.
Él había parpadeado y abierto los ojos muy grande. Si los Uchiha eran felinos y los felinos tenían la lengua que hacía pupa, solo podía significar una cosa...
–Madara no es Uchiha –Como si hubiera hecho el descubrimiento del siglo.
–Es Madara-san, cariño. Un día será nuestro líder y tenemos que ser respetuosos.
Por ese entonces su pareja aun no era líder, apenas era un muchacho de unos 15 o 16 años, aunque si era ya un shinobi muy prometedor.
Y él ante el pequeño regaño de su abuela frunció los labios con terquedad, no veía que tuviera que llamarle '-san' a Madara.
Su abuela había sonreído con dulzura.
–Esta bien... Orejas que no oyen, falta que no ha sido cometida.
Su abuela sabía que tampoco podía sacarle nada a él, que no iba a hacer algo en lo que no creía. Y es cierto, nunca le llamo Madara-san o Madara-sama o ninguna de esas muestras honorificas. Era Madara a secas.
Y él había sonreído a su abuela al ver que no le sermonearía por esa falta de respeto hacía el futuro líder del clan.
–Cariño, ¿Por qué dices que Madara-san no es Uchiha? Es hijo de Tajima-sama. –Mientras acariciaba sus regordetas mejillas con infinito amor.
–Porque su lengua no hace pupa.
Su abuela había abierto los ojos asombrada por esas declaraciones, aunque él a esa edad no había entendido el motivo, ni lo que implicaba eso que había dicho.
–¿Cómo sabes eso, Obito, cariño? –Pensando que quizás lo había oído de alguno de los jóvenes y él, sin entender, lo reproducía tal cual lo había oído.
–Porque ésta tarde...– Y se había callado.
Si decía eso, sabía que sería castigado. Se mordió los labios para no hablar.
–¿Obito? –Preguntó levantando una ceja.
Y él recuerda haberse tapado la boca con sus manitas, mientras negaba, para no soltarlo.
Si le decía a su abuela que había salido de las murallas cuando estaba prohibido hacerlo sino eras un guerrero con unas ordenes expresas para hacerlo... Le iba a castigar de por vida. Seguro que además le quitaba el postre, con lo que le gustaba el dulce.
Y es que si, había salido, pues era un cachorro muy intrépido y sin miedo, además conocía una brecha en la muralla. Y una vez fuera mientras exploraba se había caído por asustarse, la verdad es que era porque Madara había saltado de pronto delante suyo. Se hizo daño en la mano con unas piedras afiladas y le sangraba. Y se puso a llorar, pero solo un poco, porque él era un niño muy valiente. Madara se había agachado mientras resoplaba y agarrando su mano, que él mismo se había estado sujetando hasta ese momento con su otra mano, miró que no fuera grave y como su llanto no se detenía, y tampoco el sangrado... Había lamido la herida, calmándole el dolor y haciendo que fuera dejando de sangrar.
Su abuela le había mirado, sabía que él era terco y no hablaría... Pero sabía como conseguir que terminara contándole, sino todo, al menos una parte.
Su abuela le conocía muy bien y ya sabía que había desobedecido o hecho alguna trastada, además lo que le interesaba era lo que había dicho sobre el joven y prometedor alfa.
–¿Obito, como sabes que Madara no es felino?
–Es que él me ha lamido... –Le había enseñado la mano herida. –Me he caído y él me ha lamido para que no me doliera.
Su abuela había parpadeado estupefacta y abierto los ojos con asombro, mientras tragaba saliva. Él en ese momento seguía sin entender porqué su abuela le miraba de esa forma... Lo estaba asustando.
Ella terminó sonriendo al ver que su pequeño nieto se atemorizaba un poco al verla reaccionar así, con esa alarma. Y besándole la frente lo cargó en sus brazos.
–Madara es Uchiha, cariño. Pero es alguien especial para ti.
–¿Porque es especial para mi?–Mientras levantaba la cabeza para verla a los ojos.
–Cuando seas más grande lo entenderás... Te lo juro.
Durante unos segundos no quedó muy conforme con esa respuesta... Pero era un niño pequeño y en poco tiempo se le olvidó la molestia de esa respuesta vaga. Sobretodo cuando su amada abuela le empezó a contar una historia como cada día... Cada noche le explicaba un cuento para ayudarle a dormir.
–Cuando encuentras a esa pareja que el destino ha escogido para ti, sientes que su aroma es lo mejor que has olfateado en la vida, tu corazón late con fuerza en tu pecho cuando lo ves intentando llamarle, su voz te resultará hechizante y, cuando te lama... No sentirás ninguna molestia en tu piel. Es entonces cuando sabes que esa persona es tu persona.
...
Resulta curioso como no recordaba esas palabras y durante muchos años no las recordó, hasta ahora. Si recuerda estar medio dormido en los brazos de su abuela mientras le decía esto, pero no pensaba que fuera capaz de tener ese recuerdo con tanta nitidez. Sonrió un poco.
"Ahora si lo entiendo abuela"
El peso de su alfa en su espalda le hizo parpadear saliendo de sus pensamientos.
–¿Estás aquí, Obito?– Le musitó en el oído para luego besarle.
–Si, perdona... He recordado algo que me dijo mi abuela.
Madara parpadeó, menudo momento el de su mocoso para pensar en su abuela, más no dijo absolutamente nada. Solo se quedó encima de la espalda de su pareja mientras usaba sus manos para acariciar los laterales de sus costillas.
–Tu lengua... Nunca la noté áspera o que las púas me dañaran. Y mi abuela me dijo que eso sucedía cuando alguien, era tu alguien especial.
–Mi madre mi dijo algo parecido cuando era pequeño. Que no sentiría molestia si me lamía mi pareja destinada.
–Si. Mi abuela lo supo cuando le conté ese encuentro fuera de las murallas.– No pensaba que Madara recordara tal echo.
–Eras un cachorro muy malo, siempre desobedeciendo. Estaba haciendo la ronda, ya había encontrado raro que no estuvieras en el clan haciendo ruido y tus travesuras, y tal como me temí estabas fuera... Ajeno a todo peligro.
–¡¿Te acuerdas?!– Se emocionó porque su pareja recordaba ese momento.
–¡Claro, Obito! Aunque me fastidiabas y eras un incordio... No podía dejar de fijarme en ti y buscar que no te sucediera nada, o nada muy malo... Eras experto en meterte en líos.
Obito se giró como pudo para quedar cara a cara, Madara había usado sus brazos para separarse un poco del cuerpo del sigma y permitirle hacer esa acción. Su mocoso le rodeó con los brazos el cuello y, sonriendo feliz sacó la lengua y le lamió en el cuello subiendo hacía la mejilla. Le ronroneó para hacerle saber que le encantaba su lengua y le sonrió para luego copiar la acción de su rebelde destinado.
Definitivamente les encantaba el tacto suave de la lengua del otro, ambos disfrutaban acicalándose y dándose esas muestras de estima y cariño.
