Disclaimer: Los libros y la respectiva adaptación animada de How To Train Your Dragon no me pertenecen, son propiedad de Cressida Cowell y Dreamworks Animation correspondientemente. Y denle gracias a los dioses por eso, porque si escribo estas cosas sin ser la dueña...
Advertencia: En este fic se estarán tratado algunos temas fuertes, entre los cuales destacan la violencia implícita y explícita. Esta no es una historia para niños, ni narrada por niños.
Si eres alguien sensible y crees que leer esto pueda ocasionarte algún tipo de daño, no lo hagas. Prefiero que tu seguridad sea primero.
Si, por el contrario, te importa gorro todo y decides quedarte, te doy la bienvenida al lugar donde las puertas de las posibilidades se han abierto, la muerte se ha disfrazado de esperanza y el curso de la historia, tal como lo conocemos, ha sido cambiado.
"No quise matarlo porque se veía tan asustado como yo, y cuando lo vi, entonces me vi a mi mismo"
—Hiccup Horrendus Haddock III
Capítulo 01: Conquista
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Revisó el trazo en su cuaderno una vez más e intentó juntar los puntos previamente dibujados, lo único que consiguió en su lugar fue un garabato manchado. Podía escuchar el escalofriante ronquido de las aves por encima de él, acechándolo como si se tratara de una presa.
Frustrado, tachó todo el papel.
—Los dioses me odian —dijo, esta vez, en voz alta. Lo suficientemente alto. Desahogando el nudo en la garganta, pero sin deshilacharlo del todo—. Algunos pierden cuchillos en el lodo, pero yo no, yo voy y pierdo a un dragón entero…
Inspiró y golpeó una rama, llevado por el impulso. Hiccup no estaba esperando, sin embargo, que la misma se doblara y se lo devolviera, directamente en la cara. Chasqueó y jadeó. Una punzada aguda de dolor azotó su mejilla, extendiéndose por su ojo y frente.
«Ah, genial, pensó, hasta una rama es más fuerte que yo».
Todavía estaba frotándose la cara cuando vio el árbol frente a él, roto e inclinado hacia la tierra, aferrándose a lo poco que quedaba de su vida en la llama apagada que representaban los destrozos a su alrededor. Perdió el aliento.
El dolor se fue tan pronto como llegó, eclipsado por el peso de la curiosidad. Con paso tentativo, comenzó a adentrarse. La madera quebrada en su entorno y el crujido de los restos bajo sus pies le hacía mirar hacia atrás cada tanto, incluso con el manto de la niebla abrigándolo todo, daba la impresión de que el mismísimo Loki había caminado por esas tierras.
Dio un trago de nada más que aire. Había algo entre los silbidos de las hojas y el viento que lo hacía sentir un poco nervioso. Aún así, se obligó a impulsarse, con el ceño fruncido ante la expectativa de lo que lo esperaba. Tenía una sospecha clavada en alguna parte de sí, palpitando casi como un segundo corazón… Se arrastró y asomó por una pequeña cuesta rocosa e inmediatamente, volvió a ocultarse. Un jadeo quedó atrapado en su garganta. Vagamente, reconoció su propia respiración agitándose.
¿Acaso aquello era…?
Con cautela, se estiró lo suficiente para echar otro vistazo. El nudo que antes apretaba su estómago trepó hasta su pecho, que de pronto pareció dejar de moverse en busca de aire. Un Furia Nocturna estaba ahí, enredado entre las cuerdas de su trampa. Él… él había sospechado bien. Un Furia nocturna. El que él, Hiccup, había derribado. No se había equivocado antes.
Las risas que se habían elevado a su costa volvieron a sus oídos, resonando fuertemente aún cuando una parte de ellos estaban ocupados en los susurros de la bestia.
Movido por el instinto, buscó entre sus ropas la daga que siempre llevaba consigo. No sabía exactamente qué hacer a continuación. Suspiros escapaban de sus labios tan fuerte que podía escucharse. Apretaba las manos, rozaba el filo del metal con sus palmas a pesar del pinchazo que tiraba de su piel y volvía a apretar.
Se lanzó más cerca, ocultándose tras una roca. Miró a sus espaldas a la bestia. Absorbió cada detalle. Tenía las escamas del negro más profundo que jamás había visto, brillando contra la tenue luz del atardecer. Parecía dormido, pero Hiccup sabía que era imposible que uno de esos animales bajara la guarda de tal manera. Salió poco a poco, cauteloso ante una posible reacción. Luego, volviéndose, se aseguró de estar realmente solo.
—Wow —murmuró para sí mismo, procesándolo. A penas caía en la cuenta del peso en esto. Él lo había hecho, lo había capturado —. L-lo… lo logré.
De pronto, algo diferente estalló. Se imaginó a sí mismo volviendo a la aldea con las escamas del dragón convertidas en su segunda piel. —Dije que le di a un Furia Nocturna—, diría, regocijándose en el orgullo de su padre y la sorpresa de los demás.
Sintió sus mejillas estirarse.
—¡Sí! —gritó. A sí mismo, al bosque, a los dioses…— ¡Esto lo arregla todo!
Saltó, casi sin querer hacerlo. Sería el heredero digno que siempre debió ser. Las burlas se marchitarían. Eufórico, colocó uno de sus pies sobre el dragón. Presumiendo que, por primera vez, Hiccup estaba sobre el dragón en lugar de huyendo de él. Decidió que se sentía bien.
—¡Yo derribé a esta magnífica bestia…!
Finalmente las cosas cambiarían para él a partir de ahora. Callaría a Snotlout, tendría su propia estatua, él, oh, tal vez incluso él…
De pronto, el dragón se sacudió, lanzando a Hiccup de regreso a la roca y recordándole, a través del pequeño sobresalto, que seguía con vida. Apretó los labios tras un grito. Sintió su corazón hincharse, los latidos rápidos y constantes afectando su respiración.
Lo miró fijamente mientras luchaba, todavía sin moverse. Hiccup nunca había tenido oportunidad de detallar tanto a uno de ellos. No podía apartar los ojos, esta bestia tenía algo, la clase de elegancia que inspiraría a un artista a retratar. Tal vez si la situación fuera distinta, se dijo, él mismo lo haría. Tomó una bocanada de aire y se obligó a despertar. Había atrapado a un Furia Nocturna, pero esa no era ninguna garantía. El todavía estaba vivo. Si es que quería que todo lo que había imaginado saliera de su cabeza y se volviera real, tendría que solucionar eso.
Se encontró a sí mismo inspirando hondo antes de abordarlo de nuevo. ¿Por qué todo esto se sentía tan… raro?
—Te voy a matar, dragón —dijo, intentando sonar determinado, aunque no sabía si para la bestia o…—. Te voy a-a sacar el corazón y se lo llevaré a mi padre.
Una parte de él se comprimió. Otra vez, su mente divagó entre lo que era real y lo imaginario, llevándolo a un escenario en el que entregaba un corazón latiente a Stoick The Vast, como lo habían hecho tantos jóvenes cazadores antes que él. Se estremeció de ansiedad. El fondo de su consciencia reconoció que la emoción no correspondía a destrozar a la bestia, sino a la recompensa que vendría después, pero no lo asimiló lo suficientemente rápido. El razocinio se perdió entre sus fantasías y anhelos.
Estrechando los dedos entorno a la daga, alzó sus manos tanto como pudo.
—Soy un vikingo —se dijo. Escuchó al dragón rugir, espíritu fuerte atrapado en las garras de las ataduras—. ¡Soy un vikingo! —repitió, esta vez para él.
Estando tan cerca, Hiccup pudo ver la vacilación a través de los ojos de la bestia, verdes como los suyos propios. Trató de barrer la inseguridad fuera de sí, no era momento para dudar. Cerró los ojos. Cadenas imaginarias lo arrastraron de regreso a la aldea, una ilusión se fundió consigo mismo, tras sus párpados. En cuanto matara a este dragón lo tendría resuelto. No más burlas, se recordó cuando tembló, no más rechazos. Conseguiría a su padre de vuelta y... y… Suspiró, incapaz de resistirse, volvió a mirarlo.
De repente fue consciente, más allá de cualquier otra cosa, del como su propia alma estaba reflejada en eso. El miedo y el arrinconamiento más fuertes que las cuerdas alrededor de su cuerpo. Ese dragón tenía miedo de él, como él lo había tenido tantas veces del mundo y de lo que le esperaba, lo que significaba no alcanzar su destino.
Desvió su atención a la tierra, visiblemente húmeda gracias al clima siempre frío de Berk. Las sogas seguían ahí, bajo sus pies, sobre la bestia.
—Yo hice esto... —reconoció en voz alta.
Debería sentirse bien, ¿por qué…? ¿Por qué parecía que su pecho estaba tan aprehendido como el dragón frente a él? Dejó caer los brazos sobre su cabeza, casi rendido. Consideró sus opciones. Podría regresar, gritarles a todos que encontró al Furia Nocturna que su tiro, su arma había derribado. Y los verdaderos guerreros se encargarían de los demás. Tal vez funcionaría; vivir del crédito de haberlo atrapado pese a no ser su asesino directo.
Intentó retroceder. Traicionero, su cerebro evocó imágenes de sus burlas. Tomó una respiración corta. Luego otra. Regresó sobre sus pasos.
No, ellos no harían lo demás, porque ni siquiera le creerían. Como hace un rato, cuando le dijo a su padre que le había dado a un Furia nocturna y él solo se había mostrado disgustado, su cara demacrada por la decepción. Como hace unos días, cuando gritó que había encontrado la forma de tender trampas más efectivas y el anciano Milcrew había sido el primero en reír, seguido de muchos. Como hace un año, como hace tres, como todos los malditos días de su vida desde que tenía memoria.
Antes, su padre solía decirle que él sería el siguiente en la línea, lo cual sonaba aterrador, pero emocionante. Hiccup no entendía mucho de lo que Stoick le enseñaba, pero cada instrucción parecía importante así que prestaba tanta atención como podía. Y cuando su padre lo veía, sonreía.
Ahora no podía recordar cuando fue la última vez que sucedió.
No habían vuelto a hablar sobre la sucesión, ni habían vuelto a reunirse tampoco. Hiccup quería eso de vuelta. No la sucesión, a su padre. Lo quería de vuelta tanto como al aire que impulsaba sus pulmones. Podría matar al dragón, llevar su corazón y conseguirlo. Sería sencillo, considerando que estaba indefenso y él armado. Su pecho se desinfló.
Podría, pero no quería.
Tentativamente, pasó el filo de la daga por las cuerdas para cortarlas. Si Hiccup lo había atado, y no planeaba matarlo, entonces lo justo sería que lo liberara. Tragó una exhalación, dudando. Se había visto a sí mismo en el dragón, débil, asustado e indefenso.
—Nunca serás Jefe, Hiccup, se necesitan agallas para una tarea como esa. —Escuchó a su primo decir en el fondo de su cabeza.
Agallas. Nadie en el pueblo creía que las tenía. Cada día, percibía un tipo de rechazo diferente. Cuando se sentaba en el comedor durante el almuerzo, mientras caminaba de regreso a casa. Ellos nunca se daban cuenta de que él estaba ahí, escuchando.
—¿"El hijo de Stoick"?, ¡querrás decir la vergüenza de Stoick! ¿Cómo crees que podrá proteger Berk un día, si ni siquiera puede cargar un hacha?
—Sí, lo mejor será que el Jefe consiga a alguien más para eso.
Alguien más. Para ellos, Hiccup solo era una pieza reemplazable en las mazas y garras, un peón, si tenía suerte. Habían rebajado su lugar a nada, debido a su ineptitud. Los incendios fuera de control, los destrozos en las cabañas, las trampas mal ejecutadas que llevaban a más destrozos... Él había ocasionado todo eso por años, siempre tratando, pero nunca logrando ser un vikingo. Su identidad se había rebajado al hazmerreír de la aldea, había humillado su nombre, su supuesto poder.
Era la vergüenza de Stoick con mucha razón. ¿Y qué... qué sería de su vida, de sí mismo si soltaba al dragón ahora? En el mejor de los casos, lo mirarían con pena cuando el trono pasara a Snotlout. Se retorció ante la idea de ser desterrado, como la plaga que él sabía era para ellos.
—¡Así es, agallas, como las mías! —había respondido Tuffnut.
Su hermana, Ruffnut, le había dado una sonrisa maliciosa por lo bajo—. Pero si lograras quitarle la cabeza a un Pesadilla Mounstrosa, como lo hizo tu padre, entonces tal vez tendrías oportunidad de ser Jefe.
Después, ambos gemelos se habían reído con fuerza, apretándose y golpeándose entre sí porque, al parecer, su nula posibilidad de hacer tal cosa les resultaba más divertido que las peleas en el Gran Comedor. Alguien, Hiccup no sabría decir quién, le dio un empujón a su cabeza antes de que todos lo dejaran solo. Esa tarde, él vio a Astrid Hofferson caminar entre ellos, indiferente ante las bromas que ululaban a su alrededor, y eso fue lo último que necesitó para marcharse también, demasiado avergonzado consigo mismo como para quedarse.
El recuerdo se fundió junto a los otros, vueltos la bola de fuego que abrasaba su mente. No podría quitarle la cabeza a un Pesadilla Mounstrosa, pero podría matar a un Furia Nocturna.
—Que bien peleaste, Hiccup.
Los dioses le habían dado esto, ¿no? La respuesta a sus constantes súplicas estaba casi brillando frente a él, no podía dejarla pasar, incluso si era lo que quería.
—Nunca vi a nadie meter la pata así, nos ayudaste.
No tendría otra oportunidad.
Se apartó, esta vez algo más fuerte que su voluntad lo impulsó, tal vez fue la desesperación... o el dolor.
Tomó una bocanada de aire, pero lo no pensó, temía que si lo hacía nunca terminaría con ello.
Clavó la daga por primera vez con los ojos cerrados, escuchó a la bestia quejarse en alto, y en el afán de que se callara, lo hizo de nuevo. Hiccup no sabía como apuñalar, nadie se había encargado de enseñarle. Solo quería volver a su hogar, quería dejar de escucharlo, de escucharlos, quería... Sintió lágrimas amenazando con derramarse, su aliento perdiéndose entre un frenético impacto y el otro. Se apoyó con la mano derecha cuando la fuerza casi abandonó a su izquierda, mientras se repetía, incansablemente, que esto era necesario. A su espíritu lo alentaba el anhelo obsesivo que pintaba sus noches de sueños e incluso después de que los quejidos se detuvieron, continuó acuchillando hasta que sus rodillas no pudieron sostenerlo de pie por más tiempo.
Le dolían las muñecas y tenía los dedos dormidos, todavía fuertemente sujetos a la daga. Ni siquiera sabía si lo había hecho bien, pero tampoco le apetecía asegurarse. Todo lo que hizo fue prestar atención al silencio. Ahora había silencio. El dragón debía estar muerto. Oh, dioses. El dragón debía estar muerto.
El peso de aquella aceptación lo obligó a arrastrarse tan lejos como pudo, sobre sus piernas y brazos hasta que su espalda chocó con la dureza de la roca. Estaba muerto, estaba muerto. Llevó sus manos a sus rodillas, trayendolas cerca de sí para hundir su cabeza entre ellas. Estaba muerto. Sólo entonces, se permitió derramar las lágrimas.
Él había hecho eso.
Soltó un sollozo que quebró su garganta, aún con su ropa puesta, se sintió desnudo como nunca antes. Podía percibir el olor de la sangre, apestando sobre su cuerpo, mezclándose con la humedad y el moho.
Él lo había matado.
Su pecho apretó. Sus dedos temblaron, se dio cuenta de que todavía tenía la daga y la lanzó tan lejos como pudo. Luego se hundió aún más dentro de sus rodillas, con el deseo de desaparecer, huir, solo que ya no de la aldea, sino de sí mismo.
Él era un asesino ahora.
Ni siquiera la ilusión de su nombre como un poderoso cazador pudo darle consuelo. Los jadeos oprimían su respiración de tal modo, que temió perderla para siempre. Dejó ir sus manos, cayendo sin fuerzas a sus costados. En un momento en el que perdió la consciencia de lo que hacía, miró al dragón por primera vez desde que había cerrado los ojos; encontró sus bellas escamas corrompidos y en el lugar donde antes había visto vida, solo acertaban dos cuentas vacías. De pronto, el no poder respirar se transformó en respirar más rápido. No fue testigo de su propias acciones cuando se levantó y volvió a caer, esta vez cerca del dragón.
No hurgó lo suficientemente profundo dentro de sí como para hallar el valor de ver sus costados, de seguro destrozados por su puño. En cambio, obligó a sus ojos a mirar los suyos. Tal vez estaba buscando la forma de que volviera a mostrar algo a través de ellos, como lo había hecho ya hacía un rato, pero era demasiado tarde para eso. Una vez más, las lágrimas se resbalaron por sus mejillas calientes.
—L-lo siento —murmuró. Luego lo repitió más alto, sus palabras escociendo en su garganta incluso más que el llanto—: ¡Lo siento…!
Ahogado por la pesadez de su vulnerabilidad, colocó una de sus manos sobre las escamas. Todavía no estaba frío, el dragón todavía no estaba frío.
—Lo siento, dioses, perdón. Yo s-olo…
Dejó ir su cabeza, los sollozos lastimaron su pecho, desesperado por encontrar una forma de volver a tomar aire.
—Lo siento, lo siento, lo siento…
Ya no podía discernir a quien le hablaba o por qué. Tenía las manos apretadas en puños sobre la superficie de la piel escamosa, las rodillas contra la tierra. Su balbuceo se mezcló con la sal de sus lágrimas y se quedó ahí, repitiendolo una y otra vez hasta que se quedó sin voz, e incluso después, volvió a decirlo en un susurro de su mente.
Tenía las piernas temblorosas cuando se colocó en pie lentamente, mucho tiempo después. No sabía cuánto había pasado, pero una capa de oscuridad cubría el cielo para entonces. Todavía con la fiebre sobre sus mejillas, limpió las lágrimas de los surcos de su cara bruscamente. Si alguien lo viera llorar, no valdría de nada que hubiera matado a un Furia Nocturna.
Ante el pensamiento repentinamente inquietante, volvió a mirar su entorno, esta vez prestando atención, temeroso de que hubiera tenido algún espectador. No había nadie, salvo los animales. Se tragó la opresión que amenazó su lengua y se miró las manos manchadas de carmesí.
Retrocedió, volvió al frente. Talló su cara. Aunque no quería, debía volver con algo a casa, una prueba. Suspiró pesadamente antes de caminar, sin ánimos, hacia donde había lanzado la daga.
Se aseguró a sí mismo que eso sería todo mientras cortaba y se tragaba el nudo que amagaba con volver a romperlo. «Después de esto habré demostrado quien soy, y no tendré que hacerlo de nuevo». No pudo llevar su corazón, la piel era demasiado dura para eso. En su lugar, dejó caer un trozo de la cola del dragón en la sala de su casa, con la mirada vacía y la sangre manchando cada lugar de su cuerpo.
—¿Pero qué dem…? —Stoick dijo en un murmullo, interrumpiéndose cuando vio la ofrenda.
—Te dije… —respondió, sin aliento—. Y-yo te dije que le había dado a u-un Furia Nocturna.
Aunque se había preparado para decir eso, no se sintió como él esperaba que lo hiciera. Sin embargo, esa noche Hiccup distinguió el asombro tras los ojos de su padre como nunca, ante nadie, lo había mostrado, y a pesar de todo, su pecho se infló en una emoción aplastante que se parecía mucho al ego.
Frente al anuncio, el Gran Salón estalló en alaridos y campanas justo antes de que se asentara un silencio sepulcral, mismo que sería a partir de entonces fiel compañero de Hiccup en el consumo de sus delirios.
oOo
Ya sé, ya sé. "Pero Kiira, tienes historias sin actualizar…" "Obviamente, todos saben que si Hiccup mataba a Chimuelo se convertía en una versión de Grimmel…" "¡Que cliché…!"
Bien, bueno, la vida es una y hay que vivirla hoy y pensarla mañana JAJAJAJAJA. Ya sé que todo el fandom dice que si Hiccup hubiera matado a Chimuelo se habría convertido en un Grimmel 2.0 y que ya hay fics que tocan este mismo tema, pero ¿qué puedo decir? Quiero dar mi versión, es todo.
Esta es la primera parte de doce, así que pueden esperar más chilladera y… cosas turbias en un futuro, porque apenas estamos comenzando.
Por ahora, iré a llorar un ratito, hice que Hiccup matara a Chimuelo:(
