La familia Madrigal se encontraba comiendo en el patio de Casita. Después de un largo día de duro trabajo en el pueblo, a la familia le gustaba comer tranquilamente todos juntos, disfrutando de la compañía mutua y las risas. Las comidas con la familia Madrigal solían ser bulliciosas, pero eso no era algo que a sus integrantes les importara. Al contrario, disfrutaban de ello.
Desde su sitio al lado de la abuela, Isabela observaba a todos reír y disfrutar. A su lado, Camilo intentaba convertirse en uno de los animales que acompañaban a Antonio para intentar gastarle una broma. Luisa y Mirabel conversaban sobre un nuevo proyecto que tenían para el pueblo. Su madre, Pepa y Bruno hablaban del tiempo que habían estado separados y contaban anécdotas que hacían que el tiempo alrededor de Pepa fluctuara hasta que Dolores cambió de tema con uno de sus nuevos cotilleos, haciendo que Mariano también se uniera a la conversación. Isabela sonrió. Después de cortar la relación con Mariano, Dolores y él habían empezado a verse más y más y ahora estaban a pocos días de su boda. Isabela no podía alegrarse más por ellos. Habría sido incapaz de soportar estar junto a una persona que no quería durante el resto de su vida y ni hablar de tener cinco hijos.
Una mano sobre su hombro la sacó de sus ensoñaciones. Al girarse se encontró con la abuela sonriéndole y le devolvió la sonrisa. Desde que Mirabel se había enfrentado a ella, la matriarca de la familia trataba con menos rigidez a la mayor de los nietos, dejando que fuera ella misma con sus imperfecciones y sus fallos.
-Se ve que Dolores y Mariano son muy felices juntos- su abuela comentó. Isabela asintió con una sonrisa y devolvió su atención a la comida que tenía en su plato- y tú… ¿No hay nadie que te haya llamado la atención?
La pregunta de la abuela, aunque inocente, pilló a Isabela de sorpresa, haciendo que casi se atragantara con la arepa que estaba comiendo y que lirios brotaran de su cuerpo. Rápidamente bebió agua, mientras intentaba ganar tiempo para pensar una respuesta. Sí, había alguien en su vida que había captado su atención, alguien que hacía que de ella nacieran las flores más hermosas del mundo, pero no era lo que su abuela se esperaba: Isabela estaba enamorada de una mujer.
La explosión de flores había hecho que todos dirigieran su atención hacia ella, haciendo que el silencio inundara la mesa. Isabela sentía las miradas de toda su familia sobre ella, esperando una respuesta a la pregunta que había hecho la abuela. En algún momento iba a tener que contárselo, aunque prefería haber sido ella la que hubiera elegido el momento.
Isabela se movió incómoda sobre la silla, bajó la mirada hacia sus manos, tomó aire y comenzó a hablar insegura.
-Yo…
-Abuela, ¿te hemos contado lo que tenemos planeado Mirabel y yo para el nuevo parque del pueblo?- Luisa la interrumpió, desviando la atención de la familia hacia ella. Cuando Isabela la miró, Luisa le dedicó una sonrisa cómplice mientras continuaba explicando el proyecto a la familia. Isabela agradeció mentalmente que le hubiera salvado de la pregunta.
Aprovechando que todos estaban atentos a lo que contaban sus hermanas pequeñas, Isabela se escabulló. Necesitaba estar a solas y necesitaba pensar, por lo que, usando sus enredaderas para apoyarse en las vigas de Casita, subió hasta su cuarto y se encerró en él.
Su caminar intranquilo hacía que el olor a flores que había permanentemente en su habitación se volviera casi intoxicante, incluso para su ya habituada nariz. Isabela no supo cuánto tiempo había pasado recorriendo su habitación como un león enjaulado y pensando en la situación. Tan ensimismada estaba en sus pensamientos que no escuchó la puerta abrirse y a sus dos hermanas entrando.
-¿Isabela?- la voz de Mirabel la sobresaltó haciendo que diera un salto impropio de una señorita como ella.
-¡Mirabel! ¡Luisa! Me habéis asustado- Una rama brotó del suelo donde Isabela estaba y la depositó suavemente sobre su cama. Intentando relajar su voz para que no sonara preocupada, Isabela volvió a hablar- ¿Queríais algo?
-Saber por qué la pregunta de la abuela te ha hecho huir- esta vez fue el turno de Luisa de hablar.
La máscara de despreocupación de Isabela se rompió al escuchar a su hermana. Se mordió el labio inferior y apartó la mirada. Reflexionó sobre si contarles la verdad. Sabía que no lo podía ocultar mucho tiempo y necesitaba hablarlo con alguien o explotaría. Suspiró y con un movimiento de mano hizo que brotaran enredaderas del suelo para acercar a sus hermanas a la cama. Esto las cogió desprevenidas y, de no haber sido porque las enredaderas las habían cogido fuertemente, probablemente habrían acabado cayendo sobre el suelo de rosas de Isabela.
Cuando las tuvo cerca de ella, Isabela se masajeó las sienes, intentando ordenar sus pensamientos, y comenzó a hablar. Inconscientemente jugaba con el dobladillo de su vestido e intentaba evitar cualquier contacto visual con ellas.
-Estoy saliendo con alguien…
-Pero eso es…
-No he terminado- Isabela la cortó. Necesitaba decirlo rápido o no sería capaz de decirlo- es Maritza.
Ninguna de sus hermanas habló. El silencio llenó la habitación durante unos segundos que a Isabela se le hicieron eternos mientras escrutaba las facciones de sus hermanas en busca de cualquier tipo de emoción. Notó que los labios de Mirabel se torcían en una sonrisa y saltaba a sobre ella para abrazarla, pillándola desprevenida y haciendo que la cama que se sostenía por las lianas se balanceara peligrosamente. Luisa hizo lo mismo a los pocos segundos. Isabela estaba confundida, pero correspondió al abrazo sonriendo.
-Eso es maravilloso- le dijo Mirabel cuando rompieron el abrazo, sentada a su lado- pero ¿cuál es el problema?
-El problema es que no quiero decepcionar a abuela. Incluso aunque acepte que soy lesbiana, estar con Maritza significa no poder tener bisnietos y ya visteis lo feliz que estaba cuando Mariano quería tener cinco hijos conmigo- Cada palabra que decía sonaba más agitada. Los pensamientos se acumulaban en su cabeza, haciendo que poco a poco se le empezara a formar un nudo en el estómago que la dejaba sin aire. Sintió una mano en su hombro que hizo que su cabeza parara.
-Todo va a estar bien, Isabela.
El nudo se su estómago se desenredó un poco al escuchar esas palabras. Quizá era lo único que necesitaba. Escuchar que todo iba a estar bien y un abrazo de sus hermanas. Isabela rio, haciendo que Mirabel y Luisa se unieran también.
-¿Y bien? ¿No nos vas a contar nada más? -Preguntó Mirabel curiosa acomodándose en la cama. Luisa la imitó, haciendo que Isabela recordara las tardes leyéndoles cuentos en la cama de sus padres antes de que le dieran un don y las separaran. Antes de tener miedo a decepcionar a todo el mundo…
Isabela rio y comenzó a relatarles todo. Maritza era la hija del panadero del pueblo. Isabela y ella se habían conocido cuando Maritza estaba haciendo el reparto sobre su bicicleta y había tropezado con una piedra en el camino. Isabela estaba a pocos metros de ella, utilizando su don para entretener a unos niños del pueblo haciendo diferentes trucos con las flores, cuando vio lo que pasaba. Sin dudarlo ni un segundo, hizo un movimiento con su mano, haciendo que brotaran flores del suelo y evitaran que Maritza se hiciera daño. Al acercarse para comprobar que Maritza estaba bien, se había quedado prendada de ella.
Después de ese encuentro, se habían vuelto cada vez más inseparables hasta que un día Isabela reunió el valor necesario para besarla, alegrándose de ser correspondida. A partir de entonces, habían decidido verse a las afueras del pueblo para evitar que la gente pudiera verlas juntas y hablar de ello, sobre todo por Dolores y su oído prodigioso, que no dudaría ni un segundo en contárselo a la familia.
-Qué lindas- Mirabel apuntó, apoyada sobre sus codos.
Isabela rio. Ambas la miraban como si fuera la historia más hermosa que hubieran escuchado, aunque ella la encontrara demasiado normal.
Sonrió traviesa y con un movimiento de mano hizo que una ráfaga de pétalos las golpeara y acabaran las tres riendo en el suelo de su habitación.
-¡Hey!- Mirabel se quejó entre risas.
-¿Y vosotras qué?- preguntó Isabela girándose sobre sí misma para estar cara a cara con sus hermanas- ¿Nada que contarle a vuestra hermana mayor?
Isabela se encontraba delante de la habitación de su abuela. La conversación con sus hermanas se había alargado hasta que el sol se había escondido entre las montañas que rodeaban el pueblo, por lo que lo único que iluminaba su camino eran los faroles de la casa y la luz que salía de la puerta. Se había estado llenado de valor durante toda la tarde, gracias a sus hermanas, para hablar con su abuela, pero al llegar a la puerta iluminada, toda esa valentía se había esfumado.
Como si la hubiera percibido al otro lado, la puerta se abrió y de ella salió la matriarca de la familia, que esbozó una sonrisa cuando vio quién se encontraba al otro lado de la puerta.
-Ah, Isabela, justo iba a buscarte. ¿Querías algo?
Isabela evitó su mirada, incapaz de mirarla a los ojos. Se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y tomó aire, cambiando incómoda el peso de una pierna a otra.
-Yo…esto…-tartamudeó- necesitaba hablar contigo.
-Por supuesto. Pasa, querida.
La abuela la cogió del brazo y la instó a entrar a la habitación. El olor a cera inundaba el ambiente y la única luz que alumbraba la habitación venía de la gran vela que presidía la ventana. La abuela se sentó en la cama que había y, con un suave golpe en la manta, invitó a Isabela a que se sentara a su lado.
Isabela dudó, pero se acomodó el vestido y se sentó a su lado. Sintió la mano de su abuela apoyada sobre las suyas y un leve apretón le hizo saber que la escuchaba.
-¿Estás bien?- le preguntó- estaba preocupada por cuando te fuiste de la comida sin avisar. ¿Te sentó algo mal? ¿Necesitas que Julieta te dé algo para curarte?
Isabela negó con la cabeza.
-No, abuela, estoy perfectamente. Gracias por preocuparte.
Una sonrisa apareció en el rostro de su abuela, añadiendo unas pocas arrugas a su cara.
-Me alegro. Y bien, ¿qué querías decirme?
Isabela cerró los puños debajo de la mano de la abuela, apretando el vestido con fuerza, a la vez que cerraba los ojos. Hacer contacto visual solo serviría para ponerla más nerviosa.
-Estoy enamorada de Maritza Ramos- dijo casi sin respirar entre las palabras.
Isabela no abrió los ojos después de decir eso. Esperó a escuchar la voz de la abuela mientras seguía sin mirarla y con los puños fuertemente cerrados. La mano de Alma seguía sobre las suyas, aunque la notaba más fría que antes. Esperó unos segundos que se le hicieron eternos y, al ver que no recibía contestación, abrió los ojos lentamente esperando encontrarse lo peor.
Al abrirlos, vio que la matriarca de los Madrigal tenía los ojos acuosos y los labios separados como si fuera a decir algo pero las palabras se hubieran quedado atrapadas en la garganta. Un escalofrío recorrió su espalda y en su cabeza apareció una palabra: decepción. El nudo de su estómago volvió con más fuerza, haciendo que deseara jamás haber dicho esas palabras. Se mordió el labio inferior con tanta fuerza que casi podía notar el sabor metálico de la sangre en su boca.
De repente, pasó algo que Isabela no se esperaba. Sintió los brazos de su abuela alrededor de ella, en un abrazo tan fuerte que casi la dejaba sin aliento.
-Mi niña, no sabes cuánto me alegro- habló por fin la abuela.
Isabela intentaba procesar lo que estaba pasando. No estaba enfadada con ella e incluso se alegraba. Rodeó con sus brazos la figura de la abuela, devolviéndole el abrazo y apoyando su cabeza sobre su hombro. Lágrimas rodaron por su mejilla, pero no se notaban amargas. Después de años escondiendo cualquier cosa que pudiera hacer creer que no era tan perfecta, sentir que su abuela la aceptaba tal y como era hacía que en ella brotara un sentimiento de felicidad casi indescriptible.
