Disclaimer: De Horikoshi, que es mu' majo y seguiro que no le importa que juguemos a besuquearlos.
"Este fic participa en la actividad multifandom del foro Alas Negras, Palabras Negras."
Imagen de portada de EXE.
Prompts sorteados: Río [lugar], Despotricar [verbo], Corazonada [escénica].
Condición del mes: Temática o personajes LGBTIQA+.
Notas: Va del tirón. Tenía la idea rondando (junto a otras) desde que me dieron los prompts. Empecé a media tarde a escribir los primeros párrafos y acabé desvelándome en la noche por el ansia de terminarlo. Preferí publicarlo sin pensarlo y no poder arrepentirme después. Disculpad si hay alguna errata, en algún momento próximo pasaré la escoba e intentaré corregirlas.
Un niño humano de pelo verde corre descalzo por el pasto húmedo. El ruido de la tormenta se une al de la crecida del río, que ruge con la fuerza de cientos de caballos al galope. En el cielo oscuro, tan negro que prácticamente ha anochecido a pesar de que es poco más de mediodía, brillan fulgurantes los relámpagos a intervalos irregulares. Los pies le chapotean en el barro, que lo empapa hasta las rodillas, cuando llega al pueblo y se apresura en asegurar los postigos de las ventanas de su casa para que no se abran con la fuerza del aire. Los gruesos goterones de agua le chorrean por la frente y las mejillas, acariciándole las pecas que tiene en ellas y desviándose alrededor de su radiante sonrisa. Termina de cerrar la última ventana y oye que su madre, que está cerrando los postigos del piso superior, lo llama. Antes de entrar al interior de la casa, mira hacia el cielo una última vez, sobresaltándose con un relámpago al que sucede un potente trueno que retumba por todo el pueblo acto seguido.
Un hada de pelo rojo y blanco observa la tormenta desde el interior de un gran sauce llorón a través de sus ojos de color desigual. Apenas puede ver la lluvia por la cortina de hojas que protege el que es su hogar y que las hadas de su tribu han hecho crecer hasta llegar al suelo. La luz centelleante de los relámpagos no llega al interior de la cúpula verde azulada, iluminada con los reflejos del agua del río, que baja impetuosa entre las raíces del sauce a un par de metros de él, pero las hojas vibran con la potencia de los truenos. Cuando aparta las cortinas apenas un palmo, para atisbar el diluvio que cae fuera de su refugio, su padre lo llama. Fastidiado, el hada bate las alas semitransparentes que nacen en su espalda y, reluctante, obedece la orden con gracilidad.
Un dragón en su forma humana, con la mirada roja y fiera, atisba el horizonte desde la ventana más alta de la torre más alta de la fortaleza bárbara donde su clan se refugia durante la temporada de lluvias. Desde donde está, casi parece tocar las nubes negras, llenas de relámpagos y grandes goterones de lluvia que le salpican el torso descubierto y lleno de tatuajes tribales cuando impactan en el alféizar de piedra. A los pies de la fortaleza se extiende el enorme bosque, habitado por las hadas y, un poco más abajo, siguiendo el curso del río, algunas poblaciones de humanos salpican la llanura que se extiende hasta las grandes montañas donde viven los gigantes de hielo. Un dragón rojo, otro púrpura y un tercero, amarillo eléctrico, que gira juguetonamente en el aire, acompañando en sus acrobacias a otro de color negro, todos ellos de tamaño infantil, cruzan el cielo oscuro como flechas, serpenteando entre los hilos de electricidad que iluminan el cielo, bailando al ritmo de los truenos que retumban en el pecho del chico cuando se encarama al alféizar para unirse a ellos con un salto fluido.
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El niño de pelo verde crece hasta convertirse en un chico tranquilo, sonriente y optimista. Ama el conocimiento por encima de todas las cosas. Es afable y estimado en el pueblo por sus medicinas, fabricadas por él mismo, y por la amabilidad con la que trata a todo el mundo. Saluda y sonríe a cada persona que se encuentra por el camino que separa su casa, donde tiene un pequeño laboratorio en el que trabaja y una ventana que utiliza de despacho para atender a quienes acuden a adquirir sus pócimas, del borde del pueblo. El cielo está oscuro y augura una tormenta, la primera de la temporada, pero no le importa. Camina ligero, apartándose del camino nada más sale del pueblo. La hierba es alta y verde, y se mece suavemente bajo los pies descalzos de Izuku, que se ha quitado las botas en cuanto ha pisado la primera brizna. Siente bajo los dedos de los pies la tierra húmeda, preparada para acoger el agua que se avecina, y la vida que transmite. A paso ligero, enumerando en voz baja, para sí mismo, todas las hierbas que necesita recoger, se deja llevar por sus pies hasta la orilla del río, agachándose para cortar de forma hábil tallos de plantas concretas que va guardando en su morral.
El hada de pelo rojo y blanco, trenzado primorosamente entre hojas y flores hasta la altura de su cintura, dejando escapar sólo dos mechones que le enmarcan los rasgos suaves y redondeados del rostro, luce ahora una cicatriz roja y oscura sobre el ojo azul, provocando que destaque mucho más que antes. Su expresión es seria cuando, batiendo las alas suavemente a pesar de que no está volando, se desliza con elegancia entre los árboles del bosque hasta llegar al sauce que una vez fue su casa. Las aguas bajas más tranquilas que en sus recuerdos, y la cortina de hojas está abierta. El chico, delgado y alto, hermoso como solo un hada puede serlo, pero serio como ninguna del reino, salvo quizá su padre, lo es, bordea el sauce sin entrar dentro de su cúpula de hojas. Acude allí a menudo, pero pocas veces entra en ella, aunque cuando lo hace su madre se alegra genuinamente de verlo. Con agilidad, ayudado por las alas, salta de raíz en raíz, observando cómo se pierden bajo el agua, rompiendo su reflejo. Ese lugar es lo más lejos que ha llegado a estar del bosque y sabe que los árboles que bordean el bosque, sauces, chopos y álamos de hojas escandalosamente ruidosas que camuflan los sonidos de los suyos, son la frontera de su reino. El murmullo de una voz enumerando nombres se impone a todos los demás sonidos y llega hasta los oídos afinados del hada que, curioso, camina en su dirección.
El dragón de pelo rubio y ojos rojos, de rasgos angulosos en el rostro y el cabello, se ha convertido en una criatura fuerte e indomable. Los ojos irradian ira y determinación, los tatuajes de su piel se tensan en la piel bajo el chaleco y los pantalones cortos que apenas cubren su cuerpo. Tras su transformación es un dragón dorado, de alas, garras y colmillos enormes, cubierto por escamas duras como el acero que reproducen los mismos motivos tribales que sus tatuajes. Sobrevuela la llanura, siguiendo el serpenteante curso de los meandros del río, vigilando con ojo agudo los márgenes del bosque oriental tal y como le han ordenado. Salió de la fortaleza, encajada en una montaña escarpada de imposible acceso trepando, con sus compañeros y amigos, pero los ha dejado atrás y ahora vuela solo, esperando a ser alcanzado. El aire huele a lluvia y a tormenta, está cargado de electricidad y calor bochornoso en una burbuja que estallará en unas horas, pero todavía queda tiempo. Un punto lejano, en el suelo, que se mueve con ligereza por la ribera del río, deteniéndose de cuando en cuando, atrae la curiosidad del dragón.
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—Hierbabuena, albahaca y menta —murmura Izuku para sí mismo, moviendo los dedos con destreza para ayudar a una pequeña mariquita a moverse de una hoja a otra, repleta de pulgones.
Ha atado sus zapatos con los cordones y los lleva colgando del cuello. Tiene las perneras de los pantalones arremangadas hasta las rodillas y se ha hundido en el barro hasta los tobillos, pero no parece importarle, porque sonríe con alegría.
—Milenrama y diente de león también. —Shouto ladea la cabeza para mirarlo. Sus grandes ojos rasgados, uno azul y otro marrón, parpadean lentamente. Es la única expresión que delata su interés en su rostro impertérrito.
Lo ha atisbado desde las ramas del sauce, aunque el chico de pelo verde no se ha percatado de su presencia, y lo ha seguido, con saltos silenciosos y etéreos, a lo largo de la orilla del río, sin apartar la vista de él en ningún momento, ni siquiera cuando ha cruzado las piedras del río, a su espalda, para poder verlo más de cerca.
—Hay poca manzanilla, y cuando la tormenta acabe necesitaré recoger romero y tomillo. —El insensato chico de pelo verde recita una retahíla de nombres extraños mientras guarda primorosamente las plantas que está recolectando en su morral, ajeno al hada que lo acecha a apenas unos metros.
Katsuki ha visto primero al chico y después al hada, así que ha aterrizado en el suelo a cierta distancia de ambos, transformándose en su forma humana y asegurándose de que la espada está lo suficientemente suelta en la vaina por si fuera necesario utilizarla.
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—¿Por qué recoges las plantas? —Shouto no puede contener su curiosidad y, finalmente, hace la pregunta. Katsuki, que los observa desde una distancia prudencial, tirado en el suelo para acecharlos mejor, se sorprende de que el hada haya delatado su presencia. Izuku se sobresalta y cae sentado al suelo por el susto al girarse y encontrarse al hada, mucho más alto que él, apenas a una zancada de distancia—. Lo siento, no pretendía asustarte.
—Eres un hada… —murmura Izuku, abriendo los ojos de par en par, asombrado. Sabe que existen, por supuesto, todo el mundo lo sabe. Igual que saben que no hay que cruzar la frontera del bosque nunca, bajo ningún concepto, y que los alcaldes de cada pueblo tienen relaciones comerciales mediante las cuales intercambian los productos de la llanura por los del bosque, como la madera con la que se calientan en invierno, pero jamás había visto ninguna.
El hada es alto y no viste ropa alguna. Su piel, del color de las cortezas de los chopos, brilla con un leve resplandor que puede pasar desapercibido a la luz del día, pero sus ojos ovalados y grandes, son imposibles de pasar por alto. Caminando por el suelo sin apenas pisarlo, casi flotando gracias a las alas semitransparentes que bate suavemente a su espalda, Shouto se acerca a Izuku y extiende la mano hacia él, en una muda invitación para ayudarlo a levantarse. Tras dudar apenas un segundo, Izuku extiende la suya para aceptarla, pero una voz los interrumpe.
—Esto es la llanura, hada. —Katsuki se alza ante ellos, los ojos chispeantes de furia, la espada, grande y pesada, enarbolada en una sola mano sin ningún esfuerzo, está alzada en un gesto agresivo, apuntando a Shouto que, no obstante, la mira con interés antes de desviar los ojos hasta el río y los árboles que marcan la frontera del bosque, más lejos de lo que creía que estaban. Se ha distraído siguiendo al humano, absorto en su tarea de recoger plantas, y ahora no duda que el dragón pueda darle alcance fácilmente.
—No era mi intención alejarme tanto —dice Shouto finalmente, vocalizando despacio y alzando las manos en un gesto pacífico, lo que provoca que Katsuki se ponga en guardia y avance un poco más con su espada.
Izuku los mira alternativamente, fascinado. Hasta ahora, tampoco había visto nunca a un señor dragón más que volando en lo alto del cielo, apenas un punto para los ojos de Izuku. Sabe que son los protectores de la llanura y que velan porque los seres feéricos no abandonen sus fronteras. Las leyendas sobre hadas que secuestran niños en las noches de tormenta o comen personas humanas corren de boca en boca en las chimeneas encendidas en invierno, cuando las viejas se mecen delante de ellas tratando de conservar el calor en sus manos frías, pero Izuku hasta ahora había pensado que eran leyendas, porque nunca ha conocido a nadie que haya sido secuestrado, pero reconoce que el hada suscita temor y respeto. Tanto como el dragón que amenaza con utilizar su espada.
—Entonces, retrocede —ordena Katsuki.
El hada, sin bajar las manos, aparentemente inmune a las miradas sonrojadas de Izuku, que trata de no mirarlo directamente, avergonzado por su desnudez, obedece con pasos ligeros, sin darles la espalda hasta llegar al río. Un revoloteo después, desaparece entre el follaje del bosque. Es entonces cuando Izuku se vuelve hacia el dragón, que ha envainado la espada. Al contrario que el hada, sí va vestido con un chaleco de cuero de animal desgastado que en algún momento tuvo un color impregnado, pero que ahora es cercano al negro por el uso, y unos pantalones de tela basta, raídos y desgastados. Sus músculos se marcan bajo la piel y, cuando se mueve, hacen que sus tatuajes parezcan cobrar vida propia. Con una última mirada de desdén, el dragón se da media vuelta y se aleja caminando en silencio.
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Al día siguiente, Izuku vuelve al río. La tormenta de la noche anterior ha ablandado la tierra y sus pies se hunden en el suelo, dificultándole caminar, pero no le importa. No necesita ninguna planta, ya recogió todas las que necesitaba, pero una corazonada lo guía por los senderos invisibles que marca la ribera y las hierbas que crecen con abundancia. De vez en cuando levanta la vista al cielo, oteando en busca de los pequeños puntos en movimiento que indican la presencia de dragones patrullando la llanura, pero o bien no hay ninguno o no puede verlos por lo cegador que brilla el sol, reflejándose en las nubes pesadas que lo rodean y que amenazan con ocultarlo para descargar más lluvia.
Sin embargo, su presentimiento no parece ser cierto, a pesar de que Izuku recorre un gran trecho de la orilla del río, mojándose los pies en el agua fría, turbia por la rapidez que baja tras la tormenta, con cuidado de no rozar las piedras afiladas que cubren el lecho del río en esa zona. Al final, se rinde, resignándose a regresar a casa. Emprende el camino de regreso por el trayecto más largo, siguiendo el borde del río hasta llegar al puente que lo cruza, el único camino que atraviesa el bosque que los habitantes de la llanura tienen permitido transitar, sin dejar de mirar a su espalda y alrededores. A pesar de que no ha salido a buscar nada, se detiene al ver una amplia extensión de hierba de los canónigos, y se detiene a cortarla, entrando de nuevo en el río para hacerlo con más facilidad.
—¿Lo haces porque te gustan? —Izuku alza la cabeza. El hada está en el lado del bosque, de pie sobre una piedra redondeada que debería ser demasiado pequeña para él. Como el día anterior, va desnudo, aunque no parece importarle, así que Izuku mira un punto indeterminado entre el hombro y el rostro del hada, que lo observa con el rostro inexpresivo.
—Es… Son… —Izuku mira la hierba de canónigos que tiene en la mano, que ha recogido al verla porque a su madre le gustan las ensaladas hechas con esa planta en particular, más que con la lechuga que cultivan en el huerto—. Las comemos.
Shouto ladea la cabeza, intrigado y, con un salto ágil, salva volando el cauce del río y se detiene junto a Izuku, rozando apenas el agua con la planta de los pies. A unos metros, donde ninguno de los dos puede verlo, escondido entre la hierba alta, Katsuki desenvaina la espada. Ha vuelto a la llanura, esta vez sin transformarse en dragón, porque tenía la corazonada de que el humano volvería. Pudo leerlo en sus ojos curiosos e imprudentes el día anterior, al observar cómo el hada se alejaba, al mirarlo a él mismo. Sin embargo, la misma corazonada que lo ha llevado a seguir al chico humano durante su paseo despreocupado, incapaz de detectarlo a pesar de que lo ha visto buscar con la mirada a su alrededor, poco acostumbrado al acecho y la cacería, le indica a Katsuki que no intervenga.
No todavía.
—¡No, no la comemos así! —protesta Izuku, riéndose, cuando el hada extiende la mano y coge un puñado de canónigos para meterse en la boca, masticando con un gesto de desagrado—. Le añadimos más cosa: frutas, sal, aceite, carne… Todo junto es lo que hace que este bueno.
—Yo como la fruta sin mezclarla con nada —dice Shouto, saboreando todavía el regusto ligeramente amargo de las hojas de los canónigos. Una corazonada lo ha hecho acudir a la orilla del río, pero la sensación de que el dragón está escondido cerca le ha instado a permanecer oculto en su parte de la orilla, espiando los movimientos del chico humano sin ser visto hasta que el impulso de preguntar ha sido mayor que su prudencia.
—¿Comes fruta? —Shouto asiente, sin comprender bien la pregunta. Las hadas viven de lo que obtienen de los árboles del bosque, no sólo fruta, también el néctar, la savia o algunas flores.
—¡Oh! —Izuku se contiene a tiempo. Ha estado a punto de mencionar que, en una ocasión, la mujer más anciana del pueblo le contó, a él y otros muchos niños, refugiados en una de las casas del pueblo mientras los adultos preparaban las provisiones comunales para el invierno, que a las hadas les gusta la carne tierna de los jóvenes, mucho más que la correosa de los ancianos. Aunque después se había reído con la boca desdentada, complacida por los chillidos infantiles y escandalizados de los niños más pequeños.
—Debería irme —dice Shouto repentinamente, alzando la barbilla, entornando los ojos y oteando la llanura. Katsuki maldice en silencio, el hada ha debido oír el sonido de la hoja de la espada deslizándose dentro de la vaina.
Izuku está a punto de pedirle que le espere, pero el hada ya ha volado de regreso a su lado del río. Se posa con elegancia en el suelo, junto al tronco de un álamo, y se vuelve un segundo para mirar a Izuku antes de mimetizarse con su entorno y desaparecer de la vista.
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—Deberías tener cuidado. —Izuku levanta la vista y ve al dragón, de pie a unos metros delante de él.
—Sólo estoy recogiendo plantas —dice Izuku con una sonrisa tensa que delata su mentira.
Nunca ha salido tantas veces seguidas a la llanura a recolectar plantas, pero no puede evitarlo. Se ha quedado en casa varios días. Algunos, le ha impedido salir la lluvia torrencial que hace que el río crezca e inunda las calles del pueblo. Otros, la cantidad de visitas de gente del pueblo en busca de sus medicinas y alivio de los males que les aquejan. Aunque no protesta, pues le encanta aliviar el dolor de las personas y hacer todo lo que puede por ellas, se ha descubierto mirando por la ventana en dirección a la llanura y al bosque, preguntándose si el hada o el dragón habrán vuelto igual que él desearía hacer.
—Las hadas son peligrosas —gruñe Katsuki, acercándose a él. Un grueso goterón cae en la nariz de Izuku, que se la frota. El cielo está encapotado y no tardará en volver a ponerse a llover, pero no le importa, quiere aprovechar el tiempo. Estando el dragón ahí, es posible que el hada no aparezca, pero no le importa. No demasiado.
—Comen fruta —responde Izuku, distraído mientras se agacha a segar unas pocas briznas de hierba.
—Claro que comen fruta —dice el dragón, resoplando. Izuku levanta la vista, desconcertado—. ¿Qué? ¿En serio te crees los cuentos de las viejas?
—No —niega Izuku, apretando los labios porque, hasta hace unos días, los cuentos de las viejas eran todo lo que sabía sobre las hadas y los dragones y no está seguro de poder confiar en lo que el hada le ha contado. Además, que coman fruta, no significa que no coman también otras cosas—. De los dragones cuentan que sois orgullosos, susceptibles y que la mejor manera de provocaros para hacer algo que no deseáis es ofenderos.
—Bastante acertado —asiente Katsuki, entrecerrando los ojos y mirándolo con altanería—. Pero prueba a intentar ofenderme y lo lamentarás.
—De las hadas cuentan que secuestran niños y comen carne humana. —A pesar de la burla anterior del dragón y de que el hada no le da la impresión de ser una criatura devoradora de niños, Izuku intenta que la pregunta quede implícita.
—Lo hacían… en el pasado. —Izuku se incorpora bruscamente, dolido por las palabras del dragón y ser tan ingenuo. El dragón se acerca a él y descubre que, aunque no es tan alto como el hada, sí lo es más que él. Y mucho más corpulento, algo que se acentúa cuando se cruza de brazos y sonríe, burlón—. Lo de secuestrar niños, no lo de comer carne humana. No son peligrosas por eso… —Deja la frase en el aire e Izuku tiene que pensar varios segundos qué es lo que quiere.
—¡Midoriya! Izuku Midoriya.
—Secuestraban niños para que trabajasen para ellas cuando eran adultos, Izuku Midoriya —cuenta el dragón. Es conciso y poco retórico, si Izuku fuera el que estuviese contando la historia, sería capaz de imprimirle más emoción, piensa mientras le escucha—. Al fin y al cabo, erais sus enemigos. Vosotros talabais su bosque, sus casas, y los masacrabais.
—¿En serio? —pregunta Izuku, que nunca ha escuchado de algo así.
—Hace mucho, mucho tiempo. Tanto, que se ha perdido en las viejas leyendas. Después, llegamos los dragones y se firmó la paz. Una cautelosa. Vosotros nos proporcionabais parte de vuestro territorio y recursos y, a cambio, nosotros os protegíamos de las hadas. —Izuku asiente. Eso sí lo sabe, los dragones son sus guardianes, pero nunca los ha visto peleando contra las hadas—. Las hadas no salen de su bosque ni os molestan, y vosotros no taláis sus árboles ni expoliáis sus recursos. Con los siglos, incluso habéis conseguido que os dejen cruzar el bosque y comerciar con ellos.
—Entonces, no somos enemigos —dice Izuku, arrugando la frente.
—Seguimos siendo enemigos, aunque no nos peleemos. Enemigos civilizados. —La lluvia comienza a caer con más intensidad, empapando la ropa de Izuku. El dragón lo mira con una sonrisa sardónica—. Los humanos no caéis bien a las hadas. Cuentan a sus hijos las mismas historias de terror que las viejas os cuentan a vosotros. Aunque creo que aún les gustamos menos los dragones —concluye con una sonrisa feroz. Da la espalda a Izuku y se aleja con paso lento y confiado.
—¡Espera! —El dragón se detiene, mirando por encima de sus hombros, con la burla todavía en los ojos que hace que Izuku dude de si habla en serio o todo lo que le ha contado es mentira. No es eso lo que le pregunta, no obstante—. ¿Có… cómo te llamas?
—Puedes llamarme Dragón de las Explosiones Asesinas —responde el dragón, comenzando a caminar de nuevo—. O Katsuki Bakugou, como más te guste.
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—¿Esa también os la coméis? —Izuku se sobresalta. No ha oído llegar al hada, que está acuclillada a su lado, mirando con interés el ruibarbo que Izuku está recolectando. Está bastante seguro de que unos segundos antes, estaba solo, aunque no se ha quitado de encima la sensación de estar siendo observado desde que ha abandonado el camino.
—¡Estás aquí! —Se levanta rápidamente, mirando a su alrededor, pero no ve a Katsuki, así que respira aliviado. No quiere que vuelvan a pelearse, aunque le gustaría volver a verlo tras la conversación de la semana anterior. Sin embargo, a pesar de que ha ido un par de veces, no ha aparecido ninguno de los dos seres.
—Te vi desde la orilla —explica el hada, aunque es obvio que ha sido así. Vuelve a señalar el ruibarbo—. No deberíais comer eso.
—¡No! No lo comemos —niega Izuku, mirando las hojas que tiene en la mano—. Bueno, sí. Los tallos se pueden comer.
—Es una planta venenosa —insiste el hada.
—Los tallos no. Al menos, no para los humanos. Pero no la recolecto porque sea comestible.
—Pensaba que cogías plantas para comer.
—Las del otro día sí —dice Izuku, sonriendo y reprimiendo una carcajada por la expresión desconcertada del hada—. No, estás no son para comer. Las tengo por si alguien necesita hacer de vientre y no puede. —El hada tarda unos segundos en procesar la información.
—¿Sirve para eso?
—¡Sí! Haces una infusión y… —Izuku se embarca en una explicación de cómo hacer una pócima laxante que el hada escucha atentamente, con las manos en las rodillas y la cabeza ladeada a pesar de lo serio de su expresión—. Las plantas que recolecto son para medicinas. Las preparo de diferentes formas y ayudo a la gente a que tenga menos dolor o que se recupere de sus enfermedades más rápidamente. Y ahora necesito surtir mi despensa de nuevo —dice, a pesar de que es mentira. Con las excursiones que ha hecho en los últimos días tiene plantas para todo el año.
—Medicinas. Entiendo…
—¿No tenéis medicinas en el bosque? —pregunta Izuku, curioso. El hada asiente, extrañado—. Como llevas esa quemadura en el ojo…
—No tenemos medicinas para las quemaduras, pero sí para otras cosas —dice el hada en tono seco. Izuku aprieta los labios, comprendiendo que ha dicho una imprudencia
—Lo siento.
—¿Tú puedes curar quemaduras? —El hada lo está mirando intensamente, con sus ojos desiguales. Izuku se pone en pie con un quejido antes de contestar y el hada lo imita.
—Sí. Puedo hacer que se curen sin dejar marca si no son muy graves y tengo plata a mano, aunque no es barato —dice finalmente. El hada permanece pensativo unos segundos.
—¿Puedes borrar las cicatrices de quemaduras?
—No. Puedo evitar que se produzcan cuando la quemadura está reciente, pero no borrarla. Lo siento —repite una vez más, un poco incómodo. Otea a su alrededor una vez más y luego el cielo, nervioso
—Está allí. —Izuku abre la boca para decir que no está buscando nada, pero el hada se adelanta—: El dragón.
—¿Cómo lo sabes? —Izuku sigue la mirada del hada, que señala un punto de la pradera donde hay varias rocas grandes y hierba alta. Nada le hace sospechar que Katsuki pueda estar ahí escondido.
—Lo sé. El otro día no lo detecté porque no me lo esperaba, pero sabiendo que está cerca…
—¿No te importa? —pregunta Izuku, recordando cómo Katsuki había amenazado al hada con la espada la vez anterior por invadir la llanura. El hada se encoge de hombros y caminan en silencio, acercándose a la orilla del río lo más posible. Izuku no sabe si el hada lo ha notado, pero él prefiere que estén lo más cerca posible del bosque por si Katsuki vuelve a tener intenciones hostiles—. Me llamo Izuku Midoriya, por cierto.
—Lo sé.
—Sabes muchas cosas —dice Izuku, sorprendido.
—Sólo aquellas que veo, escucho o toco —responde el hada, e Izuku podría jurar que le ha visto esbozar una sonrisa durante un instante, un atisbo apenas en la comisura del labio—. Yo soy Shouto Todoroki.
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Con el paso de los días, las excursiones de Izuku a la ribera del río y la llanura se hacen tan frecuentes como pueden prescindir de él los perplejos habitantes del pueblo, que lo observan coger su morral, quitarse las botas en cuanto sus pies tocan la primera brizna de hierba y correr como el viento con una sonrisa enorme en el rostro. Nunca sabe a quién va a encontrar allí.
Quizá Shouto, agitando suavemente las alas, siguiendo las caprichosas corrientes de aire que juegan con la transparente seda y se arremolinan a su alrededor, haciendo que los mechones de pelo que le enmarcan el rostro vuelen libres. El hada suele esperarlo de pie, con pose tranquila, de espaldas al sol si este luce en el cielo para evitar su luz directa en los ojos, más acostumbrados a la suave penumbra del bosque. Izuku ya se ha acostumbrado a su natural desnudez y a la belleza enigmática de los ojos dispares, el cabello de dos colores y el suave brillo de la piel.
Otras veces lo espera Katsuki, sentado o acuclillado en el suelo, mirando intensamente algún insecto, oteando el cielo o escudriñando el horizonte. Se orienta de cara al sol si este asoma por detrás de los negros nubarrones de la estación de tormentas, agradeciendo la calidez de sus rayos en la cara, pero nunca cierra los ojos, alerta y atento. Cuando los pies descalzos de Izuku tronchan las hierbas a varios metros de distancia de él, aunque intente caminar despacio, se vuelve y lo mira con los ojos entrecerrados.
Nunca puede pillarlos por sorpresa, a pesar de que ellos sí lo hacen constantemente, cuando llega y ninguno de los dos está a la vista. Es entonces cuando Izuku se distrae metiendo los pies en la parte del río que corre rauda pero baja, tanteando entre los juncos, la hierba de canónigos y las ranas que croan sus serenatas. O aprovecha para recoger alguna hierba aromática y hacer un ramillete que luego regalará a su madre o a alguna vecina que acuda a su casa en busca de algún remedio para el dolor de cabeza o que necesite relajarse. Uno de ellos, siempre en silencio, pisando con los pies tan descalzos como los de Izuku, pero mucho más silenciosos porque es capaz de elevarse por encima de las brinzas de hierba, hasta sorprenderlo con su presencia a apenas un brazo de distancia; el otro, también con los pies desnudos, tanteando con cautela porque fue entrenado para cazar, se acerca a él súbitamente y hace notar su presencia cuando todavía está a varios pasos de distancia, de pie y con los brazos cruzados.
Sin embargo, siempre están los tres, aunque sólo uno haga acto de presencia. Ha aprendido a verlos, a distinguir cuándo Shouto está observándolos a Katsuki y a él hablar, o más bien discutir, porque el carácter del dragón es irascible y tiende a enfadarse cuando le llevan la contraria. Se camufla hábilmente entre los árboles de la ribera del río, se acerca silenciosamente por la espalda de Izuku, o los mira desde algún meandro del río. Katsuki se expone menos a la vista, pero ahora sabe ver la sombra que proyecta su cuerpo cuando se esconde detrás de unas rocas cercanas, o el modo en que las altas hierbas de la pradera se oscurecen allí donde el dragón acecha, escuchando las conversaciones entre el hada e Izuku, que luego comenta fingiendo desdén.
E Izuku se descubre, cada vez que está con el dragón, mirando anhelante hacia la silueta difuminada de Shouto a unos metros de distancia de Katsuki y él, con la cabeza ladeada y una expresión de curiosidad cruzándole el habitualmente solemne rostro. Y, cuando es el hada quien se sienta a su lado, preguntándole acerca de aquella planta o contándole acerca de la vida dentro del bosque, Izuku mira de reojo hacia la sombra de Katsuki, que se acerca lo suficiente como para que sea imposible que le pase desapercibido ni siquiera a él, mucho menos a Shouto, que no dice nada y sólo sonríe levemente cuando Izuku se abstrae mirando en la dirección del dragón.
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—Es corteza de sauce —le informa Shouto. Izuku está examinando el pequeño paquete de hojas torpemente envueltas alrededor de la lisa corteza que el hada le ha entregado ese día—. La utilizamos para calmar el dolor, pero no en las hadas que todavía no han cambiado la primera muda.
Izuku musita un agradecimiento, prestando atención a las preparaciones que Shouto le está indicando. Lo hace de memoria, pausando de vez en cuando para recordar, lo que le indica que el hada ha adquirido ese conocimiento recientemente y que lo ha almacenado en su mente para transmitirlo. No hay sauces en la orilla del río que está en la parte de las llanuras, así que los habitantes del pueblo no tienen acceso a su madera ni a sus hojas. Tampoco está entre los troncos que los seres feéricos comercian, porque según Shouto, muchas hadas encuentran agradable hacer crecer sus ramas hasta que rozan el agua y la acarician con las hojas, y hacen de la cúpula verde y susurrante su hogar en la estación tormentosa, así que los cuidan como si fuesen sagrados. Cada que vez que habla de los sauces, la mirada de Shouto se pierde en la frontera boscosa y una leve sonrisa aparece en su comisura.
Cuando Shouto se queda en silencio, Izuku saca una pequeña libreta de su morral. Es de papel casero, hecho con pulpa de madera que ha prensado en casa, cosiéndolo burdamente a un trozo de cuero que hace de cubiertas. Un trozo de carbón afilado a cuchillo que le ensucia las yemas de los dedos hace la función de lápiz.
—¿Qué haces? —pregunta el hada un rato después, con la voz todavía contenida por la emoción de hablar de los sauces llorones.
—Anoto todo lo que me has dicho. Quiero poder recordarlo todo después con nitidez. —Izuku le muestra el cuaderno, repleto de dibujos de plantas y largas y meticulosas descripciones de sus efectos secundarios, formas de preparación, peligros y dosis.
—¿Por qué lo haces?
—No quiero olvidarme.
—¿Olvidas las cosas de las que hablamos? —pregunta el hada, frunciendo el ceño.
—¡No! Pero esto es importante, necesito que quede por escrito. Escribo todas las cosas importantes relacionadas con las medicinas —explica Izuku.
—¿Qué es escribir?
—Es… —Izuku se da cuenta de lo difícil que es explicarlo—. Son símbolos y cuando los juntas, representan las palabras que hablamos. De esa manera, puedes entender qué dice el papel si comprendes los símbolos.
—Las hadas no hacemos eso. —Shouto le cuenta, entonces, que las hadas transmiten sus conocimientos como ha hecho con la corteza de sauce, narrándolo y dejando que los siguientes lo narren a su vez. Historias sobre historias dentro de historias que se entretejen en un conglomerado de narraciones que conforman la cultura, el conocimiento, la historia y política del País de las Hadas.
—Me encantan las historias —murmura Izuku, impresionado. Siempre le ha gustado sentarse al fuego y escuchar las historias de sus héroes favoritos, aquellos que se enfrentaban a las hadas y hacían amistades con los señores dragón, aunque ahora sospecha que ninguno de ellos existió realmente. No en un pasado cercano, al menos.
—Te las contaré. Si tú me enseñas a escribir.
A partir de aquel día, Izuku llevaba dos cuadernos torpemente cosidos con retazos de papel hecho con pulpa de madera en su casa a una tira de cuero, y un par de trozos de carbón afilados a cuchillo, y era habitual ver manchas negras embadurnando las yemas de los dedos del hada, ennegreciendo la punta de sus afiladas uñas.
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Katsuki tira un par de escamas de dragón sobre su regazo. Izuku las coge, sorprendido, y las observa. Nunca ha visto a Katsuki en su forma de dragón. Tampoco ha visto dragones más que a lo lejos, altos en el cielo, volando mientras el sol hace destellar sus escamas, pero no con tanta claridad como para distinguirlos correctamente, así que examina las escamas con mucha curiosidad.
—El hada no va a ser el único que te traiga regalos —bufa, enseñando los dientes en un gesto infantilmente hostil en dirección hacia donde el hada está escondido.
—Se llama Shouto —lo reprende suavemente Izuku, que no obstante sonríe—. Son preciosas.
Hay una dorada y otra carmesí. Katsuki le enseña cómo puede molerlas hasta hacer un polvo finísimo que, mezclado con agua del río, deja colores preciosos entre los trazos negros y monótonos del cuaderno donde anota todas las cosas importantes.
—Suelen caérsenos algunas, de vez en cuando, cuando nos acicalamos, como a quien se le cae un cabello al peinarse —explica Katsuki bruscamente, un poco incómodo por el agradecimiento de Izuku—. Para nosotros no tienen ningún valor, pero puedo traerte más,
—¿Puedes? —pregunta Izuku, ilusionado, utilizando el color de la escama dorada para colorear los dibujos de los girasoles, los crisantemos y la colza.
—Mina tiene escamas púrpuras que utiliza para pintarse el rostro y los brazos cuando va en su forma humana. La roja es de Eijiro, pero Denki es de un color amarillo mucho más brillante que el mío y Hanta es negro. Puedo conseguirte escamas verdes y azules también.
—Gracias —susurra Izuku, emocionado.
—Nosotros utilizamos la misma medicina que tú —responde Katsuki, mirando hacia el cielo, donde el sol asoma tras una nube. La temporada de lluvia está llegando a su fin y en un par de semanas las temperaturas subirán y secarán los campos de cultivo, dejándolos listos para la cosecha—. Así que no podía traerte algo como el hada.
—Se llama Shouto —lo reprende Izuku de nuevo, sonriendo—. Y no tienes que traer nada sólo porque él lo haga.
—¡Lo hago porque quiero!
—Por supuesto —asiente Izuku, levantando la vista y regalándole una sonrisa que hace que el corazón del dragón se olvide de latir durante un segundo.
—Nosotros también contamos historias. —Así, con la historia de un dragón que logró volar hasta la luna y cuyas escamas se habían vuelto del color de la plata derretida cuando regresó, Izuku se entera de que los dragones saben leer y escribir, y así firman los documentos de los tratos que cierran con los humanos, pero transmiten sus historias narrándolas y tejiéndolas en tapices que cuelgan en sus fortalezas, arriba de las montañas escarpadas, para que guarden su cultura al mismo tiempo que preservan el calor durante la estación fría, pues los dragones de la tribu de Katsuki no tienen fuego en su interior.
Y si mientras Katsuki contaba la historia, la silueta de Shouto se ha definido contra el contorno del río y se ha acercado un par de pasos para poder escuchar mejor, el primero hace como que no se entera e Izuku disfruta de, aunque sea de esa forma, tener a los dos al mismo tiempo haciéndole compañía.
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El dragón tiene un carácter insoportable, piensa Shouto.
El hada es un estirado pomposo insufrible, gruñe Katsuki para sí.
Y los dos esperan a Izuku, que lleva casi una semana sin bajar a las praderas de la llanura.
—No se ha olvidado de nosotros —murmura el hada, que no las tiene todas consigo, y Katsuki gruñe, disgustado por la idea.
—Cállate, si hablas no puedo pensar —contesta el dragón, enseñando los dientes a pesar de que Shouto sabe que no está pensando nada más que en la ausencia de Izuku.
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—No vas a ir, Izuku —dice la madre de Izuku, frunciendo el ceño. Izuku sorbe por la nariz, todavía llena de mocos, y la mira con lo que espera que sea una expresión suplicante y no una de patética palidez macilenta. Su madre no comprende. Claro que no tiene la información suficiente. Hasta este año, Izuku apenas salía una o dos veces durante la temporada de lluvia, normalmente tras una de las tormentas más fuertes, para reponer la despensa de las flores y hierbas de la temporada. Y ahora quiere salir todos los días, pero su interés no viene dado por las plantas.
Lleva una semana enfermo en cama. La tos, el dolor de cabeza, la fiebre, la garganta en carne viva que apenas le permite hablar, el dolor del cuerpo, los labios cuarteados por la deshidratación y los mocos impidiéndole respirar le han mantenido atado allí durante seis largos días.
A Izuku le pican las palmas de las manos y las plantas de los pies por el deseo de salir corriendo campo a través hasta llegar donde Shouto y Katsuki deben estar preguntándose por qué no va, si ya no va a bajar más con ellos, porque no ha podido pedir a nadie que les lleve un mensaje, ya que cree que lo mirarían como si fuese un loco y le impedirían ir a su encuentro cuando se recuperase. Mira anhelante, por la ventana, en dirección al río, pero está tan lejos que no podría distinguir las figuras de ninguno de los dos ni aunque tuviera la vista aguda del dragón y menos edificios que estorbasen el paisaje.
—No sé qué te ha dado últimamente, estás muy extraño. —Su madre, que lleva seis días quejándose de lo mal enfermo que es él, precisamente, acostumbrado a lidiar con las enfermedades y malestares de los demás con una sonrisa, se sienta a su lado y le acaricia el cabello con cariño—. Supongo que, como cuando cumpliste los catorce años no perdiste la cabeza persiguiendo las faldas de las chicas, no imaginé que llegaría el día en que lo vería ocurrir.
—¡Mamá! —protesta Izuku, con una carcajada que suena a gruñido por la falta de aire y la ronquera, y que le provoca un acceso de tos de varios minutos—. No es una chica, mamá —susurra cuando puede hablar de nuevo.
—¿No? Tu padre se comportaba igual, siempre tirando de mí para salir a la pradera y perder de vista el pueblo y sus miradas indiscretas —dice Inko, bajando la voz como si fuera un secreto.
—¡Mamá, no necesito tanta información! —vuelve a protestar Izuku, desatando otro ataque de tos—. Es un chico. Bueno…
—¿Bueno? —pregunta su madre. Izuku no sabe si puede considerarse chico a alguien que puede transformarse en un dragón de escamas doradas o a un hada que pasea desnudo y tiene grandes ojos feéricos y alas transparentes y etéreas a la espalda.
—Son dos —musita finalmente Izuku. Su madre levanta las cejas, impresionada. Izuku teme que le pregunte sus nombres, si los conoce, pero Inko parece no necesitar más información.
—Pues tendrán que esperarte un par de días más, me temo.
—Pero…
—Tendrán que esperarte —dice Inko, taxativamente—. Y lo harán, ya lo verás.
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Al final, son tres días más en la cama. El cuarto, tiene que atender a todas las personas que no han estado esperando a que se recuperara de su enfermedad, mirando ansiosamente por la ventana a un sol que declina notablemente más tarde que cuando llegó a casa sintiéndose ligeramente mareado por la fiebre. A pesar de que es mucho más tarde de lo habitual en sus excursiones y pensando que probablemente ni el dragón ni el hada estén esperándole ya, si es que realmente lo han hecho todos estos días. Además, desea poder decirle a Katsuki que durante su convalecencia ha utilizado sus escamas para marcar las diferentes pócimas según sus usos y a Shouto que las infusiones de corteza de sauce han sido muy efectivas con su enfermedad.
Corre lo más rápido que puede, con sus pies celebrando el contacto con la tierra y la hierba húmeda, con la vida, no tan rápido como suele, porque la enfermedad lo ha dejado débil y exhausto y comienza a jadear a apenas un par de centenar de metros del pueblo. Llega a la orilla del río justo cuando el sol declina, y se detiene aterrorizado.
Shouto y Katsuki están enfrentados.
El primero ha perdido toda su apariencia de fragilidad y elegancia, y se eleva sobre el pasto, con las alas vibrando furiosamente tras él, tan rápidas que el ojo humano de Izuku apenas puede percibirlas. Sus dientes se han vuelto afilados y sus ojos, aunque siguen siendo de colores dispares, se han oscurecido. Las manos parecen más garras y la luz que suele irradiarle de la piel parecen fulgurantes llamaradas de magia roja y azul, rodeándole el cuerpo y azotando al aire violentamente.
Katsuki sostiene su espada con ambas manos, enarbolándola por encima de él, y el sudor perla su rostro y cae en largos ríos sobre su cuello y pecho. Los músculos de sus brazos, en tensión, resaltan los tatuajes que los cubren y tiene las piernas flexionadas, listo para saltar. No se ha transformado en dragón, pero en la piel del abdomen se distinguen varios brillos dorados en forma de escamas y sus piernas acaban en garras llenas de grandes uñas negras listas para despedazar.
—¡No! —grita Izuku, arañándose la garganta con la voz por el esfuerzo. Agotado, cae al suelo de rodillas, pero ninguno de los dos seres lo ha escuchado.
Shouto esquiva un mandoble de Katsuki. Katsuki se agacha para evitar una llamarada de magia. Izuku se pone en pie trabajosamente, agarrando la tira de su morral con fuerza, y corre torpemente hacia ellos, lanzándose hacia adelante, entre medias, sin pensar un segundo en su propia integridad física.
—¡No! ¿Qué hacéis? ¿Por qué hacéis esto? ¡Parad! —Jadeando, Izuku vuelve a caer de rodillas, extendiendo una mano hacia Katsuki, que se detiene al verlo, atónito, y otra hacia Shouto, que deja de aletear y se posa en el suelo.
La espada de Katsuki cae al suelo con un ruido sordo. Shouto se acerca con pasos suaves, agachándose al lado de Izuku y extendiendo un dedo hacia su rostro, sin llegar a tocarlo.
—Has vuelto —dice el hada.
—Ya era hora —gruñe el dragón.
Pero los dos suspiran aliviados al verlo allí, por fin, tras tantos días de incertidumbre. Y los dos lo ayudan a sentarse, preocupados por su debilidad.
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—Quédate —suplica Izuku cuando Katsuki se da media vuelta, dispuesto a marcharse al ver que el hada no parece querer hacerlo. Ya demandará al día siguiente su derecho a estar con Izuku. Sin embargo, el humano lo mira con grandes ojos abiertos y los churretones de las lágrimas vertidas cuando los ha separado de la pelea, a riesgo de su vida, todavía húmedos en las mejillas, contrastan con sus pecas y las hacen más brillantes—. Quiero que se quede —añade, mirando a Shouto con expresión decidida. Este, apesadumbrado por haberlo disgustado peleándose con el dragón, asiente.
—No creas que tengo ningún problema estando contigo, hada —gruñe el dragón, no obstante, dando media vuelta y sentándose al lado de Izuku.
—Se llama Shouto —lo reprende débilmente Izuku, y Katsuki bufa en respuesta—. ¿Por qué peleabais?
—Empezó él —dice Katsuki, malhumorado.
—Dijo cosas horribles sobre mí —masculla Shouto, molesto.
Izuku resopla, intentando contener sin éxito una carcajada que al final se desata. Los otros dos lo miran atónitos, pensando que se ha debido de volver loco. Al final, jadeando, niega con la cabeza y los señala a ambos.
—Haced las paces.
—No voy a hacer las paces con un hada.
—No voy a dar la mano a un dragón.
—Haced las paces —insiste Izuku, y esta vez suplica con la mirada.
Reticente, el hada es el primero en ceder, extendiendo la mano hacia el dragón, que la mira con desdén antes de levantar la barbilla, orgulloso, y mascullar algo sobre que un hada no va a hacer algo antes que un dragón jamás. Se estrechan la mano fugazmente, pero Shouto se queda mirando la palma de la suya, sorprendido por el tacto de la piel del dragón, y Katsuki cierra el puño, intentando disimular el revoltijo de sensaciones que se le adueña en el estómago. Salvo la ocasión en la que tendió la mano a Izuku, que este no llegó a tener tiempo de aceptar porque el dragón los interrumpió, jamás ha estado cerca de tocar la mano de alguien que no fuese feérico, mucho menos un dragón.
—Siento no haber venido antes —musita Izuku, contándoles acerca de su enfermedad. Shouto admite que le han esperado todos los días. Katsuki, más reticente, confiesa que su ausencia es lo que los ha puesto nerviosos y hostiles y eso los ha llevado a discutir y pelear.
Izuku extiende las manos, una a cada lado, y entrelaza los dedos con las de ellos. Shouto se sobresalta un segundo, pero luego se relaja. Katsuki aprieta fuerte la mano de Izuku, como si no quisiera soltarla, antes de percatarse del gesto de dolor que hace este y aflojar. Ninguno de los dos lo suelta a pesar de que hace horas que la luna brilla en el cielo y la oscuridad reina. Izuku vuelve a casa con los pies ligeros y el pecho lleno de alegría a pesar de la noche que se cierne todo el camino.
Shouto lo sigue, a una prudencial distancia, asegurándose de que no tropiece en la oscuridad.
Katsuki camina al lado del hada, listo por si algún peligro acecha a Izuku entre las altas hierbas.
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Shouto y Katsuki no han vuelto a turnarse. Ahora uno escribe torpemente en su libreta, bajo la atenta supervisión de Izuku, mientras el otro practica movimientos de espada o les cuenta alguna historia. Las tardes se alargan, y la temporada de lluvias llega a su fin. Con el calor, el chaleco que Katsuki lleva desaparece, conservando sólo los raídos pantalones, y Shouto mueve las alas para disipar la temperatura que se arremolina alrededor de él, incómodo por su hábito de vivir en la penumbra del bosque, incluso en el verano.
Izuku no pierde la oportunidad de darles la mano, ahora que tiene su permiso tácito.
Shouto mira a menudo al dragón con curiosidad, recordando el tacto de su mano sobre su piel cuando se la estrechó.
Katsuki observa al hada de reojo, repitiendose a sí mismo de que su presencia le molesta.
Los tres son felices.
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—Me marcho al norte —dice Katsuki una noche, cuando el sol por fin se ha escondido en el horizonte. Están junto a la ribera del río, que baja caudaloso gracias a los deshielos de allende las montañas.
Shouto está dentro del agua, refrescándose. Izuku y Katsuki también se han bañado, aprovechando el intenso calor que ha hecho ese día, pero ahora el primero está desnudo, agradeciendo el calor de la piedra en la que está tumbado, y el otro está de pie, con los pantalones raídos secándose en una piedra a sus pies y los brazos cruzados, mirando al horizonte con ojos airados y el ceño fruncido. Han estado parloteando de todo y de nada durante la tarde, pero Katsuki ha esperado a que se acercase la hora de separarse.
—¿Cuándo? —pregunta Izuku.
—¿Cuánto tiempo? —pregunta Shouto.
—Callaos los dos —exige Katsuki, que odia que lo interrumpan cuando habla—. Dos semanas. Un mes como mucho. Esta noche.
Levanta la vista hacia el cielo. Izuku lo imita, guiñando los ojos hasta distinguir las formas oscuras que vuelan en círculos a mucha distancia del suelo. Se pregunta si son los amigos de Katsuki, y si se acercarán para que pueda ver los colores de sus escamas para así identificarlos por sus nombres, que tiene apuntados en la última página de su cuaderno, junto a una muestra del color de cada una de las escamas que Katsuki le ha estado trayendo.
—¿Por qué? —pregunta Shouto.
—¿Será peligroso? —pregunta Izuku.
—¡Que os calléis! Por eso no quería decíroslo antes, sabía que ibais a sacarlo todo de quicio.
Katsuki se queda hasta que el humano emprende el camino de vuelta a casa. Izuku dilata todo lo posible la tarde, sin importarle que oscurezca y la noche le atrape a medio camino, pues de pronto los segundos en compañía de Katsuki se han vuelto escasos y muy apreciados. Shouto se ha apartado, dándoles un poco de espacio, pero no se ha ido demasiado lejos, aunque Izuku no pueda verlo porque está demasiado concentrado bebiéndose a Katsuki con la mirada, memorizando cada uno de sus rasgos a pesar de que el dragón le ha asegurado que todo saldrá bien, porque sólo va a reforzar a un clan de dragones aliado que está siendo atacado por otros.
Pero a oídos de Izuku la guerra suena a pérdida y dolor, incluso aunque Katsuki trate de restarle importancia.
—Tienes que marcharte ya —dice Katsuki finalmente, cuando las estrellas han empezado a poblar el manto del cielo.
—Prométeme que volverás sano y salvo.
—Claro que sí. ¿Quién te has creído que soy? Soy el mejor guerrero de mi clan —presume Katsuki.
Izuku querría ponerse de puntillas y besar al dragón antes de que este parta, pero no se atreve, demasiado acongojado por la pena de que su partida repentina. Al final, se decide por acariciarle la mejilla con las yemas de los dedos. Katsuki atrapa su mano con las suyas y aprieta la cara contra la palma de Izuku, cerrando los ojos un segundo.
Izuku nunca había visto tan vulnerable al dragón.
Shouto se mira la palma de la mano con la que estrechó la de Katsuki, echando de menos su tacto.
Katsuki jamás había cerrado los ojos delante de un dragón que no fuese de confianza. Desde luego, mucho menos tan cerca de un humano que lo está tocando. Y no con un hada poderoso, ha podido comprobar cuánto cuando se peleó con él, a apenas un par de zancadas de distancia.
Pero los cierra, y trata de memorizar el tacto de los dedos de Izuku, acostumbrados a sujetar el carboncillo y cocinar hierbas y recolectar plantas.
Lo observa marcharse, mirando por encima del hombro cada dos pasos, sin moverse del sitio. El cabello verde de Izuku parece negro en la oscuridad de la noche y su expresión apenada lo hace parecer más pálido de lo que es.
—Cuida de él. Si le pasa algo, te mataré yo mismo —susurra en dirección al hada, que no se ha movido de donde estaba.
—Por supuesto —responde este, acercándose al dragón. Le tiende la mano derecha, como cuando se reconciliaron tras la pelea. Katsuki duda un segundo nada más antes de aceptarla y estrecharla en un contacto mucho más largo que el de semanas atrás.
—Cuida de ti también, o te mataré yo mismo. —El hada esboza media sonrisa y asiente antes de volver a ponerse serio.
—Vuelve cuanto antes —suplica, y se mueve raudo tras los pasos de Izuku, sin que este perciba su presencia, velando por su regreso a casa.
El dragón se transforma y emprende el vuelo.
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La cara de Izuku, que refleja el brillo acuático del agua y el verde de la bóveda que forman las ramas del sauce llorón, es de extasiado asombro. El humano no lo sabe, pero hay varios ojos de otras hadas observándolo. La hermana de Shouto, que lo sonríe con alegría. Su hermano, que lo mira sin comprender qué ve en un simple humano. Su madre, que no dice nada, pero que le ha asegurado que su felicidad es lo primero y ha intercedido delante de Enji, a quien no soporta, para que este permita la entrada de Izuku en el País de las Hadas, a ese sauce fronterizo que está encima y dentro de las aguas del río.
Shouto frunce el ceño, tratando de alejarlas silenciosamente, pero hasta que Rei no llama a sus otros dos hijos y a algunas de las hadas más cotillas que se han acercado a ver con sus propios ojos un humano por primera vez en sus largas vidas, no desaparecen y los dejan a solas. Izuku, ajeno a todo el trajín, está más concentrado en disfrutar de la suave hierba bajo los pies, más mullida que ninguna alfombra, el dulce susurro de las hojas del sauce al viento, el olor a vegetación y clorofila del aire, las diminutas luciérnagas que tachonan las ramas del árbol, iluminando el interior con una luz suave que contrasta con el brillante sol que azota y marchita la llanura, finalizando un ciclo vital.
El ánimo de Izuku durante las últimas semanas ha sido voluble. La tristeza de los primeros días por la partida de Katsuki, refugiándose en Shouto en busca de consuelo que este ha aprendido a dar por primera vez en su vida, dio paso a la resignación de la espera y ahora, a punto de cumplir la tercera semana, que el humano ha estimado más probable fecha de regreso del dragón, un entusiasmo contagioso que ha provocado que Shouto se decida, por fin, a llevarlo a conocer el lugar del que tantas veces le ha hablado, sentados en la hierba de las praderas de la llanura.
—Gracias por traerme, Shouto —susurra Izuku, impresionado, después de haber examinado cada rincón del refugio del árbol. Se sitúa al lado del hada y le da la mano. Este la acepta, encantado por el tacto, tan diferente del de Katsuki y tan adictivo también. Se han dado mucho de la mano en las últimas semanas, tanto que el hada no sabría vivir ahora sin ese gesto, él que prácticamente nunca había tocado a nadie antes, salvo por accidente o necesidad.
—Pensé que te gustaría —dice Shouto, sonriendo. Ahora que ha llevado a Izuku, no duda que su padre accederá a que Katsuki también pueda entrar en el sauce llorón. Protestará, se quejará y se enfadará, pero accederá. Shouto va a negociar volver a practicar su magia con él, una práctica que abandonó años atrás por lo mucho que detestaba a Enji, a la magia heredada de su padre y de su madre, y las prácticas a las que fue sometido de pequeño para desarrollar todo su potencial. Y duda mucho que su padre deje escapar esa oferta, sobre todo ahora que hay un precedente de un humano paseando por el País de las Hadas, que augura tiempos de cambio por primera vez en siglos.
—Me encanta —murmura Izuku, ajeno a los pensamientos del hada. Se sitúa frente a él y sonríe, algo que Shouto agradece, pues las sonrisas de Izuku han sido escasas los últimos días. También él está preocupado por Katsuki, e impaciente por su regreso, pero prometió al dragón que cuidaría de Izuku y lo ha hecho meticulosamente, quedándose a su lado y apoyándolo en todo momento, sin dejar entrever su propia preocupación para que el humano pudiera descargar la suya en el hada.
Izuku está mirándolo intensamente. Shouto, atrapado por su mirada, contiene el aire dentro de los pulmones, olvidándose de respirar, perdiéndose dentro de los grandes y sinceros ojos verdes de Izuku. Cuando este se eleva sobre las puntas de sus pies, Shouto lo sujeta por la cintura con una mano y le acaricia la mejilla con la otra.
El beso le roba el aliento que estaba conteniendo, y una explosión de emociones hace que su corazón lata con fuerza dentro de su pecho. Izuku, sonrojado y avergonzado, agacha la cabeza, pero Shouto le hace levantarla, sosteniéndole la barbilla con un dedo, deseando probar de nuevo los labios rojos del chico. Por el rabillo del ojo, ve el revuelo de varias hadas escabulléndose entre carcajadas silenciosas.
—Vamos a ser la comidilla del bosque durante meses —ríe Shouto, sin que eso le importe lo más mínimo.
—¿Lo he hecho mal? —pregunta Izuku, súbitamente preocupado.
—En absoluto. —Es Shouto quien se agacha esta vez para iniciar el beso, mucho más largo y calmado.
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La cuarta semana es imposible llevar a Izuku al sauce llorón. Ni siquiera la promesa de poder pasear por la linde del bosque y explorar nuevas plantas y flores que utilizar en sus preparaciones, algo que ha ocupado su tiempo desde su primer beso hasta el límite de la fecha que estableció Katsuki como máximo, le seduce. Ha habido menos besos y más miradas preocupadas al cielo y al horizonte, aunque no le suelta de la mano y sonríe con tristeza cada vez que Shouto intenta animarlo, agradeciendo sus intentos.
El problema es que Shouto también está preocupado y cada vez le es más difícil levantar el ánimo de Izuku teniendo el suyo ocupado por la incertidumbre de la ausencia de Katsuki que, al fin y al cabo, ha partido a una guerra.
Pasan cinco semanas.
Y seis.
Izuku y Shouto las ven pasar todas en la llanura, oteando el cielo con ansia, incluso los días en los que Izuku tiene que trabajar en las medicinas para la gente del pueblo, aunque haya anochecido, porque los días vuelven a acortarse, sibilinamente al principio, sin sutilezas cuando la llegada de la estación invernal se hace inminente.
Katsuki regresa a la novena semana.
Es Shouto el primero que los ve en el horizonte, varios puntos negros que se mueven a gran altura. Se los señala a Izuku, que avanza dos pasos en un conato infantil de querer correr hacia ellos. Se detiene y mira hacia atrás, tendiendo la mano al hada en una muda súplica de apoyo, que se apresura a dársela con un apretón expectante, aunque él ya ha distinguido el brillo dorado de Katsuki liderando a los otros.
Esta vez sí Izuku sí ve a los dragones en detalle, porque vuelan lo suficientemente bajo como para distinguirlos. El púrpura brillante, que es Mina; el amarillo eléctrico, Denki; el grandote negro que da una vuelta sobre si mismo, Hanta. Izuku los cuenta todos, recitando los nombres que Katsuki les dio tiempo atrás y que apuntó en su libreta. El rojo, que es Eijiro Kirishima y vuela cerca del dorado que encabeza la marcha. Izuku lo reconoce al instante, a pesar de que nunca lo ha visto transformado.
Es enorme.
Es feroz.
Es majestuoso.
Y, sobre todo, piensa Izuku, es hermoso.
Suelta la mano de Shouto y corre hacia el dragón cuando este se posa en el suelo. Se ha lanzado sobre su cuello, llorando de alivio, antes de que este termine de transformarse, pero los brazos de Katsuki lo sujetan con fuerza, impidiéndole caer al suelo. No es capaz de distinguir en qué momento ha sujetado las mejillas de Katsuki, rasposas por la barba mal afeitada del viaje de vuelta, ha mirado sus ojos contentos de haber regresado, lamentando la cicatriz que le cruza la frente y le parte la ceja izquierda, recorriéndola con los dedos. Lo siguiente que sabe es que los labios ásperos de Katsuki están respondiendo al beso impetuoso que le está dando, bebiéndoselo, húmedo por las lágrimas de Izuku.
—Has vuelto… —susurra Izuku, con la voz ahogada por el llanto, cuando se separan.
—Por supuesto —se jacta Katsuki—. Se resistieron, pero al final les dimos una paliza.
Los otros dragones se han quedado volando en círculos, por encima de sus cabezas, tan cerca que Shouto puede ver sus zarpas afiladas y sus escamas duras. El dragón rojo ha aterrizado detrás de Katsuki y se ha transformado en un chaval pelirrojo de expresión seria. Viste un taparrabos aún más tosco que el pantalón de Katsuki, y su cuerpo está lleno de cicatrices que lo cruzan por todas partes. Tiene una espada grande, mucho más que la de Katsuki, envainada con tiras de cuero, colgada en la espalda. Y lo mira con desconfianza.
—Katsu, hay un hada —murmura cuando Katsuki suelta por fin a Izuku.
Es en ese momento cuando el dragón repara en la presencia de Shouto, que se ha quedado inmóvil, un poco preocupado por la presencia de tantos dragones, un tanto ansioso porque quiere acercarse y comprobar por sí mismo que Katsuki está bien, sano y salvo, aliviado porque por fin ha regresado, temiendo que su presencia haya dejado de ser bienvenida.
Katsuki lo mira con expresión cansada, pero en sus ojos hay reconocimiento, alivio y alegría.
Da dos zancadas hacia adelante y se planta delante de Shouto, tendiéndole una mano. Shouto la observa, desconcertado, durante varios segundos antes de aceptarla. Cuando por fin lo hace, Katsuki tira de su brazo, obligándolo a acercarse a él y le da un abrazo breve y seco, más un empujón violento acompañado de una única palmada en la espalda.
El dragón rojo lo mira con expresión desconcertada. El resto de dragones han empezado a aterrizar en el suelo también, transformándose en humanos. De apariencias dispares, se asemejan a su forma de dragón y todos tienen la misma expresión confundida que el dragón rojo.
—Eijiro… —murmura Katsuki.
—No tienes que explicar nada, Katsuki —responde el dragón rojo, esbozando una sonrisa comprensiva.
—Seguid sin mí. Llegaré en unas horas. —Katsuki se acerca al dragón rojo y le da el mismo abrazo que le ha dado a Shouto. Luego lo repite con cada uno de sus compañeros, que se transforman y alzan el vuelo, alejándose del suelo a gran velocidad.
Shouto comprende que el abrazo no era sólo para él, sino también para mostrarles a sus compañeros algo que no ha terminado de percibir, pero que es parecido a lo que significó llevar a Izuku a su sauce. Similar a abrir tu corazón y dar la bienvenida al hogar a alguien por primera vez.
Cuando se quedan los tres solos, Izuku recorre con los dedos las cicatrices que Katsuki porta en el pecho, abdomen, brazos y piernas. Rebusca en su morral, sacando un ungüento. El dragón y el hada se preguntan desde cuando ha previsto que Katsuki podría venir herido de una guerra y se ha preparado. Lo extiende con dedos expertos y el dragón, que nunca cierra los ojos antes nadie, lo hace para disfrutar de la caricia largamente anhelada. Y cuando termina, lo abraza por la cintura y lo atrae hacia sí para besarlo de nuevo.
Shouto sonríe y da un paso atrás, dispuesto a volver al bosque y dejarlos a solas para que hablen, pero la mano libre de Katsuki sujeta la mano de Shouto, sin dejar de besar a Izuku, y entrelaza sus dedos con los de él.
Y Shouto, abrumado por la intensidad del contacto, se queda.
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—No me gusta. —Katsuki lleva despotricando desde que han cruzado el río y ha entrado en el bosque. Al contrario que Izuku que, si no se fija demasiado, y teniendo a Shouto y Katsuki cerca no lo hace, el dragón sí puede percibir todas las hadas que lo espían entre el follaje, asombradas, admiradas y curiosas.
Shouto mira hacia atrás y sonríe al dragón, lo que hace que este suelte un torrente de protestas más. Se ha quejado por la humedad del río, lo pedregoso de las piedras, la fragilidad del musgo del suelo, la penumbra del bosque en los primeros albores de la estación fría, el olor a plantas frescas y vivas y el sonido del agua al chapotear y las hojas de los árboles al mecerse al viento.
Tanto el hada como el humano, saben que, a pesar de despotricar tanto, el dragón sólo está nervioso. Es el primero en muchos siglos que entra en el terreno de los enemigos que combatieron en el pasado, apoyando a los humanos en su guerra, pero nada ni nadie habría podido hacer que Katsuki se negase a la petición de Shouto, que lo ha mirado con una sonrisa asomando por la comisura del labio y eso ha bastado para convencerlo.
Las protestas cesan cuando Shouto le franquea el paso al sauce y Katsuki mira a su alrededor, cautivado por la belleza del lugar, sin mencionar por primera vez desde que ha accedido a visitar el lugar lo poco seguro que es un árbol para dormir, lo firme que es la roca de su fortaleza y de las montañas donde vive y la humedad que se le mete hasta los huesos.
—¿Por qué? —pregunta simplemente, en un tono no exento de amabilidad.
—Es el primer y único sitio que llegue a llamar hogar en mi infancia —explica Shouto. Izuku, que ya conoce la complicada historia familiar del hada, entrelaza sus dedos con los de él para consolarlo y apoyarlo mientras se la cuenta al dragón, que escucha atentamente—. También es el sitio donde besé por primera vez a Izuku.
Katsuki se vuelve hacia él, entrecerrando los ojos en una pregunta muda. Izuku se sonroja, porque no había supuesto que Shouto añadiese ese dato a la lista de cosas que le gustan del sauce. Claro que él se siente igual, duda de ser capaz de olvidarse en toda su vida del entorno cautivadoramente mágico que lo envolvió la primera vez que besó al hada.
Los tres se quedan en silencio unos segundos, escuchando el arrullo del río, las hojas mecerse con la brisa, disfrutando del suelo esponjoso y suave bajo sus pies descalzos y las luces de las luciérnagas moviéndose como estrellas sobre sus cabezas. Es Katsuki quien se mueve primero, acercándose a Izuku, que todavía está sujetando la mano de Shouto. Se inclina hacia adelante y, con gentileza, deposita un beso en los labios de Izuku.
—Es un sitio genial para un primer beso, Shouto. Pero también para el número tropecientos —bromea, e Izuku se sonroja y sonríe, asintiendo feliz.
Después, se cuadra, sacando toda su altura frente a Shouto, que lo mira intrigado. La sonrisa malévola de Katsuki permite que Izuku anticipe lo que va a hacer, pero el hada abre los ojos de par en par cuando los labios del dragón impactan, más que besan, los suyos. Katsuki sujeta la nuca de Shouto para atraerlo hacia sí y profundizar el beso durante varios segundos. Cuando se separan, el hada se toca los labios con los dedos de su mano libre, sin poder creerse todavía que haya ocurrido lo que lleva deseando desde antes que Katsuki regresase de su guerra.
—No llores —masculla Katsuki, reprendiendo a Izuku antes de embarcarse en otra tanda de protestas y despotricando por lo llorón que es este y por lo patidifuso que parece Shouto a causa del beso.
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El dragón no olvidará jamás el beso que el humano le dio bajo el sol a su regreso de una guerra que lo había entretenido mucho más de lo que había deseado.
Tampoco el beso que dio por primera vez al hada, al que sucederían muchos más, en una cúpula de vegetación alumbrada por luciérnagas, tras pensar en él tanto como en el humano mientras estaba lejos de casa, deseando regresar a su lado y enfadándose por el retraso que no le permitía volver.
Ni de la lágrima de alegría que limpia con el dedo pulgar de la mejilla pecosa del humano, que le besa la yema del dedo con infinito cariño.
Y su recuerdo más apreciado será cuando, días después, los tres yacerán bajo las estrellas en la última noche de la estación cálida del año, compartiendo el calor de sus cuerpos para combatir el frío mordisco nocturno, sobre la hierba de su pradera, con el río y las piedras que atestiguaron el momento en el que un humano de pelo verde empeñado en conocer todas las plantas que podían sanar atrajo la atención del hada más poderosa del País de las Hadas y del mejor guerrero de los dragones de las montañas.
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Un chico humano de pelo verde se quita las botas cuando sus pies tocan la primera brizna de hierba de la pradera y corre libre, dejando despreocupadamente el calzado atrás, con la lluvia gruesa de la primera tempestad de la época de tormentas azotándole la cara. Los relámpagos iluminan el cielo oscuro, casi negro, y los truenos retumban, pero el chico corre sin miedo, saltando para evitar las piedras conocidas del camino y levantándose cuando tropieza y rueda por el suelo, sin importarle que sus ropas se empapen de agua.
Un hada de pelo rojo y blanco y ojos desiguales agita las alas, molesto por la lluvia que las empapa y las hace pesadas, mientras vadea el río con la agilidad de quien conoce el punto y forma exacto de hacerlo, a pesar del torrente que desciende a toda velocidad, haciendo el ruido de decenas de caballos desbocados. Y si utiliza parte de su poder mágico para contener parte del agua y facilitar su tránsito, es porque ahora lo siente suyo y no de su padre, con el que se ha reconciliado en parte desde que este accedió a permitir que un dragón cruzase sus fronteras sólo porque él se lo pidió a cambio.
Un dragón de ojos rojos y airados sobrevuela la pradera casi a ras del suelo. Ha dejado en la fortaleza, con instrucciones de protegerla, a sus amigos, que se han sonreído entre ellos, aceptando que a veces un pequeño gesto cambia todo lo que se había supuesto durante generaciones. Encuentra con facilidad al chico humano que corre sobre el pasto y se sitúa encima de él, extendiendo las alas para planear y, a la vez, protegerle del agua que cae sin piedad, complacido al escuchar la carcajada de este saludándolo con entusiasmo.
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Cuando Izuku se lanza sobre Shouto, cayendo encima de él con el peso de su ropa empapada por el agua, lo derriba al suelo y ambos ruedan varios metros, manchándose de hierba y barro, pero a ninguno le importa. El beso que deposita Shouto en la punta de la nariz de Izuku es el anticipo del mordisco cariñoso que Katsuki inflige en su nuca tras aterrizar y transformarse en su figura humana, haciéndolo estremecer de placer. Después, se gira lo justo para permitir que Shouto y Katsuki se besen también, con las gotas de lluvia resbalando por su rostro en pequeños riachuelos. Chorreando agua y barro, los tres se encuentran, como cada aniversario desde hace años, en la pradera donde se vieron por primera vez tras la primera tormenta de la época lluviosa.
