Disclaimer: Los personajes de Death Note no me pertenecen.
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Capítulo 4
El regreso
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"En otras noticias, el departamento de bomberos de la ciudad sigue luchando contra el incendio desatado esta mañana en un hangar en las afueras de Narita. Fuentes de la policía informan que el siniestro se inició por una falla técnica en una de las aeronaves, y hasta ahora se han reportado al menos cinco víctimas fatales mientras las llamas continúan esparciéndose hacia..."
—¿Podrían apagar eso? —pidió Shingo, y su conductor obedeció de inmediato, dejando toda la cabina sumida en un profundo silencio mientras el joven empresario seguía revisando su teléfono con una mano, dejando libre la otra para que Misa la sujetara con firmeza sobre su regazo, entrelazando sus dedos con cariño, sin decir nada. Era el primer momento de tranquilidad que tenían en todo el día, y Misa intentó disfrutarlo tanto como pudiera.
El entierro sería al día siguiente, así que no debería ver a la señora Midō hasta entonces, y al fin tendría tiempo a solas con su prometido para relajarse, a pesar de que seguía molesta por los sucesos de la mañana, pero no culpaba a Shingo por eso. Él ya tenía demasiado con la muerte tan repentina de su padre.
—¿Estás bien?
El empresario parpadeó ante la pregunta, desviando la mirada de su teléfono para observar a su novia.
—Sí, por supuesto —le sonrió, guardando móvil en el bolsillo interno de su traje y usando sus dos manos para atrapar la suya entre ellas —Lamento mucho haberte dejado sola todo el día. Yo solo... Tengo tantas cosas con las que lidiar hoy, y...
—No te preocupes por eso. Kida-san fue una agradable compañía —aseguró Misa, liberando una de sus manos para colocarla sobre su mejilla —Namikawa-kun llegó un poco tarde, pero también fue muy amable. Estuvo bien, en serio.
Shingo iba a responderle, pero su teléfono sonó, así que soltó las manos de su prometida para leer el nuevo mensaje. Luego suspiró e hizo la cabeza hacia atrás sobre el respaldo de su asiento.
—Este día fue una pesadilla —resopló, cubriéndose el rostro con ambas manos y ahogando el sonido de su voz contra la piel de sus palmas antes de volver a sentarse erguido para mirar a su novia —. De verdad, lamento mucho haberte arrastrado a todo esto, con esas personas horribles. Debí saber que mi madre se pondría difícil. Lo siento tanto, Misa-Misa.
—Oh, no digas eso, cariño. No me obligaste a nada; es mi deber como tu prometida estar a tu lado en momentos como este —aseguró ella, moviéndose de lado para abrazarlo —Te amo. Y estaré contigo cada vez que me necesites —aseguró. Shingo la miró con profundo afecto.
—Eres un ángel, lo sabes, ¿verdad? —declaró, dándole un beso rápido en los labios. Después hizo una pausa, volviendo a escuchar su teléfono, pero lo ignoró esa vez —Si quieres, podemos regresar mañana mismo a América. No queda mucho más por hacer aquí, y no quiero que sigas sintiéndote incómoda.
—No hay apuro —aseguró Misa con una sonrisa brillante —. La filmación no empezará hasta dentro de unos meses, y no creo que tu madre te deje ir tan fácil —le recordó, y Shingo bufó.
—De verdad me disculpo por ella. Es una mujer muy difícil, lo sé, pero...
—...no deja de ser tu madre. Lo entiendo, cariño —Misa le besó la mejilla y se recargó contra su hombro, suspirando —. No elegimos a nuestra familia.
—Estoy seguro de que yo no hubiera elegido a mi prima Yoko —bufó Shingo —¿Sabes qué le preguntó a mi madre?
—¿Cuándo nacería nuestro hijo? —se burló Misa. Su prometido soltó un bufido.
—A mi madre casi le da un infarto en mitad del funeral —resopló —. Creí que me haría firmar un contrato asegurando que no me estabas chantajeando con un hijo para casarme contigo.
—Oh, mi plan para atraparte no está saliendo como lo esperaba —Misa rodó los ojos; Shingo sonrió, besando su frente y negando con un movimiento de cabeza mientras la camioneta se detenía frente a la mansión. Un guardaespaldas abrió la puerta entonces, y el ejecutivo extendió la mano para ayudarle a su prometida a descender del vehículo mientras los sirvientes abrían la puerta principal para ellos, tomando sus abrigos en la entrada.
—Bienvenidos —susurró el ama de llaves, haciendo una reverencia.
—Gracias —Misa le sonrió, deteniéndose para dejar su bolso con una de las sirvientas antes de seguir a su novio hacia la habitación que compartían —Por cierto, cariño, recuerda que mañana cenaremos con los Kida y Namikawa.
—¿Será una cena? —Shingo extendió su mano y ella se apresuró a volver a sujetarla para seguir caminando juntos.
—Creí que sería mejor así, teniendo en cuenta lo ajetreado que será el día para todos —Misa se encogió de hombros, entrando primero cuando su novio abrió la puerta de la habitación para ella —Oh, y, además, ¿te importa si salgo por la mañana, después del entierro?
—No, claro que no. ¿Visitarás a la amiga de Matt? —preguntó Shingo en un suspiro, cerrando la puerta tras de sí y sentándose en la cama para quitarse los zapatos mientras Misa hacía lo mismo dentro de su vestidor, dónde las sirvientas ya habían acomodado sus pertenencias.
—Sí. Hoy fue el entierro de su padre, el jefe Yagami. ¿Recuerdas que te comenté al respecto? —informó, acercándose a él para pedirle que desprendiera su vestido desde atrás con un gesto —¿Quieres venir?
—No lo sé —dijo Shingo, deslizando la cremallera hasta sus caderas —Creo que ustedes tendrán mucho de qué hablar, aunque me gustaría pasar un momento a dar mis condolencias, si no te importa.
—Por supuesto que no. Estoy segura de que Sayu y su madre se alegrarán de verte. Les he hablado mucho de ti.
—¿Les mencionaste lo increíblemente cariñoso y buen novio que soy, verdad?
—Y guapo. Inteligente, divertido y, en especial, modesto —se burló Misa mientras terminaba de desvestirse, haciendo que la sonrisa en el rostro de Midō se congelara al levantar la vista y contemplar a su novia mientras esta se quitaba el pesado vestido negro, deteniéndose al notar su mirada —¿Qué?
—Eres tan hermosa —respondió él, extendiéndole una mano y tirando de ella cuando Misa la tomó, sentándola sobre sus piernas para besarla.
La joven agradeció el contacto de inmediato; no había tenido oportunidad de estar juntos de esa manera desde que habían sabido de la muerte del señor Midō, y necesitaba de su prometido, tanto como él parecía necesitar de ella cuando empezó a mover sus manos grandes y fuertes por su espalda baja, acunando su trasero para acomodarla mejor sobre su regazo mientras su beso iba aumentando la lujuria de ambos.
Misa gimió, y Shingo introdujo su lengua en su boca sin dudarlo. Entonces, su prometida bajó sus manos de su cabello para comenzar a pelear con los botones de su camisa, sintiendo la necesidad de su novio por ella; él la quería, la necesitaba tanto como ella lo necesitaba a él. Sin embargo, antes de que pudiera terminar de quitar la prenda, el teléfono de Shingo sonó, insistentemente, y él, de mala gana, se separó.
—Lo siento —murmuró, haciéndose unos centímetros hacia atrás para atender —Diga —contestó, hablando en inglés. Eso era extraño, sobre todo porque la cara de su prometido cambió de un momento a otro, y él se levantó, dejándola confundida y semidesnuda sobre la cama —¿Ahora? —consultó su reloj —Claro. Estaré ahí en veinte minutos —anunció y después colgó, caminando de inmediato hacia su armario mientras se quitaba la corbata que Misa había aflojado entre besos.
—¿Quién era? —preguntó, confundida y algo molesta porque su pequeño momento de intimidad se viera interrumpido tan abruptamente.
—Mi madre —murmuró Shingo, terminando a desvestirse él mismo para ponerse ropa más cómoda —Dice que quiere hablar conmigo ahora que no hay distracciones. Es sobre el testamento de mi padre —declaró, sacando un par de prendas que los sirvientes ya habían guardado —Lo siento, pero, al parecer, es urgente.
—Está bien —Misa apenas pudo disimular la decepción en su voz —¿Quieres que te acompañe?
—No es necesario —se negó, poniéndose una camiseta más sencilla debajo de un suéter de cachemira azul —Solo serán un par de horas. Tú descansa —murmuró, besándola antes de meterse en el clóset para ponerse un par de zapatos más cómodos también —Estaré de regreso antes de que te des cuenta. De verdad, lo siento —la besó una última vez antes de volver a salir como si tuviera prisa.
Misa, cubriéndose con una bata de seda, se acercó a la ventana y lo vio salir en su propio coche en lugar de llevarse una camioneta con sus guardaespaldas, como hacía siempre desde su último secuestro. Sin embargo, decidió, la señora Midō no vivía lejos, por lo que Shingo no debía sentirse inseguro haciendo ese trayecto a solas. Además, con todo lo que había pasado en esas últimas horas, de seguro estaría ansioso por tener algo de privacidad.
Suspirando, vio las pesadas rejas de hierro cerrándose mientras oía el rugido del motor del coche de Shingo alejándose por la calle. Al menos podría tomar un largo baño en la tina, se dijo para animarse, dirigiéndose al baño para abrir la llave y mezclar sales. Y cuando volvió a desvestirse para entrar en el agua, su teléfono sonó.
—¿Matsuda?
—¡Hey, Misa! Lamento no haberte llamado antes. Fue una locura aquí.
—Aquí igual —ella suspiró, terminando de soltarse el cabello con un suspiro de relajación.
—Ha sido un día muy duro para todos... Pero, en fin. ¿Estás muy ocupada ahora?
Amane Misa miró por la ventana a través de la puerta abierta del baño una vez más por reflejo.
—No, en realidad no.
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Mello observó el tablero que anunciaba las próximas salidas de los trenes hacia fuera de la ciudad y frunció el ceño, comprobando el destino y la hora impresos en su boleto con fastidio.
No se sentía cómodo estando tan expuesto, pero sabía que la mejor forma de mantenerse oculto era a la vista de todo el mundo, donde nadie esperaría verlo. Además, con sus fondos casi agotados no tenía demasiadas alternativas, y exponerse a robar otro medio de transporte podría ser una pésima idea ahora que estaba seguro que quien fuera que lo estuviera rastreando era tan listo como para encontrarlo como lo había hecho en Tailandia, lo cual no era muy usual. Solo L podría ser capaz de encontrarlo, pero no lo había buscado en más de dos años, y Mello dudaba seriamente de que quisiera rastrearlo ahora. Near tampoco era una opción, así como Roger. Tanto él como Matt eran adultos ahora, lo que significaba que ya no estaban atados a la Casa Wammy; nadie tampoco había girado una orden en su contra por los crímenes que él y Matt habían cometido, así que la Interpol tampoco estaba tras sus pasos, y el extraño de Tailandia había intentado llevarlo con vida, por lo que también podía descartar a cualquier enemigo, a menos que lo quisieran vivo para poder torturarlo, lo cual era una posibilidad. Sin embargo, no podía estar seguro de nada ya que ni siquiera había tenido tiempo de analizar la situación mientras huía de Bangkok, y tampoco tenía tiempo de hacerlo ahora, mientras la paranoia aumentaba a cada segundo.
Matt y él llevaban tanto tiempo en las sombras que era difícil tener que exhibirse frente a tantas personas, sobre todo siendo un extranjero en tierras desconocidas; si bien antes de ecapar de Tailandia había cambiado su apariencia y pintado su cabello para no resaltar tanto, seguía siendo al menos media cabeza más alto que el promedio, pero eso cambiaría en cuanto llegara a una ciudad más grande, pensó mientras leía en el tablero de arribos que su tren acababa de llegar a la estación. Mello tomó su mochila y se puso una gorra de béisbol antes de empezar a seguir a un grupo de personas hacia el andén designado en su boleto. Aún no sabía lo que haría al llegar a su destino, pero al menos tendría unas horas de descanso hasta arribar allí. Lo bueno de tomar una de las líneas más antiguas del país era no tener que preocuparse por las cámaras en los vagones, así que sería un problema menos.
El plan, hasta el momento, era bastante simple; no debería demorar más de veinticuatro horas en dejar el país para volver a la seguridad del anonimato. Aunque no corría peligro en Malasia, quería alejarse lo más posible del continente asiático en ese momento. Que Matt se pudriera allí si eso quería; Mello sabía que no necesitaba su traidor trasero nerd para cumplir sus objetivos.
Cuando el antiguo aprendiz de L se formó detrás de una pareja de ancianos para subir a su tren, el sonido del tono del teléfono especial lo alertó, sorprendiéndolo al darse cuenta de que no era el tono de un mensaje, sino de una llamada entrante. Algo confundido, se hizo a un lado de la fila y sacó el aparato de su bolsillo; usualmente, él nunca llamaba, y cuando enviaba mensajes la mayoría de las veces era Matt quien los respondía. Era extraño que llamara ahora, y Mello tuvo un mal presentimiento, pero de todos modos se alejó del grupo de gente para atenderlo.
—¿Por qué sigues en Asia? —preguntó la voz distorcionada apenas Mello descolgó la llamada. No hubo cortesías innecesarias, sino que él fue tan directo como siempre.
—Estoy seguro de que alguien me está rastreando, así que tuve que tener mucho cuidado en limpiar mis huellas —respondió el joven Keehl con fastidio —Por ahora iré a la capital. Allí hay un buque esperándome para sacarme del país.
—¿Sacarte? ¿Matt no está contigo?
Mello bufó, haciendo evidente su enojo.
—Estoy por mi cuenta ahora —expresó, sin más explicaciones. Del otro lado, la voz hizo un sonido extraño.
—Bien, como sea. Los compañeros solo te retrasan —respondió, y Mello lo escuchó teclear por un momento antes de volver a hablarle —Acabo de reservar un vuelo privado desde Langkawi para ti, ¿en cuánto tiempo crees que llegarás?
Mello sacó un mapa de su bolsillo y lo abrió para observarlo, consultando su reloj antes de responder:
—No estoy lejos, tal vez en la madrugada.
—Excelente. La reserva es a nombre del señor Lowell. Avisame cuando aterrices.
—¿A dónde iré?
—Croacia —anunció la voz distorsionada —Tengo amigos allí, y es un buen lugar para desaparecer por un tiempo. Pero debes asegurarte de mantener un perfil bajo hasta entonces. Hay personas muy poderosas buscándote, y no puedes dejar que te atrapen.
—Espera, ¿quién? —quiso saber Mello, frunciendo el ceño con molestia e intriga a la vez —No pueden ser los chinos, nos encargamos de ellos en Macao.
—Ovídate de los chinos. Alguien te quiere fuera del camino, así que debes mantenerte a salvo.
—¿Alguien intenta asesinarme? —Mello parpadeó, turbado, pero no demasiado, pues ya había pasado por esa misma situación antes. Así que, más calmado, preguntó: —¿Quién lo envió?
—Eso no importa. Tienes que desaparecer del mapa mientras puedas. De momento —de nuevo se escuchó el sonido de las teclas repiqueteando incesantemente cerca de la bocina, pero Mello solo lo ignoró mientras inclinaba la cabeza para sujetar el teléfono contra su oreja y poder guardar el mapa en su mochila —puedo mantenerlos lejos, pero en cuanto descubran que no estás con Matt irán tras de ti.
—¿Matt? —el joven Keehl parpadeó por un momento, confundido —¿Qué tiene que ver Matt en todo esto?
—Necesitas tiempo para huir, entonces acabo de dártelo enviando la ubicación de tu amigo a unos viejos conocidos —rio la voz —No fue difícil rastrearlo con mi laptop, y nunca me agradó de todas formas.
—¡¿Enviaste a un asesino tras Matt?! —Mello gritó, llamando la atención de algunas personas, aunque estaba no parecieron entenderle —¡No puedes hacer eso! ¡Lo matarán en cuanto lo encuentren?
—Sí, es lo que los asesinos hacen —se burló la voz, bufando después —Él te abandonó, no le debes nada. Ve directo a Langkawi y desaparece del mapa. Tu amigo eligió su propia suerte, no tienes porqué morir con él.
Y colgó.
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Matsuda rio, casi escupiendo su cerveza mientras Misa contaba anécdotas de los distintos sets de filmación en los que había trabajado durante esos años fuera de Japón. Estaban en un restaurante muy concurrido a esa hora, sobre todo por oficinistas y gente joven, sin embargo, con una peluca negra y gafas gruesas y grandes, nadie parecía reconocer a la famosa Misa Amane entre ellos. Era un cambio muy agradable del constante acecho de los paparazzi de Los Ángeles; siempre había sabido cómo pasar inadvertida en las calles de Tokio.
Misa miró a Matsuda gesticular mientras recordaba una historia que involucraba a Light y L en su época como prisionero y carcelero respectivamente y no pudo evitar reír con ganas, dándose cuenta de lo mucho que había extrañado la familiaridad de estar con un amigo; en América solía salir con James u otras personas que conocía en el set, pero su amistad con ellos no había atravesado lo mismo por lo que habían pasado Tōta y ella desde que se habían conocido. Tal vez por eso lo había extrañado tanto.
—Esa fue la... ¿quinta pelea que tuvieron? —Matsuda bebió otro sorbo de su cerveza y también rio con ganas —Sí que les gustaba darse golpes a esos dos. Parecían dos gemelos peleando por el afecto de sus padres. Eran los únicos momentos en que Light se portaba como cualquier adolescente de su edad, ¿no crees?
—Bueno, en realidad, supongo que no puedo decir que lo conocía demasiado —admitió Misa, deteniendo su trago a medio camino hacia sus labios. Matsuda la miró con ojos como platos —No me mires así. Yo era joven y bastante tonta —Misa se rio de sí misma. Había pensado en eso por mucho tiempo, pero era la primera vez que lo decía en voz alta —Supongo que Light me deslumbró con su inteligencia y belleza. Era muy guapo.
—Sí que lo era. Además, muy popular entre las chicas hermosas —concordó Matsuda, chocando su botella de cerveza con la copa de su amiga.
—Sí que lo era —Misa bebió de su copa, haciendo un sonido con la garganta, como si acabara de recordar algo —Por cierto, ¿cómo están la señora Yagami y Sayu? No he podido verlas ni hablar con ellas desde que me fui de Japón.
—Están desoladas —suspiró el policía, dejando su botella sobre la mesa de madera oscura para hacerla girar entre sus manos indecisas —Después de la muerte de Light... Bueno, fue un golpe muy duro perder al jefe también.
—Lo sé —suspiró Misa, esbozando una sonrisa nostálgica por un momento mientras recordaba —El señor Yagami era un buen hombre... Aunque me haya apuntado a la cabeza con un arma.
Matsuda sonrió.
—Eran los buenos tiempos —dijo, y los dos rieron, volviendo a chocar sus bebidas. Después de eso se quedaron callados por un rato, comiendo y bebiendo en un cómodo silencio hasta que él volvió a hablarle —Me da mucho gusto volver a verte, Misa-Misa. De verdad —le sonrió —Sobre todo porque creí que ahora que eres famosa no tendrías tiempo para tus viejos amigos.
—¡Oh, ya basta de eso! —Los dos rieron mientras Misa golpeó el hombro de su viejo amigo —Me haces sentir tonta y superficial. Los famosos también somos personas, ¿sabes? Personas hermosas, y muy, muy ricas, pero personas al fin —bromeó, haciendo que Matsuda soltara una carcajada que molestó a varios de los comensales a su alrededor, aunque a ninguno le importó.
—¿Y dónde está tu prometido, por cierto? Creí que ustedes dos ahora estaban unidos por la cadera o algo así.
—Qué gracioso —la actriz le arrojó un trozo de salmón a la cara, haciendo que su amigo riera aún más —Shingo tuvo que salir a ver a su madre. Ella quería hablarle de algo, y no pudo hacerlo durante el funeral.
—Oh, sí. Se oía preocupado cuando hablé con él esta mañana.
—¿Hablaste con Shingo? —la modelo parpadeó, sorprendida por esa información, ya que su novio no le había comentado nada al respecto —¿Cuándo?
—Esta mañana —repitió Matsuda —¿No te lo dijo? Me llamó desde el avión para pedirme algunos oficiales que se encargaran de tu seguridad una vez que aterrizaran. Después le di mis condolencias y hablamos un rato. Es un tipo bastante agradable.
—Quizá estaba dormida —resolvió Misa, sin darle demasiada atención —Siempre intento dormir lo más posible durante los viajes largos, y se le habrá olvidado contarme.
—Fue un día muy duro para todos —Tōta se encogió de hombros, dándole un último sorbo a su botella casi vacía —A propósito, ¿ya saben cuál fue la causa de muerte del ministro Midō?
—Escuché que fue una falla en sus riñones, aunque no hice muchas preguntas. ¿Por qué?
—No es nada —Matsuda movió la cabeza de un lado a otro —Es solo que es una gran casualidad que su muerte fuera solo horas después de la del jefe Yagami.
—Cosas más extrañas pasan todo el tiempo, ¿no? —dijo Misa, bebiendo un poco más de vino tinto —¿Cómo murió el señor Yagami?
—Bueno, su corazón estaba débil desde el caso Kira —el policía suspiró con tristeza y resignación —Tuvo un ataque mientras trabajaba. Y eso fue todo. Los médicos dijeron que con el estrés del trabajo y la negativa del jefe a bajar el ritmo solo era cuestión de tiempo.
—Lo siento mucho —suspiró su amiga, poniendo una mano sobre su hombro con cariño —Quería decírtelo antes. Sé que lo querías como a un padre.
—Gracias —Matsuda le dedicó una sonrisa triste y cansada antes de encuadrar los hombros y mover la cabeza para deshacerse de su gesto apesadumbrado. Después de todo, no era momento para estar tristes, se dijo —¿Y cuándo será la boda? —cambió de tema hacia uno más agradable —Hay toda clase de teorías locas en los tabloides. Dicen que te casarás bajo el agua en la Polinesia, y realmente espero que no sea así, porque no soy muy bueno nadando.
Misa, relajándose nuevamente, se permitió soltar una carcajada también.
—¡Ni siquiera sé cómo alguien podría casarse bajo el agua! Pero no, hemos decidido que sea una ceremonia sencilla, solo con los más allegados —informó, radiante de felicidad —Terminaré mi próxima película a finales de la primavera, así que tenemos pensado que sea entonces, aunque aún no hemos elegido la fecha exacta, pero tal vez sea en el otoño —sonrió —Una bonita boda otoñal.
—Entonces es un hecho, ¿verdad? —dijo Matsuda, con un bocado de arroz dulce a medio camino de su cara. Misa asintió enérgicamente, levantando los hombros y enseñando los dientes, como una niña emocionada.
—Síp. Seré la señora Midō antes de que termine el próximo año —anunció en un chillido que le recordó a la vieja Misa, la chica dulce y adorable que perseguía a Light por todas partes y peleaba con L a cada oportunidad. Y pensar en eso hizo que recordara muchas otras cosas en las que no había pensado por años, haciendo que su sonrisa solo se hiciera más grande.
—¿Quién lo diría? —Matsuda rio, jugando con su botella vacía, haciendo que Misa lo mirara con curiosidad —El día que entré impulsivamente a Yotsuba nunca hubiera imaginado que todo terminaría así.
—¿Así cómo?
—Nosotros siendo amigos, y tú casada con uno de sus miembros —respondió el detective, sonriendo de lado —Primero, estaba seguro de que un día te casarías con Light, luego, creí que te quedarías con L, y, al final, te enamoraste de una versión más madura y millonaria de tu primer novio —dijo a modo de broma, sin percatarse de que Misa se removió algo inquieta ante la mención del detective.
Nunca habían vuelto a hablar de él en todas sus comunicaciones posteriores a su mudanza a los Estados Unidos, como si fuera un acuerdo tácito entre ambos. No que doliera aún, pero recordar su presencia hacía que Misa no pudiera evitar preocuparse pensando en dónde podría estar en esos momentos, o si estaría a salvo. Y eso, inevitablemente, la hacía pensar en Matt, y preguntarse lo mismo sobre él. Ahora ya debía ser un adulto, se recordaba en los últimos días. Quizá tan alto como lo era Light, y apuesto. Sin duda sería apuesto.
Siempre le incomodaba recordar el pasado; había demasiado dolor allí, y muchas cosas perdidas, mientras que el futuro parecía brillante y prometedor. Aunque no todo era malo; tenía muchos recuerdos muy bonitos, pero incluso las cosas buenas siempre la llevaban de regreso a los momentos tristes. Y no quería pensamientos tristes en ese momento, así que forzó una sonrisa y se aclaró la garganta.
—¿Qué puedo decir? Soy una chica de gustos simples —se burló, aunque la alegría de sus palabras nunca llegó a sus ojos, y una sombra de tristeza atravesó su rostro.
—Hey —Tōta la sorprendió al tocar su brazo con cariño —Me alegra verte tan feliz después de todo por lo que pasaste, Misa-Misa. En serio —le sonrió —No importa con quién te cases en tanto te haga feliz... Y no vuelva a intentar matarme.
Los dos se rieron cómodamente. Era extraño poder bromear al respecto, pero se sentía casi como un alivio para Misa. Hacía que el pasado, la menos por unos instantes, fuera un poco más tolerable.
—Oh, Shingo no es una mala persona, y me hace muy feliz —le sonrió, poniendo una mano sobre la que él tenía en su brazo con cariño —. Pero ya es suficiente sobre mí. ¿Qué tal tú? ¿Ya fijaron la fecha?
—Será en el verano. El 20 de agosto —declaró Matsuda, con una sonrisa —Kiyomi se encargó de todo; ella es realmente maravillosa con todo eso de la organización. Oh, y espero que no estés demasiado ocupada y puedas bajar a la Tierra con los simples mortales una vez más.
—¡Ay, deja eso! Ahí estaré, tonto —Misa rio; después hubo otra pausa —Me alegra mucho que seas feliz.
—Y a mí que tú lo seas —Matsuda le regresó el favor, tomando su mano con cariño —De todas las personas que he conocido a lo largo de estos años, nadie se lo merece más que tú, Misa-Misa.
Misa asintió a sus palabras, y casi lloró, pero el sonido del teléfono de Matsuda llamó su atención, haciendo que se quitara cualquier rastro de llanto del rostro de inmediato.
—Es del trabajo —anunció su amigo después de observaar la pantalla antes de apagarla para dejar dinero sobre la mesa —Tengo que ir. Lo siento.
—Oh, está bien. Mañana debo levantarme temprano de todos modos —le sonrió la modelo, levantándose de su asiento mientras también dejaba dinero en la mesa —. Tengo asistir al funeral del papá de Shingo, y después veré a Sayu.
—Le hará bien verte —Matsuda le sonrió mientras también se levantaba, poniéndose la chaqueta y arreglándose la corbata antes de adelantarse para abrir la puerta del restaurante para su amiga.
—Tenemos que volver a reunirnos antes de que me vaya, ¿sí? —Misa le sonrió mientras uno de sus guardaespaldas esperaba por ella. Matsuda le sonrió y se despidió con una seña.
—Cuenta con eso, Misa-Misa —dijo, viéndola entrar en su camioneta. Luego, Tōta se quedó en su lugar hasta que el vehículo oscuro desapareció por las calles de la ciudad, y solo entonces se dio la vuelta para caminar hacia su propio vehículo. Había sido un encuentro agradable, se dijo, sin poder creer aún que la Misa que acababa de despedir fuera la misma chica que una vez había usado un Death Note. Pero no era momento de pensar en eso.
Poniéndose un par de guantes de cuero, usó las llaves para abrir el maletero de auto y comprobar que todas sus armas seguían allí. Tomó una pistola y revisó el cargador antes de ponerla en su cinturón, luego miró hacia ambos lados de la calle antes de tomar su rifle e inspeccionar las municiones y la mirilla. Su teléfono volvió a sonar entonces, por lo que Tōta volvió a dejar el rifle dentro del maletero antes de cerrarlo y entrar en el coche.
—Aquí Matsuda —dijo al auricular, sin esperar a que hubiera respuesta del otro lado —Estoy en camino.
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L pasó de una imagen de las cámaras de seguridad a otra en su tableta portátil, y así una y otra vez sin descanso, analizando cada rincón del edificio mientras la camioneta se movía por la ciudad.
—Llegó el reporte de la policía —informó Roger, revisando su propia laptop junto a él —. Ezio Mylonas murió en la explosión, así como tres de los hombres del equipo del señor Carter, y un empleado del aeropuerto.
—Bueno, Mylonas sería ejecutado de todas formas —L se encogió de hombros, todavía observando imágenes de distintas cámaras al azar —Respecto a los demás, por favor, ve que las familias sean compensadas apropiadamente.
—Está hecho —Roger cerró la tapa de su portátil y observó su teléfono, frunciendo las cejas un momento —El capitán Carter y el resto de su equipo nos esperan en el punto de encuentro. Y Near llamó. Al parecer tenías razón sobre Matt, pero no hay pistas sobre el paradero de Mello, aunque lo más probable es que ya haya salido de Asia. ¿Deberíamos empezar a preocuparnos?
—Todavía no —L levantó la mirada por un momento cuando la camioneta se detuvo, observando la calle a través de los vidrios polarizados sin el menor interés —Mello es listo, pero demasiado temperamental. Si nos movemos antes de tiempo se sentirá paranoico y hará algo estúpido o volverá a desaparecer, y tal vez no podamos volver a rastrear su paradero esta vez.
—¿Y aún crees que alguien los está ayudando?
—Estoy seguro de que hay alguien más detrás de todo esto, y no sólo siendo su espía —L arrugó la nariz con desagrado, levantando el dedo anular para apuntar hacia arriba —; casi puedo ver los hilos sobre nuestras cabezas. Y es muy molesto. ¿Llegaron los informes del departamento de bomberos?
—Las guarniciones de tres ciudades siguen trabajando —suspiró el anciano, revisando su teléfono una vez más —Pero llegó el informe preliminar. Había explosivos en las camionetas señuelo. Alguien intentó matarte.
—No es una novedad —L se mordió el pulgar, volviendo a observar su tableta, y apenas reaccionando al hecho de que, una vez más, estuvo a punto de morir, lo que ofuscó a Roger.
—L, esto es muy grave —le recordó, frunciendo el ceño con gravedad —. Alguien puso una bomba en cada vehículo, porque sabía exactamente qué día y a qué hora llegarías al país. Sin contar que sabían del operativo de seguridad. Estamos demasiado expuestos mientras permanezcamos en este lugar. Debemos irnos.
—Solo sabían del operativo falso, si no, yo también estaría muerto —razonó el detective, moviendo una de sus pálidas manos en un gesto de indiferencia —Sin duda hay un entregador. Pero eso ya lo sabíamos.
—Sí, lo dejaste aún más claro cuando lo dijiste delante de los hombres de la policía japonesa —refutó Roger, hablando en alemán para que Mogi y Aizawa, que iban en los asientos de adelante, no entendieron su conversación —No debiste hacer eso.
—¿Por qué no? —L arrugó el entrecejo, también hablando en alemán, sin dejar de observar la pantalla frente a él —Es claro que alguien intentó matarme, y aún más claro que alguien que creí de mi confianza le dio la información de nuestra llegada. Quiero que todos sepan que, sea quien sea, lo descubriré.
—De cualquier forma —Roger movió la cabeza de un lado a otro, mostrando su desacuerdo —, Quillish confiaba en esos hombres. Les hiciste creer que tú no.
—No confío en ellos —L frunció el ceño también, al fin volteando hacia él —Tuvo que ser un miembro del antiguo equipo para capturar a Kira o el capitán Carter. Nadie más sabía de mi llegada.
—Esas personas arriesgaron sus vidas muchas veces por ti —le recordó el nuevo Watari, notando la mirada curiosa de los japoneses sobre ellos a través del retrovisor, aunque sabía que no podían entenderles —. ¿Por qué te traicionarían? Son buenos hombres, y buenos policías.
—No lo pongo en duda —afirmó L, volviendo a posar la vista en la pantalla antes de cambiar la cámara que esta mostraba —Y no los estoy acusando de intentar matarme. Solo de filtrar la información. Ya fuera a propósito o no. Oh, y, de cualquier forma, estoy 80% seguro de que la información tuvo que ser filtrada desde el equipo de Carter, teniendo en cuenta que solo atacaron a los señuelos y que yo sigo con vida.
—¿Quieres que lo investiguemos?
—Ya lo hice. Están limpios. También el capitán Carter. Por eso necesito que hagas una investigación más profunda.
—¿Y qué harás mientras tanto?
L cambió de cámara una vez más, proyectando fotografías del incendio y el estado de las camionetas, además de los restos de explosivos que la policía había encontrado en la escena, sin molestarse en levantar la mirada esa vez, concentrado en la imagen de los escombros por un instante mientras Roger seguía a la espera de una respuesta.
—¿Qué es esto?
Roger parpadeó, tardando unos segundos en encontrar lo que L señalaba con la mirada.
—Parece una inscripción en la superficie —resolvió, ajustándose las gafas para ver mejor las letras pintada en uno de los detonadores quemados que L estaba mirando con atención —Es ruso. Aunque su gramática no tiene sentido...
—Es blatnoy.
—¿Blatnoy?
—Tal vez lo conoces como Fenya —respondió L, acercando cuadro por cuadro la imagen para poder leer la inscripción —El idioma de los delincuentes.
—La mafia rusa —Roger contuvo el aliento por un segundo, taciturno y pensativo —No tiene sentido. ¿Por qué la mafia rusa intentaría asesinarte? Prácticamente les hiciste un favor al arrestar a Petrovich. Ahora tienen todo el control sobre el contrabando en los Balcanes.
—Supongo que no son los únicos que quieren asesinarme —L frunció el ceño, pensativo —Pero nunca se habían acercado tanto; no son tan listos. Además, Petrovich controlaba solo un sector de la ruta de la Bratva. Su segundo al mando está muerto, igual que sus hombres de confianza. Alguien más debió tomar el control, y está ayudándolo.
De pronto, la camioneta se detuvo frente a una luz roja. L levantó la mirada sobre el hombro de Mogi, quien iba conduciendo; observó la calle frente a ellos por unos instantes y después hacia un lado. Había empezado a llover sobre la ciudad en algún momento, y apenas lo notaba.
—¿Qué dice la inscripción? —quiso saber Watari, curioso, todavía observando las imágenes del incendio con curiosidad. El detective volvió a mirarlo.
—La sangre se pagará con sangre —murmuró. Un segundo después, hubo un toque en la ventanilla a su lado, un golpe sordo que fragmentó el cristal blindado en miles de pequeños pedazos redondeados justo frente a su rostro.
—¡Un francotirador! —exclamó Roger en el instante en que más disparos golpearon la camioneta.
—¡Abajo! —gritó Aizawa, sacando su propia arma mientras Mogi maniobraba en el volante y apretaba el acelerador. Roger se arrojó de inmediato sobre su joven protegido y ambos cayeron al suelo de la camioneta mientras esta volvía a moverse a toda velocidad.
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Sayu caminaba de regreso a casa cuando la música de sus audífonos se vio interrumpida por un mensaje entrante. Había salido unos minutos a dar una vuelta por el vecindario, buscando despejarse un poco de todos los acontecimientos del día, ya que quedarse encerrada en casa como su madre no era de mucha ayuda. Y no era que hubiera dejado de amarla, pero el vacío que las muertes de Light y ahora su padre habían dejado en cada rincón de la propiedad era insoportable. Necesitaba aire fresco, poder salir y fingir que, al regresar, ellos aún estarían allí esperándola.
Pero se negó a volver a pensar en eso; estaba triste, por supuesto, pero no permitiría que la tristezza volviera a apoderarse de su vida; ella era una mujer adulta ahora, madura y resiliente, y debía mantenerse en pie para su madre como su madre se había mantenido antes para ella. Así que movió la cabeza para deshacerse de los pensamientos tristes y observó la pantalla, sonriendo al leer el mensaje de Misa Amane con la información para su encuentro del día siguiente. Sayu confirmó su asistencia de inmediato y luego siguió caminando a casa, pensando en lo agradable que sería volver a ver a la ex novia de su hermano y charlar con ella como antes. No había visto a Misa desde la desaparición de Matt; aún hablaban por e-mails o mensajes a veces, pero con la antigua novia de Light viviendo al otro lado del mundo no habían podido volver a reunirse hasta ahora. Y de verdad había extrañado, casi tanto como extrañaba a Matt. Pensaba mucho en él desde que se había marchado, y todavía se preguntaba si hubiera podido hacer algo para detenerlo.
Por meses se había sentido culpable, y, aunque con los años ese sentimiento había disminuido, regresaba a ella cada vez que recordaba a su antiguo novio. En esos momentos, no podía evitar preguntarse cómo hubieran sido las cosas si él se hubiera quedado. Quizá su relación hubiera funcionado, tal vez hubieran ido a la misma universidad y para estas alturas estarían viviendo juntos, o comprometidos como Matsuda y su novia. Sayu no pensaba mucho en el futuro que Matt y ella podrían haber compartido juntos; era más difícil olvidarlo y no pensar en él de esa foma. Pero la sombra de la duda aún dolía como una espina clavada en su pecho, haciendo la herida mucho más grande cada vez que sentía que necesitaba verlo de nuevo o hablar con él, como en ese momento. Y era extraño, porque no había pasado demasiado tiempo junto a Matt, pero de cualquier forma necesitaba la seguridad de sus brazos alrededor de su espalda, y su voz tranquila y masculina diciéndole que todo estaría bien, porque él estaría allí para ella.
Sayu había salido con otros chicos a través de los años, pero ninguno había hecho que se sintiera de esa forma, y ninguno había hecho que lo necesitara tanto como necesitaba a Matt en esos momentos. Pero era un deseo imposible, se recordó, suspirando mientras se detenía frente a su casa y empujaba la pequeña reja metálica, buscando sus llaves dentro del bolso.
Matt Jeevas era parte de su pasado, repitió como un mantra en su mente; él se había ido, y tal vez nunca volvería a verlo, debía terminar de convencerse a sí misma y dejarlo ir, como debía dejar ir todos los sentimientos que aún guardaba por él, la preocupación por su bienestar, la culpa y el enojo por su abandono. Porque muchas veces, cuando Sayu no lo extrañaba, sentía que lo odiaba por haberse ido y no llamarla ni una sola vez en esos años. Y aunque ahora el sentimiento de necesidad comenzaba a transformarse en uno de rabia, decidió ahogar esos pensamientos una vez más.
Si la muerte de su padre y hermano le habían enseñado algo era que las personas que uno ama no permanecen para siempre a nuestro lado, así era como funcionaba el universo, y no había nada que pudiera hacer al respecto más que resignarse a solo seguir viviendo.
Sayu ahogó un gemido de frustración cuando el sonido de las llaves cayendo de sus manos interrumpió sus cavilacioens, aunque agradeció la interrupción en silencio mientras se inclinaba para recogerlas. Matt se había ido, y nunca regresaría; quizá debía comenzar a convencerse a sí misma de que también estaba muerto, así dejaría de pensar en él y preguntarse si algún día regresaría, y solo podría desear que, donde fuera que estuviera, estuviera bien y a salvo. Aún si nunca volvía a verlo o a saber de él.
—Lamento llegar tarde.
Por un segundo, la joven Yagami creyó que otra vez estaba alucinando, pero cuando fue consciente de la presencia de alguien más a sus espaldas solo pudo dejar que sus llaves volvieran a deslizarse entre sus dedos hasta chocar contra el suelo de concreto. Sayu abrió los ojos con sorpresa, sintiendo que su corazón se paralizaba en ese instante, igual que todos los músculos de su cuerpo. Y le costó algunos segundos reunir el valor para darse la vuelta, y, al hacerlo, se congeló mientras un gemido de sorpresa se le atoraba en la garganta, sintiendo como si alguien le hubiera arrojado un balde de agua helada, o como si acabara de ver a un fantasma.
—Matt... —susurró, tirando su bolso también mientras, parado detrás de la pequeña reja, Mail Jeevas le sonreía.
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N del A:
Manténganse saludables!
Su buen vecino,
H.S.
