En el número 12 de Grimmauld Place, el pequeño Sirius estaba en medio de una tediosa lección de Geografía. Mientras él intentaba memorizar los países de África, el tío Alphard, que se ocupaba de la educación de los niños Black antes de que fueran a Hogwarts, estaba intentando enseñar a sumar a su hermano Regulus.

De repente, un ruido procedente de la calle distrajo su atención del mapa que tenía delante. Fue como un trueno, seguido de varios petardeos y finalmente un ruido continuado y extraño que parecía que se alejaba. Sirius alzó la vista por la ventana intentando localizar el origen de aquel estruendo pero solo atisbó un destello plateado que se alejaba por un extremo de la calle con lo que parecía ¿un hombre encima?

Sirius no le dio más importancia y siguió con su lección. El tío Alphard y Regulus también se habían sobresaltado con el ruido, pero enseguida les instó a seguir con su trabajo.
A la mañana siguiente, volvió a repetirse la escena, pero esta vez, Sirius estaba más atento y consiguió ver mejor lo que causaba tanto alboroto en la calle. Era una especie de tubo negro con otros tubos plateados que salían del tubo negro, y que expulsaban mucho humo, y enganchados a dos ruedas. Un hombre estaba subido encima como si fuera un caballo y lo sujeta con un palo. Enseguida volvió a desaparecer por la calle. Curioso, preguntó a su tío qué era aquello.

- Una motocicleta - contestó tío Alphard -. Es un vehículo muggle.
- ¿Como una escoba? - volvió a preguntar Sirius.
- Sí. Pero en vez de volar se desplaza con sus ruedas.

La cara de tío Alphard se estaba poniendo seria, así que decidió no preguntarle más y seguir con la lección, pero ahora en su cabeza se amontonaban muchas preguntas más. ¿Cómo funcionaba aquello? ¿Iría muy rápido?

Esa misma tarde, estaba jugando con Regulus en el salón, mientras su madre estaba tejiendo y volvió a oír la motocicleta. Se asomó enseguida a la ventana. El hombre al que había visto irse con ella había vuelto y se estaba bajando de la moto, dejándola en la puerta de la casa de enfrente. Parecía que el hombre había ido a vivir allí recientemente, ya que nunca había visto antes ni al hombre ni a la motocicleta. Contempló un poco más atentamente e intentando ver más detalles. Le pareció que era muy bonita.

- ¿Es la "mutocileta" de esta mañana? - preguntó Regulus de repente, el cual se había acercado a la ventana también a curiosear.

- ¿La qué? - Bramó la madre de Sirius.

- "Mutocileta" - contestó Regulus -. La hemos visto esta mañana por la ventana del estudio.

- ¿Qué os tengo dicho de curiosear las cosas de muggles? - dijo la señora Black empezando a enfadarse.

- Sólo queríamos saber qué era - atajó Sirius, que veía formarse la tormenta -. No sabíamos que fuera muggle. Y se llama motocicleta.

- ¡Me da igual cómo se llame! – chilló su madre -. ¡Que sea la última vez que oigo ese nombre o cualquier otra cosa relacionada con los muggles en esta casa! ¡Fuera de esa ventana ahora mismo!

Regulus se apartó inmediatamente ante los gritos de su madre. Pero Sirius se quedó quieto, atónito.

- ¿Te lo tengo que repetir? – Su madre se levantó airada del sillón en el que estaba con su labor.

Sin esperar si quiera respuesta, apartó de un empujón a su hijo, levantó su varita y lanzó un hechizo que de inmediato oscureció los cristales de la casa. Sirius salió corriendo de la habitación y, dando un portazo, se encerró en su habitación. Sabía que en su casa todo lo muggle estaba prohibido, pero no entendía por qué no podía ni siquiera saber el nombre de cualquier cosa que pasaba por la calle. Una vez le castigaron por salir a jugar con otros niños que había en la calle. Vale que salió sin permiso e incluso habló con ellos, pero esta vez ha sido sólo por saber qué era lo que había visto. Además, si tan malos eran los muggles, ¿qué hacían viviendo en una ciudad en medio de todos ellos? Sentía tanta rabia y frustración que la emprendió a puñetazos con la almohada.

A la mañana siguiente, mientras los hermanos esperaban en el estudio a su tío, se podía oír a su madre discutiendo.

-No quiero que les enseñes nada que tenga que ver con los muggles, Alphard. Tenemos una reputación que mantener. ¿Qué dirían si el día de mañana se les ve con cualquier sucio muggle? Pues dirían que somos unos traidores a la sangre, eso dirían. ¡Qué vergüenza!

- Creo que exageras, Walburga. ¿Por eso has cegado las ventanas? Sirius sólo tiene curiosidad por lo que ve, eso no significa nada.

- ¡Sirius! Ya me imaginaba que todo esto había sido obra suya. Siempre contradiciéndome. ¡Cuando llegue su padre se va a enterar! Ahora será curiosidad, pero luego vendrá con las tonterías esas de que los muggles son iguales que nosotros. No, no, no. Eso no lo voy a tolerar…

- Walburga – interrumpió el tío Alphar -, por favor, los chicos me están esperando. Y si fueras tan amable, me gustaría poder tener luz natural.

Parecía que el tío Alphard había apaciguado un poco a su madre, porque las ventanas inmediatamente volvieron a ser transparentes y la luz del sol entró en la habitación cegándolos. Se oyeron los pasos de tío Alphard subir las escaleras y entró en la habitación.

- Tío, yo… - empezó a decir Sirius en cuanto lo vio por la puerta, pero su tío levantó una mano, silenciándolo.

- Ya conoces las normas de esta casa, Sirius – Y sin decir nada más al respecto, empezó con la lección -. Toma, creo que ya te sabes todos los países de África, empieza ahora con Asia. Regulus, haz estas sumas.

Y tendió a los hermanos dos largos pergaminos, uno para cada uno. A lo largo de la mañana, sobre las 10, igual que los dos días anteriores, volvieron a oír el ruido de la moto, pero esta vez no fue capaz de levantar la vista y la mantuvo fija en el nuevo mapa. Por su culpa, su madre había reñido a tío Alphard y se sentía un poco culpable. No quería que lo volvieran a reñir. Parecía que su tío se había dado cuenta que Sirius se había puesto algo tenso en ese momento, porque se acercó a la ventana. Y cuando lo miró, en vez de tener la cara seria como había supuesto, le sonrió.

Al terminar las lecciones, Regulus salió corriendo, seguro que a contarle a su madre todo lo que había aprendido en el día, como hacía siempre. Cuando Sirius se disponía a salir del estudio, su tío lo llamó. Se volvió y el tío Alphard cerró la puerta otra vez.

- Extiende la mano – le dijo.

Sirius obedeció sin saber muy bien qué esperar. Otras veces cuando se había portado mal y le habían pedido eso, su padre le había pegado con el cinturón como castigo. Pero ante su sorpresa, el tío Alphard agitó su varita y una pequeña moto se materializó en su mano. Era igualita a la que se veía por la ventana.

- Pero tío, mi madre… - comenzó a decir, un poco temeroso.

- Tu madre no tiene por qué saberlo, si tienes cuidado. Déjala en el suelo.

Sirius hizo lo que le dijo y la pequeña moto salió disparada, esquivando paredes y patas de mesas y sillas y haciendo un ruidito como si fuera una de verdad, solo que más bajito. ¡Qué maravilla! El tío Alphard volvió a recogerla cuando pasó por su lado y se la devolvió a Sirius, que no salía de su emoción.

- Recuerda, que no la vean. O si no, tendremos problemas los dos.

El tío guiñó un ojo a su sobrino y salió del estudio. Sirius se guardó el juguete en el bolsillo, pensando en que después de comer jugaría un rato más con ella.

Pero parecía que su madre no había olvidado el asunto de la moto, porque Sirius notaba como si alguien le estuviera vigilando, fuera donde fuera. Seguramente, su madre había ordenado a Kreacher que le vigilara por si se le ocurría fisgonear por las ventanas, con lo que no se atrevió a sacar su pequeña moto.

Se convirtió en su juguete favorito, aunque sólo podía jugar con ella un poco antes de irse a dormir. Por el día siempre la llevaba encima por si Kreacher la descubría y se lo contaba a su madre y por la noche dormía con ella debajo de la almohada por si Kreacher la encontraba entre la ropa y se lo contaba su madre. Si eso pasaba, tenía por seguro que el castigo no iba a ser pequeño.

Así, consiguió ocultar la pequeña moto durante un par de semanas. Hasta que una noche notó con horror que no se encontraba en su bolsillo. Se le debió caer en un descuido, pero ¿dónde? Buscó frenéticamente por su habitación, por la de su hermano (había estado jugando allí esa tarde con él), en el estudio. Cuando bajaba para buscar en el salón, oyó voces procedentes de allí.

- ¿Qué es eso, hijo? – le preguntó suavemente, pero a continuación empezó a gritar - ¡¿De dónde has sacado eso?! ¡¿Quién te lo ha dado?!

- Lo encontré en las escaleras – respondió Regulus lloriqueando.

- ¡No mientas! ¡Sabes perfectamente que no tolero ese tipo de cosas en esta casa! ¡¿Quién te lo ha dado?!

Ahora, Regulus se puso a llorar, no era capaz de responder a su madre. Y Sirius corrió hacia el salón. ¿Había encontrado él el juguete? Conocía perfectamente el genio de su madre y si en un corto plazo no conseguía sacarle la información que quería por las buenas, lo haría por medio de azotes. Regulus no tenía la culpa, no sabía apenas lo que había encontrado. Llegó al salón a tiempo para ver cómo su madre destrozaba su moto en miniatura con la varita y ya se disponía a castigar a Regulus cuando la interrumpió.

- ¡No madre! No castigue a Regulus. Era mío.

- ¡Sirus! ¿Otra vez estas sucias cosas de muggles? ¡Me vas a quitar la vida! ¡Qué disgusto! Si por las buenas no aprendes, tendrás que hacerlo por las malas. ¡Kreacher! ¡El sacudidor!

Kreacher apareció de inmediato con la paleta que usaba para quitar el polvo de las alfombras. Su madre se lo arrebató de las manos y comenzó a azotar a Sirius. Regulus comenzó a llorar todavía más fuerte al ver a su hermano siendo castigado. La señora Black, intentando sonsacar a Sirius de dónde o quién había sacado ese juguete. Por su parte, Sirius, aunque con la cara colorada por la rabia y el dolor, no habría la boca. Ni para lamentarse o llorar ni para decirle a su madre que había sido su tío quién se lo había regalado. Mientras tanto, sólo pensaba en que cuando fuera mayor conseguiría una moto como la de la ventana, para que así su madre estuviera disgustada de verdad y no por un mísero juguete.