Era una mañana soleada de fin de semana, y aunque era temprano, la brillante luz del sol parecía brillar en todos los rincones de Cherryton High.
La mayoría de los estudiantes aún dormían, pero algunos ya se habían despertado y estaban ocupándose de sus propios asuntos. Otros estaban haciendo algo en su habitación o paseando por el campus.
Una de las habitaciones del ala de los carnívoros, específicamente la de los perros, se hallaba sorprendentemente tranquila. Todos los canes parecían seguir durmiendo. Todos menos uno.
El lobo gris estaba metiendo las cosas en una pequeña mochila de camping. Esforzándose por no hacer ningún ruido para no despertar a nadie. Cuidó que los envoltorios de plástico no crujieran, esos que contenían los sándwiches de huevo y queso o verduras con hojas de lechuga.
Cuando todo lo necesario estuvo por fin en la mochila, el lobo le dirigió una mirada llena de orgullo a la maleta.
Hacía tiempo que los ojos de Legoshi no brillaban con tanta alegría. Especialmente una alegría tan cálida, de esas que abrazan el alma. Y no era para menos.
Por primera vez en mucho tiempo, el y Haru habían decidido finalmente tener una pequeña celebración para ellos. Un día que sólo ellos dos pasarían juntos, lejos de todos los demás. Era exactamente el tipo de momento que Legoshi había echado en falta. Por eso se alegró mucho cuando Haru le propuso ir de picnic juntos.
El lobo miró el reloj que colgaba de la pared de su habitación. El reloj marcaba las siete menos cuarto. Tras comprobar la hora, Legoshi decidió darse prisa para no llegar tarde. Deberán reunirse cerca de la entrada principal de la escuela. El lobo se apresuró a coger su mochila y sigilosa pero torpemente salió de la habitación. El resto del camino hasta la puerta de la escuela el lobo gris lo hizo sin demora innecesaria.
Legoshi miró a la puerta. No había mucha gente caminando en ese momento. Silencio y paz absolutos. El lobo sonrió débilmente. Se alegró de que nadie se encontrara con él y Haru. De que nadie se atreviera a estropear el estado de ánimo de la coneja. Dada su reputación en la escuela, pocos perderían la oportunidad de soltar ofensas o burlas sobre ella. Así que este silencio le pareció perfecto a Legoshi. Excepto por una cosa. Haru no aparecía por ningún lado.
«Espero no llegar demasiado tarde» inmediatamente el lobo pensó.
«Un momento, no he llegado tarde. Vine a la hora estrictamente programada, ¿No es así? Entonces Haru es quién llega tarde. Me pregunto dónde estará…»
Resultó que no habría que esperar mucho más por ella. El lobo escuchó unos pasos rápidos, obviamente de un animal no muy grande. Y entonces olió el dulce olor de la coneja que tanto le gustaba. Pronto vio a Haru corriendo hacia él a todo lo que sus pequeñas piernas daban.
—¡Legoshi! —le nombró alegremente la coneja, continuando la carrera hacia el lobo.
Legoshi sonrió. Y Haru corrió hacia él, tropezando con la cola de un lobo peludo y cayendo, dejando caer la cesta que llevaba.
—¡Oh, Haru! Lo siento —Legoshi se asustó un poco y ayudó a la conejita a levantarse—. ¿Estás bien?
—Legoshi, ¿he mencionado que tu cola es demasiado grande? —preguntó Haru con una risita—. Estoy bien, no ha pasado nada malo. —la coneja miró directamente a los ojos del lobo gris y sonrió. Legoshi se sintió claramente aliviado al ver su sonrisa.
—Así que... —Haru se agachó para recoger la cesta que se le había caído al tropezar. No se había caído nada y no parecía haber ningún alimento dañado.
—Uh huh...—murmuró Legoshi, sólo para romper el mutismo.
—Supongo que estamos listos para irnos —dijo la chica conejo mientras se dirigía apresuradamente a la salida—. Por cierto, siento llegar tarde —añadió apresuradamente, como si quisiera evitar el tema. Pero Legoshi se dio cuenta de que no era solo eso. Conocía a Haru desde hacía mucho tiempo y sabía que su tono significaba que algo pasaba.
—Haru, ¿está todo bien? —preguntó con cautela el lobo mientras salían de la escuela.
—Sabía que lo preguntarías —Haru suspiró—. Sólo unas tontas que intentaban deshacerse de mí una vez más y tiraron mis libros de texto por el balcón —al notar que Legoshi quería replicar, la conejita agitó las manos en diferentes direcciones—. ¡Pero no pasa nada! Estoy acostumbrada.
—Sólo estoy preocupado por ti —dijo tranquilamente el lobo mientras seguía caminando con pasos retumbantes. Ahora que él y Haru caminaban uno al lado del otro, su diferencia de altura parecía aún más notable.
—Lo entiendo, pero realmente... basta ya. No pasa nada. No tienes que preocuparte tanto —dijo y aguzó un poco las orejas.
Legoshi suspiró y se inclinó hacia la coneja. Ella era tan pequeña comparada con él.
—Haru, no puedo dejar de preocuparme por como estás. Pero si quieres hoy puedo olvidarme completamente de este tema de conversación.
Haru se animó de golpe.
—Sí, por favor...—respondió impertérrita.
Pasaron el resto del camino prácticamente en silencio. Esto hizo que ambos se sintieran un poco incómodos. Pero ¿Cómo pudieron sucumbir a emociones tan sombrías en un día tan luminoso? Sobre todo porque habían planeado pasar el transcurso de este sólo en nombre de las emociones y los recuerdos positivos.
Así que Haru decidió que no podían arruinarse el momento tan fácilmente. La coneja enana decidió diluir el ambiente.
—Ey, Legoshi —llamó suavemente al lobo.
—¿Sí? —preguntó suavemente el lobo. Parecía un poco incómodo por haber casi estropeado el humor de Haru.
—Mira —ahora estaban pasando por el centro comercial local. Los cristales de los escaparates estaban siendo limpiados, por lo que podían vislumbrar los reflejos de todos los que pasaban por allí, un tanto distorsionados—. Eres alto, pero ahora te ves pequeño —en el reflejo se podía notar que el lobo se encorvaba bastante—. ¿Nunca has intentado enderezar tu espalda por completo?
—Bueno… la verdad estoy acostumbrado a caminar así. Quiero decir, soy bastante alto incluso para mi especie. Por lo tanto suele ser difícil para mí comunicarme con otros animales desde toda mi altura —Legoshi siguió mirando su reflejo. Incluso si se agachara seguiría siendo mucho más grande y alto que Haru—. Tu entiendes.
—Ehm… supongo —la coneja respondió—. Debe ser difícil comunicarse siendo tan alto.
—Sí, lo es —el lobo respondió con calma—. Aunque... creo que tengo suerte —Legoshi sonrió ligeramente—. Imagina cómo son los elefantes o las jirafas.
—¡Eso es verdad! —Haru se rió—. Ser demasiado pequeño también debe ser una lata. A veces me pregunto cómo la llevan los ratones o los hámsteres. Seguro deben pasarlo mal.
—Todos tenemos puntos fuertes y desventajas —Legoshi lo resumió.
—Tienes razón.
—Oye Haru, ¿Segura que no estamos perdidos?
—Segurísima. El Maps muestra claramente que al descender por esta calle se puede salir del área urbana caminado derecho hasta llegar al bosque más cercano.
—¿Segura? —Legoshi volvió a cuestionar no muy convencido.
—Sí. Aquí, mira —Haru tuvo que ponerse de puntillas para mostrar a Legoshi el mapa en su Smartphone—. ¿Ves?
—Oh, es verdad. Perdón.
—¿Qué te pasa? —Haru dio un ligero empujón al otro con el codo. Legoshi se tambaleó ligeramente. Aunque fue más por la sorpresa que por el golpe en sí—. Ya basta con las constantes disculpas —la coneja enana le miró directamente a los ojos—. Me encuentro genial ¿Entiendes? Sólo estamos dando un paseo. Relájate si.
—Yo sólo...—Legoshi estaba por replicar, pero Haru le interrumpió.
—Y no se hable más —decretó estrictamente. Momentos como éste enfatizaban lo decidida y dura que podía ser en ocasiones la menuda coneja. Que de enana solo tenía la especie. Haru suspiró—. Tranquilo. No tienes que disculparte conmigo siempre. ¿O de verdad crees que soy la clase de chica que se ofende por pequeñeces y tonterías? —bromeó Haru con los puños en la cadera.
Legoshi no se lo discutió. Además tenia razón. ¿Por qué se disculpaba a cada rato? No es que estuviera susceptible o cosa parecida, no no no.
—Vale vale, tú ganas —Legoshi respondió y se inclinó para frotar las orejas de Haru.
—¡Oye, detente! —bromeando Haru se resintió y soltó una risita.
—Si tú usas tu arsenal de armas, yo no tengo miedo de usar el mío —como respuesta el lobo continuó frotando las orejas suavecitas. Y mientras Haru «se defendía», Legoshi le arrebató hábilmente la cesta de las manos con su mano libre—. ¡Dame acá!
—¡Ey! —exclamó indignada Haru.
—Vaya... Es bastante pesada para un conejito. ¿Cómo es que la has cargado hasta aquí? —Legoshi sopesó la cesta en su mano y reflexionó. Para un lobo de su tamaño, resultaba bastante ligero. Pero Haru era un asunto totalmente distinto. Evidentemente, no era fácil para un pequeño conejo llevar algo así tanto rato.
—No subestimes a los conejos —Haru respondió con una sonrisa triunfal.
—Bien, no lo haré. Pero yo llevaré la cesta desde aquí. Y no intentes hacerme cambiar de opinión.
—Como sea —Haru se encogió de hombros como respuesta.
—¡Mira, Legoshi! Ya casi llegamos. Desde aquí ya se puede ver claramente el bosque. No estamos lejos en absoluto —Haru dio un pequeño salto de alegría.
—Lo veo lo veo —respondió tranquilamente el lobo mirando al frente.
—No puedo creer que por fin hayamos llegado.
—¿Uh? —Legoshi se sorprendió—. Siento que llegamos rápido.
—Un paso para ti son tres pasos para mí no lo olvides —respondió rápidamente Haru.
«¡Ay, es cierto! Parece que me he olvidado un poco de nuestras diferencias de tamaño mientras charlábamos. Qué vergonzoso y desconsiderado. A Haru le cuesta mucho más caminar estas distancias que a mí.»
Cuando Legoshi regresó de la luna no vio a Haru cerca.
—¡¿Pero que?!
—Aunque a veces puedes ser un despistado —gritó Haru, que ya se había alejado unos metros. Mientras Legoshi tenía la cabeza en otro lado, la coneja parecía haberse acercado un poco más a su destino—. ¡Vamos, despierta!
Haru sonrió y comenzó a correr lejos de Legoshi. De alguna manera incluso un poco simbólica. Aunque obviamente lo hacía por diversión y no tenía ningún sentido especial para ella. Era más probable que lo notara Legoshi.
Una sonrisa apareció en su rostro.
Tal vez no era una memoria muy grata del todo, pero Legoshi disfrutaba recordar su primer encuentro en la fuente. Un acontecimiento tan agradable como inquietante para el lobo. Cada vez que lo pensaba, tenía sentimientos contradictorios. Quería olvidarlo, pero al mismo tiempo quería preservarlo. Quería maldecir y al mismo tiempo idolatrar a toda fuerza o materia por ese día. Una sensación indescriptible.
—Oye ¿Ya volviste o qué? —gritó Haru, que ya había hecho una buena carrera.
—¡Ya verás! —gritó Legoshi, persiguiendo a Haru con ojos decididos y una sonrisa alegre. Al principio, la coneja tenía cierta distancia de ventaja. Pero Legoshi como depredador era claramente más rápido. Así que le dio alcance rápidamente y cogió a Haru por la cintura.
—Te tengo, conejito —dijo Legoshi, acercándola a él.
—No tenía ninguna duda de que me atraparías. Además ya me cansé. —Haru se estiró y bostezó cerrando los ojos. De repente ya no sentía el suelo bajo sus pies—. ¿Qué? Pero…—quiso exclamar pero no funcionó. Fue como si se quedara sin aliento y en una fracción de segundo se encontró en los brazos del lobo gris.
—¿Has dicho cansada? —preguntó Legoshi con una sonrisa descarada—. Entonces te llevaré así.
—¿Como si fuera tu presa? —le preguntó Haru, devolviéndole la sonrisa con una especie de sorna.
—Como mi princesa —respondió a bocajarro.
Haru se sintió un poco avergonzada por esa respuesta. En el pasado cuando los chicos le decían cosas lindas la cabreaba, ya que sabía lo que todos querían de ella al final.
Pero ahora, por alguna razón, quería acurrucarse aún más contra el cálido pecho del lobo. Y así lo hizo. Se pegó más cerca de Legoshi de lo que nunca antes. Podía sentir el calor de su hermoso pelaje en su cuello, traspasando la piel nevada hasta tocar su alma.
—Legoshi.
—¿Sí? —preguntó Legoshi con interés.
Puede parecer tranquilo y confiado en el exterior, pero en su corazón estaba terriblemente nervioso por cómo reaccionaría Haru ante tal arrebato. Hacía tiempo que deseaba hacer algo así. Todo con tal de tener a la chica conejo en sus brazos y colmarla de ternura y cuidados. Pero siempre tuvo miedo. No obstante había decidido que ya era el momento de vencer sus miedos y ceder a sus deseos.
—Creo que este es... no, aguarda. No, no creo. Este, es sin duda, el mejor día de mi vida —Haru estaba tan cerca de él que Legoshi podía sentir su respiración y los latidos de su corazón. Una sensación increíble que el lobo sólo podía experimentar junto a ella—. Y me alegro de pasar este día contigo. Gracias —en silencio, Haru acercó el rostro de Legoshi y frotó suavemente su nariz con la suya.
Se alegró enormemente al escuchar esas palabras. Ahora Legoshi se sentía el lobo más feliz del mundo. Y toda esa felicidad se la debía a Haru. Quería estar asi con ella durante una eternidad. Hasta el final de los tiempos. Pero el mundo seguía girando y todavía tenían un picnic por delante. Así que se alejaron un poco el uno del otro, pero Haru nunca dejó los fuertes brazos que la sostenían. El lobo cumplió su promesa y cargó él mismo con la conejita. Se detuvo en un pequeño claro, donde no había muchos árboles circundantes. La mayor parte de la zona eran colinas cubiertas de una hierba verde y exuberante. También había una preciosa vista de otra parte del bosque donde había un peñasco y el río que corría por debajo. En ese momento, Legoshi tuvo que bajar a Haru para ambos disponerse a preparar todo. El lobo puso la cesta y la mochila en el suelo también.
—¿Por qué no preparas el mantel y yo desempaco la comida? —sugirió Haru, que ya estaba inclinada sobre la cesta. No necesitaba una invitación especial.
—Claro, yo me encargo —Legoshi se apresuró a responder y, con un hábil movimiento de sus largos brazos, extendió el pequeño lecho.
—¡Genial! Bien hecho —Haru sonrió con ganas y empezó a ordenar la comida.
Sacó de su cesta un termo con té, una linda caja de latón con rollos de canela y una pequeña bandeja con arándanos, frambuesas y fresas. Legoshi por su parte, sacó de su mochila bocadillos de verduras y huevos. Tomó a propósito dos tipos de ellos. Uno para él con un huevo y otro con verduras para Haru. Antes de que Legoshi se diera cuenta, sintió de repente que algo cálido y suave le presionaba la mejilla.
—¡Tienes que probar esto! —era Haru que le tendía un rollo de canela—. Lo horneé yo misma. Y mira que no horneo tan a menudo eh, así que me encantaría saber qué opinas.
—¿En serio? A ver…—murmuró Legoshi y dio un mordisco a la mitad del rollo—. Mm. Está rico —dijo el lobo con la boca llena.
—Je, eres un bocazas. Intentaré hacer uno más grande la próxima vez.
— No, está bien. No te pases de la raya —murmuró Legoshi mientras seguía masticando.
—Dicen por ahí que es mejor comer y callar —el conejo dijo con severidad.
—Pewrdón.
—¡Y dale con lo mismo! No tienes remedio Legoshi —se rió Haru.
—¡Hm, hm! —gimió Legoshi mientras se tragaba el rollo y bajó las orejas.
—A veces eres muy gracioso —Haru levantó la mano y acarició la cabeza de Legoshi. Se dio cuenta de que empezó a mover la cola en ese momento—. Los lobos no son buenos para ocultar sus emociones ¿O sólo eres tú?
—Todos somos así —contestó tranquilamente Legoshi, tomando el bocadillo de verduras en la mano. Se lo tendió a Haru—. Aquí tienes.
—En serio pensaste en todo. Te lo agradezco —Haru se sirvió el bocadillo.
Por alguna razón, Legoshi recordó la primera vez que habían comido juntos. En aquel entonces apenas se conocían y no confiaban el uno en el otro. Ahora estaban increíblemente unidos y hasta parecían conocerse de toda la vida. Mientras Legoshi pensaba en ello sintió algo en su boca.
—¿Hm?
—¡Para que no te arrugues! —rió Haru llevándose un arándano a la boca también—. Son anti oxidantes y conseguí los más frescos y jugosos.
—Mm ya veo...—balbuceo Legoshi mientras masticaba.
—Sabes Legoshi, realmente me gusta este lugar. Solía venir mucho aquí cuando estaba de mal humor. Este lugar me ayudó a relajarme y a olvidar mis problemas —Haru miró al lobo a los ojos—. Esta es la primera vez que vengo aquí sólo para pasar tiempo con alguien. Y no con cualquiera, sino contigo. Eso es lo más espléndido de todo.
—¿Lo es?
—¡Por supuesto!
«¿Ya confía tanto en mí? Trayéndome a su pedacito de paraíso…» la mirada de Legoshi recorrió el entorno «Realmente es, un pequeño paraíso. Creo que este lugar encarna plenamente la esencia de Haru»
—Vuelve, vuelve, vuelve —espetó Haru con un ligero deje de fastidio.
—Creo que, tengo que dejar de hacer eso —Legoshi se rascó la mejilla avergonzado—. Me alegro que hayamos venido juntos y pasáramos este rato a solas.
—Me alegro que pensemos igual —Haru abrazó al lobo. Legoshi sonrió con dulzura y envolvió también a la conejita. Se sentaron juntos. En silencio y en paz.
—Legoshi... verás…—el lobo la escuchó con atención—. Me gustaría poder salir contigo más a menudo. Y estar cerca de ti. He tenido miedo de decirte esto durante mucho tiempo, pero creo que es lo que realmente quiero —silencio de nuevo.
—Pues… a mi también me gustaría mucho —Haru devolvió la sonrisa ante esas palabras. No hacía falta nada más. La sonrisa de Legoshi lo decía todo.
Empezaba a oscurecer. Ya se escuchaban las cigarras. El crepúsculo estaba descendiendo. Anochecía, lo que significaba que era hora de volver.
—Creo que deberíamos irnos ya ¿O tu que opinas, Haru? —pero no hubo respuesta. Legoshi tomo a la coneja de la barbilla y viró su pequeño rostro hacia él con suavidad. Sonrió. Haru se quedó dormida.
—Debes estar agotada por cargar esa cesta durante tanto tiempo. Pero no te preocupes. Siempre te cuidaré y estaré ahí para ti.
Legoshi levantó a Haru de su regazo y la tomó en sus brazos. Realmente era muy pequeña comparada con él. Legoshi trató de caminar lo más suavemente posible para no despertar a Haru. Y así terminó ese maravilloso día, que ambos recordarían durante mucho tiempo.
Todo cuento de hadas debe llegar a su fin. Y este cuento «el del lobo y el conejo» también tenía que terminar.
Legoshi pasó desapercibido hacia los dormitorios con éxito. Ya era tarde y la mayoría de los animales preferían estar en sus habitaciones. Al principio Legoshi quiso llevar a Haru a su dormitorio, pero anticipó la reacción que tendrían los otros herbívoros si vieran a un lobo en su ala. Especialmente a esas horas. Así que la idea fue rápidamente descartada por el lobo gris. Los clubes ya estaban cerrados, lo que significaba que llevar a Haru al mismo cuarto-almacén del Club de Jardinería donde habían hablado una vez, tampoco era una opción. Sólo quedaba una cosa por hacer. La llevaría a su habitación. A lo mejor no era tan buena idea, pero por desgracia en las presentes circunstancias era prácticamente la única.
Legoshi tiró lentamente del pomo de la puerta de la habitación de los sabuesos. La cara de lobo asomó por la puerta. La mitad de la sala estaba vacía. Ahora que recordaba, uno de sus compañeros había decidido visitar a sus vecinos en honor al fin de semana, otro ya había dicho antes que le gustaría pasar el fin de semana en la ciudad, y sólo unos pocos se quedaron en Cherryton. A decir verdad, el único que se fijó en Legoshi y se quedó levantado fue Jack.
—¡Oh hola, Legoshi! Hoy has estado fuera todo el día —el perro saludó al lobo.
—Sí, ehm... Hola, Jack. —Legoshi respondió y forzó una sonrisa tonta.
—¿Eh? ¿Qué traes ahí? ¿A poco es un conejo? —Jack miró desconcertado la bolita blanca que estaba en los brazos de Legoshi.
—Sí, es Haru. Un conejo enano. Se queda con nosotros esta noche.
—Tal vez deberíamos llevarla a la sala de roedores... ¿O dónde vive? —sin saber qué hacer, Jack preguntó.
—No, olvídalo. Piensa en la recepción que tendríamos en el ala de los herbívoros —respondió relajado el lobo gris mientras se dirigía a su litera.
—Ah, si es cierto —Jack se frotó la nuca—. Bueno, está bien. Que se quede.
—Gracias por tu comprensión, amigo —Legoshi sabía que podía contar con Jack. Después de todo eran los mejores amigos.
Legoshi reajustó la ropa de cama y enderezó la almohada. Dejó suavemente a Haru en el colchón. El lobo temío hasta el último momento despertar a la conejita, pero Haru parecía imperturbable. Siguió moqueando y soñando. Legoshi suspiró aliviado y miró por la ventana. La luna resplandecía en el manto nocturno. Legoshi sonrió admirándola. Y llegó a la conclusión de que ese día era como si su relación con Haru hubiera pasado a un nuevo nivel. Habían superado sus miedos y las cosas iban a mejorar a partir de ahora.
«Seguir adelante sin mirar atrás» Legoshi determinó para sus adentros y movió ligeramente la cola. «Haru... te prometo que nunca te dejaré. Estaré a tu lado y nos cuidaremos mutuamente.»
Con esos pensamientos, Legoshi decidió irse a la cama. Era exactamente como quería terminar el día. Se cambió rápidamente de ropa y se acostó junto a la coneja. La rodeó con un brazo y la acercó a él. Aunque parecía que ella misma quería acurrucarse con él mientras dormía. Legoshi lo notó por su sonrisa cuando la atrajo hacia su pecho. Haru sonrió en sueños al sentirlo cerca. Ahora estaban más cerca el uno del otro.
«Supongo que vale la pena vivir momentos como éste»
Con esa certeza Legoshi se durmió, abrazando a quién que más quiere en el mundo.
Ahora era verdaderamente feliz.
