CAPÍTULO VIII
Uraume, con las cejas contraídas a causa de la preocupación y la rabia por la amenaza, tragó saliva. Se hallaba a pocos pasos de dar la vuelta en la esquina del edificio tras el que Sukuna indicó que fuera a su encuentro.
Volteó hacia atrás una vez más, asegurándose de que ni sus amigas, ni ninguna otra persona la hubiera seguido. Tomó una bocanada de aire y relajó el entrecejo, retomando la expresión serena y desinteresada que le caracterizaba.
—Tienes muchas agallas al estar aquí parada haciéndome perder el tiempo.
No había terminado de avanzar, cuando escuchó aquellas palabras ser pronunciadas con una extraña y peligrosa calma. Giró el rostro y el breve contacto que sus ojos hicieron con la mirada de bestia indómita al acecho que expresaba Sukuna, le bastó para retroceder un paso y llevar los brazos a una posición defensiva.
Sin embargo, quien ejecutó con mayor rapidez los movimientos fue Sukuna. Tomó a la chica de la muñeca, un poco más arriba; sin contenerse en absoluto, usándose como eje y aprovechando la diferencia en peso, la llevó de un lado al otro, azotándola de frente contra la pared. No reparó en asegurarle ambos brazos con firmeza tras la espalda, ni en presionar su cuerpo contra el muro para limitar su respiración.
—¿Qué hacías allí el sábado?
—No sé de qué me hab… —respondió, un poco aturdida por el golpe, aunque cortó sus palabras a causa del dolor que se incrementó de golpe en los brazos.
—¿Acaso crees que soy idiota? —susurró cerca del oído—. Eres la tipa que peleaba con las nudilleras, ¿no es así?
«¿Me reconoció?» pensó, al tiempo en que intentaba recomponerse. Tenía el corazón acelerado, le costaba hablar por la presión a la que se sometía, sin mencionar la dificultad para respirar.
—S… Suéltame —agregó con ahogo.
—O si no, ¿qué?
—Gritaré. —Lo retó con la mirada o eso hubiera percibido el otro si pudiera verle la cara.
—Ow, qué linda —canturreó con ironía. Aún tras la espalda, juntó ambas manos de la chica para poder apresarlas con una sola de las suyas y con la que quedó libre le cubrió la boca, inclusive parte de la nariz—. Vamos, grita. Quiero escucharte. —la provocó, soltando un bufido a modo de risa al final de la oración.
Sukuna se encontraba de pie con las manos en los bolsillos, alejado un par de pasos de Uraume. Ella se hallaba de rodillas en el suelo, con mala cara y recuperando el aliento.
Cuando la sostenía contra la pared, en algún punto, Sukuna dejó de percibir resistencia y al soltarla, la vio caer al suelo. No tardó en concluir que la privó de oxígeno por accidente, por suerte, el desmayo que sufrió fue corto, de lo contrario estaría en graves problemas. No obstante, aún tenía que hablar con ella, así que no la podía dejar ir. Razón por la cual bloqueaba uno de los caminos. Uraume podía salir corriendo por el otro, sí, pero por la distancia que tendría que recorrer, en las condiciones en las que se encontraba, Sukuna la atraparía en cuestión de segundos, así que esa no era la opción más inteligente.
—¿Y bien? —preguntó Sukuna.
Uraume se puso en pie con cuidado, sin mirarlo ni responder. Quería golpearlo, por lo que era más importante suprimir todos los impulsos que le decían que fuera de frente a darle un puñetazo, pues su imaginación era capaz de anteponerse al resultado.
—Podemos hacerlo por las malas, si quieres. Estabas más habladora antes.
—¿Y bien qué?
—¿Qué hacías allí el sábado?
—Lo mismo que tú —respondió con un deje de antipatía en la voz—. Por dinero.
Esa fue la promesa. Le pagarían por ganar una pelea. Jamás se imaginó toparse con Sukuna y el otro hombre. Aunque lo que más le llamó la atención fueron los tatuajes de su compañero. Ahora entendía porqué usaba la licra deportiva bajo el uniforme.
—¿Cuántas personas lo saben?
—Ninguna.
—Hmmm. —Levantó una ceja, incrédulo, y se acercó con lentitud. Así tuviera que jugar con las palabras, necesitaba sacarle cuanta información le fuera posible—. ¿Por qué será que no te creo?
Uraume chasqueó la lengua y cerró los dedos para formar un par de puños, mas se mantuvo quieta.
—Escucha —llevó una mano al pecho—, tengo mis motivos y no eres el único capaz de razonar los problemas en los que me metería si mis padres, o en la escuela, se enteraran de que participé en una pelea yakuza.
—Ah, mira —habló con sorna—. Sí tienes unas cuantas neuronas funcionando.
—Así que quería pedirte un favor —continuó, aunque le costó ignorar lo que el otro dijo, por lo que mordió con suavidad el interior de una de sus mejillas para controlarse.
—Aunque no te quedan muchas, por lo que escucho… —soltó un quejido de cansancio y dio media vuelta. Ahora sabía que esa niña no iba a abrir la boca, así que ya no tenía nada más que hacer allí—. No.
—¡Ni siquiera has escuchado mi petición!
—No me interesa.
Pese a todo lo ocurrido, Uraume se tragó su orgullo y corrió hacia donde Sukuna, tomándolo del brazo para frenar su avance. Bien que mal, esa era su oportunidad de oro.
—Enséñame a pelear. —Si estaban en el mismo barco, aunque doliera, él era la única persona a quien podía recurrir.
—¿Hah? —Se zafó del agarre con un fuerte tirón—. Olvídalo.
—¡Por favor! —Esta vez, se lanzó hacia el torso del muchacho, por la espalda, y lo rodeó con fuerza.
—Ya te dije que no. —Le tomó ambas muñecas y comenzó a separarlas para romper el abrazo.
Como último recurso, Uraume no dudó en saltarle encima. Se aferró al torso con las piernas y, aunque el siguiente movimiento de elección hubiera sido aplicar una llave sobre el cuello con los brazos, optó por rodearlo; después de todo, no buscaba dejarlo inconsciente.
—¡Maldita mocosa terca!
—¡No pienso dejarte ir hasta obtener un «sí» por respuesta!
—Entonces vamos a divertirnos mucho. —De inmediato, Sukuna se dejó caer al suelo, una acción algo clásica en la lucha libre.
Un chillido escapó de los labios de Uraume, mas se obligó a cerrar la boca de inmediato y apretó aún más los brazos y las piernas. A los pocos segundos le lagrimearon los ojos porque su nariz impactó con la cabeza del chico y la sangre no tardó en brotar. Sin embargo, estaba decidida y mínimo tendría que dejarla inconsciente de nuevo, de lo contrario no lo soltaría.
Luego de varios minutos, en los que Uraume se sintió como montando a una bestia salvaje, Sukuna se resignó, no porque no tuviera métodos para sacársela de encima sino porque, en primer lugar, tenía muy sucio el uniforme y, en segundo, no tardaría en salir a buscarlo alguien del club de básquetbol. Además, Yūji y Nanami le advirtieron sobre las consecuencias de meterse en otra pelea, por lo que no podía dejar demasiado malherida a la chiquilla.
—Lleguemos a un acuerdo.
Producto de la emoción, Uraume por poco y suelta a Sukuna, mas se afianzó con cada fibra de su cuerpo. Quizá la estaba engañando.
—¿Qué acuerdo?
—Bájate y hablamos.
Accedió a hacerlo de manera paulatina y apenas Sukuna dejó de sentirla encima, dio media vuelta. Era un hombre de palabra. Además, ¿qué la volvía tan desesperada como para llegar a esos extremos?
—Antes que nada —habló Sukuna, sobándose el cuello, porque la desgraciada llegó a morderlo en protesta cuando la lastimaba demasiado—, lindo tatuaje —puntualizó, con una sonrisa maliciosa.
Con eso, Uraume se percató de que tenía el pecho descubierto, pues el único grabado que tenía en la piel se encontraba unos milímetros arriba de la línea de los senos. Fue fácil asumir que, por la riña y el ajetreo, la camisa se hubiera jalado tanto como para que se zafaran algunos botones de sus respectivos ojales.
El rubor se intensificó hasta las orejas al descubrir que incluso su sostén era visible y no demoró ni un segundo para girar sobre sus talones y acomodarse la ropa. Después, encaró a Sukuna como si nada hubiera pasado.
—Entonces —se aclaró la garganta—, respecto al…
—Déjalo —interrumpió Sukuna.
—¿Ah?
—Deberías dejar las peleas. No es lo tuyo. Además, no podrías aprender nada de mí —explicó—. Nuestros estilos son diferentes. Yo puedo usar todo el cuerpo para ir de frente y tú eres como una boa constrictor albina en miniatura.
No le prestó demasiada atención aquella vez, aunque gracias a una vista rápida descubrió que la mayor parte de sus «ataques» consistían en llaves y derribos por asfixia. Supuso que las manoplas las llevó para defenderse en un caso extremo, por suerte, el otro chico que estaba con ellos le cubrió la espalda todo el tiempo. Fueron un buen complemento. Ella era flexible y molestamente resistente, pero le faltaba músculo.
—Si no supiera de lo que carezco, no te estaría pidiendo esto.
—Hm. —Se llevó una mano al mentón. El único punto a favor de la chica era que tenía algo de cerebro y pensaba rápido—. Muy bien. Supongamos —hizo comillas con los dedos—, que acepto enseñarte. ¿Qué gano yo con eso?
Uraume puso cara de interrogante. No creyó ser capaz llegar tan lejos así de rápido, por lo que no se preparó hasta ese punto.
—No esperarás que pierda mi tiempo por nada, ¿Verdad? E imagino que no tienes dinero de sobra.
Lo que Sukuna decía no era del todo cierto. Sí que se metió en aquella pelea por la remuneración económica, pero también era porque, en los últimos días, ciertos delincuentes frecuentaban los alrededores del restaurante que tenían sus padres y, al estar en una zona donde la seguridad no era muy buena, no le quedó de otra más que colarse sin que nadie más se diera cuenta.
—Puedo… —Era una opción estúpida, mas nada perdía con intentar—, prepararte comida.
«¡Mierda!» dijo Sukuna para sus adentros. ¡Su maldito punto débil! Por suerte, era hábil ocultando cualquier emoción súbita de su rostro.
—¿Qué tipo de comida?
—Mis padres tienen un restaurante de ramen (es muy popular donde vivimos) —explicó—, y les he ayudado desde niña en la cocina, así que sé prepararlo muy bien. Igual puedo cocinar muchas otras cosas y también preparo mi propio almuerzo.
Sukuna hizo memoria, es cierto que fue a amenazarla justo cuando comía, aunque no recordaba con exactitud el aspecto de su bentō.
—Haremos una cosa —indicó, luego de valorar los pros y los contras—, tú me preparas algo mañana y dependiendo del sabor, voy a decidir qué hacer contigo.
—¡Entendido!
—No creas que como cualquier basura. —No iba a presumir, pero Yūji tenía buen sazón, quizás estaba muy acostumbrado a él y al abuelo; no obstante, hace poco se volvió fan indiscutible de la cocina de Nanami, así que eso descartaba el favoritismo; no por eso era menos exigente.
—¿Hay algo que no te guste comer?
—Nada en especial.
—¿Qué tal el picante?
—Lo tolero bien.
Tal vez era su imaginación, pero la veía muy confiada al respecto.
—Más te vale que cumplas tu palabra.
Justo como el día anterior, un montón de ojos se posaron sobre Sukuna durante el receso, esta vez, porque la chica albina de la clase se sentó a su lado, colocando una caja de almuerzo justo sobre la mesita.
—Adelante —pronunció con toda seriedad posible, aguardando por el veredicto.
Para ser honestos, a Sukuna no le impresionó visualmente el contenido; no era simple, tampoco ostentoso. Sin embargo, el primer bocado, el primer maldito bocado le bastó para saber lo bueno que era y eso que aún no lo terminaba de masticar.
La insistente mirada de Uraume no lo dejaba degustar en paz, por lo que una venita de molestia no tardó en hacerse notar en su sien.
—¿Qué? —cuestionó, apenas tragó lo que mantenía en la boca—. ¿Quieres que te halague?
Ella no respondió. Tenían un trato y esperaba que se cumpliera.
Sukuna le miró las manos. No exhibían ni un solo corte o quemadura sobre la piel, por lo que no mintió sobre ser capaz de cocinar por ella misma.
Sacó el celular del bolsillo, lo desbloqueó y se lo puso al frente.
—Guarda tu número y te llamo por la noche. —No hacía falta aclarar que, por la bola de metiches que los rodeaban a una distancia prudente, no podía comentar cómo se iban a arreglar.
Uraume hizo lo que le solicitó antes de levantarse e ir en busca de sus amigas, quienes se adelantaron a comprar algo a la cafetería.
—Puedes dejar la caja en mi lugar cuando termines.
—Ok.
Luego de que ella se retirara del aula, Sukuna percibió otra insistente miradita molesta, que lo obligó a girar el rostro hacia la izquierda.
Yūji miró en dirección a su hermano hasta encontrarse con esos ojos que le dedicaban un muy cordial «Y tú, ¿qué chingados quieres?».
—Personalmente —enunció, colocando sólo las yemas de los dedos sobre su pecho, en un extraño ademán que imitaba a un hombre elegante—, me siento traicionado.
No lo decía porque su gemelo comiera algo preparado por otra persona, sino porque tenía una probable novia de la que no le había mencionado palabra alguna.
Sukuna se limitó a levantar una mano y mostrarle el dedo medio con todo el cariño fraternal que poseía. Luego de eso, cada quien regresó a su asunto.
