CAPÍTULO IX

Por la mañana, como cualquier otro fin de semana, los gemelos Itadori salieron a hacer algunas compras y una vez en casa, como era costumbre, Yūji aprovechó para preguntar con qué idea estrafalaria lo sorprendería su hermano.

—Hey, Sukuna, ¿qué harás de comer hoy?

—¿Hm? ¿Acaso no irás a casa de tu amigo el emo?

—Bueno, sí, pero —terminó de guardar algunas cosas en el refrigerador y se sentó sobre la mesa—, sería una pena regresar y encontrar un incendio.

Sukuna le devolvió una mirada de pocos amigos y muchas ganas de golpearlo, por lo que Yūji movió las manos en todas direcciones frente a él, como si quisiera frenar un golpe imprevisto.

—E-Es decir, pensé que podría ayudarte con algo. Fushiguro apenas viene en camino (mandó un mensaje), así que tengo tiempo.

Sukuna rodó los ojos antes de responder.

—Descuida, lo tengo todo bajo control.

En eso, sonó el timbre de la entrada.

«¿Tan rápido?» Yūji bajó de la mesa y fue a abrir.

—Sí que corres rápido, Fushiguro —soltó sin pensar, por lo que se llevó tremenda sorpresa al bajar la mirada y toparse con la chica sobre la que tantos rumores se levantaron durante la semana—. Ah, hola, ¿este…?

—Uraume —aclaró, apenas inclinando la cabeza a modo de saludo.

—Uraume —repitió.

Sukuna tomó a su hermano por la gorra de la sudadera y tiró hacia atrás.

—Quítate de ahí.

—¡Gah!

—Pasa —indicó con un movimiento de cabeza, luego de despejar el camino.

—¡¿Cuántas veces tengo que decirte que no hagas eso?! —riñó, a la par en que se agarraba el cuello.

Entonces miró a la chica, luego a su hermano y ninguno de los dos necesitó escuchar su voz para saber cuántas preguntas se arremolinaban detrás del espacio que abarcaba su frente.

Sukuna se pasó una mano por el cabello y siguió hasta la nuca. Era una molestia tener que dar explicaciones.

—¿Recuerdas cuando te dije que había tomado un subordinado?

Yūji asintió repetidas veces y quizá ese movimiento fue lo que acomodó, de pura suerte, los hechos.

—¡Un momento! ¿Acaso ella…?

—Sí.

—¿Qué de todo esto...? —se colocó a un lado de Uraume y llevó ambas manos a la altura de los hombros de la chica, sin tocarla—, ¿...es un subordinado y no una subordinada?

«¿Esto?» Uraume puso los ojos en blanco. ¿Acaso la trataba como una cosa?

—Si, bueno —Sukuna encogió los hombros—, detalles más, detalles menos.

—¡Es un detalle importante!

Uraume se aclaró la garganta y gracias a ello fue que Yūji dejó de invadir su espacio personal. Se sobresaltaba un poco cuando la gente se lo hacía notar. Quizá pasaba demasiado tiempo con Gojō-sensei, porque ese tipo de actitudes comenzaban a parecer normales para él, hasta que otros le indicaban que se hallaba demasiado cerca.

—En fin, ahora que lo sabes, más te vale no esparcir rumores idiotas.

—¡¿No crees que ya es muy tarde para eso?! —Prácticamente toda la escuela sabía que Uraume y su hermano estaban saliendo.

Uraume no desmintió nada por órdenes de Sukuna y el susodicho tenía la reputación necesaria como para que nadie se atreviera a preguntar sobre su vida privada o alguna otra cosa en particular.

—Como sea, ahora tenemos chef para los fines de semana. —Recargó un brazo sobre la cabeza de Uraume, quien parecía no incomodarse por ello, y levantó el pulgar a juego de una sonrisa orgullosa.

Ese había sido su acuerdo. Ella le prepararía el almuerzo tres veces por semana, además, cocinaría para los hermanos los sábados, dicha labor correspondía a Sukuna, quien sólo se preocuparía por darle el dinero necesario o, en su defecto, comprar los ingredientes.

Yūji tomó a la chica de los hombros y la alejó de él. Le pasó una mano por la espalda y bajó casi a la altura de su rostro, haciendo una mímica como quien está por contar un secreto.

—Oye, si este tipo te está molestando, sólo dímelo. Soy lo bastante fuerte para mantenerlo a raya.

—No me está molestando —respondió, algo irritada—. Tú sí.

—¿Eh? —Parpadeó un par de veces y se apartó por acto reflejo.

Aparte de que Uraume lucía enfadada, por lo general, las cosas sucedían a la inversa. Él tenía que rescatar a las desdichadas presas que caían en las garras de Sukuna.

—¿Trajiste lo que te indiqué? —preguntó Sukuna.

—Sí. —Uraume puso frente a sí una bolsa muy mona y, pese a tener una cara seria, le brillaban los ojos con una genuina emoción.

Yūji no sabía por qué, pero su gemelo solía ser muy popular con las mujeres, así que no era la primera vez que se percataba de como éstas suspiraban y lo miraban como si se tratase de alguien inalcanzable; sin embargo, allí estaba Uraume, quien tenía en la cara respeto y admiración, una expresión decidida, muy alejada del interés romántico.

Era tan, pero tan extraño, que alguien pudiera acercarse así a Sukuna e intercambiar más de dos palabras sin ser golpeado, que Yūji no dudaba de haber sido intoxicado por alguna de las extrañas comidas de su hermano durante el desayuno, siendo algún tipo de alucinación lo que acontecía frente a sí.

En ese instante fue que se percató de que los tatuajes de Sukuna eran visibles y Uraume no daba mayor importancia a ello, así que asumió que no era la primera vez que se los mostraba.

«¿Desde cuándo son tan cercanos? Más bien, ¿cómo? ¿Por qué?». Yūji llevó las manos a las mejillas para despejar la mente. Sukuna era capaz de tener amigos, sin duda alguna; no obstante, de todas las personas posibles, era de lo más antinatural que se tratara de una chica. Lo normal habría sido que llevara un oso salvaje a la casa, un gorila u otra bestia similar. Algo de su calibre.

Sukuna avanzó por el pasillo con Uraume siguiéndole el paso y señaló algunas puertas en el camino.

—La habitación de mi hermano, la mía, el baño... —Se detuvo en este último y empujó a la chica dentro—. Cámbiate y te espero en la sala de entrenamiento.

Cerró la puerta, olvidando explicar dónde se hallaba dicho cuarto. Uraume llevaba «lo que sea que le permitiera moverse con libertad», pues eso le pidió Sukuna. Así que no perdió más tiempo y comenzó a desnudarse para cambiarse la ropa.

Por segunda ocasión en el día, sonó el timbre de la casa. Eso sacó a Yūji de su trance, quien no demoró nada en abrir.

—Oh, Fushiguro.

—¿Listo?

—Sí, dame un momento. Dejé mi mochila en la habitación.

Fushiguro asintió y esperó en su lugar. Cerca de donde vivía Yūji habían abierto una pastelería, Gojō quería ir, pero se encontraba haciendo drama porque se le juntó el trabajo, así que no tuvo más opción que salir a comprarle algunas rebanadas. Era eso o soportar su escándalo de victimista procrastinador.

Como desde la semana anterior quedó con Yūji el pasar viendo películas y jugando videojuegos, aprovechó la ida para recogerlo en su casa y que lo acompañara de regreso.

El susodicho salió de la habitación con la mochila del diario, que además contenía un cambio de ropa, la pijama y el uniforme; hecho bolita, todo cupo muy bien. Al instante, así como él, Uraume salió del baño usando un top deportivo y unos leggins que llegaban a la rodilla. Algo que no pasó desapercibido para Yūji, en especial por el lugar que lo exhibía, fue el pequeño tatuaje que tenía por encima de los...

—Este… —aprovecharía que tenía de frente al hermano para preguntar por la habitación sobre la que habló Sukuna, en lugar de revisar toda la casa hasta dar con ella—. ¿Dónde se encuentra el cuarto de…?

—Sigues derecho por este pasillo —interrumpió, sabiendo de antemano lo que iba a decir—, das vuelta a la derecha hasta salir al jardín interior y es la segunda puerta a la derecha.

Agradeció con un gesto sutil y siguió las indicaciones.

Cuando Yūji salió de casa, Fushiguro no dudó en darle un buen golpe en la cabeza.

—¡Ah! ¡¿Y eso por qué fue?! —se quejó, sobándose el área afectada, aunque no le había dado con la fuerza necesaria como para ocasionar un daño real.

—Por ver con tanto descaro los pechos de la novia de tu hermano (pervertido) —habló con un tono reprobatorio.

—¿Hah? ¡No soy un pervertido! —Estaba viendo el tatuaje. Seguro que si le explicaba lo entendería—. Es que…

—Cállate. —Esta vez sólo le dio un zape. A falta de una autoridad que lo corrigiera, Fushiguro siempre estaría allí para tomar ese papel con violencia incluida—. No quiero escuchar las excusas de un pervertido.

—¡Que no lo soy! Además…

Fushiguro ya tenía la mano arriba. Si decía otra estupidez, no dudaría en dejarla caer.

—Uraume y él no son novios.

Fushiguro levantó una ceja. Como parte de su hobby, siguió el comportamiento de ambos durante la semana y estaba seguro de que eran pareja; del tipo discreto, al menos. Sus veredictos rara vez fallaban.

—No te creo.

—¡Pero es verdad! Ella hizo un pacto con el diablo sin saberlo.

De alguna manera, escuchar eso le causó gracia a Fushiguro, quien relajó sus facciones y dejó salir una risa lacónica.


Una vez en la casa, lo primero que vieron fue a un treintón albino tirado de cara a la mesa del comedor sobre una cantidad considerable de papeles.

Fushiguro suspiró con tedio y entregó a Yūji la caja de pastelería.

—Sostén esto.

—Claro.

Se encaminó hacia donde Gojō se encontraba y lo miró inflexible, con ambas manos sobre la cadera.

—Es muy temprano para estar haciendo el vago. Tómese en serio su trabajo, por favor.

«Fushiguro activó el modo: Mamá Enojada» pensó Yūji, intentando no soltar la carcajada.

—Megumi —alargó las vocales tanto como pudo, denotando el aburrimiento en el que se le ahogaba el alma—. ¡Trabajar es horrible! No te vuelvas adulto. Todo lo que te han dicho es una mentira. No es divertido; debes pagar impuestos y tratar con adolescentes molestos.

—Lidie con ello, ya es lo suficientemente mayor como para hacerlo. —Cruzó los brazos—. Y esta vez no planeo ayudarle a calificar si deja todo a última hora.

—¡Pero…! —Levantó el rostro de golpe, esperando que hacer ojos de cachorro le sirviera de algo.

—Además, le traje pastel —interrumpió y señaló en dirección a su compañero—. Que eso le sirva de consuelo.

Era plan con maña. Fushiguro sabía que Gojō era fácil de incentivar, convencer y sobornar con cosas dulces. Sin demora, este último se colocó los lentes oscuros que solía portar y se acercó a Yūji, a quien sostuvo por el mentón en cuanto lo tuvo al alcance.

—Muy bien. Lo tomo, pero me ofende muchísimo que no seas capaz de compadecerte de mi situación. —Acto seguido, abrió la boca, dispuesto a pegarle una mordida al chico en la mejilla.

—¡Itadori no es el…!

—Descuida, Fushiguro —respondió el nombrado, echando la cabeza hacia atrás e interponiendo la caja entre su cara y la de Gojō—. Tengo todo bajo control —indicó, levantando un pulgar con mucha seguridad.

«No actúes como si eso fuera normal» pensó Fushiguro, entrecerrando los ojos.

Ese par era un caso perdido.

Luego de que Gojō manifestara tremenda envidia de que los chicos fueran a divertirse todo el día, accedieron a dejarlo unirse en cuanto terminase los deberes. Después de todo, Yūji le tenía respeto y estima, como si se tratase de un hermano mayor más y Fushiguro también se entretenía a su lado cuando éste no intentaba acabar con su paciencia por todos los medios posibles, sin mencionar que para él también era como un hermano; Gojō a veces le jugaba bromas en las que se autoproclamaba su padre y, a ciencia cierta, le costaba saber qué tan en serio se tomaba ese papel, aunque no le preguntaría por salud mental y para ahorrarse la vergüenza del teatro que montaría frente a Yūji.

Motivado con obtener una distracción, Gojō finalizó su trabajo por la noche. Echó un vistazo a su dúo adolescente favorito para saber qué tan despiertos estaban y los encontró compartiendo una serie de críticas durante los créditos de la película. Fushiguro aseguró que la segunda parte era mucho mejor, por lo que no tardaron en ponerla y Gojō armó un bowl con botanas saladas en la cocina antes de colarse entre ellos.

—Ábranse —ordenó con descaro.

Los muchachos se separaron, haciendo espacio para su profesor, a sabiendas de que no repararía en sentarse sobre una pierna de cada uno si no lo hacían.

La sala contaba con una pantalla de cien pulgadas que Gojō adquirió porque quiso y pudo, además de tener al frente un sofá reclinable de cuatro plazas, así que era fácil adecuar el sitio como un mini cine.

Una vez acomodado, Gojō estiró los brazos hacia arriba en un intento por relajar su espalda y los dejó caer con suavidad por encima de los hombros ajenos. El único que reaccionó a eso fue Fushiguro, quien lo tomó por la muñeca y se deshizo del abrazo, pasándolo sobre la cabeza y colocándolo tan cerca de su dueño como le fuera posible.

—Qué arisco eres, Megumi.

—No hable —posó el índice sobre los labios antes de volver la vista al frente—, esa escena es importante.

Gojō chasqueó la lengua en respuesta y se giró hacia Itadori, quien lucía tan absorto en la pantalla, que rozaba la ridiculez. Después, continuó la plática con su hijo adoptivo.

—Este chico ni parpadea.

Fushiguro se inclinó para ver de reojo a Itadori.

—Le gusta mucho la televisión, bueno, el cine en general —corrigió, sin levantar demasiado la voz.

Por lo que sabía, también era bueno en el karaoke, Kugisaki y Toge eran los principales testigos de ello. Él no los acompañó aquella ocasión porque ya se veía presionado para cantar y ese no era su punto fuerte. Prefería ahorrarse la pena.

Tras varios minutos llenos de acción y drama, se terminaron las botanas, por lo que Gojō tomó el bowl y se lo pasó a Fushiguro.

—Te toca ir por más.

El nombrado se levantó resignado, en dirección a la cocina, y para Yūji eso pasó inadvertido en su totalidad, tanto que estiró la mano en busca de algo que llevarse a la boca y su mente lo golpeó con una brusca señal de alerta cuando sintió una cosa que él también tenía entre las piernas.

—Ay, Yūji —habló una voz entre coqueta, burlesca y juguetona—. Invítame una cena primero, ¿no?

—¡Go-Go-Gojō-sensei! —Saltó sobre su lugar, retirando la mano al instante—. ¡Lo siento mucho! ¡Yo, yo… Es que…!

Gojō frenó sus palabras con una carcajada.

—Fue un accidente, no le des mucha importancia —agregó con tranquilidad y cambió el tema para que el chico se quitara el shock de la cara—. Ojalá prestaras la misma atención en mis clases, porque sí que te desconectas del mundo a tu alrededor, pero te duermes.

—¡¿Lo notó?! —tartamudeó, apenado y aún alterado por lo de antes.

—Por favor, que te sientes casi al fondo no te vuelve invisible.

Un triste suspiro escapó de los labios de Yūji antes de contestar.

—Perdón. —Juntó las cejas en una visible señal de abatimiento—. Las ciencias me cuestan mucho trabajo.

—Entonces vas a tener que ponerte a estudiar muy duro. —Subió la mano con la que rodeaba al chico hacia esos suaves cabellos rosados, para despeinarlo con amabilidad, pues no lo decía como reclamo—. Los exámenes son dentro de algunas semanas y mi favoritismo no te va a ayudar en nada.

Yūji se quejó en voz baja y recargó la cabeza sobre el hombro opuesto.

—¿Ni siquiera con un acierto? —indagó, sin segundas intenciones.

—Ni uno solo. Puedes preguntarle a Megumi si no me crees.

Como si de una invocación se tratase, Fushiguro apareció en la sala y retomó su lugar, colocando el plato de botanas sobre las piernas de quien se encontraba en el medio.

El celular de Gojō vibró por un mensaje entrante. Tras divisar en la pantalla el nombre de Nanami, pasó el bowl a Yūji.

—Aquí —le susurró al oído, sin desaprovechar la oportunidad de incomodar un poquito más—. Para que no manosees a Megumi también.

Analizó como el chico se ruborizó en silencio antes de retirarse a su habitación, donde contestó el mensaje de su compañero de trabajo, en el que le recordaba terminar sus deberes como profesor. Por primera vez en toda su existencia, agradeció que ese hombre no hiciera otra cosa más que echarle en cara el trabajo a entregar. Porque allá abajo, imperceptible a la vista, gracias a la parcial oscuridad que inundaba la sala, una erección crecía bajo sus pantalones.

Al inicio creyó que platicaba con Yūji para tranquilizarlo por el incidente, pero era para distraerse a sí mismo de la forma en que su cuerpo le pedía más contacto a gritos.

«Tiene que ser una broma» interiorizó mientras estiraba el cuello de la playera, que se sentía más estrecho de lo habitual.

«¡Esto no tiene ningún sentido!» Jamás en la vida manifestó atracción por alguno de sus estudiantes. Que se tratara de una persona de su mismo sexo era lo de menos, ya que llegó a mantener relaciones tanto sentimentales como sexuales con varios en el transcurso de su vida.

No tenía una preferencia marcada por hombres o por mujeres y desde hacía mucho no buscaba nada serio ni duradero; sin embargo, sí había pasado demasiado desde la última vez que se acostó con alguien.

No se había llevado a nadie a la cama en lo que llevaba de ese ciclo escolar. Estaba muy enfrascado en sus asuntos y, quizá, la reacción de ahora era consecuencia directa de no tomarse un par de descansos, bien merecidos, para saciar ciertos apetitos.

«Sí, tiene que ser eso» se convenció a sí mismo.

En ese preciso instante no podía salir de la casa para buscar algo de diversión, en especial porque pasó un par de minutos frotando su entrepierna por debajo de la ropa.

Aún percibía el peso de Yūji sobre el hombro, el sonido de sus palabras alteradas y cargadas de vergüenza, el tenue aroma del shampoo que mantenía en su cabello, su tacto curioso y despistado… Se deslizó sobre la pared para terminar sentado en el suelo. Libró a su pene de la incómoda sensación de estar aprisionado y prosiguió a bombear firmemente con la mano ante la necesidad de eyacular cuanto antes.

Debía evitar pensar en su querido alumno; podía evocar con facilidad su voz y su temperatura, pero era capaz de mantener a raya el deseo de imaginarlo en alguna posición comprometedora. Por ningún motivo podía fantasear con él, eso… ¿Estaba mal?

La moralidad de Gojō era un abismo fúnebre y retorcido que divagaba en la más plausible ambigüedad. Por muchos años contó con un amigo que fue, a grosso modo, su voz de la razón; ahora estaba Nanami Kento, quien le describió en más de una ocasión cómo le partiría la columna, le sacaría los ojos y le arrancaría los testículos, si se atrevía a ponerle la mano encima a algún estudiante.

Si tomaba eso como base, buscar a Yūji para saciarse estaba mal, pero… De todas las personas, ¿por qué él? ¿Por qué justo ahora?

«¡Suficiente!». No tomaría una decisión con la cabeza equivocada, lo mejor era dejar de pensar. Al día siguiente, después de follar hasta sentirse satisfecho, decidiría cómo proseguir.