CAPÍTULO X
—Eso suena a que estás enamorado, Satoru —dijo una voz melosa, femenina y algo chillona.
—Lo peor es que no es de ninguna de nosotras —respondió otra mujer, con la decepción puntualizando cada palabra.
—¿Eso creen? —cuestionó Gojō, ignorando por completo el estado de desnudez en el que se hallaba, así como el de las chicas que tenía recargadas en cada brazo.
—¡Por supuesto! —agregó un hombre joven que reposaba la cabeza sobre uno de sus muslos, muy cerca de la entrepierna—. ¿Qué otra razón habría para que, ni con todo lo que me esforcé, pudiera ponértela dura? —se quejó, haciendo círculos con el dedo sobre la línea de vello blanco que se trazaba bajo el ombligo de Gojō y descendía hasta la pelvis—. Hice todo lo que te gustaba y aun así…
—Oh, vamos, Yoh-chan, nosotras no tuvimos mejor suerte —lo consoló una de las mujeres, acariciándole el cabello al hablar.
«¿Enamorado? ¿Yo?» se cuestionó Gojō en lo más profundo de su retorcida cabeza, donde una versión en miniatura, casi caricaturesca, de sí mismo no dejaba de andar de un lado a otro, hurgando en el archivero de los recuerdos cuándo fue la última ocasión que experimentó ese raro padecimiento conocido de forma lépera y vulgar como: enamoramiento. Es más, ¿hubo una primera vez acaso?
Era extraño que su cuerpo no le respondiera. Bueno, sí lo hacía, al inicio, cuando recordó lo que Yūji le provocó la noche anterior se excitó demasiado y estaba deseoso por desahogar sus más bajas pasiones; no obstante, las ganas se esfumaron poco a poco cuando sus juguetes sexuales con forma y voz humanas comenzaron a despojarse de sus prendas junto con él.
El cuerpo de Yūji tenía una buena cantidad de músculo para alguien de su edad, sin llegar a ser grotesco o excesivo, era casi veinte centímetros más pequeño que él y su rostro era tan… complicado de describir. No le parecía apuesto, Megumi tenía mejores facciones si debía compararlos; no le parecía lindo, como Nobara, que era una chica guapa; le parecía lleno de vitalidad, alegría, soltura. Cada que veía reír a ese muchacho sentía un calor especial que nacía en el pecho e irrigaba al resto de su ser. Que en algún punto el sentimiento alcanzase su entrepierna y se encontrara seducido era un tema aparte, aunque no podía darse el lujo de hacer caso omiso. Era un hecho.
En definitiva, su alumno le encendía una lujuria efervescente como la espuma, que amenazaba con derramarse ante el menor descuido, y no hallaba relación entre eso y estar enamorado. Después de todo, se había acostado con mucha gente sin amarla, sólo para obtener placer.
—Pero, ¿saben algo? —dijo el joven—. Siento algo de envidia. ¿No tienen curiosidad por saber cómo es la persona que tiene así a Satoru?
Las mujeres se miraron entre ellas. Luego, al hombre entre ambas.
—¿Tienes fotos?
—¡Ay, sí! Muéstranos, muéstranos.
Dijeron entusiasmadas.
—Ni hablar —respondió Gojō, receloso de que criticaran la imagen de Yūji y que descubrieran que se trataba de uno de sus estudiantes.
Porque eso era.
Eso debía ser.
Su querido estudiante.
Gojō salió del burdel sin pena ni gloria, despidiéndose con un vago movimiento de mano de su trío favorito. No los consideraba amigos, mucho menos confidentes, tan sólo eran su primera opción para obtener un sexo divertido, sin compromisos y con uno que otro fetiche incluido. Lástima que debía pagar por el servicio, aunque era preferible a tener que someterse y mantenerse atado a una persona aburrida hasta que a la muerte se le ocurriera ponerse a trabajar y separarlos.
Al subir al auto, condujo hacia la principal sucursal de la cadena de joyerías que tenía a su nombre. Más que invertir la vida en ellas, debía mantenerlas bien administradas, pues se trataba de una herencia familiar que había recorrido quién-sabe-cuántas generaciones.
No sólo iba a cumplir con la visita mensual que demandaba el trabajo, también iba para poner orden a sus caóticas deducciones. Quizá parecía una excentricidad, pero las piedras preciosas, los objetos brillantes y la gelidez de los metales lograban devolver la paz a su mundo interior. Las frías y hermosas alhajas eran justo como él: codiciadas, complicadas de obtener para el grueso de la población, adictivas para quien podía darse el lujo; podían ser robadas, regaladas, inclusive adquiridas producto del egoísmo y la aflicción, pero jamás perderían su brillo. Opacas o no, siempre había forma de hacerlas relucir. Sólo una verdadera catástrofe sería capaz de destruirlas y la suya estaba muy lejos de llamarse: Itadori Yūji.
O eso pensaba, cegado por su altivez y su ego, que pese a no demostrarlos de modo tan abierto y descarado como en el pasado, conformaban los cimientos de su personalidad.
Después de llegar a la joyería y hablar con el personal, compartió la hora de la comida con su gerente general, Kiyotaka Ijichi, y tras unas horas inspeccionando los nuevos productos de exhibición, decidió volver a casa.
Tal era el silencio y la calma, que por un instante creyó que Yūji había regresado a su hogar y encontraría a Fushiguro leyendo en la sala o encerrado en su habitación. Nada más alejado de la realidad, pues no sólo Yūji se encontraba presente, también Nobara.
Él los dejaba solitos y ellos se multiplicaban por mitosis. Seguro que si tardaba más en el camino de regreso también habría encontrado a Maki, Toge y, quien sabe, un día hasta Sukuna aparecería en el comedor.
En cualquier caso, sacó el celular e hizo algunas fotos al trío de adolescentes, quienes descansaban sobre el sofá reclinable con los pies extendidos y las manos entrelazadas a la altura del abdomen como si se hallaran en un spa.
El cuadro que ofrecían era irrisorio, no sólo estaban acomodados por estaturas, cual barra de wifi, sino que tenían su propia mascarilla de hidrogel, de esas que cuentan con aberturas para ojos, nariz y boca, a juego de diademas para maquillaje (de Nobara) con orejas de gato, las cuales prevenían que el cabello se les fuera a la cara; la de Nobara era naranja; la de Fushiguro, negra; la de Yūji, rosa.
—¿De qué me perdí y por qué no estoy incluido? —habló en tono bromista.
—¡Oh! ¡Bienvenido a casa, Gojō-sensei! —exclamó Yūji, apretando los labios, pues Nobara los amenazó para no hablar ni gesticular lo que duraba el tratamiento.
—Enseño a este par de cavernícolas lo bien que se siente pertenecer a un mundo civilizado —comentó Nobara, satisfecha del resultado.
Gojō se cubrió la boca con una mano, sin ocultar el atrevimiento característico de la risa subsecuente.
—Nada más por curiosidad científica, ¿cómo consiguieron convencer a Megumi?
—Es relajante —respondió el susodicho, mirando al techo como si el paraíso se revelara ante sus ojos—. Itadori ha estado callado por más de veinte minutos seguidos. Es un milagro.
—¡Hey!
Nobara suprimió un grito mordiendo su labio inferior con sutileza y con una fuerza similar golpeó, sin saña y con la palma extendida, la pierna de quien tenía a la izquierda.
—¡No me hagan reír, maldición!
—¿Y por qué te desquitas conmigo? ¡Es Fushiguro! —Repitió tal cual las acciones de su amiga.
—Fue bueno mientras duró —entonó con la resignación de un caído.
Gojō dio unas palmaditas a la cabeza de su tutelado, por encima de las orejas de gato. Acto seguido, subió a su habitación para tomar un relajante baño, que le sentó de maravilla.
Pasada la media noche, se encaminó a la cocina por un bocadillo. Gojō no solía dormir demasiado, en promedio, cuatro horas por día eran suficientes; llevaba años con la rutina de acostarse entre las tres y las cuatro de la madrugada, despertar pasadas las seis y completar con una siesta de una o dos horas en la escuela mientras Fushiguro salía del club de básquetbol.
No le sorprendió demasiado ver a los muchachos hechos bolita al centro del sofá, por lo que regresó a su habitación por una cobija afelpada para echárselas encima, pues la noche comenzaba a ser fría. El televisor proveía la iluminación suficiente para no tropezar, mas exhibía las siguientes frases:
¿Todavía estás viendo "Sinister"?
[Continuar viendo]
[Salir]
«Con que les gustan las emociones fuertes, ¿eh?» pensó, pues antes de la película de terror los vio muy activos jugando Silent Hill.
Mientras los arropaba con cuidado de no despertar a nadie, analizó sus posturas. Yūji era el centro del cuadro; por un lado, Nobara, que tenía puesta la sudadera del chico, también se abrazaba de este y mostraba una expresión de no descansar entre sueños, de corazón, esperaba que no tuviera pesadillas. Fushiguro tenía la cabeza recargada en el hombro ajeno y con una mano sostenía el borde de la manga corta de Yūji. Conocía bien ese gesto. Él no solía asustarse con facilidad, pero cuando ocurría, se mantenía rígido y en mutismo, sólo abría de más los ojos o tomaba entre los dedos una porción de ropa de quien lo acompañase, no demasiada porque le apenaba ser evidente.
En cambio, Yūji…
Yūji.
Yūji.
Ese rostro tan sereno y plácido le inquietaba cuanto más lo mirase.
Con un botón, reclinó el respaldo del sillón para que descansaran en una mejor posición. Inclinó su cuerpo hacia el que se encontraba en el medio e incluso subió una rodilla para acomodarse encima. Se quitó los lentes y los enganchó en el cuello de la playera. Quería verlo con tanta nitidez como fuera posible.
Yūji tenía la boca entreabierta, no mucho y aunque acercó el rostro al de éste, fueron las yemas de los dedos las primeras en llegar a la piel de su mejilla. Debía agradecer a Nobara por dar un tratamiento a ese rostro que ahora era tan suave y ni cómo describir la calidez, era exquisita.
Separó los labios unos milímetros y se acercó a los del muchacho, tomando unos segundos para deleitarse con la mezcla de sus alientos y lo descompasada que era su propia respiración con la de alguien dormido; no obstante, abrió los ojos de golpe, tensó la mandíbula y con un movimiento ágil y preciso, desvió el rostro cuarenta y cinco grados.
Fushiguro sufrió un microinfarto al toparse con unos ojos azules, profundos y amenazantes, que veían todo y a la vez nada. Pocas ocasiones se cruzó con esa nociva mirada que le producía un desagrado inenarrable, como si su vida corriera peligro. Sumado al material audiovisual más fresco en su memoria, el brusco movimiento de Gojō vino con sonido incluido, cortesía de su imaginación.
—¿Qué hace? —cuestionó en un susurro, al borde de sonar temeroso, luego de considerar la cercanía que el otro tenía con su compañero.
—¿Qué no es obvio? —Soltó a Yūji y acomodó la cobija sobre el cuerpo, sin levantar la vista de Fushiguro—. Evito que pesquen un resfriado.
Gojō no era consciente de ello, pero la media sonrisa casi enfermiza que deformó sus facciones, a juego de la retorcida mirada, serían la causa de que Fushiguro alcanzara un descanso tétrico.
Por temor, tal vez por sueño, no preguntó nada más. Se limitó a ver como Gojō apagaba el televisor. Por el sonido de los pasos, seguro fue a la cocina y cuando a sus oídos no llegó ni un sólo estímulo, subió bien los pies para que quedaran cubiertos bajo la manta. No se separó de Yūji para evitar que el movimiento le hiciera abrir los ojos, aunque si no reaccionó con Gojō encima de él, era poco probable que… ¡Momento! ¿En verdad eso no lo había despertado?
—Itadori —habló en voz baja.
Dio unos tironcitos a la ropa que sostenía y repitió.
—Itadori.
Al no recibir respuesta y escuchar una especie de quejido de Nobara, asumió que su amigo sí estaba en el quinto sueño.
Fushiguro despertó en cuanto sintió la cobija sobre su cuerpo y el reclinado del respaldo, mas no abrió los ojos hasta que percibió peso adicional a su costado.
Aunque no era a él a quien sostenían, una punzada de horror le atravesó el estómago como si le hubieran clavado una estaca, al distinguir a Itadori en una posición vulnerable mientras Gojō… mientras él…
«¡¿Qué demonios estaba haciendo Gojō-sensei?!» Se negó a pensar en el peor de los escenarios, en especial porque él y Nobara estaban allí, pero en verdad no entendía lo que acababa de ocurrir.
El corazón le iba a mil por hora, incluso sudó en frío por breves instantes. Lo peor es que no sabía si estaba así por lo que acababa de presenciar, por Itadori, o si su jodido subconsciente reactivo al terror relacionó la escena con un recuerdo borroso que se negaba a evocar.
«¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!» repetía Gojō una y otra vez, al tiempo en que metía en su boca unas galletas de chocolate con una mezcla entre la rabia y la desesperación.
Él era un adulto más o menos centrado y más o menos ético. Conocía sus límites y gozaba de un perfecto autocontrol; eso hablando de su versión humana porque contaba con un impulso animal que le desconectaba el cerebro y lo hacía actuar como una bestia en su máximo esplendor.
«¡¿En qué momento pasó?!» Eso no ocurría desde sus dieciséi… diecisiet… ¡La adolescencia!
Y lo más importante de todo:
«¿Cuánto vio Megumi?» Por un instante olvidó que su chiquillo tenía un sueño más ligero que el de un perro. Sin mencionar que también ignoró a Nobara.
Se supone que su curso de acción no era ese. El plan era pasar entre seis y ocho meses a lado de Yūji, y se comportaría como de costumbre sin hacer ninguna clase de movimiento sospechoso. ¿Por qué escogió ese margen de tiempo? Fácil. Según una investigación rápida en Google, eso era lo que duraba el enamoramiento como etapa pasional. Si después de esos meses aún se quería comer a Yūji, consideraría hablarlo con él porque la conclusión sería evidente: se habría enamorado por primera vez en la vida. Sin embargo, si al finalizar el lapso o mucho antes, dejaba de tener sentimientos por el chico, tan sólo habría sido un capricho fogoso y momentáneo.
Eso era todo.
¡Fin!
Que Megumi se atravesara como una variable más en la ecuación... complicaba todo.
Sus fosas nasales casi se aplastan en su totalidad por la fuerza con la que inhaló. Mantuvo el oxígeno en los pulmones unos instantes y exhaló por la boca.
Había tomado una decisión.
«Si pregunta, le diré que me gusta (tentativamente); si no lo hace, no soltaré ni una sola palabra». Un paso en falso y cavaría su propia tumba.
No le quedaba de otra más que seguir el plan original: permanecer cerca de Yūji el tiempo propuesto y rogar que no se repitiera nada como lo que ocurrió esa noche.
