CAPÍTULO XII

—Créeme —afirmó Nobara mientras limpiaba la pizarra—. Si de él dependiera, hace todo el trabajo y lo presenta individual.

Al ser la primera en sufrir el trabajar con Sukuna, habló con la voz de la experiencia.

—¿Entonces debería presentar yo solo la tarea? —cuestionó Fushiguro, pasando un paño húmedo sobre el escritorio.

—¡No, no, no, no! —respondió Yūji muy exaltado—. ¡Pedirías la muerte a gritos si con eso le arruinas el historial!

Ese día fue el turno de Nobara y Fushiguro para asear el salón antes de presentarse en sus respectivos clubes. Yūji se les pegó por solidaridad. No pretendía ayudarlos, sólo amenizar el ambiente.

—¿Qué historial? —preguntó Nobara—. Duerme en casi todas las clases, no presta atención y a cada rato lo sacan por eso. Va a reprobar.

Fushiguro no podía estar más de acuerdo con eso. De hecho, esperaba ser protagonista de la escena cliché donde el matón de la escuela lo amenazaba para que hiciera sus deberes si quería librarse de una golpiza. Acontecimiento que nunca llegó. Sukuna recogió sus cosas y se dirigió al gimnasio apenas Gojō finalizó la cátedra.

—No me lo van a creer; es decir, ni yo sé cómo lo logra, pero Sukuna siempre ha sido el niño de las calificaciones perfectas.

—¡¿Hah?! —exclamaron Nobara y Fushiguro en coro, deformando sus expresiones en una mueca que mezclaba la incredulidad con el espanto.

—Espera un momento —agregó Nobara, colocando una mano sobre la cadera—. ¿Ahora vas a decir que es el típico chico rudo por fuera, para que nadie se entere que en realidad es un completo nerd?

«Vaya plot twist» interiorizó Fushiguro, atento a la respuesta que daría su compañero.

—Si les soy honesto —se sostuvo la barbilla con una mano y elevó la mirada, indagando en sus recuerdos—, sé que lee mucho y es muy inteligente. Hace bien casi todo lo que intenta, pero en casa es raro encontrarlo haciendo algo distinto a dormir o ejercitarse... Ahora que lo pienso, Sukuna duerme demasiado. En verdad: demasiado. Creo que en su vida pasada fue un koala.

Sus amigos intercambiaron miradas. Sonaba sospechoso, irreal. Algo no cuadraba.

—Según tu juicio —dijo Nobara—, entre tu hermano y Fushiguro, ¿quién es más inteligente?

—Sukuna. —No lo pensó dos veces.

—¿Y suprimiendo el sentimentalismo fraternal?

—Sukuna.

—Ya. ¿Y hablando en serio?

—Sukuna.

Yūji era transparente, más de lo que sería cualquier joven de su edad, y les preocupaba que no estuviera mintiendo.

—Escuchen, sé que es difícil de creer, pero lo verán con sus propios ojos cuando llegue la época de exámenes.

En cierto sentido, no tenían más opción que creerle. Nadie se llevaba tan bien con Sukuna como para preguntar al respecto. Estaba Uraume, quien también tenía un carácter difícil y nadie la creía capaz de echar de cabeza a su novio con facilidad.

Durante la práctica de básquetbol Fushiguro se centró en idear una estrategia para lidiar con Sukuna. Sólo debían resolver diez problemas matemáticos. No podía ser tan complicado.

¿Cierto?

Yūji les aseguró con firmeza que su gemelo malvado era mentalmente ágil e ingenioso, por lo que no tenía más opción que fiarse de lo dicho. Hasta ahora, no se había presentado ninguna ocasión en la que la palabra del chico les fallara.

A razón de lo anterior, de manera inconsciente, Fushiguro no dejó que Sukuna saliera de su rango de visión ni por un solo instante. Pese a tratarse de un simple entrenamiento, era como si calculara cada movimiento con sumo cuidado, ahorrando pasos y energía tanto como le fuera posible; la antítesis de Yūji.

El momento en el que se percató de que sus insistentes ojos verdes rozaban el acoso fue cuando el capitán, Tōdō, dio una fuerte palmada en la espalda a cada uno de los hermanos y los empujó hacia las duchas.

Tōdō se paró frente a la puerta, ahora cerrada, que separaba las regaderas de los vestidores, de brazos cruzados cual muralla humana. Uno de los muchachos de cursos superiores rompió el silencio con una pregunta que muchos callaron durante semanas.

—Capitán, ¿hay alguna razón tras su favoritismo por los Itadori? Siempre toman un baño antes que el resto. ¿No es un poco injusto?

Murmullos como «sí» o «tiene razón» apoyaron esas palabras.

—¿En qué te afecta? —habló Tōdō—. No les toma más de cinco minutos.

—Cambiaré un poco la pregunta —la voz de Okkotsu se hizo presente, al tiempo en que levantaba la mano para hacerse notar—. ¿Qué tiene que ocultar Sukuna bajo toda la licra que usa?

No quería saltar a conclusiones apresuradas, mas estaba cien por ciento seguro de que esa era la razón para separarlos del resto, pues bajo el chorro de agua tenía que estar en completa desnudez.

Al no recibir una respuesta inmediata, agregó algo que hiciera sonar menos agresiva la sospecha.

—Es decir —relajó su manera de hablar—, es uno de los titulares y hemos practicado juntos el tiempo suficiente. ¿No cree que deberíamos saberlo, capitán?

Una buena parte de los chicos asintieron en sus lugares. No solían cuestionar las decisiones de Tōdō y él mismo sabía que no era buena idea generar desconfianza en el equipo.

—Sukuna… —Mentir era un fastidio, así que diría lo justo y necesario para que no volvieran a sacar el tema—, tuvo un accidente hace tiempo y le quedaron muchas cicatrices como consecuencia. ¿Satisfecho?

No les podía decir que el bastardo estaba todo tatuado y que él había tenido mucho que ver en eso.

—Por supuesto. —Encogió los hombros con una sonrisa calmada. Conociendo el carácter de Sukuna, era lógico que quisiera ocultar los malos recuerdos.

—Y al próximo que vuelva a cuestionar mis decisiones —añadió Tōdō, haciendo crujir los nudillos—, le patearé la cabeza hasta que truene.

Los miembros presentes, sin excepción, tomaron una posición de firmes, típica de los militares; raro sería que alguno no palideciera ante las amenazas fúnebres de su capitán.

—¡¿Entendido?! —Finalizó, reventándoles los tímpanos con un rugido violento.

—¡Sí, señor! —respondieron al unísono.

—¡No sé qué pasó, pero sí! —Yūji abrió la puerta de golpe y, junto con eso, alivió la tensión que comenzaba a acumularse como la niebla alrededor de los integrantes del club.

No logró escuchar con atención a causa del ruido del agua cayendo, aunque por las caras de todos parecía importante.


En el auto, de regreso a casa, Fushiguro ignoró a Gojō en su totalidad. Le caló hasta la médula que lo traicionara haciéndolo trabajar con Sukuna. Resentido y como la persona juiciosa que era, fingió que ese molesto ente conocido como Satoru Gojō no existía.

Por su parte, Gojō, al ser un adulto sensato y prudente, se divirtió de lo lindo molestando al muchacho haciendo ridiculez y media, que escaló al punto de picarle las mejillas, el hombro, las costillas y la panza.

Fushiguro se encerró en su habitación. Era consciente de que Gojō apenas comenzaba a ponerse pesado, porque era inmensamente peor.

Sí. Ambos eran la personificación de la madurez.

Según los planes infalibles de Fushiguro, todo debía salir de maravilla si resolvía la mitad de los ejercicios por su cuenta y entregaba la otra mitad a Sukuna para que hiciera lo mismo.

Revisó los incisos pares y uno de ellos correspondía a esos problemas de licenciatura que Gojō acostumbraba colar por mero entretenimiento. Se justificaba diciendo que buscaba incentivar la creatividad y otras patrañas de carácter pedagógico.

Él sabía que Gojō no los tomaba en cuenta al momento de calificar, así que los pasaba de largo. Pensó en repetir lo de siempre y tachar el problema, pero se detuvo antes de hacer nada.

¿Cómo reaccionaría Sukuna si le tocaba resolverlo? ¿Podría presionarlo con entregar todo completo?

No era una venganza muy ingeniosa, tampoco pretendía hacerle la vida cuadritos. No solía guardar rencores, mucho menos ocasionarlos, mas una vocecilla en su cabeza le susurraba con insistencia que lo intentara.

Por ser una ocasión especial, tomó los incisos impares y los solucionó con facilidad. Esperó a que Gojō se metiera a su ridículo baño nocturno con burbujas y se escabulló a su habitación en búsqueda de su celular. No fue difícil dar con él. Estaba botado sobre la cama.

Introdujo una clave de seis dígitos para desbloquear la pantalla (la conocía de las veces en que le fue dictada dentro de sus funciones como copiloto) y buscó en los archivos del chat con Nanami Kento, uno con la lista de alumnos del grado y grupo al que pertenecía. Necesitaba saber con qué kanjis se escribía el nombre de Sukuna para elaborar una carátula y no quedar como un idiota analfabeta.

Cumplir la misión no le llevó más que un par de minutos, por lo que salió tan rápido como entró sin descuidar su sigilo. Esperaba que su anhelado sueño reparador fuera suficiente para no seguir molesto con su tutor a la mañana siguiente.


—Aquí tienes.

En los minutos que el profesor se tomaba para cambiar de aula, Fushiguro colocó los ejercicios de la noche anterior sobre la mesilla de Sukuna.

—Resolví la mitad.

—Ajá —de sus labios escapó un sonido sarcástico junto a una sonrisa sardónica que le cambió el ánimo—, ¿y te los reviso para que continúes con la otra mitad?

—Eso te corresponde a ti.

Dio media vuelta y regresó a su asiento. Detestaba la arrogancia con la que se erguía y le hablaba. Una parte de sí mismo estaba acostumbrado a eso, aunque no sabía por qué, y la otra se limitaba a apretar los dientes e intentar calmarse.

No podía ni debía dejarse provocar por Sukuna. Era inevitable encontrarse a la defensiva cerca de él y, quizás, eso lo alteraba más de lo esperado, pero no era tan patético como para no ser capaz de controlarse. Además, seguro que con el tiempo se acostumbraría. Ambos lo harían.

Yūji llegó a comentar que Sukuna detestaba a la gente idiota y viendo al tremendo chiste que tenía por gemelo, eso no podía ser del todo cierto. Sin duda, el destino quería hacerle ver su suerte. Algo muy malo debió hacer Sukuna en su vida pasada como para seguir pagando el precio de sus acciones.

Fushiguro era escéptico y desconfiado, listo y habilidoso. Bajo la lógica de Yūji, ¿no debería llevarse bien con su hermano? Más bien, ¿por qué querría llevarse bien con él para empezar?

Seguro que la contradicción entre una conclusión y otra se debía a que aún le costaba que una cosa con apariencia de Yūji, a quien estaba tan acostumbrado a esas alturas, pudiese atentar contra su integridad y colocarlo en jaque.


Al día siguiente Fushiguro se dispuso a preguntar a Sukuna si avanzó con lo que le correspondía; lo que jamás esperó fue que el tipo se acercara primero y le dejara caer los papeles, sujetos por un clip plastificado, sobre el pupitre.

—Qué… rápido —atinó a decir. Un «buen trabajo» estaba fuera de cuestión. Lo comentaría con Yūji, Nobara o Toge, no con él, ni por cortesía.

—Habría que ser idiota para tomarse más tiempo con eso. —Metió las manos en los bolsillos y regresó a su lugar.

«¿Le pego o no le pego?» se cuestionó Yūji, que escuchó el corto intercambio de palabras por casualidad.

Tanto él como Uraume le rogaron a voces la noche anterior. Uraume incluso ofreció extender su trato y preparar su almuerzo diario sin costo adicional, pero Sukuna los mandó al carajo. Le agradaban, mas eso no los eximía de acabar con su paciencia en tiempo récord. Parecía que estaban en plena competencia los muy desgraciados.

—Buenos días —habló con suavidad una despampanante profesora de cabello largo y del color de la nieve.

Su nombre era Mei Mei.

«Buenas noches» pensó Sukuna, acomodándose para tomar una siesta.

—Itadori Sukuna —agregó ella, sin ningún atisbo de molestia o indignación—. A dormir, a la enfermería o la biblioteca, donde no pueda verlo, por favor.

—Ok —soltó en un bostezo perezoso, antes de tomar su mochila, echársela al hombro y salir del aula.

—Muy bien. ¿En qué nos quedamos la clase pasada?

De forma discreta, Fushiguro revisó la tarea de matemáticas que el otro le entregó. Abrió los ojos en sorpresa al descubrir las hojas sin borrones, tachaduras y con letra nítida; no era garigoleada como la de Nobara, ni descuidada como la de Yūji, sino clara y simple.

Lo que más le impactó fue ver que todos los ejercicios estaban resueltos. Todos. La broma de mal gusto de Gojō incluida.

«Por favor… Esto no puede ser verdad.» Se sostuvo el puente de la nariz y bajó los párpados para poner sus ideas en orden.

Fushiguro no era idiota. Ubicaba a la perfección los símbolos en el papel. Que supiera aplicarlos e interpretarlos era un asunto diferente. Conocía de integrales, más que nada porque cuando era niño y comenzó a vivir con Gojō, éste aún estudiaba en la universidad y solía verlas en varios de sus trabajos; de igual modo, era consciente de que llevaría una materia introductoria el próximo año.

En primera instancia, googleó en su celular la resolución de dicho ejercicio en Internet, poniendo sumo cuidado en no ser descubierto. La búsqueda no arrojó coincidencias. Luego, metió el planteamiento en una de esas calculadoras en línea que resolvían la ecuación en tu lugar y se llevó la sorpresa de que el procedimiento en la pantalla era completamente distinto al de Sukuna. Eso sí, el resultado era el mismo.

«¿Cómo…?»

No planeaba quedarse con la duda.

Cuando llegó la hora de receso, indicó a sus amigos que empezaran sin él. Tomó las tareas y corrió hacia la sala de profesores, antes de que Gojō brillara por su ausencia en ese lugar.

Tocó la puerta y entró con un saludo formal dirigido a Nanami, quien le dio el paso con un parsimonioso «adelante».

—Gojō-sensei. —Se acercó al nombrado y lo removió por un hombro, asumiendo que dormitaba en el sofá.

—¿Hm? ¿Qué pasa? —habló con un tono aletargado, al tiempo en que se levantó las gafas para tallarse un ojo con la mano—. ¿Ya es hora de la comida?

Bajó las malditas y enormes patas (descripción cortesía de Nanami Kento) de la mesita frente a él y entrelazó los dedos por encima de la cabeza, estirándose cual gato.

Por breves instantes, la imaginación de Fushiguro superpuso la silueta de Sukuna desperezándose de la misma manera que Gojō. ¿No eran esos dos algo similares?

Negó con la cabeza. Su duda era otra.

—Gojō-sensei. —Se sentó a su lado, sobre uno de los descansabrazos—. ¿Puede revisar esto ahora? —Le extendió los papeles—. El último ejercicio.

Gojō respondió con acciones para ahorrar saliva, con la que mojó la punta de uno de sus dedos al dar un toquecito a su lengua para separar las hojas con mayor facilidad.

Allí estaba. Su problema de Laplace: resuelto.

Analizó renglón a renglón, dejando escapar sonidos provenientes de la garganta que sonaban como «mh-hm» o «hn», sin dejar de mover la cabeza de arriba abajo con templanza.

—Sipi. Todo bien. —Le regresó los papeles al terminar—. ¿Sukuna?

—Sukuna —afirmó.

—Nanamín, ¿me pasas un bolígrafo?

El susodicho lanzó lo que pedía sin intenciones homicidas esta vez. No quería golpear al muchacho por accidente.

—Un momento —interrumpió Fushiguro—. ¿Cómo supo que lo resolvió Sukuna?

—Ay, por favooor. —Rodó los ojos, tomando los papeles de vuelta para colocar un diez y dibujar una carita feliz muy fea—. No te subestimo, Megumi, pero tampoco te he sobrestimado en la vida.

El chico frunció el entrecejo, no de molestia, de desconcierto.

En un contexto normal, Nanami habría amonestado a Gojō por calificar guiado por su favoritismo; no obstante, esta era de las pocas veces en las que no era quién para reclamar, ya que él hacía lo mismo con esos dos. Le ahorraba mucho tiempo. De manera muy esporádica sólo llegaba a revisar lo que creía que les presentaría dificultades.

—Además —continuó Gojō—, Sukuna es el único de la escuela que me entrega estos chistes de mal gusto.

—¿Hah? —¿O sea que todo lo que él se saltaba por falta de conocimiento, Sukuna lo resolvía igual a como había hecho esa vez?

—Difícil de creer, ¿verdad? —Mientras hablaba, fue a su escritorio y buscó entre las carpetas, la que tenía el nombre de Sukuna. Dejaría que Megumi echara un vistazo a sus trabajos de clase—. Tuve la misma reacción cuando revisé su expediente.

«¡Su expediente!» Le regresó el folder a Gojō antes de pedir lo que necesitaba.

—¿Puedo ver su expediente?

—Nanamín…

—No —cortó en seco. Había reglas y por mucho que nadie más que ellos se fuesen a enterar, debía hacer que se cumplieran.

Gojō se encogió de hombros con una sonrisa traviesa, sabiendo de antemano lo que pasaría.

—Así son las cosas, Megumi, además —se inclinó a la altura del muchacho—, eso que tienes con Sukuna raya el acoso. Yo no te crié para que fueras por la vida acosando muchachitos —finalizó cubriendo su boca en un intento de drama improvisado.

—¡No es eso!

Gojō se limitó a burlarse de su expresión malhumorada.

Fushiguro aclaró la garganta para alinear sus chakras o contar hasta diez, lo primero que funcionara para recobrar su característica mesura.

—Ellos vienen de una escuela particular, ¿no?

—Así es.

—En su expediente (imagino que lo leyó), menciona algo sobre… ¿clases extracurriculares?

Tenía la teoría de que los Itadori estaban adelantados en conocimientos gracias a su anterior instituto; Sukuna, al menos, sería difícil creer que Yūji fuese capaz de mantener un ritmo similar.

—Nope.

Fushiguro sostuvo su barbilla entre los dedos índice y pulgar. Tal vez recibió clases particulares o estudió por su cuenta, algo que no quedara en los registros.

—Oi, oi, oi, yo conozco esa cara —señaló, empujando con un par de dedos el entrecejo fruncido de su estudiante—. ¿Qué pasa? ¿Temes ser desplazado como el número uno de la clase? Ja, ja.

—En absoluto —respondió, alejando la mano ajena.

—Si tanto te preocupa, ¿por qué no le preguntas?

—¡¿Hah?! ¡Ni hablar!

—¿Y qué tal si interrogamos a Yūji?

Eso no sonaba tan mal.


—¿Los hábitos de estudio de Sukuna? —Yūji enarcó una ceja. Para no agradarles mucho su gemelo, sí que preguntaban por él.

Nobara, Fushiguro y Yūji se encontraban sentados sobre una banca. Los acompañaba Gojō, quien se mantenía a un lado de Yūji, pasando un brazo por encima de los hombros del chico. A ojos ajenos, no era nada del otro mundo ver a esos dos fusionar el espacio personal.

—¿Es un nerd sí o no? —rebatió Nobara.

—Si lo pones así. Hmmm —echó el cuerpo hacia atrás, usando a Gojō de respaldo; su mirada perdida en el cielo—. No sabría decirles.

A esas alturas, a Gojō le importaban más las reacciones del muchacho, que lo que fuese que sus labios pronunciaran. Si de algo estaba seguro era de que Yūji ni siquiera lo notaba de la manera en que esperaba. Se planteó acariciar sus cabellos para ver qué hacía, pero la mirada inquisitiva de Fushiguro no le agradaba en absoluto.

—Su rutina es bastante simple —continuó—. Salimos del club bien duchados. Como nuestra casa es tradicional y algo grande, el ofuro también lo es, así que lo llenamos para relajarnos un rato. A veces hablamos, a veces no. Según qué tan cansados estemos, hacemos un poco de tarea o nos vamos a dormir y eso es todo.

—¿Y los fines de semana? —preguntó Fushiguro.

—Bueno, lo usual. Los sábados hacemos las compras, limpiamos. ¡Ah! Uraume viene todos los sábados. —Esa era la única novedad—. Nos ayuda con algunas cosas (la comida) y luego entrenamos varias horas.

—¿Entrenan?

—Sí, sí —asintió con efusividad—. Combate. Cuerpo a cuerpo. El abuelo nos enseñó algo de karate cuando éramos más pequeños. Conforme crecíamos aprendimos más cosas por nuestra cuenta, algunas las sacamos de videos de Internet, otras, nos las enseñó alguien más, como Tōdō.

» Los domingos hacemos tarea y flojeamos. A veces salimos a jugar street basket, a veces Sukuna se va por ahí con Uraume… Oh, de repente pasa que Sukuna se pone los audífonos y se acuesta a leer algo: libros de no ficción, novelas de terror y suspenso, cosas así; a diferencia de mí, como que no le llaman mucho la atención los programas de televisión ni las películas.

—¿Y… ya?

—Ajam.

Escuchar aquello dejó frustrado a Fushiguro. Era como si todo lo aprendiera por ósmosis y le saliera bien por arte de magia.

¿Qué podía hacer para seguirle el paso?

Debía existir una forma. Un método. Algo.

No descansaría hasta hallar la manera de barrer el piso con él.